El Catecismo Romano nace en 1566 del Concilio de Trento para combatir las herejías promovidas por el “azote protestante”, cuyas falsas enseñanzas condenan a las almas. Estáis viviendo la gran Tribulación, la gran Apostasía profetizada en la Sagrada Palabra de Dios. Con la lectura y la observancia en vuestras vidas de este Catecismo Romano, combatiréis interiormente las herejías y errores, fruto de la falsa y potente predicación del anticristo, y junto con el rezo del Santo Rosario Católico diario de 15 misterios con la Santísima Virgen María, volveréis al camino con vuestro Señor y vuestra Señora, al camino que lleva a la Salvación de vuestra alma. Este Catecismo es una explicación sencilla de las verdades fundamentales del Cristianismo, de aquellos dogmas que constituyen la Doctrina Católica.

El Señor y su Santa Iglesia enseñan que pocos se salvan, y esto ocurre porque los hombres, en su mayoría, no han valorado históricamente como prioritaria su Salvación y la han subestimado, son pocos los que buscan la Salvación de su alma, y escasos los que desean cumplir los Mandamientos del Señor. En este final de los tiempos en los que vivimos, el problema se agrava ante la falsa y potente predicación del anticristo, con el que no ha tocado convivir, que extravía hasta a los elegidos, confunde con su astucia a los bautizados en Jesucristo. Para este final de los tiempos el Señor nos dijo: “Y si aquellos días no fueran acortados, nadie se salvaría; mas por razón de los elegidos serán acortados esos días”. San Mateo 24:22.  Si esta afirmación del Señor no genera en vosotros un cambio en vuestras vidas, es porque habéis renunciado a vuestra Salvación, y entonces, a lo sumo generará una sonrisa, la sonrisa fatal de la incredulidad. Así dijo el Señor: “Vuestro trabajo es creer”. Si, creer y caminar según su Santa Palabra, pero cualquiera cree tener empresas y objetivos mayores. Prefieren muchos escuchar y dar credibilidad a las fábulas, que vienen de satanás, antes que a la Verdad que viene de Dios.

Otros buscan dar sentido a sus vidas. Descartan estos al Verbo de Dios, descartan la Palabra de Dios que es Jesucristo, verdadero Hombre y verdadero Dios, que es constantemente ultrajado, ofendido, crucificado y muerto por muchos. Hasta el punto, que muchos bautizados han expulsado a la Sagrada Palabra de su interior.  Si matáis la Palabra de Dios y su enseñanza, estáis renunciando a vuestra Salvación. La VIVA Palabra de Dios es eterna, quien atente contra ella incorporando modernismos y alterando la Verdad, se condenará eternamente, porque está atentando contra Dios VIVO y está extraviando a sus almas.

Se enseña en este Catecismo: Dios quiso hablarnos por medio de su Hijo, mandando que todos le escuchasen. Y después de habernos enseñado la fe, el Hijo constituyó Apóstoles en su Iglesia para que ellos y sus sucesores anunciaran la doctrina de vida a todas las gentes. Por lo tanto, los fieles deben recibir la predicación de sus pastores, no como una palabra humana, sino como la palabra divina del mismo Jesucristo. “Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza; ahora bien, quien me rechaza a Mí, rechaza a Aquel que me envió”. San Lucas 10:16

En el año 1905, el Santo Padre Pio X promulgó el Catecismo Mayor con intención de frenar el modernismo doctrinal en el seno de la Iglesia. Posteriormente, estos modernistas heréticos originaron en 1958 el mayor cisma que ha vivido la Santa Iglesia, llevando con ellos, fuera de la Santa Iglesia de Jesucristo, a la mayor parte de los que se llaman Católicos. Esta sinagoga conciliar y sincretista no tiene el dogma de la fe y sus falsas enseñanzas conducen a la condenación de las almas, como las de cualquier culto no Católico. Así lo enseña Nuestro Señor Jesucristo, sus Santos Apóstoles y la tradición bimilenaria de los Santos Padres. Esta sinagoga conciliar profanó el Santo Catecismo Católico, publicando en el año 1992 un falso Catecismo, al que maliciosamente denominó Católico, sin serlo, y que lógicamente no forma parte del Magisterio de la Santa Madre Iglesia Católica.

Solicitad en vuestras oraciones la mediación de San Francisco de Asís, restaurador de la Santa Madre Iglesia, para que elimine el falso espíritu de Asís, inspirado por la sinagoga conciliar, que pretende aniquilar todo lo Tradicional y Sagrado. Y solicitad también en vuestras oraciones la mediación de Santo Domingo de Guzmán, promotor del Santo Rosario Católico. San Francisco de Asís  y Santo Domingo de Guzmán se conocieron, presentados por la Santísima Virgen, y combatieron juntos las herejías del momento, siglos antes del nacimiento de estos Santos Catecismos. La sinagoga conciliar abandonó a Jesús, y ahora, en su decadencia, promueve el culto a falsos dioses y demonios, y el Señor os pregunta hoy en San Juan 6:66 “Desde aquel momento muchos de sus discípulos volvieron atrás y dejaron de andar con Él. Entonces Jesús dijo a los Doce: “¿Queréis iros también vosotros?”.  666 es el número del hombre endiosado, es el número del hombre humanista que desafía a Dios, es el número del hombre que ha apostatado de Jesucristo y de su fe Católica, que se encuentra vacío de la Ley Divina, pero se sienta en el lugar que le corresponde a Cristo Rey, fingiendo ser su vicario en la tierra.

 

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Cuando uno pone fin a los errores, vicios, maldades y desordenes de su vida terrena y busca a Jesucristo, en muchas ocasiones se siente, al encontrase con su Sagrada Palabra, que ha encontrado su Salvación. Pero esto no es correcto, porque Dios solicita un verdadera contrición por los pecados cometidos, Dios exige el auténtico dogma de la fe y de obras virtuosas para que vuestra alma entre en el Reino de los Cielos y herede junto con Jesucristo.

Fijaos lo que nos dice el Señor en la 1ª Carta de San Pedro 2:5: “Edificaos sobre Él, como casa espiritual para un Sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por Jesucristo”. Se refiere el Señor a todos los que le escuchan y creen en su Evangelio, varones y mujeres, no solamente a los varones que han recibido el Orden Sacerdotal, sino al Sacerdocio interno.

Así lo define este Catecismo Romano: 653. De dos sacerdocios nos hablan las Escrituras Sagradas: uno interno, y otro externo. Pues por lo que se refiere al Sacerdocio interno, todos los fieles después de bautizados se dicen Sacerdotes, y en especial los justos, que tienen el Espíritu de Dios, y que por el beneficio de su divina gracia son constituidos miembros vivos del Sumo Sacerdote Jesucristo. Porque éstos, mediante la fe inflamada por la caridad, ofrecen a Dios hostias espirituales en el altar de su corazón. Y de este género de sacrificio son todas las obras buenas y virtuosas relativas a la gloria de Dios. Por esto leemos en el Apocalipsis: “Cristo nos lavó de nuestros pecados en su sangre, y nos hizo reino y Sacerdotes para Dios y su Padre”.

No bebáis de cualquier fuente que mencione a Jesucristo, no comáis las manzanas cismáticas que os ofrecen los que se separaron de la verdadera fe, ellos no son depósito de la fe. Edificad un altar en vuestro interior, y alimentaos de la Palabra de Dios, enseñada por el Magisterio de su Santa y única Iglesia Católica, y sustentad esa fe con una oración constante, rezando diariamente el Santo Rosario de 15 misterios con la Santísima Virgen, como ella os solicita. No ignoréis la petición de la Santísima Virgen, si renunciáis a su mediación estáis perdidos. Dejad la autocomplacencia y juzgaros a vosotros mismos, para que no lo tenga que hacer el Señor. Muchos que se creen amigos del Señor, finalizados sus días aquí, el Señor no les conocerá. “Alejaos de Mí, obradores de iniquidad” les dirá el Señor. Es una advertencia para los que se glorían de ser Católicos y no viven la Doctrina Católica de Jesucristo.

Tenemos la Palabra VIVA de Dios, predicada por Jesucristo a los Santos Apóstoles y disponemos de la Enseñanza VIVA del Magisterio de la Santa Iglesia Católica. El que quiera aprender, que aprenda. Dejad algunos de ser niños en Jesucristo, como dijo San Pablo, y haceros mayores, porque mientras estéis todavía tomando leche espiritual y no comiendo sólido de su Santa Palabra y del Santo Catecismo Católico, estáis todavía en las cosas de la carne y no en las cosas del Espíritu Santo. Si continuáis algunos juzgando al prójimo, si no perdonáis a los que os ofenden, tampoco el Padre os perdonará a vosotros. Si la Santísima Virgen os solicita el rezo diario del Santo Rosario de 15 misterios, y le ofrecéis otra oración en su lugar o nada, sepáis que no sois obedientes y no profesáis la verdadera devoción hacia Ella, que espera el Señor. No todo el que dice: Señor, Señor, Virgencita, Virgencita, Dios mío, Dios mío se Salvará, sino el que hace la voluntad de Dios.

Si estáis todavía esperando una nueva revelación de Dios y un aviso último, es que rechazáis la Verdad revelada en el Santo Evangelio de Dios, e ignoráis el aviso de la Santísima Virgen en Fátima: “Tú, al menos, me vienes a consolar y dí que todos aquellos que durante cinco meses, el primer sábado, se confiesen, reciban la sagrada Comunión, recen el Rosario y me hagan 15 minutos de compañía, meditando en los 15 misterios del Rosario con el fin de desagravarme, yo prometo asistirles, en la hora de la muerte, con todas las gracias necesarias para la Salvación de esas almas”. Esa es la nueva eficacia que dió la Santísima Virgen al Santo Rosario, conseguiros las gracias que os falten, para garantizar vuestra Salvación. El que renuncie a las gracias santificantes está renunciando a su Salvación. Algunos prefieren las fábulas diabólicas de falsas apariciones, en lugar de la Verdad, que les podría salvar. Precisamente de esto tratará el Juicio personal de Jesucristo a cada uno de nosotros, al final de nuestros días aquí, que la Verdad vino al mundo y fue rechazada. San Juan 3:19 : “Y éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres han amado más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”.

 

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San Juan 3:19 . “Y éste es el juicio: que la luz ha venido al mundo, y los hombres han amado más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”.

 

Así se entiende el porqué la Sagrada Palabra de Jesucristo no arde en el corazón y no genera raíces profundas en la vida espiritual de la persona. El maligno roba la Sagrada Palabra del corazón y después tienta a la persona hacia la maldad, la desobediencia a Dios y la apostasía total. Tiene el maligno un único objetivo, que nadie cumpla con las obligaciones diarias con nuestro Dios. Nos decía la Santísima Virgen en La Salette hace 179 años: “No hay más almas generosas, no hay más persona digna de ofrecer la Víctima sin mancha al Eterno en favor del mundo”. Cuando se pierde la fe Católica, los hombres dejan de rezar por la Salvación de todas las almas, y por ello muchas almas se condenan, porque no tienen a nadie que rece por ellas. Perdida la generosidad Católica, pocos se salvan. Si sois dignos de Dios, el Señor no os negará vuestras peticiones por la Salvación de las almas. Pero pobrecitos los que han perdido la generosidad Católica e incumplen sus obligaciones diarias con Dios, mejor les hubiera sido que no hubieran conocido la Salvación que viene de Jesucristo.

Revisad vuestra fe y vuestras obras, antes del juicio personal con el Señor Jesucristo, al final de vuestros días aquí. Mirad si lleváis dentro de vosotros los dogmas de la fe Católica de los Apóstoles y los dogmas de la Santísima Virgen. Estando bautizados, si habéis renunciado a predicar el Verdadero Evangelio de Jesucristo por el mundo, es porque habéis renunciado a vuestra Salvación y la Salvación de los demás.

Recordad si habéis enseñado de la necesidad del bautismo en Jesucristo para el perdón de los pecados, evitando así la condena de las almas. No sea que hayáis proclamado vuestro propio Evangelio, y les hayáis enseñado la falsa Salvación a las almas desde cualquier culto, que conduciría a la condenación de vuestra alma y de las almas que os siguen. Así dice la aceptación de la fe en el bautismo Católico: Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un único Espíritu, y un solo nombre, el de Jesucristo, para la Salvación de todas las almas.

No ha Salvación fuera de Jesucristo, observad por tanto si habéis proclamado falsamente que el Espíritu Santo del Señor inspira a los cultos fuera de la Religión Católica, ya que con vuestra errónea enseñanza estaría promoviendo el pecado mortal de la idolatría, absolutamente despreciado por Dios. Uno solo es Jesucristo, verdadero Hombre y Verdadero Dios Trino, y los dioses inventados por los paganos, son ídolos de los hombres.

Examinad si guardáis los Mandamientos del Señor y camináis con los sacramentos Tradicionales de su Santa Iglesia, no sea que estéis proclamando por el mundo que las almas se salvan por su fe, sin obras, sin pensar que bastantes protestantes ya se han condenado en la historia por proclamar su propio Evangelio, vacío de Jesucristo. Si vuestro pan de cada día es la enseñanza a los hombres de la sodomía, la adoración de demonios y el indiferentismo religioso, ese pan que coméis está vacío de Dios y moriréis en vuestros pecados, sino os arrepentís y confesáis vuestros pecados.

Si renunciáis a los sacramentos Tradicionales de la Iglesia Católica, renuncias a obtener las gracias santificantes que Dios regala al hombre para su santificación. Si olvidáis rezar el Santo Rosario Católico diario de 15 misterios, como Ella os solicita, es porque renunciáis a sus gracias santificantes, las gracias que os podrían faltar para vuestra Salvación y que Ella desea regalaros. Rezando con la Santísima Virgen diariamente, desaparecerán totalmente las debilidades que impulsan al hombre a pecar y se recuperará la salud espiritual. No renunciéis a vuestra santificación.

Verificad si estáis realizando correctamente el sacramento de la penitencia, para vuestra reconciliación con Dios y el perdón de los pecados posteriores al bautismo. ¿Cómo va a poder arrepentirse o confesar un bautizado un pecado mortal ante Dios, si no considera que sus obras pecaminosas son pecados mortales? Adán y Eva conocieron su desnudez espiritual, cuando recordaron que pecaron contra el Señor Dios, al escuchar y creer antes las falsas enseñanzas de un falso dios reptiliano, que creer y obedecer a su Creador. Ahí nació la idolatría. De la misma forma, el pecador impenitente no se siente desnudo de Dios, ni considera que su alma se encuentra en peligro de condenación eterna, hasta que la Santa Iglesia Católica no le exhorte desde la luz del Evangelio de Jesucristo. El hombre que se deja guiar únicamente por sus sentidos, y renuncia a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, corre por la autopista de la idolatría hacia al infierno eterno.

El amor al prójimo se identifica cuando el hombre camina según los Mandamientos del Señor. Pero el hombre frívolo y vacío de Dios confunde el amor con la práctica del sexo, confunde la unión natural propuesta por Dios con la sodomía, confunde el culto a los demonios con la amor a Dios sobre todas la cosas, tal como exige su Creador y único Redentor Jesucristo.  El mismo Dios que afirma que el que ame más a su papá, a su mamá, a su marido, a su mujer, a sus hijos, más que a Él, no es digno de Él. ¿Y dónde vais a ir sino sois dinos de Él?  Recordad que toda alma es inmortal, y entonces, estáis con Dios o estáis en su contra por una vida eterna, no hay más opciones. Del culto idólatra a los demonios nacieron las falsas enseñanzas como la reencarnación, el yoga, el reiki, la adivinación, la brujería, el placer por el ocultismo… que acabarán con vuestra fe, y condenarán vuestra alma al abismo eterno. Debéis elegir entre la Verdad de Dios, y la mentira de satanás, que es padre del engaño, el reptil que engaña a la humanidad.

Así dice el Señor: “Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Mas Yo os digo: Quien mire a una mujer codiciándola, ya cometió con ella adulterio en su corazón’’. Un bautizado que consume pornografía, peca mortalmente contra Dios, pero en un mundo que normaliza el pecado, es habitual consumir porno. Sois Templo del Espíritu Santo, si destruís vuestro Templo interior, irremediablemente moriréis en vuestros pecados. La Santa Iglesia de Dios enseña que el pecado de la apostasía, supone la excomunión o separación de la Iglesia de los bautizados que han abandonado sus obligaciones diarias con el Señor y Nuestra Señora. El bautizado no practicante de los Mandatos de Dios, no debe llamarse Católico. Es muy malicioso, enseñar lo contrario a lo que predica Jesucristo y el Magisterio de su Santa Iglesia, y llamarse a si mismo Católico. El que no renuncie a sí mismo, el que no renuncie a sus propias creencias en favor de la Doctrina de Jesucristo, no es Católico. Y el que vive en las cosas de la carne, y no en las cosas del Espíritu Santo de Dios, es porque no quiere llevar su cruz, y prefiere vivir una vida loca, llenada de pecados y de vicios. San Mateo 8:34. Si alguno quiere venir en pos de Mí, renúnciese a sí mismo, tome su cruz, y sígame.

 

 

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Todo cuanto hay en el mundo, es codicia de la carne, codicia de los ojos, y soberbia de la vida. 1 San Juan 2:16

 

Catecismo Romano 983:  Porque la raíz y origen de todos los males es el deseo y apetito desordenado, y los que están dominados por él se entregan sin freno alguno a toda clase de pecados y vicios.

 

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CATECISMO ROMANO

 

También llamado CATECISMO DE TRENTO y CATECISMO TRIDENTINO.

En Roma, octubre del año 1566.

 

PRIMERA PARTE

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

Necesidad de la fe y de la predicación en general

[1] La inteligencia del hombre, aunque puede, con mucho trabajo y actividad, conocer la existencia de

Dios y algunas de sus perfecciones a partir de la creación (Rom. 1 20.), no puede conocer la mayor parte de

aquellas cosas por las que se consigue la salvación eterna, a no ser que Dios le revele por la fe esos misterios.

[2] Esta fe se recibe por la audición. Por eso, Dios no dejó nunca de hablar a los hombres por medio de

los profetas, para revelarles, según la condición de los tiempos, el camino recto y seguro que conduce a la

eterna felicidad. [3] Es más, Dios quiso hablarnos por medio de su Hijo, mandando que todos le escuchasen. Y,

después de habernos enseñado la fe, el Hijo constituyó apóstoles en su Iglesia para que ellos y sus sucesores

anunciaran la doctrina de vida a todas las gentes.

[4] Por lo tanto, los fieles deben recibir la predicación de sus pastores, no como una palabra humana,

sino como la palabra divina del mismo Jesucristo (Lc. 10 16.).

 

Necesidad de la predicación y de este Catecismo en los tiempos actuales

[5] Esta predicación, que nunca debe omitirse en la Iglesia, es mucho más necesaria en los tiempos

actuales, a fin de que los fieles sean fortalecidos con doctrina sana y pura; pues se han presentado en el mundo

falsos profetas (Jer. 23 21.), que pervierten las almas cristianas con doctrinas falsas y perversas; y habiendo

conseguido arrastrar a sus errores provincias enteras, que antes profesaban la religión verdadera, tratan de

penetrar furtivamente en todos los lugares y regiones. [6] Y sabiendo que no pueden llegar a todos por la

palabra, esos herejes tratan de difundir sus errores por medio de libros que combaten la fe católica, y por

medio de obritas de apariencia piadosa, para engañar las almas de los sencillos.

[7] Por eso, el Concilio de Trento juzgó conveniente, con el fin de remediar tan gran mal, dar un

catecismo para la instrucción del pueblo cristiano; [8] catecismo publicado con la autoridad del mismo

Concilio, y que diese a los que han recibido el cargo de enseñar, la regla de exponer la fe y de instruir al pueblo

fiel en todos los deberes de la religión. [9] Con esto, el Concilio no se propone explicar minuciosamente todos

los dogmas de la fe cristiana, sino sólo exponer a los párrocos aquellas cosas que pudieran ayudarles en la

enseñanza de esta misma fe.

 

Qué deben tener presente los párrocos al predicar la fe

En su predicación, los párrocos deben:

[10] 1º Ante todo, tener en mente un doble fin: • el primero, dar a conocer al solo Dios verdadero

y a Jesucristo, y éste Crucificado, pues toda la ciencia del hombre cristiano y toda su felicidad se encierran en

este punto (Jn. 17 3.); • el segundo, exhortar al pueblo fiel a traducir ese conocimiento en obras por la

imitación de las virtudes de Cristo, especialmente de la caridad hacia Dios y hacia el prójimo, pues en la caridad

se resumen la Ley y los Profetas (Mt. 9 22.), es el cumplimiento de la Ley (Rom. 13 8.), el fin de los

Mandamientos (I Tim. 1 5.) y el camino más excelente para ir a Dios (I Cor. 12 31.).

[11] 2º Acomodarse a sus oyentes, a su edad, a su capacidad, a sus costumbres y estado, a sus

necesidades, a fin de hacerse todo a todos para ganarlos a todos para Cristo(I Cor. 9 22.), imitando en eso a

nuestro Señor, que siendo la Sabiduría del eterno Padre, no se desdeñó en bajar hasta nosotros y acomodarse a

nuestra capacidad para darnos los preceptos de la vida del Cielo.

[12] 3º Sacar lo que deben predicar de la Escritura y de la Tradición, en las cuales se contiene

la Revelación de Dios, ocupándose continuamente en su estudio y meditación (I Tim. 4 13.), y distribuyendo la

doctrina, como nuestros mayores, en cuatro partes: • el Símbolo de los Apóstoles, que contiene todas las

verdades que se deben saber; • los Sacramentos, que comprenden las cosas que son signos e instrumentos para

recibir la gracia de Dios; • el Decálogo, que contiene los mandamientos de Dios; • la Oración Dominical, que

encierra todo lo que los hombres deben desear, esperar y pedir.

[13] 4º Finalmente, adquirir la costumbre de hermanar la explicación del Evangelio con la

del Catecismo, ya que todo lo que se enseña en los Evangelios de los domingos cabe en alguna de las cuatro

partes en que se divide la doctrina cristiana. De esta manera, los párrocos enseñarán a un mismo tiempo, y con el

mismo trabajo, el Catecismo y el Evangelio.

 

PRELIMINARES

DE LA NECESIDAD, AUTORIDAD Y DEBERES DE LOS PASTORES DE LA IGLESIA,

Y DE LAS PARTES PRINCIPALES DE LA DOCTRINA CRISTIANA

I. Necesidad de la divina revelación para el conocimiento de la mayor parte de las verdades del

orden sobrenatural.

1. Es de tal naturaleza la Inteligencia humana, que aun habiendo descubierto y conocido por sí misma,

después de haber empleado grande aplicación y estudio, muchas de las verdades que pertenecen al

conocimiento de las cosas divinas, nunca pudo, con la sola luz natural, conocer o alcanzar la mayor parte de las

verdades por las cuales se consigue la eterna salvación, y para cuyo último fin fue el hombre creado y hecho a

imagen y semejanza de Dios. Pues, según enseña el Apóstol ―las perfecciones invisibles de Dios, aun su eterno

poder y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas

nos dan las criaturas. Mas aquel misterio escondido desde los siglos y generaciones, de tal manera

sobrepuja a la inteligencia humana, que si no hubiera sido manifestado a los santos, a quienes Dios quiso hacer

notorias por el don de la fe, las riquezas de la gloria de este gran sacramento en las gentes, que es Cristo,

ningún hombre podría aspirar a tan alta sabiduría.

 

II. Por qué medio se alcanza, el don maravilloso de la fe.

2. Mas como la fe proviene del oír, es manifiesto cuán necesaria ha sido siempre para conseguir la

eterna salud, la solicitud y ministerio fiel del maestro legítimo. Porque escrito está: ―¿Cómo oirán, si no se les

predica? ¿Ni cómo predicarán, si no son enviados?”. Por eso el clementísimo y benignísimo Dios nunca,

desde el principio del mundo, desamparó a los suyos, antes bien, muchas veces y de varios modos habló a los

Padres por los Profetas, y según la condición de los tiempos les mostró el camino seguro y recto para la eterna

felicidad.

 

III. Cristo enseñó la fe, que después propagaron los Apóstoles y sus sucesores.

3. Pero como tenía prometido que había de enviar al Doctor de la Justicia para luz de las gentes, y para

que fuese su salud hasta los fines de la tierra, últimamente nos habló por medio de su Hijo, mandando por

voz venida del cielo desde el trono de su gloria que todos lo oyesen y obedeciesen a sus mandamientos. Luego

Jesucristo a unos constituyó Apóstoles, a otros Profetas, a otros Pastores y Doctores que anunciasen la

palabra de vida, para que no seamos como niños vacilantes, ni nos dejemos llevar de todo viento de doctrina,

sino que, apoyados sobre el cimiento firme de la fe, fuésemos juntamente edificados para morada de Dios en

el Espíritu Santo.

 

IV. Cómo deben recibirse las palabras de los Pastores de la Iglesia.

4. Y para que nadie reciba de los ministros de la Iglesia la palabra revelada por Dios, como si fuese

palabra de hombres, sino como palabra de Cristo, supuesto que lo es en verdad, estableció nuestro mismo

Salvador que se diese tanta autoridad a su magisterio, que dijo: ―El que os oye, me oye, y el que os desprecia,

me desprecia. Y esto sin duda quiso se entendiese, no sólo de aquellos con quienes hablaba entonces, sino

también de todos los que después por sucesión legítima habían de ejercer el ministerio de la enseñanza, a todos

los cuales prometió que estaría siempre con ellos hasta el fin del mundo.

 

V. Es necesaria la predicación de la palabra, divina.

5. Aunque nunca debe dejarse en la Iglesia la predicación de la palabra divina, en estos tiempos se debe

ciertamente trabajar con el mayor desvelo y piedad para que los fieles sean sustentados y fortalecidos con la

doctrina sana e incorrupta como alimento de vida. Pues han aparecido en el mundo aquellos falsos profetas,

de quienes dijo el Señor: ―Yo no los enviaba, pero ellos corrían. No les hablaba, mas ellos predicaban, para

pervertir los ánimos de los cristianos con enseñanzas falsas y peregrinas. Y en esto su malicia auxiliada con

todas las artes de Satanás ha hecho tales progresos, que parece no reconoce límite ni término alguno, de suerte

que si no estuviéramos asegurados con aquella promesa del Salvador, quien afirmó que había puesto en su

Iglesia un fundamento tan firme que jamás las puertas del Infierno podrían prevalecer contra ella, bien

pudiéramos temer por su existencia estando cercada ahora por todas partes de tantos enemigos, tentada y

combatida de tantas maneras.

 

VI. Las herejías se han propagado por muchísimas provincias.

6. Pues dejando aparte provincias nobilísimas que en tiempos antiguos retenían piadosa y santamente

la verdadera y católica religión que heredaron de sus mayores, y que ahora, apartados del recto camino, de tal

modo les ha seducido el error que se glorían de profesar la verdadera piedad por el mismo hecho de haberse

apartado muy lejos de la doctrina de sus padres, no puede hallarse región tan remota, o lugar tan seguro, ni

parte alguna de la república cristiana en la cual esta maldad no haya intentado introducirse ocultamente.

 

VII. De qué manera se han propagado los errores.

7. Aquellos que se propusieron seducir las almas de los fieles, conociendo que en manera alguna podían

hablar en público con todos, ni comunicar a sus almas las perversas doctrinas, emplearon otro medio por el

cual propagaron los errores de la impiedad mucho más fácil y extensamente. Pues, además de publicar grandes

volúmenes con los que procuraron la ruina de la fe católica, pero de los cuales fue fácil precaverse por contener

herejías manifiestas, escribieron también innumerables librillos, al parecer piadosos, con los cuales, es

increíble la facilidad con que sedujeron los ánimos incautos de los sencillos.

 

VIII. Por qué mandó el Concilio Tridentino que se publicase este Catecismo.

8. Por esta razón, deseando en gran manera los Padres del santo Ecuménico Concilio de Trento aplicar a

este tan grande y pernicioso mal algún saludable remedio, no se contentaron con la definición de las más

importantes verdades opuestas a las herejías de nuestros tiempos, sino que además de esto juzgaron

indispensable proponer una norma y método de instruir al pueblo cristiano en los rudimentos de la fe, por el

cual se guiasen todos los que han de ejercer el cargo de legítimo pastor y maestro en toda la Iglesia.

 

IX. Autoridad y fin de este Catecismo.

9. Aunque es cierto que muchos, animados de gran piedad y con gran copia de doctrina se dedicaron a

este género de escritos, creyeron los Padres sería muy conveniente que por autoridad del Santo Concilio se

publicara un libro con el cual los Párrocos, y todos los demás que tienen el cargo de enseñar, pudiesen

presentar ciertos y determinados preceptos para la instrucción y edificación de los fieles, a fin de que, como es

uno el Señor, y una la fe, así también sea uno para todos el método y regla de instruir al pueblo cristiano en

los rudimentos de la fe, y en todas las prácticas de la piedad.

 

X. De lo que trata este Catecismo.

10. Siendo, pues, muchas las cosas pertenecientes a este objeto, no se ha de creer que el Santo Concilio

se haya propuesto explicar con sutileza en solo este libro todos los dogmas de la fe cristiana, lo cual suelen

hacer aquellos que se dedican al magisterio y enseñanza de toda la religión, porque esto, es evidente que sería

obra de inmenso trabajo, y nada conducente a su intento, sino que proponiéndose el Santo Concilio instruir a

los Párrocos, y demás sacerdotes que tienen cura de almas en el conocimiento de aquello que es más propio de

su ministerio y más acomodado a la capacidad de los fieles, sólo quiso se propusieran las que pudiesen ayudar

en esto al piadoso estudio de aquellos pastores que están menos versados en las controversias dificultosas de

las verdades reveladas.

 

XI. A qué debe atenderse en la instrucción del pueblo cristiano.

11. Esto supuesto, antes que comencemos a tratar en particular de lo que se contiene en este Catecismo,

exige el debido orden la declaración de algunas cosas que ante todo deben considerar y tener muy presentes los

Pastores de las almas para que sepan a dónde deben dirigir todos sus designios, trabajos y desvelos, y de qué

manera podrán más fácilmente, conseguir y obtener lo que se proponen.

12. Lo primero que debe tenerse presente es, que toda la ciencia del cristiano se halla comprendida en

estas palabras de nuestro divino Salvador: “Esta es la, vida eterna, que te conozcan a ti solo verdadero Dios, y

a Jesucristo a quien enviaste”. Por lo mismo, el principal cuidado del Doctor de la Iglesia debe consistir en

que los fieles deseen de veras a Jesucristo, y a éste crucificado, estando del todo persuadido y creyendo con

afecto muy de corazón y piadoso, que no hay otro nombre debajo del cielo dado a los hombres en el que

podamos ser salvos, ya que este Señor es el que satisfizo por nuestros pecados.

13. Y porque en tanto sabemos que le hemos conocido, en cuánto guardamos sus mandamientos,

sigúese de esto, y es muy conforme con lo anteriormente dicho, les declare al mismo tiempo que no hemos de

vivir ociosa y descuidadamente, “sino que debemos andar como anduvo el Señor” y seguir con todo cuidado

las obras de piedad, justicia, fe, caridad y mansedumbre; pues “se dio asimismo por nosotros, para redimimos

de todo pecado, purificarnos y hacer de nosotros un pueblo particularmente consagrado a su servicio y

fervoroso en el bien obrar”.

Esto es lo que ordena el Apóstol que exhorten y enseñen los Pastores de almas. Mas habiendo nuestro

Señor y Salvador, no sólo dicho, sino también demostrado con su ejemplo que la ley y los profetas dependen de

la caridad, y enseñando el Apóstol que la caridad es el fin del precepto, y cumplimiento de la ley, nadie

puede dudar que el principal cuidado, debe consistir en que el pueblo fiel se resuelva a amar la inmensa

bondad de Dios para con nosotros, y como abrasado con este celestial ardor, se consagre del todo al amor de

este sumo y perfectísimo bien; pues en unirse con él, está la verdadera y sólida felicidad, como claramente lo

conocerá el que pueda decir con el Profeta: ―¿Qué tengo yo en el cielo? ¿O fuera de ti, Señor, qué quise sobre la

tierra?. Este es aquel camino más excelente que señaló el mismo Apóstol, dirigiendo toda la suma de su

doctrina e instrucción a la caridad que nunca fenece. Pues ya se proponga lo que se ha de creer, esperar, o lo

que se deba practicar, de tal manera debe siempre encomendarse el amor de Dios, que entendamos que todas

las obras de la perfecta virtud cristiana, ni nacen de otro principio que de la caridad, ni deben ordenarse a

otro fin que la misma caridad.

14. Si en toda clase de disciplina importa en gran manera el método según el que deben ser tratadas,

ciertamente esto debe observarse de un modo muy especial cuándo se trata de la instrucción del pueblo

cristiano. Pues, para que quien ejercita el cargo de maestro, se haga todo para todos a fin de ganarlos a todos

para Cristo, y se muestre fiel ministro y dispensador, y como siervo bueno y fiel que se ha hecho digno de ser

constituido por el Señor sobre muchos bienes, debe tener muy en cuenta la edad, ingenio, costumbres y

condición de los oyentes.

15. No crea que tiene a su cargo una sola clase de personas, de suerte que con un mismo modo y forma

de enseñar pueda instruir igualmente a todos en la piedad cristiana, ya que siendo los fieles, unos infantes,

otros que ya empiezan a crecer en Cristo, y algunos ya robustos en la virtud, es menester mirar con discreción

quienes necesiten de leche, quienes de manjar más sólido, y dar a cada uno aquellos alimentos de doctrina

que más fortalezcan su espíritu, ―hasta que todos, como varones perfectos a la medida de la grandeza de Cristo,

le salgamos al encuentro en unidad de fe, y conocimiento del Hijo de Dios. Esto enseñó el Apóstol a todos

con su ejemplo, diciendo que era deudor a griegos y bárbaros, a sabios e ignorantes, para que con eso

entendiesen los que son llamados a ese cargo, que de tal modo se deben acomodar a la capacidad de los oyentes

al explicar los misterios de la fe y mandamientos de la ley, que no se contenten con proveer de alimento

espiritual a los ya adelantados en virtud, dejando perecer de hambre a los párvulos, los cuales pidiendo pan no

haya quien se lo parta.

Ni debe nadie mostrar menos solicitud y desvelo en la enseñanza, porque algunas veces sea necesario

instruir al oyente en aquello que parece humilde y sencillo, cuya explicación suele molestar especialmente a los

que se dedican a contemplar cosas más sublimes. Porque si la misma Sabiduría del eterno Padre descendió a la

tierra para que en la humildad de nuestra carne nos enseñase los mandamientos de la vida celestial, ¿a quién

no obligará la caridad de Cristo a hacerse pequeño entre sus hermanos, y a desear cual tierna madre para

con sus hijos, la salvación de sus prójimos, con tal afecto que a imitación del Apóstol, no solamente quiera

enseñarles el Evangelio, sino aun dar por ellos su vida?

 

XII En donde está contenida la doctrina que ha de enseñarse al pueblo cristiano.

16. Toda la doctrina que debe proponerse a los fieles está contenida en la palabra de Dios, la cual se

divide en Escritura y Tradiciones. Por lo mismo los Pastores de almas emplearán días y noches en la

meditación de estas enseñanzas, teniendo presente aquel aviso del Apóstol, el cual aunque le escribió a

Timoteo, todos los que tienen cuidado de almas le mirarán como dirigido a ellos mismos. Dice, pues, de este

modo: “Atiende a la lección, a la exhortación y a la Doctrina”. “Porque toda escritura inspirada, por Dios es

propia para enseñar, para convencer, para corregir a los pecadores, para dirigir a los buenos en la justicia o

virtud; en fin para que el hombre de Dios sea perfecto, y esté apercibido para toda obra buena”.

 

XIII. Partes de que consta este Catecismo.

17. Pero siendo muchas las cosas que Dios ha revelado, y tan varias que ni es fácil aprenderlas, ni

después de aprendidas recordarlas de tal suerte que presentándose la ocasión de enseñarlas, esté prevenida y

pronta su explicación, por esto con mucha sabiduría nuestros mayores distribuyeron toda la doctrina cristiana

en cuatro partes, a saber: el Símbolo de los Apóstoles, los Sacramentos, el Decálogo y la, Oración Dominical.

Primera parte. Ahora bien, todas las verdades que deben saberse relativas a la fe cristiana, ya

pertenezcan al conocimiento de Dios, ya a la creación y gobierno del mundo, ya a la redención del linaje

humano, así como los premios de los buenos y penas de los malos, todas están contenidas en la doctrina del

Credo.

Segunda parte. Las que son señales y como instrumentos para conseguir la divina gracia, las hallamos

en la doctrina de los siete Sacramentos.

Tercera parte. Las que se refieren a las leyes, cuyo fin es la caridad, se contienen en el Decálogo.

Cuarta parte. Últimamente, todo cuánto los hombres pueden desear, esperar, y pedir provechosamente,

se halla en el Padrenuestro. De ahí se sigue que declarados estos cuatro puntos, como lugares comunes de la

sagrada Escritura, casi nada reste para la inteligencia de lo que debe saber el cristiano.

 

XIV. Cómo ha de distribuirse la doctrina del Catecismo para cada una de las Dominicas.

18. Así, pues, ha parecido conveniente advertir a los Párrocos que cuántas veces se ofrezca la ocasión de

explicar el Evangelio, o cualquier otro lugar de la divina Escritura, sepan que la sentencia de este lugar, sea el

que fuere, pertenece a alguna de aquellas cuatro partes que dijimos, a donde acudirán: como a fuente de la

doctrina que se deba explicar; Si se ha de explicar, por ejemplo, el Evangelio del; domingo primero de

Adviento: “Erunt signa in sole et luna” etc.; lo que conviene a este asunto está declarado en aquel artículo del

Credo: Ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y tomándolo de allí, a un tiempo y con un mismo

trabajo, enseñará el pastor al pueblo fiel, el Credo y el Evangelio. Por esta razón, tendrá de costumbre en todas

sus doctrinas y sermones dirigir sus discursos a aquellos cuatro puntos principales, en donde dijimos que

estaba contenida toda la virtud y doctrina «le la sagrada Escritura. Pero acerca del orden de enseñar, observará

aquel que pareciere más acomodado así al auditorio como al tiempo.

 

XV. Por qué empieza el Catecismo por la explicación del Símbolo.

19. Nosotros ahora siguiendo la autoridad de los Padres, los cuales al dedicar los hombres a Cristo, y al

instruirlos en su ley, empezaron por la doctrina de la fe, juzgamos necesario explicar primeramente lo que a

ella pertenece.

 

XVI. Qué se entiende por la palabra fe.

20. Más porque en las divinas escrituras se toma de varios modos el significado de esta palabra, aquí

hablamos de ella según que designa una virtud con la cuál asentimos firmemente a las cosas que Dios ha

revelado. Y nadie puede con razón dudar que esta fe sea necesaria para conseguir la salvación, mayormente

estando escrito: ―sin fe es imposible agradar a Dios”. Porque siendo el fin propuesto al hombre para su

bienaventuranza superior a cuánto puede alcanzar la luz de la humana inteligencia, le era necesario recibir de

Dios este conocimiento. Este conocimiento no es otro que la fe, cuya virtud nos hace creer por firme e infalible

todo aquello que la autoridad de la santísima madre Iglesia asegura ser revelado por Dios. Pues los fieles no

pueden tener ninguna duda en todo cuánto Dios manifiesta, siendo la misma verdad. Por aquí conocemos cuán

grande es la diferencia que hay entre la fe que damos a Dios, y la que damos a los escritores de la historia

humana.

Y si bien son muchas las acepciones en que se toma la Fe, y varias sus diferencias, tanto en la. Grandeza

como en la dignidad y excelencia, (porque en las sagradas letras se dice así: “Hombre de poca fe, ¿por qué

dudaste?”. Y: “Grande es tu fe”. Y: “Auméntanos la fe”. También: “La fe sin, obras está muerta”. Y: “La

fe que obra por caridad”, esto no obstante, ella siempre es de un género, y una misma definición comprende

sus varios y diferentes grados. Más de cuánto fruto sea esta fe, y cuánto provecho nos venga de ella, se dirá en

la explicación de los artículos. Las cosas, pues, que los cristianos deben saber y creer, son aquellas que los

santos Apóstoles, caudillos y maestros de la fe, instruidos por el Espíritu Santo, distribuyeron en los doce

artículos del Credo.

 

XVII. Causas que hicieron necesaria la institución del Símbolo.

21. Pues habiéndoles ordenado el Señor que como Legados suyos fueran por todo el mundo y

predicasen el Evangelio a toda criatura, juzgaron necesario instituir una fórmula de fe cristiana, para que

todos creyeran y profesaran unas mismas verdades, y no hubiera cisma ni división alguna entre los que

llamaban a la unidad de la fe, sino que todos fuesen perfectos en un mismo sentir y en una misma creencia. A

esta profesión de fe y esperanza cristiana que compusieron los Apóstoles la llamaron Símbolo, o porque consta

de varias sentencias proferidas por cada uno de ellos, o porque se valían de ella como de una señal o distintivo

con el que pudieran conocer fácilmente a los desertores, a los intrusos y falsos cristianos que adulteraban él

Evangelio, de aquellos que verdaderamente querían militar bajo las banderas de Cristo.

 

 

LA FE Y EL CREDO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

Naturaleza y necesidad de la fe

Fe es la virtud por la que asentimos firmemente a las verdades que Dios ha revelado. Esta fe es un

conocimiento: • necesario para alcanzar la salvación (Heb. 11 6.), ya que el fin que Dios ha designado al

hombre para su felicidad supera la agudeza de su inteligencia, y por eso le era necesario recibir de Dios este

conocimiento; • firme, de modo que ninguna duda pueden tener los fieles de las cosas reveladas por Dios.

Qué es el Credo

El Credo es la fórmula de fe cristiana compuesta por los Apóstoles para que todos los cristianos piensen

y confiesen la misma creencia. Lo primero, pues, que deben creer los cristianos, son aquellas cosas que los

Apóstoles, inspirados por el Espíritu Santo, pusieron distintamente en los doce artículos del Credo.

Los Apóstoles llamaron «Símbolo» a esta profesión de fe porque servía de señal y contraseña con que se

reconocían los verdaderos cristianos y se distinguían de los falsos hermanos introducidos furtivamente y que

adulteraban el Evangelio.

El Credo nos enseña lo que como fundamento y suma de la verdad debe creerse: • sobre la unidad de la

divina esencia; • sobre la distinción de las tres Personas; • sobre las operaciones que a cada una de ellas se

atribuye por alguna razón particular, a saber: la obra de la Creación a la persona de Dios Padre, la obra de la

Redención humana a la persona de Dios Hijo, y la obra de la Santificación a la persona de Dios Espíritu Santo.

Todo ello nos lo enseña en doce sentencias o «artículos», entendiendo por artículo cada uno de los puntos que

debemos creer distinta y separadamente de otro.

 

CAPÍTULO I

DE LOS 12 ARTÍCULOS DEL SÍMBOLO

I. Qué contiene el Símbolo.

22. Muchas son las verdades que la religión cristiana propone a los fieles para creerlas, y de las cuales

deben tener fe cierta e indubitable o en general o en particular, mas aquellas, primera y necesariamente, deben

todos creer que como fundamento y compendio de la verdad nos enseñó el mismo Dios acerca de la unidad de

la divina esencia, de la distinción de las tres Personas y de las acciones que se atribuyen a cada una de ellas por

alguna razón particular. Enseñará, pues, el Párroco que la doctrina de tan alto misterio está brevemente

comprendida en el Símbolo de los Apóstoles.

 

II. Partes de que consta el Símbolo.

23. Según observaron nuestros mayores que con toda piedad y diligencia se ocuparon de este estudio,

de tal manera está distribuido el Símbolo en tres partes, que en la primera se trata de la primera Persona, de la

naturaleza divina y la obra maravillosa de la creación; en la segunda de la segunda Persona, y del misterio

inefable de la redención humana; y en la tercera, de la tercera Persona, origen y fuente de nuestra santidad. A

estas sentencias por cierta semejanza, empleada con frecuencia por nuestros padres llamamos artículos.

Porque así como los miembros del cuerpo se distinguen por los artículos, así también en esta confesión de la fe

con toda rectitud y propiedad llamamos artículo todo lo que debemos creer distinta y separadamente.

 

CREO EN DIOS PADRE OMNIPOTENTE, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA Y EN JESUCRISTO,

SU ÚNICO HIJO, NUESTRO SEÑOR, QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO, Y NACIÓ DE

MARÍA VIRGEN. PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO, FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y

SEPULTADO, DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS; AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS

SUBIÓ A LOS CIELOS; ESTÁ SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE. DESDE ALLÍ

HA DE VENIR A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS. CREO EN EL ESPÍRITU SANTO, EN LA

SANTA IGLESIA CATÓLICA, EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS, EN EL PERDÓN DE LOS

PECADOS, EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y EN LA VIDA PERDURABLE. AMEN.

 

Primer artículo del Credo

CREO EN DIOS PADRE OMNIPOTENTE,

CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Con estas palabras se expresa: • la fe en Dios Padre, primera Persona de la Trinidad; • su poder

omnipotente, con que creó el cielo y la tierra, y todo cuanto contienen; • su providencia, que conserva y

gobierna lo creado; • el sumo afecto y piedad por el que debemos tender hacia El como al bien sumo y

perfectísimo.

 

«Creo»

[2] Creer no significa «pensar», ni «juzgar», ni «opinar», sino dar un asentimiento certísimo por el

que el entendimiento adhiere firme y constantemente a Dios y a las verdades y misterios que El le manifiesta.

Por lo tanto, la fe es un conocimiento certísimo, pues aunque los objetos que la fe nos propone para creer no se

vean, no por eso nos deja dudar sobre ellos. [3] De lo cual se deduce que el que cree no debe escudriñar con

curiosidad, duda o soberbia, lo que Dios le manda creer, sino que, libre de la curiosidad de investigar, debe

aceptarlo con sencillez y descansar en el conocimiento de la verdad eterna. Dios exige al alma el asentimiento

de la fe sin darle pruebas o demostraciones de lo que le manda creer; El es veraz (Sal. 115 11.), y eso debe

bastarnos para darle crédito.

[4] Pero no basta, para salvarse, asentir íntimamente a la verdad revelada; sino que, además, el que dice

«creo» debe profesar públicamente su fe, sin avergonzarse de ella (Rom. 10 16.).

 

«En Dios» [5] 1º La excelencia de la fe se manifiesta en que nos concede el conocimiento de la cosa más sublime

y más digna de ser deseada, a saber, Dios. [6] Sin embargo, el conocimiento que la fe nos da sobre Dios difiere

mucho del que nos da la razón.

a) Por la razón, y a partir de las criaturas, los hombres pueden llegar al conocimiento de la existencia de

Dios y de algunas de sus perfecciones, como su espiritualidad, infinidad, simplicidad, omnipotencia, sabiduría,

veracidad y justicia. Pero este conocimiento: • es sólo un conocimiento natural, que tiene por única guía a la

luz natural de la inteligencia, y que sólo conoce a Dios por sus efectos, pero no como es en Sí mismo; • se

adquiere sólo después de largo tiempo, y con mucho trabajo; • con gran mezcla de errores; • y sólo lo poseen

algunos pocos hombres.

b) Por la fe conocemos estas mismas verdades, y penetramos incluso en los secretos de la vida íntima de

Dios, conociéndolo tal como es en Sí mismo, y ello: • con autoridad divina, que nos da una certeza mucho

mayor que la que procede de la razón; • con gran facilidad y sin trabajo; • sin mezcla alguna de error; • y

pudiendo llegar a él todos los hombres, incluso los rudos.

[7] 2º Es preciso confesar, ante todo, que Dios es uno solo, y que no hay muchos dioses. Así lo

afirman claramente las Sagradas Escrituras (Deut. 6 4; Ex. 20 3; Is. 44 6; 48 12; Ef. 4 5; Apoc. 1 8; 22 13.).

Pues Dios es sumo y perfectísimo, y lo que es sumo y perfectísimo no puede hallarse en muchos a la vez. En

efecto, si hubiese varios dioses, a cada uno de ellos le faltaría algo para ser sumo, y por lo tanto, sería

imperfecto, y no le convendría la naturaleza divina. [8] Y si alguna vez se da en las Escrituras el nombre de dios

a alguna criatura (como a los profetas y jueces), es impropiamente, según el modo ordinario de hablar, en

razón de alguna cualidad o misión excelente recibida de Dios.

 

«Padre»

La fe cristiana confiesa a Dios: uno en naturaleza, sustancia y esencia; pero a la vez trino, como se

deduce de la presente palabra, «Padre».

[9-10] Dios es llamado «Padre» por varias razones:

Por modo general, es llamado Padre de todos los hombres, por ser su Creador y por la admirable

Providencia que tiene de todos ellos, de modo parecido a como los gentiles llamaban «padre» a la persona de

quien descendía una familia y la regía con su autoridad.

Por modo especial, es llamado Padre de los cristianos con más propiedad, a causa de la espiritual

adopción por la que Dios los llama hijos suyos y los convierte realmente en tales (I Jn. 3 1.), siendo también, a

este título, hermanos de Cristo y herederos de Dios (Rom. 8 17 y 29.).

Por modo propio, es llamado Padre de su Hijo, que es Dios como El, a quien engendra desde toda la

eternidad, comunicándole su misma esencia divina. Por ahí se nos enseña la unidad de esencia (I Jn. 5 7.) y

la trinidad de personas en Dios (Mt. 28 19.), de manera que hay que confesar: • en la esencia, la unidad:

una misma es la esencia y sustancia de las tres divinas personas; • en las personas, la propiedad: Dios Padre,

primera persona de la Trinidad, principio sin principio, contemplándose a Sí mismo engendra al Hijo, segunda

persona de la Trinidad, e igual a El; y del mutuo amor de caridad de los dos procede el Espíritu Santo, tercera

persona de la Trinidad, que es el vínculo eterno e indisoluble que une al Padre con el Hijo; de modo que sólo al

Padre le conviene no ser engendrado y engendrar al Hijo eternamente, sólo al Hijo le conviene ser engendrado

eternamente por el Padre; y sólo al Espíritu Santo le conviene proceder eternamente del Padre y del Hijo; • en

la Trinidad, la igualdad: pues la religión católica predica la misma eternidad, la misma majestad de gloria y las

mismas perfecciones infinitas en las tres personas, de modo que ninguna de ellas es anterior o posterior a las

otras, ni mayor o menor.

 

«Omnipotente»

[11] 1º Entre los muchos atributos propios de Dios, la Sagrada Escritura le atribuye con mucha

frecuencia la virtud omnipotente, enseñándonos que este atributo conviene muy especialmente a la esencia

divina. Entendemos por esta omnipotencia que nada hay de perfecto, ni nada se puede pensar ni imaginar, que

no pueda Dios hacer. [12] Sin embargo, Dios no puede mentir, o engañar, o pecar, o morir, o ignorar algo,

porque estas acciones son propias de la naturaleza imperfecta y débil, mientras que Dios es infinitamente

perfecto y tiene el sumo poder.

[13] 2º Este artículo sólo nos propone para creer el atributo divino de la omnipotencia, por

varias razones: • porque este atributo engloba en cierto modo todos los demás, los cuales, si le faltaran,

difícilmente podríamos comprender cómo es todopoderoso; y así, al decir que Dios todo lo puede, reconocemos

también que tiene conocimiento de todas las cosas, y que todo está sujeto a su poder y dominio; • para

confirmar nuestra fe: sabiendo que Dios todo lo puede, creeremos todos los misterios que nos revele, por muy

elevados y prodigiosos que sean; • para confirmar nuestra esperanza: todo podemos esperarlo de Dios, ya que

El todo lo puede; y se ha de tener muy presente esta verdad de fe cuando le pedimos por la oración algún

beneficio (Mt. 17 19; Sant. 1 6 y 7.); • para procurarnos otros bienes y utilidades: la modestia y la humildad (I

Ped. 5 6.), el temor de Dios (Lc. 12 5.) y la gratitud (Lc. 1 49.).

[23] 3º Adviértase, sin embargo, que la creación es obra común de las tres divinas personas,

pues la Sagrada Escritura afirma que la creación es también obra del Hijo (Jn. 1 3.) y del Espíritu Santo (Gen. 1

2; cf. Sal 32 6.). [14] Sin embargo, se atribuye especialmente al Padre por ser la fuente de todo principio, como

atribuimos la sabiduría al Hijo y la bondad al Espíritu Santo, a pesar de que la sabiduría y la bondad sean

también comunes a las tres divinas personas.

 

«Creador del cielo y de la tierra»

[15] 1º Creador. Dios creó el mundo: • no de materia alguna, sino de la nada; • no obligado por

necesidad alguna, pues siendo feliz por Sí mismo, de nada necesita; sino por voluntad suya libre, con el fin de

comunicar su bondad a las cosas que hiciese; • por un solo acto de su querer; • tomándose a Sí mismo como

prototipo o modelo de todas las cosas.

[20] 2º Por cielo y tierra debe entenderse todo lo que en ellos se encierra (Sal. 88 12.), o más aún,

toda criatura, lo visible y lo invisible, esto es, el mundo material y el mundo espiritual o angélico.

30[16] a) Cielo corporal. Creó Dios el sol, la luna y los demás astros, organizándolos con un movimiento

constante, uniforme y permanente, para que señalen las estaciones, los días y los años.

[17] b) Cielo espiritual. Juntamente con el cielo corporal, creó Dios innumerables ángeles, que son

naturalezas espirituales, para que le sirviesen y asistiesen; a los cuales, desde el primer instante de su ser,

adornó con su gracia santificante, y los dotó de elevada ciencia (II Rey. 14 20.) y de gran poder (Sal. 102 20.).

Pero muchísimos de ellos se rebelaron por soberbia contra Dios, su Padre y Creador, por lo que al punto fueron

arrojados al infierno, donde son castigados eternamente (II Ped. 2 4.).

[18] c) Tierra. Al crear la tierra, la colocó Dios en el centro del universo, separó las aguas de lo seco, y

en lo seco levantó los montes, hizo los valles, adornó la tierra con gran variedad de árboles y plantas, y pobló

las aguas de peces, los aires de aves y la tierra de animales. [19] Finalmente, a partir del lodo de la tierra, creó

al hombre a su imagen y semejanza, con un cuerpo impasible e inmortal, con un alma libre y dotada de

integridad, otorgándole el don de la justicia original, esto es, la vida divina, y dándole imperio y dominio sobre

todos los demás animales.

[21] 3º Las cosas creadas por Dios no pueden subsistir, después de creadas, sin su virtud infinita. Por

eso mismo, Dios está presente a todas las cosas creadas por su Providencia, conservándolas en el ser con el

mismo poder con que las creó al principio, sin lo cual volverían a la nada (Sab. 11 26.). [22] En esta

providencia, Dios no impide la acción de las causas segundas, sino que, previniendo su acción, se sirve de ellas,

ordenándolo todo con fuerza y con suavidad (Sab. 8 1.).

 

CAPÍTULO II

DEL 1° ARTÍCULO DEL CREDO

 

Creo en Dios Padre, Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra.

I. Significado de estas palabras.

24. Este es el significado de estas palabras: Creo ciertamente y sin ninguna duda confieso a Dios Padre,

es a saber, a la primera persona de la Trinidad, que con su infinito poder hizo de la nada el cielo, la tierra y todo

cuánto contienen, y que después de creado lo conserva y gobierna. Y no solamente creo en él de corazón y le

confieso de boca, mas también le deseo y anhelo con suma ansia y piedad, como a sumo y perfectísimo bien.

Esta es una breve declaración de este primer Artículo. Mas, porque casi todas las palabras contienen

grandes misterios, debe luego el Párroco explicarlas con mucha diligencia y cuidado, para que, según el Señor

concediere, llegue el pueblo fiel con temor y temblor a contemplar la gloria de su Majestad.

 

II. Qué significa la palabra Creo.

25. Esta palabra creer no significa aquí lo mismo que pensar, sentir u opinar, sino, como enseñan las

santas Escrituras, tiene fuerza de un certísimo asentimiento, con que la mente cree firme y constantemente a

Dios que revela sus misterios.

Por lo cual aquel cree (en el sentido que aquí se explica) que sin duda alguna se halla persuadido de algo

como totalmente cierto.

 

III. Certeza de la fe.

26. Nadie debe pensar que es menos cierto el conocimiento que adquirimos por la fe, aunque no veamos

las cosas que nos propone para creer, pues la divina luz con que las percibimos, si bien no las aclara en sí, no

nos deja lugar para dudar de ellas ; porque el Señor que hizo salir la luz de las tinieblas, él mismo iluminó

nuestros corazones, para que su Evangelio no esté encubierto a nosotros, como lo está para los que se

pierden.

 

IV. La fe excluye la curiosidad.

27. De lo dicho se sigue que quien está adornado con este conocimiento celestial de la fe, queda libre de

la curiosidad de inquirir. Porque cuándo Dios nos manda creer, no nos propone sus divinos juicios para

escudriñarlos, o que averigüemos la razón o causa de ellos, sino que exige una fe inmutable, la cual hace que se

aquiete el alma en la noticia de la verdad eterna.

A la verdad, afirmando el Apóstol “Que Dios es veraz, y todo hombre falaz”, y si tendríamos por

arrogante e inconsiderado al hombre qué no diera crédito a lo afirmado por un varón grave y docto, sino que le

obligara a demostrar su aserto con argumentos y el testimonio de otros, ¿no es verdad que‖ sería muy

temerario y atrevido quien oyendo la palabra Dios quisiera indagar las razones de su celestial y saludable

doctrina? Por tanto, se ha de conservar la fe, apartando no solamente toda duda, sino aún todo deseo de

demostrar sus misterios.

 

V. Es necesario confesar públicamente la fe.

28. Además de esto, debe enseñar el Párroco que quien dice creo, a más de manifestar con esto el

interior asentimiento de su mente, que es acto interno de fe, debe declarar públicamente lo mismo que tiene en

el interior de su alma, y con gran decisión confesarlo y predicarlo.

Porque deben tener los fieles aquel espíritu que hacía decir confiadamente al Profeta: ―Creí, y por esto

he hablado, deben imitar a los Apóstoles, los cuales ―respondieron a los príncipes del pueblo: ―No podemos

dejar de predicar lo que vimos y oímos. Deben esforzarse con aquella esclarecida voz del Apóstol: ―No me

avergüenzo del Evangelio, porque es virtud de Dios para salud de todos los creyentes, y con aquella otra

sentencia que confirma en gran manera esta verdad: ―Es necesario creer de corazón para justificarse; y confesar

la fe con las palabras para salvarse.

VI. De la excelencia de la fe cristiana.

29. Con lo expuesto, vamos ya descubriendo la dignidad y excelencia de la doctrina cristiana, y lo mucho

que por ella debemos a Dios, quien nos ha concedido subir prontamente por estas como gradas de la fe, al

conocimiento de lo más sublime y digno de ser deseado con todo el alma.

En esto se diferencian muchísimo la filosofía cristiana y la sabiduría de este siglo, porque esta,

procediendo poco a poco, guiada por la sola luz natural, por los efectos y por lo que perciben los sentidos,

apenas llega, por último y no sin grandes esfuerzos a contemplar las cosas invisibles de Dios y al conocimiento

de la primera causa y autor de todo; mas la filosofía cristiana, de tal manera perfecciona la potencia del

humano entendimiento, que sin trabajo puede penetrar los cielos, e iluminado con la divina luz, mirar y

contemplar primeramente la misma fuente de toda luz y después lo que está debajo de ella, de suerte que, como

dice el Príncipe de los Apóstoles, experimentemos con sumo gozo del alma que somos llamados de las tinieblas

a una admirable luz, y creyendo, nos regocijemos con una alegría inexplicable. Con mucha razón, pues,

confiesan ante todo los fieles que creen en Dios, cuya majestad, según dice Jeremías, es incomprensible. Y el

Apóstol afirma que: “habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio, ni pudo ver”, pues como El

dijo, hablando con Moisés: “No me verá el hombre y vivirá”. Y la razón de esto, es porque nuestra alma para

llegar a Dios, que es lo más sublime, es necesario que enteramente esté libre de los sentidos, lo cual no

podemos naturalmente hacer en esta vida.

 

VII. Como se manifiesta Dios.

30. Pero aunque esto es así, no dejó el Señor, como dice el Apóstol, de dar testimonio de sí mismo,

haciendo beneficios desde el cielo, dando lluvias y tiempos abundantes, y llenando de sustento y alegría los

corazones de los hombres. Esta fue la razón que movió a los filósofos a no pensar cosa baja de Dios, apartando

muy lejos de El todo lo que es corpóreo, compuesto y mezclado ; como también a atribuirle perfecta virtud y

abundancia de todos los bienes, de suerte que dimanen de Él, como de una perpetua e inagotable fuente de

bondad y benignidad, todos los bienes perfectos sobre todas las cosas oreadas.

Llamáronle también sabio, autor y amador de la verdad, justo, bondadosísimo, y otros semejantes

nombres, por los cuales se da a conocer su suma y absoluta perfección; cuya inmensa e infinita virtud,

afirmaron, que llenaba todo lugar, y que se extendía por todas las cosas. Pero mucho más alta y

esclarecidamente enseñan esto las divinas letras; como en aquel lugar: ―Dios es espíritu‖. Y en otro: “Sed

vosotros perfectos, como lo es vuestro Padre celestial”. Ítem: ―Todas las cosas están desnudas y descubiertas

ante sus ojos. Mas: “Oh alteza de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios!”. En otro lugar: ―Dios es

veraz”. En otro: “Yo soy camino, verdad y vida” Mas: ―Tu diestra, está llena de justicia‖ Mas: ―Abres tu

mano, y llenas de bendición a todo animal”. Finalmente: “¿A dónde iré yo que me aleje de tu espíritu? ¿Y a

dónde huiré que me aparte de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás Tú, si bajo al abismo, allí te encuentro.

Si al rayar el alba me pusiere alas y fuere a posar en el último extremo del mar, etc.”. Y “¿por ventura no

lleno yo los cielos y la tierra, dice el Señor?”. Grandes, pues, y excelentes son las cosas que los filósofos

alcanzaron de la naturaleza de Dios conformes a la naturaleza de los sagrados libros y consiguientes a la

averiguación de sus obras.

 

VIII. La fe es más fácil y más digna que la ciencia.

Más aun en esto mismo conoceremos la necesidad de la doctrina revelada, si advertimos que la fe no

sólo sirve, como ya dijimos, para que los hombres rudos y sin letras conozcan fácil y prontamente lo que sólo

los sabios llegaron a descubrir después de un largo y porfiado estudio, sino que aprovecha también para que la

noticia de las cosas que se alcanza por la fe se comunique a nuestras almas mucho más cierta y más exenta de

todo error, que si las alcanzáramos instruidos por la ciencia humana. Pero ¿cuánto más alto y sublime se ha de

reputar aquel conocimiento de Dios que ninguno pudo jamás alcanzar por la sola contemplación de las

criaturas, sino que solamente le adquieren los fieles por la luz de la fe? Pues éste se contiene en los artículos del

Símbolo, los cuales nos enseñan la unidad de la divina esencia, la distinción de las tres personas, y que el

mismo Dios es el último fin del hombre, de quien ha de esperar la posesión de la celestial y eterna

bienaventuranza, según aprendimos del Apóstol, quien afirma “que Dios es remunerador de los que le

buscan”.

Cuán grandes sean estas cosas, y si son o no de esta calidad los bienes a que pudo aspirar el humano

conocimiento, lo mostró, mucho antes que el mismo Apóstol, el profesa Isaías con estas palabras: ―Desde que el

mundo existe, jamás nadie ha entendido, ni ninguna oreja ha oído, ni ha visto ojo alguno, sino sólo tú, oh Dios,

las cosas que tienes preparadas para aquellos que te están aguardando.

 

IX. Ha de confesarse que no hay más que un solo Dios.

32. De lo dicho se infiere que debemos confesar la existencia de un solo Dios, no de muchos, porque

como atribuimos a Dios una bondad y perfección suma, es imposible que lo que es sumo y perfectísimo se halle

en más de uno, y todo aquel a quien falta algo para ser sumo, desde luego es ya imperfecto, y, por consiguiente,

no le conviene la naturaleza y ser de Dios. Esto se prueba también por muchos lugares de la sagrada Escritura.

Porque escrito está: “Escucha, oh Israel: El Señor Dios nuestro, es el solo y único Dios y Señor”. También es

mandamiento del Señor: “No tendrás otros dioses delante de mí”. Además de esto, nos avisa por el Profeta

muchas veces: “Yo soy el primero, y yo el último, y fuera de mí no hay otro Dios”. Asimismo, el Apóstol

afirma claramente: “Uno es el Señor, una la fe, uno el bautismo”. Ni nos debe extrañar que algunas veces las

Santas Escrituras llamen con el nombre de Dios a las criaturas; pues el haber llamado dioses a los profetas y

jueces, no fue según el uso de los gentiles, que necia e impíamente fingieron muchos dioses, sino para dar a

entender, con un modo acostumbrado de hablar, alguna virtud o ministerio excelente que Dios les concedió

graciosamente.

33. Y así cree y confiesa la fe cristiana que Dios es uno en naturaleza, sustancia y esencia, como lo

afirmó la Iglesia en el Símbolo del Concilio de Nicea para confirmar la verdad. Pero elevándonos a un orden

superior, de tal modo entiende ser Dios uno, que venera la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad,

del cual misterio hemos de empezar a tratar, pues se dice en el Símbolo: Padre omnipotente.

 

X. Cómo conviene a Dios el nombre de Padre.

34. Mas porque este nombre de Padre no se le atribuye a Dios en un solo sentido, se ha de declarar

primeramente cuál es el significado más propio que en este lugar tiene. Aun algunos que no fueron instruidos

por la fe, entendieron que Dios era una sustancia eterna de la cual tuvieron origen las cosas, y con cuya

providencia se gobernaban, conservando cada una su orden y estado. Y por esto a semejanza de las cosas

humanas, así como llamaban padre a aquel de quien desciende la familia, y con cuya dirección y mando se

gobierna, así también por este motivo quisieron llamar Padre a Dios, a quien reconocían por autor y

gobernador de todas las cosas. Del mismo nombre usaron también las santas Escrituras, cuándo hablando de

Dios Indicaron que a Él se le debía atribuir la creación, potestad y admirable providencia de todo lo que existe;

pues leemos: ―¿Por ventura es él tu Padre, que te poseyó, amo y creó?. Y en otra parte: ―¿Por ventura no es

uno el Padre de todos nosotros? ¿No nos crió un solo Dios?.

 

XI. Dios es Padre principalmente de los cristianos.

35. Pero mucho más frecuentemente, y por un título especial, se llama Dios, mayormente en los libros

del Nuevo Testamento, Padre de los cristianos, los cuales no han recibido el espíritu de la antigua servidumbre

en temor, sino el espíritu de hijos adoptivos de Dios, con que claman: Padre, Padre, porque hizo con nosotros

el Padre la caridad de que nos llamemos y seamos hijos de Dios, y si somos hijos, somos también herederos, es

a saber: herederos de Dios, y coherederos de Cristo, que es el Primogénito entre muchos hermanos, ni se

avergüenza de llamarnos hermanos. Por tanto, ya se atienda al motivo general de la creación y providencia,

ya al particular de la espiritual adopción de hijos de Dios, en verdad, confiesan los fieles, que creen en Dios.

Pero, a las otras criaturas les ha dado ciertos regalos, pero a nosotros nos ha confiado su heredad, y esto

como a hijos, y si somos hijos también nos pertenece la herencia. ―No habéis recibido ahora el espíritu de

además de estas significaciones que hemos explicado, enseñará el Párroco que al oír el nombre de padre se ha

de elevar la mente a misterios más altos. Porque en este vocablo Padre, empiezan los oráculos divinos a

descubrirnos lo más recóndito y elevado que hay en aquella inaccesible luz en que cielos habita, lo cual la

humana inteligencia no sólo no podía conocerlo mas ni aun imaginarlo.

Se llama a Dios, Padre, dice Sto. Tomás, por razón del modo especial con que nos ha criado, es decir, a

su imagen y semejanza, la cual no imprimió a otras inferiores criaturas. “El es tu Padre que te crió y te hizo.”

También se llama Padre, por razón del modo con que nos gobierna. Aunque gobierna todas las cosas, a

nosotros nos gobierna como a señores, a las otras criaturas como a esclavos. “Tu Providencia, oh Padre,

gobierna todas las cosas.” “Y nos gobiernas con suma moderación.” Asimismo se llama Padre, porque nos ha

adoptado.

 

XII. El nombre de Padre indica pluralidad de personas.

36. Este mismo nombre nos indica que en una sola esencia de la divinidad se debe creer, no una sola

persona sino distintas. Tres son las personas en la divinidad: la del Padre, que de ninguno procede, la del Hijo,

que ante todos los siglos es engendrado por el Padre, y la del Espíritu Santo, que igualmente procede desde la

eternidad del padre y del Hijo. Es el Padre, en una misma esencia de la divinidad la primera persona, quien con

su Hijo unigénito y el Espíritu Santo es un Dios y un Señor, no en la singularidad de una persona sino en la

Trinidad de una sustancia. Pero estas tres divinas Personas, siendo ilícito pensar alguna desemejanza o

desigualdad entre ellas, sólo ge entienden distintas por sus propiedades; porque el Padre es no engendrado, el

Hijo engendrado por el Padre y el Espíritu Santo procede de ambos. Y así, de tal manera confesamos una

misma esencia y una misma sustancia en todas tres personas, que en la confesión de la verdadera y eterna

Deidad, creemos deber ser adorada piadosa y santamente la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia,

y la igualdad en la Trinidad.

 

XIII. De qué modo el Padre es la primera Persona.

37. Guando decimos que el Padre es la primera persona, no ha de entenderse esto de tal suerte que

creamos exista en la Trinidad alguna cosa primera o postrera, mayor o menor. No permita Dios tal impiedad en

las almas de los fieles, cuándo enseña la religión cristiana una misma eternidad, y una misma majestad de

gloria en todas tres personas. Mas, por eso afirmamos verdaderamente y sin ninguna duda, que el Padre es la

primera persona, porque él es principio sin principio, la cual persona, así como se distingue de las demás en la

propiedad de Padre, así a sola ella conviene particularmente el haber engendrado al Hijo desde la eternidad;

por eso al pronunciar en esta confesión juntos los nombres de Dios y de Padre, se nos significa que la primera

Persona, siempre fue juntamente Dios y Padre.

 

XIV. No hemos de escudriñar sutilmente el misterio de la Santísima Trinidad.

38. Mas, porque ninguna otra cosa podemos, ni tratar más peligrosamente, ni en otra alguna errar más

gravemente que en el conocimiento y explicación de este misterio, que es el más alto y más difícil, enseñe el

párroco que se han de conservar y retener con religioso cuidado los vocablos propios de esencia y de Persona,

con los cuales se expresa este misterio. Y sepan los fieles que la esencia es una, más distintas las personas. Pero

de ningún modo conviene investigar con sutileza estos misterios, acordándonos de aquella voz: “El escudriñador

de la Majestad será oprimido de la gloria”. Pues, debemos juzgar bastante para nuestra

seguridad saber cierta e indubitablemente por la fe, que así nos lo enseñó Dios, a cuyos oráculos no creer, es la

última necedad y miseria. ―Enseñad, dice, a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo,

y del Espíritu Santo‖. Y en otra parte: ―Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y el

Espíritu Santo; y estos tres son una misma cosa‖. Con todo, aquel que por beneficio de Dios cree estos

misterios, pida sin cesar y suplique a Dios y al Padre que creó de la nada todas las cosas, y las gobierna con

suavidad, quien también nos dio el derecho de hijos adoptivos suyos, y reveló el misterio de la Trinidad al

entendimiento humano, ore vuelvo a decir y pida incesantemente, que sea digno, de que admitido alguna vez

en las moradas eternas, vea cuán grande es la fecundidad de Dios Padre, que mirando y entendiéndose a sí

misino engendra al Hijo, igual y semejante a él mismo; y de qué modo un mismo e igual amor de los dos, que es

el Espíritu Santo, quien procede del Padre y del Hijo, une y junta entre sí con un eterno e indisoluble lazo al

que engendra y al que es engendrado, y que así sea una la esencia de la Trinidad, y perfecta la distinción de las

tres Personas.

 

XV. Por qué se dan a Dios nombres insignes. Omnipotente.

39. Las santas Escrituras suelen explicar con muchos nombres el sumo poder y la inmensa majestad de

Dios, para manifestar con cuánta sumisión y piedad debamos venerar su santísimo nombre; pero en primer

lugar enseñe el Párroco, que el poder infinito de todas las cosas es el que se le atribuye muy frecuentemente.

Pues El mismo dice de sí: “Yo soy Dios omnipotente” Y en otro lugar al enviar Jacob sus hijos a José; oró por

ellos de este modo: “Ojala el Dios mío todopoderoso os lo depare propicio”. Y en el Apocalipsis está escrito:

El Señor Dios todopoderoso, que es, y que era y que ha de venir”, y en otra parte el día final se nombra:

Día grande del Dios todopoderoso. Suele también significarse lo mismo con muchas palabras, como

cuándo se dice: “No habrá cosa imposible para Dios”. Y en otra parte: “¿Pues qué, acaso flaquea la mano del

Señor?”. Y en otra: ―Tienes siempre en tu mano el usar del poder cuándo quisieres; y otros testimonios

semejantes. En estos diferentes modos de hablar se manifiesta todo cuánto signifique la palabra Omnipotente.

 

XVI. Qué significa Omnipotente.

40. Entendemos por este nombre, que ni hay ni se puede pensar cosa alguna que Dios no pueda hacer.

Porque no sólo tiene poder para aquellas cosas que si bien muy grandes podemos nosotros pensarlas, como

aniquilarlo todo, y crear de repente muchos mundos, sino que también están en su poder otras mucho

mayores, que ni imaginarlas puede el entendimiento humano.

Pero aunque Dios puede todas las cosas, no se sigue de ahí que pueda mentir, engañar o ser engañado,

pecar, perecer o ignorar; pues estas cosas son propias de aquella naturaleza cuyas acciones son imperfectas.

Pero Dios, cuya acción es siempre perfectísima, en tanto se dice que no pueden estas cosas, en cuánto tal poder

nace de imperfección, no de suma virtud, cual es la que tiene Dios. Y así de tal manera creemos que Dios es

Omnipotente, que al mismo tiempo entendemos estar muy lejos de su Majestad todo lo

que no es muy conforme y conveniente a su naturaleza.

 

XVII. Por qué el Símbolo nos propone a Dios como Omnipotente.

41. Enseñe también el Párroco que recta y sabiamente se dispuso que, omitidos otros nombres

atribuidos a Dios, se nos propusiera en el Símbolo para creer este solo nombre de Omnipotente. Pues

conociendo que Dios es omnipotente, es también necesario que confesemos su infinita sabiduría, y que todo

está sujeto a su imperio. Y convencidos de que lo puede todo, legítimamente se deduce que tengamos por muy

ciertas todas las demás perfecciones, las cuales si no las tuviese, de ninguna manera podríamos entender cómo

sería Omnipotente. Además de esto, ninguna cosa es tan propia para confirmar nuestra fe y esperanza, como

tener bien asentado en nuestra mente, que nada hay imposible a Dios. Y a la verdad, después que el

entendimiento humano reconoce la omnipotencia; de Dios, fácilmente cree sin género de duda lo demás que se

ha de creer, por más grande y admirable que sea, aunque exceda al orden y modo de las cosas; antes bien

cuánto mayores son las cosas que enseñan las divinas Escrituras, tanto de más buena gana juzga que han de ser

creídas. Del mismo modo, si es necesario esperar algún bien, nunca se desalienta el alma por la grandeza de lo

que: pide, antes se esfuerza y conforta pensando muchas veces que nada hay imposible para un Dios

Omnipotente.

 

XVIII. Utilidad de la fe en la Omnipotencia divina.

42. Por esto conviene mucho estar fortalecidos con esta fe, especialmente cuándo nos vemos en la

precisión de hacer alguna obra extraordinaria para bien y utilidad de los prójimos, o cuándo deseamos alcanzar

algo de Dios con nuestras oraciones. Lo primero lo enseñó el mismo Cristo, cuándo reprendiendo la

incredulidad de sus Apóstoles, les dijo: “Ciertamente os aseguro que si tuviereis fe tan grande como un

granito de mostaza podréis decir a ese monte: Trasládate de aquí allá, y se trasladará, y nada os será

imposible”. Y lo otro testificó Santiago diciendo: “Pida con fe sin sombra de duda o desconfianza; pues quien

anda dudando, es semejante a la ola del mar alborotada y agitada del viento, acá y allá. Así que, un hombre

semejante no tiene que pensar que ha de recibir poco ni mucho del Señor”. Otras muchas utilidades y

provechos nos proporciona esta fe. Primeramente nos dispone para toda modestia y humildad de ánimo, pues

dice así el príncipe de los Apóstoles: “Humillaos debajo de la mano poderosa de Dios”. Enséñanos también

que no debe temerse donde no hay por qué, y que solamente se ha de temer a Dios en cuya potestad estamos,

con las cosas nuestras; pues dice nuestro Salvador: Yo os mostraré a quien habéis de temer. Temed a aquel

que después de muerto el cuerpo, tiene poder para echar el alma en el infierno”. Asimismo nos valemos de

esta fe para reconocer y celebrar los inmensos beneficios de Dios hacia nosotros, porque quien contempla a

Dios Omnipotente, no puede ser de corazón tan ingrato que deje de exclamar muchas veces: “Cosas grandes

hizo en mí, el que es poderoso”.

 

XIX. En la Trinidad, no hay tres omnipotentes.

43. Mas porque en este artículo llamamos al Padre omnipotente, nadie debe creer falsamente que de tal

manera se le atribuye, que no sea también propia del Hijo y del Espíritu Santo, pues así como decimos Dios

Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu | Santo, y, con todo, no decimos haber tres dioses, sino un Dios; así también

confesamos igualmente Omnipotente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, más no decimos que haya tres

Omnipotentes, sino sólo uno. Llamamos Todopoderoso al Padre por la razón particular de que es la fuente de

todo origen, así como al Hijo que es la palabra eterna del Padre atribuimos la sabiduría, y la bondad al Espíritu

Santo que es el amor del Padre y del Hijo, aunque estos y otros semejantes nombres se digan comúnmente de

todas tres Personas según la regla de la fe católica.

 

XX. De qué hizo Dios al mundo, de qué modo y para qué fin.

44. Creador del cielo y de la tierra. Cuán necesario haya sido instruir a los fieles, en primer lugar, sobre

el conocimiento de Dios Omnipotente, se puede ver por las cosas que ahora se han de explicar acerca de la

creación del universo. Porque tanto más fácilmente se cree el milagro de una obra tan grande, cuánto no hay

duda alguna acerca del inmenso poder del Creador. No fabricó Dios el mundo de materia alguna, sino que le

creó de la nada, ni hizo esto forzado de alguna violencia o necesidad, sino de su libre y mera voluntad. Ni

hubo otra causa que le indujese a esta obra, sino la de comunicar su bondad a las cosas que creó. Porque la

naturaleza de Dios siendo por sí misma infinitamente bienaventurada, de nada necesita, como dice David:

Dije al Señor, tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes. Así como movido de su bondad hizo

cuánto quiso, así también, al crear todas las cosas, no se guió por algún ejemplar o modelo que estuviese fuera

de sí mismo, sino que por contenerse en su inteligencia divina el ejemplar de todas ellas, viéndole en sí mismo

el supremo artífice, y como imitándole, creó en el principio el universo con aquella sabiduría e infinita virtud

que le es propia. “Porque él dijo, y las cosas fueron hechas; él mandó y luego fueron creadas”.

 

XXI. Qué se ha de entender por cielo y tierra en este lugar.

45. Más, en nombre de cielo y tierra, se ha de entender todo lo que ellos contienen. Porque, además de

los cielos, que el Profeta llamó obra de sus dedos, añadió también el resplandor del sol, y la hermosura de la

luna y demás planetas; y para que los días y los años sirviesen de señales y distinguiesen los tiempos, ordenó

los astros del cielo con un curso tan cierto y permanente, que ni puede verse cosa más movible que su perpetua

revolución, ni otra más cierta que su movimiento.

 

XXII. De la creación de los ángeles.

46. Además, creó Dios de la nada, la naturaleza espiritual e innumerables ángeles para que le sirviesen y

asistiesen, a los cuales luego enriqueció y adornó con el don maravilloso de la gracia y poder. Porque diciendo

la sagrada Escritura que “El diablo no permaneció en la verdad”, se nos declara que él y todos los demás

ángeles desertores fueron adornados con la gracia desde el principio de su creación. Acerca de lo cual habla así

San Agustín: “Dios creó los ángeles con buena voluntad, esto es, con el amor casto con que se unen con él,

formando en ellos la naturaleza y al mismo tiempo dándoles la gracia”.

Y así se ha de creer que los ángeles buenos nunca estuvieron sin buena voluntad o sin amor de Dios. Por

lo que se refiere a su ciencia, hay aquel testimonio de las letras sagradas: “Tú, Señor mi Rey, eres sabio así

como tiene sabiduría un ángel de Dios, de modo que entiendes todas las cosas sobre la tierra”. En cuanto a

su poder, se le atribuye el profeta David por aquellas palabras: “Poderosos en virtud y que cumplen vuestros

mandamientos”. Por esta razón se llaman muchas veces en las sagradas letras virtudes y ejércitos del Señor.

Pero aunque todo ellos fueron enriquecidos con celestiales dones, no obstante muchísimos por haberse

apartado de Dios su Padre y Criador, fueron derribados de aquellas sublimes tronos y encerrados en una

oscurísima cárcel de la tierra, donde pagan las penas eternas de su soberbia. De ellos escribe así el Príncipe de

los Apóstoles: “No perdonó Dios a los ángeles que pecaron, antes amarrados con las cadenas del infierno, los

entregó a sus tormentos, reservándolos para el juicio”.

 

XXIII. De la creación de la tierra.

47. A la tierra también fundada sobre su firmeza, mandó Dios por su palabra, que se mantuviera estable

en medio del mundo, e hizo que “se alzasen los montes y abajasen los valles en el lugar que les estableció”, y

para que no la anegasen la fuerza de las aguas, les puso un límite que no traspasarán, ni se elevarán para cubrir

la tierra. Después no solamente la vistió y hermoseó con toda variedad de árboles, hierbas y flores, sino que la

pobló también de innumerables especies de animales, al modo que antes había ya poblado las aguas y el aire.

 

XXIV. De la creación del hombre.

48. Últimamente formó Dios al hombre del lodo de la tierra, dispuesto y ordenado en cuánto al cuerpo,

de tal modo que fuese inmortal e impasible, no por virtud de su naturaleza, sino por beneficio de Dios. Por lo

que refiere al alma, le formó a su imagen y semejanza, le dio libre albedrío, y con tal armonía ordenó sus

movimientos y apetitos, que nunca dejasen de obedecer al imperio de la razón. Además de esto, le concedió el

don maravilloso de la justicia original, y quiso también que presidiese a los demás animales. Todo lo cual

fácilmente podrán saber lo Párrocos para instrucción de los fieles por la historia del Génesis.

 

XXV. Por los nombres de cielo y tierra se entienden todas las cosas visibles e invisibles.

49. Estas son las cosas que sobre la creación del Universo se han de entender por las palabras Cielo y

Tierra, lodo lo cual comprendió brevemente el Profeta con estos términos: “Tuyos son los cielos y tuya es la

tierra, la redondez de ella con todas las cosas de que está poblada, tú la fundaste”. Pero, aún más

brevemente los expresaron los Padres del Concilio de Nicea con aquellas palabras: visibles e invisibles que

añadieron al Símbolo. Porque todas las cosas contenidas en el universo y que confesamos haber creado Dios, o

se pueden percibir por algún sentido, y por lo mismo se llaman visibles, o se pueden percibir con el

entendimiento, y ésas se denotan con el nombre de invisibles.

 

XXVI. Lo que Dios creó no puede subsistir sin su providencia.

50. Mas no hemos de creer que Dios es creador y hacedor de todas las cosas de tal suerte que después de

haber acabado y perfeccionado su obra, puedan subsistir sin su infinito poder las cosas creadas. Porque así

como el sumo poder, sabiduría y bondad de Dios, dio a todas ellas su ser, así también si su perpetua

providencia no las mantuviera después de creadas, y no las conservase con el mismo poder con que al principio

las hizo, al instante se aniquilarían. Esto declara la Escritura cuándo dice: “¿Cómo pudiera durar alguna cosa,

si tú no quisieses ¿Ni cómo conservarse nada sin orden tuya?” Sab. XI. 26.

 

XXVII. Dios con su providencia no impide la actitud de las causas segundas.

51. No solamente conserva y dirige el Señor con su providencia todas las criaturas que existen, sino

también a las que tienen vida y obran las excita con íntima virtud al movimiento y acción, de tal modo, que si

bien no impide, previene la eficacia de las causas segundas, porque su ocultísima virtud se extiende a cada una

de las cosas en particular; y como afirma el Sabio: “Se extiende fuertemente de un extremo a otro, y lo ordena

todo con suavidad”. Sab., VIII, 1.

Por lo cual al anunciar el Apóstol a los de Atenas el Dios que ignorantes adoraban, dijo: “No está lejos

de cada uno de nosotros, porque por El vivimos, nos movemos y somos”. Act., XVII, 27, 28.

 

XXVIII. La obra de la creación no se ha de atribuir solamente al Padre.

52. Esto baste en orden la explicación del primer Artículo, advirtiendo solamente que la obra de la

creación es común a todas las personas de la santa e individua Trinidad, porque en este lugar confesamos, con

 

Segundo artículo del Credo

Y EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO,

NUESTRO SEÑOR

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] La confesión de este segundo artículo del Credo, esto es, de la divinidad de nuestro Señor Jesucristo,

es el fundamento de nuestra redención y salvación (Cf. I Jn. 4 15; Mt. 16 17.). [2] Ello se verá mejor si se

considera la pérdida del estado felicísimo en que Dios creó al hombre. Adán, al violar el mandamiento de Dios

(Gen. 2 16-17.), perdió el estado de justicia original no sólo para sí, sino también para toda su descendencia. [3]

Y el género humano no podía levantarse de esa caída y salir de ese estado ni por obra humana ni por obra

angélica: el único remedio era que el Hijo de Dios, revistiendo nuestra naturaleza humana, expiase la ofensa

infinita del pecado y nos reconciliase con Dios por su muerte sangrienta.

[4] Por este motivo la fe en la Redención fue siempre necesaria, y sin ella no pudo salvarse hombre

alguno. Y por eso también Jesucristo, el Redentor, fue anunciado muchas veces por Dios desde el principio del

mundo. Al mismo Adán que acababa de pecar, Dios le promete la redención y el Redentor (Gen. 3 15.); más

tarde declara a Abraham (Gen. 22 16-18.), a Isaac y a Jacob (Gen. 28 12-14.), que saldrá de su descendencia.

Con este fin escoge al pueblo hebreo y le da un gobierno y una religión, a fin de conservar por él la verdadera fe

y la esperanza del Redentor; y hace que el Redentor sea figurado en el Antiguo Testamento por personajes e

incluso cosas inanimadas. Finalmente, anuncia por los profetas todo lo que se refiere al nacimiento, doctrina,

vida, costumbres, pasión, muerte y resurrección del Redentor, de modo que no existe diferencia entre los

vaticinios de los profetas y la predicación de los apóstoles, ni entre la fe de los antiguos patriarcas y la nuestra.

«Y en Jesucristo»

[5] 1º Jesús es nombre exclusivo del que es Dios y Hombre, impuesto por Dios a Cristo (Lc. 1 31.), y

significa «Salvador», porque vino para salvar a su pueblo de sus pecados (Mt. 1 20-21.). Además, es un nombre

que encierra el significado de los demás nombres que los profetas dieron al Redentor para expresar los

diferentes aspectos de esta salvación. [6] Y aunque algunos llevaron antes este nombre de «Jesús», no les

convenía como conviene a Cristo, por varias razones: • no dieron la salvación eterna, liberando de las cadenas

del error, del pecado y del demonio, reconciliando con Dios y adquiriendo un reino eterno, sino una salvación

temporal, liberando del hambre, o de la opresión de los egipcios o babilonios; • ni la trajeron a todos los

hombres, sino sólo a un pueblo determinado; • ni a todos los tiempos.

[7] 2º Cristo significa «Ungido». En el Antiguo Testamento eran ungidos y llamados tales tres clases

de hombres, por representar por sus cargos la majestad de Dios: • los sacerdotes, encargados de ofrecer

sacrificios y oraciones a Dios por el pueblo; • los reyes, encargados de gobernar a los pueblos y defender la

autoridad de las leyes; • los profetas, que como intérpretes de Dios revelaban los misterios del cielo e instruían

con preceptos saludables.

El Redentor, al venir al mundo, recibió en grado sumo y excelente el estado y las obligaciones de las tres

personas: de profeta, de sacerdote y de rey, y por eso fue llamado Ungido (Sal. 44 8; Is. 61 1; Lc. 4 18.). En

efecto, El es: • sumo Profeta y Maestro, que nos enseñó la voluntad de Dios y nos comunicó el conocimiento

del Padre celestial; • sumo Sacerdote, de un nuevo sacerdocio que remplaza al de Leví (Sal. 109 4; Heb. 5 6.);

sumo Rey, no sólo en cuanto Dios, sino también en cuanto hombre, porque Dios atesoró en El todo el poder,

grandeza y dignidad de que era capaz la naturaleza humana, y le dio el reino sobre todo lo creado, reino que ya

empieza a ejercer en su Iglesia, rigiéndola con admirable providencia, defendiéndola contra sus enemigos,

imponiéndole leyes, dándole santidad y justicia, y facilitándole los medios y fuerza para que se mantenga firme.

«Su único Hijo»

[8] Por estas palabras confesamos: • que Jesucristo es la segunda Persona de la Santísima Trinidad,

igual en todo a las otras dos (Jn. 1 1.); • y que Jesucristo es Hijo de Dios y Dios verdadero, como lo es el Padre

que lo engendra desde la eternidad. Este nacimiento divino del Hijo de Dios no es como el nacimiento terreno y

mortal, y por eso, no pudiéndolo percibir ni entender perfectamente por la razón, debemos creerlo y adorarlo

admirados por la grandeza del misterio. [9] La comparación que más ayuda a nuestra razón a explicarse dicho

misterio, es la siguiente: así como el entendimiento, al conocerse a sí mismo, se forma una idea de sí mismo,

llamada «verbo»; así también Dios Padre, entendiéndose a Sí mismo, engendra al Verbo eterno.

Engendrado por el Padre en cuanto Dios antes de todos los siglos, Jesucristo es engendrado como

hombre en el tiempo por la Santísima Virgen María. Por lo tanto, debemos reconocer en Jesucristo dos

nacimientos, pero una sola filiación, la divina, porque una sola es la persona.

[10] Por lo que se refiere a la generación divina, Jesucristo no tiene hermanos, por ser el Hijo unigénito

del Padre; pero en lo que se refiere a su generación humana, es primogénito de muchos hermanos, que son

aquellos que, habiendo recibido la fe, la profesan de palabra y la confirman con obras de caridad.

«Nuestro Señor»

[11] Algunas cosas se dicen de Jesucristo en cuanto Dios, como ser omnipotente, eterno e inmenso, y

otras en cuanto hombre, como padecer, morir y resucitar. Pero hay otras cosas que convienen a Cristo según

sus dos naturalezas, como ser Señor de todas las cosas. En efecto:

1º Le conviene en cuanto Dios, porque, siendo un solo y mismo Dios con el Padre, es también con El

un solo y mismo Señor.

2º Le conviene en cuanto hombre, por dos razones: • la primera, en virtud de la unión hipostática, o

unión de las naturalezas divina e humana en una sola persona; por esta maravillosa unión mereció ser

constituido Señor de todas las cosas; • la segunda, por derecho de conquista, esto es, por haber sido nuestro

redentor y habernos librado de la esclavitud de los pecados (Fil. 2 8-11.).

[12] Justo es, pues, que llevando nosotros el nombre de cristianos, nos entreguemos y consagremos

como esclavos a nuestro Redentor y Señor. Eso mismo prometimos al recibir el bautismo, declarando

renunciar a Satanás y al mundo, y entregarnos del todo a Jesucristo; por lo que muy culpables seríamos si

ahora viviéramos según las máximas y leyes del mundo, como si nos hubiéramos consagrado al mundo y al

diablo, y no a Cristo.

 

CAPÍTULO III

DEL 2° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO

Y en Jesucristo, su único Hijo, Señor nuestro.

I. Del segundo artículo, y utilidad de su confesión.

53. Cuán admirable y copioso sea el provecho que reportó el género humano por la fe y confesión de

este artículo, lo declaran así aquel testimonio de San Juan: ―Cualquiera que confesare que Jesús es Hijo de

Dios, Dios está en él, y él en Dios; como también aquel otro con que Cristo Nuestro Señor publicó

bienaventurado al Príncipe de los Apóstoles, diciendo: ―Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te

reveló esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Porque éste es el fundamento

firmísimo de nuestra salud y redención.

 

II. Por donde se conocerá mejor la grandeza de este beneficio.

54. Mas porque de ningún modo se entiende mejor este maravilloso fruto y provecho como

considerando la caída de los primeros hombres desde aquel felicísimo estado en que Dios los había colocado

en cualquier día que comieres de él, morirás; incurrió en aquella suma calamidad de perder la santidad y

justicia en que había sido creado, y en el sufrimiento de otros males que copiosamente explicó el santo Concilio

Tridentino. Además, advertirá que el pecado y su pena no se limitaron a solo Adán, sino que de él, como de

principio y causa, se propagaron en justo castigo a toda la posteridad.

 

III. Ninguno pudo reparar el género humano, sino Cristo.

55. Habiendo, pues, caído nuestra naturaleza del altísimo grado de dignidad en que estaba, de ningún

modo bastaban todas las fuerzas de hombres ni ángeles para levantarla y restituirla a su antiguo estado. Por lo

cual no quedaba otro remedio a aquella caída y a sus consecuencias, sino que el infinito poder del Hijo de Dios,

lomando la flaqueza de nuestra carne, borrase la malicia infinita del pecado, y nos reconciliase con Dios por

medio de su sangre.

 

IV. Sin la fe en la redención, ninguno pudo salvarse; por eso Cristo fue profetizado muchas

veces desde el principio del mundo.

56. La fe y confesión de la redención es y fue siempre necesaria a los hombres para salvarse, y por lo

mismo Dios la manifestó desde el principio del mundo. Porque en aquella sentencia de condenación que dio al

género humano luego después del pecado, significó también la esperanza de la redención en las mismas

palabras con que intimó al demonio el daño que le había de hacer redimiendo a los hombres: “Yo pondré

enemistades entre ti y la mujer, y entre tu rasa y la descendencia suya; ella quebrantará tu cabeza, y tú

andarás acechando a su calcañar”. Después confirmó también muchas veces esta misma promesa, y

manifestó más claramente su determinación, especialmente a algunos hombres a quienes quiso favorecer con

muestras de singular benevolencia.

Y entre otros, después de haber declarado muchas veces este misterio al Patriarca Abraham, se lo

manifestó más claramente al tiempo que obedeciendo al mandamiento de Dios, quiso sacrificar a su único hijo

Isaac, pues le dijo: “En vista de la acción que acabas de hacer, no perdonando a tu hijo único por amor de mí,

yo te llenaré de bendiciones, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que

está, en la orilla del mar; tu posteridad poseerá las ciudades de sus enemigos, y en un descendiente tuyo

serán benditas todas las naciones de la tierra, porque has obedecido a mi voz”. De estas palabras fácilmente

se deduce que de la generación de Abraham habla de salir quien, librando a todos de la cruelísima tiranía de

Satanás, había de traer la salud, y era necesario que aquel fuese el hijo de Dios, nacido del linaje de Abraham

según la carne. Poco después, para que conservase la memoria de esta promesa, volvió a establecer el mismo

pacto con Jacob, nieto de Abraham. Porque viendo Jacob aquella escala que puesta sobre la tierra, llegaba

hasta los cielos, y a los ángeles de Dios que subían y bajaban por ella, como asegura la Escritura, oyó también al

Señor que junto a la escala le decía: “Yo soy el Señor Dios de Abraham tu padre, y el Dios de Isaac. La tierra,

en que duermes, te la daré a ti y a tu descendencia. Y será tu posteridad tan numerosa como los granitos del

polvo de la tierra; extenderte hacia Occidente y al Oriente, y al Septentrión, y al Mediodía; y serán benditas

en ti y en el que saldrá o descenderá de ti todas las tribus o familias de la tierra”. Después de esto, para

renovar la misma memoria de su promesa, continuó manteniendo la esperanza del Salvador así entre los

descendiente es de Abraham como entre otros muchos hombres: ya que establecida la república y religión de

los judíos, empezó a declararse más a su pueblo. Pues aun las cosas mudas significaron, y los hombres

predijeron, cuáles y cuántos habían de ser los bienes que aquel Salvador, y nuestro Redentor Jesucristo había

de traer. Y ciertamente los Profetas, cuyos entendimientos fueron ilustrados con luz del cielo, profetizaron el

nacimiento del Hijo de Dios, las maravillas que El obró después de nacido hombre, su doctrina, costumbres,

método de vida, muerte, resurrección, y todos los demás misterios suyos, enseñándolos tan claramente como si

hubiesen sido cosas presentes, en tanto grado, que no vemos que exista otra diferencia entre las predicciones

de los Profetas y la predicación de los Apóstoles, y entre la fe de los antiguos Patriarcas y la nuestra, sino la

distinción sola del tiempo venidero y pasado. Pero, veamos ya cada una de las partes del Artículo.

 

V. Del nombre de Jesús que propiamente conviene a Cristo.

57. Jesús es nombre propio de aquel que es Dios y hombre, el cual significa Salvador. Ni le fue puesto

casualmente, o por dictamen y voluntad de los hombres, sino por disposición y mandamiento de Dios. Porque

el ángel anunció a María su Madre de este modo: “Sabe que has de concebir en tu seno, y darás a luz un hijo, a

quien pondrás por nombre Jesús”. Y después no solamente mandó a José, esposo de la Virgen, que pusiese

al niño este nombre, sino también le declaró el motivo porque se había de llamar así, pues le dijo: ―José, hijo de

David, no tengas recelo en recibir a María tu esposa, porque lo que ha engendrado en su seno, es obra del

Espíritu Santo. Así que dará a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús; pues es el que ha de salvar a su

pueblo de sus pecados.

 

VI. Aunque muchos se han llamado con este nombre, a ninguno conviene como a Cristo.

58. Es cierto que otros muchos se llamaron con este nombre, según las divinas Escrituras. Pues el

misino nombre tuvo el hijo de Nave, que sucedió a Moisés, quien, lo que a Moisés no fue concedido, Introdujo

en la tierra de promisión al pueblo que Moisés había libertado de Egipto. Con el mismo nombre se llamó

también el hijo de Josedech, sacerdote. Pero ¿con cuánta más razón se ha de llamar con este nombre a nuestro

Salvador? El dio la luz, la libertad y la salud, no a un pueblo sólo, sino a todos los hombres de todas edades, y

no oprimidos al hambre o esclavitud de Egipto o Babilonia, sino a los que vivían en tinieblas y sombras de

muerte, y esclavizados bajo las durísimas cadenas del pecado y del diablo.

El los reconcilió con Dios Padre, adquiriéndoles el derecho y la herencia del reino celestial. Por último,

vemos que aquellos fueron representación y figura de Cristo Señor, el cual coligó al linaje humano de los

beneficios que hemos dicho. Además de esto, todos los otros nombres con le decían las profecías que se había

de llamar el Hijo de Dios, se reducen a sólo este nombre de Jesús. Porque significando cada uno de ellos una

sola parte de la salud que nos había de dar, sólo éste reunió en sí la suma y compendio de toda la salud de los

hombres.

 

VII. De lo que significa el nombre Cristo, y por cuántos títulos convenga a nuestro Jesús.

59. Al nombre de Jesús se añadió además el de Cristo que significa Ungido, y es nombre de honor y

oficio, no propio de solo uno, sino común a muchos: ya que nuestros padres antiguos llamaban cristos a los

sacerdotes y reyes que Dios había mandado ungir por la dignidad de su oficio. Porque el ministerio de los

sacerdotes consiste en rogar a Dios por el pueblo con oraciones continuas, ofrecer sacrificios al Señor, y

suplicarle por la prosperidad de los que les están encomendados. Mas a los reyes se encomendó el gobierno de

los pueblos; y así su principal cargo está en defender y proteger la autoridad de las leyes, amparando a los

inocentes y reprimiendo la osadía de los malos. Y porque ambos oficios representan en la tierra la majestad de

Dios por eso se ungían los que eran escogidos para ejercer el cargo real o sacerdotal.

También hubo costumbre de ungir a los profetas, los cuales como Intérpretes y medianeros de Dios

inmortal, nos manifestaron los secretos celestiales, y nos exhortaron a la enmienda de las costumbres con

saludables preceptos y profecías. Mas cuándo nuestro Salvador Jesucristo vino al mundo, se encargó de los

oficios y empleos de las tres clases de personas que hemos indicado, es a saber, de Profeta, Sacerdote y Rey; y

por estas causas fue llamado Cristo, y fue ungido para ejercer estos cargos, no por mano de algún hombre sino

por virtud del Padre celestial, ni con ungüento de la tierra, sino con óleo espiritual; porque se derramó sobre su

santísima alma la plenitud del Espíritu Santo, su gracia, y todos los dones, en tanta abundancia que nunca

hubo otra naturaleza criada capaz de ella, y esto declaró muy bien el Profeta cuándo al hablar del mismo

Redentor decía: ―Amaste la justicia y aborreciste la iniquidad; por eso te ungió, oh Dios, el Dios tuyo con óleo

de gracia, con preferencia a tus compañeros. Lo mismo manifestó mucho más claramente Isaías por estas

palabras: “El Espíritu del Señor ha reposado sobre mí; porque el Señor me ha ungido, y me ha enviado para

evangelizar a los mansos y humildes”.

Y así, Jesucristo fue sumo Profeta y Maestro que nos enseñó la voluntad de Dios, y por cuya doctrina

recibió el mundo el conocimiento del Padre celestial. Y tanto más propia y debidamente le conviene este

nombre, cuánto todos los demás que fueron honrados con el mismo nombre, habían sido sus discípulos, y

enviados principalmente a anunciar este Profeta que había de venir para salvar a todos. También Cristo fue

sacerdote, no de aquel orden de que fueron los sacerdotes de la tribu de Leví en la ley antigua, sino de aquel de

que David Profeta cantó: “Tú eres Sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec”. Cuyo argumento

desarrolló diligentemente el Apóstol, escribiendo a los hebreos. Asimismo, reconocemos también por Rey a

Jesucristo, no sólo en cuánto Dios, mas también en cuánto hombre, y según que es participante de nuestra

naturaleza, lo cual atestiguó el Ángel diciendo: “Reinará en la casa de Jacob para siempre, y su reino no

tendrá fin”. El cual reino de Cristo es espiritual y eterno que empieza en la tierra y se perfecciona en el cielo. Y

en verdad hace los oficios de Rey para con su Iglesia con maravillosa providencia. Pues Él la gobierna, Él la

defiende del furor y asechanzas de sus enemigos, Él ordena sus leyes, y Él comunica con abundancia no

solamente santidad y justicia, sino también virtud y fuerza para perseverar en ella. Y aunque este reino

comprende en su seno así buenos como malos, y por lo mismo todos los hombres pertenecen a él con derecho,

con todos los que participan de la suma rondad y largueza de nuestro Rey, más que todos los demás, son

aquellos que hacen una vida inocente y perfecta con arreglo a sus preceptos. Cristo no poseyó este reino por

derecho de herencia o por derecho humano, aunque descendía de reyes muy esclarecidos, sino fue Rey porque

Dios le dio, en cuánto hombre, toda aquella potestad, grandeza y dignidad de que es capaz la naturaleza

humana. Y así le entregó el reino de todo el mundo, y efectivamente en el día del juicio se le rendirán todas las

cosas entera y perfectamente, lo cual ha empezado ya a realizarse.

 

VIII. De qué modo hemos de creer y confesar que Jesucristo es Hijo único de Dios.

60. Su único Hijo. Altos son los misterios que en estas palabras se proponen a los fieles para creerlos y

contemplarlos; a saber, que el Hijo de Dios es también Dios verdadero, así como lo es el Padre que lo engendró

desde la eternidad. Además de esto, confesamos que El es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, igual

en todo a las otras dos Personas; porque ninguna cosa desigual y desemejante hay, ni aun fingir debemos en las

tres divinas Personas. En todas tres reconocemos una misma esencia, voluntad y potestad; lo cual además de

otros muchos testimonios de las santas Escrituras, se declara de un modo muy excelente en aquel del apóstol

San Juan, que dice: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios”. Mas

cuándo decimos que Jesús es Hijo de Dios, no hemos de pensar que intervino en este nacimiento alguna cosa

terrena o mortal, sino debemos creer constantemente y venerar con suma piedad de ánimo aquella generación

con que el Padre engendró desde la eternidad al Hijo, la cual de modo alguno se puede declarar ni entender

perfectamente, y así sobrecogidos de admiración por tan gran misterio, hemos de exclamar con el Profeta:

¿Quién será poderoso para referir su generación?”. Por tanto, se debe creer que el Hijo tiene la misma

naturaleza, la misma potestad y la misma sabiduría que el Padre, como más claramente confesamos en el

Símbolo Niceno por estas palabras:Y en Jesucristo, único Hijo de Dios, y nacido del Padre antes de todos los

siglos; Dios nacido de Dios, luz nacida de luz, Dios verdadero, nacido de Dios verdadero, engendrado, no

hecho, de una misma sustancia con el Padre, por quien fueron hechas todas las cosas”.

 

IX. Explicase la generación eterna de Cristo con una semejanza; y de sus dos nacimientos y

filiación.

61. Entre todas las semejanzas que se suelen aducir para dar a entender el modo de esta generación

eterna, parece que el más propio es el que se toma del modo de pensar de nuestro entendimiento ; por lo cual

llamó San Juan al Hijo de Dios, Verbo, o concepto del entendimiento, porque así como éste al entenderse de

algún modo a sí mismo, forma su misma imagen y semejanza, la cual los teólogos llaman verbo o concepto; así

también, Dios, según es posible de algún modo comparar lo divino con lo humano, entendiéndose a sí mismo,

engendra al Verbo o concepto eterno. Aunque es mejor contemplar lo que propone la fe, y creer y confesar

sencillamente que Jesucristo es verdadero Dios, engendrado por el Padre antes de todos los siglos; mas, en

cuánto hombre, nacido en tiempo de María Virgen su Madre. Y aunque reconocemos estos dos nacimientos,

creemos que él es un solo Hijo; porque es una sola Persona, en la cual se unen la divina y humana naturaleza.

 

X. De qué modo tiene, y no tiene hermanos Jesucristo.

62. Por lo que toca a la generación divina, Jesucristo no tiene hermanos o coheredero alguno, porque él

es único Hijo del Padre, y nosotros hechura y obra de sus manos. Pero si le consideramos por lo que se refiere

al nacimiento humano, no solamente El llama a muchos con el nombre de hermanos, sino que en verdad los

tiene en su lugar, para que juntamente con él alcancen la gloria de la herencia del Padre; estos son los que

después de recibir a Cristo por la fe, demuestran con las obras y oficios de caridad la fe que profesan en el

nombre. Por esto le llama el Apóstol primogénito entre muchos hermanos.

XI. Jesucristo se llama y es nuestro Señor, en cuánto Dios y en cuánto hombre.

63. Señor nuestro. Muchos son los títulos con que en las santas Escrituras es llamado nuestro Salvador.

De éstos, es manifestó, que unos le convienen en cuánto Dios, y otros en cuánto hombre, porque de diversas

naturalezas tomó diversas propiedades. Así decimos con verdad, que Jesucristo es Omnipotente, eterno e

inmenso; todo lo cual le es propio por razón de la naturaleza divina. También decimos de El que padeció, murió

y resucitó; las cuales cosas ya nadie duda ser propias de la naturaleza humana. Pero además de estas cosas, hay

otras que le convienen según las dos naturalezas, como el ser Nuestro Señor, según confesamos en este lugar. Y

así, con muy justa razón le debemos llamar Nuestro Señor según ambas naturalezas. Porque al modo que El es

Dios eterno como el Padre, es también Señor de todas las cosas igualmente que él Padre; y a la manera que El y

el Padre no son distintos dioses, sino un solo Dios, así tampoco son distintos Señores, sino un solo Señor.

También en cuánto hombre se llama rectamente Nuestro Señor por muchas razones. Y en primer lugar le

pertenece legítimamente esta potestad de llamarse y ser verdaderamente Nuestro Señor, porque El es nuestro

Redentor que nos libró del pecado, como lo enseña el Apóstol por estas palabras: “Se humilló a sí mismo

haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual también Dios le ensalzó sobre todas las

cosas, y le dio Nombre superior a todo nombre: a fin de que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en el

cielo, en la tierra y en el infierno; y toda lengua confiese, que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios

Padre”. Y El mismo dijo de sí después de la resurrección: “Se me ha dado toda potestad en los cielos y en la

tierra”. También se llama Señor, porque en una sola persona juntó las dos naturalezas divina y humana. Por

esta maravillosa unión, aunque no hubiese muerto por nosotros, mereció ser constituido Señor de un modo

general de todas las criaturas, y en particular de los fieles que le obedecen y sirven con sumo afecto de su alma.

 

XII. Los cristianos nos hemos de entregar totalmente a Jesucristo despreciando al mundo y al

demonio.

64. Por tanto, lo que ahora resta es, que el Párroco avise y exhorte al pueblo fiel a que conozca cuán

justo es, que nosotros que tomando nuestro nombre de Cristo, nos llamamos cristianos, y no podemos ignorar

cuántos beneficios nos ha hecho, pues los conocemos por el don de la fe con que nos ha favorecido, cuán debido

es, digo, que nosotros nos entreguemos por siervos, y nos consagremos para siempre a nuestro Redentor y

Señor, a la verdad, esto profesamos ante las puertas de la Iglesia cuándo fuimos bautizados; porque entonces

declaramos que renunciábamos a Satanás y al mundo, y que nos entregábamos enteramente a Jesucristo. Pues

si para ser alistados en la milicia cristiana nos ofrecimos a nuestro Señor con tan santa y solemne profesión,

¿de qué castigo seremos dignos, si después de haber entrado en la Iglesia, conocido la voluntad y leyes de Dios,

y haber recibido la gracia de los Sacramentos, viviéremos según las leyes y máximas del mundo y demonio,

como si al ser bautizados nos hubiéramos dedicado al demonio y mundo, y no a Jesucristo Señor y Redentor

nuestro?

Pero ¿qué alma habrá que no arda en llamas de amor al contemplar aquella tan gran benignidad y

caridad del Señor para con nosotros, que teniéndonos bajo su potestad y señorío como siervos que rescató con

su sangre, con todo nos abraza tan amorosamente llamándonos no siervos, sino amigos y hermanos? Esta es

verdaderamente una justísima causa, y dudo exista otra mayor, por la cual le debemos reconocer, venerar y

reverenciar perpetuamente por nuestro Señor.

 

Tercer artículo del Credo

QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPÍRITU SANTO,

Y NACIÓ DE MARÍA VIRGEN

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] En el capítulo anterior se vio el gran beneficio que hizo Dios al género humano al redimirlo de la

esclavitud del demonio. Pero la bondad y liberalidad de Dios hacia nosotros se manifiesta más por el modo con

que quiso hacer esto.

«Fue concebido por el Espíritu Santo»

El sentido de estas palabras es: Creemos y confesamos que Jesucristo, único Señor nuestro, Hijo de

Dios, cuando tomó por nosotros carne humana en el seno de la Virgen María, fue concebido, no por obra de

varón, como los demás hombres, sino de modo sobrenatural, por virtud del Espíritu Santo; de tal manera

que la misma persona del Verbo, sin dejar de ser Dios, empezó a ser hombre (Jn. 1 1 y 14.). [2] De este modo

se realizó una perfecta unión de las naturalezas divina y humana, pero guardando cada una de ellas sus

acciones y propiedades, y subsistiendo ambas en una sola persona, que es la del Verbo.

[3] 1º Esta obra de la Encarnación no es exclusiva del Espíritu Santo, sino común a las tres

divinas personas, según la regla de fe cristiana: Todo lo que Dios hace fuera de Sí en las cosas creadas es

común a las tres personas, de modo que ni una hace más que las otras, ni una hace algo sin las otras. Pero, sin

embargo, las Sagradas Escrituras suelen atribuirla muy convenientemente al Espíritu Santo, que es el Amor

increado, porque esta obra expresa la bondad singular de Dios para con nosotros.

[4] 2º En la concepción de Cristo hubo cosas según el orden natural, como ser formado su cuerpo a

partir de la sangre materna; pero hubo también cosas según el orden sobrenatural, como son: • ser

formado el cuerpo de Cristo en María sin concurso de varón, por el poder del Espíritu Santo; • unirse el alma

creada a este cuerpo en el mismo instante de su concepción, sin esperar un determinado tiempo para

informarlo; • unírseles la divinidad en el mismo instante en que el alma se unía al cuerpo, de donde resulta que

en un mismo tiempo fue Jesucristo verdadero hombre y verdadero Dios (Lc. 1 31-32; 43.), y que la Virgen

Santísima es llamada verdadera y propiamente Madre de Dios y del hombre, por haber concebido en un mismo

momento a Dios y al hombre (Is. 7 14.); • ser enriquecida el alma de Cristo con los dones del Espíritu de Dios y

la plenitud de la gracia. [5] Sin embargo, aunque Jesucristo tenga la plenitud del Espíritu por el que los

hombres consiguen la adopción de hijos de Dios, no se le puede llamar Hijo adoptivo de Dios, porque siendo

Hijo de Dios por naturaleza, no le conviene el nombre ni la gracia de adopción.

[6] De todo ello deben los fieles no olvidar y meditar con frecuencia: • que es Dios el que tomó

carne humana, aunque de un modo que no podemos comprender ni explicar; • que quiso hacerse hombre para

que los hombres llegásemos a ser hijos de Dios; • que hay que adorar con corazón humilde los misterios que

este artículo encierra, sin querer escudriñarlos con altivez.

«Y nació de la Virgen María»

[7] Jesús no sólo fue concebido por virtud del Espíritu Santo, sino que nació y fue dado a luz por la

Virgen María. Y así, celebramos a María como Madre de Dios, porque dio a luz a una persona que es

juntamente Dios y Hombre.

[8] Este nacimiento de Cristo, como su concepción, excedió el orden de la naturaleza; pues nació Cristo

sin menoscabo de la virginidad perpetua de su santísima Madre, saliendo de su seno como salió después del

sepulcro cerrado y sellado (Mt. 28 2.), o como se presentó en el cenáculo cerradas las puertas (Jn. 20 19.), o

como los rayos del sol pasan por el vidrio sin hacerle la menor lesión. [10] Estos misterios de la concepción y

nacimiento de Cristo fueron anunciados con muchas figuras y profecías: • la puerta del templo que Ezequiel vio

cerrada (Ez. 44 2.); • la piedra arrancada al monte, de la visión de Daniel (Dan. 2 34.); • la vara florida de

Aarón (Núm. 17 8.); • la zarza que Moisés vio arder sin consumirse (Ex. 3 2.).

50[9] Jesucristo es llamado «nuevo Adán» por San Pablo, por vivificar a todos los que el primer Adán hizo

morir, y por ser Padre en el orden de la gracia y de la gloria de todos aquellos que tienen a Adán por padre en el

orden de la naturaleza. Del mismo modo, la Virgen Madre debe ser llamada «nueva Eva»: • pues Eva dio

crédito a la serpiente, dándonos la maldición y la muerte; María creyó al Angel, dándonos la bendición y la

vida; • Eva nos hizo nacer hijos de ira (Ef. 2 3.); María nos hace nacer hijos de la gracia al darnos a Jesucristo;

Eva tuvo el castigo de parir a sus hijos con dolor; María dio a luz a Jesucristo sin dolor alguno.

[11] Los fieles, al meditar el misterio de la Encarnación, deben sacar como principales frutos:dar

gracias a Dios frecuentemente por tan inmenso beneficio; • imitar la humildad de que Jesucristo les da

ejemplo por su encarnación, nacimiento y circunstancias que lo acompañaron, abrazando en su seguimiento

todos los oficios de humildad; • considerar que Dios quiso someterse a la pequeñez y fragilidad de nuestra

carne, para poner al linaje humano en el grado más alto de dignidad: el Hijo de Dios es hueso de nuestros

huesos, y carne de nuestra carne; • preparar sus corazones para que no suceda que el Hijo de Dios no

encuentre en ellos, como en Belén, lugar para nacer espiritualmente; • imitar la concepción y nacimiento de

Cristo: así como El fue concebido por obra del Espíritu Santo, y nació por modo sobrenatural, y fue Santo y la

Santidad misma, así también nosotros debemos nacer de Dios (Jn. 1 13.), proceder después como nueva

criatura (Gal. 6 15.), y guardar una perfecta santidad y pureza de alma.

 

CAPÍTULO IV

DEL 3° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO

Que fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María Virgen.

I. Qué nos propone para creer el tercer artículo del Símbolo.

65. Con lo que se ha dicho n el artículo anterior, pueden conocer los fieles que es muy grande y singular

el beneficio con que Dios favoreció al linaje humano cuándo le concedió la libertad, rescatándolo de la

esclavitud del durísimo tirano. Mas si consideramos bien el modo y la forma como quiso hacer este beneficio,

tendremos que reconocer que nada hay más sublime y admirable como la generosidad y bondad de Dios para

con nosotros. Por lo tanto, desde la explicación del tercer artículo, empezará el Párroco a manifestar la

grandeza y excelencia de este misterio, el cual tan frecuentemente proponen a nuestra consideración las santas

Escrituras como lo más importante para nuestra salud; y enseñará que éste es su sentido: creemos y

confesamos que este mismo Jesucristo, nuestro único Señor, e Hijo de Dios, cuándo por nosotros tomó carne

humana en el seno de la Virgen, no fue concebido por obra de varón, como los otros hombres, sino que

superando todo el orden de la naturaleza, fue concebido por obra del Espíritu Santo, de tal modo que sin dejar

de ser Dios esta misma persona, como lo era desde toda la eternidad, se hizo Hombre que antes no era. Y que

estas palabras se hayan de entender de este modo, consta claramente por la definición del Concilio de

Constantinopla, que dice así: “El cual descendió de los cielos por nosotros los hombres y por nuestra, salud, Y

se encarnó por obra del Espíritu Santo de María Virgen, y se hizo hombre”.

También, explicó esto San Juan Evangelista, como quien había bebido el conocimiento de este altísimo

misterio derecho del mismo Salvador; porque después de haber declarado la naturaleza del Verbo Divino con

aquellas palabras: En él principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios; concluyó así: Y

el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”.

 

II. En la Encarnación del Verbo Divino no se hizo confusión alguna, de las dos naturalezas

divina y humana.

 

66. Porque el Verbo divino que es una hipóstasis de la naturaleza divina, de tal modo tomó la naturaleza

humana, que fue una misma la hipóstasis y persona de ambas naturalezas, divina y humana; de dónde provino

que esta tan maravillosa unión conservara las acciones y propiedades de las dos naturalezas; y, como enseña

aquel gran Pontífice San León, ni la gloria de la superior absorbió a la inferior, ni la unión con la inferior

disminuyó la superior.

 

III. La Encarnación no fue sólo obra, del Espíritu Santo.

67. Mas, como no debe omitirse la explicación de las palabras del artículo, enseñe el Párroco que

cuándo decimos, que el Hijo de Dios fue concebido por obra del Espíritu Santo, no entendemos que sola esta

Persona de la divina Trinidad obró el misterio de la Encarnación. Porque aun cuando sólo el Hijo tomó la

naturaleza humana, no obstante todas las Personas de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,

obraron este misterio; porque siempre se ha de retener aquella regla de fe cristiana es a saber: que todas

aquellas cosas que hace Dios fuera de sí mismo en las criaturas, fueron realizadas por las tres personas, de

suerte que en estas cosas no obra una Persona más que otra, ni una puede obrar sin las otras.

Únicamente lo que no puede ser común a las tres Personas es el que una proceda de otra, porque el Hijo

solamente es engendrado por el Padre, y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, pero todo lo que de

ellas se muestra fuera de sí mismas, es sin alguna duda obra de las tres Personas; y a esta clase de obras

pertenece la Encarnación del Hijo de Dios. Mas, aunque esto sea así, con todo, de aquello que es común a todas

las Personas suelen las sagradas Letras atribuir una a una Persona, y otra a otra, como el sumo poder al Padre,

la sabiduría al Hijo, y el amor al Espíritu Santo; y por cuánto el misterio de la Encarnación de Dios nos declara

la inmensa y singular benignidad con que su Majestad nos ama, por eso esta obra se atribuye especialmente al

Espíritu Santo.

IV. En la Encarnación se realizaron unas cosas naturalmente, y sobrenaturalmente otras.

68. También advertimos que en este misterio, unas cosas se obraron según el orden y modo de la

naturaleza, y otras sobre todo este orden. Porque cuándo creemos que el cuerpo de Cristo fue formado de la

purísima sangre de la Madre Virgen, reconocemos haber obrado en esto la naturaleza según su modo natural,

pues lo es que los cuerpos de los hombres sean formados de la sangre de la madre. Mas lo que excede al orden

de la naturaleza y toda inteligencia humana, es que en el mismo instante en que la bienaventurada Virgen,

dando su consentimiento a las palabras del Ángel, dijo: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según

vuestra palabra”, en ese mismo fue formado el santísimo Cuerpo de Cristo, y se le juntó el alma adornada del

uso de la razón, y así en un mismo momento fue perfecto Dios y perfecto Hombre. V que esto hubiese sido una

nueva y admirable obra del Espíritu Santo, nadie lo puede dudar, porque ningún cuerpo puede, según el orden

de la naturaleza, ser informado por el alma racional, sino dentro de cierto determinado espacio de tiempo.

Pero lo que aún es digno de mayor admiración es que luego que el alma se juntó con el cuerpo, se unió

asimismo la Divinidad con el alma y el cuerpo, de suerte que en el momento mismo en que el cuerpo fue

formado y animado, se juntó también la Divinidad con el alma y el cuerpo: de donde se infiere que en un

mismo instante de tiempo era perfecto Dios y perfecto hombre, y que en ese mismo la Virgen Santísima se

llamaba propia y verdaderamente Madre de Dios y del hombre, porque en el mismo instante concibió a Dios y

al hombre. Y esto es lo que le manifestó el Ángel cuándo dijo: “Sabe que has de concebir en tu seno, y darás a

luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo”. En esto

se cumplió también lo profetizado por Isaías cuándo dijo: “He aquí concebirá una Virgen, y dará a luz un

hijo”. Finalmente, esto mismo declaró Santa Isabel, cuándo llena del Espíritu Santo entendió la concepción

del Hijo de Dios, y dijo aquellas palabras: “¿De dónde a mí la dicha, de que la Madre de mi Señor, venga a

mí?”. Mas así como el cuerpo de Cristo fue formado de la purísima sangre de la castísima Virgen sin obra

alguna de hombre, como antes dijimos, sino por sola virtud del Espíritu Santo, así también en el mismo

momento en que fue concebido, recibió su alma grandísima riqueza del espíritu de Dios, y toda la abundancia

de sus dones; pues, como dice San Juan, no da Dios a Jesucristo la gracia con medida, como a los demás

hombres que florecieron en Santidad y gracia, sino que colmó, toda su alma con toda gracia y tan

abundantemente que de su plenitud hemos recibido todos nosotros.

 

V. Cristo no es Hijo adoptivo de Dios.

69. Con todo, no es lícito llamar a Jesucristo Hijo adoptivo de Dios, aunque tuvo aquel espíritu por el

cual los hombres santos consiguen la adopción de hijos de Dios; porque siendo El por naturaleza Hijo de Dios,

de ningún modo se ha de pensar que le conviene la gracia o nombre alguno de adopción.

 

VI. De lo que principalmente se ha de meditar sobre la primera parte de este artículo.

70. Esto es lo que ha parecido conveniente explicar sobre el misterio de la encarnación. Y para que de

eso mismo puedan sacar fruto saludable, deben los fieles meditarlo con frecuencia, considerando muchas

veces, principalmente: que es Dios el que se encarnó; que el modo con que se hizo hombre, no podemos

nosotros no sólo explicarlo con palabras ni aun comprenderlo con el entendimiento, y finalmente que quiso

hacerse hombre, a fin de que los hombres renaciésemos hijos de Dios. Consideren, pues, atentamente estas

cosas, y crean y adoren con corazón fiel y humilde todos los misterios que contiene este artículo. No quieran

investigarlos ni escudriñarlos curiosamente, porque esto casi nunca sé puede hacer sin peligro.

 

VII. Cómo se entiende haber nacido Cristo de Santa María Virgen. Y nació de María Virgen.

71. Esta es la segunda parte de este artículo, en cuya explicación se ocupará con diligencia el Párroco;

pues los fieles no solamente deben creer que Jesucristo Señor nuestro fue concebido por obra del Espíritu

Santo, sino también que nació y salió a luz de María Virgen. Y con cuánta alegría y suavidad de ánimo se haya

de meditar este misterio, bien lo muestra la voz de aquel Ángel que primero anunció al mundo esta felicísima

embajada; pues dice: ―Vengo a daros una nueva de grandísimo gozo para todo el pueblo. También nos lo

demuestra el cántico de la celestial milicia: ―Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y paz en la tierra a los

hombres de buena voluntad. Aquí empezó también a cumplirse aquella tan magnífica promesa, que Dios

hizo a Abraham, diciéndole que vendría tiempo cuándo todas las naciones serían benditas por medio de su

posteridad. Porque María a quien predicamos y adoramos por verdadera Madre de Dios, por haber dado a luz

la persona que juntamente es Dios y Hombre, descendió del linaje del rey David.

 

VIII. Cristo nació de María Virgen sobre el orden de la naturaleza.

72. Así como la concepción de Cristo excede totalmente el orden de la naturaleza, así también su

nacimiento, pues no podemos pensar existiese en él cosa que no fuera divina. Mas lo que entre todas las

maravillas que se pueden decir o pensar no tiene igual, es nacer de Madre sin disminución alguna de la

virginidad materna, y de aquel modo como salió después del sepulcro cerrado y sellado, y de aquel también en

que entró a los discípulos estando las puertas cerradas; o por no apartarnos de lo que todos los días vemos

realizarse por virtud natural, así como los rayos del sol penetran la sólida substancia del cristal sin quebrarlo,

ni causarle daño alguno, así y aun con modo más sublime, salió Jesucristo del seno de su Madre sin el menor

detrimento de la virginidad materna. Por eso celebramos su entera y perpetua virginidad191 con alabanzas muy

verdaderas. Este misterio se realizó por virtud del Espíritu Santo, quien de tal modo asistió a la Madre en la

concepción y parto del Hijo, que le dio fecundidad, y juntamente la conservó en perpetua virginidad.

 

IX. Con razón se llama Cristo segundo Adán, y María segunda Eva.

73. Suele algunas veces el Apóstol llamar a Jesucristo el segundo Adán, y compararlo con el primero;

porque así como todos los hombres murieron en aquél, así todos resucitan por este, y así como Adán fue Padre

de todo el linaje humano en cuanto a la generación natural, así Cristo es autor y principio de toda gracia y

gloria. De este modo podemos también comparar con Eva a la Madre, de suerte que a aquella primera

Eva corresponda esta segunda Eva que es María, así como hemos dicho que al primer Adán corresponde el

segundo que es Cristo. Porque si Eva ocasionó la maldición y muerte al linaje humano por haber creído a la

serpiente; creyendo María al Ángel, hizo la bondad de Dios, que descendiera a los hombres la bendición y la

vida; y si por Eva nacemos hijos de ira, de María hemos recibido a Jesucristo, por quien renacemos hijos de la

gracia; y si a Eva se dijo: “Con dolor darás a luz a tus hijos”; María estuvo libre de esta pena, pues dio a luz a

Jesús, Hijo de Dios, quedando salva e incólume su virginal pureza, y sin dolor alguno.

 

X. De las figuras y profecías que representaron la concepción, y nacimiento de Cristo.

74. Por ser tantos y tan grandes los secretos de esta maravillosa concepción y nacimiento, fue conforme

a la divina Providencia los manifestase por medio de muchas figuras y oráculos. Por lo cual entendieron los

santos Doctores que estos misterios son los que se significan en muchas cosas que leemos en varios lugares de

la sagrada Escritura, y especialmente en aquella puerta del Santuario que Ezequiel vio cerrada, asimismo en

aquella piedra cortada del monte sin mano alguna, según se lee en Daniel, la cual se hizo un gran monte y

llenó toda la tierra ; como también en la vara de Aarón, la cual sola brotó entre las varas de los Príncipes de

Israel, y finalmente en aquella zarza que Moisés vio sin quemarse aunque ardía. Con muchas palabras

escribió el Santo Evangelista la historia del nacimiento de Cristo, de lo cual nada más decimos, pues el

Párroco tiene tan a la mano esta lectura.

 

XI. Con mucha frecuencia se debe inculcar al pueblo cristiano el misterio de la Encarnación y el

provecho que meditándole sacaremos.

75. Debe procurar el Párroco que estos misterios escritos para nuestra enseñanza, perseveren grabados

en el ánimo y consideración de los fieles. Primeramente para que al acordarse de tan gran beneficio den

algunas gracias a Dios su autor, y luego para proponer a su imitación un dechado tan admirable y singular de

humildad. Porque ¿puede haber nada más útil para nosotros, y más propia para humillar la soberbia y altivez

de nuestros corazones, que pensar con frecuencia que Dios así se humilló a fin de comunicar su gloria a

nosotros, tomando nuestra debilidad y flaqueza? ¡Que Dios se haga hombre, y que aquella suma e infinita

Majestad a cuyo poder y presencia tiemblan y se estremecen las columnas del cielo; se digne servir al hombre!

¡Y que nazca en la tierra Aquel a quien los Ángeles adoran en el cielo!

Y a la verdad, si Dios hace estas cosas por nosotros, ¿qué deberemos hacer nosotros para servirle? ¿Con

qué prontitud y alegría debemos amar, abrazar, y ejercer todos los oficios de humildad? Consideren los fieles

qué doctrina tan saludable nos enseña Jesucristo en su mismo nacimiento, antes de empezar a hablar palabra

alguna. Nace pobre, nace como peregrino en una posada, nace en un vil pesebre, nace en medio del invierno,

pues así escribe San Lucas: “Y sucedió que hallándose allí, le llegó la hora del parto. Y dio a luz a su hijo

primogénito, y envolvióle en pañales, y recostóle en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en la

posada”.

¿Por ventura pudo el Evangelista compendiar con palabras más humildes toda la majestad y gloria de

cielos y tierra? Porque no escribe que no hubo lugar en la posada, sino que no le hubo para Aquel que dice:

Mía es la redondee de la tierra, y cuánto hay en ella. Lo cual atestigua también otro Evangelista diciendo:

A los suyos vino, y los suyos no le recibieron. Consideren, pues, los fieles estas cosas ante sus ojos, y

reflexionen que Dios quiso tomar la humildad y flaqueza de nuestra carne, para que el linaje humano fuese

colocado en un grado muy alto de dignidad y honor. Porque para declarar la excelente dignidad y alteza que

recibió el hombre por este divino beneficio, es suficiente que sea ya hombre aquel mismo que es verdadero y

perfecto Dios, de suerte que podemos ya gloriarnos de que el Hijo de Dios es nuestro hueso y nuestra carne, lo

cual no pueden aquellos dichosísimos espíritus; porque nunca, como dice el Apóstol, “tomó la naturaleza de

los Ángeles, sino la posteridad de Abraham”. Además de esto, debemos procurar que no suceda por nuestra

grandísima desgracia, que así como no halló en la posada de Belén lugar para nacer, así tampoco lo halle en

nuestros corazones para nacer en espíritu cuándo ya no nace en carne.

Siendo El amantísimo de nuestra salud desea esto en gran manera, porque así como se hizo hombre y

nació por obra del Espíritu Santo sobre el orden de la naturaleza, y fue Santo y aun la misma santidad; así

también es menester que nosotros nazcamos, no de la sangre, ni del apetito de la carne, sino de Dios, y que en

adelante vivamos como nuevos hombres regidos de nuevo espíritu, y guardemos aquella santidad y pureza de

corazón que tanto conviene a unos hombres reengendrados con el espíritu de Dios. Así grabaremos en nosotros

de alguna manera la imagen de la santa concepción y nacimiento del Hijo de Dios, que fielmente creemos, y

creyendo veneramos, adorando la sabiduría de Dios oculta en aquel misterio.

 

Cuarto artículo del Credo

PADECIÓ BAJO EL PODER DE PONCIO PILATO,

FUE CRUCIFICADO, MUERTO Y SEPULTADO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] El conocimiento de este artículo es necesario (I Cor. 2 2.) para que los fieles, movidos por el

recuerdo de tan gran beneficio, se entreguen a la contemplación del amor y bondad de Dios para con nosotros.

Su significado es el siguiente: que Cristo nuestro Señor fue crucificado cuando Poncio Pilato gobernaba la

Judea, después de haber sido apresado, escarnecido y objeto de varias clases de infamias y tormentos; y que

después de crucificado, realmente murió y fue sepultado.

«Padeció»

[2] Cada una de las dos naturalezas de Cristo conservó sus propiedades; por eso, aunque su naturaleza

divina permaneció impasible e inmortal, su naturaleza humana fue pasible y mortal, y así pudo padecer los

tormentos mencionados, no sólo en su cuerpo, sino también en su alma (Mt. 26 38.).

«Debajo del poder de Poncio Pilato»

[3] Se señala esta circunstancia por dos motivos: • el primero, porque el conocimiento de un hecho tan

importante y necesario puede adquirirse más fácilmente, si se determina el tiempo en que sucedió; • el

segundo, para mostrar cumplida la profecía del Salvador, de que iba a ser entregado a los gentiles para ser

escarnecido, azotado y crucificado (Mt. 20 19.).

«Fue crucificado»

[4] El Salvador eligió sin duda el género de muerte que más convenía para la redención del linaje

humano, aunque fuese también el más afrentoso e indigno, tanto entre los gentiles, pues estaba reservado a los

esclavos, como entre los judíos, pues la ley de Moisés declaraba maldito al que era colgado de un madero (Deut.

21 23; Gal. 3 13.). Entre las muchas razones con que los Santos Padres explicaron la conveniencia de la muerte

de Cruz, tenemos dos: • Cristo quiso ser «maldito» por nosotros, para que nosotros alcancemos la bendición

de Dios; • Dios decretó que «de donde había salido la muerte, de allí mismo renaciese la vida, y que el que en

un árbol había vencido [a nuestros primeros padres], en un árbol fuese vencido por Jesucristo nuestro Señor»

(Prefacio de la Santa Cruz.).

[5] Los fieles deben saber bien los puntos principales de este misterio de la Cruz, que se juzgan más

necesarios para confirmar la verdad de nuestra fe, pues la religión y la fe cristiana se apoyan en este artículo

como en seguro fundamento, y fijo éste, fácilmente se establecen los demás. En efecto: • el misterio de la Cruz

es el más difícil de creer; • pero es también el que mejor manifiesta la sabiduría de Dios: no habiendo los

hombres conocido a Dios por la sabiduría humana, quiso Dios salvarlos por la locura de la Cruz (I Cor. 1 21.);

por eso, Dios lo anunció en el Antiguo Testamento por medio de figuras (Abel, el sacrificio de Isaac, el

cordero pascual, la serpiente de bronce) y por medio de profecías (entre las que sobresalen el Salmo 21 y el

capítulo 53 de Isaías); • y por eso también los Apóstoles dedicaron todos sus esfuerzos y sus afanes en someter

a los hombres a la potestad y obediencia del Crucificado.

«Muerto»

[6] Es una verdad de fe que Jesucristo murió verdaderamente en la Cruz, ya que todos los Evangelistas

convienen en que expiró, y porque siendo verdadero y perfecto Hombre, podía morir. Además, era conveniente

que Cristo muriera, para destruir por su muerte al que tenía el imperio de la muerte, el diablo, y para librar de

la muerte a los que el diablo mantenía en servidumbre (Heb. 2 10, 14-15.). Así, cuando decimos que Jesucristo

murió, queremos decir que su alma se separó de su cuerpo (pues en eso consiste la muerte), pero

permaneciendo unidos ambos (cuerpo y alma) a la divinidad.

[7] Cristo murió voluntariamente, porque quiso (Is. 53 7; Jn. 10 17-18.), y en el tiempo y lugar en que

quiso (Lc. 13 32-33.); por donde conocemos la infinita y sublime caridad de Jesucristo, que se sometió gustoso

por nuestro amor a una muerte de la que fácilmente podía librarse. Por eso, la consideración de las penas y

tormentos de nuestro Señor debe excitar los sentimientos de nuestro corazón al agradecimiento por tan gran

caridad, y al amor de quien tanto nos amó.

«Fue sepultado»

[8] No sólo creemos que fue sepultado el cuerpo de Cristo, sino Dios mismo, ya que la divinidad

permaneció unida al cuerpo, el cual estuvo encerrado en el sepulcro. Esta palabra se ha añadido por dos

motivos: • para que sea menos posible dudar de la muerte de Cristo, ya que la sepultura de alguien es la mejor

prueba de que realmente ha muerto; • para que se manifieste y brille más el milagro de su Resurrección.

[9] Sobre esta sepultura, conviene notar dos cosas: • que el cuerpo de Cristo no sufrió corrupción

alguna, conforme estaba profetizado (Sal. 15 10.); • que la sepultura, y asimismo la pasión y la muerte, aunque

se atribuyen a Dios (por decirse de alguien que fue al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre),

convienen a Jesucristo sólo en cuanto hombre, pero no en cuanto Dios, porque el padecer y morir sólo caben

en la naturaleza humana.

Consideraciones sobre la Pasión útiles a los fieles

[10] 1º Quién es el que padece todo esto. — Es el Verbo de Dios (Jn 1 1.), el resplandor de la gloria

del Padre y la imagen perfecta de su sustancia (Heb. 1 2-3.), Jesucristo, Dios y Hombre; padece el Creador por

sus criaturas, el Señor por sus siervos, Aquél por quien fueron creadas todas las cosas. Por eso, si hasta las

criaturas que carecen de sentido lloraron la muerte de su Creador (Mt. 27 51; Lc. 23 44-45.), han de considerar

los fieles cuánto se han de doler ellos también.

[11] 2º Por qué quiso Cristo padecer. — Dos son las principales causas de la Pasión de Cristo, una

respecto de nosotros, otra respecto de su Padre.

a) Respecto de nosotros, la causa es el pecado original de nuestros primeros padres, y los vicios y

pecados actuales de los hombres, cometidos desde el inicio del mundo hasta el fin de los siglos. Cristo quiso,

pues, redimir y borrar los pecados de todos los siglos, y satisfacer por ellos a su Padre abundante y plenamente.

Y así, el amor de Cristo engloba, no sólo a todos los pecadores, sino también a sus mismos verdugos y a los que

caen con frecuencia en pecados, los cuales crucifican de nuevo, en cuanto está de su parte, a Cristo, y actúan

peor que los judíos, pues éstos lo crucificaron sin conocerle, mientras que aquellos afirman conocerle, y sin

embargo vuelven a crucificarle con sus obras.

[12] b) Respecto de su Padre, la causa fue la voluntad del Padre de entregar a su propio Hijo por

nosotros (Rom. 8 32.) y de cargar sobre sus espaldas la iniquidad de todos nosotros (Is. 53 6-8.); voluntad a la

que el Hijo se sometió, ofreciendo su vida por nosotros (Is. 53 10.).

[13] 3º Cuán grande fue la amargura de la Pasión. — Cristo nuestro Señor sufrió los mayores

dolores, así en el alma como en el cuerpo, como lo muestra ya el sudor de sangre que tuvo en la agonía al

simple pensamiento de males tan próximos.

a) Cristo padeció en su cuerpo: • en todos sus miembros: cabeza, manos y pies, rostro, cuerpo entero;

por parte de todo tipo de personas: amigas (uno de sus apóstoles lo traiciona, otro lo niega, los demás lo

abandonan) y enemigas, judíos y gentiles, autoridades y plebe; • el suplicio más ignominioso y atroz de

cuantos existían: lo primero, por ser propio de hombres criminales y de perversas costumbres, y lo segundo,

por la lentitud en el morir, que alargaba el dolor; • y todos estos dolores los sufrió más intensamente que todos

los demás hombres, por la perfección de su naturaleza humana y la viveza de su potencia sensitiva.

b) Cristo padeció en su alma: sin querer aceptar en su dolor la mitigación y consuelo interior con que

Dios recrea a todos los santos en sus tribulaciones (Col. 1 24; II Cor. 7 4.), sino dejando padecer a su naturaleza

humana toda la fuerza de los tormentos, como si sólo fuese hombre y no también Dios.

[14] 4º Bienes y ventajas que Jesucristo nos adquirió por su Pasión. — Cristo nos adquirió

por su Pasión: • la remisión de los pecados (Apoc. 1 5; Col. 2 13-14.); • la liberación de la tiranía del demonio

(Jn. 12 31-32.); • la remisión de la pena debida por nuestros pecados; • la reconciliación con el Padre, que nos

devolvió aplacado y propicio; • la entrada en el cielo, cerrado por el pecado común del linaje humano

(Heb. 10 19.), y figurada en la remisión que se concedía en el Antiguo Testamento a quienes se encontraban en las

ciudades de refugio, y que sólo podían volver a sus patrias al morir el sumo sacerdote.

[15] Y todos estos bienes nos vinieron de la Pasión del Señor: • primero, porque ésta fue una

satisfacción completa y perfecta que Jesucristo ofreció al Padre por nuestros pecados, pagando un precio no

sólo igual a nuestras deudas, sino que las supera con exceso (I Ped. 1 18-19.); • segundo, porque fue un

sacrificio muy del agrado de Dios (Ef. 5 2.), el cual, al ofrecérsele su propio Hijo en el ara de la cruz, aplacó la

ira e indignación del Padre (Gal. 3 13.).

[16] 5º Virtudes de que Jesús nos dio ejemplo en su Pasión. — El ultimo beneficio que sacamos

de la Pasión del Señor es tener en ella ejemplos brillantísimos de todas las virtudes: paciencia, humildad,

caridad, mansedumbre, obediencia, fortaleza en sufrir dolores y muerte por la justicia, y otras; de modo que en

un solo día de pasión el Salvador practicó en sí mismo, para ser nuestro ejemplo, todas las virtudes que nos

había enseñado de palabra en el tiempo de su predicación.

CAPÍTULO V

DEL 4° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO

Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado

I. De la necesidad del conocimiento de este artículo, y sentido de su primera parte.

76. Cuán necesario sea el conocimiento de este artículo, y con cuánta solicitud debe cuidar el Párroco

que los fíeles renueven con la mayor frecuencia la memoria de la Pasión del Señor, nos lo demuestra el Apóstol

al afirmar que no sabe otra cosa sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Por lo cual no se ha de omitir cuidado

ni diligencia alguna a fin de declarar cuánto fuere posible esta verdad, para que los fieles movidos con la

memoria de tan gran beneficio, se dediquen totalmente a venerar el amor y bondad de Dios para con nosotros.

Lo que la fe nos propone para creer en la primera parte de este artículo (pues de la segunda se hablará después)

es que Cristo Señor fue clavado en la cruz cuando Poncio Pilatos gobernaba la provincia de Judea por mandato

de Tiberio César. Ya que después de haber sido preso, escarnecido, injuriado y atormentado de varios modos,

finalmente fue levantado en la cruz.

 

II. El alma de Cristo según la parte inferior sintió los tormentos como si no hubiera estado

unido con la Divinidad.

77. Nadie debe dudar que el alma de Cristo, por lo que se refiere a la parte inferior, sintiese estos

tormentos; porque como El tomó verdaderamente la naturaleza humana, es necesario confesar que padeció en

su alma gravísimo dolor, por lo cual dijo: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Pues si bien la naturaleza

humana se juntó a la persona divina, con todo sintió tanto lo acerbo de su pasión como si nunca se hubiese

hecho tal unión; porque en la única persona de Jesucristo se conservaron las propiedades de ambas

naturalezas, divina y humana, y por eso lo que era pasible y mortal, quedó mortal y pasible, y lo que era

inmortal e impasible, como sabemos que era la naturaleza divina, quedó también inmortal e impasible.

III. Por qué se expresa en el Símbolo el Presidente de Judea bajo cuyo poder padeció Jesús.

78. Mas por lo que se refiere a haberse observado en este lugar tanto cuidado como vemos, que

Jesucristo padeció en el tiempo que Poncio Pilatos gobernaba la provincia de Judea, enseñará el Párroco que

esto se hizo, porque el conocimiento de una cosa tan grande y tan necesaria como ésta podía ser más cierto y

obvio a todos, notándose determinadamente el tiempo en que esto sucedió, lo cual leemos haber hecho

también el Apóstol San Pablo. Además por estas palabras se declara el cumplimiento de aquella profecía del

Salvador: ―Será entregado a los Gentiles, para ser escarnecido, azotado y crucificado.

 

IV. No fue casualidad que Cristo muriese en la Cruz, sino disposición de Dios.

79. Asimismo el haber muerto Cristo en el madero de la Cruz, y no de otro modo, se ha de atribuir al

consejo y ordenación de Dios, para que de donde había nacido la muerte, de allí mismo brotase la vida. Y a

fin de que la serpiente que había vencido en un árbol a los primeros padres, fuera vencida por Cristo en el árbol

de la Cruz. Muchas razones que los santos Padres explicaron difusamente, pudiéramos alegar aquí para

declarar que fue conveniente padeciese nuestro Redentor muerte de cruz, mejor que otra alguna. Pero advierta

el Párroco que basta crean los fieles que el Salvador escogió aquella manera de muerte, porque parecía la más

propia y acomodada para la redención del linaje humano, así como en efecto era la más vergonzosa e indigna

de cuántas había. Porque el suplicio de la cruz no solamente entre los gentiles fue aborrecible y lleno de

grandísima ignominia y afrenta, sino que en la ley de Moisés se llama maldito el hombre que está pendiente en

el madero.

 

V. Ha de explicarse con frecuencia al pueblo cristiano la, historia: de la pasión de Cristo.

80. Tampoco dejará el Párroco de explicar la historia de este artículo que con tanto cuidado refirieron

los santos Evangelistas, para que los fieles sepan a lo menos los principales puntos de este misterio que parecen

más necesarios para confirmar la verdad de nuestra fe. Porque este artículo es como fundamento en que

descansa la fe y religión cristiana: de suerte que asentado éste, todos los demás quedan bien fundados y firmes.

Porque a la verdad el misterio de la Cruz es lo más difícil que hay entre las cosas que hacen dificultad al

entendimiento humano, en tanto grado que apenas podemos acabar de entender como dependa nuestra

salvación de una cruz, y de uno que fue clavado en ella por nosotros. Pero en esto mismo, como advierte el

Apóstol, hemos de admirar la suma providencia de Dios. “Porque ya que el mundo a vista de las obras de la

sabiduría de Dios no le conoció por medio de la ciencia humana, plugo a Dios salvar a los que creyesen en él

por medio de la locura o simplicidad de la predicación de un Dios crucificado”.

Por lo cual no es de maravillar que los Profetas antes de la venida de Cristo, y los Apóstoles después de

su muerte y resurrección, hubiesen trabajado tanto en persuadir a los hombres que él era el Redentor del

mundo, y en sujetarlos a la potestad y obediencia del Crucificado, Por esto también viendo el Señor que el

misterio de la Cruz era la cosa más extraña, según el modo de entender humano, luego después del pecado

nunca cesó de manifestar la muerte de su Hijo, así por figuras como por oráculos de los Profetas. Y tocando

algo de las figuras, primeramente Abel que fue muerto por la envidia de su hermano, después el sacrificio de

Isaac, asimismo el cordero que los judíos sacrificaron al salir de la tierra de Egipto, como también la

serpiente de metal que Moisés levantó en el desierto, eran figuras de la pasión y muerte de Cristo.

Y por lo que toca a los Profetas, es mucho más notoria la muchedumbre de los que la anunciaron, que

no necesita ser recordados en este lugar. Mas sobre todo ellos, omitiendo a David que declaró en los Salmos

todos los principales misterios de nuestra redención, los oráculos de Isaías son tan claros y patentes, que bien

se puede decir que este Profeta no tanto profetizó cosas venideras, cuánto refirió las ya pasadas.

VI. Qué se propone a nuestra fe con las palabras muerto y sepultado.

81. Muerto y sepultado. Explicará el Párroco que por estas palabras se debe creer que Jesucristo,

después de ser crucificado, murió verdaderamente, y fue sepultado. Y no sin causa se propone esto

distintamente a los fieles para que lo crean, pues no faltaron quienes negasen que Cristo muriera en la cruz.

Y así con razón los santos Apóstoles juzgaron conveniente oponer a aquel error esta doctrina de la fe, de cuya

verdad no podemos dudar en manera alguna, pues todos los Evangelistas afirman que Jesús expiró. Además

de esto, como Cristo fue verdadero y perfecto hombre, pudo también morir verdaderamente; y porque el

hombre muere cuándo el alma se separa del cuerpo, por lo mismo cuando decimos que Jesús murió,

significamos que su alma se separó del cuerpo, mas no por eso concedemos que la divinidad se apartase del

cuerpo, antes creemos y confesamos constantemente que separándose su alma del cuerpo, siempre la divinidad

estuvo unida así al cuerpo en el sepulcro como al alma en los infiernos. Además, era conveniente que el Hijo de

Dios muriese, para que por medio de su muerte destruyese al que tenía el imperio de la muerte, esto es al

diablo y para poner en libertad a los que el temor de la muerte traía toda su vida en continua servidumbre.

 

VII. Cristo murió porque quiso morir por nuestro amor.

82. Pero lo singular fue en Cristo Señor que murió en aquel mismo tiempo que él dispuso morir, y haber

recibido la muerte no tanto por fuerza ajena, cuánto por su misma voluntad. De suerte que no solamente

dispuso El su muerte, sino también el lugar y tiempo en que había de morir. Isaías escribió así: “Se ofreció

porque él quiso”. Y el mismo Señor antes de su pasión, dijo también: “Doy mi vida para tomarla otra, vez.

Nadie me la arranca, sino que yo la doy de mi propia voluntad, y soy dueño de darla, y dueño de recobrarla”.

Mas en orden al tiempo y lugar, cuándo Herodes perseguía su vida, dijo: “Decid de mi parte a ese raposo:

Sabes que aun he de lanzar demonios y sanar enfermos el día de hoy y el de mañana, pero al tercer día habré

terminado. No obstante así hoy como mañana y pasado mañana, conviene que yo siga, mi camino, porque

no cabe que un Profeta pierda la vida fuera de Jerusalén”.

Y así nada hizo él contra su voluntad o forzado, sino él mismo se ofreció voluntariamente, y saliendo al

encuentro a sus enemigos, dijo: Yo soy; y padeció voluntariamente todas aquellas penas con que tan injusta y

cruelmente le atormentaron; lo cual verdaderamente es la cosa más eficaz que hay para mover los afectos de

nuestra alma al contemplar todas sus penas y tormentos. Porque cuándo uno padece por nosotros todo género

de dolores, si no los padece por su voluntad sino porque no los puede evitar, no estimamos esto por grande

beneficio, mas sí por solo nuestro bien recibe gustosamente la muerte, pudiéndola evitar, esto es un linaje de

beneficio tan grande que imposibilita aun al más agradecido, no solamente a corresponderlo, más también a su

debido amor y aprecio. En esto, pues, se deja bien entender la suma y excesiva caridad de Jesucristo, y su

divino e inmenso mérito para con nosotros.

 

VIII. Por qué se dice que Cristo fue sepultado.

83. Mas la palabra en que confesamos que Cristo fue sepultado, no se colocó como parte de este

artículo por alguna nueva dificultad que añada a las cosas que se han dicho relativas a su muerte, porque

después de creer que Cristo murió, fácilmente nos podemos persuadir que fue sepultado; sino se añadió,

primeramente para que estemos más ciertos de su muerte, por ser grandísimo testimonio de haber uno muerto

el haber sido sepultado su cuerpo, y además para que el milagro de la resurrección sea más patente y

manifiesto. Ni solamente creemos aquí que el cuerpo de Cristo fue sepultado, sino lo que principalmente se nos

propone en esta palabra para creer, es que Dios fue sepultado, así como según regla de fe católica, decimos

también con muchísima verdad, que Dios murió y que nació de la Virgen, porque como la divinidad nunca se

apartó del cuerpo que fue sepultado, en verdad confesamos, que Dios fue sepultado.

IX. Dos cosas que principalmente se han de observar acerca, de la pasión y sepultura de Cristo.

84. En orden a la naturaleza y lugar de la sepultura, bastará al Párroco lo que escribieron los santos

evangelistas. Mas hay dos cosas que principalmente se han de observar: la una es, que el cuerpo de Cristo no

padeció la más mínima corrupción en el sepulcro, lo cual ya el Profeta había predicho: “No permitirás que tu

Santo experimente corrupción”. La otra, que pertenece a todas las partes de este artículo, es que así la

sepultura como también la pasión y muerte, convienen a Cristo Jesús, no en cuánto Dios, sino en cuánto

hombre, porque sola la humana naturaleza es capaz de padecer y morir; aunque también se atribuyen a Dios

estas cosas, pues es claro que se dicen bien de aquella persona que juntamente fue perfecto Dios y perfecto

hombre.

 

X. Modo de contemplar la pasión y muerte de Cristo.

85. Declaradas estas verdades, pasará el Párroco a explicar acerca de la Pasión y muerte de Cristo

aquello mediante lo cual puedan los fieles, ya que no comprender, a lo menos contemplar la profundidad de

este misterio. Y primeramente se ha de considerar quién es aquel que padece todas estas cosas.

Verdaderamente con ninguna palabra podemos explicar, ni de modo alguno entender su dignidad y excelencia.

San Juan dice que es Verbo o concepto que estaba en Dios. El Apóstol le describe con magníficas palabras,

diciendo de este modo: “Que es a quien Dios constituyó heredero universal de todas las cosas, por quien creó

también los siglos. El cual siendo como es el resplandor de su gloria y vivo retrato de su substancia después

de habernos purificado de nuestros pecados, está sentado a la diestra de la majestad en lo más alto de los

cielos”.

Y por decirlo en pocas palabras, padece Jesucristo, Dios y hombre; padece el Criador por las criaturas;

padece el Señor por los siervos; padece aquel por quien fueron creados los ángeles, los hombres, los cielos, y los

elementos; y padece aquel en quien, por quien, y de quien todas las cosas tienen ser. Por lo cual no es de

maravillar, que combatido él con tantos dolores y tormentos, se conmoviese también y trastornase todo el

edificio del mundo, pues como dice la Escritura: “La tierra se movió, las piedras se quebraron, toda la tierra

se cubrió de tinieblas y el sol se obscureció”. Pues si aun las cosas mudas y que carecen de sentido lloraron la

pasión de su Creador, piensen los fieles con qué lágrimas deben ellos, como piedras vivas de este edificio,

mostrar su dolor.

 

XI. 1.° Cristo padeció por el pecado original y por los actuales; 2.° Los que le ofenden le

crucifican de nuevo.

86. También se han de explicar las causas de la pasión, para que así se manifieste más la grandeza y

virtud de la divina caridad para con nosotros. Si alguno, pues, desea conocer por qué causa el Hijo de Dios

quiso padecer aquella acerbísima pasión, hallará que, además del pecado original, principalmente fueron los

vicios y pecados que los hombres han cometido desde el principio del mundo hasta hoy, y los que cometerán

hasta el fin del mundo. Porque el fin a que el Hijo de Dios atendió en su pasión y muerte, fue redimir y borrar

los pecados de todas edades y satisfacer por ellos al Padre abundante y copiosamente. Otra cosa hay también

que realza el mérito de su pasión, y es que no solamente padeció Cristo por los pecadores, sino por aquellos

mismos que fueron los autores y ministros de todo cuánto sufrió, lo cual nos enseña el Apóstol escribiendo a los

Hebreos con estas palabras: “Acordaos de aquel que sufrió tantas contradicciones de los pecadores, para que

no desmayéis en las adversidades”. Y de esta culpa son ciertamente reos aquellos que caen muchas veces en

pecado. Porque así como nuestros pecados fueron los que movieron a Cristo Señor a padecer el tormento de la

Cruz, del mismo modo los que de nuevo pecan y le ofenden, crucifican otra vez en si mismos, cuánto es de su

parte, al Hijo de Dios y le escarnecen. Y esta maldad mucho más grave puede parecer en nosotros que en los

judíos, porque éstos, como afirma el Apóstol: “Si le hubieran conocido, nunca crucificaron al Señor de la

gloria”. Mas nosotros profesamos haberle conocido, y con todo negándole con las obras, parece que en

alguna manera ponemos manos violentas en él.

 

XII. Cristo fue entregado a la pasión por el Padre, y por sí mismo.

87. Aseguran también las santas Escrituras que Cristo Señor fue entregado a la pasión por el Padre y

por sí mismo, pues dice Dios por Isaías: ―Por los pecados de mi pueblo lo herí. Poco antes el mismo Profeta,

lleno del espíritu de Dios, contemplando al Señor llagado y herido, dijo: “Como ovejas descarriadas hemos

sido todos nosotros; cada cual se desvió de la senda del Señor para seguir su propio camino, y a él solo le ha

cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros”. Del Hijo está escrito: “Porque dio su

vida por el pecado, verá una dilatada posteridad”. Esto mismo declaró el Apóstol con palabras aún más

graves, mostrando por otra parte lo mucho que podemos esperar en la inmensa bondad y misericordia de Dios,

pues dijo así: “El que aun a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó a la, muerte por todos nosotros,

¿cómo nos negará ya cosa alguna?”.

 

XIII. Cuán acerba fue la pasión de Cristo así en el cuerpo como en el alma.

88. Ahora se sigue que el Párroco enseñe cuán grande fue la amargura de la pasión, aunque si tenemos

presente aquel sudor en que el Señor derramó gotas de sangre hasta la tierra al considerar los dolores y

tormentos que poco después había de padecer, fácilmente conocerá con esto cada uno, que aquel dolor llegó a

lo sumo de todo dolor. Porque si sólo el pensamiento de los tormentos inminentes, fue tan amargo, como lo dio

a conocer el sudor de sangre, ¿cuál no sería el sufrimiento de los mismos? Más de todos modos es cierto que

fueron muy grandes los dolores que Cristo Señor padeció tanto en el alma como en el cuerpo. Porque

primeramente no hubo parte alguna de su cuerpo que no sintiese gravísimas penas: porque así las manos como

los pies fueron clavados en la Cruz, la cabeza fue atravesada con espinas y herida con la caña, el rostro afeado

con salivas y atormentado con bofetadas, y finalmente todo el cuerpo fue azotado.

Además de esto, hombres de todos órdenes y condiciones conspiraron unánimes contra el Señor y su

Cristo. Porque los gentiles y los judíos fueron consejeros, autores y ministros de la pasión; Judas le entregó;

Pedro le negó, y todos los demás le desampararon. Y en la misma cruz, ¿de qué nos lamentaremos más? ¿O de

la grandeza del tormento, o de la afrenta que recibió, o de ambas juntas?

Verdaderamente no se podía excogitar género de muerte ni más afrentosa ni más cruel que aquella,

porque si miramos a la afrenta, solamente se castigaban con aquel género de muerte los hombres más

perniciosos y malvados, y si a la pena, la lentitud de la muerte hacía más sensible el sumo dolor y tormento.

Acrecentaba también todas estas penas, la complexión del cuerpo de Jesucristo; porque como fue formado por

obra del Espíritu Santo, fue mucho más perfecto y sensible que lo pueden ser los cuerpos de los demás

hombres, y por eso tuvo más vivo el sentido, y le causaron mucho mayor dolor todos aquellos tormentos.

Asimismo, por lo que toca al dolor interno del alma, nadie puede dudar que fuera sumo en Cristo.

Porque todos los Santos que padecieron dolores y tormentos, recibían de Dios en su alma consuelo y alegría

con que recreados pudiesen sufrir con igualdad de ánimo la fuerza de los tormentos; y lo que es más la mayor

parte de ellos estaban llenos de una interior alegría, como dice el Apóstol: “Estoy gozoso en los trabajos que

padezco por vosotros con los cuales cumplo lo que de nuestra parte faltaba a la pasión de Cristo, padeciendo

en mi carne, por su cuerpo que es la Iglesia”. Y en otra parte: “Estoy inundado de consuelo, reboso de gozo en

medio de todas mis tribulaciones”. Mas Cristo Señor con ninguna suavidad ni consuelo templó el

amarguísimo cáliz de su pasión; pues permitió a la naturaleza humana que había tomado, que sintiese todos los

tormentos, como si solamente fuera hombre, y no Dios.

 

XIV. Bienes y provechos que nos vinieron por la pasión de Cristo.

Ahora resta que el Párroco explique con cuidado los bienes y provechos que nos vinieron por la pasión

de Cristo. Primeramente la pasión de Cristo nos libró del pecado, porque según dice San Juan: “Nos amó, y nos

lavó de nuestros pecados con su sangre”. Y el Apóstol enseña: “Os resucitó juntamente con él,

perdonándoos todos vuestros pecados, y borrando la escritura que estaba contra vosotros, por contener

decreto contrario a vosotros, la deshizo, clavándola en la cruz”.

También nos sacó de la tiranía del demonio; pues el mismo señor dice: ―Ahora ha de ser juzgado el

mundo: ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo cuándo fuere levantado en la cruz atraeré

a Mí todas las gentes”. Asimismo pagó la pena que debían nuestros pecados. Además de esto, por cuánto no

pudo ofrecerse a Dios sacrificio más agradable y acepto que éste, por él nos reconcilió con el Padre, y nos le

volvió aplacado y propicio. Y finalmente habiendo borrado los pecados, nos abrió también la puerta del cielo

que estaba cerrada por el pecado original del género humano. Esto es lo que significó el Apóstol con aquellas

palabras: “Tenemos ya la confianza de entrar en el cielo por virtud de la sangre de Cristo”. Y aun en la ley

antigua no faltó cierta figura e imagen de este misterio: porque aquellos a quienes estaba prohibido volver a la

patria antes de la muerte del sumo sacerdote, significaban que a ningún justo, por santo que hubiese sido, se

abría la puerta de la patria celestial, antes que muriese aquel sumo y eterno sacerdote Cristo Jesús, el cual

muerto, al punto se abrieron las puertas del cielo, para los que lavados con los sacramentos, y adornados de fe,

esperanza y caridad se hacen participantes de su pasión.

 

XV. Por qué la pasión de Cristo nos alcanzó todos estos bienes.

89. Enseñará el Párroco que todos estos grandísimos y divinos bienes nos vinieron por la pasión de

Cristo, en primer lugar porque ella es una entera y perfectísima satisfacción, que de un modo maravilloso dió

Jesucristo por nuestros pecados a Dios Padre. Pues el precio que en ella pagó por nosotros, no solamente fue

igual y proporcionado a nuestras deudas, sino muy superior a todas ellas. Además de esto, ella fue un sacrificio

muy agradable a Dios, el cual ofrecido por su Hijo en el ara de la cruz, aplacó totalmente la ira e indignación del

Padre. De este nombre de sacrificio A usó el Apóstol cuándo dijo: “Cristo nos amó, y se ofreció a sí mismo a

Dios en oblación y hostia de olor suavísimo”. Y finalmente ella fue redención, de la cual el Príncipe de los

Apóstoles dice así: “No habéis sido redimidos de la vana conducta de vuestras antiguas tradiciones con oro,

ni plata corruptibles, sino con la preciosa sangre de Cristo, que es como cordero inocente y sin mancha”. Y

el Apóstol enseña: “Cristo nos libró de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldito”.

 

XVI. En la pasión de Cristo tenemos admirables ejemplos de todas las virtudes.

90. Pero además de estos inmensos beneficios, otro nos vino también muy grande por la pasión de

Cristo, y es que en sola ella tenemos excelentísimos ejemplos de todas las virtudes. Porque de tal modo se

muestran: aquí la paciencia, la humildad, la excesiva caridad, mansedumbre, obediencia, y una suma

constancia de ánimo no solamente en sufrir dolores por la santidad y justicia, sino aun en padecer la muerte,

que con toda verdad podemos decir que nuestro Salvador cumplió y mostró por obra en sí mismo en solo el día

de su pasión, cuántos mandamientos de bien vivir nos enseñó de palabra en toda su vida. Esto es lo que ha

parecido decir brevemente sobre la pasión y muerte de Cristo Señor. Ojalá, tengamos estos misterios

continuamente en nuestros corazones, y aprendamos a padecer, morir y ser sepultados con el Señor, para que

así arrojando de nosotros toda inmundicia del pecado y resucitando a nueva vida con él, finalmente seamos

dignos alguna vez, por su gracia y misericordia, de gozar el reino y gloria del cielo.

 

Quinto artículo del Credo

DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS;

AL TERCER DÍA RESUCITÓ DE ENTRE LOS

MUERTOS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] En este artículo, según la autoridad de los Santos Padres, se tratan dos grandes triunfos de nuestro

Señor después de su Pasión: el primero, la victoria sobre el diablo y el infierno; el segundo, su propia

resurrección.

«Descendió a los infiernos»

En esta primera parte del artículo se nos propone creer dos cosas: • que en muriendo Cristo, su alma

descendió a los infiernos y permaneció allí todo el tiempo que su cuerpo estuvo en el sepulcro; • que en ese

mismo tiempo la persona de Cristo estuvo a la vez en los infiernos (por la unión de su alma y su divinidad) y

en el sepulcro (por la unión de su cuerpo y su divinidad).

[2] 1º Por «infiernos» entendemos, no el sepulcro, sino aquellas moradas ocultas en donde están

detenidas las almas que no han conseguido la felicidad celestial. En este sentido la han usado muchas veces las

sagradas Escrituras. [3] Sin embargo, estas moradas no son todas de la misma clase; sino que hay tres de ellas:

el infierno de los condenados (Lc. 16 22.), o gehena (Mt. 5 22.), o abismo (Apoc. 9 11.), que es aquella cárcel

horrible donde son atormentadas las almas de los que murieron en pecado mortal, juntamente con los espíritus

infernales; • el purgatorio, donde se purifican por tiempo limitado las almas de los justos todavía manchadas

antes de entrar en el cielo; • el seno de Abraham, donde residían, sin sentir dolor alguno y sostenidas por la

esperanza de la redención, las almas de los santos antes de la venida de nuestro Señor. [4] A este último lugar

descendió Cristo realmente, esto es, su alma (Sal. 15 10.) y su divinidad, y no sólo su poder y virtud.

[5] 2º Este descenso a los Infiernos no disminuyó absolutamente nada del poder y majestad

infinita de Cristo, antes al contrario, manifestó claramente que El era el Hijo de Dios, por varias razones:

no bajó cautivo, como los demás hombres, sino libre entre los muertos, victorioso sobre el diablo, y libertador

de las almas justas; • no bajó para padecer cosa alguna, como padecían las almas allí encerradas (al menos la

privación de la visión de Dios), sino para liberar las almas santas y justas, y comunicarles el fruto de su pasión.

[6] 3º Por lo tanto, dos son las causas por las que Jesucristo bajó a los infiernos: • para liberar las

almas de los santos Padres y demás almas piadosas que allí estaban esperando la Redención, y comunicarles la

visión beatífica; pues la Pasión fue causa de la salvación no sólo de los justos que existieron después de la

venida de Cristo, sino también de los que le habían precedido desde Adán; y, por consiguiente, antes de que el

Señor muriese y resucitase, para nadie estuvieron abiertas las puertas del cielo, sino que las almas de los justos,

cuando éstos morían, eran llevadas al seno de Abraham; • para manifestar también allí su poder y majestad,

como lo había manifestado en el cielo y en la tierra, a fin de que a su nombre se doble toda rodilla en los cielos,

en la tierra y en los infiernos (Fil. 2 10.).

«Resucitó»

[7] Después de morir en la cruz, nuestro Señor fue descendido de ella por sus discípulos y sepultado en

un sepulcro nuevo de un huerto próximo; allí, al tercer día de su muerte, que era domingo, su alma se unió de

nuevo a su cuerpo, volviendo así a la vida y resucitando el que por tres días había estado muerto.

[8] 1º La resurrección de Cristo tiene esto de exclusivo y de singular, que resucitó por su propio

poder, a diferencia de los demás resucitados. En efecto, eso es propio del poder divino; ahora bien, como la

divinidad no se separó nunca ni del cuerpo de Cristo en el sepulcro, ni de su alma cuando bajó a los infiernos,

había virtud divina así en el cuerpo para poder unirse de nuevo al alma, como en el alma para poder unirse de

nuevo al cuerpo; y con esta virtud pudo Cristo volver por Sí mismo a la vida y resucitar de entre los muertos.

Así lo había predicho ya David (Sal. 15 8-10.) y nuestro Señor mismo (Jn. 10 17-18; Jn. 2 19-21.). Y si alguna

vez leemos en las Escrituras que Cristo nuestro Señor fue resucitado por el Padre (Act. 2 24; Rom. 8 11.), esto

se le ha de aplicar en cuanto hombre.

[9] 2º También fue singular en Cristo ser el primero en gozar del beneficio divino de la

resurrección perfecta, esto es, la resurrección por la cual, quitada ya toda necesidad de morir, somos

elevados a la vida inmortal, de manera que Cristo no muere ya otra vez, y la muerte no tiene ya dominio sobre

El (Rom. 6 6.). Pues todos los que resucitaron antes que Cristo, revivieron con la condición de morir otra vez.

Por esta razón, Cristo es llamado el Primogénito de entre los muertos (Col. 1 18; Apoc. 1 5.) y Primicias de los

que se durmieron (I Cor. 15 20-23.).

«Al tercer día»

[10] Cristo permaneció en el sepulcro, no tres días enteros, sino un día natural entero, parte del

anterior y parte del siguiente. Y quiso hacerlo así, por una parte no resucitando enseguida que murió, para que

creyésemos que era verdadero hombre y que había muerto realmente; y, por otra parte, tampoco al final de los

tiempos, con los demás hombres, para manifestar su divinidad.

«Según las Escrituras»

[11] Los Padres del concilio de Constantinopla añadieron estas palabras para manifestar cuán

importante es el misterio de la resurrección para nuestra fe. En efecto, San Pablo declara que sin este misterio,

nuestra fe sería vana (I Cor. 15 14 y 17.); igualmente, San Agustín afirma que todos, paganos y judíos, creen que

Cristo murió, pero sólo los cristianos creen que resucitó; finalmente, por ese mismo motivo, nuestro Señor la

predijo a sus apóstoles, no hablando casi nunca de su pasión sin hablar de su resurrección (Lc. 18 32-33.) y

dando a los judíos como única prueba de su divinidad la señal del profeta Jonás, esto es, su futura resurrección

(Mt. 12 39-40.).

Otras consideraciones sobre la Resurrección útiles a los fieles

[12] 1º Causas por que fue necesario que Cristo resucitase. — Era conveniente que Cristo

resucitase: • para que se manifestase la justicia de Dios, ensalzando a Aquel que se había humillado hasta la

muerte para obedecerle (Fil. 2 8-9.); • para que se confirmase nuestra fe, pues el haber resucitado Cristo de

entre los muertos es la mejor prueba de que es Dios; • para que se alentase y sostuviese nuestra esperanza,

porque si resucitó Cristo, que es nuestra Cabeza, también resucitaremos nosotros, que somos sus miembros (I

Cor. 15 12; I Tes. 4 13; I Ped. 1 3-4.); • para que del todo se terminase el misterio de nuestra redención y

salvación; pues Cristo con su muerte nos libró de los pecados, pero con su resurrección nos devolvió los bienes

principales que perdimos por el pecado (Rom. 4 25.).

[13] 2º Qué bienes resultan a la humanidad de la resurrección de Cristo. — Son los

siguientes: • por la resurrección reconocemos que Cristo es Dios inmortal, lleno de gloria y vencedor de la

muerte y del demonio; • la resurrección de Cristo es la causa eficiente y ejemplar de la resurrección de nuestros

cuerpos: causa eficiente, porque en todos los misterios de nuestra redención Dios se valió de la humanidad de

Cristo como de instrumento eficiente; y así, su resurrección fue instrumento para conseguir la nuestra (I Cor.

15 21.); causa ejemplar, porque la resurrección de Cristo es modelo de la nuestra: resucitaremos como Cristo,

dotados de gloria e inmortalidad (Fil. 3 21.); • finalmente, la resurrección de Cristo es también el modelo de la

resurrección de nuestras almas, estimulándonos a morir definitivamente al pecado y a vivir para Dios (Rom. 6

3-13.).

[14] 3º Qué ejemplos debemos sacar de la resurrección de Cristo. — Dos ejemplos debemos

sacar de ella: • que después de haber lavado las manchas de los pecados, emprendamos un nuevo género de

vida, en el cual brillen la pureza de costumbres, la inocencia, la santidad, la modestia, la justicia, la caridad, la

humildad y todas las virtudes; • que de tal modo perseveremos en este modo de vida, que con la gracia de Dios

nunca más nos separemos del camino de la justicia; pues las palabras de San Pablo (Rom. 6 3-13.) no

demuestran únicamente que la resurrección de Cristo se nos propone como modelo de nuestra resurrección,

sino también declaran que nos concede virtud para resucitar y que nos da fuerzas para permanecer en santidad

y justicia, y para observar los preceptos divinos.

[15] 4º Por qué señales reconocemos haber resucitado espiritualmente con Cristo. — Son

dos principalmente: • el deseo del cielo y de los bienes celestiales (Col. 3 1.); • y el gusto, agrado y gozo interior

de los mismos bienes (Col. 3 2.).

 

CAPÍTULO VI

DEL 5° ARTÍCULO DEL SÍMBOLO

Bajó a los infiernos, y resucitó al tercer día de entre los muertos

I. Cómo hemos de entender la primera parte de este artículo.

91. Es cierto que importa muchísimo conocer la gloria de la sepultura de nuestro Señor Jesucristo, de

que se acaba de tratar, pero aun conviene más al pueblo cristiano saber los ilustres triunfos que él sacó de

haber vencido al diablo, y de haber despojado las sillas del infierno, de los cuales hemos de hablar ahora

juntamente con lo que se refiere a la resurrección. Y aunque de ésta se pudiera muy bien tratar por separado,

con todo, siguiendo la autoridad de los santos Padres, hemos creído conveniente juntarla con el descenso de

Cristo a los infiernos. En la primera parte, pues, de este artículo se nos propone para creer, que muerto Cristo,

su alma bajó a los infiernos, y que permaneció allí mientras su cuerpo estuvo en el sepulcro. Con estas palabras

confesamos también que la misma persona de Cristo estuvo en este tiempo en los infiernos y juntamente que

estuvo en el sepulcro. Y nadie se ha de maravillar que digamos esto, porque, como hemos indicado muchas

veces, aunque el alma se apartó del cuerpo, nunca la divinidad se separó ni del alma ni del cuerpo.

 

II. Qué lugar es el infierno de que aquí se habla.

92. Mas por cuánto se puede dar mucha luz a la explicación de este articulo, si el Párroco enseña

primero qué es lo que se entiende en este lugar por el nombre de infierno; conviene advertir que no se entiende

aquí por infierno lo mismo que el sepulcro, como pensaron algunos no menos impía que ignorantemente.

93. Porque habiéndonos enseñado el artículo anterior que Cristo Señor fue sepultado, no había causa

alguna para que los santos Apóstoles al enseñar la fe repitiesen una misma cosa de un modo distinto y más

oscuro; sino que el nombre de infiernos significa aquellos senos secretos en que están detenidas las almas que

no consiguieron la bienaventuranza del cielo. Y en este sentido usan de esta voz las santas Escrituras en

muchos lugares. Porque leemos en el Apóstol: “Al Nombre de Jesús se doble toda rodilla, en el cielo, en la,

tierra y en el infierno”. Y en los Hechos de los Apóstoles afirma San Pedro: “Que Cristo resucitó desatados

los dolores del infierno”. Act. II, 24.

 

III. Cuántos son los lugares en que están las almas no bienaventuradas.

94. Más no todos estos cielos son de una misma calidad. Pues hay una crudelísima y oscurísima cárcel,

donde las almas de los condenados son atormentadas juntamente con los espíritus inmundos en un perpetuo e

inextinguible fuego, la cual se llama también valle de tristeza, abismo, y con propiedad Infierno. Además

de esto hay también un fuego que purifica, el cual atormentando las almas por determinado tiempo, las limpia

para que puedan entrar en la patria celestial, en la cual no se admite nada que esté manchado. Y tanto más

cuidadosamente y con frecuencia habrá de tratar el Párroco de la verdad de esta doctrina, la cual los santos

Concilios declaran estar confirmada con testimonios así de las Escrituras como de la tradición Apostólica,

cuánto estamos en unos tiempos en que los hombres no admiten la sana doctrina. Finalmente la tercera clase

de infierno, es aquel en que eran recibidas las almas de los Santos antes de la venida de Cristo Señor, y en

donde permaneciendo con la esperanza de su dichosa redención sin dolor alguno, gozaban de aquella morada

pacífica. A estas almas, pues, que en el seno de Abraham estaban esperando al Señor, las libró Cristo cuándo

bajó a los infiernos.

 

IV. El alma de Cristo bajó a los infiernos no sólo por su virtud, sino también con su presencia

real.

95. Ni se ha de pensar que Cristo bajó a los infiernos de modo que solamente llegase a los mismos su

virtud y poder, mas no su alma, sino que se ha de creer constantemente que la misma alma con real y

verdadera presencia bajó a los infiernos, sobre lo cual está aquel firmísimo testimonio de David: “No

consentirás que mi alma quede en el infierno”.

 

V. No perdió nada de su dignidad por haber bajado Cristo a los infiernos.

96. Aunque Cristo bajó a los infiernos, nada se disminuyó su poder supremo, ni el resplandor de su

santidad contrajo la más mínima mancha, antes este hecho probó clarísimamente que era muy verdadero todo

lo que había sido anunciado acerca de su santidad, y que era el Hijo de Dios, como ya antes lo había declarado

con tantos prodigios. Y esto lo entenderemos fácilmente comparando entre sí las causas porque Cristo y los

demás hombres vinieron a estos lugares.

Los demás hombres habían bajado cautivos, mas él libre y vencedor entre los muertos, bajó a destruir

a los demonios que tenían encerrados y constreñidos a los hombres por la culpa. Además de esto, los otros que

bajaron, unos eran atormentados con cruelísimas penas, y otros, aunque carecían de pena de sentido, pero

como estaban privados de la vista de Dios y con la esperanza de la bienaventuranza, padecían también su

tormento. Pero Cristo Señor bajó no a padecer sino a librar a aquellos santos y justos hombres de la miserable

molestia de aquella cárcel, y a comunicarles el fruto de su pasión. Por lo mismo bajando a los infiernos, nada se

disminuyó su dignidad y supremo poder.

 

VI. Causas por qué Cristo bajó a los infiernos.

97. Después de explicar estas cosas, se ha de enseñar que Cristo bajó a los infiernos para que quitando a

los demonios sus despojos, y librando a aquellos santos Padres y demás justos de la cárcel, los llevase consigo al

cielo, lo cual hizo maravillosamente con suma gloria: porque al instante su vista dio una clarísima luz a los

cautivos, llenó sus almas de inmenso gozo y alegría, y les concedió también aquella tan deseada

bienaventuranza que consiste en ver a Dios. Con esto se cumplió lo que el mismo Señor había prometido al

ladrón, diciendo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Mucho antes había profetizado Oseas esta libertad

de los justos, diciendo: “¡Oh muerte! ¡yo he de ser la muerte tuya; seré tu destrucción, oh infierno!”.

Esto declaró también el Profeta cuándo dijo: “Tú libraste también por la sangre de tu testamento a tus

presos del lago, en que no hay agua”. Y finalmente esto mismo expresó el Apóstol con aquellas palabras:

Despojando a los principados y potestades infernales, sacó de allí poderosamente a los justos, triunfando

gloriosamente por sí mismo” Mas para entender mejor la virtud de este misterio, debemos recordar muchas

veces que por el beneficio de la pasión consiguieron la salud eterna no solamente los justos que nacieron

después de la venida del Señor, sino también todos los que le antecedieron desde Adán, y cuántos hubiere hasta

el fin del mundo. Y así, antes que El muriese y resucitase, a nadie se abrieron jamás las puertas del cielo, sino

que las almas de los justos cuándo salían de este mundo iban o al seno de Abraham, o como ahora sucede

también con los que tienen que purgar o satisfacer alguna cosa, se purificaban en el fuego del purgatorio.

Además, por otra causa bajó Cristo a los infiernos, y fue para manifestar igualmente allí su virtud y

poder así como lo había hecho en el cielo y en la tierra, y para que a su nombre se doblase toda rodilla así de

ángeles, como de hombres y demonios. En lo cual, alguien dejará de admirar y de maravillarse de la suma

benignidad de Dios para con el linaje humano, al ver que no se contentó con padecer por nosotros la más

dolorosa muerte, sino que quiso asimismo bajar hasta los ínfimos senos de la tierra para sacar de allí sus muy

amadas almas y llevarlas consigo a la gloria.

 

VII. Qué significa la segunda parte de este artículo.

98. Sigue ahora la segunda parte de este artículo, en cuya explicación cuánto deba trabajar el Párroco, lo

declaran aquellas palabras del Apóstol: “Acuérdate que Nuestro Señor Jesucristo resucitó de entre los

muertos”. Porque sin duda lo mismo que encargó a Timoteo, mandó también a todos los demás que tenían

cuidado de las almas. El sentido, pues, del artículo es este: después que Cristo Señor expiró en la noche del

viernes a las tres de la tarde, y luego que al anochecer del mismo día fue sepultado por sus discípulos, quienes

habiendo bajado de la cruz el cuerpo del Señor con licencia del Presidente Pilatos lo sepultaron en un sepulcro

nuevo del próximo huerto; al tercer día de su muerte que fue domingo, muy de mañana volvió a juntarse su

alma con el cuerpo; y así el que había estado muerto aquéllos tres días, volvió y resucitó a la vida, de la cual

muriendo había salido.

 

VIII. Cristo resucitó por su propia virtud.

99. Por esta palabra ―resurrección‖ no se ha de entender solamente que Cristo resucitó de entre los

muertos, pues esto fue común a otros muchos, sino que resucitó también por su propia virtud y poder, lo cual

fue singular y propio de Él. Porque ni en el orden natural es posible, ni se concede a hombre alguno el poder

resucitar por su propia virtud a sí mismo, sino que esto únicamente está reservado al sumo poder de Dios,

como sabemos por aquellas palabras del Apóstol: “Aunque fue crucificado por lo que tenía de nuestra

flaqueza, pero resucitó por el poder que tenía en cuánto Dios”. Y como este supremo poder nunca se apartó ni

del cuerpo de Cristo en el sepulcro, ni de su alma cuándo bajó a los infiernos, siempre estaba la virtud de Dios

así en el cuerpo para poder reunirse con el alma, como en ésta para poder volver de nuevo al cuerpo, por lo cual

pudo revivir y resucitar de entre los muertos por su propia virtud. Esto es lo que David lleno del espíritu de

Dios predijo en estas palabras: “Su diestra misma y su santo brazo han obrado su salvación”. Y lo mismo

confirmó el Señor con el testimonio de su divina boca: “Yo dejo mi vida para volverla a tomar, y tengo

potestad para dejarla y para volverla a tomar”. También dijo a los judíos en confirmación de la verdad de

su doctrina: ―Destruid este templo, y yo lo reedificaré dentro de tres días. Lo cual aunque ellos entendían de

aquel templo magníficamente fabricado de piedras, mas él lo entendía del templo de su cuerpo, como lo

declaran las palabras de la Escritura en el mismo lugar. Y aunque algunas veces leemos en las escrituras que

Cristo Señor fue resucitado por el Padre, esto se ha de entender de él en cuánto hombre, así como

corresponden a él en cuánto a Dios aquellos testimonios que declaran haber resucitado por su propia virtud.

 

IX. Cómo Cristo es el primogénito entre los muertos.

100. También fue característico de Cristo haber sido el primero de cuántos fueron favorecidos con este

divino beneficio de la resurrección. Porque en las escrituras se llama ya el primogénito de los muertos, ya el

primogénito entre los muertos. Y como dice San Pablo: “Cristo resucitó de entre los muertos el primero de

ellos; porque así como por un hombre vino la muerte, así por otro ha de ser la resurrección de los muertos,

porque así como en Adán todos murieron, así todos resucitarán por Cristo. Más cada uno en su orden: el

primero Cristo, y después aquellos que son de Cristo”. Las cuales palabras ciertamente se deben entender de

la perfecta resurrección, con la cual desterrada ya toda necesidad de volver a morir resucitamos a la vida

inmortal. Y en este género de resurrección es en la que Cristo tiene el primer lugar; porque si hablamos de

aquella resurrección que consiste en volver a la vida, pero con necesidad de morir de nuevo, otros muchos

resucitaron antes que Cristo, pero todos con la condición de volver a morir, mas Cristo resucitó venciendo y

sujetando a la muerte de tal modo que ya no podía morir otra vez, lo cual se confirma con aquel clarísimo

testimonio que dice: “Cristo resucitado de entre los muertos, no muera ya otra vez, la muerte no tendrá ya

dominio sobre él”.

 

X. Por qué causa Cristo resucitó al tercer día.

101. En cuanto a lo que se añade al tercer día ha de enseñar el Párroco, no piensen los fieles que el

Señor estuvo en el sepulcro todos aquellos tres días enteros. Porque como estuvo en el sepulcro un día natural

entero, y parte del antecedente y parte del siguiente, por esto se dice con mucha verdad que estuvo sepultado

tres días, y que resucitó el tercer día de entre los muertos. A fin de manifestar su divinidad no quiso diferir la

resurrección hasta el fin del mundo, pero tampoco quiso resucitar luego después de la muerte, sino el tercer

día, para que creyésemos que era verdadero hombre y que murió verdaderamente, pues este espacio de tiempo

parecía bastante para demostrar una verdadera muerte.

 

XI. Por qué el Concilio de Constantinopla añadió en el Credo según las Escrituras.

102. Los padres del primer Concilio de Constantinopla añadieron a este artículo estas palabras: según

las Escrituras; las cuales tomándolas del Apóstol las pasaron al Símbolo, por cuánto el mismo Apóstol ensenó

ser sumamente necesaria la fe del misterio de la resurrección, hablando de este modo: “Si Cristo no resucitó,

luego vana es nuestra predicación, y vana es también vuestra fe. Y si Cristo no resucitó, falsa es vuestra fe,

porque de ese modo aun estáis en vuestros pecados”. Por lo cual admirado San Agustín de la fe de este

artículo, escribió así: “No es cosa grande creer que murió Cristo; los paganos, los judíos y todos los malvados

creen esto, todos creen que murió. Mas la fe de los cristianos es la resurrección de Cristo; esto es lo que

tenemos por cosa grande, creer que él resucitó”. Este fue también el motivo porque el Señor habló tan

frecuentemente de su resurrección, y de no haber tratado casi vez alguna con sus discípulos de la pasión, sin

que hablase asimismo de la resurrección, y así habiendo dicho: “El Hijo del Hombre será entregado a los

Gentiles, y será escarnecido, azotado y escupido, y después que le hubieren azotado, le duran la muerte; al fin

añadió: Y resucitará al tercer día”.

Y habiéndole pedido los judíos que confirmase su doctrina con alguna señal o milagro, respondió que

no les daría otra señal que la de Jonás Profeta; porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el

vientre del pez; así afirmó que el hijo del hombre estaría tres días y tres noches en el seno de la tierra. Mas para

entender mejor el alcance y sentido de este artículo, hemos de averiguar y saber tres cosas: la primera, por qué

fue necesario que Cristo resucitase; la segunda, cuál fue el fin de la resurrección, y la última, cuáles sean las

utilidades y provechos que de la misma nos han provenido.

XII. Por qué fue necesario que Cristo resucitase.

103. En cuánto a lo primero, fue necesario que Cristo resucitase para manifestación de la rectitud y

justicia de Dios, puesto que convenía muchísimo fuera ensalzado el que por obedecerle había sido abatido y

ultrajado coa todo género de ignominias. Y ésta es la causa alegada por el Apóstol cuándo dijo a los Filipenses:

Se humilló a si mismo, haciéndose obediente hasta padecer la muerte, y no cualquiera muerte, sino muerte

de cruz; por lo cual Dios le ensalzó” . También fue necesaria la resurrección de Cristo para que se confirmase

nuestra fe sin la cual no puede existir la santidad del hombre, porque debe sernos eficacísima prueba de haber

sido Cristo Hijo de Dios, el haber resucitado por su propia virtud. Y asimismo, para que nuestra esperanza se

conservase y mantuviese.

Porque después que Cristo resucitó, tenemos ya esperanza cierta de que también resucitaremos

nosotros, pues es necesario que los miembros sigan la condición de la cabeza. Y de este modo parece que

demuestra su razonamiento el Apóstol cuándo escribe a los de Corinto y a los de Tesalónica; y esto mismo

dijo también el Príncipe de los Apóstoles San Pedro: “Bendito sea Dios, y el Padre de nuestro Señor Jesucristo,

que por su gran misericordia nos ha reengendrado por la resurrección de Jesucristo a una viva esperanza de

conseguir la herencia incorruptible”. Finalmente, se ha de enseñar que la resurrección del Señor fue

necesaria para que el misterio de nuestra salud y redención se perfeccionase enteramente. Porque Cristo con su

muerte nos libró de los pecados, mas con su resurrección nos restableció en la posesión de los principales

bienes, que habíamos perdido por el pecado, por lo cual dijo el Apóstol: “Cristo fue entregado a la muerte por

nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación”. Y así para que nada faltase a la salud del linaje

humano, convino no solamente que muriese, sino también que resucitase.

 

XIII. Utilidades que reportamos de la resurrección de Cristo.

104. De lo dicho hasta aquí podemos entender bien cuán grandes utilidades han conseguido los fieles

con la resurrección dé Cristo Señor nuestro. Porque por la resurrección de Cristo conocemos que Dios es

inmortal, lleno de gloria y vencedor de la muerte y del diablo, lo cual se ha de creer y confesar sin duda alguna

de Cristo Jesús. Además de esto, la resurrección de Cristo es causa de la resurrección de nuestros cuerpos,

tanto porque fue razón eficiente de este misterio, cuánto porque todos debemos resucitar a su ejemplo. X así

hablando de la resurrección de los cuerpos, dice el Apóstol de este modo: “Por un hombre vino la muerte, y por

otro la resurrección de los muertos”; porque para todo cuánto Dios obró en el misterio de nuestra redención

se sirvió de la humanidad de Cristo como de instrumento eficiente. Por lo cual su resurrección fue como un

instrumento para realizar la nuestra. También se puede llamar ejemplar o modelo la resurrección de Cristo, ya

por ser la más perfecta de todas, como porque a la manera que el cuerpo de Cristo resucitando se transformó

en glorioso e inmortal, así también nuestros cuerpos que antes habían sido flacos y mortales, resucitarán

adornados de gloria e inmortalidad. Pues como enseña el Apóstol: “Esperamos por Salvador a nuestro Señor

Jesucristo, quien reformará la vileza de nuestros cuerpos, haciéndolos semejantes al suyo glorioso”. Esto

mismo se puede igualmente aplicar al alma muerta por el pecado: a la cual de qué modo se propone por modelo

la resurrección de Cristo, declara el Apóstol por estas palabras: “A la manera que Cristo resucitó de entre los

muertos por el poder glorioso del Padre, así también nosotros debemos andar en nueva vida, porque si

hemos sido plantados en Cristo por la semejanza de su muerte, que representamos en el Bautismo, asimismo

hemos de ser semejantes a su resurrección”.

Y poco después dice: “Sabiendo que Cristo resucitado de entre los muertos no muere ya otra ves, y que

la muerte no tendrá ya dominio sobre él. Porque en cuánto al haber muerto, como fue por destruir el pecado,

murió una sola vez; mas en cuánto al vivir, vive para Dios. Así vosotros considerad también que realmente

estáis muertos al pecado, y que vivís ya para Dios en Jesucristo Señor nuestro”.

 

XIV. Qué ejemplos debemos sacar de la resurrección de Cristo.

105. Por lo tanto de la resurrección de Cristo debemos sacar dos ejemplos. El uno consiste en que

después de haber lavado las manchas del pecado, comencemos un nuevo modo de vida en el cual

resplandezcan la integridad de costumbres, la inocencia, la santidad, la modestia, la justicia, beneficencia y

humildad. Y el otro, que perseveremos en este género de vida tan constantes que con la ayuda de Dios jamás

nos apartemos del camino de la virtud una vez comenzado. No solamente significan las palabras del Apóstol

que la resurrección de Cristo se nos propone por ejemplar de la nuestra, sino también declaran que ella nos da,

así virtud para resucitar, como fuerzas y espíritu para perseverar en la santidad y justicia, guardando los

mandamientos de Dios. Porque a la manera que de su muerte no solamente tomamos ejemplo para morir a los

pecados sino también virtud con la cual salimos de ellos, así su resurrección no solamente nos da fuerza para

conseguir la santidad, sino que nos esfuerza para perseverar en esta nueva vida, sirviendo piadosa y

santamente a Dios. Porque esto principalmente hizo el Señor por su resurrección, que cuántos antes estábamos

junto con él muertos a los pecados y a este mundo, resucitásemos juntamente con él a nuevo método y

conducta de vida.

 

XV. Señales para conocer si hemos resucitado con Cristo.

106. En cuánto a las señales que principalmente se han de observar para conocer, si uno ha resucitado

con Cristo a nueva vida, nos. las recuerda el Apóstol cuándo dice: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las

cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios”, con esto declara abiertamente que cuántos

desean gozar dé vida, honra, descanso y riquezas donde Cristo está, estos verdaderamente han resucitado con

Cristo. Y cuándo añade: “Gozaos en las cosas del cielo, no en las de la tierra”, nos da además otra nota por

donde podamos conocer bien si hemos resucitado verdaderamente con Cristo. Porque así como el gusto suele

indicar la disposición y estado del cuerpo, así también si uno experimenta gusto y sabor en todo lo que es

verdad, pureza, virtud y santidad, y experimenta en su alma la suavidad y dulzura de las cosas celestiales, esto

puede servir de grandísima conjetura para juzgar que quien se halla en este estado, he resucitado ya con Cristo

Jesús a una nueva y espiritual vida.

 

Sexto artículo del Credo

SUBIÓ A LOS CIELOS; ESTÁ SENTADO A LA

DIESTRA DE DIOS PADRE OMNIPOTENTE

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Deben los párrocos explicar a los fieles este artículo con diligencia, y los fieles, no sólo creerlo por la

fe, sino traducirlo en las acciones de la vida. Es el sentido de su primera parte: que una vez realizado el

misterio de nuestra Redención, subió Cristo al Cielo en cuerpo y alma, en cuanto hombre; porque, en cuanto

Dios, nunca se separó de él, ya que por su divinidad está en todas partes.

«Subió a los cielos»

[2] Dos cosas conviene enseñar sobre la ascensión de Cristo: • que Cristo subió a los cielos por su

propia virtud, y no por poder ajeno, como Elías; • que esta virtud procede de El no sólo como Dios, sino

también como Hombre: pues su cuerpo, dotado ya de las cualidades gloriosas, obedecía fácilmente a las

órdenes de su alma, que lo movía.

«Está sentado a la diestra del Padre»

[3] Esta expresión, que es metafórica, se explica de la siguiente manera: • «estar a la diestra» significa

que, así como en las cosas humanas atribuimos mayor honra al que está colocado a la derecha, así también

Cristo ha obtenido del Padre en cuanto hombre una gloria y poder muy superior al de los demás (Ef. 1 20-22.);

se designa así una gloria tan propia y singular de Cristo, que no puede convenir a ninguna otra naturaleza

creada (Sal. 109 1; Heb. 1 13.); • «estar sentado» expresa, no la postura del cuerpo, sino la posesión firme y

estable de la regia y suprema potestad que recibió del Padre.

Consideraciones sobre este misterio útiles a los fieles

[4] 1º Importancia de la Ascensión de Cristo al Cielo. — Debe el párroco exponer este artículo,

haciendo notar ante todo: • que todos los demás misterios se refieren a la Ascensión como a su fin; pues así

como los misterios de nuestra Religión tienen su origen en la Encarnación, así también encuentran su

perfección y cumplimiento en la Ascensión; • que en la Ascensión, como también en la Resurrección, se

manifiesta la gloria infinita y divina majestad de Cristo, a diferencia de los demás artículos del Credo sobre

nuestro Señor, que manifiestan su naturaleza humana, y su suma humildad y abatimiento.

[5] 2º Por qué Cristo quiso subir al Cielo. — Las principales razones son: • porque a su cuerpo, ya

glorioso, no le correspondía ya la morada de esta vida terrena y mortal; • para tomar posesión del trono de su

Gloria y de su Reino, que había merecido por su sangre; • para cuidar de todo cuanto es conveniente a nuestra

salud espiritual; • para demostrar que su Reino no trae origen de este mundo; y así no es perecedero, ni

inconstante, ni se apoya en las fuerzas materiales y en el poderío de la carne; en suma, no es terreno, como lo

esperaban los judíos, sino espiritual y eterno; por eso, para mostrar que espirituales son su poder y sus

riquezas, y que los más ricos en el reino de los cielos son los que más riquezas espirituales tienen, fijó su

residencia en el Cielo; • para que nosotros le acompañemos en su Ascensión con el espíritu y el corazón,

enseñándonos a trasladarnos al Cielo con el pensamiento y el afecto, a confesar que somos peregrinos y

huéspedes sobre la tierra (Heb. 11 13.), y a buscar nuestra verdadera patria, el Cielo, esforzándonos por ser

conciudadanos de los santos y familiares de Dios (Ef. 2 19.).

[6] 3º Bienes que nos ha obtenido la Ascensión de Cristo. — Muchos son los beneficios y

ventajas que nos provienen de la Ascensión de Cristo.

a) Bienes generales: • «Al subir Cristo a lo alto, llevó cautiva a la cautividad» (Sal. 67 19; Ef. 4 8.):

Cristo, como Cabeza nuestra, tomo posesión del Cielo en nuestro nombre, preparándonos allí una morada,

abriéndonos de nuevo las puertas del cielo, cerradas por el pecado, y allanándonos el camino para llegar a la

celeste felicidad; y para mostrarlo, llevó consigo, a la mansión de la eterna bienaventuranza, a las almas de los

justos, que había libertado del Infierno; • «Dio dones a los hombres» (Sal. 67 19; Ef. 4 8.): Cristo, a los diez

días, envió a los apóstoles el Espíritu Santo, y con El toda clase de bienes y dones celestiales, cumpliendo así la

promesa que les había hecho (Jn. 16 7.); • El mismo se presenta ahora ante el acatamiento de Dios, para

desempeñar ante el Padre el oficio de Abogado, y a fin de ser el Defensor de nuestra causa y el Mediador de

nuestra salvación (I Jn. 2 1-2.).

[7] b) Bienes de virtudes: la Ascensión de Cristo: • aumenta el mérito de nuestra fe, por ser ésta una

virtud que tiene por objeto lo que no se ve, y por haber declarado el mismo Señor bienaventurados a los que

creyeron sin haber visto (Jn. 20 29.); • arraiga la esperanza en nuestros corazones, pues, siendo nosotros los

miembros de Cristo, nos hace esperar estar un día allí donde ahora está nuestra Cabeza (Jn. 17 24.);

perfecciona nuestra caridad, al arrebatar nuestro amor hacia el Cielo e inflamarlo con su divino Espíritu (Mt.

6 21.); [8] razón por la cual convenía que Cristo se fuera (Jn. 16 7.), pues si hubiese permanecido en la tierra,

nuestro amor se fijaría en su figura y proceder humano, y le estimaría con amor humano; mas la Ascensión

hizo más espiritual nuestro amor, y que amemos como Dios a quien ahora consideramos ausente; lo cual se ve

patentemente en los Apóstoles; • finalmente, es para nosotros no sólo el ejemplar en que aprendemos a dirigir

la vista a lo alto y a subir al Cielo con el espíritu, sino que, además, nos concede la gracia para llevarlo a la

práctica.

[9] c) Bienes a la Iglesia: la misma Iglesia quedó sumamente enriquecida después de la Ascensión de

Cristo, ya que: • será gobernada, a partir de entonces, por la virtud y dirección del Espíritu Santo; • Cristo

instituirá a Pedro como Pastor y Sumo Pontífice de Ella entre los hombres (Jn. 21 15.); • le dejará a unos como

apóstoles, a otros como profetas, a otros como evangelistas, a otros por pastores y doctores (I Cor. 12 28.), por

los que Cristo sigue distribuyendo sus dones.

 

CAPÍTULO VII

DEL 6° ARTÍCULO

Subió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso.

I. Excelencia de este artículo y sentido de su primera parte.

107. al contemplar el profeta David lleno del espíritu de Dios la bienaventurada y gloriosa Ascensión del

Señor, convida a todos a celebrar con suma alegría y gozo este triunfo, diciendo: “Naciones todas, dad

palmadas de aplauso; gritad alegres a Dios con voces de júbilo; porque sube Dios entre regocijos”.

De aquí entenderá el Párroco el grandísimo cuidado con que ha de explicar este misterio, y el desvelo

con que ha de procurar que los fieles no solamente le entiendan y crean, sino también de que se esfuercen, en

cuanto sea posible, para mostrar con el favor de Dios esta fe en su vida y costumbres. Por tanto, en orden a la

explicación del sexto artículo, en que principalmente se trata de este divino misterio, conviene empezar por su

primera parte y declarar su espíritu y sentido. Deben, pues, los fieles creer sin duda alguna que Cristo Jesús

después de acabar y perfeccionar el misterio de nuestra redención, subió en cuánto hombre al cielo en cuerpo y

alma, porque en cuánto Dios nunca se ausentó de allí, como quien con su divinidad ocupa todo lugar.

 

II. Cristo subió al cielo no sólo por virtud de la divinidad, sino también de la humanidad.

108. Mas enseñe que Cristo subió por su propia virtud, no levantado por otro como Elías que fue

arrebatado a lo alto por una carroza de fuego, o como el Profeta Abacuch, o como Felipe diácono, que

elevados por los aires por virtud divina, volaron largos espacios de tierra. Ni solamente subió a los cielos por el

infinito poder de su divinidad sino también por el que tenía en cuánto hombre.

Porque si bien no pudo hacer esto por las fuerzas naturales, pero aquella virtud de que su

bienaventurada alma estaba dotada, pudo mover el cuerpo a su arbitrio, y asimismo el cuerpo que había ya

conseguido la gloria, fácilmente obedecía al impulso del alma que le movía. Por esto creemos que Cristo subió a

los cielos por su propia virtud, no sólo en cuánto Dios sino también en cuánto hombre.

 

III. De lo que significa estar Cristo a la diestra de Dios Padre, que es la segunda parte de este

artículo.

109. La segunda parte de este artículo dice así: “Está sentado a la diestra de Dios Padre. En este lugar

conviene advertir que hay tropo o mudanza de palabra del sentido propio al impropio, modo de hablar muy

usado en las divinas Escrituras, cuándo acomodando a Dios a nuestro modo de entender, le atribuimos afectos

y miembros humanos, pues no se puede pensar que realmente haya en él cosa corporal, por ser espíritu. Más

por cuánto en el trato humano juzgamos que se hace el mayor honor al que se coloca a la derecha, aplicando

esto mismo al tratamiento del cielo, para explicar que Cristo en cuánto hombre goza de mayor gloria que todos

los demás hombres, confesamos que está sentado a la diestra del Padre.

Estar sentado no significa en este lugar la posición o figura del cuerpo, sino declara aquella posesión

real y suma potestad y gloria que Cristo recibió del Padre, de la cual habla el Apóstol cuándo dice que el Padre

le resucitó de los muertos y le colocó a su diestra en los cielos sobre todo Principado, Potestad, Virtud y

Dominación, y toda criatura que se puede nombrar, no solamente en el siglo presente sino también en él

venidero, y que todas las cosas sujetó a sus pies”. De las cuales palabras se deja entender que esta gloria es

tan propia y particular del Señor que no puede convenir a otra naturaleza criada. Por lo cual, en otro lugar el

mismo Apóstol dice así: “¿A cuál de los ángeles dijo alguna vez: Siéntate a mi diestra?”.

 

IV. Por qué se ha de recordar con frecuencia al pueblo cristiano la historia de la Ascensión de

Cristo.

110. Pero el Párroco explicará con más extensión el sentido del artículo, siguiendo la historia de la

Ascensión que con orden maravilloso escribió San Lucas Evangelista en los Hechos de los Apóstoles. Y lo

primero que conviene observar en su explicación, es que todos los demás misterios se ordenan a la Ascensión

como a fin, y que en ésta se contiene la perfección y cumplimiento de todos ellos; porque así como todos los

misterios de nuestra religión comienzan en la Encarnación del Señor, así todos ellos terminan con su

Ascensión. Además, los otros artículos del Símbolo que pertenecen a Cristo Señor declaran su grande humildad

y abatimiento, pues no se puede imaginar cosa más abatida y humilde que haber querido el Hijo de Dios tomar

por nosotros nuestra débil naturaleza padecer y morir.

Mas la confesión que en el artículo anterior hacemos de haber resucitado de entre los muertos, y en éste

de haber subido a los cielos y. estar sentado a la diestra de Dios Padre, es lo más magnífico y maravilloso que se

puede decir para declarar su gloria suma y divina majestad.

 

V. Motivos por los cuales Cristo subió a los cielos.

111. Explicado esto, se ha de enseñar con cuidado por qué subió Cristo Señor a los cielos. Primeramente

subió por cuánto a su cuerpo que había sido ya dotado de la gloria de la inmortalidad en su resurrección, no era

proporcionado ni conveniente esta terrena y oscura habitación, sino el altísimo y brillantísimo cielo. Porque no

solamente subió a gozar el solio de aquella gloria y reino que con su sangre había merecido, sino también a

disponer y cuidar de lo perteneciente a nuestra salvación. Además, para confirmar con este hecho que su reino

no era de este mundo; pues los reinos del mundo son terrenos y perecederos, fundándose sobre grandes

riquezas y poderío de la carne, mas el reino de Cristo no es terreno como esperaban los judíos, sino espiritual y

eterno.

Y en este reino aquellos son más ricos y dotados de mayor abundancia de bienes, que con más solicitud

buscan las cosas de Dios. Porque el apóstol Santiago afirma: “Que Dios escogió a los pobres en este mundo,

ricos en la fe, y herederos del reino que prometió a los que le aman”. Y también quiso el Señor subiendo a los

cielos, que le siguiéramos nosotros con el entendimiento y voluntad. Porque así como con su muerte y

resurrección nos había dado ejemplo de morir y de resucitar en espíritu, así con su Ascensión nos enseña e

instruye de que suerte estando en la tierra podemos subir con el alma a los cielos, confesando que somos

peregrinos y huéspedes en el mundo, y que buscando la patria, somos ciudadanos de los santos y domésticos de

Dios. Pues, como dice el Apóstol “nuestro trato y conversación es en los cielos”.

 

VI. Qué beneficios reportamos de la Ascensión de Cristo.

112. Cuán grande sea la abundancia de inexplicables bienes que derramó sobre nosotros la benignidad

de Dios, mucho antes lo había cantado el divino David, según lo interpreta el Apóstol por aquellas palabras:

Ascendiste, Señor, a lo alto; llevaste contigo a los cautivos; recibiste dones para los hombres. Porque de allí a

diez días les envió su divino Espíritu, de cuya virtud y abundancia llenó aquella muchedumbre de fieles que se

hallaban presentes y cumplió cabalmente aquellas ten magnificas promesas: “Os conviene que yo me vaya,

porque si no me fuere, no vendrá sobre vosotros el Espíritu Santo, mas si me fuere, os le enviaré”. Sube

también a los cielos, según dice el Apóstol, para presentarse ahora por nosotros en el acatamiento de Dios, y

hace delante de su Eterno Padre el oficio de Abogado nuestro: “Hijitos míos, dice San Juan, estas cosas os

escribo a fin de que no pequéis. Pero aun cuando alguno pecare, no desespere, pues tenemos por abogado

para con el Padre a Jesucristo justo. Y él mismo es la victima de propiciación por nuestros pecados”.

Y a la verdad con nada pueden los fieles recibir mayor consuelo y suavidad en sus almas que de

contemplar a Jesucristo, cuya gracia y autoridad es suma para con el Padre, constituido por Patrono de nuestra

causa y medianero de nuestra salud. Finalmente subiendo al cielo nos preparó allí lugar, como también lo

había prometido hacernos, y como cabeza nuestra tomó posesión de la gloria en nombre de todos nosotros,

porque al subir al cielo, abrió sus puertas las cuales habían estado cerradas por el pecado de Adán, y nos facilitó

el camino para llegar a la celestial bienaventuranza, como él lo había predicho a los discípulos en la cena. Y

para confirmar esto con su obra, introdujo consigo en la mansión de la felicidad eterna las almas de los justos

que había libertado del infierno.

 

VII. Ventajas que conseguimos con la Ascensión de Cristo.

113. A esta maravillosa riqueza de celestiales dones se siguió otra saludable serie de ventajas y

utilidades. Porque primeramente se añadió gran realce al merecimiento de nuestra fe, pues esta virtud es de

aquellas cosas que no se ven y están muy lejos de la razón e inteligencia de los hombres. Y por esto si no se

hubiera ausentado el Señor de nosotros, fuera menor el mérito de nuestra fe, pues el mismo Señor llama

bienaventurados a los que no vieron y creyeron. A más de esto, la Ascensión del Señor al cielo es muy

importante para confirmar la esperanza en nuestros corazones. Porque creyendo que Cristo hombre subió al

cielo, y que colocó nuestra naturaleza a la diestra de Dios Padre concebimos grande esperanza de que también

nosotros subiremos al cielo y nos juntaremos con nuestra cabeza, lo cual aseguró el mismo Señor con estas

palabras: ―Padre, quiero que los que me diste, estén conmigo donde yo estoy. Asimismo con su Ascensión

nos hizo el grandísimo beneficio de haber arrebatado nuestro amor al cielo y haberlo inflamado con el divino

espíritu, porque muy verdaderamente se dijo que donde está nuestro tesoro, allí está nuestro corazón.

VIII. No era conveniente a nosotros que Cristo quedase en la tierra.

114. Y a la verdad, si Cristo Señor habitase en la tierra, todas nuestras atenciones versarían sobre la

presencia y trato de su humanidad, y mirándole solamente como a un hombre que nos colmaba de inmensos

beneficios, le amáramos con cierto afecto terreno. Mas subiendo al cielo, espiritualizó nuestro amor, e hizo que

contemplándole ahora ausente, le veneremos y amemos como a Dios. Esto se comprende en parte por la

experiencia de los Apóstoles los cuales mientras tuvieron al Señor presente parecía que sentían de él como de

solo hombre, y en parte se confirmó por testimonio del mismo Señor cuándo dijo: ―Os conviene que yo me

vaya‖. Porque aquel amor imperfecto con que amaban a Jesucristo presente, se había de perfeccionar por el

amor divino, y esto con la venida del Espíritu Santo. Y por lo mismo añadió inmediatamente: ―Porque si no me

fuere, no vendrá a, vosotros el Espíritu Santo.

 

IX. Después de la Ascensión de Cristo la Iglesia se propagó en gran manera.

Juntase también que amplificó en la tierra su casa que es la Iglesia, y dispuso que fuese gobernada por

la virtud y dirección del Espíritu Santo, y dejó entre los hombres por Pastor y sumo Pontífice de toda ella al

Príncipe de los Apóstoles San Pedro. A más de esto a unos hizo Apóstoles, a otros Profetas, a otros

Evangelistas, a otros Pastores y Doctores. Y de este modo sentado a la diestra del Padre está continuamente

distribuyendo varios dones ya a unos ya a otros. Pues afirma el Apóstol que a cada uno de nosotros se da la

gracia según la medida de la donación de Cristo. Últimamente es menester que entiendan los fieles que nos

hemos de ocupar acerca de la Ascensión del mismo modo que enseñamos debía meditarse el misterio de la

muerte y resurrección. Porque aunque debamos nuestra salud y redención a la muerte de Cristo, quien por sus

méritos abrió para los justos la puerta del cielo, con todo eso se nos propone su Ascensión no solamente como

ejemplar por el cual aprendamos a mirar a lo alto y a subir al cielo con el espíritu, sino que nos dio fuerzas

divinas con las cuales esto lo podamos practicar

 

Séptimo artículo del Credo

DESDE ALLÍ HA DE VENIR A JUZGAR

A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Cristo quiso honrar y engrandecer a su Iglesia con tres oficios: el de Redentor, que se expuso al

explicar cómo redimió al género humano por su pasión y muerte; el de Protector, que se expuso al explicar

cómo por la Ascensión tomó a su cargo nuestra causa y defensa; y el de Juez, que se debe explicar en este

artículo, cuyo significado es que Cristo ha de juzgar a todos los hombres al fin de los tiempos.

Cuántas son las venidas de Cristo

[2] Dos son las venidas de Cristo, atestiguadas por la Escritura:

1º Cuando por nuestra salvación tomó carne mortal en el vientre de la Virgen María y se hizo

hombre.

2º Cuando al fin del mundo venga a juzgar a todos los hombres (Rom. 14 10; II Cor. 5 10.). Esta

segunda venida es llamada comúnmente en las Escrituras «día del Señor» (I Tes. 5 2.), y su hora nadie la

conoce (Mt. 24 36; Mc. 13 32.). Los fieles deben desear con afecto vehementísimo este día del Señor, de modo

parecido a como los justos del Antiguo Testamento deseaban el día en que el Señor revestiría carne humana.

Cuántos son los juicios que el hombre debe sufrir

[3] También son dos las veces que el hombre debe comparecer ante el Señor para ser juzgado por El:

1º En el juicio particular: cuando cada uno de nosotros sale de este mundo, inmediatamente

comparece ante Dios y es juzgado por todas las acciones de su vida.

2º En el juicio general: cuando todos los hombres, en un solo día y lugar, al fin de los tiempos,

comparecerán ante Jesucristo, en cuerpo y alma, para ser juzgados públicamente, esto es, para que se haga

pública la sentencia de su eterna salvación o condenación.

Razones del juicio general

[4] Era conveniente que, después del juicio particular, tuviera lugar otro juicio universal, por los

siguientes motivos:

1º Para que se conozca la influencia del buen o mal ejemplo de cada hombre sobre sus

descendientes, y haya un examen perfecto de este proceso de hechos y dichos, buenos y malos, con los cuales

aumenta el premio o la pena de los ascendientes muertos.

2º Para que sean ensalzados los justos, muchas veces privados en esta vida de la honra, y

humillados los impíos, muchas veces ensalzados injustamente.

3º Para que sean juzgados y premiados o condenados, no sólo nuestras almas, sino también nuestros

cuerpos, que fueron los instrumentos de sus acciones.

4º Para que se manifieste la acción infinitamente justa y sabia de la Providencia de Dios en

las cosas prósperas y adversas que indistintamente suceden a buenos y a malos, e incluso cuando permite el

mal o la humillación del justo y la prosperidad del malvado; no sea que se crea que Dios no se ocupó de las

cosas humanas, ni tenga motivo alguno la queja que esta manera de obrar arrancó a veces a los mismos

hombres justos (Sal. 72 2-3 y 12-14; Job 21 7; Jer. 12 1-2.).

5º Para infundir en esta vida ánimo a los justos de seguir haciendo el bien, y temor a los

pecadores de hacer el mal, ante el pensamiento de este juicio riguroso en que el justo será recompensado y el

impío castigado.

77Quién será el Juez

El Juez de este juicio universal no será otro que nuestro Señor Jesucristo, a quien se atribuye muy

particularmente:

[5] 1º En cuanto Dios, porque aunque la potestad de juzgar es común a las tres divinas personas, se

atribuye más especialmente a la Sabiduría, por ser el juicio un acto de sabiduría.

[6] 2º En cuanto hombre, por afirmarlo así las Escrituras (Jn. 5 26-27.), y por ser conveniente en

razón de dos motivos: • el primero, porque, al ser un juicio sobre hombres, conviene que lo haga un Juez

visible, cuya sentencia pueda ser escuchada por los sentidos del cuerpo y por el alma; y para ello, nadie más

propio que quien es el Hijo del hombre [esto es, la nueva Cabeza del género humano]; • el segundo, para

exaltar a Jesucristo, constituyendo Juez universal de todos los hombres (Act. 10 42.) a quien por amor nuestro

quiso someterse a un tribunal humano y ser condenado por tan inicuas sentencias de hombres.

Señales de la proximidad del Juicio final

[7] Tres son las principales, según las Sagradas Letras: • la predicación del Evangelio a todo el

mundo (Mt. 24 14.); • la apostasía de las naciones (II Tes. 2 3.); • la aparición del Anticristo (II Tes. 2

3.).

Modo de la celebración del Juicio

[8] Por las profecías de Daniel (Dan. 7.), de los sagrados Evangelistas (Mt. 24-25.) y del Apóstol (II Tes.

2.), podemos deducir que el juicio se realizará en los siguientes pasos:

1º Después de la aparición del Anticristo, vendrá la conmoción general de los astros y la

conflagración de la tierra.

2º Luego, la resurrección general de todos los hombres.

3º Finalmente, el Juicio mismo: • separación de buenos y malos; • revelación de las conciencias;

recompensa de los justos (Mt. 25 34.); • y castigo de los impíos (Mt. 25 41.): [9] pena de daño, o privación

eterna de Dios («apartaos de Mí»); ausencia total de todo bien, y presencia de todo mal («malditos»); [10] y

pena de sentido, o aflicción por parte de las criaturas, especialmente por el tormento del fuego, duración eterna

de esa pena («al fuego eterno») y compañía de los demonios («que fue destinado para el Diablo y sus

ángeles»).

[11] La materia del Juicio debe inculcarse con frecuencia en el espíritu del pueblo fiel, por dos

motivos: • porque es muy útil para alejar al pecador del pecado, refrenar sus pasiones (Eclo. 7 40.), y llamarlo

a la práctica de la piedad, al considerar que tendrá que dar un día a Dios una cuenta rigurosa de todos sus

pensamientos, palabras, obras y deseos; • y para estimular a los justos a perseverar en la práctica del bien,

aunque para ello pasen la vida en la miseria, deshonrados y perseguidos, con la esperanza del día en que serán

declarados vencedores en presencia de todos los hombres, y ensalzados eternamente con los honores divinos

de la gloria celestial.

 

CAPÍTULO VIII

DEL 7° ARTÍCULO

De allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos

I. Tres oficios de Cristo para con su Iglesia, y sentido de este Artículo.

115. Tres insignes oficios son propios de Jesucristo a fin de hermosear y ennoblecer a su Iglesia, es a

saber: de Redentor, Abogado y Juez. Constando, pues, ya por los artículos antecedentes que Cristo Señor

redimió al linaje humano por medio de su pasión y muerte, y que asimismo subiendo al cielo se encargó de

nuestra defensa y patrocinio para siempre, ahora se sigue declarar en este artículo la potestad que tiene de

juzgar. El sentido de este artículo es: que en el último día, Cristo Señor juzgará a todos los hombres.

 

II. Dos son las venidas de Cristo al mundo.

116. Las santas Escrituras aseguran que son dos las venidas del Hijo de Dios al mundo:

la una cuándo tomó carne por nuestra salud y se hizo hombre en el seno de la Virgen; la otra cuándo al fin del

mundo vendrá a juzgar a todos los hombres. Esta segunda venida se llama en las santas Escrituras, día del

Señor, del cual el Apóstol habla así: “El día del Señor vendrá como el ladrón por la noche”. Y el mismo

Salvador: ―En orden al día y a la hora nadie lo sabe.

Finalmente para confirmación de la verdad de este último juicio baste aquella autoridad del Apóstol que

dice: “Es preciso que todos nos presentemos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno dé cuenta y reciba

la recompensa de lo que hizo viviendo en cuerpo, así bueno como malo”. Toda la sagrada Escritura está llena

de testimonios que a cada paso se ofrecerán a los Párrocos, no solamente para confirmar esta venida sino

aun también para ponerla bien patente a la consideración de los fieles; para que así como aquel día del Señor

en que tomó carne humana, fue muy deseado de todos los justos de la ley antigua desde el principio del mundo,

porque en aquel misterio tenían puesta toda la esperanza de su libertad, así también después de la muerte del

Hijo de Dios y su Ascensión al cielo, deseemos nosotros con vehementísimo anhelo el otro día del Señor

esperando el premio eterno, y la gloriosa venida del gran Dios”.

 

III. Cuántas veces deberá ser juzgado el hombre.

117. Mas para explicar este artículo se deben tener presentes dos tiempos en los cuales deberá cada uno

presentarse delante del Señor, y darle cuenta de todos los pensamientos, acciones y palabras, y sujetarse por

último a la sentencia del Juez. El primero es, cuándo cada uno de nosotros sale de esta vida; porque en el

instante es presentado en el tribunal de Dios, y allí se hace severísimo examen de todas las cosas que en su

vida, hizo, dijo y pensó; y esto se llama juicio particular. El segundo es, cuándo en un mismo día y lugar todos

los hombres serán presentados ante el tribunal del supremo Juez, para que viendo y oyendo todos los hombres

de todos los siglos, reciba cada uno el decreto y sentencia que se le diere. La pronunciación de esta sentencia

será desde luego para los impíos y malos una gran parte de su pena y castigo; mas los justos y buenos

conseguirán con ella gran premio y fruto, porque entonces se publicará cual haya sido cada uno en esta vida.

Este se llama juicio universal.

 

IV. Causas por que ha de haber juicio universal.

118. Pero aquí es necesario declarar cuáles son las causas por qué además del juicio particular de cada

uno, ha de haber otro juicio Universal de todos los hombres. Es, pues, la primera porque siendo cierto que a los

hombres después de su muerte quedan algunas veces en esta vida hijos imitadores de sus padres, como

también libros y discípulos amantes y defensores de sus acciones y ejemplos, con lo cual es necesaria que se

aumenten los premios o penas de los muertos. Y como esta utilidad o calamidad que pertenece a muchos, no ha

de tener fin hasta que llegue el último día del mundo, era muy justo que se hiciese perfecta averiguación de

toda esta serie de hechos o dichos buenos o malos, lo cual no puede hacerse sin el juicio universal de todos los

hombres. Juntase a esto que como muchas veces se deshonra la fama de los buenos y son aplaudidos los malos,

como Inocentes, pide la equidad de la justicia divina, que los justos recobren en un congreso y juicio

universal de todas las gentes la estimación de que con injusticia se les privó entre los hombres.

Además de esto, como todo lo que obraron en vida así los buenos como los malos, no lo hicieron sin sus

cuerpos, legítimamente se sigue que también pertenecen a los cuerpos las obras buenas o malas, pues fueron

Instrumentos de las mismas. Y así era muy conveniente se diese a los cuerpos junto con las almas, o los debidos

premios de la gloria eterna, o los castigos. Y esto no se podía hacer sin la resurrección de todos los hombres, y

sin el juicio universal.

Finalmente, para probar que así en las prosperidades como en las adversidades que algunas veces

experimentan sin diferencia alguna los buenos y malos, nada acontece sino con infinita sabiduría y justicia de

Dios, fue muy debido no sólo establecer premios para los buenos y castigos para los malos en el siglo venidero,

sino manifestarlo también en un juicio público y universal, para que se hiciese a todos más notorio e ilustre, y

se tributase por todos a Dios la alabanza de su justicia y providencia, y asimismo se satisficiese a aquella queja

injusta, con la cual aun los varones santos solían como hombres lamentarse algunas veces viendo a los malos

poderosos con sus riquezas y engreídos con sus honras, pues David decía: ―A mí me vacilaron los pies; a pique

estuve de resbalar.

Porque me llené de celos al contemplar los impíos, al ver la paz de los pecadores. Y poco después:

Mirad como esos, siendo pecadores, abundantes de bienes en él siglo y amontonan riquezas. Yo también

exclamé: Luego en vano he purificado mi corazón y lavado mis manos en compañía de los inocentes. Pues yo

soy azotado todo él día, y comienza ya mi castigo desde él amanecer”. Y esta queja ha sido frecuente a

muchos. Luego es necesario que se haga un juicio general a fin de que los hombres no digan que Dios se

pasea junio a, los polos del cielo, sin cuidar de las cosas de la tierra. Y así justamente se colocó la fórmula de

esta verdad por uno de los artículos de la fe cristiana, para que si algunos titubeasen acerca de la verdad de la

providencia y justicia de Dios, se confirmasen con esta doctrina. Además, convenía también recrear a los

buenos y aterrar a los malos, poniendo presente el juicio final, para que aquellos no desfalleciesen

considerando la justicia de Dios, y éstos con el temor y certeza del castigo eterno se apartasen de los pecados.

Por todo lo cual nuestro Señor y Salvador hablando del último día, declaró que había de haber alguna

vez un juicio universal, y describió las señales que le habían de preceder, para que al verlas entendiésemos que

está cerca el fin del mundo. Y por último cuándo subió al cielo envió ángeles a los Apóstoles que quedaban

tristes por su ausencia, para consolarlos con estas palabras: “Este Jesús que de vuestra compañía ha subido al

cielo, vendrá así como le habéis visto ir al cielo”.

 

V. La potestad de juzgar conviene a Cristo aun mi cuánto hombre.

119. Este juicio, según lo declaran las sagradas letras fue dado a Cristo Señor Nuestro, no sólo como

Dios sino también como hombre. Pues aunque la potestad de juzgar sea común a todas las Personas de la

Santísima Trinidad, con todo se atribuye señaladamente al Hijo, porque decimos que también a él conviene la

sabiduría. Y que en cuanto hombre ha de juzgar al mundo, se confirma por el testimonio del Señor que dijo:

Así como el Padre tiene vida en sí mismo, así dio al Hijo tener vida en sí mismo, y le dio poder de juzgar por

ser hijo del hombre”.

 

VI. Por qué razones conviene a Cristo hacer este juicio.

120. Es muy conveniente que este juicio se haga por Cristo Señor a fin de que quienes han de ser

juzgados, puedan ver al juez con los ojos del cuerpo, oír con los oídos la sentencia que se pronuncia, y percibir

con sus sentidos todo aquel aparato de juicio. Asimismo es muy justo que aquel hombre que fue condenado por

injustísimas sentencias de los hombres, sea visto de todos ellos estar sentado en su trono por juez de todo el

mundo. Por lo cual habiendo el Príncipe de los Apóstoles explicado en casa de Cornelio los principales puntos

de la religión cristiana, y enseñado que Cristo fue crucificado y muerto por los judíos en un leño, pero que

resucitó al tercer día, añadió: ―Y nos, mandó que predicásemos al pueblo y le aseguráremos, que él es a quien

Dios puso por Juez de vivos y muertos”.

 

VII. Tres señales que precederán al juicio universal.

121. Mas las santas Escrituras declaran que han de preceder tres señales principalmente al juicio

universal, es a saber la predicación del Evangelio por todo el mundo, la apostasía y el Anticristo. Y así dice el

Señor: “Se predicará este Evangelio del reino de Dios en todo el mundo, en testimonio para todas las

naciones, y entonces vendrá el fin”. Y por otra parte el Apóstol nos avisa, que no nos dejemos engañar de

nadie “como si ya instara, el día del Señor, porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la

apostasía, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición”.

 

VIII. De la forma del juicio y sentencia de los escogidos.

122. Cual haya de ser la forma y modo de aquel juicio, fácilmente podrán conocerlo los Párrocos, así de

los oráculos de Daniel como de la doctrina de los santas Evangelios y del Apóstol. Pero además de esto

habrán de explicar con cuidado en este lugar, la sentencia que pronunciará el Juez. Porque Cristo nuestro

Salvador mirando con ojos festivos a los buenos puestos a su derecha, pronunciará sobre ellos la sentencia con

suma benignidad de este modo: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está preparado desde el

principio del mundo”. Las cuales palabras son tan dulces, que no se pueden oír otras de mayor gozo, como se

verá comparándolas con la condenación de los malos, y considerando que por ellas son llamados los piadosos y

justos de las fatigas al descanso, del valle de lágrimas al sumo gozo, y de las miserias a la perpetua

bienaventuranza que merecieron con los ejercicios de la caridad.

 

IX. De la sentencia de los malos, y de la pena de daño.

123. Volviéndose después a los réprobos que estarán a su izquierda, mostrará contra ellos su justicia,

diciendo: “Apartaos de mí malditos al fuego eterno, que está preparado para el diablo y sus ángeles”. En

aquellas primeras palabras, apartaos de mí, se declara la gravísima pena con que serán castigados los malos

cuando serán arrojados de la vista de Dios, y no les quedará para su consuelo esperanza alguna de poder jamás

gozar de un bien tan grande. Y ésta es la que los teólogos llaman pena de daño, que consiste en que los malos

han de carecer perpetuamente en los infiernos de la vista y presencia de Dios. Mas la palabra malditos, que se

añade, aumenta en gran manera su miseria y calamidad. Porque si al ser arrojados de la presencia de Dios, se

les hiciese siquiera la merced de alguna bendición, esto ciertamente les podría servir de grande consuelo, mas

como no merecen cosa semejante que alivie su miseria, justísimamente fulminara contra ellos todo género de

maldiciones la divina justicia al arrojarlos de su presencia.

 

X. De la pena de sentido y compañía de los demonios.

124. Luego se sigue, al fuego eterno; y éste es el otro género de pena que los teólogos llamaron pena de

sentido, por cuanto se percibe con sentido corporal como la de las varas, azotes y otros géneros de castigos más

graves, entre los cuales sin ninguna duda el tormento del fuego es el que causa mayor dolor; y como a este mal

se junta el que haya de durar eternamente, de aquí se sigue que la pena de los condenados ha de llegar al sumo

grado de todos los castigos, lo cual declaran más aquellas palabras que serán pronunciadas en la última parte

de la sentencia: ―que está preparado para el diablo y sus ángeles, porque siendo tal nuestra condición, que se

nos hacen más suaves y tolerables todas nuestras molestias cuando tenemos algún compañero y participe de

nuestra miseria, con cuya prudencia y humanidad nos podamos aliviar algún tanto, ¿cuál será la infelicidad de

los condenados, que en medio de tantos males y penas jamás podrán apartarse de la compañía de los

perversísimos demonios? Y esta sentencia justísimamente pronunciará nuestro Señor y Salvador contra los

malos, porque ellos descuidaron todos las prácticas de la verdadera piedad, no dieron de comer al hambriento,

ni de beber al sediento, no hospedaron al necesitado, no vistieron al desnudo, ni visitaron al encarcelado ni al

enfermo.

 

XI. Mucho deben inculcar los Párrocos la memoria del juicio.

125. Estas son las cosas que con la mayor frecuencia deben los Pastores inculcar a los oídos del pueblo

fiel. Porque la verdad de este artículo creída con fe sobrenatural, es muy poderosa para contener los rebeldes

apetitos del ánimo y apartar los hombres del pecado. Por lo cual dijo el Eclesiastés. “En todas tus obras

acuérdate de tus postrimerías, y jamás pecarás”. Y a la verdad, apenas habrá quien se deje arrastrar de sus

vicios con tanta fuerza, que no le mueva al deseo de bien vivir aquella verdad, de que día ha de venir en que ha

de dar cuenta al justísimo Juez no solamente de todos sus hechos y dichos, sino también de los más ocultos

pensamientos, y que ha de pagar la pena que por ellos le correspondiere.

Mas por el contrario, es necesario que el justo se anime más y más a ejercitar la virtud, y tenga grande

alegría, aunque viva en pobreza, infamias y tormentos cuando se acuerde de aquel día en que después de las

luchas de esta trabajosa vida, se verá declarado por vencedor en presencia de todos los hombres, y condecorado

con honras eternas, será recibido en la patria celestial. Y por tanto lo que conviene es exhortar a los fieles, a que

procuren vivir santa y justamente y que se ejerciten en todos los oficios de virtud, para que con toda seguridad

de su alma puedan esperar aquel gran día del Señor que se va acercando, y aun desearle con vivas ansias como

corresponde a hijos suyos.

 

Octavo artículo del Credo

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Después de exponer lo que mira a las dos primeras personas divinas de la Santísima Trinidad, toca

explicar lo que la fe enseña sobre la tercera, conocimiento que es sumamente necesario a los fieles (Act. 19 2-

3.), y del que deben sacar gran humildad a la par que gran confianza en el auxilio divino.

El nombre de «Espíritu Santo»

[2] La expresión «espíritu santo», en sí misma, conviene también al Padre y al Hijo, pues ambos,

siendo Dios, son Espíritu y Santo; y también a los ángeles bienaventurados y a las almas de los justos. Es, pues,

una palabra ambigua, un nombre común, que puede convenir a muchos. Sin embargo, las Escrituras, tanto del

Antiguo Testamento (Sal. 50 13; Sab. 9 19.) como del Nuevo (Lc. 1 35; Jn. 1 33; Mt. 28 19.), designan por «Es-

píritu Santo» a la tercera persona de la Santísima Trinidad.

[3] Si se designa a la tercera persona de la Trinidad con este nombre común, y no con otro que le sea

propio, es porque nos vemos obligados a tomar prestados de las cosas creadas los nombres que se aplican a

Dios. Ahora bien, en las cosas creadas no conocemos otro modo de comunicarse la propia naturaleza y esencia

que la generación. Y así, damos este nombre de generación a la producción de la segunda persona por la

primera, y llamamos Hijo a la persona que nace, y Padre a aquella de quien nace. Y por eso mismo, al no existir

entre nosotros el modo por el que Dios se comunica totalmente a Sí mismo por virtud del amor, no podemos

expresar con palabra propia la producción de la tercera persona y, por lo tanto, tampoco la persona producida

de este modo; sino que llamamos a esta producción «espiración», y a la persona «espirada», «Espíritu Santo».

 

Quién es el Espíritu Santo

[4] 1º Es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo, de su misma naturaleza, e igual a ellos en

omnipotencia, sabiduría, eternidad y perfección infinita. Esto se confirma con los testimonios de las Sagradas

Escrituras: • San Pedro llama Dios al Espíritu Santo (Act. 5 3-4.), y también lo hace San Pablo (Act. 28 25; I

Cor. 12 6 y 11.); • nuestro Señor Jesucristo manda que se cite en el bautismo el nombre del Espíritu Santo junto

al del Padre y del Hijo (Mt. 28 19.), obligándonos por ahí a confesar que si el Padre es Dios, y el Hijo es Dios,

también es Dios el Espíritu Santo, unido a ellos en igual grado de honor; • lo mismo nos enseñan San Juan (I

Jn. 5 7.) y la doxología que concluye los Salmos y las divinas alabanzas: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu

Santo»; • finalmente, las Escrituras atribuyen al Espíritu Santo cosas propias de Dios, como el honor de los

templos (I Cor. 6 19.), la santificación (II Tes. 2 12; I Ped. 1 2.), la vivificación (Jn. 6 64; II Cor. 3 6.), la

penetración de las cosas más profundas de Dios (I Cor. 2 10.), el hablar por los profetas (II Ped. 1 21.) y el estar

en todas partes (Sal. 138 7; Sab. 1 17.).

[5] 2º Es la tercera persona de la naturaleza divina, subsistente por sí misma, distinta del Padre

y del Hijo, y producida por la voluntad, esto es, por vía de amor. Así lo confirman la forma del bautismo (Mt.

28 19.), las palabras de San Pablo (II Cor. 13 13.) y las palabras que los Padres del Concilio de Constantinopla

añadieron al símbolo de Nicea, en que se confiesa al Espíritu Santo como Señor y Vivificador: siendo Señor, es

superior a los ángeles, que fueron creados por Dios y son sus servidores; y siendo Vivificador, de El procede la

vida divina, y la unión del alma con Dios.

[6] 3º Procede del Padre y del Hijo como de un solo principio, por procesión eterna. Así lo

enseñan las Escrituras, en las que el Espíritu Santo es llamado unas veces Espíritu del Padre (Mt. 10 20; Jn. 14

26; Jn. 15 26.), y otras veces Espíritu de Cristo (Jn. 16 14; Act. 16 7; Rom. 8 9; Gal. 4 6.), y dícese enviado, ya

por el Padre, ya por el Hijo, para demostrar claramente que procede igualmente de ambos. Así lo enseña

también el Magisterio de la Iglesia .

Obras atribuidas especialmente al Espíritu Santo

[7] Aunque las obras de la Santísima Trinidad que se hacen fuera de Dios son comunes a las tres

personas divinas, sin embargo se atribuyen como propias al Espíritu Santo las que nacen del amor inmenso de

Dios para con nosotros, por ser El el Amor increado en la Trinidad. Y por eso mismo el Espíritu Santo es

llamado «Don»; pues con la palabra «don» se designa lo que se da gratuitamente, por puro amor. [8] Entre las

obras atribuidas al Espíritu Santo contamos:

En cuanto Señor, la creación del mundo (Job 33 4; Sal. 32 6.) y la conservación y gobierno de las

cosas creadas (Sab. 1 7.).

En cuanto Vivificador, el acto de dar vida (Ez. 37 6.); sobre todo la vida divina, esto es, la gracia

santificante, con que nos sella (Ef. 1 13.), haciéndonos hijos de Dios, justificándonos, y excitando en nuestros

corazones grandes sentimientos de piedad por los que emprendemos una nueva vida.

En cuanto Santificador le atribuimos más propia y especialmente los dones del Espíritu Santo:

espíritu de sabiduría y de entendimiento, de consejo y de fortaleza, de ciencia y de piedad, de temor de Dios (Is.

11 2-3.), que son los efectos propios y principales de su acción en las almas, de los que se sacan los preceptos de

la vida cristiana, y por los cuales conocemos si el Espíritu Santo habita en nosotros.

 

CAPÍTULO IX

DEL 8° ARTÍCULO

Creo en el Espíritu Santo

I. Cuanta sea la necesidad y fruto de la fe en el Espíritu Santo.

126. Hasta aquí se han explicado los misterios concernientes a la primera y segunda persona de la

Santísima Trinidad, en cuanto lo requiere nuestro asunto. Ahora debemos exponer lo que en el Símbolo se nos

enseña acerca de la tercera Persona, esto es del Espíritu Santo. En cuya declaración pondrán los Pastores todo

cuidado y diligencia, porque no menos debe saber el cristiano esta parte o pensar menos rectamente de ella,

que de los demás artículos ya explicados. Y esta fue la causa porque el Apóstol no permitió que ignorasen la

Persona del Espíritu Santo unos discípulos de Éfeso a quienes habiendo preguntado si habían recibido el

Espíritu Santo, y respondido ellos que jamás habían oído que existiera el Espíritu Santo, les replicó al punto:

Pues ¿qué bautismo es el que habéis recibido?”

En las cuales palabras dio a conocer que la noticia particular de este artículo es muy necesaria a los

fieles, de la cual consiguen el fruto especial de que cuando piensan con atención que todo cuanto tienen es don

y beneficio del Espíritu Santo, comienzan a pensar más modesta y humildemente de sí mismos, y a poner

toda su esperanza en la ayuda de Dios, lo cual debe servir al cristiano de primer escalón para llegar a la suma

sabiduría y felicidad.

 

II. También al Padre y al Hijo conviene la, palabra Espíritu Santo.

127. Por tanto convendrá empezar la explicación de este artículo desde el sentido y significado que tiene

aquí este vocablo de Espíritu Santo. Porque siendo cierto que este nombre conviene muy bien así al Padre

como al Hijo (porque uno y otro es Espíritu, y ambos son Santos, pues confesamos que Dios es Espíritu) y

que además de esto también los Ángeles y las almas de los justos se dan a conocer con esa misma voz, se

debe procurar, que por lo equívoco de esta palabra, no incurra el pueblo en algún error. Por lo mismo es

necesario enseñar que por el nombre de Espíritu Santo se entiende en este artículo la tercera Persona de la

Trinidad, del mismo modo que se entiende algunas veces en los libros del antiguo Testamento, y muchas en los

del nuevo.

Pues David ruega: ―Y no apartes de mi Espíritu Santo. Y en el libro de la Sabiduría leemos: ―¿Quién

alcanzará tu sentir, si tú mismo no dieres sabiduría y enviares tu Espíritu Santo desde las alturas?. Y en otra

parte: ―El mismo creó la sabiduría por el Espíritu Santo. Mas en el nuevo Testamento se nos manda que

seamos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Leemos también que la

Santísima Virgen concibió por obra del Espíritu Santo. Además de esto San Juan nos remite a Cristo que

nos bautiza por el Espíritu Santo, y finalmente en otros muchísimos lugares ocurre al lector esta voz.

 

III. Por qué la tercera Persona no tiene nombre propio, como las dos primeras.

128. Ni debe alguno maravillarse de que no se haya atribuido nombre propio a la tercera Persona, así

como a la primera y segunda. Porque la segunda tiene su nombre y se llama Hijo, por cuanto su eterno

nacimiento del Padre se llama propiamente propio generación, como se ha explicado en los artículos

anteriores. Y por este nombre de generación con que se declara su nacimiento, a la persona que dimana

llamamos Hijo, y Padre a aquella de quien dimana. Mas como la producción de la tercera Persona no tiene

nombre alguno propio, sino se llama espiración o procesión, por esto la Persona producida carece también de

nombre propio.

Y el motivo de carecer esta dimanación de nombre propio es, porque nosotros necesariamente hemos de

tomar; de las criaturas los nombres que atribuimos a Dios, y como en éstas no conocemos otro modo de

comunicar la naturaleza y el ser, sino por vía de generación, de ahí resulta que no podemos explicar con propio

vocablo el modo con que Dios se comunica todo en fuerza del amor, y esta es la causa porque la tercera Persona

fue llamada con el nombre común de Espíritu Santo. El cual en tanto entendemos que le conviene con toda

propiedad, en cuanto nos infunde la vida espiritual, y sin el aliento de este divino Espíritu nada podemos hacer

digno de la vida eterna.

 

IV. El Espíritu Santo es Dios verdadero, como el Padre y el Hijo.

129. Explicado ya el sentido del vocablo, se ha de enseñar primeramente al pueblo que el Espíritu Santo,

del mismo modo que el Padre y el Hijo, es Dios e igual a El, tan poderoso en todo, tan eterno, tan infinitamente

perfecto, sumo, bueno sapientísimo, y de la misma naturaleza que el Padre y el Hijo. Lo cual se indica bastante

con la propiedad de aquella voz En que decimos al pronunciar, Creo en el Espíritu Santo, que se aplica a cada

una de las Personas de la Santísima Trinidad para expresar la fuerza de nuestra fe. Claramente confirman

también esto los testimonios de las santas Escrituras. Porque habiendo dicho San Pedro en los hechos de los

Apóstoles: “Ananías, ¿por qué te dejaste caer en la tentación de Satanás, para mentir al Espíritu Santo?”

Luego añadió: “No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Donde al mismo, a quien primero había

llamado Espíritu Santo, luego llama Dios. También el Apóstol escribiendo a los de Corinto, expone que es

Espíritu Santo aquel a quien primero nombra por Dios.

Diferentes son, ve, las gracias de obrar entre los hombres, pero uno mismo es Dios, que obra todas las

cosas en todos. Y después añade: Mas todas estas cosas obra un mismo Espíritu, repartiendo a cada uno

según su voluntad”. Asimismo en los hechos apostólicos, lo que los Profetas atribuyen a un solo Dios, él

apropia al Espíritu Santo.

Porque Isaías había dicho de este modo: “Oí la voz del Señor que decía: ¿a quién enviaréis… Y me dijo:

ve y di a ese pueblo… ciega el corazón de este pueblo, entorpece sus oídos, y cierra sus ojos, para que no vean

con sus ojos, y no oigan con sus oídos”. Y citando el Apóstol estas palabras dijo: “Bien habló el Espíritu Santo

por Isaías Profeta”. Pero sobre todo, cuando la Escritura junta la Persona del Espíritu Santo con el Padre y el

Hijo, como cuando manda que el Bautismo se dé en nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, no nos

deja lugar alguno de dudar sobre la verdad de este misterio. Porque si el Padre es Dios, y el Hijo es Dios,

necesariamente estamos obligados a confesar, que también es Dios el Espíritu Santo, que se junta en igual

grado de honor con ellos.

A esto se añade que quien recibe el Bautismo en nombre de cualquier criatura, no puede conseguir de él

fruto alguno ―¿por ventura, dijo el Apóstol a, los de Corinto, habéis sido bautizados en nombre de Pablo.

Dándoles a entender, que esto nada les hubiera aprovechado para alcanzar la salvación. Siendo, pues cierto que

somos bautizados en nombre del Espíritu Santo, es necesario confesar que El es Dios.

Este mismo orden de las tres Personas, con que se confirma la divinidad del Espíritu Santo, ocurre

también, así en la primera carta de San Juan que dice: “Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el

Verbo, y el Espíritu Santo, y estos tres son una misma cosa”, como también en aquel ilustre elogio de la

Santísima Trinidad, con que se terminan las divinas alabanzas y salmos: ―Gloria al Padre, y al Hijo, y al

Espíritu Santo. Y finalmente, lo que hace muchísimo para confirmación de esta verdad, las santas Escrituras

aseguran, que convienen al Espíritu Santo todas aquellas cosas que creemos ser propias de Dios. Y así le

apropian el honor de los templos, como cuando dice el Apóstol: ―¿No sabéis que vuestros miembros son templo

del Espíritu Santo?. También le atribuyen el santificar y dar vida, escudriñar los secretos de Dios,

hablar por los Profetas, y estar en todas partes, las cuales cosas son propias de solo Dios.

 

V. Que el Espíritu Santo es tercera Persona, distinta de las dos primeras, y quién da vida a las

almas.

130. Además de esto, se ha de explicar cuidadosamente a los fieles que el Espíritu Santo de tal suerte es

Dios que al mismo tiempo es necesario confesar que es en la naturaleza divina tercera Persona, distinta del

Padre y del Hijo, y producida por la voluntad. Porque omitiendo los demás testimonios de las Escrituras, la

forma misma del Bautismo que nuestro Salvador enseñó, manifiesta clarísimamente que el Espíritu Santo es

tercera Persona, que subsiste por sí misma en la divina naturaleza y es distinta de las otras. Lo mismo declaran

también las palabras del Apóstol cuando dice: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, y la caridad de Dios, y

la comunicación del Espíritu Santo, sea con todos vosotros. Amén”.

Pero se que mucho más claramente descubre esta verdad, son las palabras que en el primer Concilio de

Constantinopla añadieron los Padres a este artículo, a fin de convencer la impiedad de Macedonio, diciendo

así: “Y en el Espíritu Santo, Señor y vivificador, el cual procede del Padre y del Hijo, y es adorado y

glorificado juntamente con el Padre y el Hijo, quien habló por los Profetas”. Cuando confiesan, pues, aquí

los Padres que el Espíritu Santo es Señor, declaran lo mucho que sobrepuja a los ángeles, no obstante que Dios

hizo también , ellos espíritus muy nobles, porque todos ellos no asegura el Apóstol que son unos espíritus

dedicados al servicio de Dios, y destinados para ministros de aquellos que alcanzan la heredad de salvación. Se

llaman Vivificador, porque más vi el alma unida a Dios, que el cuerpo junto con el alma. Y siendo el Espíritu

Santo a quien las santas Escrituras atribuyen esta unión del alma con Dios, es manifiesto que con toda

propiedad se llama vivificador.

 

VI. Se prueba que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un principio.

131. En orden a las palabras que siguen: “El cual procede del Padre y del Hijo” se ha de enseñar a los

fieles que el Espíritu Santo procede desde la eternidad del Padre y del Hijo como de un principio; porque esto

es lo que nos propone para creer la regla de la Iglesia, de que no es lícito al cristiano desviarse un punto, y lo

que también confirma la autoridad de las divinas Escrituras y Concilios.

Porque Cristo Señor hablando del Espíritu Santo, dijo: “El me glorificará, porque recibirá de lo mío”.

Esto mismo se colige también porque en las santas Escrituras se llama al Espíritu Santo, ya Espíritu de

Cristo, ya Espíritu del Padre, algunas veces enviado por el Padre, otras por el Hijo, con lo cual

manifiestamente se declara que procede igualmente del Padre y del Hijo. “El que no tiene el Espíritu de Cristo,

dice San Pablo, este no es suyo”. También le llama el Espíritu de Cristo cuando dice a los de Galacia: “Envió

Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: Padre, Padre”.

Mas en San Mateo se llama Espíritu del Padre: “No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de

vuestro Padre”. Y el Señor dijo en la cena: “El Espíritu, que yo os enviaré, Espíritu de verdad, que procede

del Padre, aquel es el que dará testimonio de mí”. Asimismo en otra parte aseguró que el Padre enviaría al

Espíritu Santo, con estas palabras: “A quién el Padre enviará en mi nombre”. Y como con estos testimonios

se nos da a entender la procesión del Espíritu Santo, es claro que El procede del Padre y del Hijo. Estas son las

cosas que se habrán de enseñar acerca de la Persona del Espíritu Santo.

 

VII. Por qué ciertas obras maravillosas, aunque comunes a las tres Personas, se atribuyen al

Espíritu Santo.

132. Además de esto convendrá enseñar que hay algunos efectos maravillosos y magnifícentísimos

dones del Espíritu Santo, que nacen y manan de él como de una perenne fuente de bondad. Pues aunque las

obras de la Santísima Trinidad que se realizan fuera de ella sean comunes a las tres Personas, con todo muchas

de ellas se atribuyen al Espíritu Santo como propias, para que entendamos que nos vienen de la inmensa

caridad de Dios.

Porque como el Espíritu Santo procede de la divina voluntad inflamada de amor, bien se deja

comprender que los efectos atribuidos al Espíritu Santo, nacen del sumo amor de Dios para con nosotros. Y de

aquí proviene llamarse don el Espíritu Santo; porque el vocablo de don significa aquello que benigna y

graciosamente se da sin esperanza alguna de recompensa. Por lo tanto debemos reconocer con un corazón

piadoso y agradecido, que todos los bienes y beneficios que hemos recibido de Dios (y ¿qué tenemos, como dice

el Apóstol, que no hayamos recibido de él?) nos son concedidos por mera gracia y bondad del Espíritu Santo.

 

VIII. Cuáles y cuántos son los dones del Espíritu Santo.

133. Estos efectos son muchos; porque omitiendo ahora la creación del mundo, y la propagación y

gobierno de las cosas criadas de que hicimos mención en el primer artículo, poco antes se ha declarado que

la comunicación de la vida espiritual a nuestras almas conviene propiamente al Espíritu Santo, y se confirma

con el testimonio de Ezequiel que dice: “Os daré mi Espíritu y viviréis”. Pero quien cuenta los principales y

más propios efectos del Espíritu Santo, es el Profeta, diciendo que son: el espíritu de sabiduría y de

entendimiento, el espíritu de consejo y fortaleza, el espíritu de ciencia y piedad, y el espíritu del temor de Dios,

y estos se llaman dones del Espíritu Santo, bien que algunas veces se les atribuye el nombre mismo del Espíritu

Santo. Por lo cual sabiamente advierte San Agustín, que cuando en las santas Escrituras se hace mención de

esta voz, Espíritu Santo, se ha de mirar y discernir si significa la tercera Persona de la Trinidad, o sus efectos y

operaciones, porque no con menor distancia se distinguen entre sí estas dos cosas, cuanto creemos distar el

Criador de las criaturas.

Y tanto más cuidadosamente se han de explicar estos dones del Espíritu Santo, cuanto de ellos sacamos

las reglas de la vida cristiana, y por ellos podemos conocer si el Espíritu Santo está en nosotros. Mas el don que

sobre todos los demás, aunque magnifientísimos, se ha de encarecer es, aquella gracia que nos hace justos y

nos marca con el sello del Espíritu Santo, que se nos había prometido, el cual es prenda de nuestra herencia.

Porque esta gracia es la que une nuestra alma con Dios en un estrechísimo lazo de amor, el cual hace que

encendidos en un ardentísimo deseo de la virtud, comencemos nueva vida, y que hechos participantes de la

naturaleza divina, nos llamemos y verdaderamente seamos hijos de Dios.

 

Noveno artículo del Credo

CREO EN LA SANTA IGLESIA CATÓLICA, LA

COMUNIÓN DE LOS SANTOS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Este artículo es una consecuencia del anterior, pues habiendo confesado allí que el Espíritu Santo es

fuente de toda vida y santidad, confesamos aquí que la Iglesia es santificada por El mismo. Y debe ser explicado

con suma diligencia a los fieles por dos motivos: • porque los profetas hablaron más clara y expresamente de

la Iglesia que de Cristo, por prever que acerca de ésta podían las almas errar más fácilmente que sobre el

misterio de la Encarnación; y de hecho, no faltaron nunca impíos que alardean falsamente de ser la única

Iglesia católica; • porque, si se graba esta verdad profundamente en el alma, se evitará con sumo cuidado el

peligro horrendo de la herejía, esto es, la pertinacia en sostener opiniones impías por despreciar la autoridad

de la Iglesia.

Significado de la palabra «Iglesia»

[2] 1º La palabra Iglesia procede etimológicamente de la voz griega evkklhsia, «asamblea general

del pueblo», que nace del verbo ekkaλew, «llamar afuera, excitar»; por eso, designaba todo llamamiento y

toda asamblea del pueblo, aunque fuese para profesar una falsa religión (Act. 19 39.) o se tratase de impíos

(Sal. 25 5.).

Por el uso constante de las Sagradas Escrituras, esta voz pasó a designar exclusivamente la

sociedad cristiana, y las congregaciones de los fieles que son llamados por la fe a la luz de la verdad y al

conocimiento del verdadero Dios; y así, San Agustín dice que «la Iglesia es el pueblo fiel esparcido por todo el

mundo».

[10] 3º También suelen designarse con el nombre de Iglesia: • los distritos de la Iglesia

universal (I Cor. 1 2; Gal. 1 2; Apoc. 1 20 y ss.); • las familias particulares de los fieles (Rom. 16 4; I Cor. 16

19.); • los prelados y párrocos, esto es, las autoridades de la Iglesia (Mt. 18 17.); • el lugar adonde se reúne el

pueblo para oír la palabra divina o para algún culto sagrado.

En el presente artículo, Iglesia significa principalmente la multitud de los fieles, tanto buenos como

malos, y no sólo los que mandan, sino también los que han de obedecer.

Naturaleza y propiedades de la Iglesia

[3] 1º La Iglesia se distingue de las demás sociedades públicas: • pues éstas son humanas, por

fundarse en la razón y en la prudencia humanas, mientras que aquélla es divina, por estar fundada en la

sabiduría y el consejo de Dios; • y porque éstas buscan exclusivamente (como también la Sinagoga en el

Antiguo Testamento) los bienes terrenos y perecederos, mientras que la Iglesia aspira tan sólo a los bienes

celestes y eternos.

[4] 2º La Iglesia es llamada por las Escrituras:Casa y Edificio de Dios (I Tim. 3 15; Mt. 18 18;

Rom. 15 20; I Cor. 3 9.), por ser como una familia gobernada por un padre, en la que hay participación común

de todos los bienes espirituales; • Grey de Cristo (Jn. 10 1-2.), por ser Cristo su Puerta y su Pastor; • Esposa de

Cristo (II Cor. 11 2; Ef. 5 25 y 32.), por estar unida a Cristo como lo está la mujer a su esposo; • Cuerpo de

Cristo (Rom. 12 4-5; Ef. 1 23; Col. 1 24.), por ser Cristo su Cabeza, y los fieles cristianos sus miembros.

[5-6] 3º Dos son las partes principales de la Iglesia: • una, que goza ya de la celeste patria, es la

Iglesia triunfante, o congregación lucidísima y felicísima de los espíritus bienaventurados y de aquellos que

triunfaron del mundo, del demonio y de la carne; • otra, que se encamina aún a la patria celestial, es la Iglesia

militante, o congregación de todos los fieles que aún viven en la tierra combatiendo al mundo, al demonio y a la

carne.

[7-8] 4º En la Iglesia Militante hay buenos y malos, como lo afirman claramente las Sagradas

Escrituras: • en el Antiguo Testamento, por medio del arca de Noé, en la cual se encerraron no sólo animales

limpios, sino también impuros (Gen. 7 2.), y que era figura de la Iglesia; • y en el Nuevo Testamento, muchas

parábolas de nuestro Señor: la red que recoge todo tipo de peces (Mt. 13 47.), el campo de trigo sembrado con

cizaña (Mt. 13 24ss.), la era en que hay paja mezclada con el trigo (Mt. 3 12.), las cinco vírgenes necias y las

cinco prudentes (Mt. 25 1ss.).

Con todo, buenos y malos son muy distintos entre sí: • por su vida y costumbres; y así, los buenos no

están unidos sólo por la profesión de la fe y la participación de los sacramentos, como los malos, sino también

por el espíritu de gracia y el vínculo de la caridad, lo cual es exclusivo de los buenos; • por su condición en el día

del juicio, como se ve en las mismas parábolas.

[9] 5º De donde resulta que sólo están fuera de la Iglesia tres clases de hombres: • los infieles,

que no han recibido el bautismo ni la verdadera fe; • los herejes y cismáticos, que habiendo pertenecido a la

Iglesia por el bautismo y la fe, renegaron de Ella, negando las verdades que Ella enseña o no queriendo

someterse a su jurisdicción (aunque siguen estando bajo la potestad de la Iglesia para ser juzgados, castigados y

anatematizados); • y los excomulgados, que la Iglesia excluye de su comunión por faltas muy graves, hasta que

se corrijan.

Todos los demás hombres, por muy malos y criminales que sean, continúan dentro de la Iglesia, y

conservan su potestad si la tienen.

[8] 6º Finamente, la Iglesia es visible, y es comparada a una ciudad edificada sobre un monte, que es

vista de todas partes; pues debiendo todos obedecerle, era necesario que fuese conocida. Y para ello tiene

cuatro notas.

«Una»

[11, 14] La primera propiedad de la Iglesia Católica es ser una (Cant. 6 8.). Y llámase una tan grande

multitud de hombres, que se halla tan dispersa por todas partes, por ser uno solo el Señor y uno solo el Espíritu

que le da vida, a la manera como el alma da vida a los miembros del cuerpo (Ef. 4 3 y 5.); por ser una sola la fe

que profesa, y que nosotros debemos tener y confesar (Ef. 4 5; I Cor. 1 10.) y una sola su esperanza, ya que

todos esperamos una misma cosa, la vida eterna y feliz (Ef. 4 4.); por ser uno solo el bautismo, el cual es el

sacramento de la fe cristiana (Ef. 4 5.); y finalmente, por ser uno solo su Rector y Gobernador: el invisible es

Cristo, y el visible es el legítimo sucesor de Pedro, Príncipe de los Apóstoles.

[12-13] En la Iglesia fue necesaria esta Cabeza visible para establecer y conservar la unidad de la Iglesia,

como lo afirman: • todos los Santos Padres, entre los que se pueden citar a San Jerónimo, San Ireneo, San

Cipriano, San Optato de Milevi, San Basilio y San Ambrosio; • la misma razón, y la economía actual del plan

redentor: como la Iglesia es una sociedad visible, necesita una Cabeza visible. Y así como es Cristo quien

interiormente administra todos los sacramentos, pero exteriormente quiere hacerlo por medio de hombres

como de instrumentos; del mismo modo es El quien rige invisiblemente a su Iglesia, pero exteriormente quiere

hacerlo por medio de un hombre, como vicario y ministro de su potestad.

«Santa»

[15] La segunda propiedad de la Iglesia consiste en ser santa (I Ped. 2 9.), y llámase así: • por estar

consagrada y dedicada a Dios, de manera más perfecta que los demás objetos consagrados al culto divino,

como los vasos, los ornamentos y los altares de la Ley Antigua (y es santa a pesar de haber en Ella muchos

pecadores, como santos son todos y cada uno de sus miembros, por estar consagrados a Dios al recibir la fe por

el bautismo (Rom 1 7; I Cor. 1 2.), aunque le ofendan en muchas cosas y no cumplan lo que prometieron); • por

ser el Cuerpo Místico de Cristo (Ef. 5 23.) y estar unida a su Cabeza, que es Cristo (Ef. 4 15-16.), fuente de toda

santidad (Dan. 9 24.), de donde dimanan los dones del Espíritu Santo y las riquezas de la bondad divina; • por

ser la sola en tener el culto legítimo del sacrificio y el uso saludable de los sacramentos, que son los

instrumentos por los cuales Cristo comunica la verdadera santidad; de tal modo que no puede haber santos

fuera de Ella.

«Católica»

[16] La tercera propiedad de la Iglesia consiste en llamarse católica, esto es universal, porque no está

reducida a los límites de un solo reino o a una sola clase de hombres, sino que comprende en su seno de caridad

a todos los hombres, sean bárbaros o escitas, esclavos o libres, hombres o mujeres. Y ni siquiera está limitada a

un determinado tiempo, ya que comprende a todos los hombres que profesan la verdadera fe, desde Adán hasta

el fin del mundo, por estar fundada sobre Cristo, la Piedra Angular, que de los dos pueblos hace uno, y anunció

la paz a los judíos, que estaban cerca, y a los gentiles, que estaban lejos de Dios (Ef. 2 14-20.). Finalmente,

llámase también universal, porque todos los que desean alcanzar la salvación deben estar dentro de ella, de

modo semejante a como era necesario estar dentro del Arca para no perecer en las aguas del diluvio.

«Apostólica»

[17] La Iglesia es apostólica, esto es, trae su origen de los apóstoles, de dos maneras: • porque su

doctrina es la verdad anunciada antiguamente por los apóstoles y propagada por todo el mundo; por eso, toda

doctrina que se opone a la doctrina predicada desde los apóstoles hasta nuestros días, se separa de la fe de la

verdadera Iglesia; • porque el Espíritu Santo, que gobierna a la Iglesia, no la rige por otro género de ministros

sino por el apostólico, esto es, por los que han recibido la sucesión apostólica ininterrumpida.

Otras verdades sobre la Iglesia Católica

[18] 1º Infalibilidad de la Iglesia Católica. — La Iglesia no puede errar al enseñar la doctrina de la

fe y de las costumbres, precisamente por estar gobernada por el Espíritu Santo, que permanece en la Iglesia

desde que se comunicó primeramente a los apóstoles. Y así es forzoso que todas las iglesias que se separan de la

Iglesia Católica caigan en errores muy perniciosos de doctrina y de costumbres, ya que están guiadas por el

espíritu diabólico.

[19] 2º Figuras de la Iglesia en el Antiguo Testamento. — La Iglesia fue especialmente figurada

en el Antiguo Testamento: • por el arca de Noé, construida por mandato de Dios (Gen. 6 14-22.), para

significar: – que la Iglesia fue constituida por Dios mismo; – que sólo los que entran en Ella pueden verse

libres de todo peligro de muerte eterna; – que los que quedan fuera de Ella perecen sumergidos en sus

maldades; • por la gran ciudad de Jerusalén, con cuyo nombre designa muchas veces la Sagrada Escritura a la

Iglesia (Sal. 121 3; Is. 33, 60 y 62; Gal. 4 25.), pues así como sólo en esa ciudad se podían ofrecer sacrificios a

Dios, así también sólo en la Iglesia de Dios, y nunca fuera de Ella, se halla el verdadero culto y el verdadero

sacrificio agradable a Dios.

[20] 3º Por qué la Iglesia queda incluida entre los artículos de la fe. — Aunque podemos

conocer por la razón y la experiencia que existe en la tierra la Iglesia, esto es, una congregación de hombres

dedicados y consagrados a Cristo nuestro Señor, sin embargo sólo por la fe podemos comprender su origen, sus

prerrogativas y su dignidad. [21] Y así, sólo por la fe sabemos que la Iglesia fue fundada directamente por Dios

(Mt. 16 18; Sal. 82 5.), por lo que es llamada herencia de Dios (Sal. 32 12; 78 62.) y pueblo de Dios (Sal. 27 9;

28 11.); que tiene el poder divino de perdonar los pecados (Mt. 16 18-19; Jn. 20 23.), de excomulgar (I Cor. 5

3.) y de consagrar el verdadero Cuerpo de Cristo (Lc. 22 19.); que se encamina a un fin sobrenatural, la vida

venidera (Heb. 13 14.). [22] Sin embargo, no creemos en la Iglesia del mismo modo que en Dios; pues creemos

en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, como el motivo de nuestra fe, mientras que creemos en la Iglesia como

una de las verdades que la fe nos propone.

«La Comunión de los Santos»

[23] La Comunión de los Santos es una consecuencia de lo que se enseñó sobre la unidad de la

Iglesia; porque la unidad del Espíritu que la gobierna y de la vida divina que la anima hace que sea común a

todos los miembros todo cuanto se ha encomendado a Ella. Y así, son comunes a todos los miembros de la

Iglesia:

[24] 1º Ante todo, las gracias que hacen a los hombres justos y amados de Dios, entre las

cuales contamos especialmente dos: • la comunión de sacramentos, sobre todo el Bautismo, que es el

sacramento que nos une con Cristo, y la Eucaristía, a la que conviene por excelencia el nombre de «comunión»,

por ser la gracia unitiva su gracia sacramental propia; y de los frutos que estos producen, y que se comunica a

los fieles de todo el mundo; [25] • la comunión de méritos, esto es, que las obras que cada uno emprende

piadosa y santamente, aprovechan a todos los fieles (Sal. 118 63.). Esta verdad la expresan las Escrituras con el

símil de los miembros del cuerpo (I Cor. 12 12-30.): así como muchos miembros, variados y de diferente

dignidad y oficio, forman un solo cuerpo, y todos buscan, no su bien particular, sino el bien de todo el cuerpo;

así también la Iglesia, la cual, siendo un solo Cuerpo Místico de Cristo, cuenta con muchos y variadísimos

miembros, a cada uno de los cuales se le ha señalado su dignidad y oficio, por los que debe procurar la utilidad

de todo el cuerpo.

[26] Sólo los fieles que viven cristianamente por la caridad y son justos y amados de Dios, participan a

los méritos y al fruto de los sacramentos; pero no los miembros muertos, despojados de la gracia de Dios.

Estos, por una parte, al estar privados de la gracia, no perciben el fruto espiritual que se comunica a los

hombres justos y piadosos; pero, por otra parte, al estar dentro de la Iglesia, gozan de la ayuda de los justos

para recobrar la vida de la gracia que perdieron, y de algunos frutos de que se encuentran privados los que

están totalmente separados de la Iglesia.

[27] 2º También los carismas o gracias «gratis datas», entre las que se cuentan la ciencia, la

profecía, el don de lenguas y de milagros, y otras (I Cor. 12 8-10.), las cuales, al ordenarse al bien público de la

Iglesia, y no al bien particular de cada uno, pueden concederse tanto a buenos como a malos.

Esta comunión de bienes espirituales debe llevar a todo cristiano a compartir con los demás sus bienes

temporales, socorriendo las miserias de los necesitados. Sólo así mostrará tener la caridad y gozará de una

verdadera felicidad.

 

CAPÍTULO X

DEL 9° ARTÍCULO

Creo en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos

I. Dos motivos por los cuales ha de explicarse con gran cuidado este artículo.

134. Cuán grande deba ser el cuidado, con que los Pastores han de explicar a los fieles la verdad de este

noveno artículo, fácilmente se conocerá considerando principalmente dos cosas.

La primera: es que según San Agustín, más clara y abiertamente hablaron los Profetas de la Iglesia

que de Cristo, porque preveían que muchos más eran los que podían errar en este artículo, que en el de la

Encarnación. Porque no habían de faltar hombres impíos que a imitación de la mona que se finge hombre,

profesarían ser solos ellos católicos, y afirmarían no menos sacrílega que orgullosamente que la Iglesia Católica

solamente residía entre ellos.

Y la segunda: que si tiene uno impresa firmemente esta verdad en su alma, se librará fácilmente del

peligro horrendo de la herejía. Porque no cualquiera que falta contra la fe debe llamarse luego hereje, sino el

que despreciando la autoridad de la Iglesia, defiende con pertinacia impías opiniones. Siendo, pues, imposible

que se Inficione con la peste de la herejía quien esté firme en cuanto se propone en este artículo para creer,

cuiden los Pastores con la mayor diligencia de que los fieles fortalecidos contra las astucias del enemigo con el

conocimiento de este misterio perseveren en la verdad de la fe. Este artículo es consecuencia del precedente,

porque después de haber demostrado que el Espíritu Santo es la fuente y dador de toda santidad, ahora

confesamos que la Iglesia recibe toda su santidad de ese mismo Espíritu Santo.

 

II. Qué se entiende por la palabra Iglesia.

135. Como los latinos, habiendo tomado esta voz Iglesia de los griegos, la aplicaron después de la

divulgación del Evangelio a significar cosas sagradas, en primer lugar conviene declarar su sentido. Significa,

pues, la voz Iglesia convocación o llamamiento; pero después los escritores la tomaron para designar reunión o

junta del pueblo. Nada importa que el pueblo que se reúne adore el verdadero Dio» o a los dioses falsos, porque

en los hechos de los Apóstoles está escrito que habiendo el notario apaciguado el pueblo de Éfeso, dijo: “Y si

tenéis queja sobre otra cosa, podrá decidirse en la legítima Iglesia” 341. En cuyo lugar se llama legítima Iglesia

al pueblo de Éfeso dedicado a la adoración de Diana. Y no solamente los gentiles que no conocieron a Dios, mas

también las reuniones de hombres malos e impíos se llaman algunas veces Iglesia, pues dice el Profeta:

Aborrezco la Iglesia de los malignos, y no me sentaré en compañía de los impíos”.

Pero después, según costumbre de las santas Escrituras, se aplicó esta voz Iglesia para significar

determinadamente la república cristiana y las congregaciones de los fieles, esto es de los que son llamados por

la fe a la luz de la verdad y al conocimiento de Dios, para que disipadas las tinieblas de la ignorancia y errores,

adoren piadosa y santamente al Dios vivo y verdadero, y le sirvan de todo corazón. Y para declararlo todo en

una palabra con San Agustín: “La Iglesia es el pueblo fiel esparcido por todo el orbe”.

 

III. De los misterios que encierra la vos Iglesia.

136. Este vocablo encierra grandes misterios. Porque en el Llamamiento que significa la palabra Iglesia

se nos muestra la benignidad y resplandor de la divina gracia, y entendemos lo mucho que se diferencia ella de

las demás sociedades. Porque éstas descansan solamente en la razón y prudencia de los hombres, pero aquella

está fundada y apoyada sobre la sabiduría y consejo de Dios, ya que él es quien nos llamó interiormente por

inspiración del Espíritu Santo que abre y penetra los corazones humanos, y exteriormente por medio de los

pastores y predicadores.

Además de esto, el fin que se nos propone por esta vocación, es el conocimiento y posesión de lo eterno,

corno claramente lo comprenderá el que advirtiere como el pueblo fiel, sujeto a la ley antigua, era llamado

Sinagoga que, quiere decir congregación. Este nombre se le impuso, dice San Agustín, porque a manera de

reses de las cuales es propio ser congregadas, esperaba sólo bienes terrenos y caducos. Por lo mismo con gran

razón se llama el pueblo cristiano, no Sinagoga, sino Iglesia, porque no contento con las cosas terrenas y

temporales, únicamente aspira a las celestiales y eternas.

 

IV. Se declaran varios nombres con que las santas Escrituras llaman a la Iglesia Católica.

137. Otros muchos nombres llenos de misterios se han empleado también para dar a conocer la Iglesia

católica; porque el Apóstol la llama ya casa, ya edificio de Dios. “Estas cosas te escribo, dice a Timoteo,

por si tardare, para que sepas cómo debes gobernar la casa de Dios, que es la Iglesia de Dios vivo, columna y

sostén de la verdad”. Se llama casa la Iglesia porque es como una familia regida por un Padre de familia, y son

comunes en ella todos los bienes espirituales. Llámese también rebaño de las ovejas de Cristo, cuya puerta y

Pastor es él mismo. Asimismo se le da el nombre de Esposa de Cristo: “Os desposé con un varón, que es Cristo,

para presentaros a él como casta virgen”, dice el Apóstol a los de Corinto. Y el mismo a los de Éfeso:

Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia”. Y hablando del matrimonio dice: “Este

Sacramento es grande, mas yo digo que entre Cristo y la Iglesia”.

Finalmente se llama la Iglesia cuerpo de Cristo, como se puede ver en las cartas escritas a los de Éfeso

y a los Colosenses. Cada uno de estos nombres bien considerado es muy poderoso para excitar a los fieles a

que se muestren en su conducta dignos de atraer sobre sí los efectos de la inmensa clemencia y bondad de Dios

que los escogió para ser su pueblo.

 

V. Se explican las dos partes principales en que se divide la Iglesia.

138. Explicadas estas cosas, a fin de que el pueblo entienda mejor la naturaleza, propiedades, dones y

gracias de la Iglesia tan amada de Dios, y por ello alabe sin cesar a la divina Majestad, será necesario notar y

enseñar distintamente las partes de que consta y sus diferencias.

La Iglesia, pues, tiene principalmente dos partes, la una se llama triunfante y la otra militante. La

triunfante es aquella resplandeciente y felicísima reunión de espíritus bienaventurados, y de aquellos que

habiendo triunfado del mundo, de la carne y del perversísimo demonio, libres ya y seguros de las molestias de

esta vida, gozan de la bienaventuranza eterna. Mas la militante es la reunión de todos los fieles que aun viven

en la tierra. Se llama militante porque milita en constante guerra contra los más crueles enemigos, que son

mundo, demonio y carne.

VI. La Iglesia militante y triunfante son una sola Iglesia.

139. Mas no por eso se ha de creer que existan dos Iglesias, sino que una misma, según dijimos tiene dos

partes, de las cuales la una precedió y goza ya de la patria celestial, y la otra va siguiendo cada día hasta que

llegando a unirse algún día con nuestro Salvador, descanse en la eterna felicidad.

 

VII. En la Iglesia militante hay dos clases de hombres, buenos y malos.

140. En la Iglesia militante hay dos clases de hombres, a saber, buenos y malos. Los malos participan

también los mismos Sacramentos y profesan la misma fe que los buenos, pero se diferencian de ellos en la vida

y costumbres. Los buenos son aquellos que están unidos entre sí, no solamente por la profesión de una misma

fe y participación de unos mismos Sacramentos, sino también por el espíritu de la gracia y lazo de la caridad, de

los cuales se dice: “Bien conoce el Señor, quiénes son los suyos”.

Y aun los hombres pueden pensar por algunas conjeturas quiénes son los que pertenecen a este número

de buenos, pero de modo ninguno lo pueden saber ciertamente. Y esta es la razón porque debemos pensar que

Cristo nuestro Salvador no habló de esta parte de la Iglesia que se compone de solos justos, cuando nos

remitió a la Iglesia y nos mandó que la obedeciésemos. Porque siéndonos esta parte desconocida y reservada

¿quién podría discernir ciertamente a qué juicio se había de recurrir, y a qué autoridad se debía obedecer?

Consta, pues, la Iglesia de buenos y malos, como atestiguan las divinas letras y los escritos de los santos

varones, y esto está en lo que se refiere aquello del Apóstol: “Un cuerpo y un espíritu”.

 

VIII. La Iglesia, es visible y contiene en su seno buenos y malos.

141. Esta Iglesia es visible y se compara a una ciudad puesta sobre un monte, que de todas partes se ve,

porque como todos la han de obedecer, es necesario que todos la conozcan. Ni solamente contiene dentro de sí

a los buenos, sino también a los malos, según enseña el Evangelio en muchas parábolas. Como al recordarnos

que el Reino de los cielos, esto es la Iglesia militante, es semejante a la red echada en el mar; o al campo en que

sobre el grano se sembró la cizaña; o a la era en que el grano está mezclado con la paja; o a las diez vírgenes,

parte fatuas, parte prudentes. Pero aun mucho antes se deja ver también la figura y semejanza de la Iglesia en

el Arca de Noé en la cual no sólo estaban contenidos los animales limpios sino además los inmundos.

Mas, aunque la fe católica enseña verdadera y constantemente que los buenos y los malos pertenecen a

la Iglesia, con todo, según las mismas reglas de la fe se ha de explicar a los fieles que es muy diferente la

condición de unos y otros, porque los malos están en la Iglesia así como la paja suele estar en la era mezclada

con el grano, y a la manera como los miembros vivos suelen algunas veces estar con otros varios muertos,

unidos al mismo cuerpo.

 

IX. Quiénes están fuera de la Iglesia militante.

142. De lo dicho se sigue que solamente tres clases de hombres están fuera de la Iglesia. Primeramente

los gentiles, después los herejes y cismáticos, y finalmente los excomulgados. Los gentiles, porque nunca

estuvieron dentro de ella, ni la conocieron jamás ni participaron de sacramento alguno en compañía del pueblo

cristiano. Mas los herejes y cismáticos porque desertaron de ella, y así no pertenecen a la Iglesia, sino como los

desertores al ejército que desampararon.

Bien que no por eso se ha de negar que dejen de estar bajo la potestad de la Iglesia, la cual los llama a

juicio, castiga y excomulga. Por último los excomulgados están fuera de la Iglesia, porque arrojados por ella de

su seno, no pertenecen a su comunión hasta que se enmienden. Pero no se debe dudar que todos los demás

hombres por perversos y malvados que sean aun perseveran dentro de la Iglesia. Y esto se ha de enseñar

continuamente a los fieles, para que se persuadan ciertamente, que si sucediere haber en la Iglesia prelados de

vida desedificante, con todo están dentro de ella, y por eso nada se les quita de su autoridad.

 

X. Varios significados de la palabra Iglesia.

143. Algunas veces el nombre de Iglesia suele también significar solas sus partes, como al nombrar el.

Apóstol la Iglesia de Corinto, la de Galacia, la de Laodicea, y la de Tesalónica, y aun llama Iglesias a

las familias particulares de los fieles; porque manda saludar a la Iglesia doméstica de Frisca y Aquila, y en

otro lugar dice: “Os saludan mucho en el Señor Aquila y Priscila con su doméstica Iglesia”. Y en este mismo

sentido usa de esta voz escribiendo a Filemón.

Otras veces el nombre de Iglesia significa sus Prelados y Pastores: “Si no te oyere el hermano a quien

corriges, dice Cristo, denúnciale a la Iglesia”, por cuyo nombre se designan los prelados eclesiásticos.

También se llama Iglesia al lugar donde se reúne el pueblo para oír la palabra de Dios y celebrar los oficios

divinos. Pero en este artículo lo que se significa principalmente por el nombre de Iglesia, es la muchedumbre

de todos los fieles buenos y malos, y no sólo los prelados, sino además los que deben obedecerles.

 

XI. La primera nota de la Iglesia es ser una.

144. Igualmente, han de manifestarse a los fieles las propiedades de esta Iglesia, pues por ellas se puede

conocer cuán grande beneficio hayan recibido de Dios los que han tenido la dicha de nacer y educarse en ella.

La primera nota, según el Símbolo de los Padres, es el ser una. “Una es, dice, mi paloma, una es mi

perfecta.”. Se llama una tan gran muchedumbre de hombres y tan extensamente esparcida por el mundo, por

aquellas causas que el Apóstol escribe a los de Éfeso: ―Que es uno solo el Señor, una fe, y uno el Bautismo”. Y

también porque es uno solo su director y gobernador, el cual en lo invisible es Cristo, a quien el Padre eterno

puso por cabeza sobre toda la Iglesia, que es su cuerpo; y en lo visible es el que como legítimo sucesor de San

Pedro, Príncipe de los Apóstoles, gobierna la silla de Roma.

 

XII. Qué hemos de pensar del Romano Pontífice, cabeza visible de la Iglesia.

145. Acerca de esto fue sentencia común de todos los Padres, que esta cabeza visible fue necesaria para

establecer y conservar la unidad de la Iglesia, como lo vio y escribió clarísimamente San Jerónimo contra

Joviniano por estas palabras: “Elíjese uno para que constituida la cabeza, se quite la ocasión de cisma”.

Y a Dámaso escribe: “Vaya fuera la envidia, apártese la ambición de la cumbre romana. Hablo con el

sucesor del pescador, y el discípulo de la cruz. Yo que a ninguno sigo por primero sino a Cristo, me junto en

comunión con vuestra Beatitud, esto es con la Cátedra de Pedro. Sobre esa piedra sé que está, edificada la

Iglesia. Cualquiera que comiere el Cordero fuera de esta casa, es profano, y el que no estuviere en el arca de

Noé, perecerá reinando el diluvio”.

Mucho antes había probado lo mismo San Ireneo y San Cipriano, el cual tratando de la unidad de la

Iglesia dice: “Habla el Señor Pedro: Yo, Pedro, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi

Iglesia. Sobre uno edifica la Iglesia, y aunque después de su Resurrección de a todos los Apóstoles Igual

potestad y diga: Así como el Padre me envió, así envío yo a vosotros: recibid el Espíritu Santo; con todo eso

para manifestar la unidad, dispuso con su autoridad el origen de la misma unidad, que comenzase desde

uno”.

Opiato Milevitano dijo: ―No se te puede atribuir a la ignorancia, sabiendo tú que en la ciudad de Roma

se dio primeramente la cátedra episcopal a Pedro, y que él la rigió como cabeza de todos los Apóstoles, para

que en sólo él venerasen todos la unidad de la cátedra y no se apropiasen los demás Apóstoles cada uno la

suya, de suerte que fuese ya cismático y prevaricador, el que contra la única Cátedra colocase otra”.

Después San Basilio escribió de este modo: “Pedro fue colocado por cimiento de la Iglesia, porque dijo:

Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo”, y oyó, en retorno, que él era piedra. Más aunque era piedra, no lo era como

Cristo, porque Cristo es verdaderamente piedra inmoble, pero Pedro lo es por virtud de aquella piedra.

Porque Cristo Dios comunica sus dignidades a otros: es Sacerdote y hace Sacerdotes; es piedra, y hace a

otros piedras, y así comunica lo que le es propio a sus servidores.”

Finalmente, San Ambrosio dice: “Grandes son los dones y beneficios de Dios para con nosotros, pues

no solamente nos retornó las cosas que habían, sido nuestras, mas también nos concedió las que son propias

suyas.” Y poco después prosigue: “Grande es por cierto la gracia y generosidad de Cristo, que comunicó a sus

discípulos casi todos sus títulos. Yo soy, dice, la luz del mundo. Y aun este nombre de que El se gloria, dio a los

discípulos diciendo: Vosotros sois la luz del mundo. Yo soy pan vivo. Y todos nosotros somos un pan. Yo soy

vid verdadera. Y a ti dice: Te planté cual la más fértil y verdadera vid. Piedra es Cristo, pues bebían de la

espiritual piedra que los seguía, y esta piedra era Cristo. Y no negó aún la gracia de este nombre a su

discípulo, sino le concedió que también él fuese Pedro por la sólida constancia y firmeza de piedra que mostró

en su fe.”

 

XIII. La Iglesia necesita de cabeza visible.

146. ¡Si alguno objetara que la Iglesia contenta con una cabeza y esposo, que es Jesucristo, no desea ni

necesita otra cabeza, pronta está la respuesta: porque a la manera que Cristo Señor siendo no solamente Autor,

sino también íntimo Ministro de todos los sacramentos (porque El es quien bautiza, y el que absuelve )y no

obstante esto instituyó a los hombres por ministros externos de todos ellos, del mismo modo aunque él

gobierna por íntimo espíritu la Iglesia, puso con todo, al hombre por vicario y ministro de su potestad sobre

toda ella. Porque como la Iglesia visible necesita de cabeza visible, de tal modo colocó nuestro Salvador a Pedro

por cabeza y Pastor de todo género de fieles, cuando en los términos más absolutos le encargó apacentase sus

ovejas, que determinó que quien le sucediera, tuviese perfectamente la misma potestad de regir y gobernar

toda la Iglesia.

 

XIV. Otras razones porque la Iglesia se llama una.

147. Además de esto, según dice el Apóstol a los de Corinto, uno mismo es el espíritu que comunica la

gracia a todos los fieles, así como una misma alma da vida a todos los miembros del cuerpo. Y exhortando él

mismo a los de Éfeso a guardar esta unidad les dice: “Vivid solícitos en guardar la unidad del espíritu con el

lazo de la paz; sed un cuerpo y un espíritu”. Porque así como el cuerpo humano consta de muchos

miembros, y a todos da vida una misma alma, la cual comunica vista a los ojos, oído a las orejas, y otras varias

propiedades a otros sentidos, del mismo modo el cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia se compone de

muchos fieles. Una es también la esperanza a que todos hemos sido llamados, como en el mismo lugar asegura

el Apóstol, pues todos esperamos una misma cosa que es la vida bienaventurada y eterna. Y finalmente una

es la fe que todos hemos de guardar y mostrar: “No haya cisma entre vosotros”, dice el mismo Apóstol. Y

uno el bautismo, que es el sacramento de la fe cristiana.

 

XV. Segunda nota de la Iglesia que es ser Santa.

148. La segunda propiedad de la Iglesia es ser Santa, lo cual nos enseñó el Príncipe de los Apóstoles,

cuando dijo: “Mas vosotros linaje escogido, gente santa”. Y se llama santa por estar consagrada y dedicada a

Dios, porque de este modo también las demás cosas, aunque sean corporales, acostumbran llamarse santas,

después que ya se destinaron al culto divino.

De esta suerte eran en la ley antigua los vasos, vestidos y altares, y aun los primogénitos que se

dedicaban al altísimo Dios, fueron llamados santos. Ni debe alguno maravillarse de que la Iglesia se llame

Santa aunque contenga en sí muchos pecadores, porque a la manera que cuantos profesan alguna arte retienen

el nombre de tales artífices aunque no observen las reglas del arte, así también se llaman santos los fieles que

componen el pueblo de Dios y que se consagraron a Cristo por la fe y el bautismo, aunque pequen en muchas

cosas, y no cumplan lo que prometieron. Por esto San Pablo llamó santificados y santos a los de Corinto, no

obstante que entre ellos había algunos a quienes reprendió severamente de carnales, y aun con otras más duras

expresiones. Igualmente se ha de llamar Santa la Iglesia, porque está unida como cuerpo a su santa cabeza,

Cristo Señor, fuente de toda santidad, de quien recibe los dones del Espíritu Santo y las riquezas de la divina

bondad.

Maravillosamente San Agustín, interpretando aquellas palabras del Profeta: ―Guarda, mi alma porque

soy santo”, dice: “Atrévase también el cuerpo de Cristo, atrévase también aquel solo hombre que clama

desde los confines de la tierra, a decir con su cabeza, y sujeto a ella: santo soy; porque recibió la gracia de la

santidad, y la gracia del Bautismo, y el perdón de los pecados”.

Y poco después: ―Si todos los cristianos y fieles bautizados en Cristo se vistieron de Cristo, según el

Apóstol que dice: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis vestido de Cristo” ; si se han hecho

miembros del cuerpo de Cristo, y dicen que no son santos hacen injuria a Cristo su Cabeza, cuyos miembros

son santos‖. En fin la Iglesia es santa, porque sola ella ofrece a Dios verdadero y legitimo sacrificio, y sola ella

tiene el saludable uso de los Sacramentos, por los cuales como por medio de unos eficaces instrumentos de la

divina gracia, realiza Dios la verdadera santidad de los fieles, de modo que ninguno que sea verdaderamente

santo, pueda estar fuera de la Iglesia. Y así es manifiesto que la Iglesia es santa, y lo es en verdad por ser cuerpo

de Cristo que la santifica y cuya sangre la purifica.

 

XVI. Por qué la Iglesia se llama Católica.

149. La tercera propiedad de la Iglesia es llamarse Católica, esto es universal. Y se le atribuyó con verdad

este título, porque como dice San Agustín: ―Se extiende desde el Oriente hasta el Occidente con el resplandor

de una sola fe. Porque no se limitó la Iglesia a los términos de un solo reino, ni concretó a una sola clase de

hombres como las repúblicas humanas, y las sectas de los herejes, sino que abraza en el seno de su caridad a

todos los hombres, ya sean bárbaros, ya Escitas, ya siervos, ya libres, ya hombres, ya mujeres. Por lo cual

está escrito: “Nos redimiste para Dios por medio de tu sangre a nosotros, gente de todas las tribus, lenguas,

pueblos y naciones, y nos hiciste participantes del reino de nuestro Dios”.

De la Iglesia habla también David, cuando introduce al Padre Eterno hablando con su Hijo de este

modo: ―Pídeme, y te daré las naciones por tu herencia, y los términos de la tierra por tu posesión. Y en otro

lugar: ―Yo haré memoria de Raab y de Babilonia, que saben de mi”. Y luego: ―El hombre nació en ella”.

Además de esto, todos los fieles que profesan la verdadera fe, que ha habido desde Adán hasta el día presente, y

que habrá hasta el fin del mundo, pertenecen a esta misma Iglesia, que está fundada sobre el fundamento de

los Apóstoles y Profetas, los cuales fueron colocados y asentados sobre aquella piedra angular, Cristo, que de

ambos pueblos hizo uno, y anunció la paz, tanto a los que estaban cerca de Dios, como a los que estaban

lejos. También se llama Iglesia universal, porque todos cuantos desean conseguir la salud eterna, deben

abrazarla y retenerla, del mismo modo que debieron entrar en el arca y permanecer en ella los que no quisieron

perecer en el diluvio. Y así esta nota se ha de tener por regla certísima para distinguir la Iglesia verdadera de la

falsa.

 

XVII. De qué modo la Iglesia de Cristo se llama Apostólica.

150. Conocemos también la verdad de la Iglesia por su origen, que trae desde los Apóstoles, después de

manifestada la gracia. Porque su doctrina es una verdad, no nueva, ni recién nacida, sino enseñada desde los

Apóstoles, y propagada por todo el mundo. De donde se sigue indudablemente que las impías voces de los

herejes están lejos de la fe que profesa la verdadera Iglesia, la cual desde los Apóstoles hasta hoy se ha

predicado siempre. Por eso a fin de que todos conociesen cuál es la verdadera Iglesia, los Padres añadieron por

divino impulso al Símbolo la palabra Apostólica. Y a la verdad el Espíritu Santo que preside en la Iglesia, no la

gobierna por otro género de ministros, que por los Apóstoles. Este Espíritu primeramente se dio a los

Apóstoles, y después por la suma benignidad de Dios siempre ha permanecido en la Iglesia.

XVIII. La Iglesia no puede errar en lo relativo al dogma y a la moral.

151. Así como ésta única Iglesia no puede errar al proponer la doctrina dogmática y moral, ya que la

gobierna el Espíritu de Dios, así es necesario que todas las demás que se apropian el nombre de Iglesia

incurran en errores muy perniciosos en orden a la fe y costumbres, como gobernadas por el espíritu del diablo.

 

XIX. Con qué figuras especialmente fue prefigurada la Iglesia en el antiguo Testamento.

152. Por cuanto las figuras del antiguo Testamento son en gran manera poderosas para mover los

ánimos de los fieles, y para recordar muy dulces y agradables misterios, que fue la causa principal porque los

Apóstoles las usaron, no dejarán los Párrocos de explicar esta parte de doctrina que trae grandes utilidades.

Entre estas figuras una de las más significativas fue el Arca de Noé, la cual por ordenación de Dios se fabricó

para designar la Iglesia, con tanta propiedad que no puede quedarnos duda alguna sobre esto.

Porque de tal modo fundó Dios la Iglesia, que todos los que entraren en ella por el Bautismo, pueden

estar libres de todo peligro de muerte eterna, pero los que estuviesen fuera de ella, pereciesen sepultados en sus

maldades, como les sucedió a los que no se acogieron al Arca. Otra figura es aquella gran ciudad de Jerusalén,

por cuyo nombre las Escrituras denotan frecuentemente la santa Iglesia. Porque así como en sola aquella era

licito ofrecer sacrificios a Dios, así en sola la Iglesia y jamás fuera de ella, se halla el verdadero culto y el

verdadero sacrificio que pueda agradar a Dios.

 

XX. Por qué pertenece a los artículos de la fe el creer la Iglesia de Cristo.

153. Últimamente se ha de enseñar acerca de la Iglesia, por qué razón pertenece a los artículos de la fe

que creamos nosotros la Iglesia. Pues aunque cualquiera conoce y ve por sus ojos que hay en la tierra una

Iglesia o Congregación de hombres que están dedicados y consagrados a Cristo Señor, ni parezca haber

necesidad de la fe para creer esto, pues ni los judíos ni los turcos lo dudan; mas aquellos misterios que se

encierran en este artículo de la Santa Iglesia de Dios, según parte de ellos se han declarado ya, y parte se

explicarán en el Sacramento del Orden, solamente puede creerlos el humano entendimiento ilustrado por la fe,

y no por vía alguna de razones humanas. Y así, por cuanto este artículo entendido en este sentido no menos

excede la capacidad y alcance de nuestro entendimiento que los demás, por eso confesamos con mucha razón,

que no conocemos por fuerzas humanas, sino que sólo miramos con los ojos de la fe el origen, los dones, las

prerrogativas, excelencias y dignidad de la Iglesia.

 

XXI. Cuáles y cuántas cosas se nos manda creer que hay en la Iglesia.

154. No fueron los hombres los fundadores de esta Iglesia, sino el mismo Dios inmortal que la edificó

sobre una firmísima piedra, según el Profeta que dice: ―El mismo Altísimo la fundó. Por esto se llama ya

heredad de Dios, ya pueblo de Dios. Ni la potestad que recibió es humana, sino dada por gracia divina. Por

lo cual así como no se puede alcanzar por fuerzas naturales, así sólo por la fe, y no por luz natural sabemos que

la Iglesia tiene las llaves del reino del cielo, que se le dio potestad de perdonar los pecados, de excomulgar

y de consagrar el verdadero Cuerpo de Cristo ; como también que los ciudadanos que habitan en ella,

no tienen aquí ciudad permanente sino que buscan otra venidera.

 

XXII. Oreemos en Dios, pero no en la Iglesia, sino la Iglesia.

155. De tal modo creemos en las tres Personas de la Trinidad Padre, Hijo y Espíritu Santo que

colocamos en ellas nuestra fe. Pero ahora variando la forma de decir, profesamos que creemos la Santa, mas no

En la Santa Iglesia, para que aún por este diverso modo de hablar se distinga Dios Creador de todas sus

criaturas, y confesemos como recibidos de su bondad divina todos aquellos esclarecidos dones que se ha

dignado conceder a su Iglesia.

 

XXIII. De la última parte de este artículo: La Comunión de los Santos.

156. La Comunión de los Santos. Escribiendo San Juan Evangelista a los fieles sobre los misterios

divinos, alegó esta razón del por qué los instruía en ellos: “Para que también vosotros hagáis compañía con

nosotros, y nuestra compañía sea con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”. Esta compañía consiste en la

Comunión de los Santos, de que en este artículo se trata. Y ojalá imitasen los prelados en su explicación el

desvelo de San Pablo y demás Apóstoles: por que además de ser ella una exposición del artículo precedente y

una doctrina de copiosos frutos, declara también cuál deba ser el uso de los misterios que se contienen en el

Símbolo, pues todos ellos se deben investigar y entender, a fin de que seamos admitidos en esta tan grande y

dichosa compañía de los Santos, y una vez admitidos perseveremos en ella constantísimamente, dando gracias

a Dios Padre que nos hizo dignos de participar la suerte de los Santos por la luz de la fe.

 

XXIV. En qué consiste la Comunión de los Santos.

157. Primeramente se ha de enseñar a los fieles que este artículo es como una explicación del precedente

en el cual confesamos una Santa Iglesia Católica.

Porque como es uno solo el Espíritu Santo que la rige, esta unidad hace que todo cuanto ella ha recibido

sea común a todos. Y así a todos los fieles pertenece igualmente el fruto de todos los Sacramentos con los cuales

se enlazan y unen con Cristo, como con unos sagrados lazos, y mayormente con el Bautismo que es como

puerta por donde entramos en la Iglesia. Y que por esta comunión de los santos se deba entender la comunión

de los Sacramentos, lo dan a entender los Padres en el Credo por aquellas palabras: “Confieso un solo

Bautismo”. Al bautismo se sigue primeramente la Eucaristía, y después todos los demás sacramentos, pues

aunque todos ellos causan esta unión juntándonos con Dios, y nos hacen participantes de su ser por la gracia

que recibimos en ellos, con todo, es más propio de la Eucaristía, la cual más particularmente hace esta

comunión.

 

XXV. En la Iglesia hay participación de merecimientos.

158. También se debe considerar otra comunión que hay en la Iglesia. Esta consiste en que todo cuanto

uno merece por las obras de virtud y santidad, pertenece a todos, pues la caridad, que no busca sus intereses,

hace que a todos interese. Esto se prueba por el testimonio de San Ambrosio, quien exponiendo aquel lugar del

Salmo: “Yo soy participante de todos los que te temen”, dice así: “A la manera que decimos que el miembro es

participante de todo el cuerpo, así también lo es el que está junto como miembro con todos los que temen a

Dios. Por lo cual, cuando Cristo nos ordenó el modo de orar, quiso que dijéramos: el pan nuestro, no mío, y

todo lo demás a este modo, mirando no solamente por nosotros, sino por la salvación y utilidad de todos”.

También, las santas Escrituras declaran muchas veces esta comunicación de bienes que hay en la Iglesia

con la muy propia semejanza de los miembros del cuerpo humano. Porque en el cuerpo hay muchos miembros,

y con todo, constituyen un solo cuerpo, en el cual no todos ejercen un mismo oficio, sino cada uno el suyo

propio. Ni todos son igualmente dignos y útiles, ni se ocupan en oficios igualmente honrosos, ni está dedicado

cada uno a la propia utilidad, sino todos a la utilidad y beneficio del cuerpo. Además de esto, todos ellos están

tan enlazados y unidos entre sí, que si uno solo padece algún dolor, todos por el parentesco y conformidad

natural lo experimenten. Y si al contrario está uno muy fuerte y vigoroso todos se alegran. Lo propio sucede en

la Iglesia: pues aunque en ella hay diversos miembros, es a saber varias naciones, de Judíos, gentiles, libres y

esclavos, pobres y ricos, mas cuando son bautizados, todos se hacen un cuerpo con Cristo, cuya Cabeza es El.

Además de esto, cada uno está destinado en esta Iglesia a su propio oficio; porque unos están puestos

por Apóstoles, otros por Doctores, y todos para el bien público, por lo tanto a unos toca presidir y enseñar, y

a otros obedecer y sujetarse.

 

XXVI. Los malos no participan de los bienes espirituales de la Iglesia.

159. Mas de tantas y tan grandes mercedes y bienes que Dios concede a toda la Iglesia solamente gozan

los que haciendo una vida verdaderamente cristiana, son justos y amigos de Dios. Pero los miembros muertos,

esto es, los hombres esclavos de sus culpas y apartados de la gracia de Dios, aunque no estén privados del

beneficio de ser aun miembros de este cuerpo, mas como son miembros muertos, no participan del fruto

espiritual que llega a los virtuosos y justos. Bien es Verdad, que por estar aún dentro de la Iglesia, son ayudados

por los que viven espiritualmente para recobrar la gracia y vida que perdieron, y perciben algunos frutos de que

sin duda alguna están privados los que se hallan fuera de la Iglesia.

 

XXVII. Las gracias gratis dadas, y todos los demás dones son comunes a toda la Iglesia.

160. Ni solamente son comunes en la Iglesia aquellos dones y gracias que hacen a los hombres justos y

amigos de Dios, sino también las gracias gratis dadas, entre las cuales se cuentan la ciencia, la profecía, el

don de lenguas y milagros y otros de esta calidad, los cuales se comunican a veces aún a hombres malos, no

para su particular provecho, sino para el bien público y edificación de la Iglesia ; porque la gracia de sanar, por

ejemplo, no se da para favorecer aquel que está dotado de ella, sino para salud del enfermo. Finalmente nada

posee el hombre verdaderamente cristiano, que no deba juzgar serle común con todos los demás, por lo cual

cada uno debe estar pronto y dispuesto para socorrer las miserias de los necesitados. Pues el que está dotado de

estos bienes, si viendo en necesidad a su hermano no le socorriere, convencido está enteramente de que no

habita en él la caridad de Dios. Siendo, pues, esto así, es bastante manifiesto que gozan de cierta felicidad

 

Décimo artículo del Credo

CREO EN EL PERDÓN DE LOS PECADOS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Es necesario para salvarse creer que en la Iglesia se halla el perdón de los pecados, por tratarse de

uno de los misterios que el Credo nos manda creer, y por haberlo declarado expresamente nuestro Señor al

decir a sus Apóstoles: «Era necesario que Cristo padeciese y resucitase de entre los muertos al tercer día, y

que en nombre suyo se predicase la penitencia y el perdón de los pecados a todas las naciones» (Lc. 24 47.).

Existencia en la Iglesia del poder de perdonar los pecados

[2] Débese, pues, enseñar que en la Iglesia Católica no sólo hay remisión de los pecados, sino que Ella

misma posee verdadera potestad de perdonarlos, que ejerce por los sacerdotes que usaren de este poder

debidamente y según las reglas prescritas por Cristo nuestro Señor.

[3] 1º En efecto, la Iglesia concede el perdón de los pecados, en primer lugar, por el santo

Bautismo, que borra la culpa original, todas las culpas actuales que pudiese haber en el alma, y toda la pena

por ellas debida.

[4] 2º Pero como el Bautismo no quita el desorden de la naturaleza, esto es, la concupiscencia que sigue

arrastrándonos al pecado, era necesario que la Iglesia contase con un medio para perdonar las

culpas contraídas después del Bautismo. Y así, las sagradas Escrituras afirman claramente que Cristo

entregó a la Iglesia, en la persona de sus Apóstoles, las llaves del Reino de los cielos, por virtud de las cuales se

perdonan los pecados (Mt. 16 19; 18 18; Jn. 20 22-23.).

[5] 3º Esta potestad de perdonar los pecados no se limita a ciertas clases de pecados, pues

no puede concebirse pecado tan enorme que no pueda ser perdonado por la Iglesia; ni a cierto tiempo, pues

se extiende a toda la vida del pecador, y puede concederlo la Iglesia a toda hora.

Quién puede ejercer en la Iglesia esta potestad, y de qué modo

[6] Esta potestad de perdonar los pecados ha sido concedida sólo a los obispos y sacerdotes, los

cuales, a su vez, sólo pueden ejercerla por medio de los sacramentos debidamente administrados; de

modo que: • sacerdotes y sacramentos vienen a ser, en orden a perdonar pecados, como unos instrumentos de

Cristo nuestro Señor; • por lo tanto, Cristo es quien obra por ellos el perdón de los pecados y la justificación,

como Autor principal; • y no se ha concedido a la Iglesia otro modo de perdonar los pecados.

Grandeza del don de perdonar los pecados concedido a la Iglesia

[7] Para poder apreciar la singular misericordia de Dios para con nosotros, y la dignidad y excelencia

del poder de perdonar los pecados, cabe considerar:

[8] 1º Ante todo, que el poder de perdonar los pecados es un poder infinito, como el de

resucitar a un muerto, o incluso mayor, según San Agustín, que crear de la nada el cielo y la tierra. Y así, los

Santos Padres afirman que es un poder exclusivo de Dios, y que una obra tan admirable sólo se le puede

atribuir a El (Is. 43 25.); porque así como sólo el acreedor puede perdonar el dinero que se le debe, del mismo

modo sólo Dios, a quien se ofende por los pecados, puede perdonarlos. [9] Por eso, Cristo, siendo verdadero

Dios, fue el primero que como hombre recibió este don de su Padre celestial (Mt. 9 6; Mc. 2 9.): antes que a El

no se concedió a ningún ser creado, y de El lo recibieron los obispos y sacerdotes de la Iglesia antes de que

subiera a los cielos. De modo que es Cristo quien perdona los pecados por su propia autoridad, y los demás

como ministros suyos.

[10] 2º En segundo lugar, que este poder de perdonar los pecados saca toda su eficacia de la

Sangre del Hijo unigénito de Dios, con la que el Padre quiso que fuésemos redimidos (I Ped. 1 18.).

[11] 3º En tercer lugar, que por el pecado mortal se pierden al punto todos los méritos alcanzados por la

muerte y cruz de Cristo, y se cierran del todo las puertas del cielo, abiertas por el Salvador con su pasión; pero

este poder concedido a la Iglesia nos devuelve el antiguo estado de dignidad que Cristo nos

ganó, y restablece la vida divina en nuestra alma, devolviéndole los méritos perdidos y el derecho a entrar en

el cielo.

Exhortación a los fieles

[12] Luego que los fieles estén convencidos de que, así como el Bautismo es necesario para ser

engendrado a la vida de la gracia, el sacramento de Penitencia es absolutamente necesario para obtener el

perdón de los pecados graves cometidos después del Bautismo, se los debe exhortar: • ante todo, a recurrir

frecuentemente a tan gran sacramento; pues habiendo dejado el Señor a su Iglesia tal potestad, y habiendo

puesto este remedio al alcance de todos, es señal de desprecio no utilizarlo; • además, a que no se entreguen

fácilmente al pecado, a causa de tan gran facilidad de perdón, pues entonces abusan de la bondad de Dios y se

hacen indignos de que Dios les conceda su misericordia; • ni sean perezosos para arrepentirse, pues es muy de

temer que, sorprendidos por la muerte, busquen en vano aquella remisión de los pecados que dilataron de día

en día.

 

CAPÍTULO XI

DEL 10° ARTÍCULO

El perdón de los pecados

I. Es necesario para salvarse creer el perdón de los pecados.

161. Nadie hay que viendo este artículo del perdón de los pecados contado entre los demás que

componen el símbolo de la fe, pueda dudar de que no solamente contenga algún misterio sobrenatural y divino,

sino también del todo necesario para conseguir la salvación, pues se declaró ya antes que a nadie se abre la

puerta de la piedad cristiana sin fe cierta de aquellas cosas que se proponen en el Símbolo. Mas, aunque esta

verdad debe ser notoria a todos, si no obstante pareciere conveniente confirmarla con algún testimonio,

bastará aquello que nuestro Salvador aseguró sobre esto mismo poco antes de subir al cielo, cuando después de

dar a sus discípulos la inteligencia de las Escrituras, les dijo: ―Era menester que Cristo padeciese, y resucitase

de los muertos al tercero día, y que se predicase en su nombre la penitencia y perdón de los pecados a todas las

naciones, empezando desde Jerusalén. Las cuales palabras si bien consideran los Párrocos, fácilmente

reconocerán que entre las demás verdades de la religión que deben enseñar a los fieles, están singularmente

obligados por el Señor a explicar con diligencia este artículo.

 

II. En la Iglesia hay verdadera potestad de perdonar los pecados.

162. Será, pues, deber del Párroco enseñar en la explicación de lo perteneciente a este lugar, que no

solamente se baila en la Iglesia católica perdón de los pecados, según ya lo había profetizado Isaías cuando dijo:

El pueblo que habitará en ella será lavado de sus maldades”, sino que también en ella hay potestad para

perdonarlos, de suerte que se debe creer que si los Sacerdotes usan de ella legítimamente y según las leyes

instituidas por Cristo Señor, se perdonan en verdad los pecados.

 

III. De qué modo se perdonan los pecados en la Iglesia.

163. Este perdón se nos concede tan colmado cuando profesando primera vez la fe recibimos el

bautismo, que no solamente se perdona entonces perfectamente toda culpa, ya sea original, ya personal, así de

comisión como de omisión, sino también toda pena. Pero con todo nadie por la gracia del Bautismo queda libre

de todas las flaquezas de la naturaleza, antes bien teniendo que pelear cada uno contra los movimientos de la

concupiscencia que sin cesar nos incita a los pecados, apenas habrá quien resista con tal valor, o defienda su

salud con tal diligencia que pueda evitar todas las heridas.

 

IV. Además del Bautismo hay en la Iglesia potestad de perdonar pecados.

164. Siendo, pues, necesario que hubiese en la Iglesia potestad de perdonar pecados por otro medio

además del sacramento del Bautismo, le fueron entregadas las llaves del reino de los cielos, con las cuales se

pueden perdonar los pecados a todo penitente, aunque haya pecado hasta el último día de su vida. De esto

tenemos testimonios clarísimos en las sagradas letras. Porque en San Mateo dice así el Señor a San Pedro: “Te

daré las llaves de los cielos, y todo lo que atares sobre la tierra, será también atado en los cielos; y todo lo que

desatares sobre la tierra, será desatado también en el cielo”. Y en otra parte: “Todo lo que atareis sobre la

tierra, será atado en el cielo, y cuanto desatareis sobre la tierra, será asimismo desatado en el cielo”.

Además de esto testifica San Juan que habiendo el Señor soplado sobre sus Apóstoles, les dijo: “Recibid el

Espíritu Santo, cuyos pecados perdonaréis, serán perdonados, y los que retuviereis, serán retenidos”.

 

V. Esta potestad se extiende a todo pecado y a todo tiempo.

165. Ni se ha de juzgar que esta potestad esté limitada a cierto género de pecados; porque no se puede

cometer, ni aun pensar delito tan enorme, que no tenga la Iglesia potestad para perdonarlo. Y así ninguno hay

tan malo y perverso que no halle aquí cierta esperanza de perdón si verdaderamente se arrepiente de sus

extravíos. Tampoco se concreta esta potestad a tiempo alguno determinado en el cual solamente se pueda usar

de ella, porque en cualquiera hora que el pecador quisiere volver a la salud, se le debe admitir, según lo ensenó

nuestro Salvador, cuando al Príncipe de los Apóstoles que le preguntaba, cuántas veces había de perdonar a los

pecadores, si solas siete, respondió: “No te digo y hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

 

VI. No tienen todos los cristianos la potestad de perdonar pecados.

166. Mas si atendemos a los ministros de esta divina potestad, veremos que por esta parte no se

extiende tanto. Porque el Señor no dio a todos la potestad de un tan santo ministerio, sino solamente a los

Obispos y Sacerdotes. Esto mismo se ha de pensar también en orden al modo de ejercerla, porque los

Sacramentos solamente pueden perdonar los pecados cuando se guarda su debida forma en administrarlos; de

otro modo ninguna potestad tiene la Iglesia para perdonar pecados. De donde se sigue, que así los Sacerdotes

como los Sacramentos al perdonar los pecados obran como unos instrumentos con que Cristo Señor, autor y

dador de la salud obra en nosotros el perdón y la justificación.

 

VII. Cuán grande es esta gracia concedida a la Iglesia.

167. Para que los fieles veneren más este don celestial que por singular misericordia de Dios para con

nosotros se concedió a la Iglesia, y cada vez que hayan de usar de él se presenten con más fervorosos

sentimientos de piedad y devoción, procurará el Párroco declarar la excelencia y amplitud de esta gracia. Y por

donde la podemos comprender mejor, es explicando con diligencia, cuán gran virtud y poder sea necesario para

perdonar los pecados, y convertir los hombres de injustos en justos. Porque consta que esto se hace no

menos que con el mismo inmenso e infinito poder que creemos ser necesario para resucitar los muertos y crear

el mundo. Porque si como se confirma con sentencia de San Agustín, mayor obra es hacer justo a un impío

que criar de la nada el cielo y la tierra, siendo cierto que la Creación no puede ser efecto sino de un poder

infinito, es consiguiente que mucho más se ha de atribuir a un poder infinito el perdón de los pecados.

 

VIII. Sólo Dios perdona con propia autoridad los pecados.

168. Por aquí conocemos ser muy verdaderas las voces de los Padres antiguos con que confiesan que

sólo Dios perdona los pecados a los hombres, y que una tan maravillosa obra no se ha de atribuir a otro autor,

sino a su suprema bondad y poder. “Yo soy, dice el Señor mismo por el Profeta, yo mismo soy el que horro tus

iniquidades por mí mismo”. Porque la razón de perdonar pecados parece ser la misma que aquella que debe

guardarse en el dinero que se debe. Y por esto así como ninguno sino el acreedor puede perdonar la deuda,

estando a solo Dios obligados por las culpas, (pues cada día pedimos: Perdónanos nuestras deudas) así

también es manifiesto, que por ninguno fuera de él se nos pueden perdonar los pecados.

IX. Antes de Cristo a ningún hombre fue concedida esta potestad.

 

169. Mas este maravilloso y divino don no se concedió a criatura alguna, antes que Dios se hiciese

hombre. El primero que lo recibió del Padre celestial fue Cristo nuestro Salvador, en cuanto hombre, siendo

también el mismo verdadero Dios. “Para que sepáis, dijo, que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra de

perdonar pecados, dice al paralitico: levántate, toma, tu cama y vete a tu casa”. Y habiéndose hecho

hombre para dar a los hombres este perdón de sus pecados, por esto antes de subir al cielo a sentarse a la

diestra de Dios su Padre para siempre, concedió esta potestad en la Iglesia a los Obispos y Presbíteros, bien que

como enseñamos, Cristo perdona los pecados por su propia autoridad, y los demás como ministros suyos. Por

lo cual, si los demás efectos del infinito poder de Dios merecen nuestra mayor admiración y veneración, es

bastante manifiesto, que no menos la merece este preciosísimo don concedido a la Iglesia por la benignidad de

Cristo Señor.

 

X. Por qué virtud consignen los hombres el perdón de los pecados.

170. Más también el medio de que el clementísimo Dios Padre se quiso valer para borrar los pecados del

mundo, moverá poderosamente los corazones de los fieles a contemplar la grandeza de este beneficio. Con la

sangre de su Unigénito Hijo quiso se limpiasen nuestras maldades, de suerte que El viniese a pagar

voluntariamente la pena que nosotros habíamos merecido por los pecados, y El justo fuese condenado para

los Injustos, y El inocente padeciese acerbísima muerte por los reos. Por lo cual si atentamente consideramos

que no hemos sido redimidos con oro ni plata corruptibles, sino con la sangre preciosa del Cordero sin

mancha ni corrupción, que es Cristo, fácilmente nos persuadiremos, que no se nos pudo hacer beneficio más

útil y saludable que esta potestad de perdonar los pecados, la cual descubre la inexplicable providencia y suma

caridad de Dios para con nosotros. Y de esta consideración, necesariamente ha de provenir para todos

grandísimo fruto.

 

XI. De qué modo señaladamente se conoce la grandeva de este beneficio.

171. Es cierto que quien ofende a Dios con algún pecado mortal, al instante pierde todos los méritos que

consiguió por la muerte y cruz de Cristo, y se le cierra la puerta del Paraíso que nuestro Salvador abrió

a todos por medio de su pasión. Al acordarnos de esto, es preciso nos ponga en gran cuidado la consideración

de la miseria humana. Pero si después de esto consideramos esta admirable potestad que Dios dio a la Iglesia, y

confirmados con la fe de este artículo creemos que a todos se ofrece facultad y poder para que ayudados de la

divina mano puedan volver al estado de su antigua dignidad, ciertamente nos veremos precisados a

regocijarnos de sumo contento y alegría, y a dar inmortales gracias a Dios. Porque a la verdad, si cuando

sufrimos una grave enfermedad nos suelen parecer suaves y gustosas las medicinas que el ingenio y arte de los

médicos dispone, ¿cuánto más dulces y gratos nos deben ser los remedios que la sabiduría de Dios ordenó para

curar las almas, y por consiguiente para recobrar la vida? Mayormente cuando estas medicinas dan a los que de

veras desean quedar sanos, no una esperanza dudosa de salud, como las que se aplican a los cuerpos, sino una

salud muy cierta.

 

XII. Deben los cristianos valerse con frecuencia de esta gracia y no dilatar la penitencia.

172. Por tanto después que hubieren entendido los fieles la excelencia de tan grande y sublime don, se

les ha de exhortar a que se aprovechen de él usándolo religiosamente. Porque apenas se puede creer que quien

deja de usar una cosa tan útil y necesaria, no la desprecie, mayormente habiendo entregado el Señor a la Iglesia

esta potestad de perdonar los pecados para que todos se sirvieran de este saludable remedio. Porque así como

ninguno puede ser lavado la primera vez sino es por el Bautismo, así cualquiera que quisiese recobrar después

la gracia del Bautismo perdida por culpas graves, es necesario que recurra a otro género de lavatorio, es a saber

al sacramento de la penitencia. Pero en este lugar se ha de amonestar a los fieles, que al ver se les ofrece una

tan grande facultad de perdón (que como se ha declarado, no está ceñida a tiempo alguno determinado) no se

hagan o más prontos para pecar, o más tardos para arrepentirse. Pues como en lo uno son convencidos

manifiestamente de que injurian a Dios y menospreciadores de esta potestad divina, se hacen indignos de que

Dios les conceda su misericordia, y en lo otro es muy de temer que sorprendidos de la muerte hayan confesado

en vano el perdón de los pecados que perdieron justamente por su tardanza y dilación.

 

Undécimo artículo del Credo

EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] La fuerza de este artículo para asegurar la verdad de nuestra fe estriba en que en él se apoya la

esperanza de nuestra salvación como en fundamento muy firme (I Cor. 15 13-14.); y por esta razón las Sagradas

Escrituras lo proponen frecuentemente a la fe de los fieles (Job 19 25-26; Is. 26 19; Ez. 37 1ss.; Jn. 11 44.). Por

eso, el párroco pondrá no menos celo y trabajo en la explicación de este artículo que el que se ha dado la

impiedad para destruirlo.

Qué se entiende por resurrección de la carne

[2] Los Apóstoles llamaron «resurrección de la carne» a la resurrección de los hombres, por dos

razones:

1º La primera, para enseñar que, siendo el alma inmortal, sólo el cuerpo resucitará. Por lo

tanto, carne significa aquí cuerpo. Y así, cuando en las Escrituras la palabra «carne» designa a todo el hombre

(Is. 40 6; Jn. 1 14.), debemos entender que de las dos partes de que consta el hombre, alma y cuerpo, sólo el

cuerpo se corrompe y es capaz de resucitar.

2º La segunda, para refutar la herejía de Himeneo y Fileto, que afirmaban, ya en tiempos de San

Pablo (II Tim. 2 17-18.) que la resurrección debía entenderse, no de la corporal, sino de la espiritual, en virtud

de la cual el alma resucita de la muerte del pecado a la vida de la gracia.

Pruebas de la futura resurrección de los cuerpos

La resurrección de los cuerpos se prueba:

[3] 1º Por la Sagrada Escritura, que la afirma: • explícitamente, por las afirmaciones de los escritos

inspirados (Job 19 25-26; Dan. 12 2; Mt. 22 31-32; Mc. 12 25-26; Mt. 19 28; Jn. 5 25 y 28.); • implícitamente,

por las numerosas narraciones de resurrecciones realizadas tanto en el Antiguo Testamento (por Elías (III Rey.

17; 22.) y por Eliseo (IV Rey. 4; 34.)) como en el Nuevo (por nuestro Señor (Mt. 9 25; Lc. 7 13-15; Jn. 11 43.) y

por los Apóstoles (Act. 9 40.)), que confirman nuestra fe en que la resurrección es posible, y en que así como

algunos resucitaron, también nosotros resucitaremos.

[4-5] 2º Por semejanzas y argumentos naturales, que demuestran que lo que la fe nos enseña no

es contrario a la razón humana:

a) Semejanzas con el mundo natural: y así, como afirma San Pablo (I Cor. 15 36-42.), lo que se siembra

no recibe vida si primero no muere; del mismo modo, nuestro cuerpo es sembrado como corruptible por la

muerte, pero resucitará incorruptible.

b) Argumentos de razón: • la separación entre el alma y su cuerpo es un estado violento, pues el alma

inmortal tiene natural inclinación a su respectivo cuerpo; ahora bien, como lo violento no puede ser perpetuo,

parece muy conforme a la razón que las almas vuelvan a unirse a sus cuerpos; • es necesario que las almas se

unan nuevamente a sus cuerpos, para que, juntamente con el alma, sean también premiados o castigados como

instrumentos de las buenas o malas obras (II Tes. 1 4-8.); • finalmente, mientras el alma permanezca separada

del cuerpo, no pueden los hombres alcanzar felicidad perfecta y colmada; pues del mismo modo que toda parte,

separada de su todo, es imperfecta, así también sucede con el alma que no está unida a su cuerpo; y así, la

resurrección de los cuerpos es necesaria para la perfecta felicidad del alma.

Quiénes han de resucitar

[6] Todos los hombres han de resucitar: • tanto los buenos como los malos (I Cor. 15 22.), aunque no

será igual el estado de ambos: los que hicieron buenas obras resucitarán para la vida, y los que las hicieron

malas resucitarán para ser condenados (Jn. 5 29.); • tanto los que habrán muerto al acercarse el juicio, como

los que entonces morirán; pues la Iglesia aprueba la doctrina que afirma que todos, sin excepción ninguna, han

de morir (Heb. 9 27; Sal. 88 49.).

Cómo resucitarán los cuerpos

[7-8] 1º Ante todo, resucitará el mismo cuerpo que ha sido propio de cada uno, y no otro,

como queda demostrado: • por la Sagrada Escritura: San Pablo afirma que el mismo cuerpo que ahora es

corruptible será revestido de incorruptibilidad; y Job, que verá a Dios en su misma carne (I Cor. 15 53; Job 19

26-27.); • por la definición misma de resurrección, que significa volver al estado que se dejó; • y por el motivo

de la resurrección, que es el premiar o castigar los cuerpos que en esta vida fueron instrumentos del alma para

el bien o para el mal, para lo cual se exige que sean los mismos.

[9] 2º En segundo lugar, a los cuerpos resucitados se les reintegrará todo lo que pertenece a la

perfección de su naturaleza: dicho de otro modo, resucitarán íntegros y perfectos: • íntegros, esto es, con

todas sus partes: porque como los miembros pertenecen a la integridad de la naturaleza humana, si no se

renovaran todos juntamente no se satisfaría el deseo del alma, inclinada a unirse con su cuerpo; • perfectos,

esto es, sin los defectos que adquirieron durante esta vida mortal: porque, siendo la resurrección una nueva

creación, es necesario que las cosas salgan de la mano de Dios tan perfectas como salieron al principio. [10-11]

Y eso se entiende, no sólo de los mártires, que recuperarán los miembros perdidos (aunque permanecerán en

las partes de su cuerpo las señales del martirio, más brillantes que el oro, al igual que las llagas de Cristo), sino

también de los demás hombres, e incluso de los réprobos, porque cuantos más miembros tuvieren, con tanto

mayor dolor serán atormentados. Por tanto, la devolución de la integridad y perfección corporal ha de servir, a

los justos para su felicidad, y a los condenados para su mayor desgracia y desventura.

[12] 3º En tercer lugar, aunque ha de resucitar el mismo cuerpo que había muerto, su estado será

muy distinto y diverso.

a) Ante todo, el cuerpo resucitado, tanto de buenos como de malos, obtendrá la inmortalidad, que

Cristo nos mereció por su victoria definitiva sobre la muerte (Is. 25 8; Os. 12 14; I Cor. 15 26; Apoc. 21 4.). Y es

que, por una parte, era muy conveniente a los méritos de Cristo que el pecado de Adán y el imperio de la

muerte fuesen vencidos con inmensa superioridad; y, por otra parte, era muy conforme con la justicia divina

que los buenos gozasen perpetuamente de la vida feliz, y que los malos sufriesen penas eternas, no hallando

entonces la muerte, ansiosamente deseada.

b) Además, los cuerpos de los justos tendrán ciertas propiedades, llamadas «dotes», que son al

número de cuatro: • la impasibilidad, por la que el cuerpo no sufrirá ninguna molestia, ni dolor, ni

incomodidad (Is. 49 10; I Cor. 15 42; Apoc. 7 16; 21 4.); • la claridad, por la que el alma comunicará al cuerpo

la suma felicidad de que goza, haciéndolo resplandeciente como el sol (Sab. 3 7; Dan. 12 3; Mt. 13 43; I Cor. 15

43; Fil. 3 21.); sin embargo, no todos los cuerpos gloriosos serán igualmente resplandecientes, como sí serán

igualmente impasibles, pues diferente será la gloria de los bienaventurados (I Cor. 15 41-42.); • la agilidad, en

virtud de la cual el cuerpo se verá libre de la carga que ahora le oprime, y tan fácilmente podrá moverse adonde

quisiere el alma, que nada habrá más veloz que su movimiento (I Cor. 15 43.); • la sutileza, por la cual el cuerpo

quedará espiritualizado, estará totalmente sometido al imperio del alma, y le servirá y estará pronto a su

arbitrio (I Cor. 15 44.).

Frutos que los fieles deben sacar del misterio de la resurrección

[14] El misterio de la resurrección ha de sernos motivo para: • dar gracias a la bondad y clemencia de

Dios, que ha encubierto estas cosas a los sabios, y nos las ha revelado a nosotros, los pequeñuelos; • poder

consolar fácilmente tanto a los demás como a nosotros mismos, en la muerte de las personas que nos están

unidas por parentesco o amistad, como lo hacía San Pablo (I Tes. 4 13.); • encontrar sumo alivio en los

trabajos, dolores y desgracias, al recordar que un día debemos resucitar para ver al Señor nuestro Dios;

procurar con el mayor ahínco vivir justa y honradamente, y sin mancha alguna de pecado; porque quien

considera las grandes riquezas que se seguirán a la resurrección y los tormentos con que han de ser castigados

los réprobos, fácilmente se inclinará al ejercicio de la virtud, reprimirá los apetitos del alma, y se apartará de

los pecados.

 

CAPÍTULO XII

DEL 11° ARTÍCULO

La resurrección de la carne

I. De lo mucho que importa el conocimiento claro de este artículo.

173. Cuán grande sea la importancia de este artículo para confirmar la verdad de nuestra fe,

señaladamente lo muestra el que en las sagradas letras no sólo se propone para que le crean los fieles, sino

que también se prueba con muchas razones. Y como esto apenas se ve en los otros artículos del Símbolo, bien

se puede conocer por esto, que él es como un firmísimo cimiento en que descansa la esperanza de nuestra

salud, porque como discurre el Apóstol: “Si no hay resurrección de los muertos, ni Cristo resucitó, y si Cristo

no resucitó, inútil y vana es nuestra predicación, e inútil también vuestra fe”. Pondrá, pues, el Párroco no

menos diligencia y estudio en explicarle, que se esforzó la impiedad de muchos en destruirle, pues luego se

demostrará que de este conocimiento redundan grandes y excelentes utilidades para aprovechamiento de los

fieles.

 

II. Por qué los Apóstoles llamaron resurrección de la carne a la resurrección de los hombres.

174. Primeramente será necesario observar, que la resurrección de los hombres se llama en este artículo

resurrección de la carne. Lo cual ciertamente no hicieron los Apóstoles sin causa. Porque en esto quisieron

enseñar que el alma es inmortal, lo que necesariamente debemos reconocer; y así para que nadie pensase que

el alma muere juntamente con el cuerpo, y que ambos resucitarán, después, siendo así que consta claramente

por muchos lugares de las santas Escrituras que el alma es inmortal, por este motivo en el artículo de la

resurrección hicieron mención de sola la carne. Y aunque también significa muchas veces la carne en las santas

Escrituras el hombre entero, como cuando se dice por Isaías: “Toda carne es heno”, y por San Juan: “El

Verbo se hizo carne” ; mas aquí la voz carne sólo denota el cuerpo, para que entendamos que de las dos

partes, esto es alma y cuerpo, de que el hombre se compone, solamente la una que es el cuerpo se corrompe y

se convierte en polvo de la tierra de que fue formado, pero que el alma permanece siempre incorrupta e

inmortal. Y como nadie puede resucitar sin que primero haya muerto, por eso no se puede decir con propiedad

que el alma resucite.

También se expresó la carne en la resurrección de los muertos para refutar la herejía de Himeneo y

Fileto, quienes viviendo aún el Apóstol afirmaban, que cuando en las santas Escrituras se habla de la

resurrección, no se había de entender de resurrección corporal sino la espiritual, con que de la muerte del

pecado resucita el hombre a la vida inocente. Y así con estas palabras queda claramente refutado aquel error, y

asegurada la verdadera resurrección de los cuerpos.

 

III. Con qué testimonios de las Escrituras se confirmará la doctrina de la resurrección.

175. Pero, con todo, aun será conveniente que el Párroco aclare esta verdad con ejemplos tomados del

antiguo y nuevo Testamento y de toda la Historia Eclesiástica. Porque unos fueron resucitados por Elías y

Eliseo en el antiguo testamento, y otros en el nuevo por los Apóstoles, y otros muchos santos además de

los que resucitó Cristo Señor, y esta resurrección de muchos, confirma la doctrina de este artículo. Porque

como creemos que resucitaron muchos, se ha de creer que resucitarán todos. Y aun el fruto especial que

debemos sacar de tales milagros, es el que demos suma fe a este artículo. Muchos son los testimonios que

fácilmente se ofrecerán en las santas Escrituras a los Párrocos medianamente versados en ellas.

Pero los lugares más señalados en el antiguo testamento son, aquellas palabras que se leen en Job con

que dice que verá en su carne a Dios; y aquellas otras que aseguran por Daniel que de los que duermen en el

polvo de la tierra, unos resucitarán para la vida eterna, y otros para la deshonra eterna. Mas en el nuevo

Testamento hay lo que San Mateo refiere sobre la disputa que tuvo el Señor con los saduceos, y lo que

refieren los Evangelistas acerca del juicio final. Conviene recordar también aquí aquellos tan sabios

argumentos que propuso el Apóstol escribiendo a los de Corinto y Tesalónica.

 

IV. Se confirma con símiles la misma verdad.

176. Mas aunque esta verdad de la resurrección dé los muertos es del todo cierta por la fe, todavía será

muy provechoso mostrar ya con símiles, ya con razones, que lo propuesto por la fe no es contrario a la

naturaleza, ni a la razón y modo de entender humano. Y así al que preguntase cómo resucitarán los muertos,

responde el Apóstol: ―Necio, lo que tú siembras no revive, sino muere primero. Y lo que siembras no es el

cuerpo que ha de ser, sino el grano puro, ya sea de trigo, ya de otra semilla. Pero Dios le da el cuerpo, como

quiere. Y poco después: “Siémbrase en corrupción, y levantase en incorrupción”.

A esta semejanza muestra San Gregorio que se pueden añadir otras muchas: “La luz, dice el Santo, cada

día se aparta de nosotros, como si muriera, y luego vuelve como si resucitara. Los árboles pierden su verdor,

y de nuevo se reparan como resucitando, y las semillas mueren pudriéndose, y brotando después resucitan.”

 

V. Razones con que se prueba la resurrección de los muertos.

177. También se puede probar esta misma verdad con varias razones bastante propias y eficaces, que los

escritores eclesiásticos alegan a este fin. De ellas la primera es, que siendo las almas inmortales, y por lo mismo

que son parte del hombre tienen natural propensión a los cuerpos humanos, hemos de pensar que es contrario

a su naturaleza permanezcan para siempre apartadas de ellos. Y como lo que se opone a la naturaleza y es

violento no puede ser durable, parece ser conforme a razón que se vuelvan a juntar con sus cuerpos. Y de este

modo de argumentar usó a la verdad el mismo Salvador nuestro, cuando al disputar con los saduceos, concluyó

la resurrección de los cuerpos de la inmortalidad de las almas.

178. La segunda es, que estando destinadas por el justísimo Dios penas para los malos y premios para

los buenos, y saliendo de esta vida muchísimos de ellos, unos sin pagar las penas merecidas, y otros sin recibir

el premio de la virtud, es necesario reconocer que las almas han de volver a juntarse con sus cuerpos para que

también éstos sean premiados o castigados juntamente con ellas según las buenas o malas obras para las cuales

usan los hombres de los cuerpos. De esta verdad se ocupó con mucha competencia San Crisóstomo en una

homilía que hizo al pueblo de Antioquía. Y esta es la razón porque hablando de este misterio dijo el Apóstol: “Si

solamente en esta vida esperamos de Cristo los premios de la virtud, somos los más miserables de todos los

hombres”.

Las cuales, palabras nadie puede interpretar de la miseria del alma, porque como ésta es inmortal,

siempre pudiera gozar de la bienaventuranza en la otra vida, aunque no resucitasen los cuerpos, sino deben

entenderse del hombre entero, porque si al cuerpo no se le remunerasen los trabajos con los debidos premios,

necesariamente se seguía que los Apóstoles y otros que a su imitación padecieron en esta vida tantos trabajos y

calamidades, serían los más miserables de todos los hombres. Pero aun más claramente enseña esto el mismo

Apóstol escribiendo a los de Tesalónica: ―Nosotros mismos nos gloriamos de vosotros en las Iglesias de Dios,

por vuestra paciencia y fe en medio de todas vuestras persecuciones y tribulaciones que padecéis, que son

señales que demuestran el justo juicio de Dios para haceros dignos de su reino por el cual padecéis,. Porque

delante dé Dios es justo que él aflija a su vez a aquellos que ahora os afligen; y a vosotros que estáis al

presente atribulados, os haga gozar juntamente con nosotros del descanso, cuando el ¡señor Jesús

descenderá del cielo y aparecerá con lo, ángeles de su poder con llamas de fuego a tomar venganza de los que

no conocieron a Dios, y de lo, que no obedecen al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo”.

Añádase a esto que los hombres ni pueden obtener una felicidad perfecta y colmada de todos los bienes,

mientras el alma estuviere apartada del cuerpo. Porque como cualquiera parte separada del todo está

imperfecta, así lo está el alma, mientras no se halla unida al cuerpo. De donde se sigue, que sea necesaria la

resurrección de los cuerpos, para que nada falte a la suma felicidad del alma. Y con estas y otras semejantes

razones podrá instruir el Párroco a los fieles en este artículo.

 

VI. Todos moriremos y resucitaremos.

179. Además de esto, se ha de explicar con cuidado según la doctrina del Apóstol, quiénes son los que

han de resucitar, porque escribiendo él a los de Corinto dice: “Así como todos murieron en Adán así también

todos resucitarán en Cristo”. Por tanto, sin distinción alguna de buenos y malos, todos resucitarán, aunque no

en todos será igual la suerte, porque quienes hayan obrado bien, resucitarán para la vida, pero los que mal,

para la muerte eterna. Y cuando decimos que todos han de resucitar, entendemos no solamente los que al llegar

el juicio estarán ya muertos, sino también los que morirán en aquel mismo tiempo.

Porque a esta sentencia que asegura que todos han de morir sin excepción alguna la confiesa la Iglesia, y

ella es la más conforme a la verdad, según lo dejó escrito San Jerónimo, y siente igualmente San Agustín. Ni

son contrarias a esta sentencia las palabras que escribió el Apóstol a los de Tesalónica, diciendo: “Los muertos

que descansan en Cristo, resucitarán primeramente, después nosotros que vivimos y quedamos, seremos

tomados juntamente con ellos por los aires al encuentro de Cristo en las nubes”.

Porque exponiéndolas San Ambrosio, dijo: “En el mismo acto de ser tomados precederá la muerte

como un sueño, para que apartada el alma, al momento vuelva, porque cuando sean arrebatados morirán,

para que llegando al Señor, reciban las almas con su presencia, pues no pueden estar muertos con el Señor”.

Y esta misma sentencia confirma San Agustín en el libro de la Ciudad de Dios.

 

VII. Todos resucitaremos con los mismos cuerpos que ahora tenemos.

180. Mas porque importa mucho persuadirnos ciertamente que este mismo cuerpo que ahora es propio

de cada uno, es el que ha de resucitar aunque se haya corrompido y reducido a polvo, explicará también esto el

Párroco diligentemente. Este es el sentir del Apóstol cuando dice: “Es menester que este cuerpo corruptible

exista la incorrupción”, porque en aquella palabra Este declara manifiestamente el propio cuerpo. También

Job lo profetizó clarísimamente diciendo: “Y en mi carne veré a Dios mi Salvador, a quien he de ver yo mismo,

y mis ojos han de mirar, y no otro”. Porque resurrección, según el Damasceno es restitución a aquel estado de

donde se descendió. Yfinalmente si consideramos la causa porque ha de haber resurrección, según poco antes

la hemos declarado, nadie podrá tener razón alguna de dudar respecto de ella.

 

VIII. Por qué ordenó el Señor la resurrección de los cuerpos.

181. La causa de la resurrección de los cuerpos, según ya enseñamos, es que cada uno habrá de dar

cuenta de las propias obras, así buenas como malas, que hizo viviendo en el cuerpo. Luego será menester que el

hombre resucite con el mismo cuerpo de que se valió para servir a Dios o al demonio, para que con el mismo

goce las coronas y premios del triunfo, o padezca las más espantosas penas y castigos.

 

IX. No resucitarán los cuerpos con los defectos que tuvieron antes.

182. Y no solamente resucitarán los cuerpos, sino se les restituirá también todo lo que pertenece a la

integridad de su naturaleza, y a la hermosura y adorno del hombre. Sobre esta leemos un ilustre testimonio de

San Agustín, que dice así: “Ningún vició habrá entonces en los cuerpos: si algunos hubiesen sido

excesivamente gruesos, no tomarán toda la mole del cuerpo, sino que se reputará superfluo aquello que

excediere su debida proporción. Y al contrario, Cristo restituirá por virtud divina todo lo que la enfermedad o

vejez hubiese consumido en el cuerpo, como también lo que faltare a los que hubiesen sido muy flacos y

delgados, porque Cristo no solamente nos volverá el cuerpo, sino también todo lo que la miseria de esta vida

nos hubiere quitado”.

Y en otro lugar: “No recobrará el hombre los cabellos que tuvo, sino los que fuere decente tener, según

aquello: Todos los cabellos de vuestra cabeza están contados, porque se han de restituir según la divina

sabiduría”.

En primer lugar, pues, se restituirán todos los miembros, porque todos pertenecen a la perfección y

entereza de la naturaleza humana. Y así los que hubiesen sido ciegos, tanto desde su nacimiento, como por

causa de alguna enfermedad, cojos, del todo mancos o débiles de cualesquiera miembros, resucitarán con un

cuerpo entero y perfecto. Porque de otra suerte no quedara satisfecho el deseo del alma, que está inclinada a

juntarse con el cuerpo, siendo así que creemos ciertamente que en la resurrección ha de quedar enteramente

satisfecha toda esta propensión.

Además, es cierto que en la resurrección ha de quedar enteramente satisfecho de Dios, igualmente que

la creación. Luego así como Dios hizo todas las cosas perfectas en la creación, así también se ha de creer que las

volverá a ordenar cuando resucitemos.

 

X. Los Mártires resucitarán perfectos y resplandecientes sus cicatrices.

183. Y no se ha de confesar esto solamente de los santos mártires, de los cuales dice así San Agustín:

No estarán sin aquellos miembros que les quitaron en el martirio, porque esa falta no podría dejar de ser

vicio del cuerpo. De otra suerte los que fueron degollados, deberían resucitar sin cabeza.” Pero quedarán en

los artículos de sus miembros las señales del cuchillo resplandecientes sobre todo el oro y piedras preciosas,

como las cicatrices de las llagas de Cristo.

 

XI. Los cuerpos de los malos resucitarán enteros.

184. También se dice con muchísima verdad que los cuerpos de los malos resucitarán enteros, aunque

se les hubiesen cortado los miembros por su misma culpa, porque cuantos más miembros tuvieren, tanto más

acerbos dolores y tormentos padecerán. Y así aquella restitución de miembros no les redundará en felicidad,

sino en mayor calamidad y miseria, porque los méritos no se atribuyen a los mismos miembros sino a la

persona a cuyo cuerpo estuvieron unidos, y por esto a los que hicieron penitencia se les restituirán en premio,

mas a los que la descuidaron en castigo. Si los Párrocos consideran atentamente esto, nunca les faltará

abundante materia y sentencias con que mover e inflamar los corazones de los fieles en el amor a la virtud, y a

que teniendo presentes las molestias miserias de esta vida suspiren con ansia por aquella venturosa gloria de la

resurrección que está pre parada para los justos y virtuosos.

 

XII. Todos los cuerpos resucitarán inmortales.

185. Ahora se sigue el que entiendan los fieles que si miramos a lo que constituye lo formal da cuerpo,

aunque debe resucitar aquel mismo que antes había muerto, mas su condición no será la misma sino muy

diferente. Porque omitiendo lo demás, en lo que principalmente todos los cuerpos de los resucitados se

diferenciarán de lo que antes habían sido, es que antes vivieron sujetos a las leyes de la muerte, pero después

de la resurrección quedarán inmortales sin distinción de buenos y malos.

Y esta maravillosa reparación de la naturaleza nos mereció la insigne victoria con que Cristo triunfó de

la muerte, como nos lo advierten los testimonios de las santas Escrituras. Porque escrito está: “Destruirá a la

muerte para siempre” ; y en otro lugar: “Oh muerte, seré tu muerte”. Lo que explicando el Apóstol dice:

Será, destruido el último enemigo, que es la, muerte”. Asimismo leemos en San Juan: “Ya no habrá

muerte”. Y en verdad era muy conveniente que el mérito de Cristo, que destruyó el imperio de la muerte,

excediese con muchas ventajas al pecado de Adán. Esta misma separación de la naturaleza era también

conforme a la divina justicia, para que así los buenos gocen perpetuamente de la vida bienaventurada, y los

malos padeciendo penas eternas, busquen la muerte y no la hallen, deseen morir, y huya de ellos la muerte. Por

lo cual esta inmortalidad será tanto de los buenos como de los malos.

 

XIII. Se explican las cuatro dotes del cuerpo glorioso.

186. Pero además de esta inmortalidad tendrán los cuerpos resucitados de los buenos ciertos insignes y

excelentísimos adornos, con los cuales serán mucho más nobles que lo fueron antes. Entre éstos los principales

son aquellas cuatro dotes que observaron los Padres en la doctrinal del Apóstol. Y la primera de ellas es la

impasibilidad, la cual es un dote que hará no puedan padecer molestia, dolor o incomodidad alguna aquellos

cuerpos.

Porque ni el rigor del frío, ni el ardor de la llama, ni el ímpetu de las aguas les podrán causar la menor

molestia. “Se enterró, el cuerpo corruptible, dice el Apóstol, mas resucitará incorruptible”. Y el haber

llamado los escolásticos a esta dote impasibilidad o incorrupción, fue a fin de significar lo que es propio de los

cuerpos gloriosos; porque la impasibilidad no les será común a ellos con los condenados, cuyos cuerpos,

aunque sean incorruptibles, serán abrasados, sufrirán el frío y otros varios tormentos.

187. A la impasibilidad se sigue la dote de claridad, con que los cuerpos de los buenos brillarán como el

sol, según asegura nuestro Salvador diciendo por San Mateo: “Los justos resplandecerán como el sol en el

reino de su Padre. Y para que nadie dudase de ello, lo declaró también con el ejemplo de su transfiguración.

A este dote llama el Apóstol, ya gloria ya claridad. “Reformará, dice, la vileza de nuestro cuerpo, asemejándolo

a la claridad del suyo”, y otra vez: “Se entierro, el cuerpo despreciable, pero resucitará glorioso”.

También el pueblo de Israel vio en el desierto una imagen de esta gloria, cuando el rostro de Moisés por

el coloquio y presencia de Dios resplandecía de modo, que no podían los hijos de Israel mirarle la cara. Y esta

claridad es cierto resplandor que de la suma felicidad del alma redunda en el cuerpo, de suerte que ella es una

comunicación hecha al cuerpo de la bienaventuranza de que goza el alma así como también la misma alma se

hace bienaventurada porque se le comunica una parte de la divina felicidad. Pero no se ha de juzgar que todos

gozan igualmente de esta dote del mismo modo que del primero. Porque todos los cuerpos de los Santos serán

Igualmente impasibles, más no todos tendrán el mismo resplandor. Porque como dice el Apóstol: “Una es la

claridad del sol, otra la de la luna, y otra la de las estrellas; pues una estrella se diferencia de otra en la

claridad, y así será la resurrección de los muertos”.

188. Junto con éste estará el otro dote que se llama de agilidad; por el cual se librará el cuerpo del peso

que añora le oprime, y se moverá muy fácilmente a cualquiera parte que el alma quiera con tanta presteza que

no pueda haber cosa más veloz que su movimiento, como claramente lo enseñaron San Agustín en el libro de la

Ciudad de Dios, y San Jerónimo sobre Isaías. Por lo cual dijo el Apóstol: “Se entierra el cuerpo innoble, pero

resucitará vigoroso”.

189. A estos finalmente se añade el dote que llaman de sutileza, por cuya virtud el cuerpo estará

perfectamente sujeto al imperio del alma y la servirá y obedecerá con la mayor prontitud; lo cual significan

aquellas palabras del Apóstol, que dice: “Se entierra el cuerpo animal, pero resucitará espiritual”. Estos son

los principales puntos que se habrán de enseñar en la explicación de este artículo.

 

XIV. Frutos que se sacan del conocimiento y consideración de este artículo.

190. Más para que los fieles sepan el fruto que pueden sacar del conocimiento de tantos y tan grandes

misterios, convendrá declarar primeramente que debemos dar muchísimas gracias a Dios por haber revelado

estas cosas a los pequeñuelos, habiéndolas ocultado a los sabios. Porque ¿cuántos varones muy señalados e

insignes, tanto en prudencia como en sabiduría vivieron totalmente ciegos de esta tan cierta verdad? Debemos,

pues, celebrar con perpetuas alabanzas la suma clemencia y benignidad de Dios que nos descubrió estas cosas,

a cuyo conocimiento jamás nosotros podíamos aspirar.

191. Otro grande fruto se seguirá también de la meditación de este artículo, y es el poder consolar

fácilmente así a otros como a nosotros mismos en la muerte de nuestros parientes y amigos. De este género de

consolación sabemos que usó el Apóstol cuando escribió acerca de los muertos a los de Tesalónica.

192. Asimismo, en todos los demás trabajos y calamidades mitigará también sumamente nuestro dolor

la consideración de la resurrección futura, como sabemos por el ejemplo del Santo Job que recreaba su afligido

ánimo con sola la esperanza de que algún día había de ver a su Señor Dios.

193. Finalmente, será muy poderosa la consideración de este artículo, para persuadir a los fieles que

cuiden con la mayor diligencia de hacer una vida recta, pura y limpia de toda mancha de pecado. Porque si

consideran, que aquellas inestimables riquezas que se siguen a la resurrección, estar preparadas para ellos,

fácilmente se aficionarán a la práctica de la virtud y santidad. Y por el contrario, no habrá cosa más poderosa

para refrenar los apetitos del ánimo y apartar los hombres de pecado, como recordar frecuentemente las penas

y tormentos con que serán castigados los malos, que en aquel último día resucitarán para el juicio de su eterna

condenación.

 

Duodécimo artículo del Credo

EN LA VIDA PERDURABLE

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Los Apóstoles quisieron terminar el Credo con este artículo referente a la vida perdurable, por dos

motivos: • el primero, porque después de la resurrección ningún otro premio pueden esperar los fieles sino la

vida eterna; • el segundo, para que tengamos siempre presente la felicidad perfecta del cielo, a fin de fijar en

ella nuestra alma y todos nuestros pensamientos. Por eso los párrocos deben excitar frecuentemente los

ánimos de los fieles recordándoles los premios de la vida eterna, que les ayudarán a sufrir con agrado y

facilidad cualquier tribulación por causa del nombre cristiano (Mt. 5 19; II Cor. 4 17; Heb. 11 24-26; 33-40.).

Qué se entiende por «vida eterna»

[2] Por esta expresión entendemos, no tanto la perpetuidad de la vida, que es también común a

demonios y condenados, sino la perpetuidad de la felicidad, que satisface enteramente el deseo de los

bienaventurados, como muchas veces lo dejan entender las Sagradas Escrituras (Mt. 19 16; 25 46; Jn. 17 3;

Rom. 2 7.). Y se le da este nombre de «vida eterna» por tres motivos:

[3] 1º Para que nadie piense que consiste en los bienes materiales y pasajeros de esta

vida, porque estas cosas se envejecen y destruyen, y la bienaventuranza no debe estar limitada por período

alguno de tiempo (I Jn. 2 15-17.). Por eso los párrocos deben enseñar a los fieles a despreciar las cosas que

perecen, a no esperar felicidad alguna en esta vida, pues en ella somos peregrinos (I Ped. 2 11.) y a tender

continuamente por la esperanza a la verdadera patria (Tit. 2 12-13.).

Para que comprendamos que, una vez conseguida la bienaventuranza, jamás puede ya

perderse; pues siendo la bienaventuranza el conjunto de todos los bienes sin mezcla de mal alguno, ha de

satisfacer todos los deseos del hombre, entre los cuales uno de los principales (sin el que no podría ser

perfectamente feliz) es gozar perpetuamente de los bienes en cuya posesión está.

[4] 3º Para que comprendamos que es el mayor de todos los bienes; pues es manifiesto que la

vida suele contarse entre los mayores bienes que naturalmente se apetecen; y por eso, con ese bien se define la

bienaventuranza eterna.

Sin embargo, tan grande es la felicidad de los bienaventurados que, aunque las Sagradas Letras le dan

otros muchos nombres, como el de «reino de Dios», «reino de Cristo», «reino de los cielos», «paraíso»,

«Ciudad Santa», «nueva Jerusalén», «casa del Padre», no hay nombre ninguno que pueda expresar

perfectamente su esencia con palabras adecuadas.

Naturaleza de la bienaventuranza

[5] La felicidad de la vida eterna se debe definir, como enseñaron los Santos Padres, por la desaparición

de todos los males (Apoc. 7 16; 21 4.) y la consecución de todos los bienes. Y como el alma no podrá abarcar la

grandeza de esta gloria, ni ésta caber de ningún modo en ella, forzoso es que nos limitemos a «tomar parte» en

ella, o, según la expresión del Salvador, a «entrar en el gozo de nuestro Señor» (Mt. 25 21.).

[6] San Agustín afirma que más fácilmente podremos enumerar los males de que careceremos, que los

bienes que poseeremos y de que gozaremos; sin embargo, se pueden considerar los bienes de que se gozará en

la gloria, distinguiéndolos con los teólogos en dos categorías: los que se refieren a la esencia de la

bienaventuranza, o felicidad esencial; y los que se agregan a la bienaventuranza, o felicidad accidental.

[7] 1º Felicidad esencial. — La verdadera felicidad consiste en ver a Dios y en gozar de la hermosura

de Aquél que es origen de toda bondad y perfección (Jn. 17 3.). San Juan, explicando esta bienaventuranza,

detalla que consistirá en dos cosas (I Jn. 3 2.): • la primera, en ver a Dios tal cual es en su naturaleza y

sustancia; • la segunda, en ser transformados como dioses por esta visión.

[8] a) En cuanto a lo primero, hay que decir que veremos a Dios tal cual es en su naturaleza, porque la

esencia divina se unirá directamente a nosotros. En efecto, las cosas se conocen o por su esencia o por su

semejanza. Ahora bien, a Dios no lo podemos conocer perfectamente por semejanza alguna, pues ninguna de

las cosas creadas es tan pura y espiritual como lo es el mismo Dios, y porque todas las cosas creadas están

reducidas a determinados límites de perfección, mientras que Dios es infinito. Por lo tanto, sólo queda este

medio de conocer a Dios, que la sustancia divina se una a nosotros. [9] Para ello es necesario que Dios, por

modo extraordinario, engrandezca profundamente nuestra inteligencia, para que adquiera así la aptitud de

contemplar la hermosura de su esencia; y esto lo conseguiremos con la «luz de la gloria», cuando, iluminados

con su resplandor (Sal. 35 10.), veamos a Dios, Luz verdadera, en su propia luz.

[10] b) En cuanto a lo segundo, ser transformados a la semejanza de Dios por la visión de su esencia,

hay que decir que no podemos explicarlo con palabra alguna, sino sólo vislumbrarlo por medio de alguna

semejanza creada: y así como el hierro metido en el fuego adquiere las cualidades de éste, sin dejar de ser

hierro, así también nosotros, sumergidos en Dios, adquiriremos rasgos divinos, sin dejar de ser hombres.

[11] 2º Felicidad accidental. — A esta felicidad esencial se agregan innumerables bienes, que ni

siquiera podemos imaginar. Sin embargo, deben los fieles estar convencidos de que se poseerán en el cielo

cuantas cosas pueda haber de agradables o deseables en esta vida, ya se refieran al alma, ya al cuerpo. Y así:

a) El alma gozará de todas las verdades que miran a su ilustración, y del honor y la gloria con que

conoceremos clara y evidentemente la grandeza y excelente dignidad de los demás, y con que seremos

honrados por parte de Dios; pues gran honra será ser llamado por Dios, no ya siervo, sino amigo (Jn. 15 13-

15.), hermano (Jn. 20 17; Heb. 2 11.) e hijo suyo (Jn. 1 12; Rom. 8 14-17.), y ser reconocido por Cristo delante

de su Padre celestial y de sus ángeles (Mt. 10 32.).

[12] b) El cuerpo, por su parte, gozará de todo lo que mira a su perfección y comodidad, siendo

inmortal, sutil y espiritual, sin necesitar ya de alimento ni de descanso; radiante de la eterna gloria, sin precisar

ya de vestido alguno; y tendrá por casa el mismo Cielo, iluminado por todas partes con la claridad de Dios.

Todos estos bienes se verificarán, como afirma el Apóstol (I Cor. 2 9.), por modo más sublime de lo que

ha visto ojo alguno, percibido el oído o pasado por la imaginación de todo hombre.

[13] Finalmente, esta bienaventuranza, tanto esencial como accidental, no será la misma en grado para

todos, sino que «en la casa del Padre hay muchas moradas» (Jn. 14 2.), porque cada cual será más o menos

premiado, según su mayor o menor merecimiento. Por eso, el párroco estimulará a los fieles, no sólo a desear la

eterna bienaventuranza, sino también a asegurarla por medio de la práctica de las virtudes, por la

perseverancia en la oración y por el uso de los sacramentos.

 

CAPÍTULO XIII

DEL 12 ° ARTÍCULO

La vida perdurable

I. Por qué los Apóstoles colocaron en el último lugar este artículo, y la frecuencia con que él

Párroco le ha de inculcar al pueblo.

194. Los Santos Apóstoles maestros nuestros quisieron que el Símbolo donde se contiene la suma de

nuestra fe, terminara con el articulo de la vida eterna, ya porque después de la resurrección de la carne, nada

resta a los fieles que esperar sino el premio de la vida eterna, ya también porque aquella felicidad perfecta y

colmada de todo género de bienes siempre estuviese ante nuestra consideración, y supiésemos que ella había

de ser el objeto de todas nuestras atenciones. Por tanto al instruir los Párrocos a los fieles, nunca dejarán de

inflamar sus ánimos, proponiéndoles los premios que están preparados en la vida eterna, para que de este

modo aun lo más arduo que hubieren de sufrir por la virtud cristiana, les parezca fácil y suave y obedezcan a

Dios con más presteza y más alegremente.

 

II. Qué se entiende aquí por vida eterna.

195. Más por cuanto estas palabras de que aquí nos servimos para declarar nuestra bienaventuranza,

contienen muchísimos misterios, se han de explicar de modo que todos, cada uno según su alcance, las pueda

entender. Se ha de enseñar, pues, a los fieles que estas palabras “Vida perdurable” no tanto significan

eternidad de vida, a la cual también están destinados los condenados y demonios, cuanto la bienaventuranza

que en esa perpetuidad hinche los deseos de los bienaventurados. De este modo las entendió aquel doctor de

la Ley que preguntó en el Evangelio a nuestro Salvador, que era lo que había de hacer para poseer la vida

eterna, como si dijera: ¿cuáles son las cosas que debo obrar para llegar a aquel lugar donde pueda gozar de la

felicidad perpetua? Y en este sentido entienden igualmente estas palabras las santas Escrituras, come se puede

observar en muchos lugares.

 

III. Por qué la suma bienaventuranza se llama vida perdurable.

196. Se llamó con este nombre de vida perdurable aquella suma bienaventuranza a fin de que nadie

creyera que ella consiste en cosas corporales y caducas que no pueden ser eternas. Y en efecto esta misma voz

de bienaventuranza no podía explicar suficientemente lo que se deseaba, pues no faltaron hombres hinchados

con la reputación de una vana sabiduría, que pusieron el sumo bien en estas cosas que perciben los sentidos;

mas estas se envejecen y acaban, cuando la bienaventuranza jamás podrá acabarse. Y lo que es más, siendo así

que tan lejos están estas cosas terrenas de hacernos verdaderamente felices, que quien más se deja cautivar de

su amor y afición, es el que más se aparta de la verdadera bienaventuranza ; pues está escrito: “No queráis

amar el mundo, ni a sus cosas. Si alguno ama el mundo, la caridad del Padre no está en él”, y poco después:

El mundo pasa, y pasa también con él su concupiscencia”. Estas son unas verdades que han de cuidar

mucho los Párrocos de gravar en los corazones de los fieles, para que se resuelvan a despreciar todo lo

perecedero, y se persuadan firmemente que ninguna felicidad se puede alcanzar en esta vida, en la cual no

somos ciudadanos sino peregrinos.

Aunque también podemos considerarnos aquí bienaventurados en esperanza, si renunciando a la

impiedad y deseos del siglo, viviéremos en él sobria, justa y santamente, esperando la gloria eterna y la

venida gloriosa del gran Dios y nuestro Salvador Jesucristo. Mas por haber ignorado estas verdades muchos

que se reputaban por sabios, y haber pensado que la felicidad se había de buscar en esta vida, vinieron a

hacerse necios, y a caer en las más grandes miserias. Igualmente entendemos por este nombre de vida

perdurable, que aquella felicidad una vez conseguida, nunca se puede perder, ¡como falsamente pensaron

algunos. Porque consistiendo la verdadera felicidad en la reunión de todos ¡los bienes sin mezcla de mal

alguno, y tal que satisface perfectamente el deseo del hombre, necesariamente ha de consistir en la vida eterna;

pues el bienaventurado no puede menos de querer muchísimo estar perpetuamente gozando de aquellos bienes

que ha conseguido. Por lo cual si esta posesión no fuese cierta y estable, necesariamente el temor de perderla

proporcionaría grandísimo tormento.

 

IV. La eterna bienaventuranza ni puede comprenderse ni menos explicarse.

197. Por otra parte, estas mismas palabras Vida perdurable, nos dan a entender suficientemente que la

felicidad de loa bienaventurados que viven en la patria celestial es tan grande, que solos ellos y ningún otro

puede comprender. Porque cuando para significar alguna cosa usamos de un nombre que es común a otras

muchas, luego conocemos que nos falta la propia voz para explicar enteramente lo que intentamos. Siendo,

pues cierto que expresamos la felicidad eterna con unas palabras igualmente comunes a todos los que viven

perpetuamente, así bienaventurados; como condenados, bien podemos entender que ella es cosa tan sublime y

excelente que no podemos declararla perfectamente con alguna palabra propia. Pues aunque también otros

muchos nombres se aplican en las santas Escrituras a esta celestial bienaventuranza, como son Reino de

Dios, de Cristo, de los Cielos, Paraíso, Ciudad Santa, nueva Jerusalén, Casa del Padre, con todo

es manifiesto, que ninguno de ellos es suficiente para explicar su grandeza. Por tanto los Párrocos no perderán

la ocasión que aquí se les ofrece de convidar a los fieles a la piedad, justicia, y a todos los ejercicios de la

religión cristiana, proponiéndoles aquellos tan soberanos bienes que se incluyen en la vida perdurable.

198. Porque es cierto que la vida es el mayor de todos los bienes que naturalmente se apetecen, y así por

este bien señaladamente definimos a la bienaventuranza cuando la llamamos Vida perdurable. Pues si no hay

cosa más amada, preciosa y agradable que esta corta y miserable vida sujeta a tantas y tan diversas

calamidades, que más merece llamarse muerte que vida, ¿con cuánto anhelo y ansia decenios buscar aquella

vida eterna, la cual cubre ya de todos los males, encierra en sí el conjunto perfecto y cumplido de todos los

bienes?

 

V. La Vida eterna contiene todos los bienes, y carece de todos los males.

199. Porque como enseñaron los Santos Padres, la felicidad de la vida eterna se debe definir diciendo

que consiste en la privación de todos los males y posesión de todos los bienes. En orden a los males hay

testimonios muy esclarecidos en las santas Escrituras; porque en el Apocalipsis se escribe: ―Ya nunca

padecerán hambre, ni sed, ni les molestará el sol ni su calor”. Y otra vez: “Enjugará todas las lágrimas de

sus ojos, y no habrá ya para ellos muerte, llanto, olor mor ni dolor, porque ya estas cosas pasaron”. Mas

por lo que se refiere a los bienes, será inmensa su gloria, y gozarán de innumerables géneros de sólida alegría y

deleite, en tanto grado, que por no ser suficientes nuestras almas para contener la grandeza de esta gloria, o

ella no pudiendo penetrar de ningún modo en nuestra alma, es necesario que nosotros entremos en ella, esto

es, en el gozo del Señor, para que bañados por él, nuestros deseos queden plenamente satisfechos.

 

VI. De qué bienes gozan principalmente los bienaventurados.

200. Aunque, como escribe S. Agustín, más fácil parece contar los males de que allí hemos de carecer,

que los bienes y delicias que hemos de gozar, con todo, se ha de procurar explicar breve y claramente todo

aquello que puede inflamar a los fieles en el deseo de conseguir aquella suma felicidad. Mas para esto

convendrá observar antes aquella distinción que hemos aprendido de gravísimos escritores de ciencias

sagradas. Estos establecen que hay dos géneros de bienes; de los cuales el uno pertenece a la esencia de la

bienaventuranza, y el otro se sigue a la misma felicidad. Y por esto para mayor claridad llamaron esenciales a

los primeros, y accidentales a los otros.

 

VII. En qué consiste la bienaventuranza esencial y primaria.

201. Consiste, pues, la bienaventuranza que comúnmente se llama esencial, en ver a Dios, y en gozar de

la hermosura de aquél que es la fuente y principio de toda bondad y perfección. ―Esta es la vida eterna, dice

Cristo Señor, que conozcan a ti solo verdadero Dios, y a Jesucristo a quien tú enviaste. La cual sentencia

parece que interpreta San Juan cuando dice: “Carísimos, ahora somos hijos de Dios, y todavía, no se ha,

manifestado lo que seremos, porque sabemos que cuando se descubra, seremos semejantes a él, pues le

veremos como es en sí”, porque significa que la bienaventuranza consiste en estas dos cosas, es a saber, en

ver a Dios como es en su naturaleza y substancia, y en hacernos semejantes a El. Pues los que le gozan, aunque

retienen su propia substancia, visten una tan maravillosa y casi divina forma, que más parecen dioses que

hombres.

 

VIII. Los bienaventurados se visten en cierto modo de la naturaleza de Dios.

202. Y la causa de esta transformación la podemos entender claramente, porque todas las cosas se

conocen o por su mismo ser, o por su semejanza y especie. Y como no hay cosa semejante a Dios, por la cual,

ayudados, podamos llegar al conocimiento perfecto de él, es necesario que ninguno pueda ver su naturaleza o

esencia, sino es que esta misma esencia divina se junte con nosotros. Y esto es lo que significan aquellas

palabras del Apóstol: “Ahora le vemos por espejo, y en enigma, mas entonces le veremos cara a cara”. Pues

lo que dice de ver en enigma, interpreta San Agustín diciendo que es ver a Dios en alguna semejanza

acomodada para entenderle. Lo mismo declara manifiestamente San Dionisio, cuando asegura que no se

pueden entender las cosas superiores por semejanza alguna de las inferiores; porque es cierto que la substancia

y ser de una cosa que carece de cuerpo, no se puede dar a conocer por semejanza de otra corporal, mayormente

siendo necesario que las semejanzas de las cosas sean más puras y espirituales que las mismas cosas cuya

imagen representan, como lo experimentamos fácilmente en el conocimiento de todas ellas. Pues como no se

puede hallar en todo lo criado semejanza alguna tan pura y espiritual como es Dios, se deduce que por ninguna

semejanza podemos conocer perfectamente la divina esencia. A esto se añade que todas las cosas criadas están

reducidas a ciertos límites de perfección, pero Dios es infinito, y así ninguna semejanza criada puede abrazar su

inmensidad. Por eso, el único medio que hay para conocer la esencia divina, es que ella misma se junte con

nosotros, y por un modo inefable eleve altamente nuestro entendimiento, y de este modo nos haga hábiles para

contemplar su naturaleza.

 

IX. Los bienaventurados ven a Dios por la luz de la gloria, y todos debemos esperar lo mismo.

203. Mas esto lo lograremos por la lumbre de la gloria, cuando iluminados con este resplandor,

veremos a Dios verdadera luz con su misma luz. Porque los bienaventurados siempre miran a Dios presente

por medio de este grandísimo y excelentísimo don, con el cual hechos participantes de la divina esencia, gozan

de la verdadera y sólida bienaventuranza. Esta debemos creer de tal modo, que mediante la misericordia de

Dios la hemos de esperar con una esperanza cierta, como está definido en el símbolo de los Padres, que dice

así: “Espero la resurrección de los muertos, y la vida del siglo venidero.

 

X. Explicase con una semejanza cómo los bienaventurados se juntan con Dios.

204. Muy divinas son estas cosas, y tanto que ni las podemos explicar con palabras, ni comprender con

el entendimiento. Pero no obstante, podemos ver alguna imagen de aquella bienaventuranza, aun en estas

cosas que se perciben con los sentidos. Porque así como el hierro aplicado al fuego se hace ascua en tanto

grado, que aun reteniendo la misma sustancia, más parece fuego que hierro, así también los que son admitidos

en aquella gloria celestial de tal suerte se encienden e inflaman en el amor de Dios, que sin dejar de ser lo que

eran, se diferencian mucho más de los que están en esta vida, que el hierro encendido del que está totalmente

frío. Y así, para decirlo todo con pocas palabras, aquella suma y perfecta bienaventuranza que llamamos

esencial, se debe colocar en la posesión de Dios. Y ¿qué le puede faltar para su perfecta felicidad, al que posee a

Dios, suma bondad y perfección?

 

XI. De qué bienes accidentales gozarán los bienaventurados.

205. Mas a esta bienaventuranza esencial se juntan ciertos bienes comunes a todo| los bienaventurados,

los cuales porque distan me nos de la capacidad humana, suelen mover y despertar con mayor vehemencia

nuestros corazones. Y de éstos parece que habló el Apóstol cuando dijo escribiendo a los Romanos: ―Gloria,

honra y paz tendrán todos los que obran el bien. Porque no solamente gozarán los bienaventurados de

aquella gloria que hemos declarado era la misma bienaventuranza esencial, o a lo menos muy allegada a ella,

sino también de aquella que resultará del claro conocimiento que cada uno de ellos tendrá de la grande y

sobresaliente dignidad de los otros. Además de esto ¿cuál será aquella honra que el Señor les hará cuando los

llame no ya siervos sino amigos, hermanos e hijos de Dios?. Porque nuestro Salvador convidará a sus

escogidos con estas amorosísimas palabras: “Venid benditos de mi Padre, poseed el reino que os está

preparado”. En verdad podemos exclamar: “Muy honrados han sido, Dios, vuestros amigos”. Y aún los

celebrará Cristo Señor, con alabanzas delante del Padre celestial y sus Ángeles.

Finalmente, si la misma naturaleza dio a todos los hombres un general deseo de ser honrados por

varones insignes en sabiduría, por entender que son los testigos más calificados de su virtud, ¿cuánto

pensamos que se aumentará la gloria de los bienaventurados por el sumo honor que se harán unos a otros?

XII. De otros muchos bienes de que gozarán los bienaventurados.

206. Seríamos interminables si quisiéramos contar todas las delicias de que estará colmada la gloria de

los bienaventurados, pues ni aún los podemos imaginar ni formar idea de ellas. Mas deben persuadirse los

fieles que aquella dichosa vida de los bienaventurados está por todas partes manando copiosamente toda

suerte de bienes los más dulces, sabrosos y de mayor placer de los que en esta vida podemos gozar y aun

desear, así por la parte intelectual de nuestro espíritu, como por lo que toca a la perfecta disposición del cuerpo.

Si bien esto sucede allí de un modo tan sublime y elevado, que ni ojo vio, ni oído oyó, ni entendimiento de

hombre alcanzó.

Porque el cuerpo que antes era pesado y grosero, desterrada la mortalidad se hará sutil y espiritual en el

cielo, y así no necesitará ya de alimento alguno. Asimismo el alma se saciará con sumo deleite del manjar

eterno de la gloria, que el Autor de aquel gran convite, pasando, servirá a todos. Pues si hablamos de los

vestidos preciosos y reales adornos del cuerpo ¿quién los podrá desear en aquella vida, donde no habrá uso

alguno de estas cosas, sino que vestidos todos de inmortalidad y resplandor, estarán adornados y brillantes con

coronas de gloria eterna? Y si el poseer espaciosas y magníficas casas contribuye a la felicidad humana, ¿qué

cosa se puede imaginar más magnífica y admirable que aquel cielo brillante y resplandeciente por todas partes

con la claridad de Dios? Por esto acordándose el Profeta de la hermosura de aquella habitación y ardiendo en

vivas ansias de llegar a aquellas dichosas moradas, decía: ―¡Oh cuán amables son tus moradas, Señor de los

Ejércitos! Mi alma suspira y padece deliquios ansiando estar en los atrios del Señor. Traspórtanse de gozo mi

corazón y mi cuerpo, contemplando al Dios vivo”. Que este sea el afecto, esta la voz unánime de todos los

fieles, así como los Párrocos lo deben desear con vehemencia, así también lo deben procurar con el mayor

interés.

 

XIII. En la gloria los premios corresponden a los méritos.

207. Y como en la casa de mi Padre, dice el Señor, hay muchas moradas, en las cuales se darán los

premios mayores o menores conforme cada uno lo hubiere merecido. “Porque el que siembra con escasez,

escasamente recogerá, mas el que sembrare en bendiciones, será en bendiciones, su cosecha”.

Así, no solamente procurarán mover los Párrocos a los fieles al deseo de esta bienaventuranza, sino

también les enseñarán frecuentemente que el modo cierto de conseguirla consiste en que revestidos con la fe y

caridad, perseveren en la oración y saludable uso de los Sacramentos y se ejerciten en todo género de caridad

con sus prójimos. Porque de este modo la misericordia de Dios, que preparó aquella dichosa morada para los

que le aman, hará algún día se cumpla en ellos lo que dijo el Profeta: “Se sentará mi pueblo en moradas donde

nada habrá que temer, y gozará de perfecta paz, y del más cumplido descanso”.

SEGUNDA PARTE

LOS SACRAMENTOS EN GENERAL

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] El párroco debe explicar con cuidado especial a los fieles lo que concierne a la doctrina sobre los

Sacramentos, a fin de que lleguen a ser tales que se les puedan administrar digna y saludablemente cosas tan

excelentes y santas (Mt. 7 6.).

El nombre de Sacramento

[2] Aunque la palabra «sacramento» ha sido entendida a menudo por los autores profanos como

significando el juramento por el cual uno se sujeta a servidumbre, las Escrituras la tomaron a veces para

expresar ciertas verdades invisibles y ocultas (Sab. 2 22; Ef. 1 9; I Tim. 3 16.), y los Padres latinos de la Iglesia,

a su vez, la usaron para designar ciertas cosas sagradas, invisibles y ocultas, que se encierran bajo otras

visibles. [3] Y así, llamaron propiamente sacramentos a ciertos signos sensibles que manifiestan y ponen como

a la vista la gracia que causan en el alma. No es, por lo tanto, una palabra nueva, pues la encontramos en la

pluma de San Jerónimo y de San Agustín para designar estas realidades.

Naturaleza de los Sacramentos

[4] Una vez visto el nombre, debe estudiarse la naturaleza del sacramento. Siendo de aquella especie de

cosas por las que se consigue la salud espiritual y la justicia, rectamente se los puede definir con San Agustín y,

en pos de él, con todos los doctores eclesiásticos: Sacramento es un signo de cosa sagrada, o un signo visible

de la gracia invisible, instituido para nuestra justificación.

[5] 1º Signo. — Las cosas que se perciben por los sentidos pueden ser de dos clases: • unas fueron

creadas para su fin propio: son la mayoría; • y otras fueron creadas para significar algo, de modo que, si les

quitamos la propiedad de significar, desaparece su razón de ser; y a éstas llamamos «signos». Así, entendemos

por «signo» todo objeto que nos hace conocer otra cosa. [6] Y por esto los sacramentos deben contarse en la

categoría de los signos, pues con cierta materia y forma sensibles nos indican lo que Dios obra en nuestras

almas por su virtud, y que no puede ser percibido por los sentidos. [7] Las mismas Escrituras nos enseñan que

los Sacramentos deben contarse entre los signos, ya que San Pablo explica la significación del Bautismo (Rom.

6 3-4.), y afirma que la circuncisión, sacramento de la Antigua Alianza, fue dada a Abraham como signo de la

justificación (Gen. 17 10-12; Rom. 4 11.).

[8-9] 2º Eficaz. — Como hay una gran variedad de signos, conviene saber dentro de qué clase de

signos debemos contar a los Sacramentos. En efecto, los signos pueden ser:

a) Naturales, cuando una cosa, además de su ser, produce en nuestras almas la idea de otra cosa (vgr. el

humo es signo del fuego).

b) Artificiales, cuando han sido inventados por los hombres con el fin de comunicarse con los demás,

dándoles a conocer sus pensamientos y conociendo a su vez los suyos. Estos segundos pueden ser muy

diversos: • en razón del sentido a que se dirigen (visuales, auditivos, etc.); • en razón de su autor: – unos fueron

establecidos por los hombres; – otros lo fueron por Dios; y, entre éstos últimos: unos fueron establecidos por

Dios solamente para significar (como los sacramentos de la Antigua Alianza); y otros lo fueron para significar

y producir lo que significaban. En esta última clase de signos deben contarse los Sacramentos.

[10] 3º De cosa sagrada. — Por el nombre de cosa sagrada dase a entender la santificación que nos

justifica y engrandece con el hábito de todas las virtudes infusas; y se le da este nombre porque santifica y une

nuestra alma a Dios. [12] Y en esta santificación podemos considerar tres cosas: • una pasada, su causa, a

saber, la Pasión de Cristo, que el sacramento nos recuerda, y de la que es, por lo tanto, signo rememorativo

(Rom. 6 3.); • una presente, su esencia, a saber, la gracia santificante, que el sacramento manifiesta, y de la que

es, por lo tanto, signo demostrativo (Rom. 6 4.); • y una futura, su fin, a saber, la futura gloria, que el

sacramento anuncia, y de la que es, por lo tanto, signo preanunciativo (Rom. 6 5.). [13] Téngase también en

cuenta que la realidad presente significada no es a veces una sola, sino muchas; como la Eucaristía, por

ejemplo, designa la presencia del Cuerpo y Sangre de Cristo, y también la gracia que reciben los que

dignamente comulgan.

[11] Así, pues, los Sacramentos son signos formados por cosas sensibles, instituidos por Dios, y que

contienen en sí la virtud eficaz de significar la santificación y la justicia, y de producir la santidad y la

justicia que significan.

Causas de los Sacramentos

[14] Los motivos que movieron a Dios a instituir los Sacramentos para comunicarnos su gracia son los

siguientes:

1º La debilidad del entendimiento humano, que necesita llegar al conocimiento de las cosas

espirituales por medio de las corporales y sensibles.

2º La dificultad con que nuestra alma se inclina a creer las cosas futuras que se nos

prometen. Así, del mismo modo que Dios, en el Antiguo Testamento, confirmaba sus promesas con signos y

milagros, a fin de que se creyese en ellas, del mismo modo Jesucristo, al prometernos el perdón de los pecados,

la gracia divina y los dones del Espíritu Santo, instituyó ciertos signos sensibles con que se obligaba, para que

no dudemos de que será fiel en sus promesas.

3º Para tenerlos dispuestos a modo de medicinas (Lc. 10 33-34.), con el fin de recobrar y

conservar la salud del alma. Pues era necesario que la virtud salvífica y la gracia que emana de la Pasión de

Cristo llegase hasta nosotros por los sacramentos como por canales, a fin de que acudiendo a ellos apliquemos

a nuestras almas la medicina que necesitan.

4º Para congregar a los fieles bajo un orden de signos visibles que les sirvan de contraseñas por los

que se reconocen mutuamente entre sí.

5º Para excitar la fe en nuestras almas y profesarla exteriormente, declarándola a la faz del

mundo (Rom. 10 10.).

6º Para encender nuestras almas en la caridad con que debemos amarnos mutuamente,

recordando que por la comunión de unos mismos misterios nos unimos con muy estrecho vínculo y nos

hacemos miembros de un mismo cuerpo.

7º Para inclinarnos a la humildad, viéndonos obligados a someternos a objetos sensibles inferiores

a nosotros para recibir la gracia divina.

Constitución de los Sacramentos

[15] Dos son las cosas de que se compone todo sacramento: • el elemento, que tiene razón de materia;

y la palabra, que tiene razón de forma. Al unirse la palabra al elemento, se hace el Sacramento, según

expresión de San Agustín. Ambas cosas quedan incluidas bajo la razón de cosa sensible. [16] Y fue necesario

añadir las palabras a la materia porque el elemento, de suyo, puede significar varias cosas, y necesita que su

significado sea precisado por las palabras, que de todos los signos son los que tienen mayor expresión.

[17] En esto nuestros Sacramentos son superiores a los de la Antigua Ley, que por no ser administrados

mediante palabras, sino con el solo elemento, eran signos sobremanera inciertos e ignorados; mas los nuestros

tienen tan determinada la forma verbal, que si ésta se separa del elemento no hay sacramento; y, por eso, son

sumamente manifiestos.

Ceremonias de los Sacramentos

[18] Acostumbró siempre la Iglesia administrar los sacramentos con ciertas ceremonias solemnes

añadidas a la materia y forma, las cuales, aunque no atañen a la esencia sacramental, no pueden omitirse sin

pecado. Y las razones que movieron a la Iglesia a añadir estas ceremonias son las siguientes: • para dar a los

sagrados misterios tal culto religioso, que se manifieste que tratamos santamente las cosas santas; • para

declarar mejor los efectos que obra el sacramento, y grabar mejor en el corazón de los fieles su santidad; • para

elevar las almas a la contemplación de las realidades más sublimes, y excitarlas a la fe y a la caridad. Los fieles,

pues, deben conocerlas bien, y penetrarse bien de su valor.

Número de los Sacramentos

[19] Los Sacramentos de la Iglesia Católica son siete, como se prueba por las Escrituras (Prov. 9 1; Zac.

3 9; 4 2.), según ha llegado hasta nosotros por la tradición de los Santos Padres y se confirma por la autoridad

de los concilios. [20] La razón de ese número septenario es la siguiente: hay siete cosas necesarias al hombre

para vivir y conservar su vida: 1º nacer; 2º crecer; 3º alimentarse; 4º y 5º sanar si cae enfermo, y recuperar las

fuerzas; 6º regirse por una autoridad; 7º conservarse a sí mismo y al género humano por la legítima

propagación de la familia. Como estos actos de la vida material corresponden a los de la vida del alma,

fácilmente se comprenderá por qué son siete los sacramentos.

[21] El primero es el Bautismo, que nos hace renacer para Cristo (Jn. 3 5; Tit. 3 5.). El segundo es la

Confirmación, que nos fortalece en la gracia de Dios (Lc. 24 49; Act. 1 8.). El tercero es la Eucaristía, que

alimenta nuestro espíritu con el Cuerpo y Sangre de Cristo (Jn. 6 56.). El cuarto es la Penitencia, por el que

recobramos la salud espiritual perdida por el pecado (Jn 20 22-23.). El quinto es la Extremaunción, que

borra las reliquias del pecado y devuelve el vigor a las fuerzas del alma (Sant. 5 14-15.). El sexto es el Orden,

por el que se confiere la potestad de administrar los sacramentos y de ejercer los cargos eclesiásticos (Act. 13 2-

3; I Tim. 4 14; II Tim. 1 6.). Y el séptimo es el Matrimonio, que santifica la unión del varón y de la mujer para

procrear hijos y educarlos religiosamente (Ef. 5 31-32.).

Necesidad y dignidad de los Sacramentos

[22] No todos los Sacramentos tienen igual necesidad, dignidad y virtud significativa.

1º Tres de entre ellos son necesarios entre todos los demás, a saber: • el Bautismo, necesario a todos

sin ninguna excepción (Jn. 3 5.); • la Penitencia, necesaria para los que, después del Bautismo, se hicieron reos

de algún pecado mortal (Lc. 13 3; Apoc. 2 5.); • y el Orden, necesario a toda la Iglesia para perpetuarse, aunque

no a todos los fieles (Prov. 11 14.).

2º Si se atiende a la dignidad, la Eucaristía excede en mucho a los demás Sacramentos en santidad y

en el número de misterios y de gracias que contiene.

Autor de los Sacramentos

[23] Dios mismo, por medio de Cristo, debe ser reconocido como autor de los Sacramentos, por

dos motivos: • porque sólo Dios puede hacer justos a los hombres; y esta justificación es conferida por los

Sacramentos; • porque los Sacramentos tienen la eficacia de obrar en el interior del alma; ahora bien, sólo Dios

puede introducirse en los corazones de los hombres. Por eso, El es quien los administra interiormente (Jn. 1

33.).

Ministro de los Sacramentos

[24] Dios ha querido administrar los Sacramentos en su Iglesia por medio de hombres (I Cor. 4 1;

Heb. 5 1.). [25] Y como éstos, en las funciones sagradas, no representan su persona, sino la de Cristo (I Cor. 3

6-7.), síguese que, ya sean éstos buenos o malos, mientras usen de la materia y forma que observó siempre la

Iglesia Católica, y tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia en su administración, hacen y administran

verdaderos sacramentos, y nada impide entonces la gracia sacramental sino el obstáculo que pueda poner el

que recibe el sacramento.

[26] Sin embargo, no deben quedar satisfechos los párrocos con administrar válidamente los

sacramentos, sino que deben guardar una perfecta integridad de vida y la pureza de conciencia, para tratar

santamente las cosas santas; pues se hacen reos de sacrilegio los sacerdotes que administran los sacramentos

en estado de pecado mortal (Sal. 49 16-17.). Por eso, los ministros de las cosas sagradas deben procurar ante

todo la santidad y administrarlas con más conciencia, de tal manera que con su administración consigan de

Dios para sí mayor abundancia de gracias.

Efectos de los Sacramentos

Dos son los principales efectos de los Sacramentos, entre los cuales contamos:

[27] 1º En primer lugar, la gracia justificante que confieren. En efecto, aunque sean realidades

sensibles, los Sacramentos producen en el alma, por la virtud todopoderosa de Dios y de manera

incomprensible para la razón humana, su justificación. [28] Para que no quedara duda de esta verdad, en los

comienzos de la Iglesia Dios declaró con signos portentosos lo que los Sacramentos obran interiormente, de

modo parecido a como en el bautismo de nuestro Señor se abrieron los cielos, el Padre declaró la filiación

divina de Cristo, y vino sobre El el Espíritu Santo en forma de paloma (Mt. 3 16; Mc. 1 10; Lc. 3 21-22.); y a

como en Pentecostés sobrevino un ruido como de viento impetuoso, y aparecieron unas como lenguas de fuego

sobre los Apóstoles, para mostrar la comunicación del Espíritu Santo (Act. 2 2-4.).

[29] Esto muestra la superioridad de los Sacramentos de la Nueva Alianza sobre los de la Antigua; pues

aquellos no tuvieron la virtud de purificar las almas (Gal. 4 9.), sino sólo los cuerpos en orden a la justicia legal

(Heb. 9 13.); mientras que los de la Nueva Ley limpian nuestras conciencias de los pecados y producen en

nuestras almas, por la virtud de la sangre de Cristo, la gracia que significan.

[30] 2º El segundo efecto de los Sacramentos, aunque no de todos, sino sólo de tres (Bautismo,

Confirmación y Orden) es el carácter que imprimen en el alma (II Cor. 1 21-22.), y que es una señal impresa

en el alma, que jamás puede borrarse, y que está siempre adherida a ella.

[31] El fin del carácter es doble: por una parte nos hace aptos para recibir o realizar alguna cosa

sagrada; y por otra parte nos distingue a unos de otros. Y así: • el carácter bautismal nos hace aptos para

recibir los demás sacramentos, y distingue al pueblo fiel de la gente que no profesa la fe; • el carácter de la

confirmación nos arma y dispone para confesar y defender públicamente el nombre de Cristo, como soldados

suyos, contra los tres enemigos del alma; y al mismo tiempo nos distingue de los que, recién bautizados, son

todavía infantes espirituales; • el carácter sacerdotal confiere el poder de hacer y administrar los Sacramentos,

y distingue de los demás fieles a los que están dotados de él.

[32] Exponiendo al pueblo fiel todo lo hasta aquí dicho sobre los Sacramentos, deben los

párrocos esforzarse por conseguir dos cosas: • la primera, que entiendan los fieles el gran valor de los

sacramentos, y cuán dignos son de honor, culto y veneración; • la segunda, que los fieles los reciban con

piedad y devoción, teniendo claro que por ellos quedan sanadas sus almas, se les aplican las inmensas riquezas

de la pasión de Cristo, reciben la ayuda eficacísima del Espíritu Santo, y se alimenta y conserva la vida

espiritual obtenida en el bautismo; de modo que comprendan el gran daño que a sí mismos se causan si se

privan del uso frecuente de los mismos, sobre todo de la Penitencia y Eucaristía.

 

CAPÍTULO I

DE LOS SACRAMENTOS EN GENERAL

I. El Párroco debe poner gran cuidado en enseñar la doctrina de los Sacramentos.

248. Todas las partes de la doctrina cristiana requieren ciencia y diligencia, mas la doctrina de los

Sacramentos que por voluntad de Dios es necesaria y por su utilidad muy fructuosa, requiere en el Párroco

especial ciencia y desvelo para que recibiendo los fieles con cuidado y frecuencia su explicación, queden tan

instruidos que se les puedan administrar digna y saludablemente cosas tan excelentes y dignas, y los

Sacerdotes no se aparten de aquella divina prohibición: «No queráis dar las cosas santas a los perros, ni

arrojéis vuestras perlas a los puercos».

 

II. Qué significa la palabra Sacramento.

249. Debiéndose tratar primeramente de todos los Sacramentos en general, conviene desde luego decla-

rar la fuerza y significación de esta voz sacramento, y explicar sus varias acepciones, para que más fácilmente

se entienda cuál sea aquí el propio significado de este nombre. Se ha de enseñar, pues, a los fieles que el

nombre de sacramento (por lo que se refiere a este propósito) los escritores profanos le han interpretado

diversamente de lo que han hecho los sagrados. Porque los escritores profanos se servían de él para significar

aquella obligación que contraemos cuando con juramento quedamos obligados a hacer algún servicio a otro, de

donde vino a llamarse sacramento militar el juramento con que los soldados prometen servir con fidelidad al

estado, y el uso de este vocablo en este sentido parece haber sido muy frecuente entre esos escritores. Pero

entre los Padres latinos que escribieron doctrinas teológicas, el nombre de sacramento significa alguna cosa

sagrada que está oculta; así como los griegos usaron del vocablo misterio para significar lo mismo. Que este sea

el sentido en que se deba entender la voz sacramento, lo sabemos del Apóstol que escribiendo a los de Efeso

dice: “Para que nos manifestase el sacramento de su voluntad”. Y a Timoteo escribe: “Grande es el

Sacramento de la, piedad”. Además de esto en el libro de la Sabiduría se lee: “No supieron los Sacramentos

de Dios”. En los cuales lugares y otros muchos podemos advertir que la palabra Sacramento significa

alguna cosa sagrada, escondida y oculta.

 

III. Es muy antiguo el uso de la voz sacramento para significar las señales de las cosas sagradas.

250. Por eso los Doctores latinos juzgaron que ciertas señales sensibles que juntamente declaran y

ponen ante nuestra consideración la gracia que causan, debidamente podían llamarse sacramentos. Aunque,

según San Gregorio, pueden también llamarse sacramentos por cuanto la virtud divina obra en ellos

ocultamente la salud bajo el velo de las cosas corporales. Ni piense alguno que este vocablo ha sido introducido

poco ha en la Iglesia; pues quien leyere a San Jerónimo y a San Agustín, verá claramente que los escritores

antiguos que trataron las verdades de nuestra religión, muy frecuentemente se sirvieron para explicar lo mismo

de que aquí hablamos, del nombre de sacramento, y algunas veces también del de símbolo, y otras de signo

místico, y otras de signo sagrado. Esto baste sobre la significación del nombre sacramento. Aunque él conviene

igualmente a los sacramentos de la ley antigua, no es necesario que de ellos se ocupen los Párrocos, pues fueron

ya abolidos por la ley y gracia del Evangelio.

 

IV. Definición de la palabra sacramento.

251. Pero además de la significación de la palabra que se ha declarado hasta ahora, se ha de explicar

también con diligencia la virtud y naturaleza de la cosa significada, enseñando a los fieles qué sea sacramento.

No se puede dudar que los Sacramentos son de aquel género de medios por los cuales se consigue la salud y la

justicia. Muchos son los modos propios y acomodados para explicar su naturaleza, pero ninguno lo demuestra

tan llana y claramente como la definición que dio S. Agustín, la que después han seguido todos los doctores

escolásticos. “El sacramento, dice el Santo, es una señal de cosa sagrada”. O para decirlo en otros términos

que significan lo mismo: “El sacramento es un signo visible de gracia, invisible, instituido para nuestra

justificación”.

 

V. División de las cosas sensibles, y qué se ha de entender por la palabra señal.

252. Y para que mejor se entienda esta definición, expondrán los Pastores cada una de sus partes. Y

primeramente convendrá enseñar que hay dos géneros de cosas sensibles. Unas que se inventaron para que

signifiquen otra cosa distinta, y otras se hicieron, no para significar otra cosa, sino solamente para que existan

ellas mismas. Y de este género son casi todas las cosas naturales. En el primer género se deben poner las

palabras de las cosas, los escritos, las banderas, imágenes, clarines y otras muchísimas como estas. Pues si

quitamos a las palabras la propiedad de significar, por lo mismo parece que ya no existe la razón por la cual

fueron instituidas. Y así éstas propiamente se llaman señales. «Porque señal, dice San Agustín, es lo que

además de la especie que ofrece a los sentidos, hace que por ella vengamos en conocimiento de otra, cosa,»

Como por la huella que vemos impresa en la tierra luego conocemos que pasó alguno cuya señal aparece.

 

VI. Los Sacramentos han de contarse entre las cosas que son señales.

253. Siendo esto así, es evidente que el Sacramento se debe contar entre aquella clase de cosas que

fueron instituidas para significar otra cosa diversa, pues con cierta figura y semejanza nos representan

exteriormente lo que Dios por su poderosa virtud, la cual no se puede percibir por sentido alguno, obra

interiormente en nuestras almas. Porque el bautismo (para aclarar más con el ejemplo la doctrina) en el cual

usando de ciertas y solemnes palabras, somos lavados con agua exteriormente, significa que toda mancha e

impureza del pecado se lava interiormente por virtud del Espíritu Santo, y que nuestras almas son entonces

dotadas y adornadas de aquel soberano don de la gracia, de suerte que este lavatorio del cuerpo obra al mismo

tiempo en el alma aquello que exteriormente significa, como después se explicará en su lugar.

 

VII. Se prueba, lo mismo por la sagrada Escritura.

254. De la sagrada Escritura se deduce también claramente que los Sacramentos se deben contar en el

número de las señales. Porque escribiendo el Apóstol a los Romanos sobre la circuncisión, Sacramento de la ley

antigua, que se había dado a Abraham, padre de todos los creyentes, dice así: “Y recibió la señal de la

circuncisión, como un sello que había adquirido por la fe”.

Y en otro lugar cuando asegura que todos nosotros, “que estamos bautizados en Cristo Jesús, fuimos

bautizados en su muerte”, da a entender que el bautismo es figura y representación de esto, es a saber, de que

según dice el mismo Apóstol, “todos nosotros hemos sido sepultados juntamente con Cristo por el bautismo,

muriendo al pecado”. Ni será de poco provecho que pueblo fiel entienda que los sacramentos son señales,

porque de este modo se persuadirá más fácilmente que cuanto ellos significan, contienen y obran, es santo y

digno de toda veneración, y el conocimiento de esta santidad le moverá poderosamente a reverenciar y venerar

la bondad de Dios para con nosotros.

 

VIII. De varios géneros de señales.

255. Síguese ahora explicar aquellas palabras, de cosa sagrada, que son la segunda parte de la

definición, Y para que esto pueda hacerse cómodamente, conviene tratar algo profundamente lo que San Agus-

tín enseñó aguda y sutilmente sobre la variedad de los signos. Porque unos se llaman signos naturales, los

cuales sugieren en nosotros el conocimiento de alguna otra cosa a más de su mismo ser (y esto es común a

todos ellos, según dijimos) como el humo, que al instante nos indica la existencia del fuego. Y llámase natural

este signo, porque el humo no significa el fuego por voluntad alguna, sino que la experiencia de las cosas hace

que en viendo el humo, aunque no veamos más, luego el entendimiento conoce la naturaleza y fuerza del fuego

que allí hay, aunque no aparezca. Otras señales hay que no lo son por su naturaleza, sino constituidas e

inventadas por los hombres para poder hablar unos con otros, explicar sus pensamientos y entender

mutuamente los sentimientos e ideas de los otros. Estas señales son tan diversas y tantas como podemos

entender al referirse unas al sentido de la vista, otras al del oído, y otras a los demás. Puesto que al dar a

entender algo por señas, como por ejemplo, cuando mostrando la bandera significamos alguna cosa, es claro

que esta señal pertenece solamente a los ojos; así como el sonido de trompeta, clarines y cítaras que no se hace

por sola diversión, sino muchas veces para significar, pertenece al oído. Y por este mismo sentido se perciben

también las palabras, que son las señales más poderosas para manifestar los más secretos pensamientos del

alma.

 

IX. De las señales instituidas por Dios así en el Antiguo como Nuevo Testamento.

256. Pero además de estas señales que hemos dicho fueron instituidas por común consentimiento y

voluntad de los hombres, hay otras que fueron dadas por Dios, las cuales también son de varios géneros, como

todos reconocen. Porque unas solamente fueron encomendadas por Dios a los hombres para significar o

advertirles alguna cosa; y de este género fueron las purificaciones de la ley, el pan ácimo, y otras muchas

pertenecientes a las ceremonias del culto mosaico.

257. Otras instituyó el Señor que tuviesen virtud no solamente de significar, sino también de obrar. Y en

este último género de señales es manifiesto que se deben colocar los Sacramentos de la ley de gracia, pues son

señales instituidas por Dios, no inventadas por los hombres, las cuales ciertamente creemos que contienen en

sí virtud de obrar aquella cosa sagrada que significan.

 

X. De lo que significa la cosa sagrada, en la definición de sacramento.

258. Mas así como hemos mostrado que son las señales de muchas maneras, así también decimos que la

cosa sagrada no es de una misma. Pero por lo que toca a la definición del sacramento que se propuso, designan

los escritores eclesiásticos por el nombre de cosa sagrada la gracia de Dios que nos hace santos, y que nos

adorna con los hábitos de todas las virtudes divinas. Porque juzgaron con mucha razón que a esta gracia se

debe atribuir como propio el nombre de eos» sagrada, ya que por medio de ella se santifica y se junta nuestra

alma con Dios.

 

XI. Se da otra explicación más extensa del sacramento, y cómo se diferencia de las otras señales

sagradas.

259. Por esto, a fin de explicar con mayor claridad lo que es sacramento, se enseñará que es una cosa

sensible que por institución de Dios tiene virtud así de significar como de obrar la santidad y justicia; de donde

fácilmente cualquiera puede entender que las imágenes de los santos, las cruces y otras cosas semejantes,

aunque sean señales de cosas sagradas, no por eso se han de llamar sacramentos. Y será fácil probar la verdad

de esta doctrina con el ejemplo de todos los sacramentos, si quisiere alguno aplicar a ellos lo que antes hicimos

con el del Bautismo, al enseñar que aquella solemne ablución del cuerpo era señal, y que juntamente tenía

virtud de causar la cosa sagrada que interiormente se hacía por virtud del Espíritu Santo.

 

XII. Los sacramentos no significan una cosa sola sino muchas.

260. Conviene también principalmente a estas señales místicas instituidas por Dios, significar por

disposición divina no una cosa sola, sino muchas juntas. Esto lo podemos observar en cada uno de los

sacramentos, porque no solamente significan nuestra santidad y justicia, sino también otras dos cosas muy

juntas con la misma santidad, a saber: la pasión de Cristo Redentor, que es la causa de esta santidad, y la vida

eterna y bienaventuranza del cielo a que nuestra santidad debe aspirar como a su fin. Y como esto se puede ver

claramente en todos los sacramentos, con razón enseñaron los sagrados doctores que cada sacramento significa

tres cosas: porque nos recuerda alguna cosa pasada, nos señala y demuestra otra presente, y nos anuncia otra

venidera. Y no hemos de pensar que enseñen esto de tal suerte que no se pruebe con el testimonio de las santas

Escrituras.

Porque cuando dice el Apóstol: “Todos los que estamos bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bau-

tizados en su muerte”, muestra claramente que el bautismo es señal de una cosa pasada, porque nos

recuerda la pasión y muerte del Señor. Después cuando dice: “En el bautismo hemos quedado sepultados con

El muriendo al pecado; a fin de que así como Cristo resucitó de muerte a vida para gloria del Padre, así

también procedamos nosotros con nuevo tenor de vida”, claramente manifiesta que el bautismo es señal con

la cual Se declara la gracia que hemos recibido, y por cuya virtud se nos concede que instituyendo una nueva

vida ejercitemos fácil y alegremente todos los oficios de la verdadera piedad. Últimamente cuando añade: “Que

si somos plantados juntamente con El a la semejanza de su muerte, también seremos semejantes a su

resurrección”, manifiesta que el bautismo es señal clara de la vida eterna que por él hemos de conseguir.

 

XIII. El Sacramento significa muchas cosas presentes.

261. Pero además de todos estos géneros y varios modos de significar, que hemos referido, sucede

también muchas veces que demuestre y señale el sacramento, no una sola cosa presente, sino muchas. Esto

fácilmente lo entenderemos considerando el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, porque él designa la

presencia del verdadero Cuerpo y Sangre del Señor, y asimismo la gracia que da a los que dignamente le

reciben. Con lo dicho hasta aquí, hallarán los Pastores suficiente materia para demostrar la grandeza del poder

de Dios, y cuantos milagros se encierran en los Sacramentos de la nueva ley para persuadir a todos (rae deben

adorarse y recibirse con suma reverencia y devoción.

 

XIV. Por qué fue necesario instituir los Sacramentos.

262. Mas para enseñar el debido uso de los sacramentos, no hay medio más apto como explicar con

diligencia las causas por que convino instituirlos. Muchas suelen contarse. La primera es la debilidad del

entendimiento humano, porque en tal nuestro modo de ser, que nadie puede aspirar al conocimiento de las

cosas espirituales, sino por medio de otras sensibles. Y así para que más fácilmente pudiésemos entender los

efectos secretos que obra la virtud oculta de Dios en nuestras almas, el mismo artífice de todas las cosas

dispuso muy sabiamente por un efecto de su gran benignidad, que esta misma virtud se nos manifestase por

medio de algunas señales que se perciben por los sentidos. Porque, como dijo muy bien San Crisóstomo: “Si el

hombre hubiese sido oreado sin cuerpo, lo hubieran sido ofrecidos estos mismos bienes claramente y sin velo

alguno, pero como está el alma unida al cuerpo, fué absolutamente necesario que para entenderlos, nos

ayudásemos de las cosas sensibles”.

263. La segunda causa es porque nuestra alma no se mueve fácilmente a creer las cosas que se nos

prometen. Por lo mismo acostumbró Dios desde el principio del mundo declarar frecuentemente de palabra las

cosas que había determinado obrar en la sucesión de los tiempos; mas cuando quería hacer alguna obra cuya

grandeza podía impedir la fe que se debía a su promesa, añadía también a las palabras otras señales que no

pocas veces parecía a milagros. Y así cuando envió a Moisés para libertar al pueblo de Israel, como temiese

éste, aun auxiliado con el socorro de Dios que le ponía el precepto, o que se le impusiese carga más pesada de la

que podía llevar, o que el pueblo no diese crédito a los oráculos y palabras divinas, confirmó el Señor su

promesa con gran variedad de señales. Pues así como en el Antiguo Testamento solía Dios atestiguar con

señales la verdad de alguna gran promesa, así ahora en el nuevo, habiéndonos prometido Cristo Salvador

nuestro el perdón de los pecados, la gracia celestial, y la comunicación del Espíritu Santo, instituyó ciertas

señales sujetas a los ojos y sentidos que fuesen como prendas con que le tuviésemos obligado, y así nunca

pudiésemos dudar de que sería fiel en lo prometido.

264. La tercera causa fué para que tuviésemos a mano aquellos remedios, y como escribe San Ambrosio,

aquellos medicamentos del Samaritano Evangélico, para recobrar y conservar la salud de las almas. Pues era

necesario que la virtud proveniente de la pasión de Cristo, esto es la gracia que nos mereció en el ara de la Cruz,

se derivase a nosotros por los Sacramentos como por ciertos conductos, de lo contrario a ninguno podía quedar

esperanza alguna de salud. Por eso el clementísimo Señor se dignó dejar en la Iglesia los Sacramentos sancio-

nados con su palabra y promesa, por los cuales creyésemos sin duda que se nos comunica verdaderamente el

fruto de su Pasión, con tal que cada uno de nosotros se aplique a sí mismo piadosa y religiosamente esta

medicina.

265. La cuarta causa por la que aparece necesaria la institución de los Sacramentos, es para que fuesen

señales y divisas por donde los fieles se conociesen unos a otros, mayormente no pudiendo haber reunión de

hombres, según enseñó San Agustín, ya profesen la verdadera o falsa religión que se junten en sociedad, sino es

por el lazo de algunas señales visibles. Ambas cosas hacen los Sacramentos de la ley de gracia.

266. Ellos distinguen de los infieles a los que profesan la fe cristiana, y unen entre sí a los mismos fieles

con un lazo verdaderamente santo. A más de esto se puede mostrar que hubo otra causa justísima para instituir

los Sacramentos deducida de las palabras del Apóstol: “Con el corazón se cree para la, justicia, mas con la

boca se hace la confesión para la, salud”. Pues por medio de los Sacramentos se ve que profesamos nuestra

fe, y la hacemos notoria en presencia de los hombres, así cuando nos llegamos al bautismo protestamos

públicamente, que creemos que por virtud de aquella agua con la cual somos lavados en el Sacramento, se

purifica y lava espiritualmente nuestra alma.

267. Tienen asimismo los sacramentos grande fuerza, no sólo para despertar y excitar nuestra fe, sino

también para inflamar la caridad con la que mutuamente nos debemos amar, acordándonos de que por la

participación de los divinos misterios estamos unidos con un lazo estrechísimo y constituido miembros de un

mismo cuerpo.

268. Últimamente, y esto debe apreciarse mucho en la profesión de la vida cristiana, humillan y rinden

el orgullo del corazón y nos disponen para ejercitarnos en la humildad, viéndonos obligados a sujetarnos a

unos elementos sensibles para obedecer a Dios de quien pérfidamente nos apartamos antes a fin de servir a los

elementos del mundo. Esto es lo que parece debe proponerse a los fieles en particular acerca del nombre,

naturaleza e institución de los sacramentos. Y habiéndolas expuesto cuidadosamente, deberán enseñar los

Párrocos de qué consta cada uno de los sacramentos, cuáles son sus partes, y cuáles los ritos y ceremonias con

que se administran.

 

XV. Cada sacramento consta de materia y forma.

269. Primeramente se ha de explicar que la materia sensible de la cual tratamos en la definición de

sacramento, no es una sola, aunque debe creerse que sólo constituye una señal. Dos son las cosas de que cada

sacramento se compone, de las cuales la una tiene razón de materia y se llama elemento y la otra de forma que

comúnmente se llama palabra, como nos lo enseñaron los Padres. Sobre esto es muy celebrado y sabido por

todos aquel dicho de San Agustín: «Juntase la palabra, al elemento y se hace sacramento». Mas por el nombre

de cosa sensible, no sólo se entiende la materia o elemento, como el agua en el Bautismo, el crisma en la

Confirmación, y en la Extremaunción el óleo, que todas son cosas visibles, sino también las palabras que tienen

razón de forma y pertenecen al oído. Ambas cosas señaló el Apóstol cuando dijo: “Cristo amó a su Iglesia, y se

sacrificó por ella, para santificarla, limpiándola en el bautismo de agua, con la palabra de vida”. En cuyas

palabras se expresa la materia y forma del sacramento.

 

XVI. Por qué a la materia, se añadieron las palabras.

270. Fue necesario añadir las palabras a la materia para significar más claramente el efecto del

sacramento. Porque entre las señales, es evidente, que las palabras son las más expresivas, y si ellas faltasen

sería muy difícil entender lo que significaba y demostraba la materia de los sacramentos. Pues, según podemos

ver en el bautismo, como el agua no menos tiene virtud de refrescar que de lavar, y puede igualmente significar

ambas cosas, por esto si no se añaden las palabras, aun que alguno pueda por ventura conjeturar, mas nadie

podrá asegurar ciertamente cuál de estos dos efectos signifique el agua que se aplica en el bautismo, pero al oír

las palabras luego entendemos que hace oficio y significación de lavar.

 

XVII. Excelencias de los sacramentos de la nueva ley.

271. En esto sobrepujan muchísimo nuestros sacramentos a los de la antigua ley, pues no se guardaba

forma determinada que haya llegado a nosotros en su administración, por cuya causa eran muy inciertos y

obscuros. Pero los nuestros tienen la forma de palabras tan fija, que si nos apartamos de ella, no puede

subsistir la razón de sacramento, y por este motivo son tan claras que no dejan lugar a duda alguna. Estas son

las partes que pertenecen a la naturaleza y sustancia de los sacramentos, y de que cada uno de ellos consta

necesariamente.

 

XVIII. Cuál sea la naturaleza y virtud de las ceremonias.

272. A estas se juntan, por disposición de la Iglesia, las ceremonias, las cuales aunque no se pueden

omitir sin pecado, a no ser que la necesidad obligue a ello, no obstante si alguna vez se dejan, se debe creer

que no por eso se disminuye en un solo punto la verdadera esencia del sacramento, ya que ellas no pertenecen

a la substancia de éste. Y a la verdad con mucha razón se observó siempre desde los primeros tiempos de la

Iglesia, al administrar los sacramentos con ciertas solemnes ceremonias. Porque, en primer lugar, es muy justo

que a estos sagrados misterios se les tribute este culto de religión, para que se conozca que tratamos las cosas

santas santamente. Además, estas ceremonias manifiestan más y ponen casi ante los ojos los efectos del

sacramento, e imprimen profundamente en los ánimos de los fieles la santidad del estos santos misterios.

Asimismo, elevan los entendimientos de los que las miran y observan atentamente, a la contemplación de las

cosas más sublimes, y avivan en ellos la fe y la caridad. Por todo lo cual se ha de cuidar con gran diligencia que

los fieles sepan y entiendan la significación de las ceremonias con las cuales cada sacramento se administra.

 

XIX. Cuántos son los sacramentos de la Iglesia Católica.

273. Sigúese que se explique también el número de los sacramentos, pues este conocimiento trae la

utilidad de que con tanto mayor afecto emplearán los fieles todas las fuerzas de su alma en alabar y

engrandecer la benignidad singular de Dios hacia nosotros, cuanto conozcan que más socorros están

preparados por su bondad divina para nuestra salud y vida eterna. Siete, pues son los sacramentos de la Iglesia

Católica, como lo prueba por las Escrituras, enseña la tradición de los Padres, y atestigua la autoridad de

los Concilios.

 

XX. Por qué los sacramentos no son más ni menos que siete.

274. Mas la causa por que no son más ni menos, se podrá demostrar por cierta razón de congruencia

tomada de la proporción y conveniencia que hay entre la vida natural y la espiritual. Porque siete cosas parece

ser necesarias al hombre para vivir, conservar su vida y emplearla en utilidad propia y de la república, a saber:

que salga a luz, crezca, que se alimente, si cae enfermo que sane, y que repare la debilidad de sus fuerzas. Por lo

que toca al estado, que nunca falten magistrados con cuya autoridad y mando se gobierne, y en fin que se

conserve a sí mismo y al linaje humano por la legítima propagación. Siendo claro que todo esto corresponde a

aquella vida con la que el alma vive para Dios, fácilmente se deduce de aquí el número de los sacramentos.

 

XXI. Pruébase por las Escrituras el número de los sacramentos.

276. Así, el Bautismo es el primero y como puerta de los demás, por el cual renacemos a Cristo.

Después, se sigue la Confirmación con cuya virtud nos fortalecemos con la divina gracia, pues como afirma San

Agustín, a los Apóstoles ya bautizados dijo el Señor: “Asentaos en la, ciudad hasta que seáis revestidos con

virtud de lo alto”. Después la Eucaristía, con la cual se sustenta y mantiene nuestro espíritu como con un

manjar verdaderamente del cielo, pues de ella dijo nuestro Salvador: “Mi carne es verdaderamente comida, y

mi sangre verdaderamente bebida”. En cuarto lugar, se sigue la Penitencia, por cuyo beneficio se recobra

la salud que perdimos después de las heridas del pecado. Luego la Extremaunción, que quita las reliquias del

pecado y fortalece las virtudes del alma, pues hablando Santiago de este Sacramento, dice así: «Y si tuviere

pecados, se le perdonarán”. Sigúese el Orden, que confiere la potestad de ejercer perpetuamente los

ministerios públicos de los sacramentos, y de celebrar todas las funciones sagradas. Por último se añade el

Matrimonio, para que por medio del legítimo y santo enlace del hombre y la mujer se procreen y sean

educados religiosamente los hijos para el culto de Dios y conservación del linaje humano.

 

XXII. No es igual la necesidad o dignidad de todos los Sacramentos.

277. Ha de advertirse con gran cuidado, que si bien encierran en sí todos los Sacramentos virtud divina

y maravillosa, no todos son igualmente necesarios, ni es igual su dignidad o la misma virtud de significar. De

éstos, tres son los que se consideran más necesarios que los demás, aunque de diverso modo. Porque en orden

al Bautismo declaró nuestro Salvador que era necesario a todos, con estas palabras: “El que no renaciere por

medio del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios”. La Penitencia sólo es necesaria

para los que pecaron mortalmente después del Bautismo, pues éstos no pueden librarse de la condenación

eterna, si en verdad no les pesa del pecado cometido. El Orden aunque no es necesario a cada uno de los fieles,

lo es enteramente a toda la Iglesia. Pero si en los Sacramentos se atiende a la dignidad, con grandes ventajas

sobresale entre todos la Eucaristía, así en santidad como en multitud y grandeza de misterios. Todo esto se

entenderá mejor, cuando en su lugar se explique lo que pertenece a cada Sacramento.

 

XXIII. Quién es el Autor de estos divinos misterios.

278. Ahora resta ver de quién hemos recibido estos sagrados y divinos misterios. Porque no hay duda

que realza mucho la grandeza de una dádiva especialísima, la dignidad y alteza de aquel que la dio. Pero esta

cuestión no puede ser difícil explicarla. Ya que siendo Dios quien hace a los hombres justos, y siendo los

Sacramentos medios maravillosos para conseguir la justicia, es manifiesto que a sólo el mismo Dios en Cristo

se ha de reconocer por autor de la justificación y de los Sacramentos. Además ele esto los Sacramentos tienen

tal virtud y eficacia que penetran hasta lo íntimo del alma. Y siendo propio del poder de sólo Dios introducirse

en los corazones y entendimientos de los hombres, claramente se deja ver que el mismo Dios por Cristo fue

quien instituyó los sacramentos, del mismo modo que se debe creer cierta y constantemente que el mismo Dios

los dispensa interiormente. Pues afirma San Juan que él recibió este testimonio del mismo Dios, cuando dice:

El que me envió a, bautizar, ése fué el que me dijo: Aquel sobre quien vieres descender el Espíritu, y

descansar sobre él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo”.

XXIV. De qué ministros se sirve Dios para dispensar los Sacramentos.

279. Pero aunque Dios sea el autor y dispensador de los Sacramentos, con todo quiso que se administrasen en

su Iglesia no por Ángeles sino por hombres. Y por perpetua y constante tradición de los

santos Padres está confirmado que no es menos necesario para administrar los Sacramentos el oficio de los

ministros que la materia y forma.

 

XXV. La malicia del Ministro no puede impedir la virtud del Sacramento.

280. Y como los Ministros en estas sagradas funciones no representan su persona, sino la de Cristo, de

aquí es que ya sean buenos o malos, como usen de aquella materia y forma que siempre observó la Iglesia Ca-

tólica por institución de Cristo, y propongan hacer lo que hace la Iglesia en su administración, verdaderamente

hacen y confieren los Sacramentos, de manera que nada pueda impedir el fruto de la gracia si no es que

quienes los reciben quieran privarse de tanto bien y poner óbice al Espíritu Santo. Esta fué siempre la doctrina

cierta de la Iglesia, como lo declaró muy bien San Agustín en las disputas que escribió contra los Donatistas.

Y si buscamos también testimonios de las Escrituras, oigamos al Apóstol que habla así: “Yo planté,

Apolo regó, mas Dios dio el crecimiento. Y así ni el que planta es algo, ni el que riega: sino Dios, que es el que

hace crecer y fructificar” . En cuyas palabras se da a entender suficientemente que así como no daña a los

árboles la maldad de aquellos que los plantaron, así tampoco pueden contraer vicio alguno por culpa de los

ministros, los que fueron unidos a Cristo por medio de hombres malos. Por esto, como del Evangelio de San

Juan enseñaron nuestros santos Padres, también bautizó a muchos Judas Iscariote, y de ninguno de ellos

leemos que fuese después rebautizado. De tal modo que San Agustín escribió excelentemente: “Dió Judas el

Bautismo, y no se volvió a dar después de Judas. Dióle Juan, y se reiteró después de Juan. Porque si fué dado

por Judas, era el Bautismo de Cristo, mas el dado por Juan era el de Juan. Con mucha razón, pues,

anteponemos no Judas a Juan, sino el Bautismo de Cristo aun dado por mano de Judas, al Bautismo de Juan

aun dado por mano de Juan”.

 

XXVI. De la gran pureza con que los Sacramentos deben administrarse.

281. Más cuando los Pastores u otros ministros de los Sacramentos oyeren estas cosas, no piensen que

han cumplido con su obligación, si sólo miran a administrarlos legítimamente, y hacen poco caso de la santidad

de costumbres y pureza de conciencia. Pues aunque esto se haya de procurar con gran cuidado, no consiste en

eso todo lo que requiere esta sagrada función. Y por tanto deben tener muy presente que a la verdad no pierden

los Sacramentos la virtud divina que encierran en sí, pero acarrean la perdición y muerte eterna a los que les

administran indignamente. Porque las cosas santas, como ya se ha dicho una y otra vez, y conviene repetirlo

muchas, deben tratarse santa y religiosamente. Al pecador, como afirma el Profeta, dijo Dios: “¿Por qué tú

enseñas mis justicias, y tomas mi testamento en tu boca, cuando aborreces la enseñanza?”. Pues si a un

hombre manchado con pecados no es lícito tratar de las cosas divinas, ¿cuan enorme no será la maldad de

aquel que sintiéndose reo de muchos delitos, todavía se atreve a celebrar con boca impura los sagrados

misterios, tomarlos en sus manos sacrílegas, tratarlos, darlos y administrarlos a otros? Mayormente diciendo

San Dionisio: “Que a los malos no es permitido ni aun tocar los símbolos”, que así llama él a los Sacramentos.

Procuren, pues, ante todo los ministros de las cosas sagradas la vida santa, lleguen con limpieza a administrar

los sacramentos, y de tal manera se ejerciten en la piedad, que del frecuente trato y uso de ellos, consigan cada

día, con la ayuda de Dios, más abundante gracia.

 

XXVII. De dos principales efectos de los Sacramentos.

282. Expuestas ya estas cosas, se ha de enseñar cuál sea el efecto de los Sacramentos, pues esta doctrina

ilustrará mucho la definición de Sacramento que arriba se dio. Dos son los principales. El primer lugar con

razón le tiene aquella gracia que llamamos justificante, según el nombre usado por los sagrados Doctores. Así

nos lo enseñó claramente el Apóstol cuando dijo: «Que Cristo amó a su Iglesia, y se entregó a sí mismo por

ella para santificarla, limpiándola con el lavatorio del agua con la palabra”. Pero de qué manera se obra

por el Sacramento una maravilla tan grande que, según aquella conocida sentencia de San Agustín, «toque el

agua el cuerpo y lave el corazón» esto ciertamente no se puede entender por la razón e inteligencia humana.

Pues se debe tener por cierto que ninguna cosa sensible por su naturaleza tiene virtud para penetrar el alma.

Pero conocemos por la luz de la fe que en los Sacramentos está la virtud de Dios omnipotente, y que por ella

obran lo que las mismas cosas naturales no podrían hacer por su propia virtud.

 

XXVIII. En el principio de la Iglesia manifestaba, Dios con milagros los efectos de los

Sacramentos.

283. Y para que los fieles nunca tuviesen razón de dudar sobre este efecto, cuando se comenzaron a

administrar los Sacramentos quiso el clementísimo Dios manifestar con milagros lo que obraban

interiormente, para que creyéramos con firme fe que siempre realizan en las almas los mismos efectos, aunque

estén muy lejos de nuestros sentidos. Y así omitiendo el prodigio de haberse abierto los cielos a nuestro

Salvador cuando fue bautizado en el Jordán, y de haber aparecido el Espíritu Santo en figura de paloma para

que entendiésemos que al ser lavados en la saludable fuente se infunde su gracia en nuestras almas; dejando,

pues, esto que más pertenece a la santificación del Bautismo que a su administración ¿por ventura no leemos

que en el día de Pentecostés cuando los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, con el que se hicieron más

prontos y esforzados para predicar la verdad de la fe y exponerse a los peligros por la gloria de Cristo, hecho de

repente entonces un estruendo del cielo como de un viento fuerte que venía con ímpetu se les aparecieron di-

versas lenguas como de fuego? Pues con esto entendemos que por el Sacramento de la Confirmación se nos da

el mismo Espíritu, y se nos añaden tales fuerzas, que con ellas podamos pelear y resistir fuertemente, a la

carne, al mundo y al demonio, perpetuos enemigos nuestros. Y estos milagros se realizaron muchas veces en la

primitiva Iglesia siempre que los Apóstoles administraban los Sacramentos, hasta que ya establecida y

arraigada la fe dejaron de verificarse.

 

XXIX. Cuánto aventajan los Sacramentos de la ley nueva, a los de la antigua.

284. De lo dicho hasta aquí sobre el primer efecto de los Sacramentos que es la gracia santificante,

podemos comprender claramente que los Sacramentos de la nueva ley contienen una virtud más excelente y

sublime que los de la ley antigua, los cuales siendo débiles y estériles elementos, santificaban a los

manchados, purificando solamente la carne, mas no el alma, y así sólo fueron instituidos para ser figuras de

lo que nuestros misterios o Sacramentos hablan de obrar. Mas los Sacramentos de la nueva ley, como salen del

costado de Cristo que por el Espíritu Santo se ofreció a Dios como pura e inmaculada victima, lavan nuestras

conciencias de las obras muertas del pecado para que sirvamos a Dios vivo. De esta suerte por virtud de la

sangre de Cristo causan la misma gracia que significan. Por lo cual si comparamos estos Sacramentos con los

antiguos, hallaremos que no sólo tienen más eficacia, sino que es mayor su utilidad y superior su santidad.

 

XXX. Qué sacramentos imprimen carácter, y qué sea este carácter.

285. El otro efecto de los Sacramentos que no es común a todos, sino propio de sólo tres que son el

Bautismo, Confirmación y Orden, es el carácter que imprimen en el alma. Porque cuando dijo el Apóstol:

«Nos ungió Dios, y nos selló, y dio a nuestras almas el Espíritu Santo en prenda de los bienes que nos tiene

prometidos”, en aquella voz selló describió claramente el carácter cuya propiedad es sellar y marcar alguna

cosa. Y es el carácter como una señal Impresa en el alma que nunca se puede borrar, sino que perpetuamente

se adhiere a ella. De él escribió San Agustín: «¿Por ventura podrán menos los sacramentos cristianos, que esta

corporal divisa con que se distingue el soldado?» Pues ésta no se imprime de nuevo al soldado que vuelve a la

milicia de donde desertó, sino que la antigua se reconoce y aprueba.

 

XXXI. Cuáles son los efectos del carácter, y que los Sacramentos que le imprimen no deben

reiterarse.

286. Los efectos del carácter son así el hacernos aptos para recibir o hacer alguna cosa sagrada, como

distinguirnos de quienes no le tienen. Y así, por el carácter del Bautismo conseguimos ambas cosas, pues por el

nos hacemos capaces de recibir los demás Sacramentos, y se distingue el pueblo fiel de las naciones que viven

sin fe. Lo mismo sucede con el carácter de la Confirmación y Orden ; porque con el primero nos armamos y

prevenimos como soldados de Cristo para confesar y defender públicamente su nombre, y para pelear contra

nuestros perpetuos y espirituales enemigos, y al mismo tiempo nos distinguimos también de los que

recientemente bautizados son como infantes recién nacidos. Mas el segundo tiene por una parte la potestad

de hacer y administrar los Sacramentos, y por otra distingue a los que gozan de esta potestad de los otros fieles.

Por tanto, se ha de retener la regla de la Iglesia Católica, la cual nos enseña que estos tres Sacramentos

imprimen carácter y nunca se han de reiterar. Esto es lo que se habrá de enseñar sobre los Sacramentos en

general.

 

XXXII. Por qué medios lograrán los Pastores que el pueblo venere y use religiosamente de los

Sacramentos.

287. Finalmente, en la explicación de esta materia procurarán los Pastores con la mayor diligencia dos

cosas. La primera es, que entiendan los fieles de cuánto honor, culto y veneración son dignos estos divinos y

celestiales dones. Y la segunda, que pues están dispuestos por el clementísimo Dios para la salud universal de

todos, usen de ellos santa y religiosamente, y que de tal manera ardan en vivos deseos de la perfección cris-

tiana, que si carecieren por algún tiempo del uso provechosísimo, especialmente de la penitencia y Eucaristía,

piensen que han sufrido una gran pérdida. Fácilmente podrán los Pastores conseguir esto si inculcan muchas

veces a los fieles lo que se ha dicho acerca de la divinidad y frutos de los Sacramentos. Primero que han sido

instituidos por nuestro Salvador y Señor de quien no puede provenir nuda que no sea perfectísimo. Además de

esto, cuando se administran, se muestra prontamente el eficacísimo poder del Espíritu Santo, el cual penetra lo

íntimo de nuestros corazones. También que están dotados de una virtud maravillosa y cierta para curar las

almas, comunicándosenos por ellos las inmensas riquezas de la Pasión del Señor. Finalmente, declararán que si

bien todo el edificio cristiano está fundado sobre el firmísimo cimiento de la piedra angular que es Cristo, no

obstante si no se sostiene por todos los lados con la predicación de la palabra divina y uso de los Sacramentos,

es muy de temer que arruinándose en gran parte, perezca del todo. Porque así como hemos recibido la vida por

los Sacramentos, así con este manjar nos alimentamos, conservamos y adelantamos en la vida espiritual.

 

 

EL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Dada la importancia que San Pablo atribuye al Bautismo, ya que en sus epístolas renueva

frecuentemente la memoria de este misterio, pondera su divinidad y pone a nuestra consideración la muerte,

sepultura y resurrección de nuestro Señor para que las imitemos (Rom. 6 3-13; I Cor. 6 11; 12 12; Gal. 3 27; Ef.

5 27.), nunca explicará el párroco suficientemente a los fieles este sacramento. [2] Explíqueselo en aquellos

días más aptos, a saber, en el sábado de Pascua y de Pentecostés, y con ocasión de la administración de este

sacramento ante un gran número de pueblo fiel, pues en esta circunstancia, además de la doctrina, tendrán los

fieles la oportunidad de ver practicadas estas verdades en las ceremonias, y de reflexionar si conducen su vida y

costumbres tal como lo exige la profesión del nombre de cristiano.

Nombre del Bautismo

[3] Bautismo es voz griega que significa ablución. Y aunque en las Escrituras significa cualquier

género de lavatorio (II Esd. 4 23; Is. 14 23; Mc. 7 4 y 8; Heb. 9 10.), y alguna vez se aplica a la Pasión (Mc. 10

38; Lc. 12 50.), pasó a designar entre los Apóstoles y los autores eclesiásticos aquella ablución del cuerpo que

se administra con la forma verbal prescrita a fin de ser un sacramento (Rom. 6 3-4; I Cor. 1 14-17; Ef. 4 15; Gal.

2 12; I Ped. 3 21.). [4] Los Santos Padres usaron también de otros nombres para designar al Bautismo:

Sacramento de la fe, iluminación, purificación, sepultura, plantación, cruz de Cristo, principio de los

santísimos Mandamientos, etc.

Definición del Bautismo

[5] El Bautismo es el sacramento de la regeneración (Jn. 3 5.) por el agua con la palabra (Ef. 5

26.), pues naciendo por naturaleza hijos de ira (Ef. 2 3.), por él renacemos en Cristo hijos de misericordia e

hijos de Dios (Jn. 1 12-13.). [6] Por lo tanto, este sacramento queda realizado con la ablución, a la cual se

añaden necesariamente por institución del Señor nuestro Salvador ciertas palabras; de modo que el agua

bautismal no debe llamarse sacramento del Bautismo sino cuando realmente usamos de ella para bautizar a

alguien, añadiendo al elemento las palabras instituidas por nuestro Señor.

Materia del Bautismo

[7] La materia de este Sacramento es el agua natural, esto es, sin ningún aditamento, ya sea ésta de

mar, de río, de laguna, de pozo o de fuente. Así consta expresamente en la Sagrada Escritura (Jn. 3 5; Ef. 5 26;

I Jn. 5 8.). [8] Mas cuando San Juan Bautista anuncia que el Salvador debía bautizar en el Espíritu Santo y en

el fuego (Mt. 3 11.), de ningún modo quiso indicar que el fuego fuese la materia de este sacramento, sino que se

refirió al efecto interior del Espíritu Santo, o al milagro que se verificó en Pentecostés.

[9] Dios había significado la virtud de las aguas del Bautismo mediante figuras y profecías. Así, el

diluvio universal (Gen. 6 5; I Ped. 3 21.), el paso del Mar Rojo (Ex. 14 22; I Cor. 10 1.), el lavamiento del

leproso Naamán (IV Rey. 5 14.), la piscina probática (Jn. 5 2.), fueron figuras claras de este Sacramento;

igualmente, Isaías invita a las aguas del Bautismo a todos los que tengan sed (Is. 55 1.), Ezequiel ve las aguas

bautismales que brotan del Templo (Ez. 47 1.), y Zacarías anuncia esta fuente abierta para la casa de David a

fin de que en ella lave sus culpas (Zac. 13 1.).

[10] Fue muy conforme que Dios utilizase el agua como materia de este Sacramento, por dos razones

principales: • la primera, porque siendo este sacramento necesario a todos para la salvación eterna, su

elemento ha de ser tan común, que pueda hallarse fácilmente en todas partes; • la segunda, porque es el que

mejor demuestra la virtud del Bautismo, que lava nuestras almas de sus pecados y mitiga el ardor de las

pasiones. [11] Sin embargo, el agua pura es sólo materia válida; para su licitud fuera del caso de necesidad se

requiere en el agua que esté mezclada con algunas gotas del santo Crisma, con el cual se manifiesta mejor el

efecto del Bautismo.

Forma del Bautismo

[12] Es necesario que los fieles estén bien instruidos sobre todo lo que concierne la naturaleza de este

sacramento, pues además de deleitar mucho a sus almas el conocimiento de estas verdades divinas, puede

serles necesario para administrar ellos mismos, en caso de necesidad, el santo Bautismo. Para lo cual deben

conocer sobre todo la forma de bautizar.

[13] La forma del bautismo es la siguiente: Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del

Espíritu Santo, como se deduce del mandato de nuestro Señor a sus Apóstoles antes de subir a los cielos (Mt.

28 19.). En esta forma se expresan convenientemente: • el ministro que bautiza: yo; • el sujeto del bautismo:

te; • el efecto propio del sacramento: bautizo; • la causa principal del bautismo, que son las tres divinas

personas: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La expresión en el nombre manifiesta

claramente la unidad de esencia en Dios.

[14] Algunas palabras son absolutamente necesarias para la validez del Bautismo; otras, sin embargo,

no son tan necesarias que su falta lo haga inválido. Tal es la palabra yo, que se contiene en la palabra bautizo.

De este modo, las Iglesias de los griegos suelen bautizar con las palabras: Sea bautizado el siervo de Cristo en

el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, con las cuales se expresa también suficientemente cuanto

corresponde a la verdad del Bautismo.

[15-16] Si se objeta que en algún tiempo los Apóstoles bautizaron en el nombre de sólo nuestro Señor

Jesucristo (Act. 2 38; 8 16; 10 48.), puede contestarse: • o que obraron así por especial inspiración del Espíritu

Santo, a fin de manifestar mejor la divinidad y poder de Jesucristo, y que no falta en dicha forma ninguna de

las partes que el Salvador instituyó; • o que por bautismo en nombre de Jesucristo hay que entender el

bautismo en la fe de Cristo (Gal. 3 27.), pero de ningún modo que los Apóstoles hubiesen utilizado otra forma

que la usual, que contiene distintamente los nombres de las tres divinas Personas.

Administración del Bautismo

[17] Según la costumbre y el uso de la Iglesia, el Bautismo puede administrarse de tres maneras: • por

inmersión (sumergiendo al bautizando en el agua); • por aspersión (rociándolo con agua); • por ablución

(derramando agua sobre su cabeza). Cualquiera de estos tres ritos que se utilice hace verdadero Bautismo,

aunque la Iglesia lo administra hoy ordinariamente por ablución.

[19] No se debe derramar el agua sobre cualquier parte del cuerpo, sino sobre la cabeza, pues en ella se

manifiestan con vigor todos los sentidos, tanto internos como externos. Asimismo, quien bautiza debe

derramar el agua sobre la cabeza al mismo tiempo que pronuncia las palabras que contienen la forma. [18] No

afecta a la validez del Bautismo que se haga una o tres abluciones; de ambos modos se administró en la Iglesia.

Sin embargo, cada fiel debe atenerse al rito que se observa en su Iglesia (el Ritual manda hoy tres abluciones).

Institución del Bautismo

Deben notarse dos tiempos diversos del Bautismo: el de su institución y el de su obligación de recibirlo.

[20] 1º Su institución tuvo lugar cuando, al ser bautizado nuestro Señor por San Juan Bautista (Mt. 3

16.), dio al agua la virtud de santificar. En efecto, en ese momento: • con el contacto del purísimo cuerpo del

Salvador, las aguas quedaron purificadas y consagradas para el uso saludable del Bautismo (aunque reciben su

virtud y eficacia de la Pasión del Salvador); • se manifestó toda la Trinidad, pues se oyó la voz del Padre, el Hijo

estaba ahí presente, y el Espíritu Santo descendió sobre El en forma de paloma; • y se abrieron los cielos,

adonde podemos subir ya por el Bautismo (Mt. 3 17; Mc. 1 10-11; Lc. 3 21.).

[21] 2º El momento de la obligación de recibir el Bautismo, comenzó después de la resurrección de

nuestro Señor, cuando mandó a los Apóstoles: «Id e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre

del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt. 28 19.).

[22] Si los párrocos explican con cuidado estas cosas a los fieles, especialmente si comprenden éstos

que el Bautismo produce en su alma los mismos dones que se manifestaron de manera extraordinaria en el

bautismo de Cristo, no hay duda de que reconocerán en este sacramento una muy alta dignidad, y lo venerarán

con gran espíritu de piedad.

Ministros del Bautismo

[23] Hay tres órdenes de ministros del Bautismo:

1º El primero es el ministro ordinario, entre los que se cuentan los obispos y los sacerdotes, los

cuales pueden administrar este Sacramento por derecho propio (si bien los obispos solieron dejar a los

sacerdotes este ministerio, para no abandonar ellos el cuidado más grave de enseñar al pueblo; con todo, se

reservan a veces la administración de este sacramento con ceremonias solemnes en ciertos días del año).

2º El segundo es el de los ministros extraordinarios, que ocupan los diáconos, los cuales sólo

pueden administrar este sacramento con el permiso del obispo o del sacerdote.

[24] 3º El tercero es el de los ministros en caso de necesidad, que pueden administrar el sa-

cramento sin ceremonia solemne, en cuyo número entran todos, hombres como mujeres, católicos como

infieles, con tal que quieran hacer lo que la Iglesia Católica hace al administrar este sacramento. El Concilio de

Trento anatematiza a los que digan que el bautismo administrado por herejes con la debida forma y la

intención de hacer lo que hace la Iglesia, no es verdadero Bautismo. En lo cual vemos la gran bondad y

sabiduría de Dios, que así como quiso que el elemento de este sacramento fuese el más común, por su

necesidad para la salvación, quiso también que en caso de necesidad cualquier persona pudiese administrarlo.

[25] Sin embargo es conveniente establecer cierto orden entre estos ministros: el sacerdote debe preferirse al

diácono, el diácono al clérigo, el clérigo al seglar, el hombre a la mujer (a no ser que la mujer conozca mejor el

modo de bautizar), el fiel al infiel.

Padrinos del Bautismo

Por costumbre antiquísima (que parece remontarse a San Higinio Papa, a mitad del siglo II), se

requieren en el bautismo solemne, además del ministro, los padrinos o fiadores.

[26] 1º Causa que movió a buscar padrinos de Bautismo. — Teniendo en cuenta que el

Bautismo es la regeneración espiritual por la cual nacemos hijos de Dios, pareció conveniente tener un ayo

espiritual, que se encargue de la instrucción del bautizado en la doctrina cristiana y buenas obras, hasta que

llegue a ser varón perfecto, al modo como los recién nacidos tienen sus ayos y tutores que los instruyen en la

doctrina y buenas artes. Estos tenían que diferenciarse de los padres carnales y de los ayos de la vida corporal,

para distinguir la educación espiritual de la carnal.

[27] 2º Parentesco espiritual que contraen los padrinos. — Por ese motivo, los padrinos y el

que bautiza contraen parentesco espiritual con el bautizado y con los padres de éste, de modo que no puede

celebrarse legítimo matrimonio entre ellos, siendo nulos los celebrados.

[28] 3º Deberes de los padrinos. — Por este cargo están los padrinos especialmente obligados a

tener siempre bajo su cuidado a los hijos espirituales en las cosas que miran a la instrucción de la vida

cristiana, haciendo con oportunas amonestaciones que el apadrinado, cuando llegue al uso de razón, renuncie a

sus enemigos, profese y practique las cosas divinas que en su nombre prometieron, guarde castidad, ame la

justicia, practique la caridad, y aprenda ante todo el Credo, el Padrenuestro, el Decálogo y los rudimentos de la

religión cristiana.

[29] 4º Quién puede ser padrino. — Están excluidos de ese cargo: • los padres naturales, para que

se vea cuánto se diferencia la educación espiritual de la carnal; • los herejes, judíos e infieles, porque de

continuo sólo piensan en destruir la religión cristiana; • y todos aquellos que no quieran desempeñar este oficio

con responsabilidad y fidelidad.

[30] 5º Número de padrinos. — Debe ser uno solo, hombre o mujer, o a lo sumo uno y una; para no

perturbar el orden de la educación, y no multiplicar demasiado los parentescos espirituales que impedirían que

la sociedad humana se propague más por el legítimo vínculo del matrimonio.

Necesidad del Bautismo

[31] La ley del Bautismo ha sido impuesta por Dios a todos los hombres, de modo que si no renacen

para Dios por la gracia del Bautismo, son engendrados por sus padres para la muerte eterna: «Quien no

renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn. 3 5.).

[32] 1º El bautismo de los niños. — La Iglesia ha recibido por tradición apostólica la costumbre de

bautizar, no sólo a los adultos, sino también a los niños en la infancia. Esta costumbre tiene serios

fundamentos: • no es de creer que nuestro Señor negase este sacramento a los niños después de decir que no se

impida a los niños que vengan a El (Mt. 19 14.); • igualmente, San Pablo, al bautizar a toda una familia en

Corinto, debió bautizar también a los niños que en ella había (I Cor. 1 16.); • además, la circuncisión, que era

figura del Bautismo, se imponía a los niños en su octavo día (Gen. 17 11; Lev. 12 3; Lc. 1 59.); por eso, no es

menos saludable el Bautismo a quienes era saludable la circuncisión (Ef. 2 11; Col. 2 11.); • finalmente, como el

bautismo se administra para borrar el pecado original, y como los niños nacen con él, es necesario que los

niños lo reciban para obtener la vida eterna, pues sin el Bautismo no puede de modo alguno obtenerse.

[33] Los niños, en el Bautismo, reciben la gracia de la fe, no porque crean asintiendo con el

entendimiento, sino porque son adornados con la fe de la Iglesia universal.

[34] Débese bautizar a los niños lo antes que se pueda sin peligro, de modo que se hacen reos de grave

culpa quienes privan a los niños del Bautismo más tiempo del que exige la necesidad, pues es el único medio de

que disponen para alcanzar la salvación, y están expuestos a numerosos peligros.

[35] 2º El bautismo de adultos. — La costumbre antigua de la Iglesia sigue una regla diferente con

los que están en edad adulta y tienen perfecto uso de razón.

[36] a) Se les difiere el Bautismo algún tiempo, por los motivos siguientes: • porque no existe en ellos el

peligro que amenaza ciertamente a los niños, ya que el deseo de recibir el bautismo y el arrepentimiento les

basta para alcanzar la justificación si algún caso repentino les impide recibir el Bautismo de agua; • porque así

la Iglesia se asegura de las buenas disposiciones del que pide el Bautismo, a fin de que nadie se acerque a él por

simulación; • para instruirse con más perfección en los preceptos de la fe que deben profesar, y en las

costumbres de la vida cristiana; • y para dar al sacramento mayor culto religioso (vgr. los días de Pascua y

Pentecostés).

[35] b) Una vez convertidos a Dios, se los exhorta a no dilatar la recepción del Bautismo,

enseñándoles: • que la conversión perfecta consiste en ser regenerados por este sacramento; • que cuanto más

tarden en recibirlo, por más tiempo se verán privados de los demás sacramentos; • igualmente, que se privan

de la divina gracia con que el Bautismo nos adorna, con cuyo auxilio podremos evitar los pecados y conservar la

justicia y la inocencia.

[37] c) Cuando hay causa necesaria y justa (vgr. si amenaza peligro de muerte, o el bautizando ya

conoce bien los misterios de la fe) se les puede administrar el Bautismo sin dilación alguna, como hicieron

San Felipe con el eunuco etíope (Act. 8 38.) y San Pedro con Cornelio (Act. 10 48.).

Disposiciones requeridas para recibir el Bautismo

[38] 1º Ante todo, es necesario querer recibir el Bautismo libre y espontáneamente, pues por él uno

muere al pecado y se obliga a adoptar un nuevo orden y método de vida (Rom. 6 2.). ¿Qué pasa entonces con

los niños y los dementes? • En cuanto a los primeros, los niños, tienen la voluntad de recibir el Bautismo que

les presta la Iglesia al responder por ellos. [39] • En cuanto a los segundos, los dementes, hay que distinguir: si

son dementes perpetuos, deben ser bautizados al igual que los niños; pero si fueron personas con uso de razón

que cayeron luego en la demencia, sólo pueden ser bautizados mientras están lúcidos, si manifiestan ese deseo,

pero no durante el tiempo de su demencia, salvo en peligro de muerte; incluso en ese caso, sólo pueden ser

bautizados si manifestaron ese deseo antes de caer en la demencia.

[40] 2º Se requiere también la fe en quienes tienen uso de razón: «El que creyere y se bautizare se

salvará» (Mc. 16 16.).

3º Finalmente, se requiere el arrepentimiento de los pecados pasados y el propósito de

cambiar de vida en adelante; pues el Bautismo nos impone la obligación de morir al pecado y de andar en

novedad de vida viviendo para Dios (Act. 2 38; Rom. 6 11; Gal. 3 27.).

[41] Si los fieles meditan estas cosas, admirarán la suma bondad de Dios por el admirable beneficio del

Bautismo, y comprenderán cuán limpio de todo pecado debe estar la vida de quien recibió tan rico don, y

cuánto deben procurar vivir justa y santamente, como si en cada momento recibieran dicho sacramento.

Efectos del Bautismo

[42] 1º Este sacramento remite y perdona todo pecado, así el de origen cometido por nuestros

primeros padres, como el cometido por nosotros mismos, cualquiera que sea su gravedad. Así lo enseñan la

Sagrada Escritura (Ez. 36 25; I Cor. 6 11.), los Santos Padres y el Concilio de Trento bajo anatema para quien

afirme lo contrario. [43] Y aunque el Bautismo deja en nosotros la concupiscencia o apetito del alma contrario

a la razón, éste no tiene verdadera razón de pecado; pues este movimiento, para ser pecado, ha de traer consigo

el consentimiento de la voluntad.

[44] En la historia del leproso Naamán tenemos una figura patente de este primer efecto del Bautismo,

cuando, al lavarse siete veces en el Jordán, quedó tan limpio de la lepra que su cuerpo parecía el cuerpo de un

niño (IV Rey. 5 14.).

139[45, 47] 2º El Bautismo condona todas las penas de los pecados, esto es, de las penas que

delante de Dios deberíamos pagar por nuestros pecados tanto en esta vida como en la otra. Por eso, imponer al

recién bautizado las penitencias u obras satisfactorias, sería hacer grave injuria al sacramento. [46] Sin

embargo el bautizado no queda libre de las penas que tal vez debe pagar ante la sociedad por los crímenes

cometidos; aunque sería digno de alabanza que los reyes, para mejor manifestar la gloria de este sacramento,

perdonasen y condonasen también esta pena a los reos.

[48] El bautizado no queda libre tampoco de las penalidades de esta vida, que son consecuencia, no ya

del pecado, sino de la privación de la justicia original, tales como la debilidad de nuestro cuerpo, las

enfermedades, el dolor y los movimientos de la concupiscencia; y ello, por tres razones: • la primera, para

imitar mejor a Jesucristo, nuestra Cabeza, el cual, teniendo la plenitud de la gracia desde su concepción, quiso

a pesar de todo asumir todas las fragilidades y sufrimientos de nuestra naturaleza; • la segunda, para que

tengamos en ellas materia abundante de virtud y de mérito para el cielo: de modo parecido se portó Dios con

el pueblo hebreo, pues después de haberlos sacado con gran poder de Egipto, no los introdujo enseguida en la

tierra de promisión (Ex. 14 24.), sino que los probó con muchos y variados acontecimientos; • la tercera, para

que la gente no recibiera el Bautismo buscando sólo las comodidades de la vida presente, que se conseguirían

con la perfecta integridad, más que la gloria de la vida futura.

[49] No por eso deja de tener el bautizado, en medio de las penalidades de esta vida, motivos de gozo y

placer profundo: saberse unido con Cristo (Jn. 15 5.), ayudarle a llevar la cruz, buscar el premio prometido por

Dios al vencedor (Fil. 3 14.), obteniendo así unos la aureola de la virginidad (Apoc. 14 4.), otros la corona de la

predicación (Dan. 12 3.), otros la palma del martirio (Apoc. 7 9.), otros el premio de sus virtudes.

[50] 3º El Bautismo confiere al alma la divina gracia, con la cual queda justificada (I Jn. 3 7.),

hecha hija de Dios (Jn. 1 12.) y heredera del cielo (Rom. 8 17.), y adquiere una hermosura divina a los ojos de

Dios (Ef. 5 26.).

[51] 4º Juntamente con la gracia, infunde en el alma todas las virtudes, que son el séquito

inseparable de la gracia. [53] Sin embargo, nadie debe extrañarse de que nos cueste tanto su ejercicio, y de que

haya tanto descuido entre los cristianos: pues ello no procede de que no se nos den por la bondad de Dios las

virtudes, sino de la lucha vivísima contra la concupiscencia que el Bautismo deja. No se desaliente por ello el

cristiano, sino que confíe en que, por el ejercicio diario de las virtudes, se nos hará fácil y amable lo que ahora

es arduo y penoso.

[52] 5º El Bautismo nos incorpora a Cristo como miembros a su Cabeza. Por consiguiente,

así como de la cabeza procede la fuerza, que mueve todas las partes del cuerpo a ejecutar debidamente sus

propias funciones, así también de la plenitud de Cristo se difunde la gracia divina sobre todos los justificados

(Jn. 1 16.).

[54] 6º El Bautismo imprime en nuestras almas un carácter, esto es, una señal imborrable que

nunca desaparece del alma. [55] Este carácter imborrable es el que impide reiterar de nuevo el Bautismo. En

efecto, así como sólo se nace una vez, así también sólo se puede ser engendrado espiritualmente una vez. Por

eso San Pablo afirma que hay una sola Fe, un solo Señor y un solo Bautismo (Ef. 4 5.), y que Cristo sólo murió

una vez (Rom. 6 10.); y, por lo tanto, también nosotros sólo podemos morir una vez con El al pecado por el

Bautismo. [56] Por eso, cuando la Iglesia reitera un Bautismo bajo condición, de ninguna manera vuelve a

bautizar, sino que sólo asegura la validez de un sacramento dudoso. [57] Pero para administrar el Bautismo

bajo condición sin profanar el sacramento, es necesario que haya una duda seria de la validez del Bautismo ya

realizado, y que esa duda persista después de las oportunas investigaciones.

[58] 7º Finalmente, el Bautismo abre las puertas del cielo, cerradas por el primer pecado. En

efecto, se obra en nosotros lo mismo que tuvo lugar en el Bautismo del Salvador: se comunican al bautizado los

dones del Espíritu Santo, que desciende sobre él, y se abren los cielos (Mt. 3 16; Mc. 1 10; Lc. 3 22.), aunque no

para entrar enseguida después del Bautismo, sino después de esta vida de prueba.

Ceremonias del Bautismo

[59] Es necesario que los fieles entiendan las ceremonias del Bautismo, porque éstas tienen la finalidad

de poner a la vista la significación de las cosas que se hacen en el sacramento. Por lo cual hay que tener una

gran veneración hacia dichas ceremonias, con las cuales se administra el sacramento con más devoción, se

expresan mejor los altísimos dones que el sacramento encierra, y se imprime mejor en las almas de los fieles los

inmensos beneficios de Dios.

140[60] Todas las ceremonias o ritos de que usa la Iglesia en la administración del Bautismo deben

reducirse a tres clases: las que se hacen antes de llegarse a la pila bautismal, las que se hacen en llegando a la

pila, y las que se hacen terminado el Bautismo.

1º Oraciones y ceremonias antes de entrar en la iglesia. — [61] • Ante todo, hay que preparar

el agua bautismal, consagrándola por la adición del Santo Crisma; esta preparación del agua no se puede hacer

en cualquier tiempo, sino sólo en los días solemnes de Pascua y Pentecostés, a no ser que la necesidad obligue a

hacerlo en otro momento. [62] • Quienes han de ser bautizados son conducidos a las puertas de la iglesia,

prohibiéndoseles la entrada hasta que hayan arrojado de sí el yugo de la más infame esclavitud y se hayan

entregado por completo a Jesucristo. [63-64] • Luego el sacerdote pregunta al que va a ser bautizado qué

pide a la Iglesia, a saber, la fe; y por eso, antes de bautizar, el sacerdote debe dar al candidato esa fe que pide, e

instruirlo en ella (Mt. 28 19-20.); por lo cual no debe administrarse el Bautismo sin explicarse antes los

artículos principales de nuestra Religión. Si el que es examinado de la doctrina cristiana fuera adulto,

responderá por sí mismo; si fuera párvulo, los padrinos responderán por él. [65] • Síguese el exorcismo, que es

un conjunto de oraciones sagradas para hacer huir al diablo del alma del que va a ser bautizado, y quebrantar y

debilitar su poder. [66] • Luego se añade sal en la boca del que va a ser bautizado, significando por ella la

profesión de la fe, la liberación de la corrupción del pecado, el sabor de las buenas obras y el deleitarse con el

alimento de la divina Sabiduría. [67] • Se marcan con la señal de la cruz la frente, el pecho y la espalda del

bautizando, para significar su fortalecimiento a fin de entender y cumplir los divinos preceptos. [68]

Finalmente, se untan con saliva su nariz y sus oídos, imitando a nuestro Señor en la curación de un ciego

(Jn. 9 7.), para significar la virtud del Bautismo, que da luz a nuestra inteligencia y abre nuestro oído a los

preceptos de Dios.

2º Oraciones y ceremonias después de entrar en la iglesia. — [69] • El bautizando renuncia a

Satanás, a sus pompas y a sus obras; pues el que quiere alistarse por el Bautismo en la milicia de Cristo, ha de

prometer antes renunciar al diablo y al mundo, y aborrecerlos como al más horrible enemigo. [70] • Acto

seguido se le unge el pecho y la espalda con el óleo de los catecúmenos; el pecho, para que deseche el error y la

ignorancia y abrace la verdadera fe; la espalda, para que sacuda la torpeza y practique las buenas obras, ya que

la fe sin obras está muerta (Sant. 2 26.). [71] • Luego el bautizando hace la profesión de fe con solemne respeto.

[72] • Finalmente, se le pregunta si quiere ser bautizado, para que nadie se agregue entre los soldados de

nuestro Señor sino de forma voluntaria, a fin de que consiga la eterna salvación cumpliendo libremente los

preceptos; y se le bautiza en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

3º Oraciones y ceremonias después del Bautismo. — [73] • El sacerdote unge con el Crisma la

coronilla del bautizado, para que entienda que desde ese día está unido a Cristo como un miembro a su cabeza.

[74] • Luego se impone al bautizado una vestidura blanca (o se reviste de ella si es adulto), para significar tres

cosas: la gloria de la resurrección, para la cual nacemos por el Bautismo; la hermosura del alma recién

justificada; y la inocencia y santidad que debe guardar el bautizado durante toda su vida. [75] • A continuación

se le pone en la mano una vela encendida, símbolo de la fe recibida en el Bautismo, y que debe conservarse y

aumentarse con la práctica de las buenas obras. [76] • Por último, se impone al bautizado un nombre de Santo,

por dos motivos principales: el primero, para que tenga un modelo que imitar en santidad y virtud; el segundo,

para que este Santo sea su abogado, tanto en la vida espiritual como en la corporal. De donde se deduce cuán

mal obran los que quieren poner a sus hijos nombres de gentiles, y sobre todo de los que fueron más perversos,

como si se deleitasen en el recuerdo y en la mención de nombres impíos.

[77] Con todo lo hasta aquí expuesto se han tocado todos los principales puntos que deben co-

nocerse sobre el Sacramento del Bautismo. Todas estas cosas deben enseñar los párrocos a los fieles,

con el fin de que se ocupen en su meditación y aprecio, cumplan lo que santamente prometieron al bautizarse,

y lleven el género de vida que conviene a la profesión del nombre de cristiano.

 

CAPÍTULO II

DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO

I. La doctrina del Bautismo debe inculcarse con frecuencia al pueblo.

288. Por lo que se ha dicho acerca de los Sacramentos en general, se puede conocer cuan necesario sea

ya para entender la doctrina de la religión cristiana y ejercitar la piedad, conocer lo que para cada Sacramento

en particular propone la Iglesia Católica a nuestra fe. Ahora bien, el que atentamente leyere al Apóstol no

podrá menos de confesar que el conocimiento perfecto del Bautismo es muy necesario a los fieles. Se

convencerá de esto por la frecuencia y gravedad de palabras llenas del Espíritu de Dios con las cuales el Santo

renueva la memoria de este misterio, recomienda su divina virtud, y propone a nuestra consideración con él la

muerte, sepultura y resurrección del Redentor, así para contemplarlas como para imitarlas. Por tanto, nunca

piensen los Pastores que han trabajado bastante en la explicación de este Sacramento.

 

II. En qué tiempos especialmente tratarán los Párrocos del Bautismo.

289. Además de aquellos días en los cuales especialmente se debieran, según costumbre de nuestros

mayores, explicar los misterios del Bautismo, a saber: el Sábado grande de la Pascua y el de Pentecostés, que

son los tiempos en que la Iglesia acostumbró celebrar este Sacramento con suma religión y gravísimas

ceremonias, se aprovecharán también de las ocasiones, que en otros cualesquiera días se ofreciesen para tratar

de esta materia. Y una de ellas muy oportuna será, cuando al tiempo de administrar el Bautismo a alguno,

advirtieren haber concurrido mucha gente del pueblo. Porque entonces es más fácil instruirlo, si no se puede en

todo lo que pertenece a este Sacramento, a lo menos en uno u otro, pues al mismo tiempo que oyen los fieles las

enseñanzas de estas cosas y las contemplan con piedad y atención, las ven expresadas en las sagradas

ceremonias del Bautismo. Y de aquí también resultará, que advertido cada uno por lo que ve practicarse en

otro, se acuerde de la promesa con que él se obligó a Dios cuando fue bautizado, y piense al propio tiempo si se

muestra tal en su vida y costumbres, cual promete la misma profesión del nombre cristiano. Mas para que se

explique con claridad lo que sobre este Sacramento se ha de enseñar, es menester exponer cual se la naturaleza

y esencia del Bautismo, declarando primero la significación de su nombre.

 

III. Qué significa el nombre de Bautismo.

290. Nadie ignora que esta voz bautismo es nombre griego. Y aunque en las sagradas letras no sólo

significa aquella ablución que va unida con el Sacramento, sino cualquiera género de lavatorio, el cual alguna

vez también se aplicó para significar la pasión, con todo en los escritores de la Iglesia no declara cualquier

ablución corporal, sino la que se junta con el Sacramento, y que se administra con la debida forma de palabras.

Y de esta significación usaron con mucha frecuencia los Apóstoles según la institución de Cristo Señor

nuestro.

 

IV. De otros varios nombres con que los santos Padres llamaron al Bautismo.

291. También se valieron los santos Padres de otros nombres para significar este Sacramento.

Llamáronle Sacramento de la fe, como lo afirma S. Agustín, por cuanto aquellos que le reciben abrazan toda la

fe de la religión cristiana. Otros le llamaron iluminación, por iluminarse nuestros corazones con la fe que

profesamos en el Bautismo; pues aun el Apóstol dice así: “Traed a la memoria los días antiguos, en los que

iluminados, sufristeis un recio combate de persecuciones”, señalando el tiempo en que fueron bautizados.

Además de esto San Crisóstomo en una homilía a los que habían de ser bautizados, le llama ya Expurgación

porque por el Bautismo somos limpiados de la levadura antigua para que seamos nueva masa, ya sepultura, ya

plantación, ya Cruz de Cristo. Y la razón de todos estos nombres se puede colegir de la Epístola del Apóstol a

los Romanos. San Dionisio le llamó principio de los mandamientos santísimos. Y la razón es clara; pues este

Sacramento es como la puerta por donde entramos en la compañía de la vida cristiana, y por él empezamos a

obedecer a los divinos preceptos. Esto es lo que brevemente se ha de explicar sobre el nombre.

 

V. Definición del Bautismo.

292. Respecto a la definición del Bautismo, aunque se podrían aducir muchas de los escritores sagrados,

parece más propia y exacta la que se deduce de las palabras del Señor en San Juan, y del Apóstol a los de Efeso.

Porque diciendo el Señor: ―El que no renaciere del agua, y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de

Dios”532; y el Apóstol hablando de la iglesia: “Limpiándola con el lavatorio del agua por la palabra”, síguese

que debida y propiamente se define el Bautismo diciendo que es: “Sacramento de regeneración por el agua, en

la palabra”. Porque por naturaleza nacemos de Adán hijos de ira, más por el Bautismo renacemos en Cristo

hijos de misericordia. Pues dio potestad a los hombres de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su

nombre, los cuales han nacido no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

 

VI. De qué modo se realiza este sacramento.

293. Mas explíquese la naturaleza del Bautismo con las palabras que se quiera, se ha de enseñar al

pueblo que este sacramento se hace por ablución, a la que como ordenó nuestro Señor y Salvador, se añaden

necesariamente ciertas y solemnes palabras, como siempre lo enseñaron los Padres, y se demuestra por aquel

testimonio clarísimo de San Agustín: “Júntase la palabra, al elemento, y se hace Sacramento”. Y esto debe

advertirse con todo cuidado, porque no piensen los fieles lo que vulgarmente se suele decir: que el Sacramento

es el agua que se guarda en la sagrada pila para administrar el Bautismo. Porque sólo entonces se debe decir

Sacramento del Bautismo, cuando en realidad usamos del agua para lavar a alguno diciendo las palabras que

Cristo instituyó. Y porque ya dijimos al tratar de los Sacramentos en general, que cada uno de ellos constaba de

materia y forma, por eso declararán los Pastores cual sea una y otra en el Bautismo.

 

VII. Cual sea la materia propia del Bautismo.

294. La materia, pues, o elemento de este Sacramento es todo género de agua natural, sea de mar, de

río, de laguna, de pozo o de fuente que sin añadidura se suele decir agua. Pues nuestro Salvador enseñó: “El

que no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino de Dios”. Y el Apóstol dice: “Que

fué purificada la Iglesia con el lavatorio del agua”. En la epístola de San Juan leemos: “Tres son los que dan

testimonio en la tierra, el espíritu, el agua y la sangre”. Y se prueba también esto con otros testimonios de

las sagradas letras.

 

VIII. Se expone el lugar de San Mateo sobre el Bautismo de fuego.

295. Lo que dijo San Juan Bautista “que había de venir el Señor, quien bautizarla en el Espíritu Santo y

con el fuego”, esto no debe entenderse ciertamente de la materia del Bautismo, sino que debe referirse o al

efecto interior del Espíritu Santo, o por lo menos al milagro que apareció el día de Pentecostés cuando bajó del

cielo el Espíritu Santo sobre los Apóstoles en figura de fuego, el cual predijo Cristo Señor en otro lugar

diciendo: “Juan a la verdad bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo, no después

de muchos días”.

 

IX. Figuras y profecías que mostraron la virtud de las aguas del Bautismo.

296. Esta misma verdad hallamos también significada en las divinas Escrituras con varias figuras y

oráculos de los Profetas. Porque el Príncipe de los Apóstoles declara en la primera carta que el diluvio, el

cual purificó el mundo por ser mucha la malicia de los hombres sobre la tierra, y estar entregadas al mal todas

sus atenciones, fué figura y representación de esta agua del Bautismo. Y San Pablo escribiendo a los de

Corinto declaró que el tránsito de los hijos de Israel por el mar Rojo, significaba esta misma agua. Y

finalmente pasamos por alto la ablución de Naaman Siró, como la maravillosa virtud de la piscina

probática, y tras muchas figuras, las cuales manifiestamente representan este misterio.

En orden a las profecías nadie puede dudar que aquellas aguas a que tan generosamente convida el

Profeta Isaías a todos los sedientos, y las que Ezequiel vio en espíritu salir del templo, como igualmente

aquella fuente que profetizó Zacarías estaría preparada a la casa de David, y a los moradores de Jerusalén

para ablución de pecadores y mujeres inmundas, es claro que nos indican y manifiestan la saludable agua del

Bautismo.

 

X. Por qué instituyó Cristo el agua por materia, del Bautismo.

297. Cuan conforme fué a la naturaleza y virtud del Bautismo que tuviese el agua por su propia materia,

lo demuestra San Jerónimo con muchas razones escribiendo a Océano. Mas por lo que se refiere a esta materia

podrán los Pastores enseñar primeramente que como este Sacramento es necesario a todos sin excepción al-

guna para conseguir la vida eterna, por esto fue materia muy propia el agua que siempre está a mano, y todos la

pueden hallar fácilmente. Además de esto el agua significa con mucha propiedad los efectos del Bautismo:

porque así como el agua lava las manchas, así nos muestra muy bien la virtud y eficacia del Bautismo, por el

cual se lavan las Inmundicias de los pecados.

 

XI. Por qué al agua natural se añade el Crisma.

298. Pero debe advertirse que si bien el agua pura sin otra mezcla alguna sea materia válida para

conferir este Sacramento, cuando ocurriere la necesidad de tenerle que administrar, con todo siempre se

observó en la Iglesia Católica por tradición de los Apóstoles que al conferirse el Bautismo con ceremonias

solemnes, se añada el sagrado Crisma, con lo cual es manifiesto que se declara mejor el efecto del Bautismo. Y

también se debe enseñar al pueblo, que si bien alguna vez puede ser incierto si esta o aquella agua es verdadera

como la requiere el Bautismo, con todo siempre se ha de tener por cosa cierta, que nunca se puede por razón

ninguna conferir el Bautismo prescindiendo del agua natural.

 

XII. Debe explicarse a todos claramente la forma del Bautismo.

299. Explicada ya con todo cuidado una de las dos partes de que consta el Bautismo, que es la materia,

procurarán los Pastores enseñar con la misma diligencia la forma, que es la otra parte del mismo, y muy

necesaria. Y adviertan que deben procurar con el mayor cuidado y desvelo la explicación de este Sacramento,

no sólo porque el conocimiento de tan santo misterio puede por sí mismo contentar en gran manera a los fieles,

lo cual acontece generalmente siempre que se entienden las cosas divinas, sino también porque es muy

importante para casos que ocurren casi cada día. Porque como frecuentemente sucede que es menester

administren el Bautismo no solamente otros cualesquiera del pueblo, sino aun muchas veces mujercillas, como

más claramente se dirá en su lugar, sigúese que todos los fieles de ambos sexos deben estar bien instruidos en

lo que pertenece a la sustancia de este Sacramento.

 

XIII. Cuál es la forma cabal y perfecta de este Sacramento.

300. Enseñarán, pues, los Pastores palabras claras y sencillas que fácilmente puedan entenderlas todos,

que la forma perfecta y exacta del Bautismo es ésta: “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del

Espíritu Santo”. Porque así lo enseñó nuestro Señor y Salvador, cuando según San Mateo mandó a los

Apóstoles: “Id, y enseñad a, todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu

Santo”. Por aquella palabra bautizándolas entendió muy bien la Iglesia Católica divinamente instruida, que

en la forma de este Sacramento se debía expresar la acción del ministro, lo cual se hace al decir: Yo te bautizo.

Y porque además del ministro se debía declarar también así la persona que es bautizada como la causa

principal que hace el Bautismo, por eso se añadió aquel pronombre te, y los nombres distintos de las Personas

divinas, de manera que la forma cumplida del Bautismo está contenida en esas palabras preferidas: “Yo le

bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Porque no solamente la Persona del Hijo, de

quien escribió San Juan: “Este es el que bautiza”, sino todas las Personas de la Santísima Trinidad, juntamente

concurren a obrar el Sacramento del Bautismo. Y decir en el nombre, y no en los nombres declara

expresamente ser una sola la naturaleza y divinidad de la Trinidad. Porque la voz nombre en este lugar no se

refiere a las Personas, sino que significa la sustancia, virtud y potestad divina que es una misma en todas tres

Personas.

 

XIV. En la forma del Bautismo no todas las palabras son igualmente necesarias.

301. Pero en esta misma forma, que acabamos de indicar es entera y perfecta, ha de observarse que hay

unas palabras del todo necesarias sin las cuales de ningún modo se puede hacer el Sacramento, y otras no tan

necesarias, y así aunque faltaran, podría subsistir el Sacramento. Como la palabra Yo cuya virtud se condene en

el verbo bautizo. Aun en las iglesias de los griegos fué costumbre omitirla variando el modo de decir, pues

juzgaron que no era menester hacer mención alguna del ministro. Así, la forma de que ordinariamente usan es

ésta: “Se bautiza el siervo de Cristo, en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Y no obstante

consta por definición y sentencia del Concilio Florentino que ellos administran perfectamente el Sacramento,

porque con estas palabras se explica de un modo suficiente lo que es necesario para verdadero Bautismo, que

es la ablución que entonces realmente se hace.

 

XV. De qué modo hayan bautizado los Apóstoles en nombre de Cristo.

302. Y si se hubiese de decir que también por algún tiempo bautizaron los Apóstoles en sólo el nombre

de nuestro Señor Jesucristo, esto sin duda alguna debemos tener por cierto que lo hicieron movidos por el

Espíritu Santo para que en los principios de la Iglesia se hiciese más ilustre la predicación en el nombre de

Jesucristo, y fuese más celebrada su divina e infinita potestad. Aunque estudiando detenidamente esto,

podremos entender con facilidad que ninguna de las partes que instituyó el mismo Salvador falta en esta

forma, porque quien dice Jesucristo, significa también juntamente la Persona del Padre que le ungió, y la del

Espíritu Santo de que fue ungido.

 

XVI. Es de creer que nunca bautizaron los Apóstoles en el nombre de Cristo, sin expresar las

otras dos Personas.

303. Aunque puede dudarse si los Apóstoles bautizaron a alguno con esta forma, si queremos seguir la

autoridad de los santísimos y gravísimos Padres San Ambrosio y San Basilio, quienes interpretaron el Bautismo

dado en nombre de Jesucristo, diciendo que por este modo de hablar solamente se da a entender que los

Apóstoles bautizaban, no con el Bautismo de San Juan, sino con el de Cristo, aunque sin apartarse jamás de la

común y usada forma que contiene distintamente los nombres de las tres Personas. De este mismo modo de

hablar parece que usó también San Pablo en la Carta a los de Galacia, cuando dijo: “Todos los que habéis sido

bautizados en Cristo, os habéis vestido de Cristo”, queriendo solamente significar que habían sido bautizados

en la fe y Bautismo de Cristo, pero con la misma forma que mandó observa nuestro Señor y Salvador. Y baste

instruir a los fieles en lo que se ha dicho hasta aquí sobre la materia y forma. Esto es lo que señaladamente

pertenece a la substancia del Bautismo.

 

XVII. De qué modo deba hacerse la ablución en este Sacramento.

304. Porque también conviene guardar el modo legítimo de ablución cuando se administra este

Sacramento, por lo mismo enseñarán los Pastores lo que toca a esta parte, explicando brevemente que según

costumbre comúnmente recibida en la Iglesia, de uno de estos tres modos puede administrarse el Bautismo.

Pues los que deben ser bautizados, o son sumergidos en el agua, o se vierte ésta sobre ellos, o son rociados con

ella. Cualquiera de estos tres ritos que se observe ha de creerse que se hace verdadero Bautismo. Porque el agua

se aplica en el Bautismo para significar la limpieza que causa en el alma. Por esto el Apóstol llamó al Bautismo

lavatorio. Y el lavatorio finalmente se hace sumergiendo a uno en el agua, lo cual por mucho tiempo se

observó en la Iglesia desde los primeros siglos, o echándole agua, como se practica ahora generalmente, o

rodándole con olla, como se cree lo hizo San Pedro cuando en un día bautizó a tres mil hombres que

convirtió a la fe verdadera.

 

XVIII. Si se requiere una o tres abluciones.

305. Nada importa que se hagan una o tres abluciones. Pues de una carta que San Gregorio Magno

escribió a San Leandro es bastante manifiesto que de ambos modos se administraba antes en la Iglesia el

Bautismo válidamente, y que se puede también ahora. Pero con todo han de guardar los fieles aquel rito que

cada uno viese se observa en su Iglesia.

 

XIX. Por qué señaladamente se ha de lavar la cabeza.

306. Lo que especialmente conviene advertir es, que se ha de lavar, no cualquier parte del cuerpo sino

principalmente la cabeza, donde residen todos los sentidos internos y externos, pronunciando el que bautiza las

palabras que contienen la forma del Sacramento, no antes o después de la ablución, sino al mismo tiempo que

echa el agua.

 

XX. Cuándo instituyó Cristo el Bautismo.

307. Después de haber declarado esto, convendrá enseñar y recordar a los fieles que el Bautismo, como

también los demás Sacramentos, fué instituido por Cristo Señor nuestro. Esto enseñarán los Pastores muchas

veces, y explicarán que en lo relativo al Bautismo se han de advertir dos tiempos diferentes. Uno cuando el

Salvador le instituyó, y el otro cuando se estableció la obligación de recibirle. Por !o que se refiere al primero,

claramente entendemos que el Señor instituyó este Sacramento cuando al ser bautizado por San Juan, dio al

agua virtud de santificar las almas. Pues aseguran San Gregorio Nacianceno y San Agustín que entonces fué

cuando el agua recibió virtud de reengendrar a los hombres, comunicándoles la vida espiritual. En otra parte

dejó así escrito San Agustín: “Desde que Cristo entró en el agua, desde entonces lava el agua todos los

pecados”. Y en otra: “Es bautizado el Señor, no porque tuviese necesidad, sino para purificar las aguas con el

contacto de su purísima carne, a fin de que tuviesen virtud de lavar”. Y de esto puede ser gran prueba, el ha-

ber declarado entonces la Trinidad Santísima que su Divinidad estaba presente, en cuyo nombre se hace el

Bautismo.

Porque se oyó la voz del Padre, estaba allí la Persona del Hijo y descendió el Espíritu Santo en figura

de paloma, y además de esto se abrieron los cielos, a donde ya podemos subir por el Bautismo. Y si alguna

deseare saber por qué razón dio el Señor a las aguas tan grande y divina virtud, esto a la verdad excede toda

capacidad humana. Lo que podemos alcanzar y es suficiente para nosotros, consiste en que al recibir el Señor el

Bautismo consagró el agua con el contacto de su santísimo y purísimo cuerpo para el saludable uso del

Bautismo, pero de tal suerte que si bien este Sacramento fué instituido antes de la Pasión, con todo siempre se

ha de creer que recibió la virtud y eficacia de la misma Pasión, que era como el fin de todas las acciones de

Cristo.

 

XXI. Cuándo empegó a obligar la ley del Bautismo.

308. Tampoco hay duda alguna sobre lo segundo, es decir, del tiempo en que empezó a obligar la ley del

Bautismo. Porque afirman los escritores sagrados que resucitado el Señor, cuando mandó a los Apóstoles: “Id,

y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, desde

aquel tiempo fué obligatorio el Bautismo para todos los que habían de conseguir la salud eterna. Así se infiere

de la autoridad del Príncipe de los Apóstoles cuando dice: “Nos reengendró dándonos firme esperanza de

conseguir la vida eterna por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos”. Lo mismo nos manifiesta

aquel lugar de San Pablo, en que hablando de la Iglesia, dice: “Se sacrificó por ella. Para santificarla,

limpiándola en el bautismo de agua con la palabra, de vida”. Porque uno y otro parece redujeron la

obligación del Bautismo al tiempo seguido a la muerte del Señor, de manera que no podemos dudar de que

aquellas palabras del Salvador: “El que no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el Reino

de Dios”, se refieren al tiempo después de su Pasión.

 

XXII En cuánta veneración debe tenerse este Sacramento.

309. Todo esto explicado debidamente por los Pastores, hará sin duda alguna que los fieles reconozcan

en este Sacramento altísima dignidad y excelencia, y lo veneren con suma piedad de ánimo; mayormente

cuando consideraren que aquellos excelentísimos y grandísimos dones que se manifestaron por medio de los

milagros cuando Cristo fué bautizado, se dan y comunican a cada uno cuando es bautizado, por íntima virtud

del Espíritu Santo. Porque si fuéremos iluminados, como acaeció al siervo de Elíseo, de modo que

pudiésemos ver las cosas celestiales, ninguno ha de ser tenido por tan insensato, que no le causaran grande

admiración los divinos misterios del Bautismo. Siendo esto así ¿por qué no creeremos que sucederá lo mismo si

explican los Pastores de tal modo las riquezas de este Sacramento que los fieles las puedan contemplar, sino

con los ojos del cuerpo, a lo menos con los del alma esclarecida con el resplandor de la fe?

 

XXIII. Quiénes son los que pueden administrar el Bautismo.

310. Esto declarado, es no tan sólo útil, sino también necesario enseñar por qué ministros se confiera

este Sacramento, así para que aquellos a quienes en especial está confiado este cargo le hagan cumplir santa y

religiosamente, como para que nadie se atribuya indebida y soberbiamente la posesión ajena, pues advierte el

Apóstol que en todas las cosas se debe guardar orden. Por lo tanto enséñese a los fieles que hay tres órdenes de

ministros. En el primero se deben colocar los Obispos y Sacerdotes, todos los cuales pueden ejercer este

oficio por derecho propio, no por alguna potestad extraordinaria. Porque estos son a quienes mandó el Señor

en la persona de los Apóstoles, diciendo: “Id y bautizad”. Aunque los Obispos por no verse precisados a

abandonar aquel más importante cuidado de instruir al pueblo, acostumbraron dejar a los Sacerdotes el

ministerio del Bautismo. Y que los Sacerdotes ejerzan este oficio por derecho propio, de suerte que aun en

presencia del Obispo puedan administrar el Bautismo, consta de la doctrina de los Padres y uso de la Iglesia.

Y en efecto, habiendo sido instituidos para consagrar la Eucaristía que es Sacramento de unidad y paz, fué

justo que también se les diese potestad de administrar todo lo necesario para que cualquiera pudiese ser

partícipe de esta paz y unidad. Por lo mismo si alguna vez dijeron los Padres que no es permitido a los Sacer-

dotes el oficio de bautizar sin el consentimiento del Obispo, esto parece que se debe entender de aquel

Bautismo que se acostumbraba administrar con solemnes ceremonias en ciertos días del año.

Los Diáconos tienen el segundo lugar en orden a la administración del Bautismo, los cuales sin permiso

del Obispo o del Sacerdote no les es lícito bautizar, como lo testifican muchos decretos de los Santos Padres.

 

XXIV. Quiénes pueden bautizar en caso de necesidad.

311. El último lugar es el de aquellos que pueden bautizar en caso de necesidad sin ceremonias

solemnes. De este número son todas las personas del pueblo, así hombres como mujeres de cualquier secta o

profesión que sean. Así, en caso de necesidad, pueden administrarle judíos, infieles y herejes, con tal que

tengan intención de hacer lo que hace la Iglesia Católica en la administración de este Sacramento. Es esta una

verdad confirmada así por muchos decretos de los antiguos Padres y Concilios, como por el mismo Concilio

Tridentino que fulminó excomunión contra los que se atrevieren a decir que el Bautismo que dan los herejes en

el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo con intención de hacer lo que hace la Iglesia, no es

verdadero Bautismo. En lo cual ciertamente debemos admirar la suma bondad y sabiduría de nuestro Señor.

Porque como todos deben necesariamente recibir este Sacramento para salvarse, así como instituyó por

materia el agua que es la cosa más común, así también quiso que nadie fuese excluido de poderle administrar.

Aunque como ya se había dicho, no es lícito a todos celebrar las ceremonias solemnes, no porque en verdad

ellas sean más dignas que el Sacramento, sino porque no son tan necesarias como él.

 

XXV. Del orden que debe guardarse entre los ministros del Bautismo.

312. Mas no crean los fieles que está este oficio tan indistintamente permitido a todos que no sea muy

conforme disponer algún orden en los ministros. Porque ni la mujer si hay hombre, ni el seglar delante del

clérigo, ni el clérigo en presencia del Sacerdote deben administrar el Bautismo. Aunque las comadronas que

están acostumbradas a bautizar, no han de ser reprendidas si alguna vez le dan en presencia de hombre que

está poco instruido en el modo de administrar este Sacramento, si bien este ejercicio es más propio del hombre

que de la mujer.

 

XXVI. Por qué en el Bautismo se añaden padrinos.

313. Además de estos ministros que administran el Bautismo, como hasta aquí se ha declarado, hay

también otro género de ministros que por costumbre antiquísima de la Iglesia suelen concurrir a celebrar la

saludable y sagrada ablución. Estos ahora se llaman padrinos, mas antiguamente los escritores sagrados los

llamaban por voz común recibidores, prometedores o fiadores. De cuyo cargo tratarán con cuidado los

Pastores, pues es propio casi de todos los seglares, para que todos entiendan lo que principalmente es necesario

para cumplirle con rectitud. Primeramente conviene explicar qué causa hubo para añadir padrinos y fiadores

además de los Ministros del Sacramento.

Todos reconocerán haberse introducido con muchísima razón, si recordaren que el Bautismo es una

regeneración espiritual por la cual nacemos hijos de Dios, según que de ella habla San Pedro diciendo: “Como

niños recién nacidos, racionales y sin malicia, apeteced la leche”. Así, pues, como luego que nace uno

necesita de ama de leche y de ayo, con cuyo favor e industria sea educado e instruido en doctrina y buenas

artes, así también es necesario que quienes empiezan a vivir la vida espiritual desde la fuente del Bautismo, se

encomienden a la fidelidad y prudencia de alguno que los pueda instruir en las máximas y leyes de la religión

cristiana, educándolos en toda suerte de obras piadosas para que así vayan creciendo poco a poco en Cristo,

hasta que finalmente, con la ayuda de Dios, sean varones perfectos; mayormente cuando los Pastores a quienes

está confiado el cuidado público de las Parroquias están tan ocupados que no les queda tiempo para emplearse

en el cuidado particular de enseñar a los niños los rudimentos de la fe. De esta antiquísima costumbre tenemos

un testimonio muy esclarecido en San Dionisio que dice así: “Acordaron nuestros divinos caudillos (así llama a

los Apóstoles) y tuvieron por conveniente recibir los niños según este santo modo: que los Padres naturales

del niño le entregasen a un hombre docto ni las cosas divinas, como a maestro, Padre espiritual y fiador de su

salud eterna, bajo cuya disciplina, pasase el niño lo restante de su vida”. Esta misma sentencia está

confirmada por la autoridad de San Higinio.

 

XXVII. El parentesco espiritual contraído en el Bautismo, impide y dirime el matrimonio.

314. Por esta razón muy sabiamente determinó la santa Iglesia que contrajese parentesco espiritual,

no sólo el que bautiza con el bautizado, sino también el padrino así con el que saca de pila como con sus

padres; de suerte que no puedan contraer matrimonio legítimo entre sí, y los contraídos se diriman.

 

XXVIII. Cuáles son los deberes de los padrinos y qué deben hacer.

315. Además de esto, conviene enseñar a los fieles cuáles sean los deberes del padrino. Porque a la

verdad con tal descuido se mira hoy este oficio en la Iglesia, que parece no ha quedado sino el nombre del

mismo, pero la santidad que encierra en sí ni siquiera parece les pasa por la imaginación. Tengan, pues,

entendido todos los padrinos que están en gran manera obligados muy en particular por esta ley a tener

perpetuo cuidado de sus hijos espirituales, y a procurar con diligencia que en lo perteneciente a la institución

de la vida cristiana se muestren tales en toda la vida cuales prometieron en aquella solemne ceremonia.

Oigamos lo que acerca de esto escribe San Dionisio explicando las palabras del padrino: “Yo prometo que he de

inducir con mis continuas exhortaciones a este niño cuando llegue a poder entender las cosas sagradas, a.

que profese y cumpla las cosas divinas que promete y que renuncie enteramente las contrarias”. Y San

Agustín se expresa así: “A vosotros, así hombres como mujeres, que sacasteis niños de pila, amonesto ante

todo que conozcáis que salisteis fiadores delante de Dios por todos aquellos que recibisteis de la sagrada

fuente”. Y en verdad es muy conforme que quien tiene a su cargo algún empleo, no se canse jamás de nacer

cuanto pudiere para desempeñarle, y quien se obligó a ser ayo y guarda de otro, en manera alguna permita que

esté desamparado el que recibió bajo su fidelidad y tutela cuando necesitare de su auxilio y favor. Cuáles sean

las cosas que deben enseñar a sus hijos espirituales, en pocas palabras las declaró San Agustín cuando al hablar

de este cargo dijo así: “Deben amonestarles que guarden castidad, amen la justicia, conserven la caridad, y

ante todas cosas enseñarles el credo, la oración Dominical, así como los Mandamientos, y los fundamentos

principales de la religión cristiana”.

 

XXIX. No ha de darse sin consideración el cargo de padrino.

316. Siendo esto así, fácilmente se entiende a qué clase de hombres no se haya de encomendar el

cuidado de esta santa tutela. Estos son, o los que no quieran cumplirla con fidelidad, o no puedan hacerlo

con el cuidado y diligencia debida. Por tanto, además de los padres naturales a quienes no es lícito encargarse

de este cuidado (para que mejor se vea cuanto se diferencie esta espiritual educación de la natural), también se

deben excluir totalmente de este cargo los herejes, judíos e infieles, ya que no piensan ni cuidan de otra cosa

sino de oscurecer con errores la verdad de la fe y destruir toda piedad cristiana.

 

XXX. Cuál deba ser el número de los padrinos.

317. Asimismo se estableció por el Santo Concilio Tridentino que no sean muchos los que saquen de pila

al bautizado, sino uno solo, sea hombre o mujer, o a lo más uno y una, ya porque la multitud de maestros

podría perturbar el orden de la institución y enseñanza, como porque conviene precaver que no se aumenten

las afinidades, las cuales no permitirían se extendiese la sociedad entre los hombres por el lazo del legítimo

matrimonio.

 

XXXI. El Bautismo es necesario a todos para salvarse.

318. Aunque sea muy útil a los fieles el conocimiento de lo que hasta aquí se ha explicado, todavía

parece que nada hay más necesario como enseñarles que la ley del Bautismo está prescrita por Dios a todos los

hombres, de modo que si no renacieren para Dios por la gracia del bautismo, los engendran sus padres, sean

fieles o infieles para la infeliz y eterna muerte. Y así los Pastores explicarán muchas veces lo que se lee en el

Evangelio: “El que no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios”.

 

XXXII. Los niños deben ser bautizados.

319. Esta ley debe entenderse no sólo para los adultos, sino también para los niños infantes, pues así lo

ha recibido la Iglesia por tradición Apostólica, como lo confirma el unánime sentir y autoridad de los Padres.

Además de esto se ha de creer que no quiso Cristo Señor nuestro negar el Sacramento del Bautismo ni su gracia

a los niños, de quienes decía: “Dejad los niños, y no los impidáis venir a mi, que de tales es el reino de los

cielos”, y los abrazaba y ponía sobre ellos sus manos y les daba su bendición. Añádese a esto que cuando

leemos haber bautizado San Pablo toda una familia, bastante se deja entender que igualmente fueron

bautizados los niños que había en ella. También autoriza mucho esta costumbre la Circuncisión que fué figura

del Bautismo. Porque nadie ignora que era costumbre circuncidar los niños el día octavo. Y es claro que si

entonces aprovechaba a los niños la circuncisión hecha de mano, despojando de la carne, más bien aprove-

chará ahora el Bautismo, que es circuncisión espiritual de Cristo.

Últimamente: “Si, como enseña el Apóstol, por el delito de uno, reinó la muerte por uno, mucho más

los que reciben la abundancia de la gracia y de la donación, y de la justicia, reinarán en la vida por un

Jesucristo”. Habiendo, pues, contraído los niños por el pecado de Adán la culpa original, mucho mejor

pueden conseguir por Cristo la gracia y la justicia, para reinar en la vida, lo cual sin el Bautismo en manera

alguna puede hacerse. Y así enseñarán los Párrocos que los niños absolutamente deben ser bautizados, y luego

poco a poco ir imponiendo aquella tierna edad en los preceptos de la religión cristiana para la piedad

verdadera. Porque como dijo muy bien el Sabio: “El camino que siguiere el joven en su mocedad, no le

dejará, aun cuando llegue a la vejez”.

 

XXXIII. Los niños reciben la gracia en el Bautismo.

320. Y no se puede dudar que reciben los niños cuando son bautizados la gracia de la fe, no porque ellos

crean con asentimiento propio, sino porque son fortalecidos con la fe de sus padres, si son fieles, y cuando no,

con la fe de toda la congregación de los fieles, hablando con palabras de San Agustín. Porque decimos con toda

verdad que éstos ofrecen para ser bautizados todos aquellos que quieren ser ofrecidos, y con su caridad los

admiten a la común participación del Espíritu Santo.

 

XXXIV. No ha de diferirse el Bautismo de los niños.

321. Se ha de exhortar encarecidamente a los fieles que cuiden de llevar sus hijos a la Iglesia para que

sean bautizados solemnemente luego que puedan sin peligro. Porque como los niños si no son bautizados, no

tienen otro medio para conseguir la salvación, es fácil conocer de cuan grave culpa se hacen reos aquellos que

los dejan carecer de la gracia del Sacramento por más tiempo del que pide la necesidad, mayormente cuando

por su tierna edad están expuestos a innumerables peligros de la vida.

 

XXXV. Cómo se ha de instruir a los adultos antes del Bautismo.

322. Con los adultos y que ya tienen perfecto uso de razón, que son hijos de infieles, se ha de observar

otra conducta muy diversa, según lo declara la costumbre de la primitiva Iglesia. Porque se les ha de proponer

la fe cristiana, y han de ser exhortados, atraídos y convidados a que la reciban con todo afecto. Y si se

convirtieren a Dios, entonces conviene amonestarlos que no difieran el Sacramento del Bautismo fuera del

tiempo señalado por la Iglesia.

Porque estando escrito: “No tardes en convertirte al Señor, y no lo difieras de día, en día”, se les ha

de enseñar que la conversión perfecta consiste en el nacimiento nuevo por medio del Bautismo. Además,

cuanto más tardaren en recibir el Bautismo, tanto más se privan del uso y de la gracia de los demás

Sacramentos, con los cuales se observa la religión cristiana, pues sin el Bautismo está cerrada la puerta para

todos. Finalmente durante todo ese tiempo se privan de los inestimables frutos que se perciben por el

Bautismo, pues éste no sólo lava y quita perfectamente las manchas e inmundicias de todos los pecados que

hasta entonces se hubieren contraído, sino que también nos adorna con la gracia de Dios, con cuyo auxilio y

ayuda podemos evitar los pecados, y conservar la inocencia y justicia, en lo cual, como todos saben, consiste la

suma de la vida cristiana.

 

XXXVI. El Bautismo no debe conferirse inmediatamente a los adultos.

323. Aunque esto sea así, nunca acostumbró la Iglesia dar inmediatamente el Sacramento del Bautismo

a esta clase de hombres, antes bien ordenó que se difiriera por algún tiempo. Porque esta dilación no trae

consigo el peligro, que según dijimos, amenaza a los niños, pues los que ya tienen uso de razón, el propósito y

deseo de recibir el Bautismo juntamente con el verdadero dolor de la mala vida pasada es suficiente para

conseguir la gracia y justicia, si algún accidente repentino les impidiera recibir el Bautismo. Y por el contrario

parece que esta dilación reporta algunas utilidades. Porque primeramente, como la Iglesia debe procurar con

cuidado que nadie se acerque al Sacramento con ánimo fingido y aparente, así se averigua y conoce mejor la

voluntad de los que piden el Bautismo. Y por esta razón decretaron los Concilios antiguos, que quienes

procedieran del judaísmo a la fe católica, estuvieren entre los catecúmenos por algunos meses antes de

administrarles el Bautismo. Además, se les instruye mejor en la doctrina de la fe que deben profesar y en las

reglas y costumbres de la vida cristiana. Y en fin se tributa al Sacramento mayor culto de religión cuando reci-

ben el Bautismo con las solemnes ceremonias solo en los días señalados de Pascua y Pentecostés.

 

XXXVII. No siempre ha de diferirse el Bautismo a los adultos.

324. Con todo algunas veces no debe diferirse el Bautismo, cuando hay causa necesaria y justa, como si

amenaza peligro de muerte, principalmente cuando los que han de ser bautizados están ya instruidos en las

verdades de la fe. Así consta que lo hicieron San Felipe y el Príncipe de los Apóstoles bautizando luego el uno al

eunuco de la reina Candace, y el otro a Cornelio sin dilación alguna, sino luego al instante que protestaron

que abrazaban la fe.

 

XXXVIII. Cómo han de estar dispuestos los que han de recibir el Bautismo.

325. Deben también enseñar y explicar al pueblo con qué disposiciones han de venir los que han de ser

bautizados. Primeramente es necesario que quieran y deseen recibir el Bautismo, porque como en él muere uno

al pecado y emprende nuevo orden de vida, es justo que no se dé a ninguno no queriéndolo y rehusándole,

sino a sólo los que le reciben espontánea y voluntariamente. De ahí aquella santa tradición observada siempre

en la Iglesia, de no administrar el Bautismo a nadie, sin preguntarle primero si quiere ser bautizado. Ni se ha

de creer que falte esta voluntad en los niños, porque es manifiesta la voluntad de la Iglesia que responde por

ellos.

 

XXXIX. Cuándo pueden o no ser bautizados los dementes.

326. También se ha de enseñar qué los locos y furiosos que después de haber tenido uso de razón la

perdieron, no deben ser bautizados, a no ser que amenace peligro de muerte, porque estando así no tienen

voluntad alguna de recibir el Bautismo, pero si estuvieren en peligro de muerte se les debe bautizar, con tal que

antes de la demencia hubiesen manifestado deseo de recibir este Sacramento. Y lo mismo se debe decir de los

que duermen. Pero si nunca fueron dueños de sí mismos, de suerte que jamás tuvieron uso de razón, en tal caso

serán bautizados en la fe de la Iglesia de la misma manera que los niños, según lo declara la autoridad y uso de

la Iglesia.

 

XL. De los demás requisitos para recibir el Bautismo.

327. Además del deseo de recibir el Bautismo, es muy necesaria la fe para conseguir la gracia del

Sacramento como se ha dicho también de la voluntad. Así lo enseña nuestro Salvador y Señor diciendo: «El que

creyere y fuere bautizado, será salvo». También es necesario que le pese ir los pecados cometidos en la mala

vida pasada, y que tenga propósito firme de no volver a pecar adelante. De otro modo, el que pidiera el

Bautismo sin querer enmendarse de la costumbre de pecar, del todo habría de ser rechazado. Porque nada hay

tan contrario a la gracia y virtud del Bautismo, como el ánimo y disposición de aquellos que nunca determinan

poner fin al pecado. Debiendo, pues, desearse el Bautismo para vestirnos de Cristo e incorporarnos con El, es

manifiesto que con mucha razón debe ser excluido de la sagrada pila el que tiene intención de proseguir en sus

vicios y pecados, principalmente cuando nada de lo que pertenece a Cristo o a la Iglesia se haya de recibir en

vano.

Si atendemos a la gracia de la justicia y de la salud, es manifiesto que será vano el Bautismo en aquel

que piensa vivir según la carne, no según el espíritu, aunque por lo que mira al Sacramento, ciertamente le

recibe del todo, si al ser bautizado en la debida forma, tiene intención de recibir lo que se administra por la

santa iglesia. Por esto el Príncipe de los Apóstoles, cuando aquella gran muchedumbre de hombres compun-

gidos de corazón, según dice la Escritura, preguntaron a él y a los demás Apóstoles ¿qué habían de hacer?

respondió: “Haced penitencia, y sea bautizado cada, uno de vosotros”. Y en otra parte dijo: “Arrepentíos y

convertíos, para que sean borrados vuestros pecados”. Y el Apóstol San Pablo escribiendo a los romanos

muestra con claridad: “Que aquel que es bautizado, ha de morir del todo al pecado”, por lo cual amonesta:

No hagamos de nuestros miembros armas de la maldad para, el pecado, sino que nos presentemos a Dios

como resucitados de los muertos”.

 

XLI. De lo mucho que importa, la consideración de estas verdades.

328. Si meditan los fieles con frecuencia cuanto precede, primeramente se verán precisados a admirar

en gran manera la suma bondad de Dios, quien movido de sola su misericordia hizo un tan singular y divino

beneficio a los que nada tal merecían. Si luego consideran cuan limpia de todo pecado debe ser la vida de

aquellos que se ven enriquecidos con un don tan precioso, fácilmente entenderán que lo primero que se re-

quiere en un cristiano, es que procure vivir cada día tan santa y religiosamente como si en él acabara de recibir

el Sacramento y gracia del Bautismo. Aunque para inflamar las almas en el amor de la verdadera piedad, nada

será tan provechoso como si los Pastores explican con especial cuidado cuáles son los efectos del Bautismo.

 

XLII. Cual es el principal efecto del Bautismo.

329. Por cuanto muchas veces se ha de tratar de estos efectos, a fin de que los fieles conozcan mejor el

grado altísimo de dignidad a que eleva el bautismo, y que jamás permitan ser arrojados de él por la astucia y

combates del enemigo, primeramente se ha de enseñar que por la virtud maravillosa de este Sacramento se

remite y perdona todo pecado, ya sea original y contraído de los primeros padres, o cometido por nosotros

mismos, aunque sea tan enorme que parezca no sea posible otro más horrible. Mucho antes había profetizado

esto Ezequiel, por quien habla así el Señor: “Derramaré sobre vosotros un agua limpia, con la cual limpiaré

de todas vuestras inmundicias”. Y el Apóstol escribiendo a los de Corinto, después de una larga

enumeración de pecados añadió: “Y en virtud, que fuisteis esto, mas ya estáis lavados, ya más santificados”.

Y es manifiesto que esta fué la doctrina enseñada perpetuamente por la Iglesia. Pues San Agustín en el libro

que escribió sobre el Bautismo de los niños, dice así: “Por la generación de la carne sólo se contrae el pecado

original, mas por la regeneración del Espíritu se hace la remisión, no sólo del pecado original, sino también

de los personales”. Y San Jerónimo escribe a Océano: “Todos los pecados se perdonan en el Bautismo”. Y para

que nadie en adelante pueda tener la menor duda sobre esto, lo declaró el Santo Concilio de Trento, después de

la definición de otros Concilios, pronunciando anatema contra los que se atreven a sentir lo contrario, o

afirmen que si bien por el Bautismo se perdonan los pecados, no obstante no se quitan del todo, sino que en

cierto modo se raen, de manera que queden todavía en el alma las raíces de los pecados. Porque explicándonos

con las palabras del mismo Santo Concilio: “En los renacidos, dice, nada, aborrece Dios; porque nada hay de

condenación para aquellos que verdaderamente están sepultados con Cristo por el Bautismo para la muerte,

los cuales viven, no según la carne, sino que despojándose del viejo Adán y vistiéndose del nuevo, que fué

creado según Dios, fueron hechos inocentes, inmaculados, limpios, libres de culpa y amados de Dios”.

 

XLIII. En los bautizados queda la concupiscencia, aunque no como culpa.

330. Pero es preciso confesar, como en el mismo lugar decretó el mencionado Concilio, que queda en los

bautizados la concupiscencia o forma del pecado. Más ésta no es verdaderamente pecado. Porque como dice

San Agustín: “En los niños bautizados se quita la culpa de la concupiscencia, pero ella queda, para, nuestro

ejercicio”. Y en otra parte afirma: “La culpa de la concupiscencia se quita en el Bautismo, pero queda la

debilidad”. Porque la concupiscencia que nace del pecado no es otra cosa sino un apetito del ánimo que por su

naturaleza repugna a la razón. Mas este movimiento si no trae consigo el consentimiento o descuido de la

voluntad, está muy lejos de ser pecado. Y cuando dice el Apóstol: “No Sabía yo lo que era concupiscencia, si la

ley no dijera: no codiciarás”, no quiso se entendiese por estas palabras la fuerza de apetecer o la concupis-

cencia en sí misma, sino el vicio o desorden de la voluntad. La misma doctrina enseña San Gregorio

escribiendo así: “Si hay quien diga que los pecados se perdonan en el Bautismo sólo en la superficie, ¿qué cosa

más infiel que tal proposición? Cuando por el Sacramento de la fe queda el alma radicalmente absuelta de

sus culpas y unida a sólo Dios.” Y para demostrar esta verdad, se vale del testimonio de nuestro Salvador que

dice por San Juan: “El que está lavado no tiene necesidad de que le laven más que los pies, pues todo él está

limpio”.

 

XLIV. Declárase nuevamente que por el Bautismo se quitan todos los pecados.

331. Si alguno quisiere ver una figura y una imagen muy manifiesta de esta obra, considere la historia de

Naamán Siró el leproso, el cual habiéndose lavado siete veces en el agua del Jordán, como dice la Escritura,

quedó tan limpio de la lepra, que parecía su carne como la de un niño. Así es efecto propio del Bautismo el

perdón de todos los pecados, lo mismo el original como los personales. Por esta causa le instituyó nuestro

Salvador y Señor, como dejados otros testimonios, lo explicó con palabras clarísimas el Príncipe de los

Apóstoles, cuando dijo: “Haced penitencia, y sea bautizado cada uno de vosotros en nombre de Jesucristo

para el perdón de los pecados”.

 

XLV. El bautismo no sólo perdona toda culpa, sino también toda pena.

332. No sólo nos perdona Dios por su benignidad en el Bautismo todos los pecados, sino también todas

las penas debidas por ellos. Pues aunque todos los Sacramentos nos comunican la virtud de la Pasión de Cristo

Señor nuestro, con todo, de sólo el Bautismo dijo el Apóstol: “Que morimos y somos por él sepultados jun-

tamente con Cristo”. Por lo cual siempre entendió la Santa Iglesia que sin injuria gravísima del Sacramento

no se puede imponer al que ha de ser bautizado aquellas penitencias que los santos Padres llamaron

comúnmente obras satisfactorias. Ni esto se opone a la costumbre de la primitiva Iglesia que a los judíos

antes de ser bautizados se ordenaba cuarenta días de ayuno continuo. Porque no se les imponía aquella

penitencia por vía de satisfacción, sino para inspirarles más profunda estima y respeto para con la dignidad del

Sacramento que habían de recibir, obligándoles a que para recibirle se empleasen primero por cierto con-

tinuado tiempo en ayunos y oraciones.

 

XLVI. El bautizado no queda libre de las penas civiles.

333. Aunque se debe tener por cierto que Dios perdona por el Bautismo las penas de los pecados, con

todo nadie se exime por este Sacramento de aquellas penas que las leyes civiles exigen por algún grave delito,

de suerte que si uno es digno de la pena de muerte, no queda libre por el Bautismo de la pena establecida por

las leyes. Si bien fuera muy digna de alabanza la religión y piedad de aquellos Príncipes que perdonasen tam-

bién a los reos la pena civil, a fin de que la gloria de Dios brillase más en sus Sacramentos.

 

XLVII. Perdóname en el Bautismo todas las penas de la otra vida.

334. También perdona el Bautismo todas las penas que por causa del pecado original debieran pagarse

después de esta vida. Porque por el mérito de la muerte del Señor alcanzamos la consecución de estas gracias. Y

en el Bautismo, como ya se dijo, morimos juntamente con Cristo, pues como dice el Apóstol: “Si hemos sido

injertados con él por medio de la representación de su muerte, igual lo liemos de ser representando su

resurrección”.

 

XLVIII. Por qué después del Bautismo quedamos sujetos a las miserias de esta vida.

335. Si preguntare alguno por qué al instante después del bautismo no quedamos también libres de las

molestias de esta vida mortal, y no somos restituidos en virtud de la ablución sagrada al perfecto estado de vida

en que fué colocado antes de la culpa Adán primer padre del linaje humano, se responderá que fulo se dispuso

principalmente por dos motivos: primero, porque como por el Bautismo nos juntamos con Cristo y somos

constituidos miembros de su cuerpo, no debemos ser de mejor condición ni indignidad que la de nuestra

cabeza. Luego así como Nuestro Señor, aunque desde el instante de su concepción tuvo plenitud de gracia y de

verdad, con todo eso no dejó la flaqueza humana, que tomó hasta haber padecido los tormentos de la pasión y

muerte, y haber resucitado a la gloria de vida inmortal, ¿por qué hemos de admirarnos si los fieles, aunque

hayan conseguido por el Bautismo la gracia de la justicia celestial, están todavía vestidos de este cuerpo frágil y

caduco, para que después de haber padecido muchos trabajos por Cristo, y pasada la muerte, sean de nuevo

restituidos a la vida, y finalmente sean dignos de reinar con Cristo por toda la eternidad?

336. La segunda causa porque han quedado en nosotros después del Bautismo la flaqueza del cuerpo,

enfermedades, dolores y movimientos de la concupiscencia es, para que tengamos materia con que ejercitar la

virtud, y consigamos fruto más abundante de gloria y mayores premios. Porque si padecemos con resignación

todas las incomodidades de esta vida, y mediante la divina gracia sujetamos al imperio de la razón nuestras

malas inclinaciones, e imitando al Apóstol peleamos legítimamente, consumamos la carrera y guardamos la

fe, debemos esperar con toda certeza que nuestro Señor y justo Juez nos dará también en aquel día la corona de

justicia que nos tiene preparada. Y de este modo parece que procedió también el Señor con los hijos de Israel, a

los cuales aunque sacó de la esclavitud de Egipto, anegando a Faraón y a su ejército en el mar, no les

introdujo luego en aquella dichosa tierra de promisión, sino que antes los probó con muchos y diferentes

sucesos, y cuando últimamente les dio posesión de la tierra prometida, si bien desterró de sus propios lugares a

sus habitantes, pero con todo dejó algunas naciones con las cuales no pudieron acabar, para que nunca

faltase al pueblo de Dios ocasión y materia de ejercitar el valor y virtudes militares.

337. A esto se junta que si además de los dones celestiales con los cuales se adorna el alma en el

Bautismo se nos diesen también por él los bienes del cuerpo, justamente podríamos dudar si muchos recibían

el Bautismo más por la comodidad de la vida presente, que por la gloria de la otra. Siendo así que toda la

atención del cristiano siempre debe dirigirse no a los bienes engañosos e inciertos que se ven, sino a los

verdaderos y eternos que no se ven.

 

XLIX. Los verdaderos cristianos gozan de gran suavidad y dulzura aun en esta vida.

338. Pero aunque la condición de esta vida está llena de miserias, todavía no deja de tener sus

consolaciones y alegrías. Porque para nosotros, que ya por el Bautismo estamos unidos con Cristo como

sarmientos con la vid, ¿qué cosa puede haber más dulce y regalada que tomando la cruz sobre nuestros

hombros seguir a nuestro Caudillo, y sin fatigarnos con ningún trabajo ni detenernos en ningún peligro,

caminar con el mayor esfuerzo al premio del soberano llamamiento de Dios para recibir del Señor unos la

aureola de la virginidad, otros la corona de la doctrina y predicación, otros la palma del martirio, y otros

honores de gloria? Pues en verdad estas esclarecidas insignias de alabanza a nadie se darían, si primero no nos

ejercitásemos en los combates de esta vida penosa, y no saliésemos vencedores en la lucha.

 

L. De otros bienes que conseguimos con el Bautismo.

339. Pero volviendo a tratar de los efectos del Bautismo, se ha de exponer que por virtud de este

Sacramento no solamente nos libramos de los males que en verdad son sumos, sino también que somos

enriquecidos con bienes y dones excelentísimos. Porque nuestra alma es enriquecida plenamente con la gracia

de Dios, la cual haciéndonos justos e hijos suyos, nos constituye también herederos de la bienaventuranza

eterna. Porque como está escrito: “El que creyere y fuere bautizado será salvo”. El Apóstol asegura que “la

Iglesia fué lavada en el baño del agua, mediante la palabra de la vida”. La gracia, según el Concilio

Tridentino, manda a todos creer bajo pena de excomunión, no solamente consiste en la remisión de los

pecados, sino en cierta cualidad divina que se adhiere al alma, y como un resplandor y luz que la limpia de

todas las manchas y las hace hermosísimas y muy resplandecientes. Esto claramente se deduce de las sagradas

letras, así cuando nos enseñan que la gracia se derrama, como al confesar que ella es prenda del Espíritu

Santo.

 

LI. Además de la gracia se infunden en el Bautismo todas las virtudes.

340. Juntamente con la gracia recibimos también por el Bautismo el nobilísimo adorno de todas las

virtudes que con ella infunde Dios en el alma. Por esto cuando el Apóstol dice a Tito: “Nos higo salvos por el

lavatorio de la regeneración y renovación del Espíritu Santo que derramó sobre nosotros en abundancia por

Jesucristo Salvador nuestro”, explicando San Agustín estas palabras: derramó en abundancia, dice: “Es a

saber, para perdonarnos los pecados y colmamos de virtudes”.

 

LII. Por el Bautismo nos unimos con Cristo.

341. Además de esto, por medio del Bautismo nos unimos e incorporamos a Cristo nuestra cabeza como

miembros suyos. Así, pues, como se deriva de la cabeza el vigor con que se mueve cada una de las partes del

cuerpo para ejercitar debidamente sus propios oficios, así también de la plenitud de Cristo Señor nuestro se

comunica sobre todos los que son justificados virtud y gracia divina, la cual les hace aptos para la práctica de

todos los ejercicios de la piedad cristiana.

 

LIII Por qué después de recibir tantas virtudes en el Bautismo somos tan tardos para el bien.

342. Ni por esto debe alguno maravillarse al ver que después de haber sido enriquecidos y adornados

con tanta multitud de virtudes, con todo nos cueste tanto trabajo empezar o por lo menos acabar las buenas

obras. Porque no proviene esto de habernos enriquecido Dios con las virtudes de donde nacen las buenas

obras, sino por haber quedado en nosotros después del Bautismo la cruel guerra de los apetitos de la carne

contra el espíritu. Mas en estas luchas no debe desmayar ni acobardarse el cristiano, sino confiar en la bondad

de Dios con esperanza muy firme de que con el ejercicio cotidiano de la buena vida, se nos harán fáciles y

agradables todas las cosas que son honestas, todas las que son justas y todas las santas. Consideremos, pues,

con gusto estas cosas y practiquémoslas con prontitud y alegría, para que el Dios de la paz sea con nosotros.

 

LIV. En el Bautismo se imprime carácter indeleble.

343. Además de esto, por el Bautismo somos marcados con el carácter, el cual nunca puede borrarse del

alma. Sobre esto nada tenemos que añadir aquí, pues ya se dijo lo suficiente tratando de los Sacramentos en

general, pudiéndose aplicar al Bautismo lo que dijimos en aquel lugar.

 

LV. Demuéstrase que el Bautismo no puede reiterarse.

344. Mas porque en virtud de la cualidad y naturaleza del carácter está definido por la Iglesia que en

ningún caso puede reiterarse el Sacramento del Bautismo, cuidarán los Pastores de instruir a los fieles con

frecuencia y/cuidado sobre este punto, para que no caigan en algunos errores. Así lo declaró el Apóstol

diciendo: “Un Señor, una fe, un Bautismo”. Exhortando también a los Romanos que anduviesen con cautela,

como ya muertos en Cristo por el Bautismo, para no perder la vida que habían recibido de El, y diciendo: “Que

habiendo muerto Cristo por el pecado, murió una vez”, da a entender claramente, que así como Cristo no

puede volver a morir, así no podemos morir de nuevo por el Bautismo. Por esto la Santa Iglesia confiesa

públicamente que cree un Bautismo. Y esto es muy conforme a razón y a la naturaleza de este Sacramento, pues

el Bautismo es cierta regeneración espiritual. Y por lo tanto así como una sola vez somos engendrados y dados

a luz por virtud natural, y como dice San Agustín “no puede uno volver al vientre de su madre” así también es

única la generación espiritual, y nunca jamás puede repetirse el Bautismo.

 

LVI. No es reiterar el Bautismo, administrarlo con condición en caso de duda prudente.

No se ha de pensar que la Iglesia reitere este Sacramento cuando a alguno de quien se duda prudente-

mente si recibió antes el Bautismo, bautiza con estas o semejantes palabras: “Si estás bautizado, no le vuelvo a

bautizar; mas si aún no estás bautizado, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu

Santo”. Porque se debe creer que en tal caso, lejos de reiterarse impíamente el Bautismo, al contrario se

administra santa y religiosamente añadiendo la condición.

 

LVII. El Bautismo condicionado no puede administrarse sin causa grave.

346. Más en esta materia es necesario que los Pastores procedan con gran cuidado y cautela a fin de

evitar ciertos abusos con los cuales se ofende a Dios casi todos los días, no sin gravísima injuria del

Sacramento. Porque algunos piensan que no puede haber pecado alguno bautizando a cualquiera sin examen,

con tul que se ponga la condición. Y así, cuando les presentan algún infante, al instante le bautizan sin

preguntar ni informarse si antes fué o no bautizado. Antes bien aunque sepan de cierto, que ya se le administró

el Sacramento en casa, con todo no dudan echarle agua otra vez en la Iglesia con la condición al hacer las

ceremonias solemnes. Esto ciertamente no lo pueden hacer sin sacrilegio e incurren en la mancha que los

teólogos llaman Irregularidad. Porque según la autoridad del Papa Alejandro sólo es permitida esta forma de

Bautismo con aquellos de quienes se duda después de una diligente averiguación si están bien bautizados. De

otra manera nunca es lícito dar segunda vez el Bautismo, aunque sea con esta condición.

 

LVIII. El último efecto del Bautismo consiste en abrirnos el cielo.

347. Entre tantos bienes como conseguimos por el Bautismo, el que pudiéramos llamar último y al cual

se ordenan todos los demás es, que nos abre la puerta del cielo que estaba cerrada por el primer pecado. Y esto

que se obra en nosotros por virtud del Bautismo, puede entenderse con claridad por lo que aconteció en el

Bautismo de nuestro Salvador, según lo confirma la autoridad Evangélica. Porque se abrieron los cielos, y

apareció el Espíritu Santo, bajando en figura de paloma sobre Cristo Señor nuestro. En lo cual se nos declara

que a quienes se administra el Bautismo se dan los dones del Espíritu Santo, y se abren las puertas del cielo.

No para que luego entren en aquella gloria, sino en otro tiempo más oportuno, a saber cuando ya libres de

todas las miserias, las cuales no pueden existir en la vida bienaventurada, conseguirán en lugar de la vida

mortal la inmortalidad. Estos son en verdad los frutos del Bautismo, los cuales atendida la virtud del

Sacramento pertenecen sin duda igualmente a todos. Mas si atendemos a la disposición con que cada uno le

recibe, debemos confesar que unos reciben más gracia y fruto que otros.

LIX. Cuál es la virtud y utilidad de las ceremonias del Bautismo.

348. Resta ahora explicar clara y brevemente cuanto se debe enseñar sobre las oraciones, ritos y

ceremonias de este Sacramento. Pues lo que advirtió el Apóstol sobre el don de lenguas, diciendo que es

inútil si no entienden los fieles lo que se habla, lo mismo casi se puede decir de los ritos y ceremonias.

Porque siendo ellas una imagen y representación de los efectos que interiormente obran los Sacramentos, si el

pueblo ignora lo que significan estas señales, parece no será mucha la utilidad de las ceremonias. Por lo mismo

han de cuidar los Pastores de que los fieles las entiendan, y se persuadan ciertamente que si bien no son del

todo necesarias, con todo las deben apreciar muchísimo, y venerar con gran reverencia y honor. Bastantemente

nos enseña esto así la autoridad de los que las instituyeron, que sin duda fueron los Apóstoles, como el fin por

el cual las ordenaron. Pues es manifiesto que de este modo se administra el Sacramento con mayor religión y

santidad, poniendo como delante de los ojos aquellos altísimos y preciosos dones que se encierran en él, y

hacen se impriman más en los corazones de los fieles los inmensos beneficios de Dios.

 

LX. Cuántos son los ritos del Bautismo.

349. Todas las ceremonias y deprecaciones de que usa la Iglesia en la administración del Bautismo, se

han de reducir a tres clases, así para que puedan los Pastores observar cierto orden en su explicación, como

para que guarden los oyentes con más facilidad en la memoria lo que les digan. La primera se refiere a lo que se

practica antes de llegar a la pila del Bautismo, la segunda a lo que se hace llegando a ella, y la tercera a las cosas

que se suelen añadir acabado el Bautismo.

 

LXI. Cuándo debe consagrarse el agua para el Bautismo.

350. Primeramente debe prepararse el agua que se ha de usar en el Bautismo. Porque se consagra la pila

bautismal con el óleo del crisma. Y esto no debe hacerse en todo tiempo, sino según costumbre de los mayores,

se reserva para ciertos días que con mucha razón se consideran por los mas célebres y santos de todos, en cuyas

vigilias se prepara el agua del sagrado bautismo, y sólo en estos días se administra conforme al uso antiguo de

la Iglesia, si la necesidad no obliga a otra cosa. Aunque la Iglesia no tenga por conveniente retener ahora esta

costumbre por los muchos peligros de la vida, con todo aún observa con suma religión, la de consagrar el agua

del Bautismo sólo en las vigilias de los solemnes días de Pascua y Pentecostés.

 

LXII. Por qué los bautizados no son desde luego admitidos en la Iglesia.

351. Después de la consagración del agua deben explicarse las cosas que preceden al Bautismo. En

primer lugar, los que han de ser bautizados son conducidos a las puertas de la Iglesia, pero se les prohíbe entrar

en ella como indignos de estar en la casa de Dios antes de que sacudan el yugo de su abominable servidumbre,

y del todo se entreguen a Cristo nuestro Señor y a su justísimo imperio.

 

LXIII. Por qué se les pregunta qué piden, y luego se les instruye.

352. Luego les pregunta el Sacerdote qué es lo que piden a la Iglesia. Esto presupuesto, les instruye

primeramente en la doctrina de la fe cristiana que deben profesar en el Bautismo, lo cual se practica

catequizándolos. Nadie puede dudar que la costumbre de esta institución dimanó del precepto de nuestro

Salvador y Señor, cuando él mismo mandó a los Apóstoles: “Id por todo el mundo, y enseñad a todas las

gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a guardar todo lo

que os mandé”. Por donde se puede ver que no debe administrarse el Bautismo sin explicar primero por lo

menos los puntos principales de la doctrina de nuestra religión.

 

LXIV. Quién es el que responde al catequizarlos.

353. Mas porque esta instrucción se hace en forma de Catecismo que consta de muchas preguntas y

respuestas; si el que se instruye es adulto, él mismo responde a las preguntas que se le hacen, pero si es infante,

el padrino es el que legítimamente responde por él y hace solemne promesa en su nombre.

 

LXV. Del uso del Exorcismo.

354. Síguese el Exorcismo, el cual se compone de palabras y oraciones sagradas y religiosas para expeler

al diablo, quebrantar y enflaquecer sus fuerzas. Por esta causa sopla el Sacerdote tres veces el rostro del que ha

de ser bautizado, para que sacuda de sí la potestad de la serpiente antigua, y consiga el aliento de la vida que

perdió.

 

LXVI. Por qué le ponen sal en la boca.

355. Júntanse al Exorcismo otras ceremonias, cada una de las cuales como muy misteriosa, tiene su

propia y elevada significación. Porque ponerle sal en la boca claramente significa que por la doctrina de la fe y

el don de la gracia, ha de conseguir el bautizado verse libre de la podredumbre de los pecados, percibir el sabor

de las buenas obras, y deleitarse con el manjar de la sabiduría divina.

 

LXVII. Qué significa, la señal de la Cruz que se le hace en varias partes.

356. Después le hacen la señal de la Cruz en la frente, ojos, pecho, hombros y oídos. Y. esto significa que

por el Sacramento del Bautismo se abren y fortalecen los sentidos del bautizado, para que pueda recibir a Dios,

y entender y guardar sus mandamientos.

 

LXVIII. Por qué se untan con saliva las narices y las orejas.

357. Luego le untan con saliva las narices y orejas, y al punto es llevado a la sagrada fuente del

Bautismo, para que así como a1 ciego al cual untó el Señor los ojos con lodo, y mandó se lavase con el agua

de Siloé recobró su vista, así entendamos que tiene tal virtud el agua del Bautismo, que comunica luz al alma

para que vea las verdades divinas.

 

LXIX. Qué significa la renuncia de Satanás que hace el bautizando.

358. Practicado esto vienen a la pila del Bautismo y se hacen otras ceremonias y ritos por los cuales se

conoce la suma perfección de la religión cristiana. Pues por tres veces pregunta el Sacerdote con palabras muy

claras al que ha de ser bautizado: «¿Renuncias a Satanás, y a todas sus obras, y a todas sus pompas?» Y él, o el

padrino en su nombre, responde a cada una de ellas: Renuncio. Pues el que se ha de alistar en la milicia de

Cristo, debe ante todo prometer santa y religiosamente, que se aparta del demonio y del mundo, y que nunca

jamás dejará de aborrecer y detestar a uno y otro como a cruelísimos enemigos. Después ungen al que ha de ser

bautizado en el pecho y entre las espaldas con el óleo de los catecúmenos. En el pecho, para que por el don del

Espíritu Santo deseche el error y la ignorancia, y abrace la verdadera fe: “Pues el justo vive por la fe”, y entre

las espaldas a fin de que por la gracia del Espíritu Santo sacuda de sí la pereza y entorpecimiento, y se ejercite

en obras de virtud: “Porque la fe sin obras está muerta”.

 

LXX. Cómo ha de hacer la profesión de fe.

359. Luego parándose junto a la pila del Bautismo, pregunta el Sacerdote de este modo: ¿Crees en Dios

Omnipotente? Y le responde: Creo. Y siendo preguntado en esta forma sobre los demás artículos del Credo,

hace solemne profesión de fe, y en estas dos promesas es evidente que se contiene todo el espíritu y doctrina de

la religión cristiana.

 

LXXI. Por qué se pregunta si quiere ser bautizado.

360. Cuando ya llegó el tiempo de administrar el Bautismo, pregunta el Sacerdote al que va a bautizar,

si quiere ser bautizado, y respondiendo él por sí, o el padrino por él, siendo niño, que sí; al instante le lava con

el agua saludable en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Porque así como el hombre fue

justamente condenado por haber obedecido a la serpiente, así quiere el Señor que ninguno

sea escrito en el número de los suyos, sino como soldado voluntario, para que obedeciendo de buena gana a sus

mandamientos divinos consiga la salud eterna.

 

LXXII. Por qué se unge después con el Crisma la cabeza del bautizado.

361. Después de administrado el Bautismo, unge el Sacerdote al bautizado con el Crisma en la coronilla

de la cabeza, para que sepa que desde este día está incorporado con Cristo como miembro con su cabeza y

unido con su cuerpo, y que por eso se llama cristiano de Cristo, como Cristo de Crisma. Y qué signifique el

Crisma, suficientemente se entiende por las oraciones que entonces dice el Sacerdote, como afirma San

Ambrosio.

 

LXXIII. Qué significa el vestido blanco que se pone el bautizado.

362. Después el Sacerdote viste al bautizado con un vestido blanco, diciéndole: “Recibe este vestido

blanco, para que le lleves sin mancha al tribunal de nuestro Señor Jesucristo, y consigas la vida eterna”. Más

a los niños que aún no usan vestido se les da con las mismas palabras un lienzo pequeño blanco. Lo cual, según

enseñan los Santos Padres, simboliza ya la gloria de la resurrección a la cual nacemos por el Bautismo, ya el

candor y hermosura con que son adornadas las almas limpias de las manchas del pecado, ya también la

Inocencia y pureza que debe guardar el bautizado por toda la vida.

 

LXXIV. Qué significa la candela encendida.

363. Luego se le pone en la mano una candela encendida, lo cual manifiesta que debe conservar y

alimentar con ejercicios de buenas obras la fe inflamada por la caridad que recibió en el Bautismo.

 

LXXV. Del nombre que debe ponerse al bautizado.

364. Últimamente se pone nombre al bautizado, el cual se ha de tomar de alguno que por su heroica

virtud y religión esté colocado en el catálogo de los Santos. Pues de esta manera se facilita que por la semejanza

del nombre se mueva a la imitación de su virtud y santidad, y para que al mismo a quien procura imitar, niegue

también y se encomiende, esperando experimentar en él un fiel ahogado en defensa de su salud así espiritual

como corporal. Por lo mismo son muy dignos de censura aquellos que andan buscando, y ponen a los niños

nombres de gentiles, y señaladamente de aquellos que fueron más viciosos. Así dan a entender el poco aprecio

que hacen de la profesión de piedad cristiana, pues parece tienen sus delicias en la memoria de hombres

malvados, queriendo que resuenen por todas partes estos nombres profanos en los oídos de los fieles.

 

LXXVI. Resumen de lo dicho sobre los misterios del Bautismo.

365. Si los Pastores explican lo que se ha dicho acerca del Sacramento del Bautismo, nada casi quedará

por decir de cuanto requiere su perfecto conocimiento. Pues se indicó lo que significa el nombre de Bautismo,

cuál sea su naturaleza y substancia, y de qué partes consta. Se ha declarado quién le instituyó, quiénes son los

ministros necesarios para hacer el Sacramento, y quiénes los padrinos que se deben buscar para sostener la

flaqueza del bautizado. Se ha enseñado también a quiénes se ha de dar, las disposiciones con las que se debe

recibir, y cuan grande sea su virtud y eficacia. En fin, se han explicado con suficiente claridad, según requiere

nuestro objeto, los ritos y ceremonias con los que se debe celebrar. Cuiden, pues, los Pastores de enseñar a los

fieles todas estas cosas, con el fin de que continuamente consideren y procuren cumplir con fidelidad las

promesas tan santas y religiosas que hicieron en el Bautismo, arreglando su vida de manera que corresponda a

la santísima profesión del nombre cristiano.

 

 

EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Visto que hoy en día muy pocos son los que hacen caso de este Sacramento, y procuran sacar de él el

fruto que es debido de la divina gracia, conviene explicarlo con mucho esmero, instruyendo a los fieles sobre su

naturaleza, excelencia y efectos, ya en la fiesta de Pentecostés, en que suele administrarse, ya en el momento en

que el párroco crea que puede hacerse más provechosamente, a fin de que los fieles comprendan que este

sacramento no debe despreciarse.

Nombre de la Confirmación, y por qué es verdadero Sacramento

[2] La Iglesia llama Confirmación a este sacramento, porque fortalece con el poder de su gracia al

bautizado, convirtiéndolo en soldado de Cristo.

[3] La Iglesia Católica siempre reconoció la Confirmación como verdadero y propio sacramento,

afirmando que por este sacramento se confieren las siete gracias del Espíritu Santo con el fin de ser perfectos

cristianos, y que hay obligación de recibirlo, sin que se pueda dejar de recibirlo por desprecio y por propia

voluntad, sino tan sólo obligado por la necesidad. [4] Y tan convencidos estaban los Santos Padres de esta

verdad, que la enseñaron y la confirmaron con pasajes de la Sagrada Escritura (Ef. 4 30; Sal. 132 2; Rom. 5 5.).

[5] Por lo tanto, hay que distinguir la Confirmación del Bautismo como dos sacramentos distintos. Y

ello por dos motivos:

1º Porque la materia y la forma, que significan la gracia sacramental, son distintas para ambos, y así

es también distinta la gracia que producen;

2º Porque debe reconocerse nueva y distinta razón de sacramento allí donde la inteligencia encuentra

una nueva razón de distinción; ahora bien, la inteligencia distingue perfectamente la concepción y

nacimiento a la vida del fortalecimiento en ella; y así, tanto dista la Confirmación del Bautismo, cuanto dista en

la vida natural la concepción del desarrollo.

Institución de la Confirmación

[6] Cristo nuestro Señor fue el autor de este Sacramento, y El mismo, según testimonio del Papa

San Fabián, preceptuó el rito y las palabras del crisma que emplea la Iglesia Católica en su administración.

Materia de la Confirmación

[7] La materia de la Confirmación es el Crisma, que designa el ungüento formado con aceite y

bálsamo mediante la consagración del obispo. Así lo enseñaron siempre la Iglesia Católica y los Concilios, y así

lo dejó escrito en particular el Papa San Fabián, que afirma que los Apóstoles aprendieron de nuestro Señor la

confección del santo Crisma, y nos lo enseñaron a nosotros.

[8-9] Ninguna materia era más propia que el santo Crisma para declarar los efectos de este

sacramento, pues: • el aceite, que es abundante, y por su naturaleza se mantiene firme y se extiende, expresa la

plenitud de la gracia que por medio del Espíritu Santo se difunde y derrama desde Cristo, nuestra Cabeza,

hasta los demás (Sal. 44 8; Jn. 1 16.); • el bálsamo, cuyo olor es tan agradable, y que tiene la virtud de impedir

que se corrompa todo lo que se baña con él, significa el buen olor de las virtudes que deben exhalar los fieles (II

Cor. 2 15.) y la preservación de la peste de los pecados.

[10] El santo Crisma debe ser consagrado por el obispo con solemnes ceremonias; en efecto,

así lo muestra: • la autoridad del papa san Fabián, que afirma que Cristo enseñó a los Apóstoles, en la última

Cena, el modo de elaborar el Crisma; • la misma razón: pues Cristo instituyó la materia de algunos sacramentos

de tal modo, que también la dotó de santidad (vgr. para el Bautismo, el agua quedó dotada por Cristo del poder

de santificar por el contacto con el cuerpo del Señor al ser bautizado en el Jordán); pero la materia de este

sacramento no quedó consagrada por Cristo mismo mediante su uso y aplicación; por eso debe ser consagrada

por el obispo con santas y piadosas oraciones.

Forma de la Confirmación

[11] La forma de la Confirmación son las siguientes palabras: Sígnote con la señal de la Cruz, y te

confirmo con el Crisma de la Salud, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. En

estas palabras debe expresarse todo lo que explica la naturaleza y sustancia del mismo sacramento, [12] a

saber: • el poder divino, que obra en el sacramento como causa principal; y por eso se dice: En el nombre del

Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; • la fortaleza de ánimo y de espíritu que se da a los fieles por la unción

sagrada, para su eterna salvación; y por eso se dice: Te confirmo con el Crisma de la salud; • la señal con que

se distingue el que ha de entrar en la lucha de la milicia cristiana; y por eso se dice: Sígnote con la señal de la

cruz.

Ministro de la Confirmación

[13] Las Sagradas Letras manifiestan que sólo el obispo tiene potestad ordinaria para administrar la

Confirmación 635. [14] Lo mismo demuestran los decretos de los Sumos Pontífices Urbano, Eusebio, Dámaso,

Inocencio y León, y los testimonios clarísimos de los Santos Padres. Finalmente, la razón prueba con una

semejanza la conveniencia de que la administración de este sacramento quede reservada a los obispos; pues así

como en la construcción de edificios, los obreros preparan y disponen los cimientos y los materiales, pero la

perfección de la obra pertenece al arquitecto; del mismo modo era necesario que este sacramento, con el que se

perfecciona el edificio espiritual, fuese administrado por quien tiene el grado sumo en el sacerdocio.

Padrino de la Confirmación

[15] Con razón se ha de contar con un padrino al recibir este sacramento; pues así como los que

descienden a la arena para luchar necesitan de alguien que con su arte y experiencia los instruya, para poder

derribar al enemigo; del mismo modo, quienes por este sacramento descienden al combate espiritual, en el cual

se expone la vida eterna, necesitan también de un guía e instructor.

Sujeto de la Confirmación

[16] 1º Este sacramento no es de tanta necesidad, que sin él nadie pueda salvarse; sin

embargo, nadie debe descuidar ni omitir su recepción, siendo un sacramento lleno de santidad, por el cual se

nos comunican copiosísimos dones divinos. [17] En efecto, tanto la Sagrada Escritura como la naturaleza

misma del sacramento prueban que todos deben recibirlo.

a) La Sagrada Escritura: San Lucas, al referir la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés,

afirma que «llenó toda la casa» (Act. 2 2.); ahora bien, siendo aquella casa imagen y figura de la Santa Iglesia,

a todos los fieles obliga el sacramento de la Confirmación, cuyo uso empezó desde aquel día.

b) La naturaleza del mismo sacramento: así como la naturaleza tiende a que todos los que nacen

crezcan y alcancen su desarrollo perfecto, del mismo modo la Iglesia Católica quiere que se desarrolle

perfectamente el hombre cristiano en aquellos que Ella regeneró por el bautismo; y este desarrollo se verifica

por la unción con el santo Crisma.

[18] 2º La edad conveniente para administrar este sacramento es al llegar los niños al uso de

razón; no antes, pues este sacramento no es necesario para la salvación, y porque nos dispone para combatir en

defensa de la fe de Cristo, para lo cual no son aptos todavía quienes no han llegado al uso de razón.

[19] 3º Los adultos deben prepararse a este sacramento: • por el arrepentimiento de todos los

pecados graves que hayan cometido; y, por lo tanto, por una buena confesión antes de recibir el sacramento;

manifestando fe y piedad al recibirlo; • recibiendo el sacramento en ayunas, amonestándolos a restablecer

esta laudable costumbre de la primitiva Iglesia.

Efectos de la Confirmación

[20] Los principales efectos de la Confirmación son los siguientes:

1º Uno que le es común con todos los demás: infunde nueva gracia si no hay impedimento en quien

lo recibe; y, por consiguiente, perdona los pecados que pudiese haber en el alma.

2º Otro que le es propio: perfecciona la gracia del Bautismo, conduciendo al alma a la perfección

de la firmeza cristiana; esto es, «revistiéndola de la fortaleza desde lo alto» (Lc. 24 49.), a fin de que sea fuerte

contra todas las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio, y para que se confirme totalmente en la fe

para confesar el nombre de nuestro Señor Jesucristo. [21] Y de ahí viene que este sacramento reciba el nombre

de «Confirmación». [22] Lo cual se muestra patentemente con lo sucedido a los Apóstoles el día de

Pentecostés: después de dudar, de mostrarse tan cobardes y de abandonar a nuestro Señor, fueron todos llenos

de tanta virtud del Espíritu Santo, que empezaron a predicar la fe cristiana no sólo en toda la Judea, sino en el

mundo entero, sin temor alguno a ultrajes, cárceles, tormentos y cruces por el nombre de Cristo.

[23] 3º Finalmente, este sacramento, juntamente con el Bautismo y el Orden, imprime carácter, por

lo cual no puede nunca reiterarse.

Ceremonias del Sacramento de Confirmación

[24] 1º Los confirmandos son ungidos en la frente con el sagrado Crisma, por dos razones: • la

primera, para mostrar que por ningún temor ni respeto, cuyas señales suelen manifestarse principalmente en

la frente, han de dejar de confesar libre y valientemente el nombre cristiano; • la segunda, porque la señal por

la que el cristiano se distingue de los demás, como el soldado se distingue de otros por ciertas insignias, debe

imprimirse en la parte más noble del cuerpo.

[26] 2º El obispo da una bofetada al confirmado, para que tenga presente que debe estar pronto

para sufrir con ánimo constante toda clase de adversidades por el nombre de Cristo; y le da la paz, para que

entienda que ha conseguido la plenitud de la gracia divina, y la paz que supera todo entendimiento (Fil. 4 7.).

[25] 3º Este sacramento es administrado principalmente el día de Pentecostés por dos razones:

porque en este día fueron los Apóstoles fortalecidos y confirmados con la virtud del Espíritu Santo; • y para

advertir a los fieles, con el recuerdo de este hecho, cuáles son las gracias que ellos mismos van a recibir.

 

CAPÍTULO III

DEL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACIÓN

I. Por qué en estos tiempos debe explicarse con gran cuidado este Sacramento.

366. Si en algún tiempo fué necesaria gran diligencia en los Pastores para explicar el Sacramento de la

Confirmación, ninguno a la verdad más que el presente pide que se ilustre con toda claridad, cuando en la

Iglesia de Dios muchos abandonan del todo este Sacramento, y muy pocos procuran sacar del mismo el fruto de

divina gracia que debieran. Por esto es menester instruir a los fieles sobre la naturaleza, virtud y dignidad de

este Sacramento, así el día de Pentecostés en el cual principalmente se acostumbra administrar, como en otros

que los Pastores juzguen oportunos, para que los fieles entiendan que no sólo no debe descuidarse, antes que

deben recibirle con suma devoción y reverencia. No sea que por su culpa y con gravísimo daño de sus almas

parezca que en vano se les concedió este beneficio divino.

 

II. Por qué la Iglesia llama Confirmación a este Sacramento.

367. Empezando, pues, por el nombre, se ha de enseñar que llama la Iglesia a este Sacramento

Confirmación, porque cuando el Obispo unge con el sagrado Crisma al bautizado diciendo aquellas palabras:

«Te sello con la señal la Cruz, y te confirmo con el Grisma, de la salud en el nombre del Padre, y del Hijo, y del

Espíritu Santo», si nada impide la eficacia del Sacramento, con la virtud de la nueva gracia empieza a ser más

fuerte, y por lo mismo perfecto soldado de Cristo.

 

III. La Confirmación es verdadero Sacramento de la nueva ley.

368. Siempre reconoció la Iglesia a la Confirmación por verdadero y propio Sacramento, como

expresamente lo declaró el Papa Melquíades y otros muchos Santísimos y antiquísimos Pontífices. Y San

Clemente no pudo comprobar la doctrina de esta verdad con testimonio más grave, pues dice: «Todos se han de

dar prisa sin detención alguna, por renacer para Dios, y destines ser sellados por el Obispo, esto es para reci-

bir la gracia, de los siete dones del Espíritu Santo, porque de otra, manera, no puede ser perfecto cristiano el

que, no obligado por la, necesidad, sino por malicia y voluntad, deja, de recibir este Sacramento. Así lo

aprendimos de San Pedro, y lo enseñaron los demás Apóstoles por haberlo mandado así el Señor». Y esta

misma fe confirmaron con su doctrina los que llenos del mismo Espíritu derrama ron su sangre por Cristo, a

saber Urbano, Fabiano y Eusebio, Romanos Pontífices, como puede verse en sus Decretales.

 

IV. Sagrados Doctores que hicieron mención de este Sacramento.

369. A esto se junta la autoridad concorde de los santos Padres, entre los cuales San Dionisio

Areopagita, Obispo de Atenas, tratando del modo de confeccionar este sagrado ungüento, y de cómo debe

usarse de él, dice, así: “Los Sacerdotes visten al bautizado con un vestido decente y limpio para llevarle al

Pontífice. Y éste signándole con el sagrado y del todo divino ungüento, le hace participante de la Sacratísima

Comunión”. Eusebio Cesariense atribuye tal virtud a éste Sacramento, que no dudó decir que el hereje Novato

no pudo merecer el Espíritu Santo, porque estando bautizado no fué ungido con el sagrado Crisma en una

grave enfermedad. Sobre esto tenemos testimonios clarísimos, así de San Ambrosio en el libro que intituló: “De

his qui initiantur”, como de San Agustín en los libros que escribió contra las cartas de Petiliano Donatista. Y los

dos Santos de tal modo juzgaron que no podía dudarse de la verdad de este Sacramento, que le enseñan y

confirman con testimonios de las sagradas Escrituras. Y así afirma el uno, que se refieren a este Sacramento

aquellas palabras del Apóstol: “No queráis entristecer al Espirita Santo de Dios, con el cual estáis sellados”.

Y el otro aplica a la Confirmación lo que se lee en los Salmos: “Como vi ungüento en la cabeza que desciende a,

la barba, la barba de Aarón”. Y también aquello del mismo Apóstol: “La caridad de Dios es derramada en

nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos es dado”.

 

V. Diferencia entre el Bautismo y la Confirmación.

370. Aunque el Papa Melquíades dijo que el Bautismo estaba muy unido a la Confirmación, con todo no

por eso se ha de entender que sea el mismo Sacramento, sino muy diferente. Porque es cierto que la diversidad

de gracia que causa cada Sacramento y la materia sensible que significa esta misma gracia, hacen la diversidad

de Sacramentos. Siendo, pues, reengendrados los hombres a nueva vida por la gracia del Bautismo, y haciendo

el Sacramento de la Confirmación, que dejado lo propio de niños, sean varones perfectos los que estaban ya

engendrados, con esto se nos demuestra suficientemente haber la misma diferencia entre el Bautismo y la

Confirmación, que hay en la vida natural entre la generación y el crecimiento, pues por la Confirmación crecen

espiritualmente los fieles y reciben perfecta fortaleza en sus almas, los que mediante el Bautismo fueron

regenerados.

371. Además de esto, debiendo constituirse nuevo y distinto Sacramento en donde el alma encuentra

nueva oposición, es evidente que así como necesitamos de la gracia del Bautismo para ilustrar al entendimiento

con la fe, así es muy conveniente que las almas de los fieles sean confirmadas con otra gracia a fin de que no les

aparte de la verdadera confesión de la fe, peligro o miedo alguno de penas, tormentos o muerte. Y como esto se

hace por el sagrado Crisma de la Confirmación, síguese de aquí que la naturaleza de este Sacramento es

diferente de la del Bautismo. Por lo cual el Pontífice Melquíades enseña con mucha diligencia la distinción de

estos dos Sacramentos escribiendo de este modo: “En el Bautismo es recibido el hombre a la milicia, y en la

Confirmación, es armado para la lucha; en la fuente del Bautismo da el Espíritu Santo plenitud de inocencia,

mas en la Confirmación concede la perfección de la gracia. En el Bautismo somos reengendrados para la

vida, después del Bautismo somos confirmados para el combate. En el Bautismo somos lavados, después del

Bautismo fortalecidos. La regeneración por si salva a los que reciben el Bautismo, la Confirmación arma y

fortalece para, las luchas”. Y esto no solamente lo enseñaron otros Concilios, sino que fué definido en

particular por el Sacrosanto de Trento, de manera que no sólo no se puede sentir lo contrario, pero ni

dudarlo en manera alguna.

 

VI. Quién instituyó el Sacramento de la Confirmación.

372. Y porque ya antes hemos demostrado cuan necesario era enseñar en general de todos los

Sacramentos quién fuese su autor, esto mismo se ha de enseñar también en particular de la Confirmación, para

que los fieles veneren más la santidad de este Sacramento. Por esto han de explicar los Pastores que Cristo

Señor no solamente fué su autor, sino que según San Fabián Pontífice Romano, él mismo prescribió y mandó

el rito del Crisma, y las palabras de que usa la Iglesia Católica al administrarlo. De esto fácilmente podrán

convencerse cuantos confiesan ser la Confirmación Sacramento, porque como todos ellos exceden las fuerzas

humanas, no pueden reconocer por su autor a otro que a sólo Dios. Síguese ahora explicar cuáles son sus

partes, y en primer lugar la materia.

 

VII. Cuál es la materia de este Sacramento.

373. Esta se llama Crisma. Y aunque de este nombre tomado de los griegos se valen los escritores

profanos para significar cualquier género de ungüento, con todo los que tratan de las cosas divinas, le aplicaron

en el modo común de hablar a solo aquel ungüento que se compone de aceite y bálsamo con la solemne

consagración del Obispo. Y así estas dos cosas corporales mezcladas son la materia de la Confirmación. Y esta

composición de cosas diversas, así como declara la diversidad de gracias del Espíritu Santo que se da a los

confirmados, así también muestra suficientemente la excelencia del mismo Sacramento. Y que esta sea la

materia de este Sacramento, lo enseñaron perpetuamente así la Santa Iglesia y los Concilios, como San

Dionisio y otros muchísimos y gravísimos Padres. Señaladamente el Papa San Fabián quien afirmó que los

Apóstoles aprendieron de Cristo Señor nuestro el modo de confeccionar el crisma, y nos le dejaron a nosotros.

 

VIII. Qué significa el aceite en la materia de la Confirmación.

374. Y no parece que podía haber otra materia más propia que el Crisma para declarar lo que se obra

por este Sacramento. Porque el aceite que es pingüe y por su naturaleza fluye y se deslíe, expresa la plenitud de

la gracia que de la cabeza que es Cristo se derrama y difunde sobre nosotros por el Espíritu Santo, como el

ungüento que desciende de la barba de Aarón hasta la orilla de su vestido. Porque le ungió el Señor con óleo

de alegría sobre todos sus compañeros, y todos nosotros recibimos de su plenitud.

 

IX. Qué significa el bálsamo mezclado con el aceite.

375. Y el bálsamo cuyo olor es suavísimo, qué otra cosa significa, sino que cuando los fieles se

perfeccionan con el Sacramento de la Confirmación, despiden de sí tan suave olor de todo género de virtudes

que pueden decir ya aquello del Apóstol: “Somos buen olor de Cristo para Dios?”. Tiene también el bálsamo

tal virtud que preserva de la corrupción cuanto se unge con él. Y esto es muy propio para declarar la virtud de

este Sacramento, pues es manifiesto que preparadas las almas de los fieles con la divina gracia que por él

reciben, se pueden fácilmente preservar de la putrefacción de los pecados.

 

X. Por qué es necesario que el Crisma sea consagrado por el Obispo.

376. El Crisma es consagrado por el Obispo con solemnes ceremonias. Porque así lo enseñó nuestro

Salvador en la última cena a los Apóstoles, cuando les enseñó el modo de componer el Crisma, según lo escribió

Fabián Pontífice, ilustre por la santidad y gloria del martirio. También se puede mostrar por la razón porqué

debió hacerse esto de este modo. Porque en muchos de los demás Sacramentos de tal forma instituyó Cristo la

materia que también la santificó. Y así no sólo quiso que el elemento del agua fuese materia del Bautismo

cuando dijo: “El que no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios”, sino que

cuando él mismo fué bautizado, hizo que desde entonces tuviese el agua virtud de santificar. Por esto dijo San

Crisóstomo: “No podría el agua lavar los pecados de los creyentes, si no estuviera santificada por el contacto

del cuerpo del Señor”. Mas como el Señor no consagró con algún uso y tratamiento propio esta materia de la

Confirmación, es preciso que sea consagrada con santas y religiosas deprecaciones. Y esta consagración no

puede pertenecer sino al obispo, porque es el ministro ordinario del mismo Sacramento.

 

XI. Cuál es la forma de este Sacramento.

377. También se debe explicar la otra parte de que se compone este Sacramento, que es la forma de las

palabras con las cuales se hace esta sagrada unción. Debe advertirse a los fieles que cuando reciban este

Sacramento, muevan sus almas a la piedad, fe y devoción, especialmente cuando adviertan que se pronuncian

estas palabras, para que la divina gracia no halle obstáculo alguno. La forma de la Confirmación está contenida

en estas palabras: “Te sello con la señal de la Cruz, y te confirmo con el Crisma de la salud en el nombre del

Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Y si queremos probar esta verdad por razón, presto se puede hacer.

Porque la forma del Sacramento debe contener todo aquello que explica la naturaleza y sustancia del mismo

Sacramento.

 

XII. Pruébase que es perfecta esta forma.

378. Tres cosas señaladamente deben observarse en la Confirmación, a saber: el poder de Dios que obra

en el Sacramento como causa principal; la fortaleza» de ánimo y espíritu que se da a los fieles en la sagrada

unción para que consigan la salud eterna, y la señal con que es marcado quien ha de entrar en la batalla de la

milicia cristiana. Y la primera de estas cosas se declara bastante en aquellas palabras: “En el nombre del Padre,

y del Hijo, y del Espíritu Santo”, que están al fin de la forma; la segunda en aquellas: «Te confirma con el

Crisma de la salud”, que están en medio; y la tercera en aquellas otras: “Te sello con la señal de la Cruz”

, que están al principio. Pero aunque no hubiera razón alguna con que probar que esta es la forma verdadera y

perfecta de este Sacramento, nos quita toda duda la autoridad de la Iglesia Católica por cuyo magisterio

fuimos siempre enseñados sobre esto.

 

XIII. Quién es el ministro propio de este Sacramento.

379. Deben también enseñar los Pastores a quienes señaladamente esté encomendada la administración

de este Sacramento, por qué habiendo muchos, según el Profeta: “Que corren sin que les envíen”, es

necesario declarar quiénes son sus verdaderos y legítimos ministros, para que el pueblo fiel pueda conseguir el

Sacramento y la gracia de la Confirmación. Nos enseñan, pues, las santas Escrituras que sólo el Obispo tiene

potestad ordinaria para administrar este Sacramento. Pues leemos en los Actos de los Apóstoles que habiendo

los de Samaria recibido el Evangelio, Pedro y Juan les fueron enviados, e hicieron oración por ellos, para que

recibiesen el Espíritu Santo, pues sobre ninguno de ellos había aún descendido, sino tan sólo habían sido

bautizados. En lo cual podemos ver que el que los había bautizado, no tuvo potestad alguna para confirmarlos

por ser solamente Diácono, sino que este ministerio fué reservado a ministros más perfectos, esto es a los Após-

toles. Esto mismo se puede observar en todos los demás lugares donde las Santas Escrituras hacen mención de

este Sacramento.

 

XIV. Se demuestra lo mismo con la autoridad de los Sumos Pontífices.

380. Tampoco faltan para demostrar esto, testimonios clarísimos de Santos Padres y de Pontífices,

como Urbano, Eusebio, Dámaso, Inocencio y León según se puede ver en un Decretales. También San Agustín

se queja vivamente de la corruptela de los egipcios y alejandrinos cuyos sacerdotes se atrevían a administrar el

Sacramento de la Confirmación. Y que con mucha razón se dispuso que fuese esta acción privativa de los

Obispos, pueden darlo a entender los Pastores con esta semejanza. Porque así como en la fábrica de los

edificios, si bien los oficiales, que un ministros inferiores preparen y ordenen las piedras, cal, madera y demás

materiales, pero el re mate de la obra sólo toca al arquitecto de ella, así también siendo este Sacramento como

la perfección del edificio espiritual, era necesario que no le ad ministrase sino el sumo Sacerdote.

XV. Por qué también en este Sacramento se añaden Padrinos y del parentesco que se contrae.

381. También se añade Padrino en la misma forma que se declaró tratando del Sacramento del

Bautismo. Porque si los gladiadores necesitan de alguno que con arte y destreza les enseñe de qué manera

podrán herir y matar al contrario salvándose a sí mismos, ¿cuánta mayor necesidad tendrán los fieles de

maestro y director cuando escudados y fortalecidos con el Sacramento de la Confirmación, como con unas

armas muy seguras entran en el combate espiritual, cuya corona es la vida eterna? Con mucha razón, pues, se

han de llamar Padrinos para la administración de este Sacramento, con los cuales se contrae el mismo

parentesco espiritual e impide el legítimo matrimonio, según se dijo al tratar de los Padrinos del Bautismo.

 

XVI. Aunque no es absolutamente necesario este Sacramento no ha de ser omitido.

382. Porque muchas veces sucede que andan los fieles o muy apresurados o muy descuidados y

perezosos en la recepción de este Sacramento (dejando por perdidos aquellos que han llegado a tal extremo de

impiedad que se atreven a menospreciarle o mofarse de él), deben también declarar los Pastores: quiénes, de

qué edad y con qué disposiciones deben venir los que han de ser confirmados. Primeramente, ha de enseñarse

que este Sacramento no es tan necesario que sin él no puedan salvarse las almas. Pero aunque no es necesario,

nadie debe dejarle y aun es muy de temer no se cometan algunos descuidos en una cosa tan llena de santidad y

en que con tanta largueza se nos dan por ella Ion di vinos dones. Pues todos deben desear con constancia lo que

a todos sin excepción propuso Dios para su santificación.

 

XVII. Se demuestra que todos los fieles deben recibir el Sacramento de la Confirmación.

383. Y en verdad cuando refiere San Lucas aquella efusión maravillosa del Espíritu Santo, dice así: «Y

de repente se hizo un estruendo del cielo, como de un viento fuerte que venía con ímpetu, y llenó toda la

casa. Y poco después: «Y todos fueron henchidos del Espíritu Santo». De cuyas palabras se deja entender,

pues esta casa expresaba la figura e imagen de la Santa Iglesia, que a todos los fieles pertenece el Sacramento

de la Confirmación, el cual principió en este día. Y esto también se deduce fácilmente de la naturaleza del mis-

mo Sacramento, pues aquéllos deben ser confirmados con el sagrado Crisma, que necesitan de aumento

espiritual y han de ser conducidos al estado perfecto de la religión cristiana. Esto en gran manera conviene a

todos. Porque así como la naturaleza procura que aquellos que nacen, vayan creciendo y lleguen hasta perfecta

edad, aunque alguna vez no logre sus intentos, así la Iglesia Católica madre universal de todos, desea con vehe-

mencia que aquellos que reengendró con el Bautismo se perfeccionen enteramente como cristianos. Y como

esto se hace por el Sacramento de la mística unción, es manifiesto que sin excepción alguna pertenece a todos

los fieles.

 

XVIII. Qué edad se fija para recibir este Sacramento.

384. También ha de observarse que, después del Bautismo, puede administrarse a todos el Sacramento

de la Confirmación, mas no es muy conveniente darlo a los niños antes que tengan uso de razón. Por lo cual, si

no pareciere bien esperar hasta los doce años, a lo menos es muy conveniente aguardar a los siete. Porque la

Confirmación no fué instituida como necesaria para la salud, sino para que con su gracia estemos bien armados

y prevenidos cuando hubiéremos de pelear por la fe de Cristo. Y para esta clase de combates es cierto que

ninguno juzgará sean aptos los niños que carecen aún de uso de razón.

 

XIX. Cómo han de prepararse los adultos para este Sacramento.

385. De lo dicho se sigue que los adultos que se han de confirmar, si desean conseguir la gracia y dones

de este Sacramento, han de llegar a recibirle no solamente con fe y piedad, sino también con verdadero dolor

de las culpas graves que hubieren cometido. Y por tanto, deben procurar los Pastores que se confiesen antes,

exhortándolos y moviéndolos a que se ejerciten en ayunos y otras obras de piedad, advirtiéndoles al mismo

tiempo renueven aquella loable costumbre de la primitiva Iglesia no recibiéndole sino en ayunas, lo cual no

será difícil persuadirlo a los fieles, si entendieren los dones y maravillosos efectos de este Sacramento.

 

XX. Cuáles son los efectos de la Confirmación.

386. Enseñarán, pues, los Pastores que la Confirmación, como los demás Sacramentos, causa nueva

gracia si no halla algún impedimento. Porque ya se demostró que estas sagradas y místicas señales causan la

gracia que significan. De donde se sigue que este Sacramento perdona también los pecados, pues ni aun

imaginar podemos la gracia unida con el pecado. Pero además de estos efectos, ni son comunes a los demás

Sacramentos, el primero que propiamente se atribuye a la Confirmación, es que perfecciona la gracia del

Bautismo. Pues los que son hechos cristianos por el Bautismo tienen todavía, como niños recién nacidos, cierta

terneza y blandura, pero mediante el Sacramento de la Confirmación se hacen robustos y fuertes contra todas

las tentaciones de la carne, del mundo y del demonio, y su alma se confirma totalmente en la fe, para confesar y

glorificar el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Y de aquí le viene el nombre, como ninguno dudará.

 

XXI. De dónde se deriva el nombre de Confirmación.

387. No se deriva el nombre de Confirmación, como algunos fingieron no menos ignorante que

malvadamente, de que antiguamente los que habían sido bautizados siendo niños, se presentaban cuando eran

adultos al Obispo para confirmar y ratificar la fe cristiana que habían recibido en el Bautismo, de suerte que la

Confirmación parezca no ser otra cosa que instrucción o Catecismo, la cual costumbre con ningún probable

testimonio se puede apoyar, sino que a este Sacramento se puso el nombre de Confirmación, por cuanto

mediante su virtud confirma Dios en nosotros lo que comenzó a obrar en el Bautismo, y nos conduce a la

perfección de la solidez cristiana. Y no sólo la confirma, sino que también la aumenta. Acerca de lo cual dice el

Papa San Melquíades: “El Espíritu Santo que descendió a hacer saludables las aguas del Bautismo, en la

fuente da la plenitud de inocencia, y en la Confirmación aumento de gracia”. Y no sólo la aumenta, sino que la

acrecienta verdaderamente de un modo maravilloso, como con gran propiedad lo significó y expresó la

Escritura con la semejanza del vestido, pues hablando de este Sacramento, dijo nuestro Salvador: “Asentaos en

la ciudad hasta que seáis vestidos con virtud de lo alto”.

 

XXII. Declárase la virtud de este Sacramento por lo que acaeció a los Apóstoles.

388. Pero si los Pastores quieren manifestar la virtud divina de este Sacramento (pues es cierto que esto

tendrá gran eficacia para mover los ánimos de los fieles) bastará explicarles lo que acaeció en los mismos

Apóstoles. Estos antes de la Pasión y a la misma hora de ella estaban tan tímidos y acobardados, que cuando

fué preso su divino Maestro todos huyeron. Y San Pedro, que ya estaba señalado por piedra y fundamento

de la Iglesia, y que había mostrado una suma constancia y fuerza de ánimo, espantado a la voz de una

mujerzuela, no una ni dos veces, sino has tres negó ser discípulo de Jesucristo. Y aun después de la

Resurrección todos estuvieron encerrados en casa por miedo de los judíos. Pero en el día de Pentecostés todos

fueron llenos de tanta fortaleza y virtud del Espíritu Santo, que predicaban el Evangelio que se les había

encargado, no solamente en la .región de los judíos, sino en todo el mundo tan esforzada y libremente,

pensando que nada podía contribuir más a su felicidad como en ser dignos de padecer afrentas, pasiones,

tormentos y cruces por el nombre de Cristo.

 

XXIII. La Confirmación imprime carácter y no puede reiterarse.

389. Tiene también la Confirmación esta virtud, que imprime carácter. Y así en ningún caso puede

reiterarse, como arriba dijimos del Bautismo, y del Sacramento del Orden se dirá más claro en su lugar. Si con

frecuencia y cuidado explicaren los Pastores estas cosas, parece como imposible que conociendo los fieles la

dignidad y utilidad de este Sacramento, no procuren con gran diligencia recibirle santa y religiosamente. Resta

ahora que digamos algo, aunque con brevedad, acerca de los ritos y ceremonias con que la Iglesia Católica

administra este Sacramento, pues esta explicación será tan útil, como lo entenderán los Pastores, si quieren

recordar lo que arriba se dijo tratando de éste punto.

 

XXIV. Por qué a los confirmados se unge la frente con la señal de la cruz.

390. Los que se confirman son ungidos en la frente con el sagrado Crisma, porque mediante este

Sacramento se infunde el Espíritu Santo en las almas de los fieles y aumenta en ellos la virtud y fortaleza para

que en los combates espirituales peleen con esfuerzo, y puedan resistir a sus malignos enemigos. Y por esto se

declara que por ningún miedo ni vergüenza, de cuyos efectos suelen por lo común aparecer señales en la frente,

se han de retraer de confesar con libertad el nombre cristiano. Además de esto esa insignia y divisa, por la cual

se distingue el cristiano de los demás, como el soldado por las suyas, se debía imprimir en la parte más noble

del cuerpo.

XXV. En qué tiempo principalmente se debe administrar este Sacramento.

391. Obsérvase también con piadoso respeto en la Iglesia de Dios administrar este sacramento,

especialmente el día de Pentecostés, por haber sido en él fortalecidos y confirmados muy en particular los

Apóstoles con la virtud del Espíritu Santo. Y con el recuerdo de un hecho tan divino, se advierte a los fieles

cuáles y cuan grandes sean los misterios que se deben contemplar en la sagrada unción.

 

XXVI. Por qué el Obispo da una bofetada y ósculo de paz al confirmado.

392. Luego hiere el Obispo con blandura en el rostro al que ya esta ungido y confirmado, para que se

acuerde que debe estar pronto, como fuerte guerrero, para sufrir con ánimo invicto cualesquiera adversidades

por el nombre de Cristo. Últimamente se le da la paz para que entienda que ha conseguido la plenitud de la

gracia de Dios, y aquella paz que sobrepuja todo sentido. Esta es la suma de lo que los Pastores han de

explicar sobre el Sacramento de la Confirmación, no tanto con solas palabras y discursos áridos como con

afectos inflamados y llenos de piedad para que puedan penetrar en lo íntimo de los entendimientos y

voluntades de los fieles.

 

EL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Así como no hay instrumento de la divina gracia que pueda compararse en dignidad y eficacia a la

Sagrada Eucaristía, por contener al Autor mismo de la gracia, así tampoco se puede temer ningún castigo más

grave de Dios que si los fieles no tratan santa y religiosamente este sacramento (I Cor. 11 30.). Por lo tanto,

expongan los párrocos la doctrina sobre este sacramento, a fin de que los fieles saquen de él abundantes frutos,

y eviten la justa ira de Dios.

Institución de la Eucaristía

[2] Cristo instituyó la Sagrada Eucaristía: • movido por su amor, a fin de dejarnos una prenda divina de

ese amor (Jn. 13 1.) y de no estar nunca ausente de los suyos (Mt. 28 20.); • después de haber comido con sus

discípulos el cordero pascual, para que la figura diese lugar a la verdad; • tomando pan y vino, y

consagrándolos, convirtiendo el primero en su cuerpo y el segundo en su sangre (Mt. 26 26; Mc. 14 22; Lc. 22

19-20; I Cor. 11 24.); • finalmente, ordenando a los apóstoles que perpetuaran este sacrificio en memoria

suya.

Nombres de la Eucaristía

[3-6] Como no se podía expresar con un solo nombre la dignidad y excelencia de este sacramento, se

utilizaron muchos, entre los cuales son los principales: • Eucaristía, esto es, «buena gracia», porque nos da a

conocer de antemano la vida eterna, y porque contiene a Cristo, fuente de toda gracia; o «acción de gracias»,

porque por él damos gracias a Dios todos los días por todos los beneficios de El recibidos; • Sacrificio (como

luego se explicará), porque renueva sobre nuestros altares el mismo sacrificio de Cristo consumado en la Cruz;

Comunión, porque nos une con Cristo, al hacernos partícipes de su cuerpo y de su sangre, y nos concilia y

une mutuamente entre nosotros por medio del mismo Cristo (I Cor. 10 16.); • Paz y caridad, porque, por la

razón anterior, obliga al cristiano a deponer toda enemistad, rivalidad o discordia; • Viático, porque nos

sustenta durante la peregrinación de esta vida, y nos asegura el camino para la gloria y felicidad eternas;

Cena (I Cor. 11 20.), por haber sido instituido por Cristo nuestro Señor durante su última cena; aunque no

por eso es lícito recibirlo después de haber comido o bebido, pues por costumbre apostólica hay que recibirlo

en ayunas.

Por qué la Eucaristía es verdadero sacramento

[7] La Eucaristía debe contarse entre los verdaderos sacramentos, porque reúne todas las condiciones

de los mismos, a saber: • hay en ella signos externos y sensibles; • tiene virtud significativa y productiva de la

gracia; • y fue instituida directamente por Cristo, como lo enseñan los Evangelistas y San Pablo. Pero hay que

notar:

[8] 1º Que la razón propia y verdadera de sacramento la tienen las especies del pan y del vino;

sin embargo, alguna vez los sagrados escritores dieron también el nombre de sacramento a la consagración de

la Eucaristía, a su recepción, y al mismo Cuerpo y Sangre de Cristo que se contiene en la Eucaristía; cosas que

se llaman sacramentos con menos propiedad.

[9] 2º Que hay una doble diferencia entre este sacramento y todos los demás: • la primera es

que los demás sacramentos se realizan al ser administrados, mientras que éste se realiza por la sola

consagración de la materia, aunque no se administre; • la segunda, que en los demás sacramentos la materia

no se convierte en otra sustancia, mientras que en la Eucaristía la materia del pan y del vino se convierten en

la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo.

[10] 3º Que aunque dos son los elementos de que se compone este sacramento (las especies de pan y de

vino), uno sólo es el Sacramento de la Eucaristía: • porque así lo definieron los Concilios de Letrán,

Florencia y Trento; • porque tiene como efecto constituir un solo cuerpo místico, y así debe ser uno solo; • y

porque significa una sola cosa, a saber, el alimento espiritual con que viven y se recrean las almas (Jn. 6 56.), a

semejanza de la comida y la bebida corporales, que, siendo distintas, se ordenan a un solo efecto, reparar las

fuerzas corporales.

175[11] Tres son las cosas que se nos indican en este Sacramento: • una pasada, la Pasión de Cristo

nuestro Señor (Lc. 12 19; I Cor. 11 26.); • una presente, la gracia divina y sobrenatural que comunica al alma

para alimentarla; • y una futura, la gloria y el gozo celeste, que recibiremos en la patria celestial, según la

promesa divina (Jn. 6 50-51.).

Materia de la Eucaristía

[12] 1º El pan. — La primera materia de este sacramento es el pan (Mt. 26 26; Mc. 14 22; Lc. 22 19.).

En efecto, nuestro Señor se llamó a sí mismo «Pan vivo bajado del cielo» (Jn. 6 14.). Este ha de reunir dos

condiciones:

a) Para la validez, ha de ser pan de trigo, pues habiendo varias clases de pan, cuando en absoluto se dice

pan, se entiende el pan de trigo. Esto se prueba por el Antiguo Testamento (los panes de la proposición, que

figuraban este sacramento, eran de flor de trigo) (Lev. 24 5.), por la Tradición apostólica y por la autoridad de

la Iglesia Católica.

[13] b) Para la licitud, ha de ser pan ázimo, pues Cristo instituyó este sacramento el día primero de los

Azimos (Mt. 26 17.), en que no era lícito a los judíos tener pan fermentado (Ex. 12 19.); y por el simbolismo que

San Pablo da al pan ázimo (I Cor. 5 7-8.): la levadura es símbolo de corrupción y de pecado, el ázimo lo es de

vida pura y perfecta. [14] Sin embargo, como tanto el pan ázimo como el fermentado tienen verdadera razón de

pan, esta condición no es necesaria para que haya sacramento. Pero a nadie es lícito alterar el rito laudable de

su Iglesia: los sacerdotes de la Iglesia Latina deben confeccionar este sacramento con pan ázimo, y los de la

Iglesia Griega con pan fermentado.

[15] 2º El vino. — El vino es la segunda materia de este sacramento (Mt. 26 29; Mc. 14 25.), y ha de

reunir también dos condiciones:

a) La primera, ser vino de uva, pues ese utilizó nuestro Señor: «No beberé ya más de este fruto de la

vid» (Mt. 26 29.).

[16] b) La segunda, debe añadírsele un poco de agua, por tres razones: • porque así lo hizo Cristo, como

consta por la autoridad de los Concilios y el testimonio de San Cipriano; • para renovar la memoria de la sangre

y agua salidas del costado de Cristo (Jn. 19 34.); • para significar la unión del pueblo fiel con Cristo su Cabeza,

pues las aguas representan a los pueblos (Apoc. 17 15.). [17] Aunque no se puede omitir la adición del agua sin

pecado mortal, puede haber sacramento si faltara. Sin embargo, la cantidad de agua añadida ha de ser mucho

menor a la del vino, para que sea el agua la que se convierta en vino, y no el vino en agua.

[18] 3º Qué representan el pan y el vino de la Eucaristía. — • En primer lugar, muestran que

Cristo es verdadera vida de los hombres, y alimento completo del alma: «Mi carne es verdaderamente una

comida, y mi sangre es verdaderamente una bebida» (Jn. 6 56.); • luego, estos dos elementos muestran a los

hombres que en este sacramento está realmente el Cuerpo y la Sangre del Señor; • además, la maravillosa

conversión de estos elementos representan lo que sucede en el alma: así como exteriormente no se ve

alteración alguna del pan y del vino, y sin embargo se convierten en el cuerpo y sangre de Cristo, así también,

aunque no se ve en nosotros cambio alguno, somos renovados interiormente por la recepción de este

sacramento; • finalmente, en los elementos de pan y vino brilla la unión de los miembros de la Iglesia (Rom. 12

4-5; I Cor. 10 17 y 12 12.): pues el pan resulta de muchos granos de trigo, y el vino de muchos racimos de uva.

Forma de la Eucaristía

[19] 1º Para la consagración del Pan. — La forma es: Hoc est enim Corpus meum: «Esto es mi

Cuerpo» (Mt. 26 26; Mc. 14 22; Lc. 22 19.). Esta es la forma que utilizó nuestro Señor, y la que siempre utilizó

la Iglesia Católica. Hay que pronunciar estas palabras, pues en la orden de nuestro Señor: «Haced esto en

memoria mía» (Lc. 22 19; I Cor. 11 24.) debe incluirse, no sólo lo que hizo, sino también lo que dijo; y por ese

mismo motivo dichas palabras han de ser pronunciadas, no sólo para significar, sino también para obrar

(«Haced»), ya que la forma ha de declarar el efecto que se produce, que es la conversión del pan en el Cuerpo

de Cristo, lo cual se cumple en dichas palabras.

[20] No todas las palabras que la Iglesia usa para la Consagración son necesarias: así, por ejemplo, no

lo son las palabras «Tomad y comed», que indican, no la consagración de la materia, sino sólo su uso; pues si

no resultaría que no se podría o al menos no se debería consagrar este sacramento si no tuviese que ser

distribuido. La palabra «enim» no es tampoco necesaria para la consagración.

[21] 2º Para la consagración del Vino. — La forma es: Hic est enim calix Sanguinis mei, novi

et æterni Testamenti, mysterium fidei, qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem

peccatorum. Dichas palabras están tomadas, ya de la Sagrada Escritura (Mt. 26 28; Lc. 22 20; I Cor. 11 25.),

ya de la Tradición apostólica («æterni», «mysterium fidei»). [22] Estas palabras son la forma apropiada para

consagrar la Sangre, porque expresan claramente: • la conversión de la sustancia del vino en la Sangre del

Señor; • ciertos frutos admirables de la Sangre derramada de Cristo, como son la entrada en la herencia eterna

(la cual viene a nosotros por el derecho del nuevo y eterno Testamento) (Heb. 10 19.), la posibilidad de ser

justificados por el misterio de la fe (Rom. 3 25-26.), y la remisión de los pecados (Heb. 9 14.).

[23-24] El significado de dichas palabras está tan llena de misterios, que conviene considerarlas

detenidamente. • «Hic est enim calix Sanguinis mei»: significa: «Esta es mi Sangre, que se contiene en este

cáliz». Y se hace mención del cáliz, para darnos a entender que Cristo nos da su Sangre a modo de bebida. •

«Novi Testamenti»: para que comprendamos que Cristo, en su nueva alianza, da a los hombres su sangre, no

ya en figura, como en la antigua alianza, sino real y verdaderamente. • «Et æterni Testamenti»: la palabra

«eterno» designa la herencia eterna, que la muerte del testador eterno, Jesucristo, nos ha merecido. •

«Mysterium fidei»: porque debe creerse con fe firme lo que está tan encubierto y tan lejos de los sentidos; y

porque la razón humana encuentra mucha dificultad y oposición en creer que Jesucristo, Dios hecho hombre,

padeció muerte por nosotros. • «Qui effundetur in remissionem peccatorum»: se hace aquí memoria de la

pasión del Señor con más oportunidad que en la consagración del Cuerpo, porque la Sangre, consagrada

separadamente, tiene más fuerza para representar en la mente de todos la pasión y muerte del Redentor. • «Pro

vobis et pro multis»: son palabras muy propias para manifestar el fruto y las ventajas de la pasión; pues si bien

es cierto que Cristo padeció y derramó su Sangre por todos los hombres, no todos se aprovechan de ella, sino

sólo muchos; y como aquí nuestro Señor sólo hablaba de los frutos de su pasión, que sólo para los elegidos

produce frutos de salvación, dijo «por vosotros» (Lc. 22 20; cf. Jn. 17 9.), esto es, por sus discípulos, excepto

Judas, «y por muchos» (Mt. 26 28; cf. Heb. 9 28.), esto es, los demás elegidos entre los judíos y los gentiles.

[25] Ya es tiempo de explicar aquellas cosas que los fieles no pueden ignorar sobre este sacramento. La

primera es que el espíritu y la inteligencia deben prescindir aquí enteramente de los sentidos, y dejarse guiar

por la sola fe; pues si atendiéramos a los sentidos, creeríamos que sólo hay pan y vino en el sacramento, no

descubriendo éstos más que las especies. [26] La segunda es que tres cosas hay sobre todo que admirar y

confesar en este sacramento: • la presencia real del verdadero cuerpo de Cristo nuestro Señor; • el cambio de

sustancia de los elementos de pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo; • y la permanencia de los accidentes

de pan y vino sin sujeto alguno.

Presencia real del cuerpo de Cristo en la Eucaristía

[27] 1º El Testimonio de las Escrituras. — Muy terminantemente afirmó el Salvador la verdadera

existencia de su Cuerpo en el Sacramento por las siguientes palabras: «Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre»

(Mt. 26 26; Mc. 14 22; Lc. 22 19.); [28] también lo afirma solemnemente San Pablo en su primera Epístola a

los Corintios: «El cáliz de bendición que consagramos, ¿no es la comunión de la Sangre de Cristo? Y el pan

que partimos, ¿no es la participación del Cuerpo del Señor?» (I Cor. 10 16.). Y por eso amenaza con graves

palabras a quien «no hace el debido discernimiento del Cuerpo del Señor» (I Cor. 11 28-29.), esto es, quien no

distingue este Sacramento de cualquier otro género de alimento.

[29] 2º Testimonio del Magisterio de la Iglesia. — Por dos vías podemos llegar al conocimiento

del juicio de la Iglesia sobre este punto:

a) Consultando a los Santos Padres, que son los testigos más autorizados de la doctrina de la Iglesia.

Ahora bien, todos ellos han enseñado claramente la verdad de este dogma: • San Ambrosio afirma que en este

Sacramento se recibe el Cuerpo de Cristo, y que antes de la consagración hay allí pan, pero después de ella está

allí la carne de Cristo; • San Juan Crisóstomo enseña lo mismo en sus homilías 44, 45 y 60; • San Cirilo afirma

tan claramente que la verdadera carne del Señor está en este Sacramento, que ninguna interpretación sofística

puede disminuir la fuerza de sus palabras. Fácil sería añadir los testimonios de San Agustín, San Dionisio, San

Hilario, San Justino, San Ireneo, San Jerónimo, San Juan Damasceno y otros muchos.

[30] b) Por la condenación de la doctrina contraria. La Iglesia condenó la herejía de Berengario, que

se atrevió a negar dicha verdad en el siglo XI, en cuatro concilios: el de Vercelli, el de Tours, y dos de Roma (Dz.

355.); y tal condenación fue posteriormente renovada por varios Sumos Pontífices, y por los concilios de Letrán

IV, de Florencia y de Trento.

[31] Finalmente, la creencia de este dogma se encuentra incluida en los demás artículos del Credo; pues

si profesamos la omnipotencia de Dios, debemos igualmente creer que Dios tiene el poder para realizar esta

obra admirable; y porque al creer en la Santa Iglesia, creemos también lo que ella cree y enseña.

[32] 3º Gran dignidad de la Iglesia al contemplar este misterio. — La Sagrada Eucaristía hace

comprender la perfección de la Ley evangélica, que posee en la realidad lo que la Ley mosaica sólo poseyó en

177figuras y sombras. La Iglesia militante se encuentra así en posesión del mismo Cristo, Dios y Hombre, que

posee la Iglesia triunfante, con la sola diferencia de que Cristo no es aún visto por nosotros, sino venerado bajo

los velos eucarísticos, mientras que en el cielo se goza ya de su feliz visión. Además, los fieles participan por

este sacramento del amor de Cristo, que quiso vivir con nosotros sin apartar de nosotros la naturaleza que de

nosotros había tomado (Prov. 8 31.).

[33] 4º Explicación de la presencia eucarística. — En este sacramento se contiene no sólo el

verdadero cuerpo de Cristo, y cuanto pertenece a su cuerpo, como los huesos y nervios, sino también a todo

Cristo, esto es, no sólo en cuanto hombre, sino también en cuanto Dios, ya que en Cristo la naturaleza humana

estaba unida a la divina en unión de hipóstasis o persona. [36] Esta presencia de Cristo entero se verifica, no

sólo en cada especie, sino también en cualquier partícula de ambas especies. [34] Sin embargo no todas las

cosas están presentes por una misma razón: • pues el cuerpo y la sangre están presentes, uno bajo las especies

de pan, y otro bajo las especies de vino, en virtud de las palabras de la consagración; • el cuerpo está presente

en la sangre, y la sangre en el cuerpo, y en ambas el alma y la divinidad, en virtud de la concomitancia, porque

Cristo, al estar ya glorificado, no puede sufrir separación alguna en sus partes.

[35] Aunque Cristo ya no puede sufrir separación física de sus partes, se hacen dos consagraciones en la

Eucaristía: • para expresar mejor la pasión del Señor, por la separación sacramental de la sangre y el cuerpo; •

y para mostrar que es alimento completo del alma, comida y bebida.

La transustanciación

[37] 1º La cosa. — Después de la consagración no queda en el Sacramento sustancia de pan ni de vino;

lo cual es una consecuencia de lo anterior. En efecto, después de la consagración el cuerpo de Cristo se

encuentra bajo las especies de pan, y su sangre bajo las especies de vino; y esto sólo puede suceder: • o por

cambio de lugar (lo cual no es aquí posible, pues Cristo no deja el cielo); • o por creación (lo cual tampoco es

posible, pues el cuerpo de Cristo ya existe); • o por conversión del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de

Cristo. Esto último es lo que se verifica; por lo tanto, nada queda de la sustancia del pan ni del vino.

[38] 2º Testimonios de la Escritura. — Cristo mismo afirmó dicha verdad, al enseñar tajantemente

en varias ocasiones que nos da su cuerpo y su sangre bajo este sacramento para que sean nuestra comida y

bebida (Jn. 6 52-56.); y especialmente en el momento de instituir este sacramento, cuando dijo: «Esto es mi

cuerpo, éste es el cáliz de mi sangre» (Mt. 26 26; Mc. 14 22; Lc. 22 19; I Cor. 11 24.). Si a su carne llama

comida, y a su sangre bebida, claro está que no queda ni pan ni vino en este sacramento.

[39] 3º Testimonios de los Padres y del Magisterio. — Esta ha sido también la doctrina

constante de los Santos Padres, que han afirmado de mil maneras que, antes de la consagración, en el

sacramento hay sólo pan y vino, pero que por la consagración, ese pan se hace carne de Cristo, y ese vino

sangre de Cristo. Por eso, los Concilios de Letrán el Grande y de Florencia confirmaron la verdad de este

artículo (Dz 430 y 698.), y el Concilio de Trento la definió más claramente como verdad de fe (Dz. 884.). [40] Y

si llamamos «pan» a la Eucaristía incluso después de la consagración, es sólo porque conserva la apariencia de

pan, y porque retiene la cualidad natural de alimentar y nutrir al cuerpo, la cual es propia del pan.

[41] 4º Modo de verificarse la transustanciación. — Por el poder de Dios, toda la sustancia del

pan se convierte en toda la sustancia del cuerpo de Cristo, y toda la sustancia del vino se convierte en toda la

sustancia de la sangre de Cristo, sin que ello suponga en nuestro Señor alteración ninguna. [42] Por esta

razón, el Concilio de Trento declaró que a tan admirable conversión había que darle el nombre de

«transustanciación» (Dz. 877 y 884.), esto es, de cambio de sustancia, que recta y sabiamente usaron nuestros

mayores.

[43] Debe exhortarse a los fieles a no escudriñar curiosamente cómo se realiza esta misteriosa

conversión, pues no podemos comprenderla, al no tener ejemplo alguno de ella en las conversiones naturales

ni en la creación de las cosas; sino que deben creer sencillamente por la fe esta verdad. Y no menos han de

creer sencillamente que Cristo está todo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de

cualquiera de las especies (Dz. 876 y 885.), sin querer escudriñar de qué modo. Basta que sepan que Dios así lo

afirma, y que «para Dios no hay nada imposible» (Lc. 1 37.).

[44] Enseñarán los párrocos, por fin, que Cristo no se encuentra en este Sacramento como en un lugar,

puesto que está en él sin tener extensión ninguna, sólo por su sustancia; y que como ésta está toda entera en

un espacio grande como en uno pequeño, es cuestión vana tratar de averiguar si el cuerpo de Cristo consta en

este sacramento de mayor o menor cantidad.

178Las especies eucarísticas

[45] 1º Modo como permanecen las especies de pan y vino en la Eucaristía. — En este

Sacramento, las especies de pan y vino se conservan sin sujeto alguno. En efecto, la sustancia del pan se

convierte toda en la del cuerpo de Cristo, y la sustancia del vino en la de su sangre. Como los accidentes de pan

no pueden estar adheridos al cuerpo de Cristo, ni los de vino a su sangre, sólo queda que, por encima de todo el

orden natural, se mantengan por sí mismos, sin estar sujetos a sustancia alguna. Tal fue siempre la doctrina de

la Iglesia Católica.

[46] 2º Razón de la permanencia de las especies eucarísticas. — La providencia de Dios quiso

administrarnos el cuerpo y la sangre de Cristo bajo los accidentes de pan y de vino por tres razones: • la

primera, por el gran horror que tienen los hombres, por naturaleza, a comer carne humana o beber su

sangre; • la segunda, para librarnos de la calumnia de los infieles (acusación de antropofagia), de la que no

podríamos huir si vieran que el cuerpo y sangre del Señor nos fuese administrada bajo su propia especie; • la

tercera, para ejercer y aumentar la fe en nuestros corazones; pues la razón humana carece de mérito en todo

aquello en que encuentra fácil prueba.

Efectos de la Eucaristía

[47] La Eucaristía es, respecto a los demás sacramentos, lo que la fuente es respecto a los arroyuelos,

por contener al Autor de toda gracia y de todos los sacramentos, que sacan de El toda su eficacia. De ahí

pueden deducirse ya los magníficos dones que se nos comunican por su medio.

[48] 1º La Eucaristía produce en el alma los mismos efectos que el pan y el vino en el

cuerpo. — Esto es, alimenta al alma sosteniendo la vida de la gracia para que no desfallezca, reparando sus

fuerzas perdidas, haciéndola crecer y deleitándola espiritualmente. Pero no lo hace transformando el

Sacramento en nuestra sustancia, sino transformándonos a nosotros en Cristo.

[49] a) La Eucaristía comunica la gracia para sostener la vida divina. Comunica la gracia, pues hace

venir a nuestra alma a Jesucristo, que trae la gracia, y que ha prometido comunicar su propia vida a los que

coman su carne. Así como Cristo, al unirse a su naturaleza humana, la vivificó, así también vivifica por la gracia

a cuantos lo reciben con las debidas disposiciones en este sacramento (Jn. 6 57-58.). [50] Sin embargo, aunque

este Sacramento comunica la gracia, quiere decirse la gracia segunda; y por eso hay que recibirlo teniendo ya

la vida de la gracia, porque fue instituido, no para volver las almas a la gracia, sino para conservarlas en ella; de

modo semejante a como el alimento corporal de nada aprovecha a los cadáveres, sino sólo a los que tienen la

vida. Y la misma gracia primera sólo es concedida a quienes reciben este Sacramento con el deseo y el voto,

porque es el fin de todos los sacramentos y la señal de la unidad de la Iglesia y de la unión a ella, y fuera de la

Iglesia nadie puede conseguir la gracia.

[51] b) La Eucaristía fortalece y deleita al alma. Fortalece al alma, así como el alimento corporal no se

limita a conservar la vida, sino que también la desarrolla; y la deleita dándole el gusto de los dones divinos,

pudiéndosela comparar muy justamente con el maná, que tenía la suavidad de todos los sabores (Sab. 16 20;

Jn. 6 49.).

[52] c) La Eucaristía perdona los pecados veniales y restaura las fuerzas del alma. Así como con el

alimento ordinario se recobra y restablece poco a poco lo que se pierde y disminuye diariamente por virtud del

calor natural, así también la Eucaristía restaura todo lo que el alma perdió por el ardor de la concupiscencia,

borrando las faltas leves y las debilidades cotidianas. [53] Además, la Eucaristía nos conserva limpios de

pecado y fuertes ante las tentaciones, y reprime las malas inclinaciones de la carne, al encender en el alma el

fuego de la divina caridad.

[54] 2º La Eucaristía nos abre las puertas de la gloria eterna. «El que come mi carne y bebe

mi sangre tiene la vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día» (Jn. 6 55.). Quiere decir que la Eucaristía

concede en esta vida suma paz y tranquilidad de conciencia, y conduce después de la muerte a la gloria y

bienaventuranza eterna.

Otros muchos efectos obra este admirable sacramento; pues si Cristo, al ser recibido en muchas casas

siendo todavía mortal, concedió tantos dones a los que lo hospedaban (salud o vida del cuerpo, perdón de los

pecados, etc.), muchos más dones nos dará a nosotros, a cuyas almas no se desdeña venir, estando ya adornado

de gloria inmortal.

Disposiciones para recibir la Eucaristía

[55] 1º Hay tres modos de recibir este Sacramento (Dz. 881.): • algunos reciben sólo el signo

sacramental, esto es, quienes se acercan a recibirlo indignamente; los que así la reciben, no sólo no sacan de

ella fruto alguno, sino que comen y beben su propia condenación (I Cor. 11 27.); • otros reciben la Eucaristía

sólo espiritualmente: son quienes comen dicho pan celestial con el deseo, inflamados en aquella viva «fe que

obra animada de la caridad» (Gal. 5 6.), y consiguen así muchos y excelentes frutos; • otros, finalmente, la

reciben sacramental y espiritualmente; los cuales, habiéndose antes examinado como conviene (I Cor. 11 28.),

la reciben revestidos con el traje nupcial de la gracia (Mt. 22 11.), y perciben los riquísimos frutos de este

sacramento.

[56] 2º El ejemplo de nuestro Señor nos manifiesta que es necesario acercarse a recibir el

alimento eucarístico con las almas bien preparadas; pues El mismo, antes de dar a sus Apóstoles el

Sacramento, no obstante de estar ya limpios, les lavó los pies (Jn. 13 5.), enseñándonos a acercarnos a este

Sacramento con gran pureza de conciencia. Así como aprovecha mucho recibir este Sacramento con buenas

disposiciones, siendo causa de vida eterna, también daña mucho el recibirlo con malas, siendo causa de ruina

eterna. Las principales disposiciones para recibirlo bien son:

[57] a) Por parte del alma:discernir el alimento eucarístico del alimento ordinario (I Cor. 11 29.),

creyendo que en este Sacramento está presente el verdadero cuerpo y sangre del Señor; • ver si se está en paz

con los demás, y si se los ama de corazón (Mt. 5 23-24.); • no tener ningún pecado grave en la conciencia (Mt.

22 11-13.), y si se lo tiene, purificarse antes por el arrepentimiento y la confesión; • la humildad,

considerándonos indignos de un tan gran beneficio (Mt. 8 8-10.).

[58] b) Por parte del cuerpo: • estar en ayunas de comida y bebida desde la medianoche; • los casados,

abstenerse del uso conyugal algunos días antes de la recepción del Sacramento (I Rey. 21 3-5.).

Obligación de recibir la Eucaristía

[59] 1º Hay obligación de recibir la Sagrada Eucaristía a lo menos una vez por año, para

la fiesta de Pascua. [60] Sin embargo, los párrocos deben amonestar a los fieles a recibirlo con frecuencia, y

a ser posible incluso diariamente, como lo enseñaron y amonestaron los Santos Padres: «Vive de tal modo que

puedas comulgar todos los días», decía San Agustín; y también: «Cada día pecas, comulga cada día». [61]

Sabemos que los fieles, al comienzo de la Iglesia, comulgaban diariamente (Act. 2 42.), porque cada día estaban

dispuestos para recibir el Cuerpo del Señor. Pero poco a poco fue decayendo esta costumbre: se obligó entonces

a comulgar al menos a los ministros, y se invitaba a comulgar a todos los que se hallasen dispuestos. Más tarde,

como hubiese decaído tanto la caridad y la piedad, se obligó a comulgar al menos tres veces al año: por

Navidad, por Pascua y por Pentecostés. Finalmente, habiendo llegado las cosas a un extremo, obligó la Iglesia,

en el Concilio de Letrán, que se recibiese la Eucaristía por lo menos una vez al año por la Pascua.

[62] 2º Esta disposición no obliga a los niños que no tienen aún el uso de razón, porque no

saben distinguir el cuerpo del Señor del alimento ordinario, ni pueden recibir la Comunión con espíritu

piadoso y reverente. [63] Toca a los padres de los niños, y al sacerdote a quien confiesan sus pecados,

informarse del conocimiento que tienen de tan augusto Sacramento, y si sienten inclinación hacia él. [64] No

es conveniente tampoco administrar la Eucaristía a los dementes, a no ser: al fin de la vida, y a condición de

que hayan manifestado grandes afectos de piedad y religión antes de caer en la locura, y que ello pueda hacerse

sin temer irreverencia o inconveniente alguno.

[65] 3º Este Sacramento debe ser administrado a los fieles sólo bajo la especie de pan;

pues aunque nuestro Señor instituyó este sacramento bajo ambas especies, no se sigue que haya establecido

que deba recibirse bajo las dos; antes al contrario, El mismo hizo mención muchas veces sólo de la especie de

pan: «El pan que Yo daré es mi misma carne para la salvación del mundo» (Jn. 6 52 y 59.). [66] Las

principales razones que movieron a la Iglesia a obrar así son las siguientes: • para evitar que la sangre de

nuestro Señor se derramara al ser administrada en las grandes concurrencias del pueblo; • por el peligro de que

se avinagrase la especie del vino, si se guardaba por largo tiempo para poder ser llevada a los enfermos; • para

que no perjudicase a la salud del cuerpo lo que procura la salud del alma, ya que muchos no pueden tolerar el

sabor ni aun el olor del vino; • por la escasez de vino resentida en muchos países; • sobre todo, para destruir

radicalmente la herejía de los que negaban que Jesucristo esté todo entero bajo cada una de las dos especies,

afirmando que bajo la de pan sólo está su cuerpo, y bajo la de vino sólo está su sangre.

180Ministro de la Eucaristía

[67] 1º Sólo a los sacerdotes se ha dado potestad para consagrar y administrar a los fieles la Sagrada

Eucaristía. En efecto, es tradición apostólica que los fieles reciban los Sacramentos de los sacerdotes, y que

éstos comulguen por sí mismos; y el Concilio de Trento declaró que esta tradición debe ser observada. Y la

Iglesia no sólo concedió únicamente a los sacerdotes la potestad de administrar la Eucaristía, sino que prohibió

además que nadie, sin estar consagrado, se atreva a tocar los vasos, lienzos y demás objetos sagrados

necesarios para la consagración de este Sacramento, fuera del caso de grave necesidad.

[68] 2º Los malos sacerdotes pueden consagrar y administrar la Eucaristía, y los demás sa-

cramentos, mientras observen debidamente lo que pertenece a su esencia; pues los sacramentos no deben su

eficacia a los méritos de quien los administra, sino a la virtud y poder de Cristo.

La Eucaristía como sacrificio

[69] Este sacramento no es sólo un tesoro de celestiales riquezas por el que nos granjeamos la gracia y

amor de Dios, sino un medio poderosísimo con el que poder pagarle de algún modo los inmensos beneficios

que nos ha hecho. En efecto, si se ofrece según las rúbricas y como es justo, es un sacrificio infinitamente

agradable a Dios, mucho más que los sacrificios del Antiguo Testamento (Sal. 39 7; 50 18.), pues en él se

inmola su propio Hijo unigénito, en quien Dios pone todas sus complacencias (Mt. 3 17; 17 5.).

[70] 1º Causas por las que Cristo instituyó la Eucaristía. — Cristo nuestro Señor instituyó la

Eucaristía por dos causas (Dz. 938.): • la primera, para que sea alimento divino de nuestras almas, con el cual

podamos defender y conservar la vida espiritual (Prov. 9 2; Jn. 6 35 y 48.); • la segunda, para dejar a la Iglesia

un sacrificio perpetuo por el que se renueve el sacrificio sangriento de la cruz en todas partes donde Ella se

extienda, y por cuya virtud se expíen nuestros pecados, y el Padre celestial, gravemente ofendido por nuestras

infidelidades, convierta su ira en misericordia y el rigor de sus castigos en clemencia. Una figura de este doble

fin de la Eucaristía puede verse en el cordero pascual, que los hijos de Israel ofrecían a la vez como sacrificio y

comían como sacramento (Ex. 2 3-4.). [71] Sin embargo, mucho se diferencian entre sí estos dos aspectos:

a) Pues el sacramento queda realizado por la consagración, y permanece después de ella, mientras que

el sacrificio consiste en la oblación, y cesa al cesar aquella.

b) Porque el sacramento, para los que lo reciben, tiene razón de mérito, y les comunica los bienes ya

explicados; mientras que, como sacrificio, tiene no sólo la virtud de merecer, sino también la de satisfacer, a

semejanza del sacrificio de la Cruz, que no sólo fue meritorio, sino también satisfactorio.

[72] 2º Cuándo instituyó Cristo este Sacrificio del Nuevo Testamento. — Este sacrificio fue

instituido por Cristo nuestro Señor en la última Cena (Lc. 22 19-20.). Y es verdadero y propio sacrificio, como

lo definió el Concilio de Trento (Dz. 948.).

[73] 3º A quién se puede ofrecer. — Este sacrificio se ofrece sólo a Dios; pero la Iglesia suele

ofrecerlo a Dios en memoria y honor de los Santos, implorando así su patrocinio, «para que se dignen

interceder por nosotros aquellos cuya memoria celebramos en la tierra» (Dz. 941; cf. canon de la Misa.).

[74-75] 4º De dónde procede la doctrina del Sacrificio y del Sacerdocio de la Nueva Ley.

Esta doctrina procede: • de las palabras del Señor, que al confiar a los Apóstoles estos divinos misterios en la

última Cena, les dijo: «Haced esto en memoria mía» (Lc. 22 19; I Cor. 11 24.), ordenándolos así sacerdotes, y

mandándoles sacrificar y ofrecer su cuerpo, tanto a ellos como a sus sucesores; • de las figuras y profecías del

Antiguo Testamento, que anunciaban un nuevo sacrificio 667 y un nuevo sacerdocio según el orden de

Melquisedec (1 Sal. 109 4.).

[76-77] 5º Naturaleza de la Santa Misa.a) La Santa Misa es el mismo Sacrificio que se ofreció

en la Cruz, aunque renovado de manera incruenta; y no sólo una conmemoración de dicho Sacrificio. La razón

de ello es que una misma es la Víctima, Jesucristo, que se ofreció cruentamente en la Cruz y sigue ofreciéndose

ahora incruentamente en la Misa; y porque uno mismo es también el Sacerdote, Jesucristo, del cual el ministro

no es más que el instrumento, puesto que actúa, no en su nombre propio, sino representando a Cristo.

[78] b) La Santa Misa es un sacrificio, no sólo de alabanza y acción de gracias, sino también

propiciatorio (Dz. 940 y 950.), por el cual Dios se muestra aplacado y benigno con nosotros. Por eso, si con

corazón puro, fe viva y verdadero arrepentimiento de los pecados, se ofrece este sacrificio, se obtiene de Dios

misericordia y gracia en el tiempo oportuno (Heb. 4 16.), pues nos aplica los frutos de la Pasión sangrienta de

Jesucristo, y Dios Padre, en atención a él, nos comunica los dones de gracia y de penitencia, y nos perdona los

pecados.

[79] c) Este Sacrificio de la Misa aprovecha, no sólo al que lo celebra, sino a todos los vivos, y también

a todos los difuntos, esto es, a aquellos que, habiendo muerto en el Señor, aún no se han purificado

enteramente de sus pecados.

[80] d) Por estos motivos, se ve claramente que la Misa es un acto público y no privado, ya que se

celebra en bien y provecho general de todos los fieles.

[81] 6º Ceremonias de este Sacrificio. — Tiene este Sacrificio muchas y muy hermosas

ceremonias, de las cuales ninguna se debe considerar superflua ni inútil, puesto que todas tienen por objeto

hacer brillar más la majestad de tan sublime Sacrificio, y excitar a los fieles a la contemplación de los misterios

que en él se encierran.

 

CAPITULO IV

DEL SACRAMENTO DE LA EUCARISTÍA

I. Con cuánta reverencia deben los fieles tratar este Sacramento, y con cuánta diligencia deben

explicarlo los Pastores.

393. Así como entre todos los sagrados misterios que como instrumentos ciertísimos de la divina gracia

instituyó nuestro Señor y Salvador, ninguno hay que se pueda comparar con el Santísimo Sacramento de la

Eucaritía, así tampoco hay que temer de Dios castigo más severo por alguna maldad, como de que no se trate

por los fieles santa y religiosamente un sacramento lleno de toda santidad, o más bien que contiene en sí al

mismo Autor y fuente de la santidad. Con gran perspicacia advirtió esto el Apóstol, y nos lo previene con igual’

claridad. Porque habiendo declarado de cuán grave maldad se hacían reos los que no discernían el Cuerpo del

Señor, añade al punto: “De aquí es que hay entre vosotros muchos enfermos y sin fuerzas, y muchos que

mueren”. Pues para que el pueblo fiel, habiendo entendido los honores divinos que deben tributarse a este

Sacramento, consiga frutos abundantes de gracia, y no incurra en la ira justísima de Dios, expondrán los

Pastores con suma diligencia todo aquello que parezca pueda ilustrar más la majestad de este Sacramento.

 

II. Por qué y cuándo fue instituido este Sacramento de la Eucaristía.

394. Pues en este punto, a fin de seguir el orden que guardó el Apóstol diciendo a los de Corinto que

les había enseñado la que él había aprendido del Señor, será necesario explicar primeramente a los fieles la

institución de este Sacramento, la cual, según claramente se desprende del Evangelista, se obró de esta manera:

Como hubiese amado a los suyos, los amó hasta el fin”. Y para dejarnos alguna prenda divina y admirable

de este amor, sabiendo que era llegada la hora de pasar de este mundo al Padre, a fin de no ausentarse jamás

de los suyos, realizó por un modo inexplicable lo que sobrepuja todo el orden y condición de la naturaleza.

Porque habiendo celebrado con sus discípulos la cena del Cordero pascual (para que a la figura sucediese la

verdad, y a la sombra el cuerpo): ―Tomó el pan, y dando gracias a Dios, lo bendijo, partió y dió a sus

discípulos diciendo: Tomad y comed; este es mi Cuerpo que por vosotros será entregado. Haced esto en

memoria mía”. “Asimismo tomó el cáliz después que cenó, diciendo: Este cáliz es el nuevo Testamento en mi

sangre. Haced esto, todas las veces que bebiereis en memoria mía”.

 

III. Por qué este Sacramento se llama Eucaristía.

395. Considerando como imposible los Escritores Sagrados explicar con sola una palabra la dignidad y

excelencia de este admirable Sacramento, procuraron declararlo con muchas. Unas veces lo llaman Eucaristía,

palabra que en nuestra lengua significa lo mismo que: buena gracia, o acción de gracias. Y con mucha razón

sol debe decir buena gracia, ya porque es una prenda que prefigura la vida eterna, de la cual está escrito: «La

gracia de Dios es la vida eterna», ya porque encierra en sí a Cristo Señor nuestro, que es la gracia verdadera

y fuente de toda gracia. Y con igual propiedad la interpretamos acción de gracias. Porque cuando sacrificamos

esta purísima hostia, cada día rendimos a Dios inmensas gracias por todos los beneficios que se ha dignado

hacernos, y sobre todo por el bien tan excelente como es la gracia que nos da en este Sacramento. Y aun este

mismo nombre está también conforme con lo que obró Cristo Señor al instituir este misterio. Porque tomando

el pan le partió y dió gracias. Asimismo David contemplando la grandeza de este misterio, antes de

pronunciar aquel verso: “Hizo memorial de sus maravillas el Señor misericordioso y piadoso; dió manjar a

los que le temen”, juzgó que primero debía dar gracias, y así dijo: “Acción de gracias y magnificencia es la

obra de Dios”.

 

IV. Por qué se llama Comunión y Sacramento de Paz y de Caridad.

396. Muchas veces también se llama sacrificio, de cuyo misterio se tratará después con más difusión.

Llámase después de esto Comunión, lo cual es manifiesto que se tomó de aquel lugar donde dice el Apóstol: “El

cáliz de bendición que nosotros bendecimos, ¿no es comunicación de la sangre de Cristo? Y el pan que parti-

mos, ¿no es participación del cuerpo del Señor?” Y como explicó el Damasceno: Este Sacramento nos junta

con Cristo, y nos hace participantes de su carne y divinidad, y a, nosotros mismos nos une con el mismo

Cristo, y nos junta y hace como un cuerpo”. Y de aquí proviene decirse también Sacramento de paz y de

caridad, para que entendamos cuán indignos son del nombre de cristiano los que tienen enemistades, y que del

todo se deben desterrar los odios, divisiones y discordias, como pestes horrendas de los fieles, mayormente

cuando nada protestamos guardar con más cuidado mediante el sacrificio cotidiano de nuestra religión, como

la paz y caridad.

 

V. Por qué este Sacramento se llama Viático y Cena.

397. También se llama con frecuencia por los sagrados Escritores, Viático, ya porque es alimento

espiritual con el cual nos sustentamos en la peregrinación de esta vida, ya porque nos asegura el camino para la

eterna gloria y felicidad. Y así vemos se observa por estatuto antiguo de la Iglesia Católica que ninguno de los

fieles salga de esta vida sin este Sacramento. Y Padres muy antiguos, siguiendo la autoridad del Apóstol,

llamaron también a la sagrada Eucaristía con el nombre de Cena, por haberla instituido Cristo Señor nuestro

en el saludable misterio de la última cena.

 

VI. No se puede hacer ni recibir la Eucaristía sino en ayuno natural.

398. Más no por eso sea lícito hacer o recibir la Eucaristía después de haber tomado alguna cosa de

comida o bebida. Porque la santa costumbre introducida por los Apóstoles, según lo afirman escritores

antiguos, y perpetuamente retenida y observada en la Iglesia, es que sólo se reciba por los que están en

ayunas.

 

VII. La Eucaristía es verdadero Sacramento.

399. Explicada ya la naturaleza y propiedad del nombre, se ha de enseñar que la Eucaristía es verdadero

Sacramento, y uno de los siete que siempre ha adorado y venerado religiosamente la Santa Iglesia. Porque

cuando se hace la consagración del Cáliz se llama misterio de fe. Además de esto, omitiendo casi infinitos

testimonios de escritores sagrados que en todos tiempos fueron de sentir que debía contarse la Eucaristía por:

uno de los siete sacramentos, la misma razón naturaleza del Sacramento demuestra esta verdad. Porque en él

hay señales exteriores y sensibles, significa también la gracia y virtud para causarla, y que Cristo la instituyera

no nos dejan motivo de dudarlo ni los Evangelistas, ni el Apóstol. Concurriendo, pues, todas estas cosas

para, confirmar la verdad de este Sacramento, es claro que no son necesarias otras pruebas.

 

VIII. En la Eucaristía hay muchas cosas a las cuales conviene el nombre de Sacramento.

400. Pero deben observar con cuidado los Pastores que hay muchas cosas en este misterio a las cuales

los Escritores sagrados dieron alguna vez el nombre de Sacramento. Porque unas veces llamaron Sacramento a

la consagración y percepción, y otras muchas también al mismo Cuerpo y Sangre del Señor contenidos en la

Eucaristía. Así dice San Agustín: “Este Sacramento consta de dos cosas que son la especie visible de los

elementos, y la carne y sangre invisible del mismo Señor nuestro Jesucristo”, al modo que decimos también

que ha de ser adorado este Sacramento, entendiendo el Cuerpo y Sangre del Señor. Pero es manifiesto que

todas estas cosas impropiamente se llaman Sacramento. A las especies de pan y vino conviene con propiedad y

verdad este nombre.

 

IX. Cómo se diferencia la Eucaristía de los de más Sacramentos.

401. Cuán diferente sea este Sacramento de los demás, fácilmente se puede conocer. Porque los demás

Sacramentos se hacen cuando usamos de la materia, esto es, cuando los administramos a alguno, como el

Sacramento del Bautismo, entonces tiene el ser de Sacramento cuando efectivamente se echa a alguno el agua.

Mas para hacer enteramente el Sacramento de la Eucaristía, basta la consagración, y aunque se guarde en el

Sagrario, no deja de ser Verdadero Sacramento.

402. Además, cuando se hacen los otros Sacramentos, no se muda la materia o elemento en otra

substancia; porque el agua en el Bautismo o el Crisma en la Confirmación, agua y Crisma se quedan cuando

estos Sacramentos se administran, pero en la Eucaristía lo que antes de la consagración era pan y vino, después

de Consagrado es verdaderamente substancia del Cuerpo y Sangre de Cristo.

 

X. Las dos materias de la Eucaristía, no hacen dos Sacramentos.

403. Mas aunque sean dos los elementos de que se compone enteramente el Sacramento de la

Eucaristía, que son el pan y el vino, con todo no son dos los Sacramentos, sino uno solo, como lo confesamos

instruidos por la autoridad de la Iglesia. De otra manera no serían siete los Sacramentos, según nos lo enseña la

perpetua tradición, y lo definieron los Concilios de Letrán, Florencia y Tridentino. Porque como se hace un

cuerpo místico por la gracia de este Sacramento, para que el mismo Sacramento corresponda a lo que obra,

conviene que sea uno, y uno a la verdad, no porque lo sea indivisiblemente, sino porque significa una sola cosa.

Porque así como la comida y bebida, aunque sean cosas diversas, sólo se toman para una, que es reparar las

fuerzas del cuerpo, así también fué muy conforme que las dos diversas especies del Sacramento, las cuales

significan el alimento espiritual con el que se mantienen y recrean las almas, correspondiesen a las otras dos de

la comida y bebida que sustentan el cuerpo. Por esto dijo el Señor: “Mi carne verdaderamente es comida, y mi

sangre verdaderamente bebida”. Pero debe explicarse con cuidado qué es lo que significa el Sacramento de

la Eucaristía, para que los fieles viendo con los ojos del cuerpo los sagrados misterios, alimenten su alma con la

contemplación de las cosas divinas.

 

XI. Qué cosas se significan por este Sacramento.

404. Tres con las cosas que se significan por este Sacramento. La primera, la pasión de Cristo Señor

nuestro ya pasada, pues el mismo Señor dijo: “Haced esto en memoria de mi”. Y el Apóstol nos dice:

Cuantas veces comiereis este pan y bebiereis este Cáliz, anunciaréis la muerte del Señor, hasta que

venga”.

405. La segunda es la gracia divina que se da de presente en este Sacramento, para mantener y

sustentar el alma. Porque así como por el Bautismo somos reengendrados a nueva vida, y fortalecidos con la

Confirmación para poder resistir al demonio y confesar a cara descubierta el nombre de Cristo, así somos

mantenidos y alimentados por el Sacramento de la Eucaristía.

406. La tercera es la que anuncia para lo venidero la gloria y suavidad eterna que por promesa de Dios

recibiremos en la patria celestial. Estas tres cosas, que sin duda se distinguen entre sí por la diversidad de los

tiempos pasado, presente y venidero, se declaran tan perfectamente en estos sagrados misterios, que todo el

Sacramento, si bien consta de diversas especies, se ordena a significar cada una de ellas, como si estuviera des-

tinada a significar una sola.

XII. Cuál es la materia de este Sacramento, y qué pan, puede consagrarse.

407. Pero lo primero que deben conocer los Pastores es cuál sea la materia de este Sacramento, así para

que ellos puedan consagrarla legítimamente, como para que enseñen a los fieles su significado, y se inflamen

en amor y deseo de la cosa significada. Dos son, pues, las materias de este Sacramento: la una el pan de trigo,

de que se tratará primeramente; de la otra se hablará después. Porque como enseñan los Evangelistas San

Mateo, San Marcos y San Lucas, Cristo Señor nuestro tomó el pan en sus manos, lo bendijo y partió diciendo:

Este es mi Cuerpo”. En San Juan el mismo Señor se llamó pan a sí mismo, diciendo: “Yo soy pan vivo que bajé

del cielo”. Mas como hay muchos géneros de pan, o por diferenciarse en la materia, porque uno es de trigo,

otro de cebada y otros de otras semillas, o por ser de distintas calidades, porque a uno ponen levadura y otro

hacen sin ella, por lo que pertenece a lo primero, muestran las palabras del Salvador que el pan debe ser hecho

de trigo. Porque en el modo ordinario de hablar, cuando absolutamente se dice pan, es claro que se entiende

pan de trigo. Y esto también se declara por la figura del Testamento antiguo, pues estaba mandado por el

Señor que los panes de la proposición, que significaban este Sacramento, se hiciesen de la flor de la harina.

 

XIII. Es conveniente que el pan de que se hace la Eucaristía sea ácimo.

408. Así como ningún pan sino el de trigo debe tenerse por materia válida de este Sacramento (porque

así lo enseña la tradición Apostólica, y lo confirma la autoridad de la Iglesia), así también entendemos por lo

que hizo el Señor, que debe ser ácimo. Porque él hizo e instituyó este Sacramento el primer día de los ácimos

en el cual no era lícito a los judíos tener en casa pan con levadura.

409. Y si objetare alguno la autoridad de San Juan Evangelista, quien dice que todas estas cosas fueron

hechas antes del día solemne de Pascua, fácilmente se puede deshacer este reparo. Porque el día que los demás

Evangelistas llamaron el primero de los ácimos, por cuanto las solemnidades de los ácimos empezaban el

jueves al anochecer, en el cual tiempo celebró la Pascua nuestro Salvador, a ese mismo día llamó San Juan día

antes de la Pascua, por haber juzgado que debía señalarse principalmente ese día por su espacio natural, que

empezó al salir el sol. Y por esto San Crisóstomo entiende también por el primer día de los ácimos aquel en

cuya tarde debían los ácimos comerse. Y a más de esto cuán conveniente sea la consagración del pan sin

levadura a la integridad y limpieza del alma con que deben los fieles llegar a este Sacramento, el Apóstol lo

señala cuando dice: “Echad fuera la levadura antigua, para que seáis una masa nueva, como que sois panes

sin levadura. Porque Jesucristo, que es nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado. Por tanto, celebremos la

fiesta, no con levadura antigua, ni con levadura de malicia y de corrupción, sino con los panes ácimos de la

sinceridad y de la verdad”.

 

XIV. El pan ácimo no es absolutamente necesario para la Eucaristía.

410. Mas no se ha de juzgar tan necesaria esta condición, que sin ella no pueda hacerse Sacramento,

porque uno y otro pan, así el ácimo como el fermentado, es y se llama pan verdadero y legítimo. Pero a ninguno

es lícito por su propia autoridad, o más bien temeridad, mudar el loable rito de su Iglesia. Y mucho menos es

permitido esto a los Sacerdotes de la Iglesia latina, pues les está mandado por los Sumos Pontífices que no

celebren sino con pan ácimo. Y esto baste para la explicación de la primera materia de este Sacramento, aunque

todavía hay que advertir que no está definido cuánta haya de ser la cantidad de pan que debe tomarse para

hacer el Sacramento, pues no se puede señalar de cierto el número de personas que puedan o deban comulgar.

 

XV. Cuál es la otra materia para la consagración de la Sangre del Señor.. Resta ahora

tratar de la otra materia y elemento de la Eucaristía. Esta es el vino exprimido del fruto de la vid, al cual se

mezcla un poquito de agua. Porque siempre enseñó la Iglesia Católica que nuestro Señor y Salvador usó del

vino en la institución de este Sacramento, pues él mismo dijo: ―Ya no beberé más de este fruto de la vid hasta

aquel día”. Sobre lo cual dice San Crisóstomo: “Del fruto de la vid, la cual no produce agua, sino vino”. Para

que se vea cuán de antemano deshacía la herejía de los que dijeron que sola el agua se había de tomar para los

divinos misterios.

 

XVI. El vino en el Sacramento se ha de mezclar con agua.

112. Siempre mezcló la Iglesia de Dios el vino con agua. Lo primero, porque así lo hizo nuestro Salvador,

como lo prueba la autoridad de los Concilios y el testimonio de San Cipriano. Con esta mezcla también se

renueva la memoria de la sangre y agua que salieron del costado de Cristo. Asimismo por las aguas se significan

los pueblos, como se lee en el Apocalipsis, y así el agua mezclada con el vino significa la unión del pueblo fiel

con su cabeza Cristo. Y esto observó siempre la Santa Iglesia por tradición Apostólica.

 

XVII. Para, el valor del Sacramento no es necesaria el agua, y debe ser muy poca.

413. Mas aunque son muy graves las razones que hay para hacer esta mezcla, no pudiéndose omitir sin

pecado mortal, con todo si se deja, se hace Sacramento. Pero deben también advertir los Sacerdotes que así

como deben echar agua en el vino para los sagrados misterios, así esta agua ha de ser muy poca. Pues según el

sentir y juicio de los Escritores Eclesiásticos, esa agua se convierte en vino. Por lo cual escribiendo sobre esto el

Papa Honorio dijo así: “Ha prevalecido en esos tus países el pernicioso abuso de echar para el sacrificio ma-

yor cantidad de agua que de vino, siendo así que según costumbre razonable de la Iglesia Católica, debe

echarse mucho más de vino que de agua”. Solas, pues, éstas deben ser las materias de la Eucaristía, y con

mucha razón se estableció por varios decretos no se pudiese ofrecer otra cosa que pan y vino, por atreverse

algunos a hacer lo contrario. Pero veamos ya cuán propias son estas dos especies de pan y vino para declarar

aquellas cosas de las cuales creemos y confesamos que son Sacramentos.

 

XVIII. Varias significaciones que tienen el pan y vino en el Sacramento.

414. Primeramente estas especies representan a Cristo según que es verdadera vida de los hombres,

pues el mismo Señor dice: “Mi carne verdaderamente es comida y mi sangre verdaderamente bebida”.

Dando, pues, el cuerpo de Cristo Señor nuestro alimento de eterna vida a los que con pureza y santidad reciben

su Sacramento, es muy conforme a razón que éste se haga de aquellas cosas con las cuales señaladamente se

mantiene esta vida, para que el pueblo fiel entienda con facilidad que se alimenta el alma con la comunión del

precioso Cuerpo y Sangre de Cristo.

415. Algo aprovechan también estos mismos elementos para que conozcan mejor los hombres que el

Cuerpo y Sangre del Señor están verdaderamente en este Sacramento. Porque experimentando cada día que

por virtud natural se mudan el pan y el vino en carne y sangre humana, es más fácil nos movamos a creer con

esta semejanza, que en virtud de la consagración se convierte la substancia de pan y vino en verdadera carne y

verdadera sangre de Cristo.

416. Ayuda asimismo esta maravillosa conversión de los elementos, para significar lo que obra en las

almas. Porque si bien no se manifiesta por defuera cambio alguno en el pan y vino, y con todo verdaderamente

se convierte su substancia en carne y sangre de Cristo, del mismo modo aunque nada se vea exteriormente

mudado en nosotros, con todo somos interiormente renovados para la vida, cuando recibimos la vida

verdadera en el Sacramento de la Eucaristía.

417. Finalmente la unidad del cuerpo de la Iglesia, que es una compuesta de muchos miembros, de

ningún modo se da mejor a conocer que por los elementos de pan y vino. Porque como el pan se hace de

muchos granos y el vino de muchos racimos, en esto se declara, que así también nosotros, aunque seamos

muchos, nos unimos estrechísimamente con el lazo de este divino misterio y venimos a ser como un cuerpo.

 

XIX. Cuál es la forma de la consagración del pan.

417. Ahora se sigue tratar de la forma que se debe usar para la consagración del pan; no porque estos

misterios se expongan a los fieles, a no ser que obligare la necesidad (pues no es menester instruir en estas

cosas a los que no han recibido órdenes sagrados), sino porque los Sacerdotes no pequen feísimamente en la

celebración de este Sacramento por ignorancia de la forma. Nos enseñan, pues, los Evangelistas San Mateo y

San Lucas, y también el Apóstol, que la forma es ésta: “Hoc est Corpus meum”. Porque escrito está. “Cenando

ellos, tomó Jesús en sus manos el pan y le bendijo y partió, y le dió a sus discípulos, y dijo: Tomad y comed.

Este es mi cuerpo”. Y como esta forma de la consagración fué la observada por Cristo Señor nuestro, siempre

usó de ella la Iglesia Católica. Se omiten aquí los testimonios de los Santos Padres que confirman esta verdad

por ser negocio interminable el referirlos, como también el decreto del Concilio Tridentino que a todos está

patente y a la mano, mayormente siendo cierto que esto mismo se deja entender por aquellas palabras del

Salvador: “Haced esto en memoria mía”. Porque lo que el Señor mandó hacer, no solamente se debe

entender de lo que hizo, sino también y mucho más de las palabras que dijo, pues no menos las pronunció para

obrar por ellas que para significar lo que obraba. Y aun por razón se puede persuadir esto fácilmente, porque la

forma es aquella que significa lo que se hace en este Sacramento. Significando, pues, y declarando estas

palabras aquello que se hace, que es la conversión del pan en el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor, síguese

que la forma ha de consistir en esas mismas palabras. Y en este sentido se ha de tomar lo que dijo el

Evangelista: “Bendijo”, porque parece que se ha de entender por lo mismo que si hubiera dicho: “Tomando el

pan, lo bendijo, diciendo: Este es mi cuerpo”.

 

XX. Las palabras que preceden a la forma, aunque deben pronunciarse, no son necesarias.

419. Y aunque el Evangelista puso antes aquellas palabras: “Tomad y comed”, es claro que por ellas no

se significa la consagración de la materia, sino sólo el uso del Sacramento. Y así aunque es cierto que el

Sacerdote las debe pronunciar, con todo no son necesarias para hacer el Sacramento, sino del mismo modo que

se pronuncia la partícula enim en la consagración del cuerpo y de la sangre. A no ser así, nunca convendría, y ni

aun se podría hacer el Sacramento, si no hubiera a quien administrarle; no pudiéndose dudar que

pronunciadas por el Sacerdote las palabras de Cristo, según el uso e instituto de la Iglesia, verdaderamente

consagra la materia legítima del pan, aunque no haya de administrarse a ninguno la sagrada Eucaristía.

 

XXI. Cuál es la forma de la consagración del Cáliz.

420. Por lo que se refiere a la consagración del vino, que es la otra materia de este Sacramento, es

necesario, por la misma razón que antes dijimos, que el Sacerdote conozca y sepa bien su forma. Pues por muy

cierto se debe creer que está comprendida en estas palabras: “Hic est enim Calix Sanguinis mei, novi et aeterni

testamenti, mysterium fidei: qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum”. De estas

palabras muchas se deducen de las Sagradas Escrituras, y algunas se conservan en la Iglesia por tradición

Apostólica. Porque aquellas: “Hic est Calix”, las escriben San Lucas y el Apóstol. De las siguientes:

Sanguinis mei, vel sanguis meus novi Testamenti, qui pro vobis, et pro multis ef fundetur in remissionem

peccatorum”, parte dijo San Lucas y parte San Mateo. Pero aquellas Aeterni y Mysterium Fidei, nos las ha

enseñado la santa tradición, que es intérprete y tesorera de la verdad católica.

 

XXII. Pruébase que es esta la verdadera forma de la consagración.

421. Nadie podrá dudar que sea esta la verdadera forma, si observa aquí lo que se dijo anteriormente

acerca de la forma de la consagración que se aplica a la materia del pan. Porque es claro que la forma de esta

materia está en aquellas palabras que significan que la substancia del vino se convierte en la sangre del Señor.

Y como estas palabras manifiestamente declaran esto, es evidente que no se debe señalar otra forma. Pero

además de esto indican esas palabras ciertos maravillosos frutos de la Sangre derramada en la pasión del

Señor, que muy en particular pertenecen a este Sacramento. Uno es la acción a la heredad eterna, la cual nos

viene por el derecho de este nuevo y eterno Testamento. Otro es la entrada a la gracia o a la justicia por el

misterio de la fe. «Porque propuso Dios a Jesús por reconciliar mediante la fe en su sangre, para que él sea

el Justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesucristo. El tercero es el perdón de los pecados.»

 

XXIII. Explicase la forma de la consagración del Cáliz.

422. Pero estando estas palabras de la consagración llenas de misterios, y no pudiendo ser más propias,

conviene examinarlas con mucha diligencia. Al decirse, pues, “Hic est Calix Sanguinis mei”, se ha de entender

así: “Esta es mi sangre, que está en este Cáliz”. Y con mucha razón y muy oportunamente se hace mención del

Cáliz cuando se consagra esta sangre, según que es bebida de los fieles. Porque no significaría bien la sangre

esta bebida, si no estuviera en algún vaso. Síguese luego: “Novi Testamenti”. Y esto a la verdad se añadió para

que entendiésemos que la sangre de Cristo Señor nuestro se da a los hombres, no en figura, como sucedía en el

antiguo Testamento (pues acerca de esto leemos en el Apóstol a los Hebreos que no hubo Testamento consa-

grado sin sangre), sino en realidad y verdad, lo cual pertenece al Testamento nuevo. Así dice el Apóstol: “Por

tanto, Cristo es mediador del Nuevo Testamento, para que mediando su muerte, reciban los que son

llamados, la promesa de la herencia eterna”. Aquella palabra Aeterni se ha de entender de la heredad eterna

que de derecho nos vino por la muerte del Testador eterno Cristo Señor nuestro. Lo que después se añade:

Mysterium Fidel, no excluye la verdad y realidad, sino denota que se debe creer firmemente lo que en él está

oculto y muy remoto del sentido de la vista. Y así es diverso el sentido que hacen aquí estas palabras del que

tienen cuando se aplican al Bautismo. Porque aquí se llama Misterio de Fe el mirar nosotros con los ojos de la

fe la Sangre de Cristo oculta bajo la especie de vino, mas al Bautismo llamamos justamente Sacramento de la fe,

porque en él se hace profesión de toda la fe cristiana. Si bien también hay otro motivo para llamar al

Sacramento de la Sangre de Cristo misterio de la fe, y es la mucha dificultad y resistencia que experimenta el

entendimiento humano, cuando la fe nos propone para creer que Cristo Señor, verdadero Hijo de Dios, y

juntamente Dios y hombre, padeció por nosotros la muerte, lo cual nos manifiesta el Sacramento de la Sangre.

 

XXIV. Por qué en la consagración de la Sangre se hace mención especialmente de la muerte.

423. Y por esto recordamos la Pasión del Señor en esta consagración de la Sangre por aquellas palabras:

Qui effundetur in remissionem peccatorum”, mejor que en la del Cuerpo. Porque la Sangre consagrada

separadamente nos pone ante los ojos con mayor viveza y eficacia la pasión y muerte del Señor, y el linaje de la

misma. Mas aquellas palabras que se añaden: pro vobis, et pro multis, son tomadas partes de San Mateo y

parte de San Lucas, mas la santa Iglesia instruida por el Espíritu divino las juntó, y se ordenan a declarar el

fruto y utilidad de la Pasión. Porque si atendemos a la virtud de ésta, debemos confesar que el Salvador

derramó su Sangre para la salud de todos, mas si consideramos el fruto que los hombres sacan de ella,

fácilmente veremos que esta utilidad no llega a todos, sino solamente a muchos. Por lo cual, cuando el Señor

dijo: pro vobis indicó o bien a los que allí estaban presentes, o bien a los escogidos del pueblo judío, como eran

los discípulos con quienes hablaba, excepto Judas. Más cuando añadió: pro multis, quiso indicar a todos los

demás escogidos, así judíos como gentiles. Y fué muy bien no decir por todos, porque aquí se trataba solamente

de los frutos de la pasión, la cual a sólo los escogidos reportó el fruto de la salud eterna. A esto aluden aquellas

palabras del Apóstol: “Cristo ha sido una sola vez inmolado, para quitar de raíz los pecados de muchos”, y

lo que el Señor dijo por San Juan: “Yo por estos ruego, no ruego por el mundo, sino por estos que me diste,

porque son tuyo”. Otros muchos misterios están ocultos en estas palabras de la consagración, los cuales, con

la ayuda de Dios y la constante meditación y estudio de las cosas divinas, fácilmente podrán los Pastores

conocerlos por sí mismos.

 

XXV. No conviene gobernarse en este Sacramento por lo que perciben los sentidos.

424. Mas ya es tiempo de volver a la declaración de aquello que en manera ninguna se debe permitir

que lo ignoren los fieles. Y, pues, nos amonesta el Apóstol ser gravísima la maldad que cometen aquellos que

no disciernen el cuerpo del Señor, ante todo enseñen los Pastores con todo cuidado que deben apartar el juicio

y razón de lo que perciben los sentidos. Pues si llegan a persuadirse los fieles que no hay otra cosa en este

Sacramento que lo percibido por los sentidos, necesariamente han de incurrir en una suma impiedad. Porque

no hallando allí los ojos, el tacto, el olfato y el gusto otra cosa que las especies del pan y del vino, juzgarían que

sólo pan y vino había en el Sacramento. Se ha de procurar, pues, que los entendimientos de los fieles

prescindan todo lo posible de cuanto los sentidos perciben, y que se muevan a contemplar la inmensa virtud y

poder de Dios.

 

XXVI. De las maravillas que se obran en virtud de la consagración. Tres cosas

sumamente admirables y dignísimas de toda veneración, cree y confiesa la fe católica sin la menor duda, que se

obran en este Sacramento por las palabras de la consagración. La primera es, que está en él el verdadero cuerpo

de Cristo Señor nuestro, aquel mismo que nació de la Virgen y que está sentado en los cielos a la diestra del

Padre. La segunda, que no queda allí substancia alguna de pan y vino, aunque parece que no es posible alguna

cosa más ajena ni más remota de los sentidos. La tercera, la cual se infiere de las otras dos, y aun las palabras

de la consagración claramente lo expresan, es que los accidentes que se ven por los ojos o que se perciben por

otros sentidos, quedan y se mantienen sin sujeto alguno por un modo admirable e indecible. Allí se dejan ver

todos los accidentes de pan y vino, pero subsisten por sí sin estar sostenidos por substancia alguna. Porque

toda la substancia del pan y del vino de tal modo se convierte en Cuerpo y Sangre de Cristo, que del todo deja

de ser substancia de pan y de vino.

 

XXVII. En la Eucaristía está ciertamente el Cuerpo de Cristo que nació de Santa María Virgen.

426. Pues para tratar en primer lugar de la primera de estas tres cosas, han de procurar los Pastores

explicar cuán claras y expresas son las palabras con que Nuestro Salvador mostró su real presencia en este

Sacramento. Porque cuando dice: ―Éste es mi cuerpo; ésta es Mi Sangre, ningún hombre de recto juicio puede

ignorar lo que debemos entender por éstas palabras, mayormente tratándose de la naturaleza humana, la cual a

ninguno permite la fe católica dudar que verdaderamente la tubo Cristo. Y por esto aquel santísimo y doctísimo

varón Hilario esclarecidamente: ―de la verdad de la carne y sangre de Cristo ya no cabe duda alguna, pues por

testimonio del mismo Señor y conforme a nuestra fe, su carne es verdaderamente comida.

 

XXVIII. Pruébese lo mismo con otros textos de lee Escritura.

427. Otro lugar también se ha de declarar por los Pastores, en el cual claramente se nos muestra que en

la Eucaristía está el verdadero Cuerpo y Sangre del Señor. Porque después de haber referido el Apóstol que el

Señor consagró el pan y el vino, y que dió a sus Apóstoles estos sagrados misterios, añadió: “Examínese, pues,

cada uno a sí mismo antes que llegue a comer de ese pan y beber de ese cáliz, porque el que le come y bebe

indignamente, come y bebe su propia condenación, no discerniendo el cuerpo del Señor”. Si como los herejes

pretenden, no hubiera que adorar en el Sacramento otra cosa que una memoria y señal de la pasión de Cristo,

¿qué necesidad había de exhortar a los fieles con palabras tan encarecidas a que se examinasen? Pues con

aquella palabra tan formidable de juicio declaró el Apóstol que cometía una execrable maldad el que recibiendo

impuramente el cuerpo del Señor, que está encubierto en la Eucaristía, no le diferenciaba de los demás

manjares. Y en la misma epístola explicó antes lo mismo más difusamente por estas palabras: “El cáliz de

bendición que bendecimos, ¿no es comunicación de la sangre de Cristo? ¿Y el pan que partimos no es

participación del cuerpo del Señor?” Las cuales palabras demuestran ciertamente la verdadera substancia del

Cuerpo y Sangre de Cristo Señor nuestro. Explicarán, pues, los Pastores estos lugares de la Escritura, y sobre

todo demostrarán que nada dudoso, nada incierto hay en estas cosas, mayormente habiéndolas interpretado la

autoridad sacrosanta de la Iglesia de Dios.

 

XXIX. Cómo conoceremos la doctrina de la Iglesia con respecto al sentido de las Escrituras y a

la verdad del Cuerpo del Señor en la Eucaristía.

428. Por dos vías y medios podemos averiguar lo que la Iglesia siente sobre este punto. El primero

consiste en consultar a los Padres que florecieron desde los principios de la Iglesia, y que sucesivamente en

todas las edades han sido los testigos más autorizados de la doctrina de la Iglesia. Estos todos unánimemente

concordes han enseñado con toda claridad la verdad de este dogma.

429. Y porque fuera obra de trabajo inmenso referir cada uno de sus testimonios, bastará notar, o más

bien indicar unos pocos, por los cuales será fácil juzgar de los demás. Sea, pues, San Ambrosio el primero que

declare su fe. Este en el libro que escribió: “De aquellos que son iniciados en los misterios, testifica: «Que en

este Sacramento se recibe el verdadero cuerpo de Cristo, así como fué verdaderamente formado de la Virgen,

y que esto se ha de creer con fe ciertísima”. Y en otra parte enseña: “Que antes de la consagración está allí el

pan; mas después de la consagración, la carne de Cristo”. Sea el segundo testigo san Crisóstomo, no inferior

en la fe ni en la autoridad. Este en muchos lugares protesta y enseña esta misma verdad, pero especialmente en

la homilía 60 contra los que comulgan indignamente. Y también en la homilía 44 y 45 sobre San Juan, porque

dice: “Obedezcamos a Dios, y no le repliquemos, aun que parezca que dice lo contrario de lo que pensamos y

vemos. Porque la palabra de Dios es infalible, y nuestros sentidos fácilmente se engañan”. En todo y por todo

concuerda con esto lo que siempre enseñó San Agustín, defensor acérrimo de la fe católica. Y principalmente

exponiendo el título del Salmo 33, donde dice: “Llevarse a si mismo en sus manos es imposible a hombre, y

sólo puede convenir a Cristo. Llevábase en sus manos, cuando entregando su mismo Cuerpo, dijo: Este es mi

Cuerpo”. Y dejando a San Justino y a San Ireneo, San Cirilo afirma tan a las claras en el libro 4 sobre San Juan,

que la verdadera carne del Señor está en este Sacramento, que con ninguna interpretación, por falaz y sofística

que sea, pueden obscurecerse sus palabras. Y si todavía desean los Pastores otros testimonios de Padres, fácil

es añadir a los apuntados, los de los santos Dionisio, Hilarlo, Jerónimo, Damasceno y otros innumerables,

cuyas sentencias gravísimas vemos a cada paso recogidas por la industria y trabajo de doctos y piadosos

varones.

 

XXX. Cuántas veces la opinión contraria ha sido condenada por la Iglesia en los Concilios.

430. Resta el segundo medio para conocer el juicio de la Iglesia en lo perteneciente a la fe. Este consiste

en la condenación de la doctrina y opinión contraria. Es manifiesto que estuvo siempre tan divulgada y

extendida por toda la Iglesia la verdad del Cuerpo de Cristo en el santo Sacramento de la Eucaristía, y tan

unánimemente profesada por todos los fieles, que habiéndose atrevido Berengario a negarla hace quinientas

años, afirmando que sólo había allí una señal; al punto en el Concilio de Verceli convocado por autoridad de

León IX, fué condenado por sentencia de todos, y él en el mismo Concilio abjuró su herejía. Y habiendo

después vuelto a reincidir en la misma demencia de impiedad, fué condenado por otros tres Concilios, el

Turonense y dos Romanos, convoca dos el uno por Nicolás II y el otro por Gregorio VII, Pontífices Máximos.

Esta misma sentencia fué confirmada después por Inocencio III en el Concilio General Lateranense, y después

la misma verdad de fe fué más claramente declarada y definida por los Concilios Florentino y Tridentino. Si

expusieren los Pastores con cuidado estas cosas (dejando a los que ciegos en sus errores nada más aborrecen

que la luz de la verdad), podrán confirmar a los flacos, y llenar de cierta suma alegría y delicia las almas de los

virtuosos.

 

XXXI. Cómo esta verdad está contenida en el Símbolo.

431. No tienen, pues, por qué dudar los fieles, mayormente debiendo tener por cierto que la fe de este

dogma, se halla contenida en los demás artículos del Símbolo. Pues creyendo y confesando que Dios es

Omnipotente, es necesario confesar también que no le faltó poder para hacer una obra tan grande, como la que

admiramos y adoramos en el Sacramento de la Eucaristía. Además, cuando creen la santa Iglesia Católica,

necesariamente se sigue que crean al mismo tiempo que la verdad de este Sacramento es tal como la hemos

explicado.

 

XXXII. Muéstrase cuánta es la dignidad de la Iglesia militante por la majestad de este misterio.

432. Mas nada hay ciertamente que se pueda añadir para consuelo y aprovechamiento de las al-mas

devotas cuando contemplan la dignidad de este altísimo Sacramento. Porque primeramente conocen cuánta es

la perfección de la ley evangélica, pues le fué concedido tener en realidad y verdad lo que solamente en figuras y

sombras fué indicado en tiempo de la ley Mosaica. Por esto dijo divinamente San Dionisio, que nuestra Iglesia

viene a estar en medio de la Sinagoga y de la celestial Jerusalén, y por esto participa de una y de otra. Y a la

verdad nunca podrán los fieles admirar la perfección de la Santa Iglesia y la alteza de su gloria, cuando parece

mediar sólo un grado entre ella y la patria celestial. Porque con-venimos con los bienaventurados en que unos y

otros tenemos a Cristo Hombre y Dios presente, pero nos distinguimos en el grado: ellos le gozan presente por

clara visión, mas nosotros, aunque con fe constante y firme, le veneramos presente, no obstante le tenemos

muy apartado de nuestra vista y encubierto con el velo maravilloso de los sagrados misterios. Experimentan

asimismo los fieles en este Sacramento la caridad perfectísima de Cristo Salvador nuestro. Porque era muy

correspondiente a su bondad nunca apartara de nosotros la naturaleza que de nosotros había tomado, sino

que estuviera y conversase perpetuamente entre los hombres en el modo posible, y de esta suerte en todo

tiempo se realizara con toda verdad y propiedad lo que está escrito: Mis delicias son estar con los hijos de los

hombres”.

 

XXXIII. En este Sacramento están las dos naturalezas divina y humana.

483. También aquí deben explicar los Pastores que se contiene en este Sacramento, no sólo el verdadero

Cuerpo de Cristo y todo lo que pertenece a la perfecta integridad del cuerpo, como huesos y nervios, sino

igualmente que todo Cristo está en este Sacramento. Pero se debe enseñar que Cristo es nombre de Dios y

hombre, esto es, de una persona misma, en la cual están unidas las dos naturalezas divina y humana. Y así

comprende ambas naturalezas, y lo que es consiguiente a una y otra naturaleza, como la divinidad y toda la

naturaleza humana, compuesta de alma y de todas las partes del cuerpo y de la sangre también. Y todas estas

cosas es necesario creer que están en el Sacramento. Por-que como está unida en el cielo toda la humanidad a

la divinidad en una persona e hipóstasis, es cosa horrenda imaginar que el Cuerpo de Cristo, que está en el

Sacramento, esté apartado de la divinidad.

 

XXXIV. La sangre, alma y divinidad no están en la Eucaristía del mismo modo que el Cuerpo de

Cristo.

434. Acerca de esto es preciso que adviertan los Pastores que no todas estas cosas están en el

Sacramento de un mismo modo o por una misma virtud. Porque unas hay que están allí en fuerza y en virtud

de las palabras de la consagración. Porque como esas palabras hacen todo lo que significan, eso mismo que las

palabras expresan es lo que afirman los Escritores sagrados, que está allí en virtud de las palabras. De suerte

que, como ellos advirtieron, si lo que significa la forma fuera alguna cosa separada de las demás, ella sola

estuviera en el Sacramento y ninguna otra.

435. Otras cosas hay que se hallan en este Sacramento, porque están juntas con las que expresan la

forma. Y así, porque la forma con que se consagra el pan, significa el Cuerpo del Señor, pues dice: Este es mi

Cuerpo; este mismo Cuerpo de Cristo es el que está en la Eucaristía en virtud de las palabras; mas por cuanto la

Sangre, Alma y Divinidad están unidas al Cuerpo, todas ellas están también en el Sacramento, no en virtud de

la consagración, sino por la unión que tienen con el Cuerpo. Y este modo de estar en el Sacramento se llama

por concomitancia, del cual modo es claro que todo Cristo se halla en este Sacramento. Porque en efecto si dos

cosas están entre sí realmente unidas, es necesario que donde esté la una esté también la otra. De donde se

sigue que tanto en la especie de pan como de vino, se contiene todo Cristo; de suerte que así como bajo la

especie de pan está verdaderamente no sólo el Cuerpo, sino también la Sangre y todo Cristo, así también al

contrario, bajo la especie del vino está no solamente la Sangre, sino también el Cuerpo y todo Cristo.

 

XXXV. Por qué se hacen dos consagraciones separadas.

436. Y aunque los fieles deben estar firmísimamente persuadidos de esta verdad, con todo tengan

entendido que con mucha razón se instituyó el que se hagan separadamente dos consagraciones, una del pan y

otra del vino. En primer lugar, para que más vivamente se represente la pasión del Señor, en la cual la Sangre

se separó del Cuerpo, por cuyo motivo en la consagración hace mos mención de haberse derramado la Sangre.

Además de esto, como habíamos de usar de este Sacramento para alimento del alma, fué muy con-forme

instituirlo en calidad de comida y bebida, de que es manifiesto se compone el perfecto alimento del cuerpo.

 

XXXVI. Que todo Cristo está en cualquier partícula de ambas especies.

437. También se ha de enseñar que todo Cristo se contiene perfecta-mente, no sólo en cada una de las

especies, sino también en cualquiera partícula de cada una de ellas, según lo dejó escrito San Agustín por

estas palabras: “Cada uno recibe a Cristo Señor, y en cada porción que se distribuye está todo, ni se disminuye

porque lo reciban unos, sino a todos se da entero”. Lo mismo se puede igualmente colegir con facilidad de los

Evangelistas. Porque no es creíble hubiese el Señor consagrado cada porción de pan que distribuyó con propia

y distinta forma, sino que con una misma consagró todo el pan que había de ser suficiente para celebrar los

sagrados misterios y distribuirlos a los Apóstoles. Y de este mismo modo se condujo también en la

consagración del vino, como podemos entender por aquellas palabras que dijo el mismo Señor: “Recibid y

dividid entre vosotros. Todo lo dicho hasta aquí se ha explicado a fin de que los Pastores declaren al pueblo

que el verdadero Cuerpo y Sangre de Cristo, se contienen en el Sacramento de la Eucaristía.

 

XXXVII. Después de la consagración, no queda substancia alguna de pan ni de vino.

438. Luego pasarán a enseñar que después de la consagración no queda en este Sacramento substancia

alguna de pan ni vino, que es la segunda maravilla que arriba se propuso. Y aunque esto es a la verdad digno de

la mayor admiración, pero necesariamente se infiere de lo que se ha demostrado anteriormente. Porque si

después de la consagración está el verdadero Cuerpo de Cristo bajo las especies de pan y vino, siendo así que

antes no estaba allí, era del todo necesario que esto se hiciese, o porque vino a ese lugar, o porque fué de nuevo

creado allí, o por haberse convertido alguna otra cosa en él. Es manifiesto que el Cuerpo de Cristo no puede

estar en el Sacramento, por haber venido de un lugar a otro, pues en tal caso sería preciso que se ausentase del

solio de los cielos, ya que nada se mueve, sino se aparta del lugar donde estaba. Que el Cuerpo de Cristo sea

creado entonces, es decir, una cosa increíble y que ni aun puede imaginarse. Resta, pues, que el Cuerpo del

Señor esté en el Sacramento por haberse convertido el pan en él. Por tanto, es necesario que ninguna

substancia de pan quede en el Sacramento.

 

XXXVIII. La transubstanciación aprobada por los Concilios, está fundada en las Escrituras.

439. Convencidos, pues, nuestros Padres y mayores por esta razón, confirmaron con decretos expresos

la verdad de este artículo en los Concilios Lateranense el grande y Florentino. Pero con más claridad la

definió el Tridentino por estas palabras: ―Si alguno dijere que en el Sacrosanto Sacramento de la Eucaristía

queda la substancia de pan y vino junto con el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, sea anatema‖. Y no

fué difícil colegir esto de, los testimonios de las Escrituras. Primeramente porque en la institución de este

Sacramento dijo el mismo Señor: “Este es mi Cuerpo”, pues es tal la fuerza de la voz Este que demuestra toda la

substancia de la cosa presente. Y si hubiera allí substancia de pan, parece que de ningún modo se podría decir

con verdad: “Este es mi cuerpo”. Además de esto Cristo Señor nuestro dice por San Juan: “El pan que yo daré,

es mi carne por la vida del mundo”, llamando pan a su carne. Y poco después añade: “Si no comiereis la

carne del Hijo del Hombre, y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Y de nuevo: “Mi carne

verdaderamente es comida, y mi sangre verdaderamente bebida”. Llamando, pues, con palabras tan

expresas y claras a su carne pan y verdaderamente comida, y a su Sangre bebida verdadera, parece haber

declarado suficientemente que ninguna substancia de pan y vino quedaba en el Sacramento.

 

XXXIX. Los Santos Padres enseñaron lo mismo.

440. Esta fué perpetuamente la unánime doctrina de los Santos Padres, como no podrá menos de

confesarlo el que los leyere. Porque San Ambrosio dice así: “Tú acaso dices mi pan es el usual; mas este pan

es pan antes de las palabras de la consagración. En llegando la consagración, del pan se hace carne de

Cristo”. Y para probar esto con más facilidad aduce varios ejemplos y comparaciones. Y en otra parte

explicando aquellas palabras: “Todo cuanto quiso hizo el Señor en el cielo y en la tierra”, dice: “Aunque se vea

la figura del pan y vino, ninguna otra cosa se ha de creer que hay allí después de la consagración, que la

carne y sangre de Cristo”. Y exponiendo San Hilario la misma sentencia casi con las mismas palabras, enseñó:

Que aunque exteriormente aparezca pan y vino, con todo es verdaderamente Cuerpo y Sangre del Señor”.

 

XL. Por qué razón la Eucaristía se llama pan aun después de la consagración.

441. Pero adviertan aquí los Pastores que no debemos admirarnos se llame a la Eucaristía pan aun

después de la consagración. Porque ha sido costumbre llamarla así, ya porque conserva la figura de pan, ya

porque todavía retiene natural virtud de alimentar y mantener el cuerpo, lo cual es propio del pan, Y es

costumbre de las escrituras sagradas llamar las cosas según lo que parecen, como bastantemente lo demuestra

lo que se dijo en el Génesis, que aparecieron a Abrahán tres varones, siendo ellos tres Ángeles. Y aquellos dos

que al subir el Señor a los cielos, aparecieron a los Apóstoles, se llaman varones, siendo también Ángeles.

 

XLI. Cómo se hace tan maravillosa conversión de substancias.

442. Sumamente dificultosa es la explicación de este misterio. Con todo, los Pastores se esforzarán para

que aquellos que están más aprovechados en el conocimiento de las cosas divinas (pues de los que están tiernos

todavía es muy de recelar sean oprimidos por la grandeza del misterio), se esforzarán, repito, a fin de

declararles el modo de esta maravillosa conversión, lo cual se hace de tal suerte que toda la substancia del pan

se convierte, por virtud divina, en toda la substancia del Cuerpo de Cristo, y toda la substancia del vino en toda

la substancia de su preciosa sangre, sin que haya en nuestro Señor la menor mutación. Porque ni Cristo es de

nuevo engendrado, ni cambiado, ni aumentado, sino que todo él mismo persevera en su substancia. Y así de-

clarando San Ambrosio este misterio dice: “¿Ves cuan poderosa sea la palabra de Cristo? Si es, pues, tan

poderosa la palabra de nuestro Señor Jesús, que por ella empezasen a ser las cosas que no eran, a saber del

mundo, ¿cuánto mejor hará que sean las que eran, y que se conviertan en otra distinta?” En este mismo

sentido dejaron también consignado su sentir otros antiquísimos y gravísimos Padres. San Agustín se explica

de este modo: “Fielmente confesamos que antes de la consagración hay el pan y vino que produjo la

naturaleza, pero después la carne y sangre de Cristo, que consagró la bendición”. Y el Damasceno: “El cuerpo,

verdaderamente está unido a la Divinidad, el cuerpo, digo, nacido de la Santa Virgen, no porque el mismo

cuerpo que subió baje del cielo, sino por convertirse el mismo pan y vino en Cuerpo y Sangre de Cristo”.

 

XLII. Muy propiamente se dió a esta conversión el nombre de TRANSUNSTANCIACIÓN.

443. Por esto la Santa Iglesia Católica llamó muy propia y convenientemente a esta conversión

maravillosa Transubstanciación, según enseñó el Sagrado Concilio de Trento. Porque así como la generación

natural se llama con mucha propiedad transformación, por cuanto en ella se muda la forma, así también

porque en el Sacramento de la Eucaristía pasa toda la substancia de una cosa a ser toda la substancia de otra,

con mucha propiedad y exactitud nuestros mayores propusieron el nombre de Transubstanciación para

declarar este misterio.

 

XLIII. Este Sacramento ha de ser creído con piedad y no escudriñado con curiosidad.

444. Pero aquí es menester prevenir a los fieles que tengan presente lo que tanto recomiendan los

Santos Padres, esto es, que no anden inquiriendo con curiosidad de qué modo se haga esta conversión. Porque

ni lo podemos entender, ni en las mutaciones naturales, ni tampoco en la misma creación hallaremos ejemplo

semejante. Qué sea esto se ha de saber por la fe; cómo se haga no hay que escudriñarlo con curiosidad. Y con

igual cuidado deben proceder también los Pastores cuando en la explicación de este misterio quieran tratar de

cómo puede ser que todo el Cuerpo de Cristo esté contenido aun en la más mínima partícula del pan, pues muy

rara vez podrá convenir mover tales disputaciones. Mas si lo pide alguna vez la caridad cristiana, procuren ante

todo fortalecer las almas de los fieles con aquella sentencia: “Nada hay imposible para Dios”.

 

XLIV. Cristo está en la Eucaristía a manera de substancia y no ocupa lugar.

445. Después enseñarán que Cristo Señor nuestro no está en el Sacramento como en lugar. Porque el

lugar se conforma con las cosas, según que son grandes o pequeñas. Y no decimos que Cristo Señor nuestro

esté en el Sacramento como grande o pequeño, que es lo que pertenece a la cuantidad, sino según que es

substancia. Porque la substancia del pan se convierte, no en la cantidad pequeña o grande de Cristo, sino en su

substancia. Y nadie duda que la substancia igualmente se halla en un espacio pequeño que en uno de grande.

Como la substancia del aire y toda su naturaleza tan entera está en una parte pequeña como en otra mayor;

como también toda la substancia del agua no menos está en un pequeño recipiente que en un río. Con-

virtiéndose, pues, la substancia del pan en Cuerpo de Cristo Señor nuestro, es preciso reconocer que

enteramente está en el Sacramento en aquel mismo modo que estaba la substancia de pan antes de la

consagración, y que esto sea en pequeña o grande cantidad no hace al caso.

 

XLV. En el Sacramento están los accidentes sin substancia.

446. Resta ahora declarar lo tercero que en este Sacramento parece no menos grande que maravilloso,

lo cual, explicados ya los otros dos milagros, fácilmente podrán tratarlo los Pastores; esto es, que las especies

de pan y vino están en este Sacramento sin sujeto alguno. Porque habiéndose demostrado ya que el Cuerpo y

Sangre del Señor están verdaderamente en el Sacramento, de tal modo que no quede allí substancia alguna de

pan ni de vino, como estos accidentes no pueden estar sostenidos por el cuerpo y sangre de Cristo, síguese que

sobre todo orden de naturaleza subsistan por sí mismos, sin estar unidos a otra cosa alguna. Esta fué la

perpetua y constante doctrina de la Iglesia Católica, la cual fácilmente se puede confirmar con la autoridad de

aquellos testimonios con los cuales antes se mostró que no que-daba en la Eucaristía substancia alguna de pan

o de vino.

 

XLVI. Por qué quiso el Señor darnos su Cuerpo y Sangre bajo las especies de pan y vino.

447. Pero lo que más importa a la devoción de los fieles es que dejándose de cuestiones sutiles, adoren y

veneren la majestad de este admirable sacramento, y luego reconozcan en él la suma providencia de Dios, por

haber dispuesto darnos estos sacrosantos misterios bajo las especies de pan y vino. Porque siendo tan grande el

natural horror que tienen los hombres a comer carne humana o a beber su sangre, con suma sabiduría ordenó

que su santísimo Cuerpo y Sangre se nos diesen bajo las especies de pan y vino, que con tanto gusto nos sirven

cada día de ordinario alimento. Más a esto se juntan otras dos utilidades. Una es librarnos de la calumnia de los

infieles, la que fuera difícil evitar si nos vieran comer al Señor en su misma especie. La segunda, que recibiendo

el Cuerpo y Sangre del Señor de tal modo que no puedan percibir los sentidos lo que verdaderamente se hace,

esto sirve en gran manera para aumentar la fe en nuestras almas. Pues según aquella celebrada sentencia de

San Gregorio: “La fe no tiene mérito en lo que experimenta la razón humana”. Pero todas las cosas expuestas

hasta aquí no se han de predicar sino con gran precaución conforme a la capacidad de los oyentes y necesidad

de los tiempos.

 

XLVII. De los inmensos frutos y utilidades de este gran Sacramento.

448. No hay clase alguna de fieles a quienes no convenga ni sea muy necesario conocer lo que se pueda

decir de la maravillosa virtud y frutos de este Sacramento. Porque todo cuanto se trata de él con tanta difusión,

señaladamente se debe dirigir a que entiendan los fieles las utilidades de la Eucaristía. Mas siendo imposible

explicar con palabras sus inmensas utilidades y frutos, tratarán los Pastores uno u otro punto, para que se

demuestre cuánta abundancia y riqueza de todo género de bienes está encerrada en estos sacrosantos

misterios. En alguna manera conseguirán esto, si habiendo declarado la virtud y naturaleza de todos los

Sacramentos, comparan la Eucaristía a la fuente, y los otros a los arroyuelos. Porque verdadera y

necesariamente se debe llamar fuente de toda gracia, conteniendo en sí por una manera maravillosa a la misma

fuente de las gracias y dones celestiales, y al autor de todos los Sacramentos, Cristo Señor nuestro, de quien

como de fuente se comunica a los demás toda la bondad y perfección que tienen. Y de este principio podrán

deducir con facilidad los excelentísimos dones de gracia divina que se nos dan por este Sacramento.

 

XLVIII. La Eucaristía causa en el alma, de modo más excelente los provechos que el pan y el

vino en el cuerpo.

449. También será medio oportuno para conseguir este mismo fin, considerar atentamente la

naturaleza y cualidades del pan y del vino, que son los símbolos de este Sacramento. Porque todos aquellos

provechos que causan en el cuerpo el pan y el vino, todos y de un modo mejor y más perfecto comunica a las

almas para su salud y regalo el Sacramento de la Eucaristía. No se muda este Sacramento en nuestra substancia

como el pan y el vino, pero nosotros en cierto modo nos convertimos y mudamos en su naturaleza, de suerte

que con razón se puede aquí decir lo que el Señor dijo a San Agustín: «Comida soy de grandes, crece y me

comerás. No me mudarás tú en ti, como manjar de tu carne, sino que tú te mudarás en mí».

 

XLIX. Cómo se da la gracia por este Sacramento.

450. Y si fué hecha por Jesucristo la gracia y la verdad, necesariamente la ha de causar en el alma que

recibe pura y santamente al que dijo de sí mismo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, está en mí y yo en

él”. Porque los que se llegan a este Sacramento con afectos de piedad y devoción, nadie debe dudar que

reciben en sí al Hijo de Dios, de tal manera que se ingieren en él, como miembros vivos, porque escrito está: “El

que me come, vivirá por mí”. Además: “El pan que yo daré, es mi carne por la vida del mundo”.

Explicando este lugar San Cirilo, dice así: “El Verbo de Dios uniéndose a sí mismo con su carne, la hizo

vivificante. Convenía, pues, que por un modo maravilloso se uniese a los cuerpos por medio de su sagrada

carne y preciosa sangre, las que recibimos en el pan y vino mediante su consagración”.

 

L. No da vida este Sacramento al que le recibe indignamente.

451. Mas, respecto de lo dicho de que la Eucaristía da la gracia, conviene adviertan los Pastores que no

se ha de entender corno si no fuera necesario que haya primero conseguido la gracia, el que ha de recibir

provechosamente este Sacramento. Porque es manifiesto que así como a los muertos de nada sirve el

alimento corporal, así a las almas muertas por el pecado, nada aprovechan los sagrados misterios. Por esto

tienen las apariencias de pan y vino, para dar a entender que no fueron instituidos para volver las almas a la

vida, sino para conservarlas en esa vida. Y así el haber dicho que da vida es, porque aun la primera gracia (con

la cual deben ir adornados, antes de recibir en su boca la sagrada Eucaristía, bajo pena de comerse y beberse el

juicio de la condenación) a ninguno se concede, si no recibe este mismo Sacramento con el deseo y el voto.

Porque es el fin de todos los Sacramentos y la señal de la unidad de la Iglesia, fuera de la cual nadie puede

conseguir la gracia.

 

LI. Cómo se fortalece y crece el alma con este divino manjar.

452. Además de esto, porque así como el cuerpo no sólo se mantiene con el sustento natural, sino que

también crece, y cada día percibe en él el gusto nueva suavidad y regalo, así el manjar de la sagrada Eucaristía

no sólo sustenta el alma, sino que le añade fuerzas, y hace que el espíritu se deleite más y más con el regalo de

las cosas de Dios. Y esta es la causa de decirse con toda verdad y razón que se da la gracia por este Sacramento.

Y se puede comparar muy bien con el maná, en el que se percibía la suavidad de todos los sabores.

 

LII. Por la Eucaristía se perdonan los pecados veniales.

453. Tampoco se debe dudar que se perdonen por la sagrada Eucaristía los pecados leves que se suelen

llamar veniales, de suerte que todo cuanto perdió el alma por el ardor de la concupiscencia, cuando se deslizó

en alguna cosa leve, todo eso lo restituye la Eucaristía lavándola de estas manchas ligeras. Así como (por no

apartarnos de la semejanza que se puso) todo lo que se disminuye y pierde cada día por la fuerza del calor

natural, sentimos que se cobra y va reparando poco a poco por el natural alimento, así con mucha razón dijo

San Ambrosio de este celestial Sacramento: «Este pan de cada día se toma para remedio de las enfermedades

cotidianas». Pero esto debe entenderse de aquellos pecados de cuya complacencia no se deja llevar el corazón.

 

LIII. Este Sacramento preserva de culpas venideras.

454. Tienen además de esto los sagrados misterios virtud de conservarnos puros y limpios de pecado,

librarnos del ímpetu de las tentaciones, y de preparar el alma como con una celestial medicina, para que no

pueda ser fácilmente dañada y corrompida con el veneno de alguna culpa mortal. Por esta causa fué costumbre

antigua en la Iglesia, como San Cipriano afirma, cuando en los tiempos de las persecuciones eran llevados con

frecuencia los fieles por los tiranos a los tormentos y a la muerte por la confesión del nombre de Cristo, que se

les administrasen por los Obispos los Sacramentos del Cuerpo y Sangre del Señor, para que no desfallecieran

en el combate espiritual, vencidos acaso por la acerbidad de los dolores. La Eucaristía contiene también y

reprime la liviandad de la carne. Porque al propio tiempo que inflama las almas en el fuego de la caridad, ha de

mitigar necesariamente los ardores de la concupiscencia.

 

LIV. Este Sacramento nos abre la entrada de la eterna gloria.

455. Últimamente para comprender en una palabra todas las utilidades y beneficios de este Sacramento,

se ha de enseñar que es muy grande la virtud de la Eucaristía para alcanzarnos la gloria eterna, porque

escrito está: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida eterna, y yo le resucitaré en el último

día”. Esto es, que por la gracia de este Sacramento gozan los fieles, mientras viven en esta vida, de una suma

paz y serenidad de conciencia, y además de esto esforzados con su virtud, a semejanza de Elías, quien con la

fortaleza de aquel pan subcinericio anduvo hasta el monte de Dios Horeb, en llegando el tiempo de salir de esta

vida, suben a la eterna gloria y bienaventuranza. Muy por extenso explicarán los Pastores todas estas cosas, si

toman por asunto el capítulo 6 de San Juan en el cual se nos muestran los muchos efectos de este Sacramento,

o si discurriendo por todos los hechos maravillosos de Cristo Señor nuestro, mostraren que si en verdad

tenemos por muy dichosos a los que le hospedaron en su casa, o recobraron la salud tocando su vestido o

la orla de él estando en carne mortal, mucho más dichosos y felices somos nosotros, pues no se desdeña de

venir a nuestras almas después de vestido de gloria inmortal, para curar todas nuestras llagas, y unirnos

consigo enriqueciéndonos con inestimables y preciosísimos dones.

 

LV. De tres modos que hay de comulgar.

456. Pero se debe también indicar quiénes son los que pueden percibir los inmensos frutos de la Euca-

ristía que ahora hemos mencionado, y asimismo que no es uno solo el modo de comulgar, para que el pueblo

fiel aprenda a codiciar los mejores dones. Distinguieron, pues, nuestros mayores con gran razón y sabiduría,

según leemos en el Concilio Tridentino, tres modos de recibir este Sacramento. Porque unos reciben tan sólo

el Sacramento, como los que están en pecado mortal, que no se avergüenzan de introducir en su boca y corazón

sacrílego los sagrados misterios. De éstos dice el Apóstol: “Que comen y beben indignamente el cuerpo del

Señor”. Y de ellos escribe S. Agustín: “El que no está en Cristo, ni Cristo en él, muy cierto es que no come

espiritualmente su carne, aunque material y visiblemente parta con los dientes el Sacramento del Cuerpo y

Sangre del Señor”. Y así los que reciben los sagrados misterios con afectos tan depravados, no sólo no perciben

ningún fruto, mas según el mismo Apóstol, comen y beben su condenación. Otros hay que reciben la

Eucaristía sólo espiritualmente. Estos son los que con el deseo y voluntad comen ese pan del cielo inflamados

en viva fe que obra por la caridad. Y con esto consiguen ciertamente grandísimas utilidades, ya que no

perciben todos sus provechos. Otros hay por fin que reciben la sagrada Eucaristía sacramental y

espiritualmente. Estos son los que examinándose primero a sí mismos conforme la doctrina del Apóstol, y

llegando a esta divina mesa adornados con vestido de bodas, consiguen de la Eucaristía los frutos copiosísimos

que antes dijimos. Y así es manifiesto que se privan de grandísimos bienes celestiales los que se contentan con

sola la comunión espiritual, pudiendo estar dispuestos para recibir también el Sacramento del Cuerpo del

Señor.

 

LVI. Cómo deben disponerse las almas para recibir la sagrada comunión.

457. Después de todo lo hasta aquí apuntado, veamos de explicar la manera como deban prepararse los

fieles antes de recibir el Sacramento de la Eucaristía. Y primeramente para que se vea la necesidad de esta pre-

paración, se ha de proponer el ejemplo de nuestro Salvador. Porque antes de dar a los Apóstoles los

Sacramentos de su precioso Cuerpo y Sangre, aun que ya estaban limpios, les lavó los pies, para declarar que

debemos poner toda diligencia en que nada nos falte para la suma integridad e inocencia del alma cuando

hemos de recibir los sagrados misterios. Pero entiendan los fieles además, que así como quien recibe la sagrada

Eucaristía bien dispuesto y preparado, es enriquecido con altísimos dones de la divina gracia, así por el

contrario recibiéndola sin preparación, no sólo no se consigue provecho alguno, sino que se reciben gravísimas

pérdidas y daños. Pues es propio de las cosas muy preciosas y muy saludables, que tomadas a tiempo

aprovechen muchísimo, pero si las tomamos intempestivamente, nos causen ruina y perdición. Por esto no es

de maravillar que aun los dones más encumbrados y esclarecidos de Dios nos ayuden muchísimo para

conseguir la gloria eterna recibiéndolos con buena disposición, pero que nos ocasionen la eterna muerte

cuando nos hacemos indignos de ellos. Esto se demuestra con el ejemplo del arca del Señor. No tuvo a la

verdad el pueblo de Israel cosa más venerable que esta arca del Testamento, por la cual le había hecho el

Señor crecidísimos e innumerables beneficios; pero siendo tomada por los Filisteos, les causó una gravísima

peste y calamidad, juntamente con una ignominia eterna. Así también los alimentos que tomamos si hayan

bien dispuesto el estómago, mantienen y sustentan los cuerpos, pero si le hallan lleno de humores viciosos,

causan graves enfermedades.

 

LVII. De varios modos de preparación para comulgar.

458. Sea, pues, la primera preparación que han de llevar los fieles, distinguir entre mesa y mesa, esta

sagrada de las profanas, este pan del cielo del de la tierra. Esto se hace creyendo de cierto que está allí presente

el verdadero Cuerpo y Sangre de aquel Señor, a quien adoran los Ángeles en la gloria, a cuya presencia

tiemblan las columnas del cielo, estremeciéndose a la menor muestra de su indignación, y de cuya gloria

están llenos cielos y tierra. Esto es a la verdad discernir el Cuerpo del Señor, como amonesta el Apóstol.

Pero lo que conviene es, venerar la grandeza de este misterio, no escudriñar su verdad con sutilezas.

459. Otra preparación y en gran manera necesaria es, que cada uno se pregunte a sí mismo si tiene paz

con los otros, y si acaso ama de veras y de corazón a su prójimo.

Si ofreces, pues, tu ofrenda en el altar, y allí te acordares que tu prójimo ha recibido algún agravio de ti,

deja allí tu ofrenda al pie del altar, y ve primero y reconcíliate con él, y hecho esto vuelve a ofrecer tu don”.

460. A más de esto debemos examinar con gran cuidado nuestra conciencia, no estemos acaso man-

chados con algún pecado mortal, del que sea necesario hacer penitencia, para lavarle primero con la medicina

de la contrición y confesión, pues está definido por el santo Concilio de Trento que a ninguno a quien

remuerda la conciencia de pecado mortal, es lícito recibir la sagrada Eucaristía, sin limpiarse antes por la

confesión sacramental, habiendo copia de Sacerdotes, aunque le parezca estar contrito.

461. Consideremos también en el retiro de nuestros pechos, cuán indignos somos de que nos haga el

Señor semejante beneficio, y para esto diremos con todas veras aquello del Centurión, de quien el mismo

Salvador afirmó, que no halló fe tan grande que señaladamente conviene observen los fieles, a fin de prepararse

para recibir con utilidad los sagrados misterios. Pues las demás que parece se deben proveer para este fin,

fácilmente se pueden reducir a estos mismos puntos.

LIX. Todos deben comulgar a lo menos una vez al año.

463. Y a fin de que algunos no se hagan más perezosos para recibir este Sacramento por juzgar muy

pesada y dificultosa tanta preparación, se ha de recordar muchas veces a los fieles, que todos están obligados a

recibir la sagrada Eucaristía. Y a más de esto que está establecido por la Iglesia, que quien no comulgare una

vez por lo menos cada año en la Pascua, sea arrojado fuera de ella.

 

LX. Cuántas veces y en qué tiempos ha de comulgarse.

464. Mas con todo eso no se contenten los fieles con recibir el Cuerpo del Señor una sola vez al año

obedeciendo a este decreto; antes bien entiendan que se ha de repetir muchas veces la Comunión de la

Eucaristía. Y aunque no puede darse regla fija para todos sobre si es más conveniente comulgar cada mes,

cada semana, o cada día, a lo menos es muy cierta aquella norma de S. Agustín: Vive de manera que cada, día

puedas comulgar.

465. Por lo cual deberá el Párroco exhortar muchas veces a los fieles, a que así como juzgan necesario

dar cada día su alimento al cuerpo, así también no descuiden de alimentar y mantener cada día su alma con

este Sacramento. Porque es manifiesto que no está menos necesitada el alma del alimento espiritual, que del

natural el cuerpo. Y para este fin será muy conveniente recordar en este lugar aquellos tan grandes y divinos

beneficios, que conseguimos por la comunión sacramental de la Eucaristía, como antes dijimos. También se

deberá hacer mención de la figura de aquel maná, con el cual se debían reparar cada día las fuerzas corporales,

y asimismo las autoridades de los Santos Padres, que en gran manera nos encomiendan el frecuente uso de este

Sacramento. Porque no fué de sólo el Padre San Agustín aquella sentencia: Cada día pecas, comulga cada día,

antes el que lo considere con atención fácilmente hallará que así pensaron todos los Padres que escribieron

sobre este asunto.

 

LXI. Antiguamente fué muy frecuente la Comunión en la Iglesia.

466. Y que en la primitiva Iglesia comulgaban los fieles cada día, nos lo dicen los Hechos Apostólicos.

Porque entonces todos los que profesaban la fe de Jesucristo, ardían en verdadera y sincera caridad, de suerte

que ocupándose de continuo en la oración y otros ejercicios de virtud, se hallaban cada día preparados para

recibir la sagrada Comunión. Esta costumbre que parecía iba decayendo, se renovó en parte por Anacleto Papa

y Mártir santísimo, pues mandó comulgasen los ministros que asistían al Sacrificio de la misa, afirmando que

así lo habían ordenado los Apóstoles.

467. Igualmente se conservó por mucho tiempo en la Iglesia la costumbre de que el Sacerdote,

terminado el sacrificio y después de haber recibido la Eucaristía, dirigiéndose al pueblo que estaba presente,

convidaba a los fieles a la sagrada mesa por estas palabras: Venid, hermanos a la Comunión. Y entonces los

que se hallaban dispuestos, recibían con suma devoción la sagrada Eucaristía. Mas habiéndose resfriado

después el fervor de la caridad y piedad en tanto grado, que muy rara vez se llegaban los fieles a la comunión,

se estableció por San Fabián Papa que recibiesen todos la Eucaristía tres veces al año, el día del Nacimiento del

Señor, el de Resurrección y Pentecostés, lo cual confirmaron después muchos Concilios y en especial el primero

Agatense. Últimamente habiendo llegado a tal punto que no sólo no se guardaba aquella ordenación, sino que

se difería por muchos años la comunión de la sagrada Eucaristía, se decretó en el Concilio Lateranense, que

todos los fieles recibiesen el sagrado Cuerpo del Señor por lo menos una vez cada año por Pascua, y que

quienes no lo cumpliesen, fuesen arrojados de la Iglesia.

 

LXII. A los niños sin uso de razón no ha de darse la Eucaristía.

468. Pero aunque esta ley establecida por autoridad de Dios y de la Iglesia pertenezca a todos los fieles,

con todo se ha de enseñar que están exceptuados los niños que no tienen todavía uso de razón. Porque éstos ni

saben discernir la sagrada Eucaristía del pan profano y usual, ni la pueden llegar a recibir con reverencia y

devoción. Y hacer lo contrario, parece muy ajeno de la institución de Cristo Señor nuestro, porque dijo: Tomad,

y comed. Y es claro, que los niños no tienen para esto la capacidad suficiente. Cierto es que en algunas partes

hubo antiguamente la costumbre de dar también a los niños la sagrada Eucaristía, con todo eso, así por las

razones que se acaban de indicar, como por otras muchas muy conformes a la piedad cristiana, hace ya mucho

tiempo que por decreto de la misma Iglesia, se dejó de hacer esto.

 

LXIII. En qué edad se dará la comunión a los niños.

469. Acerca de en qué edad pueda darse a los niños la Comunión sagrada, nadie mejor puede

determinarlo que su padre y el Sacerdote con quien ellos se confiesan. Porque a éstos toca averiguar e inquirir

si los niños tienen algún conocimiento y gusto de este admirable Sacramento.

 

LXIV. A los faltos de juicio se puede dar alguna vez.

470. Tampoco conviene en manera ninguna dar los Sacramentos a los locos, que están privados de todo afecto

de devoción. Aunque si antes de perder el juicio dieron muestras de piadosa y religiosa voluntad, será lícito darles

la Comunión sagrada al fin de la vida, según el decreto del Concilio Cartaginense, con tal que no se tema peligro

de vómito, o de otra irreverencia o inconveniente.

 

LXV. A los legos no puede darse la Comunión en ambas especies.

471. En cuanto al rito de comulgar enseñarán los Párrocos que está prohibido por ley de la Iglesia, que

ninguno comulgue en ambas especies sin concesión de la misma Iglesia, excepto los Sacerdotes, cuando

consagran el Cuerpo del Señor en el Sacrificio de la Misa. Porque como declaró el Santo Concilio de Trento,

aunque Cristo Señor nuestro instituyó en la última cena este altísimo Sacramento, y le dió a sus Apóstoles en

las especies de pan y de vino, no se sigue de ahí que su Majestad estableciese ley, de que se diera a todos en

ambas especies. Y aun el mismo Señor nuestro, hablando de este Sacramento, muchas veces sólo hace mención

de una especie, como cuando dice: “El que comiere de este pan, vivirá para siempre”. Y: “El pan que yo

daré, es mi carne para la vida del mundo”. Además: “El que come este pan, vivirá eternamente”.

 

LXVI. Por qué razones fué esto decretado por la Iglesia.

472. Es manifiesto que fueron muchas y de gran peso las razones, que movieron a la Iglesia, no sólo

para aprobar, sino también para confirmar por la autoridad de su decreto la costumbre de comulgar

determinadamente bajo una sola especie.

473. Primeramente, porque debía ponerse sumo cuidado a fin de que la Sangre del Señor no se de-

rramase en el suelo, lo cual no parecía fácil de evitar cuando hubiera que administrarla a una grande

muchedumbre del pueblo.

474. Además, debiendo la sagrada Eucaristía llevarse prontamente a los enfermos, estaba muy expuesta

a acedarse, si por mucho tiempo se guardaban las especies del vino.

475. Hay también muchísimos, que en manera ninguna pueden sufrir, no sólo el sabor, más ni el olor

del vino. Pues para que no ofendiese a la salud del cuerpo, lo que se daba para la del alma, con gran prudencia

estableció la Iglesia, que no recibiesen los fieles sino la especie de pan.

476. Júntase a estas razones, que en muchas provincias se padece gran carestía de vino, sin, que pueda

llevarse a ellas, sino a costa de gastos excesivos, y por caminos muy largos y dificultosos.

477. Y sobre todo (lo que es sumamente importante para nuestro intento), se debía arrancar de raíz la

herejía de aquellos que negaban, que esto viese Cristo todo bajo ambas especies, diciendo que sólo el cuerpo sin

sangre estaba en la especie. de pan, y la sangre sin cuerpo en la especie de vino. Pues para que la verdad de la fe

católica resplandeciera más clara a los ojos de todos, fué muy sabia la determinación de mandar, que sólo en

especie de pan se diese la sagrada Comunión. Hay también otras muchas razones, reunidas por muchos que

han tratado de este argumento, las que sí pareciese necesario, las podrán recordar los Pastores. Ahora se ha de

tratar del Ministro (aun-que apenas ninguno puede ignorar esto), para que no quede cosa por decir de lo

perteneciente a la doctrina de este Sacramento.

 

LXVII. El Sacerdote es Ministro propio de este Sacramento.

478. Debe enseñarse, pues, que a solos los Sacerdotes ha sido dada la potestad de consagrar la sagrada

Eucaristía, y de distribuirla a los fieles. Y siempre se observó esta costumbre en la Iglesia, que percibiesen los

fieles los Sacramentos de mano de los Sacerdotes, y que éstos cuando celebraban, comulgasen por sí mismos,

como lo explicó el Santo Concilio de Trento, declarando que esta costumbre debía conservarse con gran

veneración, como nacida de la tradición Apostólica, mayormente habiéndonos dejado Cristo Señor nuestro

ejemplo ilustre de esto, consagrando su Cuerpo Santísimo y dándolo por sus manos a los Apóstoles. Y

atendiendo en el modo posible a la dignidad de tan augusto Sacramento, no solamente fué dada a solos los

Sacerdotes la potestad de administrarle, sino que también se prohibió por ley de la Iglesia, que ninguno sin

estar consagrado, se atreviese a tratar o tocar los vasos sagrados, lienzos, y demás utensilios necesarios para el

sacrificio, si no ocurría grave necesidad.

 

LXVIII. Puede la Eucaristía ser consagrada y administrada por malos sacerdotes.

479. Por lo que queda dicho pueden entender así los Sacerdotes como los demás fieles, con cuánta

religión y santidad deben ir adornados los que se llegan a la Eucaristía, o para consagrarla, o para administrarla

o para recibirla. Bien que como arriba se dijo de los demás Sacramentos, no menos administran la Eucaristía

los malos ministros que los buenos, con tal que observen lo necesario para su valor. Porque de todos los

Sacramentos se debe creer que no dependen del mérito de los ministros, sino que se celebran por virtud y

potestad de Cristo Señor. Esto es lo que se habrá de explicar sobre la Eucaristía, según que es Sacramento.

Ahora resta declararla, según que es Sacrificio, para que sepan los Párrocos las cosas que principalmente deben

enseñar sobre este misterio al pueblo, los domingos y días festivos, según el decreto del Santo Concilio de

Trento.

 

LXIX. La Eucaristía es el sacrificio peculiar del Nuevo Testamento, y aceptísimo a Dios.

480. Es verdaderamente este Sacramento no sólo un tesoro de celestiales riquezas, del que si usamos

bien nos granjeamos la gracia y el amor de Dios, sino que también tenemos aquí un modo y medio muy

particular con que podamos agradecerle de alguna manera los inmensos beneficios que nos ha hecho. Cuán

agradable y cuán acepta sea a Dios esta víctima, si se le sacrifica en el modo legítimo que se debe hacer,

podemos deducirlo de que los sacrificios de la ley antigua eran tales que de ellos está escrito: “No quisiste tú,

Señor, los holocaustos, ni los sacrificios”. Y otra vez: “Si hubieras querido el sacrificio, a la verdad te lo

hubiera ofrecido, mas no te deleitarás en los holocaustos”; si éstos, pues, agradaron al Señor en tanto grado,

que dice la Escritura que percibió Dios de ellos olor de suavidad, esto es, que le fueron agradables y aceptos,

¿qué no podremos esperar por medio de este Sacrificio, en el cual se inmola y ofrece aquel mismo, de quien

hasta dos veces dijo la voz del cielo: “Este es mi Hijo muy amado, en quien yo tengo mis delicias?” Por tanto,

explicarán con gran diligencia los Párrocos este misterio, para que los fieles aprendan a meditarlo atenta y

religiosamente cuando asisten a misa.

 

LXX. Por qué causas instituyó el Señor la Euearistía.

482. Primeramente, pues, enseñarán que Cristo Señor nuestro instituyó la Eucaristía por dos causas.

Una, para que fuese sustento celestial de nuestras almas, con el cual pudiésemos conservar y mantener la vida

espiritual. Otra, para que tuviese la Iglesia un perpetuo sacrificio, mediante el cual se perdonasen nuestros

pecados, y el Eterno Padre, gravemente ofendido repetidas veces por nuestras maldades, quedase aplacado, y

cambiase la ira en misericordia, y la justa severidad en clemencia. En el Cordero Pascual tenemos figura y

semejanza de esto, pues solían los hijos de Israel ofrecerle y comerle, como Sacrificio y como Sacramento. Y a la

verdad no pudo nuestro Salvador, estando para ofrecerse a sí mismo a Dios Padre, en el ara de la Cruz,

dejarnos otra prenda más rica de su inmensa caridad y amor hacia nosotros, que este Sacrificio visible, por el

cual se renovase aquel sacrificio sangriento, que de allí a poco había de ofrecerse una vez en la cruz, y hasta el

fin del mundo se celebrase su memoria cada día con suma utilidad por la Iglesia esparcida por toda la redondez

de la tierra.

 

LXXI. En qué se diferencia el Sacramento del Sacrificio.

483. Mucho se diferencian entre sí el Sacramento del Sacrificio. Porque el Sacramento se perfecciona

por la consagración, mas como Sacrificio toda su fuerza está en que sea ofrecido. Por esto la Sagrada Eucaristía

cuando está en el copón o se lleva a los enfermos, tiene razón de Sacramento, mas no de Sacrificio. Además de

esto, como Sacramento causa mérito y todas aquellas utilidades, de que antes se trató, en los que reciben la

sagrada Hostia. Mas, como Sacrificio, no sólo tiene virtud de merecer, sino también de satisfacer. Porque así

como Cristo Señor nuestro mereció en su Pasión por nosotros y juntamente satisfizo, así los que ofrecen este

Sacrificio, en el cual comunican con nosotros; merecen los frutos de la pasión del Señor y al mismo tiempo

satisfacen.

 

LXXII. Cuándo se instituyó este Sacrificio.

484. Acerca de la institución de este Sacrificio, ya no ha dejado lugar a duda alguna el Santo Concilio de

Trento: declarando que le instituyó Cristo Señor nuestro en la última cena, y al mismo tiempo fulminando

anatema contra los que afirman, que no se ofrece en él a Dios Sacrificio verdadero y propio, o que el ofrecerle

no es otra cosa que dársenos Cristo para ser comido.

 

LXXIII. El Sacrificio no puede ofrecerse sino a sólo Dios.

485. Tampoco dejó el Santo Concilio de explicar con cuidado que a sólo Dios se ofrece Sacrificio. Pues

aunque la Iglesia suele celebrar Misas en memoria y honor de los Santos, con todo, nunca enseñó que se ofrecía

a ellos el Sacrificio, sino a sólo Dios, quien coronó a los Santos de gloria inmortal. Por tanto, nunca dice el

Sacerdote: A ti, Pedro, o Pablo, ofrezco este Sacrificio, sino que ofreciéndole a sólo Dios le da gracias por la

victoria insigne de sus gloriosos mártires. Y de este modo imploramos su patrocinio, para que se dignen

interceder por nosotros en los cielos aquellos cuya memoria celebramos en la tierra.

 

LXXIV: En donde se nos enseña la doctrina del Sacrificio y Sacerdocio de la nueva Ley.

486. Estas cosas que enseña la Iglesia católica sobre la verdad de este Sacrificio, las aprendió de las

palabras del Señor, quien encomendando a los Apóstoles en aquella noche última estos mismos sagrados

misterios, dijo: “Haced esto en memoria de mí”. Entonces los instituyó Sacerdotes, como lo definió el Santo

Concilio de Trento, y mandó que ellos y todos los que les sucediesen en el ministerio sacerdotal, sacrificasen y

ofreciesen su cuerpo. Y bastantemente muestran también esto mismo las palabras del Apóstol diciendo a los

Corintios: “No podéis beber el Cáliz del Señor, y el Cáliz de los demonios; no podéis ser participantes de la

mesa del Señor y de la mesa de los demonios”. Porque así como por la mesa de los demonios se ha de entender

el altar donde se les sacrificaba, así también (para que se concluya con un discurso probable, lo que propone el

Apóstol) no puede significar otra cosa la mesa del Señor, que el altar, en que se ofrece Sacrificio al Señor.

 

LXXV. De las figuras y profecías antiguas de la Eucaristía.

487. Y si buscamos en el antiguo Testamento figuras y profecías de este Sacrificio, hallaremos

primeramente que Malaquías le profetizó con tanta claridad, como consta de estas palabras: “Desde donde sale

el sol hasta donde se pone, es grande mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y se ofrece a mi

nombre ofrenda limpia, porque es grande mi nombre entre las gentes, dice el Señor de los ejércitos. Además

de esto, así antes como después de promulgada la ley, fué anunciada esta hostia con varias diferencias de

Sacrificios. Porque esta víctima, como perfección y cumplimiento de todas, comprendió en sí todos los bienes

que eran significados por aquellos Sacrificios. Pero en ninguna otra cosa se deja ver su imagen más expresa,

que en el sacrificio de Melquisedec, pues declarándose el mismo Salvador constituido Sacerdote para siempre

según el orden de Melquisedec, ofreció a Dios Padre en la última cena su Cuerpo y Sangre bajo las especies

de pan y vino.

 

LXXVI. El Sacrificio de la Misa es el mismo que el de la cruz.

488. Confesamos, pues, y así debe creerse que es uno y el mismo Sacrificio el que se ofrece en la Misa y

el que se ofreció en la Cruz, así como es una y la misma ofrenda, es a saber Cristo Señor nuestro, el cual sólo

una vez vertiendo su sangre se ofreció a sí mismo en el ara de la Cruz. Porque la hostia cruenta e incruenta no

son dos, sino una misma, cuyo sacrificio se renueva cada día en la Eucaristía, después que mandó así el Señor:

Haced esto en memoria mía”.

 

LXXVII. También es uno mismo el Sacerdote.

489. Y también es uno sólo y el mismo el Sacerdote, que es Cristo Señor nuestro. Porque los Ministros

que celebran el Sacrificio, no obran en su nombre, sino en el de Cristo cuando consagran el Cuerpo y Sangre del

Señor. Y esto se muestra por las mismas palabras de la consagración. Porque no dice el Sacerdote: Esto es el

Cuerpo de Cristo; sino este es mi Cuerpo. Porque representando la persona de Cristo Señor nuestro convierte

la substancia del pan y vino en la verdadera substancia de su cuerpo y sangre.

 

LXXVIII. La Misa es Sacrificio de alabanza y de propiciación.

490. Siendo esto así, se ha de enseñar sin duda alguna, lo que también explicó el Santo Concilio, que

el sacrosanto Sacrificio de la Misa es, no sólo sacrificio de alabanza y de acción de gracias, o mera

conmeroración del Sacrificio que se hizo en la Cruz, sino que también es verdaderamente sacrificio

propiciatiorio, por el cual se vuelve Dios aplacado y propicio a nosotros.

491. Y por tanto si ofrecemos y sacrificamos esta santísima hostia con puro corazón, ardiente fe, y dolor

íntimo de nuestros pecados, no podemos dudar que conseguiremos la misericordia y gracia con socorro

oportuno. Porque con el olor de esta víctima se agrada el Señor de tal manera, que dándonos el don de la gracia

y la penitencia, nos perdona los pecados. Por esto hace la Iglesia aquella solemne oración: «Cuantas veces se

celebra la conmemoración de esta hostia, otras tantas se ejercita la obra de nuestra redención». Esto es,

aquellos copiosísimos frutos de la hostia ofrecida en la cruz se derivan a nosotros por la hostia y Sacrificio de la

Misa.

 

LXXIX. La Misa aprovecha a los vivos y difuntos.

492. Enseñarán, además, los Párrocos que es tal la virtud de este Sacrificio que no sólo aprovecha al que

consagra y comulga, sino a todos los fieles, así vivos como difuntos en el Señor, cuyos pecados no están

todavía perfectamente purgados. Porque por tradición ciertísima de los Apóstoles no se ofrece por éstos con

menos utilidad que por los pecados, penas, satisfacciones, y cualesquiera otras calamidades y angustias de los

vivos.

 

LXXX. Ninguna, Misa, celebrada según el uso común de la Iglesia, puede llamarse privada.

493. Por aquí se ve claramente que todas las Misas se deben tener por comunes, como pertenecientes a

la utilidad y bien general de todos los fieles.

 

LXXXI. De la utilidad de las ceremonias de la Misa.

494. Tiene también este Sacrificio muchas, muy insignes y solemnes ceremonias. Ninguna de ellas se ha

de juzgar ociosa o vana; pues todas se encaminan a que resplandezca más la majestad de tan alto Sacrificio, y a

que los fieles asistiendo a la Misa se muevan a la contemplación de los saludables misterios que están ocultos

en este Sacrificio. Pero no hay para qué detenernos en tratar este punto; ya porque pide explicación más larga

de la que pertenece a nuestro intento, ya porque los Sacerdotes tienen a mano innumerables libritos y

comentarios escritos sobre esta materia por varones piadosos y doctísimos. Baste, pues, haber explicado hasta

aquí con el favor de Dios los principales puntos pertenecientes a la Eucaristía, así en cuanto Sacramento como

en cuanto Sacrificio.

 

EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Dos son principalmente los motivos que deben llevar al párroco a enseñar con diligencia a los fieles

cuanto mira a este Sacramento: • la primera, la extrema fragilidad y debilidad de la naturaleza humana, para

que por este sacramento adquieran la confianza en la bondad del Señor, el perdón de sus faltas, y se vean

ayudados por la divina gracia para andar por los caminos del Señor sin caídas ni accidentes; • la segunda, la

necesidad absoluta que tienen de este Sacramento para la salvación todos aquellos que, después del Bautismo,

cayeron en alguna falta grave. Por eso los Padres llamaron a la Penitencia «segunda tabla»; y por eso, la

explicación de este Sacramento es incluso más necesaria que la del Bautismo, pues éste sólo se administra una

vez y no puede iterarse, mas la Penitencia debe recibirse tantas veces cuantas ocurriere pecar después del

Bautismo.

Nombre de la Penitencia

[2] Pueden haber tres clases de penitencia:

1º La primera, cuando alguien siente pesar por algo que antes le agradaba, sin detenerse a

pensar si era bueno o malo. Esta tristeza, que no tiene en cuenta la bondad o malicia de las cosas, es la

tristeza según el mundo, y es viciosa.

2º La segunda, cuando alguien siente pesar de haber cometido un pecado, no por Dios, sino

por sí mismo. Este pesar es un afecto del corazón humano conmovido y perturbado.

3º La tercera, cuando alguien siente pesar, con profundo sentimiento del alma, de haber

cometido un pecado, solamente por causa de Dios. En este tratado tomaremos la penitencia en este

tercer sentido. Esta tristeza es buena, y puede ser unas veces virtud, y otras veces sacramento.

Antes de pasar adelante, téngase en cuenta que en Dios no puede haber pesar de ninguna clase; por eso,

cuando la Escritura nos dice que Dios se arrepintió de algo, para indicarnos que se determinó a mudar alguna

cosa, se está expresando según nuestro modo de hablar, pues cuando un hombre se arrepiente de algo, procura

al punto corregirlo.

La Penitencia considerada como virtud

[3] Deben los fieles conocer la penitencia como virtud, pues siendo los actos de esta virtud como la

materia del Sacramento de Penitencia, si antes no entienden bien lo que es la virtud, necesariamente ignorarán

el valor del Sacramento.

[4] 1º Penitencia interior es aquella por la que nos convertimos de veras a Dios, detestamos y

aborrecemos los pecados cometidos, y nos resolvemos a corregir la mala vida y las costumbres depravadas,

con la esperanza de conseguir el perdón de la divina misericordia. De esta penitencia es consecuencia cierto

dolor y tristeza que acompaña la detestación de los pecados; por eso, muchos Padres definen la penitencia por

este dolor del alma. [5] La fe no puede llamarse parte de la penitencia, porque debe precederla en el que se

arrepiente.

[6-7] 2º Esta penitencia interior debe ser considerada como virtud por tres razones: • porque es

preceptuada muchas veces en los Evangelios (Mt. 3 2; 4 17; Mc. 1 4 y 15; Lc. 3 3; 15 7 y 10; Act. 2 38.); ahora

bien, la ley sólo tiene fuerza obligatoria sobre los actos que se ejecutan virtuosamente; • porque la penitencia ha

de ser según la razón: dolerse cómo, cuándo y en cuanto sea conveniente; y esta prudencia o moderación en el

dolor tiene razón de virtud; • y por los tres objetos que se propone el que se arrepiente de su pecado, que son

los siguientes: borrar el pecado y limpiar la culpa y la mancha del alma; satisfacer a Dios por los pecados

cometidos, lo cual pertenece a la justicia; y volver a estar en gracia de Dios, en cuya enemistad se había

incurrido por el pecado; todo lo cual tiene razón de virtud.

[8] 3º Los grados por los que se llega a esta virtud son: • en primer lugar, la misericordia de Dios

viene a nuestras almas y convierte hacia El nuestros corazones (Lam. 5 21.); • luego, ilustrados por esta luz, nos

dirigimos a Dios por medio de la fe (Heb. 11 6.); • sigue luego el efecto de temor, por el que el alma, teniendo

presente la terribilidad de los castigos, se aparta del pecado (Is. 26 17.); • por la esperanza de alcanzar

misericordia resolvemos enmendar de vida y de costumbres (Mt. 9 2.); • por último, nuestros corazones se

encienden con la caridad, que nos hace dejar de pecar por el temor filial de ofender a la majestad de Dios (Eclo.

9 18.).

[9] 4º El principal fruto de la virtud de penitencia es la vida eterna y bienaventurada, como

Dios lo promete solemnemente en las Sagradas Escrituras (Ez. 18 21; 33 11.).

La Penitencia considerada como sacramento

La Penitencia exterior es aquella que tiene ciertos signos externos y sensibles, por los que se

manifiesta el dolor interior del alma y el perdón otorgado por Dios a ese dolor.

[10] 1º Causas de la institución de este Sacramento. — Cristo elevó la penitencia exterior a la

dignidad de Sacramento por dos causas principales: • la primera, para que no podamos dudar del perdón de

los pecados prometido a los que se arrepienten (Ez. 18 21.); pues sucedería que muchos, sin este sacramento,

no sabrían si su dolor interior habría sido suficiente para alcanzar el perdón; • la segunda, para que hubiese un

sacramento que borrara los pecados cometidos después del bautismo aplicándonos la sangre de Cristo y los

frutos de su Pasión, pues sin la Pasión de Cristo nadie puede alcanzar la salvación.

[11] 2º Por qué la Penitencia tiene razón de verdadero Sacramento. — La Penitencia es

Sacramento por dos razones principales: • la primera, porque sacramento es un signo de cosa sagrada; ahora

bien, el pecador arrepentido manifiesta claramente, por medio de sus actos y palabras, haber separado su

espíritu de la fealdad del pecado; y el sacerdote, por lo que dice y hace, manifiesta la misericordia de Dios que

perdona los pecados, ya que la absolución sacramental expresa verbalmente la remisión de los pecados; • la

segunda, porque borra todos los pecados cometidos por obra o por deseo después del Bautismo (Act. 2 38.), y

así es signo eficaz de la gracia.

[12] La Penitencia no sólo es Sacramento, sino que puede reiterarse, habiendo dicho el Señor que hay

que perdonar hasta setenta veces siete (Mt. 18 22.). Por lo tanto, quienes parecen desconfíar de la bondad y

clemencia infinita de Dios, deben concebir gran esperanza en la divina gracia.

Materia de la Penitencia

[13] Se distingue este Sacramento de los demás, en que en ésos la materia es una cosa natural o

artificial, mientras que en éste son como materia los actos del penitente, a saber: contrición, confesión y

satisfacción, los cuales se requieren por divina institución para la integridad del sacramento y para la perfecta y

total remisión de los pecados. Dícese «como materia», no porque no tengan razón de materia verdadera, sino

porque no lo son al modo de los demás sacramentos.

Forma de la Penitencia

[14] Las palabras con que se administra este sacramento son las siguientes: Ego te absolvo a

peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Las principales palabras, por las que se

significa la gracia del sacramento («Yo te absuelvo de tus pecados»), se deducen de las de nuestro Señor:

«Todo lo que desatareis [absolviereis] en la tierra quedará desatado [absuelto] en los cielos» (Mt. 18 18.), y

de la enseñanza de los Apóstoles. Y muy convenientemente se habla de absolver o desatar al alma de los

pecados, porque éstos son como cadenas con que las almas están aprisionadas (Is. 5 18; Prov. 5 22.), y de las

cuales se libran por el sacramento de la Penitencia. [15] Añádense algunas otras oraciones, no necesarias para

la forma, pero sí para quitar todo lo que pudiera impedir la virtud o eficacia del Sacramento por culpa de aquél

a quien se administra.

[16] Deben agradecer los pecadores que al sacerdocio de la Nueva Ley haya dado Dios el poder, no

sólo de declarar que uno queda absuelto de sus pecados (como en otro tiempo declaraban los sacerdotes que

uno estaba libre de la lepra) (Lev. 13 9.), sino de absolverlos verdaderamente de ellos; lo cual manifiesta a su

vez la superioridad del sacerdocio de Cristo sobre el de la Antigua Alianza.

[17] Por su parte, los fieles deben aportar la siguiente disposición exterior al ir a confesarse: • ante

todo, se pondrán con espíritu humilde y modesto a los pies del sacerdote, para arrancar las raíces de la

soberbia; • luego, venerarán en el sacerdote la persona y la potestad de Cristo, Señor nuestro, ya que

realmente hace sus veces al administrar este sacramento; • después declararán sus pecados en forma tal que se

reconozcan dignos de los mayores castigos; • finalmente, pedirán humillados el perdón de sus pecados.

Efectos de la Penitencia

Tres son principalmente los frutos que se obtienen de la recepción de este sacramento:

[18] 1º El primero es el perdón de todos los pecados, por muy graves y horribles que sean, como

expresamente lo prometió Dios por el Profeta Ezequiel (Ez. 18 21.) y por San Juan (I Jn. 1 9; 2 1-2.). Y es tan

propia de la Penitencia esta virtud de borrar los pecados, que sin ella no se puede esperar ni alcanzar su

remisión (Lc. 13 3.). [19] De modo que, cuando se lee en la Sagrada Escritura que algunos hombres no

alcanzaron misericordia del Señor, a pesar de haberla pedido con gran instancia (Antíoco, II Mac. 9 13; Esaú,

Heb. 12 17.), es porque no se arrepintieron verdadera y firmemente de sus pecados. Lo mismo dígase de los

pecados de los que no se puede alcanzar remisión (Mt. 12 31-32; Sal. 128.): son aquellos que no se perdonan

porque el pecador desecha el mismo perdón y la misma gracia de Dios, único remedio de salvación.

[18] 2º El segundo es la restitución de la gracia de Dios y la unión a El en estrecha amistad.

[20] 3º El tercero es la paz y tranquilidad extraordinaria de conciencia de que suele ir

acompañado el perdón de los pecados y la devolución de la amistad divina, juntamente con una suma alegría

del espíritu.

Partes constitutivas de la Penitencia

[21] 1º Es propio de este sacramento tener, además de la materia (si por ella entendemos los mismos

pecados) y la forma, tres partes que constituyen la Penitencia en su totalidad e integridad: contrición,

confesión y satisfacción. Estas tres partes forman un todo, a semejanza del cuerpo humano, constituido por

muchos miembros; pues la contrición supone el propósito de confesarse y de satisfacer, y ambos preceden a la

confesión, y a la satisfacción preceden las otras dos partes.

[22] 2º Dos son las razones principales de por qué se requieren estas tres partes en la

Penitencia exterior: • la primera, porque los pecados se cometen contra Dios por el pensamiento, la palabra y la

obra; por eso era necesario aplacar a Dios con las mismas facultades con que pecamos: entendimiento

(contrición), palabra (confesión) y obra (satisfacción); • la segunda, porque la Penitencia es una especie de

compensación por los pecados, procedente de la voluntad del pecador, y regulada según el juicio de Dios,

contra quien se pecó; por eso se requiere la voluntad de hacer la compensación (contrición) y el juicio de Dios

por medio del sacerdote, que ha de conocer la causa que ha de juzgar (acusación) e imponer en nombre de Dios

la pena correspondiente (satisfacción).

La contrición

[23] 1º Naturaleza de la contrición.Contrición es un dolor del alma y detestación del pecado

cometido, con propósito de no pecar en adelante. Esta contrición prepara para la remisión de los pecados si

viene acompañada de la confianza en la divina misericordia y de la resolución de hacer lo demás que se

requiere para recibir bien este sacramento. La contrición, por lo tanto, exige: • dejar de pecar y adoptar un

género nuevo de vida; • sobre todo, detestar los pecados y expiar la mala vida pasada.

[24] No crean los fieles que, por llamar dolor a esta contrición, deba ser percibido por los sentidos

corporales. Si se la llama dolor es: • porque así la llaman las Escrituras y los Santos Padres; • porque la misma

contrición produce, en la parte inferior del alma, este dolor.

[25] Muy propiamente se dio el nombre de contrición a esta detestación del pecado, para significar la

fuerza del dolor, y que nuestros corazones, endurecidos por la soberbia, se humillan y ablandan con la

penitencia como las cosas materiales son desmenuzadas por una piedra. [26] También se la llama: • contrición

de corazón, porque las Escrituras usan frecuentemente el nombre de corazón por el de voluntad: pues así como

del corazón procede el principio de los movimientos del cuerpo, del mismo modo la voluntad modera y rige las

demás facultades del alma; • compunción de corazón, porque punza y revienta el corazón, para que pueda

arrojar fuera de sí el pus y el virus del pecado.

[27] 2º Cualidades de la contrición. — El dolor de los pecados debe ser: • sumo, esto es, sobre

todas las cosas, de modo que no pueda suponerse otro mayor, y ello por tres razones: porque nace del amor de

Dios, que es también un amor sumo (Deut. 6 5; 4 29.); porque el pecado es el mayor de todos los males, ya que

supone la pérdida de Dios, el mayor de todos los bienes; y porque, así como no se asigna límite alguno al amor

de Dios, tampoco hay que asignarlo al aborrecimiento del pecado; • y vehementísimo, esto es, tan perfecto, que

excluya toda desidia y pereza (Deut. 4 29; Jer. 29 13.).

219[28] Sin embargo, la contrición puede ser verdadera y eficaz, aunque no siempre podamos conseguir

que sea perfecta, esto es, aunque el dolor de los pecados no sea siempre absoluto ni vaya acompañado de

lágrimas, si bien éstas son muy de desear y de recomendar en la penitencia; pues acontece que nos hacen más

impresión las cosas sensibles que las espirituales, y sentimos más un mal sensible que uno espiritual.

[29-30] 3º Objeto de la contrición. — El dolor de contrición debe ser aplicado: • a cada uno de los

pecados mortales, examinando los pecados uno por uno, y considerando la especie del pecado respecto al

lugar, al tiempo, a la persona, a sus circunstancias (Is. 38 15; Ez. 18 21.); • a todos los pecados en general,

cuando no es posible considerarlos enseguida, detestándolos todos y resolviendo recordarlos y aborrecerlos de

corazón en la primera ocasión que fuese propicia (Ez. 33 12.).

[31] 4º Cosas necesarias y convenientes para que haya verdadera contrición. — Es

necesario aborrecer y dolerse de todos los pecados cometidos, con propósito de confesarse y de satisfacer, y con

resolución cierta y firme de enmendar su vida (Ez. 18 21-22, 27, 30-31; Jn. 8 11.). [32] Pues así como el que

desea reconciliarse con un amigo debe, por una parte, dolerse de haber sido injusto y ofensivo contra él, y, por

otra parte, tener cuidado de no volver a ofenderle en adelante, así también el hombre que ha ofendido a Dios

debe dolerse de los pecados cometidos, restituir lo que deba ser restituido, y satisfacer compensando con

alguna cosa buena o con algún servicio a Aquel cuya honra ha ofendido.

[33] Es conveniente perdonar y olvidar totalmente cualquier injuria que de otro hubiésemos recibido,

como nos lo advierte nuestro Señor (Mt. 6 14; 18 33; Mc. 11 25; Lc. 11 4.).

[34] 5º Utilidad de la contrición. — Dios desecha a veces otros muchos actos de piedad, como el dar

limosna a los pobres, los ayunos, el rezo, y otras obras santas y honestas de esta clase (Prov. 15 8; Is. 27, 58 y

61.); pero nunca rechaza al corazón contrito y humillado (Sal. 50 19.). La contrición, por lo tanto, siempre le es

sumamente agradable; y tan pronto como la admitimos en nuestro corazón, nos concede Dios el perdón de los

pecados (Sal. 31 5.).

[35] 6º Modo de alcanzar la contrición. — Para alcanzar esta contrición, debe aconsejarse a los

fieles: • ante todo, que examinen con frecuencia sus conciencias, para ver si guardan lo que está mandado por

Dios y por las leyes de la Iglesia; • luego, si la conciencia los acusa de algo, que se humillen al punto y pidan a

Dios de todo corazón el perdón, la gracia de confesarse y satisfacer, y el auxilio para no volver a caer en

adelante en los mismos pecados; • finalmente, que conciban un gran aborrecimiento del pecado, ya por ser

muy grande su fealdad y bajeza, ya por los gravísimos males que les causa, entre ellos el privarlos del amor de

Dios y el condenarlos a muerte eterna.

La confesión

[36] Hay que atribuir a la confesión cuanta moralidad, piedad y religión se conserva al presente en la

Santa Iglesia de Dios. De ahí los grandes ataques del enemigo contra este baluarte, y de ahí también la

importancia de que el sacerdote explique con cuidado a sus feligreses este punto de la Penitencia.

1º Utilidad de la confesión. — La institución de la confesión, que Cristo realizó entregando a la

Iglesia las llaves del Reino de los Cielos (Mt. 16 19; 18 18; Jn. 20 23; 21 15.), fue muy útil y conveniente por

tres razones:

a) Porque la contrición, para que perdone los pecados, debe ser tan grande y eficaz, que la viveza del

dolor pueda en cierto modo compararse con la gravedad de los pecados. Ahora bien, como muy pocos llegarían

a este grado, muy pocos habían de recibir el perdón de sus pecados. Por eso fue conveniente que Dios

instituyera un medio más fácil de obtener el perdón, y éste es la confesión. Así, a quien se arrepiente de sus

pecados cometidos y tiene propósito de no pecar en adelante, aunque no sienta aquel dolor que sería requerido

para alcanzar perdón, se le perdonan los pecados si los confiesa bien al sacerdote.

[37] b) Además, nada es tan eficaz para corregir las malas costumbres de quienes viven

depravadamente, que descubrir algunas veces los pensamientos secretos de su corazón a un amigo fiel y

prudente, que pueda ayudarlos con su discreción y consejo. Igualmente, nada ayuda tanto a quien se ve

atormentado por los remordimientos, que manifestar las enfermedades y llagas de su alma al sacerdote, el

cual, obligado a un perpetuo sigilo, le dará los remedios que curen sus enfermedades presentes y que le ayuden

a no recaer en el futuro.

c) Finalmente, la confesión interesa al bien de toda la sociedad, porque pone frenos a la pasión y

licencia de pecar y reprime la audacia de los libertinos. En efecto, si se quitara de la moral cristiana la

confesión sacramental, se llenaría todo el mundo de ocultos y abominables pecados, los cuales no se

avergonzarían luego los hombres corrompidos de cometer públicamente.

220[38] 2º Naturaleza de la confesión. — La confesión es la acusación de los pecados, hecha con el fin

de conseguir el perdón de ellos por virtud de las llaves (esto es, por la autoridad que Jesucristo comunicó a su

Iglesia). • Acusación, porque no deben referirse los pecados jactándose de ellos o narrándolos como simples

acontecimientos, o como quien se goza cuando obra mal (Prov. 2 14.), sino con espíritu de recriminación que

nos haga desear vengarlos hasta en nosotros mismos. • Con objeto de alcanzar el perdón de ellos, porque este

juicio se ordena, a diferencia de los juicios civiles, no al castigo del delito, sino a la absolución de la culpa y

perdón del culpable.

[39] 3º Institución de la confesión.Cristo nuestro Señor instituyó este sacramento por su

infinita bondad y misericordia cuando, al aparecerse a sus discípulos el mismo día de su Resurrección, sopló

sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo: quedan perdonados los pecados a quienes se los perdonareis;

y les quedan retenidos a quienes se los retuviereis» (Jn. 20 22-23.). [40] La resurrección de Lázaro parece

haber sido una figura de este sacramento, cuando mandó el Señor, después de haberle vuelto a la vida, que lo

desataran de las ligaduras con que estaba envuelto (Jn. 11 44.); igualmente la curación de los diez leprosos, a

quienes el Señor mandó que se presentaran a los sacerdotes, y durante el camino quedaron curados (Lc. 17 14-

15.).

[42] La autoridad de la Iglesia agregó ciertos ritos y ceremonias solemnes que, si bien no pertenecen a

la esencia del sacramento, hacen resaltar más su dignidad, excitan más la piedad de los penitentes y los

preparan mejor para conseguir la divina gracia: confesar los pecados con la cabeza descubierta, arrodillados a

los pies del sacerdote, inclinado el rostro a tierra, con las manos en actitud suplicante, y dando otras pruebas

como ésta de humildad cristiana.

4º Propiedades de la confesión. — La confesión ha de reunir las siguientes condiciones para ser

parte constitutiva del Sacramento de Penitencia:

[41] a) Hecha al sacerdote. Habiendo dado el Señor a los sacerdotes potestad para perdonar los

pecados, por el hecho mismo los constituyó jueces; y como para formarse juicio de una cosa cualquiera hay que

examinar bien la causa, síguese que hay que manifestar al sacerdote todos los pecados con distinción.

[43] b) Necesaria. Ningún fiel puede ser restituido a la vida de la gracia después de haber cometido un

pecado grave, sino por el sacramento de la Penitencia. Así lo dejó entender nuestro Señor al llamar «Llave del

Reino de los Cielos» a la potestad de administrar este sacramento (Mt. 16 19.); pues, si por otro medio

pudiesen los fieles franquear la entrada del cielo, inútilmente se habrían entregado las Llaves a la Iglesia de

Dios, como afirma San Agustín.

[44-45] c) Obligatoria. Este precepto de la confesión es, por lo tanto, obligatorio.Quién debe

obedecerle: cualquier persona de los dos sexos. • A qué edad: a partir del uso de la razón, esto es, desde que el

niño es capaz de distinguir entre el bien y el mal y puede caber en su espíritu la malicia. • Cuántas veces al año:

por lo menos una vez al año; pero también en peligro de muerte, o cuando alguien tiene que realizar un

ministerio que no puede llevarse a cabo por un hombre manchado con pecado grave (vgr. administrar o recibir

los sacramentos); o cuando hay temor de olvidar algún pecado grave cometido.

[46-47] d) Integra y completa. Esto quiere decir que hay obligación: • de manifestar al sacerdote todos

los pecados mortales; pues los veniales, al no hacernos perder la amistad de Dios y ser mucho más frecuentes,

pueden omitirse sin culpa y expiarse por muchos otros medios; • enumerando estos pecados mortales uno por

uno, según el sentir de la Iglesia, de los Santos Padres y de todos los doctores de la Iglesia, aunque sean de

pensamiento o de deseo; • declarando además las circunstancias que acompañan a cada pecado, y que

aumentan o disminuyen mucho su malicia (condición de la persona a la que se hirió o con la que se pecó;

cantidad en el hurto; lugar; tiempo; cualidades del objeto, etc.); porque muchas veces, estas circunstancias

constituyen diversos géneros de pecados. [48-49] Esta integridad es tan necesaria, que si el penitente calla a

sabiendas alguna de las cosas que deben ser manifestadas, no sólo no se le perdona ningún pecado, sino que se

hace reo de un nuevo pecado y debe reiterar su confesión, acusándose además del pecado de haber profanado

la santidad del Sacramento. Pero si esta integridad faltó o por olvido del penitente, o por no haberse examinado

lo suficiente (pero no por abandono o flojedad), con tal que tuviera intención de confesar enteramente todos

los pecados sin callar ninguno, no deberá reiterar esa confesión, sino que bastará que se acuse de los pecados

no confesados cuando de ellos se acuerde.

[50] e) Natural, sencilla y clara. Esto es, no dispuesta artificiosamente, ni hablando de cosas ajenas al

asunto que se trata, que es declarar los pecados; presentándose al sacerdote tal como uno se conoce a sí mismo;

y exponiendo lo cierto como cierto, y lo dudoso como dudoso.

[51] f) Discreta y vergonzosa. Esto es, declarando los pecados con brevedad y modestia.

[52] g) Oral y secreta. El penitente ha de declarar sus pecados al confesor oral y secretamente (Mt. 8

4.). Por eso nadie puede confesar sus pecados por medio de una tercera persona, ni por escrito.

221[53] h) Frecuente. Nada debe ser de tanto interés para los fieles como limpiar con frecuencia su alma

por la confesión. Pues así como somos tan activos en quitar la suciedad del cuerpo y de los vestidos, debemos

tener igual diligencia en limpiar nuestra alma, sobre todo siendo tantos los peligros de vida que nos amenazan.

Ministro de la Penitencia

[54] 1º La persona del ministro de este sacramento. — El ministro de este sacramento es sólo el

sacerdote que haya recibido la potestad de absolver, ordinaria o delegada; pues no basta tener la potestad de

orden, sino que se requiere también la de jurisdicción. Y esto se prueba: • por la Sagrada Escritura: pues

nuestro Señor dirigió las palabras de institución de este sacramento (Jn. 20 23.) sólo a los Apóstoles, a quienes

los sacerdotes suceden en este cargo, y no a todos los fieles indistintamente; • por la enseñanza y decretos de la

Iglesia y de los Padres de los Concilios, que mandaban que nadie, obispo o sacerdote, ejerciera cargo alguno en

la parroquia de otro sin licencia del que la regía; • por la razón: pues es muy razonable que sólo administren

este sacramento, por el que la gracia fluye de la Cabeza hasta los miembros, quienes tienen poder sobre el

verdadero cuerpo de Cristo. Conviene notar, sin embargo:

[55] a) Que en caso de peligro inminente de muerte, cualquier sacerdote puede absolver de toda clase

de pecados y censuras, aunque no sea el sacerdote propio del lugar.

[56] b) Que, además del poder de orden y de jurisdicción, se requiere en el sacerdote: • ciencia, porque

es juez, y ha de poder averiguar los pecados y distinguir sus especies y su gravedad, según el estado y condición

de cada persona, y juzgar quiénes deben ser absueltos y quiénes no; • y prudencia, porque es médico, y ha de

saber aplicar oportunamente los remedios más apropiados para sanar el alma del penitente y fortalecerla en

adelante contra las acometidas del mal.

[57] c) Finalmente, conviene advertir a los fieles que no hay que temer que el sacerdote declare a nadie

lo que él escuchó en confesión, ni que de ella pueda provenir nunca para ellos algún género de mal; pues los

sagrados cánones disponen que sean severísimamente castigados los sacerdotes que violen el sigilo perpetuo y

sacramental.

[58] 2º Modo de proceder el sacerdote con ciertos penitentes. — Hay un gran número de fieles

a quienes les resulta penoso acercarse a la confesión, sobre todo en los días prescritos por la ley eclesiástica.

Como hay riesgo de que confiesen mal sus pecados, debe el sacerdote tener en cuenta los siguientes casos:

a) Penitente bien dispuesto y bien contrito: lo exhortará a dar gracias a Dios por haberle concedido

estas buenas disposiciones, a que pida el socorro de Dios para poder resistir a las malas pasiones, y a que no

deje pasar un día sin meditar un rato sobre los misterios de la pasión de nuestro Señor, a fin de inflamarse en

su amor y moverse a imitarle (Sal. 38 4.).

b) Penitente mal dispuesto y sin la suficiente contrición: hará lo que pueda para excitar en él grandes

afectos de contrición y un deseo vehemente del sacramento, para que implore de corazón la divina

misericordia.

[59] c) Penitente que excusa o justifica sus pecados, echando la culpa de ellos a quien lo ofendió, lo cual

es señal de espíritu altivo, de hombre que ignora la gravedad de su pecado, y es indigno de un cristiano: le

mostrará cómo deja pasar la ocasión de amar a Dios practicando la paciencia, o la humildad, o la mansa

corrección fraterna, etc.

[60] d) Penitente que se avergüenza de confesar sus pecados: les infundirá valor exhortándolos, y les

advertirá que no han de tener temor en manifestar sus vicios, pues esta enfermedad es, por desgracia, común a

todos los hombres.

e) Penitente que no preparó la confesión: los reprenderá con vigor, advirtiéndoles que, antes de

presentarse al sacerdote, han de procurar con entera voluntad recordar bien sus pecados uno por uno, a fin de

poder excitarse al dolor de ellos; luego, si ve que están enteramente indispuestos, los despedirá cariñosamente

para que por algún tiempo examinen sus pecados, y vuelvan después; o si teme que no han de volver, los

escuchará en confesión, los ayudará a hacer un buen examen y los exhortará a tener mayor cuidado para la

próxima vez; finalmente, si los ve bien dispuestos, los absolverá; si no, los despedirá con la mayor afabilidad

posible.

[61] f) Penitente que olvidó algún pecado: a fin de que no tengan vergüenza de volver de nuevo al

sacerdote, por temor a ser considerados grandes pecadores, advertirá el sacerdote muchas veces ante el pueblo

que nadie hay de tan feliz memoria que pueda acordarse de todos sus actos, palabras y pensamientos; y que así,

por ningún motivo han de dejar de volver al sacerdote, si se acuerdan de algún pecado antes olvidado.

222La satisfacción

[62] 1º Nombre y esencia. — La satisfacción, en general, es el pago completo de una cosa debida, o

la compensación de un mal hecho a otro. Y así, cuando hablamos de la reconciliación entre amigos, satisfacer

significa dar al ofendido tanto como pueda ser suficiente para vengar o reparar la injuria. Por eso, los teólogos

usan el nombre de satisfacción para entender aquella compensación por la cual el hombre paga algo a Dios por

los pecados cometidos.

[63] 2º Clases de satisfacción. — Tres son las principales:

a) La primera es la satisfacción plena, completa y sobreabundante por todos nuestros pecados, esto es, la que

corresponde en igualdad y en estricta justicia a la suma de todos los pecados que en este mundo se han

cometido, la cual hace a Dios propicio y benigno con nosotros, y confiere valor ante Dios a las acciones

humanas. Esta es la propia y exclusiva de Cristo nuestro Señor, que satisfizo a Dios su Padre plenísimamente,

pagando en la cruz el precio de nuestros pecados (I Jn. 2 2; II Cor. 5 19; Ef. 1 5 y 7; Heb. 9 11-13.).

[64] b) La segunda es la que se llama canónica: es la limitada a cierto espacio de tiempo y a ciertos

pecados, y que se impone a los penitentes cuando se los absuelve de sus pecados, según la práctica de la

Iglesia. Su cumplimiento se llama satisfacción; y de esta satisfacción es de la que tratamos aquí. Es, pues,

aquella penitencia que ha de tenerse como parte del Sacramento, y que se paga a Dios por los pecados, según la

disposición del sacerdote, y con el firme propósito de evitar en adelante a toda costa los pecados.

[63, 75] c) La tercera es cierta especie de pena que padecemos, no ya impuesta por el sacerdote, sino

elegida y aceptada voluntariamente por nosotros mismos. Y así, son satisfactorios todos los trabajos y

contrariedades que Dios envía al hombre, si éste sabe aprovecharlos como ocasión de satisfacer y merecer; y el

que con disgusto y repugnancia lleva estos trabajos y miserias, se priva de todo fruto de satisfacción.

[65] 3º Necesidad y conveniencia de la satisfacción. — El pecado tiene una doble consecuencia:

la culpa y la pena, tanto eterna como temporal. La Penitencia perdona siempre la culpa y la pena eterna, pero

no siempre toda la pena temporal merecida por los pecados. Y así, por ejemplo, Dios perdonó a David después

de su pecado porque mostró un grandísimo arrepentimiento (II Rey. 12 13; Sal. 50 4-5.), pero, con todo, le

castigó con la pérdida del hijo que le había nacido (II Rey. 12 18.), y más tarde con la rebelión de su hijo

Absalón (II Rey. 15 y 17 14.). Los principales motivos que mueven a Dios a obrar de tal manera son:

[66] a) El orden de la divina justicia pide que Dios admita de un modo a los que por ignorancia

pecaron antes del Bautismo, y de otro modo distinto a los que pecaron después de él haciendo abuso de los

dones recibidos y profanando el templo de Dios.

b) Corresponde a la clemencia divina no perdonarnos los pecados sin alguna satisfacción, para que no

creamos que los pecados son leves o no tienen importancia (Heb. 10 29.), y caigamos así en pecados más

graves (Rom. 2 5.); de modo que estas penas satisfactorias nos sirven de freno, haciéndonos más cautos y

vigilantes.

c) Esta satisfacción es un cierto testimonio del dolor que sentimos por los pecados cometidos, para

manifestar externamente a la faz de la Iglesia el arrepentimiento que por ellos sentimos.

[67] d) Los ejemplos de nuestra penitencia enseñan a los demás de qué modo deben ordenar su vida y

practicar la virtud; porque al ver las penitencias que nos han sido impuestas, comprenden que se ha de tener

mucha prudencia toda la vida y corregir las malas costumbres anteriores. Por eso, anteriormente, la Iglesia

daba penitencia pública a los pecados cometidos públicamente, a fin de que, atemorizados los demás, evitasen

en adelante con más cuidado los pecados.

[68] e) Por la penitencia nos asemejamos más a Jesucristo, por razón de haber El mismo padecido y

sido tentado (Heb. 2 18.); pues es conveniente que el miembro de una Cabeza coronada de espinas comparta

sus dolores y sufrimientos, para que, habiendo padecido con El, con El también reine (Rom. 8 17; II Tim. 2 11-

12.).

[69] f) La satisfacción sirve de medicina para el alma, y cura las llagas que el pecado dejó en ella. Pues

Dios, al perdonarnos, quita la mancha del pecado y arranca la flecha que nos había herido; mas luego es

necesario curar la herida y la cicatriz, esto es, las reliquias del pecado, lo cual se consigue por la satisfacción.

Así, pues, la misericordia de Dios perdona los pecados, pero su justicia castiga a los hombres con penas

temporales.

[70] g) La pena temporal, voluntariamente aceptada, detiene el castigo de Dios y las penas dispuestas

contra nosotros (I Cor. 11 31-32.).

[71] 4º Algunas aclaraciones. — a) La satisfacción saca toda su virtud de los méritos de la Pasión

de nuestro Señor Jesucristo, por los cuales obtenemos además dos grandísimos bienes: alcanzar el premio de

la felicidad eterna, y satisfacer por nuestros pecados.

223[72] b) Por lo tanto, nuestra satisfacción, lejos de desmerecer o suprimir la satisfacción de Cristo, la

hace más patente e ilustre, ya que no sólo nos aplica los méritos que El nos mereció por Sí mismo, sino

también los que El mereció como Cabeza en sus miembros, esto es, en sus Santos y hombres justos.

[76] c) Por lo mismo, uno puede satisfacer por otro, aunque no confesarse ni arrepentirse por otro;

pues en virtud de la Comunión de los Santos, somos todos miembros de un mismo cuerpo (Rom. 12 4-5; I Cor.

12 12; Ef. 4 4.); y así como en un cuerpo natural ningún miembro actúa sólo para su propio bien, sino también

para el bien de todo el cuerpo, del mismo modo nuestras obras de satisfacción son provechosas no sólo para

nosotros, sino también para todo el Cuerpo Místico, que es la Iglesia.

[77] d) A pesar de lo dicho, no se pueden comunicar a los demás todos los efectos de la satisfacción,

sino sólo parte de ellos; pues las obras satisfactorias son ciertos remedios y medicinas, con que el penitente ha

de curar las pasiones de su propia alma.

[73] 5º Requisitos para la satisfacción. — Dos cosas se requieren para la satisfacción: • la primera,

que el que satisface sea justo y amigo de Dios, esto es, tenga el estado de gracia; • y la segunda, que las obras

produzcan de suyo molestia y dolor, ya que son compensaciones por los pecados pasados, y por eso han de

tener algo de mortificación.

[74] 6º Clases de obras satisfactorias. — Pueden reducirse fácilmente a tres: oración, ayuno y

limosna, por dos razones: • la primera, porque así se extirpan las tres concupiscencias (I Jn. 2 16.), que son

causa de todos los pecados: la de la carne, por el ayuno, la de los ojos, por la limosna, y la del espíritu, por la

oración; • la segunda, porque así damos satisfacción: a Dios, por la oración; al prójimo, por la limosna; y nos

castigamos a nosotros mismos, por el ayuno.

La absolución

[78] No debe darse la absolución a quien no promete seriamente restituir los daños que tal vez hubiese

ocasionado a su prójimo en la hacienda o en la honra. Y si por experiencia se supiese ya que el penitente es de

los que, aunque prometen, nunca cumplen lo prometido, hay que diferirles la absolución hasta que hayan

restituido, y amonestarles a no hurtar ya más, antes bien, a ganarse el pan con el trabajo de sus manos (Ef. 4

28.).

[79] El confesor ha de dar la satisfacción fijándola según la justicia, la prudencia y la caridad. Para

manifestar esto mejor a los penitentes, conviene de vez en cuando hacerles saber las penitencias determinadas

para ciertos pecados en los antiguos Cánones Penitenciales. Y entre las penitencias más convenientes, conviene

exhortar a los penitentes: • a orar a Dios por los vivos y difuntos durante algunos días determinados; • a

repetir frecuentemente la obra de satisfacción impuesta por el sacerdote; • a aceptar la penitencia pública

cuando ella sea necesaria, a pesar de las repugnancias y negativas del penitente, con las que no conviene

condescender por el bien de su alma.

 

CAPÍTULO V

DEL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA.

I. Con Cuidado y frecuencia se debe proponer esta doctrina.

495. Así como a todos es manifiesta la fragilidad y debilidad de la naturaleza humana, y cada uno

fácilmente la reconoce en si mismo por experiencia propia, así ninguno puede ignorar lo muy necesario que es

el Sacramento de la Penitencia. Por esto, si debe medirse el cuidado que han de poner los Párrocos en cada

argumento por la gravedad e importancia del asunto que tratan, necesariamente debemos confesar que por

muy diligentes que sean en la explicación de este Sacramento, nunca les ha de parecer bastante. Y con más

cuidado todavía se ha de tratar de este Sacramento, que del Bautismo. Porque el Bautismo sólo se da una vez

sin poderse repetir, pero la Penitencia tantas veces se recibe y tantas es necesario reiterarse cuantas acaeciere

pecar después del Bautismo.

Porque como dijo el Concilio de Trento, tan necesaria es para la salud el Sacramento de la Penitencia

a los que pecaron después del Bautismo, como el Bautismo para los que todavía no están reengendrados. Y

aquella común sentencia de San Jerónimo: Que la Penitencia es segunda tabla, después del Bautismo, está

muy recibida por todos los que trataron después de las cosas, divinas. Porque asi como en un naufragio no

queda otro refugio para salvar la vida, que asirse si es posible, de una tabla, asi después de perdida la inocencia

del Bautismo, se ha de desesperar sin duda de la salud de aquel que no se acogiere a la tabla de la Penitencia.

496. Sirva esto, no sólo para excitar a los Pastores, sino también a los demás fieles, para que no se

hagan descuidados y reprensibles en cosa tan necesaria. Porque primeramente considerando lo frágiles que

son, deben desear con todas veras que con el socorro de la divina gracia puedan ir adelante en el camino de

Dios, sin padecer caída ni desliz ninguno. Pero si alguna vez llegan a tropezar, entonces levantando los ojos a la

suma benignidad de Cristo, quien como buen Pastor suele ligar y curar las llagas de sus ovejas, entenderán

que sin dilaciones deben aprovecharse de esta tan saludable medicina de la Penitencia.

 

II. Varias significaciones de la voz Penitencia.

497. Mas entrando ya en el asunto, primeramente deben explicarse las varias significaciones de este

nombre, para que nadie incurra en algún error, por su ambigüedad. Porque algunos toman la Penitencia por lo

mismo que Satisfacción. Otros apartándose muy lejos de la doctrina de la Fe Católica y pensando que la

Penitencia no tiene relación alguna con la vida pasada, la definen diciendo, que no consiste en otra cosa sino en

emprender nueva vida.

498. Se ha de enseñar, pues, que son muchas las significaciones de este nombre. Porque primeramente

se dice que tienen penitencia aquellos a quienes desagrada alguna cosa que antes les agradaba, sin atender en si

era buena o mala. Así, hacen penitencia todos aquellos cuya tristeza es según el siglo, no según Dios, la cual

penitencia no obra la salud, sino la muerte.

499. La segunda clase de Penitencia es cuando, habiendo cometido algún pecado que antes les

contentaba, conciben dolor de él, mas no por Dios, sino por sí mismos.

500. La tercera es cuando, no sólo nos dolemos con íntimo sentimiento del alma por causa del pecado

cometido, o damos de este dolor alguna señal externa, sino que estamos arrepentidos únicamente por Dios. A

todos estos géneros de arrepentimiento conviene propiamente la voz de Penitencia. Porque cuando leemos en

las sagradas letras, que a Dios le pesó, claro es que esto se dice figuradamente.

Porque de este modo de hablar, que es acomodado al lenguaje de los hombres, usan las Escrituras

cuando declaran que Dios determinó mudar alguna cosa, por parecer que obra al modo de los hombres, los

cuales si les pesa de algo, lo procuran mudar con toda diligencia. Y en este sentido está escrito: “Que le pesó de

haber creado al hombre”. Y en, otro lugar: “De haber hecho Rey a Saúl”.

 

III. De la diferencia que hay entre estas significaciones.

501. Pero debe observarse que hay diferencia grande entre estas significaciones de la Penitencia. Porque

la primera es viciosa. La segunda es una pasión del ánimo conmovido y perturbado. Mas de la tercera decimos

que es virtud, y también Sacramento, y esta es la significación propia de este lugar.

Y primeramente se ha de tratar de ella según que es virtud, no solamente porque el pueblo fiel debe ser

enseñado por los Pastores en todo género de virtudes, sino también porque los actos de esta virtud sirven como

materia, en la cual consiste el Sacramento de la Penitencia. Y por lo mismo si primero no se entiende bien cuál

sea la virtud de la Penitencia, necesariamente se ignorará también el valor del Sacramento.

 

IV. Naturaleza de la Penitencia interior.

502. Pues en primer lugar se ha de amonestar y exhortar a los fieles a que trabajen con todo conato y

esfuerzo por conseguir la Penitencia interior del alma, que llamamos virtud, pues sin ella, poquísimo les ha de

aprovechar la penitencia exterior. La Penitencia interior es aquella por la cual nos convertimos a Dios de todo

corazón, detestando y aborreciendo las culpas cometidas, proponiendo al mismo tiempo firme y

resueltamente enmendar la mala vida y perversas costumbres, con esperanza de conseguir el perdón de la

misericordia de Dios. A ésta se sigue el dolor y la tristeza, que es perturbación y afección, y a la cual muchos

llaman pasión, como compañera inseparable del aborrecimiento de los pecados. Y por esta razón muchos

Santos Padres definen la Penitencia por este dolor o tormento del alma.

 

V. La fe precede, no es parte de la Penitencia.

503. Pero es necesario en el que se arrepiente que preceda la fe a la Penitencia. Porque ninguno que

carezca de fe puede convertirse a Dios, de lo cual se sigue que en manera ninguna pueda decirse con verdad de

la fe que es parte de la Penitencia.

 

VI. La Penitencia interior es verdadera virtud.

504. Que esta penitencia interior, según dijimos, pertenezca a la virtud, lo demuestran con claridad los

muchos preceptos que se han impuesto sobre la misma. Porque la ley no manda sino actos u obras de virtud.

Además de esto nadie puede negar que sea acto de virtud dolerse cuando, como y en cuanto conviene. Y

que esto se haga bien, nace de la virtud de la Penitencia. Porque sucede algunas veces que los hombres sienten

menos dolor del que debieran por los pecados que hicieron, y aun dijo Salomón que hay algunos que se alegran

cuando han obrado mal.

Otros por el contrario se entregan tanto a la tristeza y aflicción, que hasta llegan a desesperar

enteramente de su salud, como parece lo hizo Caín, pues dijo: “Tan grande es mi maldad, que no merece

perdón”. Tal fué ciertamente la de Judas, quien movido de penitencia perdió en la horca la vida y el alma.

Pues para que podamos tener modo en el dolor, sirve y nos ayuda la virtud de la Penitencia.

 

VII. Qué afectos debe tener el verdadero penitente.

505. Lo mismo se puede también deducir de aquello que se propone como fin el que está

verdaderamente arrepentido de sus pecados.

Porque lo primero que intenta es borrar el pecado, y limpiar toda culpa y mancha de su alma.

Lo segundo, satisfacer a Dios por los pecados cometidos, y esto es evidente que pertenece a la justicia.

Pues aunque entre Dios y los hombres no puede mediar razón de rigurosa justicia por lo mucho que distan

entre sí, con todo nos consta que hay alguna, cual es la que existe entre el Padre y los hijos, y el Señor y los

Siervos.

Lo tercero consiste en volver el hombre a la gracia de Dios, en cuya desgracia y aborrecimiento había

incurrido por la fealdad del pecado. Y todo esto declara suficientemente que la Penitencia sea virtud.

 

VIII. Por qué grados se sube a esta virtud de la Penitencia.

506. Pero también se ha de enseñar por qué grados se puede subir a esta virtud divina. Primeramente

entra la misericordia de Dios, previniendo y convirtiendo a sí nuestros corazones. Y esto pedía el Profeta con

estas palabras: “Conviértenos Señor, a ti, y nos convertiremos”. Después ilustrados con esta luz, dirigimos el

corazón a Dios por medio de la fe. ―Porque el que llega Dios, dice el Apóstol, ha de creer que le hay, y que es

remunerador de los que le buscan.

507. Luego se sigue el movimiento de temor, por el que movida el alma y acordándose de la terribilidad

de los castigos, se aparta de los pecados Y a esto parece se refieren aquellas palabras de Isaías: “Como la que

concibió, cuando se llega el parto gime y da, gritos en medio de sus dolores, asi nos acaece, Señor, delante de

ti” A esto se junta después la esperanza de alcanzar de Dios misericordia, y alentados con ella

resolvemos enmendar la vida y costumbres.

508. Ultimamente, se encienden nuestros corazones con la caridad, de la cual nace el temor filial, que

es propio de los buenos y generosos hijos; y así temiendo ya únicamente ofender en alguna cosa a la majestad

de Dios, abandonamos enteramente la costumbre de pecar. Y por lo mismo como por estas gradas se sube a

esta excelentísima virtud de la Penitencia.

 

IX. Cuál es el fruto principal de la Penitencia.

509. Como del todo celestial y divina se ha de tener esta virtud, pues a ella prometen las sagradas letras

el Reino de los cielos. Porque escrito está en San Mateo: “Haced penitencia, que se ha acercado el reino de los

cielos”. Y en Ezequiel: “Si el malo hiciere penitencia de todos los pecados que cometió, y guardare todos mis

mandamientos, e hiciere juicio y justicia vivirá con vida”. Y en otro lugar: »No quiero la muerte del

pecador’, sino que se convierta, de su camino y que viva”. Y es claro que esto se debe entender de la vida

eterna y bienaventurada.

 

X. Qué debe creerse de la Penitencia exterior, y por qué Cristo la puso en el número de los

Sacramentos.

510. Acerca de la Penitencia exterior ha de enseñarse que en ella consiste la esencia del Sacramento, y

que tiene ciertas señales externas y sensibles, por las cuales se descubre lo que interiormente obra en el alma. Y

primeramente se ha de explicar a los fieles, por qué Cristo Señor nuestro quiso poner la Penitencia en el

número de los Sacramentos. La causa fué para que no nos quedase la menor duda acerca del perdón de los

pecados, que Dios prometió cuando dijo: “Sí el malo hiciere penitencia, etc”.

Porque de sola la interior Penitencia fuera necesario que cada uno padeciese graves dudas, pues

justamente debe cada uno temer de su propio juicio en las cosas que hace. Y así para atender el Señor a esta

nuestra solicitud, instituyó el Sacramento de la Penitencia, por el cual estuviésemos confiados de que mediante

la absolución del Sacerdote, se nos perdonaban los pecados, y sé tranquilizasen más nuestras conciencias por la

fe, que con tanta razón se debe dar a la virtud de los Sacramentos. Porque las palabras del Sacerdote, que

legítimamente nos absuelve de los pecados, las liemos de tomar del mismo modo que las de Cristo Señor

nuestro, cuando dijo al paralítico: “Confía, hijo, tus pecados te son perdonados”.

Pero además de esto como nadie puede salvarse sino por Cristo y por el beneficio de su Pasión, fué muy

conveniente y muy útil para nosotros, que se instituyese este Sacramento, por cuya virtud y eficacia se nos

aplicara la sangre de Cristo, y se nos quitasen los pecados que cometimos después del Bautismo, y de esa

manera nos reconociésemos obligados a sólo nuestro Salvador por el beneficio de la reconciliación.

 

XI. Cómo la, Penitencia es verdadera Sacramento de la nueva Ley.

511. Que la Penitencia sea Sacramento fácilmente lo mostrarán de este modo los Pastores. Porque así

como el Bautismo es Sacramento porque borra todos los pecados y señaladamente el original, por la misma

razón se ha de decir verdadera y propiamente Sacramento la Penitencia, toda vez que perdona todos los

pecados cometidos después del Bautismo por nuestra voluntad o acción. A más de esto, y es la razón principal,

como todas aquellas cosas que se hacen en lo exterior, así por el penitente como por el Sacerdote, declaran las

que interiormente se obran en el alma, ¿quién negará que la Penitencia tenga el verdadero y propio carácter de

Sacramento?

Porque el Sacramento es señal de cosa sagrada; ahora bien, el pecador que está arrepentido, claramente

manifiesta por sus acciones y palabras, que apartó su corazón de la fealdad del pecado. Además por lo que hace

y dice el Sacerdote, luego conocemos la misericordia de Dios, el cual perdona esos mismos pecados. Y esto

mismo manifiestan claramente aquellas palabras del Salvador: “A ti daré las llaves del Remo de los cielos, y

cuanto desatares sobre la tierra, será desatado en los cielos”. Pues la absolución manifestada por las palabras

del Sacerdote, señala el perdón de los pecados que causa en el alma.

 

XII. El Sacramento de la Penitencia puede reiterarse.

512. Pero no solamente se ha de enseñar a los fieles que la Penitencia se debe colocar en el número de

los Sacramentos, sino también en el de aquellos que se pueden reiterar. Porque preguntando San Pedro al

Señor, si se perdonaría al pecador basta siete veces, le respondió su Majestad: “No digo siete, sino hasta

setenta, veces siete”.

Y por tanto se hubieren de tratar con aquella condición de hombres que parece desconfían de la suma

bondad y clemencia de Dios, procurarán los Pastores confortarlos y alentar sus ánimos a la esperanza de la

gracia divina. Y fácilmente conseguirán esto, ya con la exposición de este pasaje y de otros muchos que hallarán

en las sagradas letras, o bien con las razones y argumentos que pueden tomar de los libros de los Santos

Crisóstomo de Lapsis, y Ambrosio de Poenitentia.

 

XIII. Cuál es la materia de este Sacramento.

513. Y porque nada deben tener más sabido los fieles, como la materia de este Sacramento, debe

enseñarse que en esto se diferencia muchísimo éste de los demás. Porque la materia de los otros Sacramentos

es alguna cosa natural o artificial, pero del Sacramento re la Penitencia son como materia los actos del

penitente, conviene saber; Contrición, Confesión y Satisfacción, según fué declarado por el Concilio Tridentino.

Y estos actos en tanto se dicen parte de la Penitencia, en cuanto por institución de Dios se requieren en el

penitente para la integridad del Sacramento, y para el cabal y perfecto perdón de los pecados.

Llama el Concilio a estos actos como materia, no porque no sean materia verdadera, sino porque no son

de aquella calidad de materias que se aplican por de fuera, como el agua en el Bautismo, y el Crisma en la

Confirmación. Y sobre lo que dijeron algunos que los pecados mismos eran la materia de este Sacramento, si

bien se mira, se verá que no se dice cosa diversa. Porque así como decimos, que la leña es materia del fuego por

consumirse con su fuerza, así los pecados, como se deshacen por la Penitencia, muy bien se pueden llamar

materia de este Sacramento.

 

XIV. Cuál es la forma del Sacramento de la Penitencia.

514. Tampoco deben omitir los Pastores la explicación de la forma, pues este conocimiento moverá los

ánimos de los fieles a recibir con suma devoción la gracia de este Sacramento. La forma es ésta: “Yo te

absuelvo”, la cual no sólo se puede deducir de aquellas palabras: ―Cuanto desatareis sobre la tierra, será

desatado en el Cielo”, sino que la hemos recibido de la misma doctrina de Cristo Señor nuestro enseñada por

los Apóstoles.

Y como los Sacramentos significan aquello que obran y estas palabras: Yo te absuelvo muestran que se

hace el perdón de los pecados en la administración de este Sacramento, es claro que esta es la forma perfecta de

la penitencia, pues los pecados son como unas cadenas con que las almas están aprisionadas, y de las cuales se

libran por el Sacramento de la Penitencia. Y con igual verdad pronuncia también esto el Sacerdote sobre aquel

hombre que en virtud de una contrición ardentísima pero con deseo de confesarse, hubiera antes conseguido

de Dios el perdón de sus pecados.

 

XV. Por qué se añaden a la forma otras oraciones.

515. Añádense a la forma algunas oraciones, no porque a la verdad sean necesarias para la forma, sino

para quitar en el penitente todos los impedimentos que por culpa suya podrían estorbar la virtud, y eficacia del

Sacramento.

 

XVI. Cuánto se diferencia la potestad de los Sacerdotes de la ley nueva en discernir la lepra, del

pecado, de la que tenían los de la ley antigua.

516. Por esto deben los pecadores dar muchísimas gracias al Señor, quien dio a los Sacerdotes de su

Iglesia tan amplia potestad. Pues no sucede ahora lo que antiguamente en la ley antigua, que los Sacerdotes

sólo declaraban con su testimonio que alguno estaba libre de la lepra. Pero ahora en la Iglesia se ha dado a los

Sacerdotes potestad, no sólo de declarar que está el penitente libre de sus pecados, sino que absuelven de ellos

verdaderamente como ministros de Dios, que es lo mismo que hace Dios, autor y padre de la gracia.

 

XVII. De los ritos que deben observar los penitentes.

517. Pero también los fieles guardarán con cuidado los ritos que se usan para este Sacramento, pues de

esa manera les quedará más impreso en el alma lo que han conseguido por él. Es, a saber, que ellos como

siervos se han reconciliado con su clementísimo Señor, o más bien como hijos con su amantísimo Padre. Al

mismo tiempo entenderán mejor lo que deben hacer los que quieran (y todos deben quererlo) mostrarse

agradecidos y reconocidos a tan gran beneficio.

518. Pues el que viene a confesarse arrepentido de sus pecados, se arrodilla con ánimo humilde y

rendido a los pies del Sacerdote, para que portándose, con esa sumisión, pueda conocer fácilmente que deben

arrancarse las raíces de la soberbia, de donde han procedido y dimanado todas las maldades que llora. En el

Sacerdote que está sentado como su legítimo Juez, venera la persona y potestad de Cristo Señor nuestro.

Porque el Sacerdote, así como hace las veces de Cristo en la administración de los demás Sacramentos, así las

hace también en el de la Penitencia. Después el penitente declara de tal suerte sus pecados, que se reconoce

merecedor de muy grande y muy severo castigo, y pide humillado el perdón de sus delitos. Todas estas cosas

tienen testimonios certísimos de su antigüedad desde San Dionisio.

 

XVIII. De los principales frutos de este Sacramento.

519. Pero nada será tan provechoso para los fieles, ni hará que practiquen la penitencia con tanta

prontitud como si explican los Párrocos muchas Veces los grandes frutos que con ella se consiguen, Con esto

entenderán que muy verdaderamente puede decirse dé ella que sus rafees son amargas, mas sus frutos

suavísimos. Consiste, pues, la eficacia principal de la Penitencia en restituirnos a la gracia de Dios, y en unirnos

con él con una suma amistad.

A esta reconciliación suele algunas veces seguirse en las almas virtuosas, y que reciben éste

Sacramento con pureza y y devoción una grandísima paz y serenidad de conciencia con una suma alegría de

espíritu. Pues, no hay maldad tan grave ni tan enorme que no se borre por el Sacramento de la Penitencia, y

no una vez sola sino otras y muchas. Acerca de esto dice asi el Señor por el profeta: “Si el malo hiciere

penitencia de todos los pecados que cometió y guardare mis mandamientos, e hiciere juicio y justicia, vivirá

con vida y no morirá. No me acordaré más de todas las maldades que hizo.

Y San Juan: ―Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es para perdonar nuestros pecados”.

Y poco después: ―Si alguno pecare (sin exceptuar ningún genero de pecado), abogado tenemos ante el

Padre, que es Jesucristo justo, él es quien aplaca, su ira, y que satisface por todos nuestros pecados, y no sólo

por los nuestros, sino también por los de todo el mundo.

 

XIX. Cómo se dice que algunos pecados no pueden perdonarse.

520. Acerca de lo que leemos en las Escrituras, que algunos no consiguieron la misericordia de

Dios, aunque la imploraron con grande ahínco; esto en tanto entendemos que fué así, en cuanto no les pesaba

de veras y de todo corazón de sus pecados. Y así cuando en las escrituras o en los Santos Padres ocurren

sentencias, que al parecer afirman no poderse perdonar algunos pecados, se deben explicar de modo que

entendamos que es muy dificultoso alcanzar el perdón. Porque así como una enfermedad se dice incurable, si

está el enfermo en tal disposición que no quiere tomar la medicina con la cual recobraría la salud, así también

hay cierta clase de pecados que ni se remite ni se perdona, porque se desecha la gracia de Dios, único remedio

para alcanzar la salud. A este propósito dijo San Agustín: “Es tan grande la malicia, de aquel pecado, cuando,

después de conocer a Dios por la gracia de Cristo, hace uno guerra a la caridad fraterna y contra la misma

gracia se abrasa con llamas de la envidia, que no pueda humillarse a pedir perdón, aunque la mala

conciencia le obligue a conocer y a confesar su pecado”.

 

XX Nadie puede conseguir el perdón sino por la Penitencia.

521. Pero volviendo a la Penitencia, es tan propia y privativa de ella la virtud de perdonar los pecados,

que sin penitencia ninguno puede no sólo alcanzar más ni esperar el perdón de ellos. Porque escrito esta ―Si no

hiciereis penitencia, todos igualmente pereceréis” Esto sin duda lo dijo el Señor por los pecados mortales.

522. Pero también los leves, que se llaman veniales, requieren algún género de penitencia, pues dice San

Agustín: ―Habiendo cierta penitencia, que se hace en la, Iglesia cada día por los pecados veniales, ésta a la

verdad sería ociosa si los pecados veniales se pudieran perdonar sin penitencia.

 

XXI. Cuántas son las partes integrales de la Penitencia.

523. Mas como no es suficiente ocuparnos en general de las cosas que debemos poner por obra,

cuidarán los Párrocos de enseñar a los fieles en particular aquellas por las que puedan conocer cuál sea la

Penitencia verdadera y provechosa.

Propio es de este Sacramento constar además de la materia y forma, que son comunes a todos, aquellas

otras partes que, según antes dijimos, son las que constituyen la perfecta y entera Penitencia, a saber:

Contrición, Confesión y Satisfacción, de las cuales dice así San Crisóstomo; “Obliga al pecador la Penitencia a,

sufrir gustoso todas las cosas. En su corazón la Contrición, la Confesión en la boca, y en las Obras toda

humildad o provechosa Satisfacción”

Estas partes pertenecen a las clases de aquellas que se requieren para componer un todo.

Porque asi como el cuerpo del hombre consta de muchos miembros; manos, pies, ojos y otros

semejantes, y cualquiera que falte, ya se llama con razón imperfecto, pero será perfecto si los tiene todos, así la

penitencia de tal modo consta de estas tres partes, que si bien por lo que se refiere a su naturaleza, bastan la

Contrición y Satisfacción, por las cuales se justifica el hombre, con todo si no se le junta la tercera parte que es

la Satisfacción, es necesario que le falte algo para su total perfección. Así estas partes están tan unidas entre sí,

que la Contrición contiene el deseo y propósito de confesar y satisfacer. Esta misma Contrición y el propósito-

de satisfacer preceden a la Confesión, y por último, la Contrición y Confesión preceden a la Satisfacción.

 

XXII. Cómo se unen entre si estas tres partes de la Penitencia.

524. Estas tres partes pueden explicarse fijándonos en que los pecados se cometen contra Dios por

pensamiento, por palabra y obra. Y por esto es muy conforme a razón que sujetándonos a las llaves de la

Iglesia, procuremos aplacar la ira de Dios y alcanzar el perdón de los pecados, por los mismos instrumentos y

medios con que habíamos ofendido a su divina Majestad.

525. Por otro argumento se puede también confirmar esto mismo. Es en la realidad la Penitencia como

cierta recompensa de los pecados; que nace de la voluntad de aquel que pecó y que se señala al arbitrio de Dios,

que es el ofendido por el pecado. Requiérese, pues, voluntad de recompensar en lo cual principalmente se

emplea la Contrición; y asimismo es necesario que se sujete el penitente al juicio del Sacerdote, que es el que

hace las veces de Dios, para que pueda señalarle la pena conforme a la grandeza de la culpa y por aquí se

manifiesta la razón y la necesidad de la Confesión como de la Satisfacción.

 

XXIII. Naturaleza, de la Contrición.

526. Siendo, pues, preciso declarar a los fieles la virtud y naturaleza de estas tres partes, se ha de

empezar por la contrición, debiéndose explicar con todo cuidado. Pues ni por un instante debe el alma estar sin

contrición cuando recuerda los pecados cometidos, o cuando cae en otros.

Los Padres del Concilio Tridentino la definen asi: “Es la contrición dolor del alma y detestación del

pecado cometido con propósito de no pecar en adelante”. Y poco después tratando del movimiento de la

contrición, añaden: ―Así, finalmente, prepara para el perdón de los pecados, si viene acompañado de la

esperanza en la divina misericordia, y del propósito de cumplir las demás cosas que se requieren para

recibir, como se debe, este Sacramento”.

Por esta definición entenderán los fieles que la Contrición no consiste sólo en que uno deje de pecar o

en que proponga comenzar nuevo orden dé vida o que de hecho le haya ya empezado, sino principalmente

requiere el aborrecimiento y purificación de la mala vida pasada. Confirman esto en gran manera aquéllos

clamores de los Santos Padres que con mucha frecuencia y con gran profusión leemos en las Sagradas Letras:

Trabajé en mi gemido, dice David, lavaré cada una de mis noches mi cama con mis lágrimas”.

Y: “Oído ha el Señor la voz de mi llanto” . Y otro dice también: “Recorreré, Señor, delante de ti todos

los años de mi vida con amargura de mi alma”.

Las cuales voces y otras semejantes nacen en verdad de un aborrecimiento vehemente de la mala vida

pasada y de una gran detestación de los pecados.

 

XXIV. Por qué los Padres del Concilio llamaron dolor a la Contrición.

527. Mas en orden a haberse definido la contrición por el dolor, se ha de advertir a los fieles no piensen

acaso que este dolor es de los que se perciben por alguno de los sentidos del cuerpo. Porque la contrición es

acción de la voluntad. Así, San Agustín afirma que el dolor es compañero de la Penitencia, no la Penitencia

misma. Mas explicaron los Padres por el nombre de dolor la detestación y aborrecimiento del pecado; ya

porque así lo usaron las sagradas letras, pues dice David: ―¿Por cuánto tiempo pondré consejos en mi alma y

dolor cada día en mi corazón?, ya porque el dolor nace de la contrición en la parte inferior del alma que se

llama concupiscible, y como la contrición es causa del dolor, pudo muy bien definirse por él. Para declararle

acostumbraron también los penitentes mudar el vestido, sobre lo cual dice el Señor por San Mateo: ―¡Ay de

ti, Corosaín! ¡Ay de ti, Bethsaida! que si en Tiro y Sidón hubieran sido hechas las maravillas que se han hecho

en vosotros, mucho ha que hubieran hecho penitencia en cilicio y ceniza.

 

XXV. Por qué se llama Contrición la detestación del pecado.

528. Con mucha propiedad se dio el nombre de Contrición a esta detestación del pecado de que

hablamos, a fin de declarar la fuerza de este dolor por la semejanza de las cosas corporales que se quebrantan y

muelen con una piedra u otra cosa más dura; porque así se declara con esta misma voz que nuestros corazones

endurecidos por la soberbia se quebrantan y se ablandan en virtud de la Penitencia. Por esta razón ningún otro

dolor, ya sea por motivo de la muerte de padres o hijos, ya de cualquiera otra calamidad, se llama con este

nombre, sino que es nombre propio de aquel dolor que sentimos por haber perdido la gracia de Dios y la

inocencia.

 

XXVI. De otros nombres con que suele llamarse la Contrición.

529. Con otros nombres también suele declararse esta misma detestación. Y así se llama contrición del

corazón, porque muchas veces las Sagradas Letras, toman el nombre de corazón por el mismo que voluntad.

Pues así como el corazón es el principio de todos los movimientos del cuerpo, así la voluntad gobierna y rige

todas las potencias del alma.

530. También la llamaron los Santos Padres compunción del corazón, y así intitularon De

compunctione cordis los libros que escribieron sobre la contrición. Porque al modo que las llagas hinchadas se

abren con la lanceta para que arrojen la podre que encierran, así los corazones se sajan con la contrición, como

con una lanceta, a fin de que puedan expeler todo el veneno mortal del pecado. Por esto el Profeta Joel la llama

escisión del corazón, diciendo: ―Convertios a mi con todo vuestro corazón, con ayunos, con lágrimas y con

gemidos, y rasgad vuestros corazones.

 

XXVII. Por qué este dolor debe ser sobre todos.

531. Este dolor que se debe concebir de los pecados cometidos, ha de ser sumo, y tan grande sobre

todos, que no se pueda pensar otro mayor, según es fácil demostrarlo por las siguientes razones. Porque como

la contrición perfecta es acto de caridad, la cual nace de aquel temor que es propio de los hijos, es claro que

se debe medir la contrición con la misma medida que la caridad. Como la caridad con que amamos a Dios es

amor perfectísimo, sigúese que la contrición ha de ir acompañada de un vehementísimo dolor del alma. Porque

así como Dios debe ser amado sobre todo, debe ser sobre todo aborrecido lo que nos aparta de Dios. Sobre lo

cual también es digno de observarse que con un mismo modo de hablar se significa en las sagradas letras la

grandeza de la caridad y de la contrición. De la caridad se dice: “Amarás a tu Dios y Señor con todo tu

corazón”. Por lo que se refiere a la contrición clama el Señor por el Profeta: “Convertios a, mí con todo

vuestro corazón”.

532. Además, siendo Dios el sumo bien entre todas las cosas que deben ser amadas, del mismo modo el

pecado es el sumo mal entre todas las que deben ser aborrecidas, de lo cual se sigue que por la misma razón

que confesamos ser deber nuestro amar a Dios con sumo amor, es necesario decir que debemos mirar al pecado

con sumo aborrecimiento. Y que el amor de Dios se ha de anteponer a todo, de manera que ni por conservar la

vida nos sea lícito pecar, claramente nos lo enseñan aquellas palabras del Señor: “El que ama, padre o madre,

más que a mi, no es digno de mí”. Y: “El que quisiera, salvar su vida, la perderá”.

533. Igualmente debemos advertir con San Bernardo que así como no se señala término ni modo a la

caridad: ―porque la medida de amar a Dios, dice el Santo, consiste en amarle sin medida‖, así tampoco se pone

límite ninguno al aborrecimiento del pecado. Sea, pues, la contrición no sólo muy grande, sino vehementísima,

y tan perfecta que aparte de sí toda flojedad y pereza. Porque en el Deuteronomio está escrito: ―Hallarás a tu

Dios y Señor cuando le buscares, si le buscares con todo tu corazón, y todo pesar de tu alma. Y por

Jeremías: ―Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis con todo vuestro corazón.

 

XXVIII. La contrición puede ser verdadera, aunque el dolor sensible no sea, perfecto.

534. Pero aunque no podamos conseguir que sea perfecta la contrición, con todo puede ser verdadera y

eficaz. Porque muchas veces sucede que nos mueven más las cosas sensibles que las espirituales. Así, mayor

dolor sensible conciben algunos a veces de la muerte de sus hijos, que de la fealdad del pecado. Y lo mismo

debemos pensar, aunque a la amargura del dolor no correspondan las lágrimas, las cuales en la penitencia son

muy apetecibles y muy recomendables. Acerca de esto es muy esclarecida aquella sentencia de San Agustín:

No hay entrañas en ti de caridad cristiana si lloras al cuerpo que perdió el alma, y no lloras al alma que perdió

a Dios‖. Y a esto se refieren también aquellas palabras del Salvador anteriormente citadas: ―Ay de ti, Corozain!

¡ay de ti, Bethsaida! que si en Tiro y en Sidón hubieran sido hechas las maravillas que han sido hechas en

vosotros, muclo ha que hubieran hecho penitencia en cilicio y en ceniza‖. Aunque para demostrar esto deben

ser suficientes los ejemplos clarísimos de los Ninivitas, de David, de la Pecadora y del Príncipe de los

Apóstoles, los cuales todos implorando la misericordia de Dios con muchísimas lágrimas, alcanzaron el

perdón de sus pecados.

 

XXIX. Los pecados mortales han de ser detestados en particular.

535. Pero en gran manera han de ser exhortados y amonestados los fieles a que procuren tener dolor de

contrición de cada uno de los pecados mortales. Porque así describe la contrición Ezequías: “Repasaré, Señor,

en mi memoria delante de ti todos los años de mi vida con amargura de mi alma”. Pues recorrer todos los

años es escudriñar todos los pecados uno por uno, para dolemos de ellos de todo corazón. En Ezequiel también

leemos así: “Si el malo hiciere penitencia de todos sus pecados, vivirá con vida”. A este propósito dice San

Agustín: “Considere el pecador la calidad de sil delito en el lugar, en el tiempo, en la verdad y en la persona”.

 

XXX. Basta algunas veces detestar en general los pecados.

536. Pero sobre esto no desconfíen los fieles de la suma bondad y clemencia de Dios. Porque siendo

amantísimo de nuestra salud, no anda dando largas para concedernos el perdón, antes abraza al pecador con

caridad paternal al momento que vuelve sobre sí, y detestando en general sus pecados, se convierte al Señor

con voluntad de traerlos a la memoria y detestarlos en particular en mejor ocasión, si pudiere. Porque así nos

manda esperar por el Profeta cuando dice: “La maldad del impío no le dañará, siempre y cuando se

convirtiere de su impiedad”.

 

XXXI. De lo que principalmente se requiere para la verdadera contrición.

537. De esto se puede colegir lo que señaladamente es necesario para la verdadera contrición. Con

respecto a esto convendrá instruir con cuidado al pueblo fiel, para que entienda cada uno de qué manera la

podrá alcanzar, y sepa discernir cuan lejos esté de la perfección de esta virtud.

538. Porque primeramente es necesario aborrecer y dolemos de todos los pecados que hayamos

cometido, no sea que si nos dolemos solo de algunos hagamos una penitencia no saludable, sino fingida y

engañosa. Porque dice el Apóstol Santiago: ―Cualquiera que guardare toda, la ley, si quebranta, un solo

precepto se hace culpable de todos.

539. Lo segundo es que vaya acompañada la misma contrición de la voluntad de confesar y satisfacer,

de todo lo cual se tratará en su lugar.

540. Lo tercero, que tenga el penitente propósito firme y constante de enmendar la vida, pues así nos lo

enseña el Profeta claramente por estas palabras: ―Si el impío hiciere penitencia, de todos los pecados que

cometió y guardare todos mis mandamientos, e hiciere juicio y justicia, vivirá con vida, y no morirá, no volveré

a acordarme de todas las maldades que hizo. Y poco después: ―Guando se apartare el impío de la maldad

que hizo, e hiciere juicio y justicia, él mismo vivificará su alma. Y más abajo añade: “Convertíos y haced

penitencia de todas vuestras maldades, y no os será para ruina la maldad. Arrojad de vosotros todas las

prevaricaciones con que habéis prevaricado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo”. Lo mismo

ordenó también Cristo Señor nuestro a la mujer adúltera: “Vete en paz, le dijo, y no vuelvas a pecar”. Y lo

mismo al paralítico que había curado junto a la probática piscina: “Mira, dijo, que ya estás sano, no quieras ya

pecar”.

 

XXXII. Es necesario en la contrición el dolor de las culpas pasadas y propósito de evitar las

venideras.

541. Mas aun la misma naturaleza y la razón muestran claramente que son necesarias para la contrición

estas dos cosas, a saber: Dolor de los pecados pasados y propósito y vigilancia para no cometerlos en lo

venidero. Porque el que se quiera reconciliar con un amigo a quien hizo alguna injuria, debe dolerse de haber

sido injurioso y contumelioso contra él, y vigilar con cuidado de no hacer en lo sucesivo nada que pueda

ofender a la amistad. Estas dos cosas es necesario que vengan acompañadas de la obediencia. Porque debe el

hombre obedecer a la ley a quien está sujeto, sea natural y divina o humana. Por tanto, si quitó el penitente

alguna cosa a otro por fuerza o por engaño, debe restituirla, como también que satisfaga con la recompensa de

algún provecho o servicio a aquel cuya dignidad o vida ofendió por palabra o por obra, pues es proverbio

común el que leemos en San Agustín: ―No se perdona el pecado si no se restituye lo quitado.

 

XXXIII. Debemos perdonar, si hemos de ser perdonados.

542. Mas entre las cosas pertenecientes a la contrición, una que debe procurarse con gran cuidado y

muy necesaria es que perdonemos todas las injurias que hubiéremos recibido de otro. Pues lo amonesta y

requiere así nuestro Salvador y Señor: ―Si perdonares a los hombres sus pecados, os perdonará también

vuestros pecados. Esto es lo que observarán los fieles acerca de la contrición. Las demás que a este

propósito podrán fácilmente recoger los Paslores, servirán para que este arrepentimiento sea más perfecto y

cabal en su género, mas no serán tan necesarias, que sin ellas no pueda darse la verdadera y saludable

penitencia.

 

XXXIV. Se declara la virtud y excelencia de la verdadera contrición.

543. Pero como no deben contentarse los Pastores con instruir a los fieles en los medios necesarios para

conseguir la salvación, sino que deben trabajar también con el mayor cuidado e industria a fin de que éstos

conformen su vida y costumbres a las reglas que se les han prescrito, poniendo en práctica las doctrinas que

han aprendido, por esto será de gran provecho recordarles con frecuencia la virtud y utilidad de la contrición.

Porque siendo alguna vez desechadas por Dios otras muclms obras de piedad, como hacer bien a los pobres,

ayunar, tener oración y otros semejantes ejercicios santos y honestos, por culpa de las personas de quienes

proceden, mas la contrición nunca puede dejar de serle agradable y acepta. Porque el Profeta dice: ―No

despreciarás, Señor, el corazón contrito y humillado.

544. Antes bien, tan luego como la admitamos en nuestras almas, se nos concede por Dios el perdón de

los pecados, como lo declaran en otro lugar estas palabras del mismo Profeta: ―Dije confesaré contra mi

injusticia al Señor, y tú perdonaste la impiedad de mi pecado. Así podemos ver una figura de esto en

aquellos diez leprosos que enviados por nuestro Salvador a los Sacerdotes, aun antes que llegasen a ellos

quedaron limpios de la lepra. Con lo cual se demuestra que es tan poderosa la virtud de la verdadera contrición,

antes declarada, que por ella al instante alcanzamos del Señor el perdón de todos los pecados.

 

XXXV. Medios para alcanzar la perfecta contrición.

545. Aprovechará también muchísimo para mover las almas de los fieles, que los Pastores les den

alguna regla, con la cual puedan acostumbrarse a hacer actos de contrición. Conviene, pues, advertirles que

examinen con frecuencia sus conciencias y que vean si han guardado todos los mandamientos de la ley de Dios

y de la Iglesia. Si alguno se reconociere culpado de alguna maldad, al punto se acuse a sí mismo pidiendo con

humildad perdón a Dios, y suplicándole le conceda tiempo para confesarse y satisfacerle, y sobre todo ruegue a

su Majestad le ayude con el socorro de la divina gracia para que no caiga otra vez en aquellas culpas, que tan

vivamente le pesa ahora haber cometido.

546. Además de esto, procurarán los Pastores que los fieles conciban un sumo aborrecimiento a los

pecados, ya porque es suma su fealdad y vileza, ya por los gravísimos daños y calamidades que causan. Pues

nos privan de la gracia y amor de Dios, de quien hemos recibido beneficios muy grandes, y podíamos

esperarlos y conseguirlos mucho mayores, y nos condenan a una eterna muerte, a ser atormentados para

siempre sin fin con las horribles penas del infierno. Esto basta acerca de la Contrición. Pasemos ya a la

Confesión, que es la segunda parte de la Penitencia.

 

XXXVI. De la excelencia, necesidad y utilidad de la confesión.

547. El gran cuidado y diligencia que los Pastores deben poner en explicar la confesión, fácilmente se

entenderá si consideramos que todos los hombres timoratos están persuadidos de que toda la santidad, piedad

y religión que por la infinita bondad de Dios se conserva en este tiempo en la Iglesia, debe en gran manera

atribuirse a la confesión. Por esto no es de maravillar que pretendiendo el enemigo del linaje humano

derribar desde sus cimientos la fe católica, haya procurado con todas sus fuerzas combatir por medio de

ministros y adalides de su impiedad este baluarte de la virtud cristiana.

548. Primeramente, pues, se ha de enseñar que fué instituida la confesión para nosotros por sernos en

gran manera útil y aun necesaria. Pues si bien concedemos que por la contrición se borran los pecados, ¿quién

ignora que ésta debe ser tan vehemente, tan ardiente y eficaz que se pueda igualar y compararse la amargura

del dolor con la grandeza de las maldades? Y como serían muy pocos los que llegasen a este grado, de aquí es

que también fueran poquísimos los que por este medio habrían de esperar el perdón de sus pecados. Por esto

fué necesario que el clementísimo Señor proveyese a la salud común por otro medio más fácil. Lo cual hizo a la

verdad con maravilloso consejo al dar a la Iglesia las llaves del reino de los cielos.

 

XXXVII. La confesión perfecciona la contrición.

549. A la verdad, todos deben creer y afirmar constantemente, por enseñarlo así la doctrina de la fe

católica, que si estuviese uno dispuesto de manera que se duela de los pecados cometidos y al mismo tiempo

propone no pecar en adelante, aunque no tenga tal dolor que pueda ser suficiente para alcanzar el perdón, con

todo confesando bien sus pecados al Sacerdote, se le remiten y perdonan todos en virtud de las llaves, de suerte

que con mucha razón se tiene por cosa cierta entre santísimos varones Padres nuestros que con las llaves de la

Iglesia se abre la puerta del cielo.

Acerca de lo cual a nadie es lícito dudar, pues leemos decretado por el Concilio Florentino que la

absolución de los pecados es efecto de la Penitencia.

550. Pero además de esto, pueden conocerse las utilidades de la confesión, por lo que experimentamos

en aquellos cuya vida es pésima, pues nada les aprovecha tanto para enmendar sus costumbres, como descubrir

de cuando en cuando los pensamientos ocultos de su ánimo, y todos sus hechos y dichos a un amigo prudente y

fiel, que les pueda ayudar con su discreción y consejo.

551. Por igual motivo hemos de tener por muy provechoso para los que se ven atormentados por los

remordimientos de sus culpas, descubrir las enfermedades y llagas de su alma al sacerdote, como a Vicario de

Cristo Señor nuestro, a quien está impuesta una ley severísima de perpetuo silencio, pues en la confesión

hallarán dispuestas medicinas con virtud celestial, no sólo para curar su alma de las llagas presentes, sino

también para preservarla de modo que no le sea fácil recaer en igual clase de enfermedad y vicio.

552. Tampoco debe pasarse en silencio que la confesión es en gran manera útil para el bien de la

sociedad y la mutua concordia entre los hombres. Pues es cierto que si se suprimiera de la disciplina cristiana la

Confesión Sacramental, luego se llenaría todo el mundo de ocultas y abominables maldades, pues pervertidos

los hombres con la costumbre de pecar, después no se avergonzarían de cometer en público las mismas y aun

otras mucho mayores. Porque la vergüenza de confesar pone freno al ímpetu y pasión de pecar, y reprime in

malicia. Explicada ya la utilidad de la Confesión, han de enseñar los Pastores cuál sea su naturaleza y virtud.

 

XXXVIII. Se explica la esencia de la Confesión Sacramental.

553. Se define la confesión diciendo que es: Acusación de los pecados, como parte esencial del

Sacramento, y practicada con el fin de conseguir el perdón en virtud de las llaves de la Iglesia. Y con razón se

llama acusación, porque los pecados no se han de referir como haciendo alarde de nuestras maldades, y a la

manera que lo practican los que se alegran cuando han obrado mal. Ni tampoco han de decirse a la manera que

se cuenta algún lance a oyentes ociosos por entretenerlos, sino que se han de manifestar con un corazón que les

acusa y desea tomar venganza de ellos en sí mismo. Confesamos, pues, los pecados a fin de alcanzar el perdón.

Este juicio es muy diverso de los juicios civiles en materias criminales, donde a la confesión está señalada la

pena y el castigo, no la libertad de la culpa y el perdón del delito. Casi en el mismo sentido, aunque con

diferentes palabras, definieron la Confesión los Santos Padres, como San Agustín cuando dice: “La Confesión

es por la que se descubre la enfermedad oculta con esperanza del perdón”. Y San Gregorio: “La Confesión es

detestación de los pecados”. Una y otra se contienen en la definición que arriba se puso, por lo que fácilmente

pueden reducirse a ella.

 

XXXIX. Por qué y cuándo instituyó Cristo la Confesión.

554. Pero lo que enseñarán los Párrocos como de la mayor importancia y que sin la menor duda

propondrán a los fieles, es que este Sacramento fué instituido por la suma bondad y misericordia de Cristo

Señor nuestro, quien hizo bien todas las cosas y por causa de nuestra salud. Porque estando reunidos en un

lugar los Apóstoles después de la Resurrección, sopló y les dijo: ―Recibid el Espíritu Santo, cuyos pecados

perdonaréis, serán perdonados, y los que retuviereis serán retenidos‖. Habiendo, pues, el Señor dado a los

Sacerdotes potestad de retener y de perdonar pecados, es manifiesto que constituyó a los mismos jueces en esta

causa.

 

XL. Se prueba lo mismo por otros lugares de la Escritura.

555. Esto mismo parece significó el Señor al encomendar a los Apóstoles que quitaran de Lázaro, asi

que resucitó, las ataduras con que estaba ligado. Porque San Agustín explica así este lugar: ―Los Sacerdotes

pueden ya aprovechar más y perdonar más a los que se confiesan, porque Dios perdona a los que ellos

perdonan, pues habiendo él resucitado a Lázaro del sepulcro, le encomendó a los discípulos para que le

soltasen, mostrando en eso la potestad de desatar que se comunicó a los Sacerdotes”. Lo mismo dio también a

entender cuando a los que curó de la lepra en el camino, mandó se presentasen a los Sacerdotes y se sujetasen a

su juicio.

 

XLI. Cómo se deduce de las palabras del Señor que la confesión debe haeerse a los

Sacerdotes que son sucesores de los Apóstoles.

556. Habiendo, pues, el Señor dado a los Sacerdotes potestad de retener y de perdonar los pecados, es

claro que fueron constituidos jueces en esta parte. Porque no siendo posible, como sabiamente advirtió el Santo

Concilio de Trento, formar cabal juicio de una cosa, ni guardar el medio que pide la justicia en imponer las

penas a las culpas, si no se ha conocido y averiguado enteramente la causa, sigúese que los penitentes deben

manifestar distintamente todos sus pecados a los Sacerdotes en la Confesión. Enseñarán, pues, los Pastores

estas cosas que están decretadas por el Santo Concilio de Trento, y perpetuamente predicadas por la Iglesia

Católica. Porque si leemos con atención a los Santos Padres, con mucha frecuencia veremos testimonios

clarísimos con los que se confirma que este Sacramento fué instituido por Cristo Señor nuestro, y que hemos de

tener como Evangélica la ley de la Confesión Sacramental, que ellos en griego llaman Eaomologesis y

Exagoreusis. Y si deseamos también figuras en el antiguo Testamento, parece pertenecen a la Confesión de los

pecados aquellos varios géneros de sacrificios836 que; se hacían por los Sacerdotes para limpiar pecados de

diversas especies.

 

XLII. De los ritos propios de la confesión.

557. Pero así como debe enseñarse a los fieles que la confesión fué instituida por Cristo Señor nuestro,

así también conviene advertirles que se han añadido por autoridad de la Iglesia algunos ritos y ceremonias

solemnes, que si bien no pertenecen a la esencia del Sacramento, con todo representan muy vivamente su

dignidad, y preparan los corazones de los penitentes inflamados, ya en la piedad, para conseguir más

fácilmente la gracia de Dios. Porque cuando confesamos los pecados arrodillados a los pies del Sacerdote,

descubierta la cabeza, inclinado el rostro, las manos puestas y enderezadas al cielo y dando otros señales de

humildad cristiana, aunque no sean necesarias para el Sacramento, por ellas se muestra claramente que

debemos reconocer en el Sacramento virtud celestial, y que hemos de buscar e implorar con sama diligencia la

misericordia divina.

 

XLIII Los que pecaron mortalmente están oblidos a confesarse.

558. Y ninguno piense que si bien la confesión fué instituida por Cristo, no lo fué de tal modo que

obligase a usar de ella. Porque deben tener los fieles por muy cierto, que quien se halla reo de algún pecado

mortal, si ha de volver a la vida de la gracia, ha de ser por medio del Sacramento de la Confesión. Claramente

nos manifestó esta necesidad el Señor con la metáfora hermosísima, llamando llave del Cielo a la potestad de

administrar este Sacramento. Porque así como ninguno puede entrar en una casa, si no le abre la puerta el que

tiene la llave, así debemos entender que ninguno es admitido en el cielo, si no le abren la puerta los Sacerdotes,

a cuya fidelidad encomendó el Señor las llaves.

Porque de otra manera parece que sería enteramente ocioso el uso de las llaves de la Iglesia, y aquel a

quien fué dada la potestad de las llaves, en vano prohibiría a alguno la puerta del cielo, si se pudiera entrar por

otra parte. Con grande claridad entendía esto San Agustín cuando dijo: ―Ninguno diga, para sí, yo a mis solas

hago penitencia delante del Señor. Dios que me perdona, sabe lo que hago en el retiro de mi corazón. Luego sin

causa se dijo: Cuanto desatareis sobre la tierra, será desatado en el Cielo. Luego en vano fueron dadas las llaves

a la Iglesia.

Lo mismo escribió San Ambrosio en el libro de Penitencia, refutando la herejía de los Novacianos,

quienes afirmaban estar reservada a solo Dios la potestad de perdonar pecados, pues dice: ―¿Quién venera más

a Dios, el que obedece a sus mandamientos o el que los resiste? Dios mandó obedecer a sus ministros, y

obedeciéndoles, a solo Dios damos el honor”.

 

XLIV. En qué edad y tiempo del año obliga la Confesión.

559. No pudiendo, pues, dudarse en manera alguna que está impuesta y establecida por el Señor la ley

de la Confesión, sigúese que veamos por quienes, de qué edad, y en qué tiempo del año se deba observar.

Primeramente, pues, por el Canon del Concilio Lateranense que empieza Omnis utriusque sexus, consta que

ninguno está obligado a la ley de la Confesión antes de llegar al uso de la razón. No estando determinada esta

edad a número cierto de años, lo que parece que universalmente se debe establecer es, que obliga la Confesión

al niño desde aquel tiempo en que puede discernir entre lo bueno y lo malo, y es capaz de pecar. Porque en

llegando uno a aquella edad en que debe deliberar de la salud eterna, luego cuanto antes debe confesar sus

pecados al Sar cerdote. Porque de otra manera ninguno puede esperar la salud, si se siente con conciencia de

pecado mortal. Y por lo que se refiere al tiempo en que señaladamente se haya de hacer la confesión, en ese

mismo canon lo decretó la Iglesia, pues manda que todos los fieles confiesen sus pecados una vez por lo menos

al año.

 

XLV. Cuántas veces han de confesarse los cristianos.

560. Mas si atendemos a lo que requiere el negocio de nuestra salvación, ciertamente que cuantas veces

amenaza peligro de muerte, o cuando debemos ocuparnos en algún asunto cuya ejecución no está bien en un

hombre manchado con pecados (como administrar o recibir los Sacramentos), en todos estos casos no se ha de

omitir la Confesión. Y lo mismo conviene observar cuando tememos se nos olvide alguna culpa que cometimos.

Porque ni podemos confesar los pecados de que no nos acordamos, ni conseguimos de Dios el perdón de ellos,

sino es que por medio de la Confesión los borre el Sacramento de la Penitencia.

 

XLVI. Todos los pecados en particular deben manifestarse en la Confesión.

561. Y porque en la Confesión se deben observar muchas cosas, de las cuales unas pertenecen a la

esencia del Sacramento, y otras no son tan necesarias; de estas se ha de tratar cuidadosamente, si bien no

faltan libritos y comentarios de los cuales es fácil sacar la explicación de todo esto. Más en primer lugar

enseñarán los Párrocos que se ha de cuidar de que la Confesión sea cabal e íntegra. Porque es necesario

manifestar al Sacerdote todos los pecados mortales, pues los veniales que no nos privan de la gracia de Dios, y

en los cuales caemos con frecuencia, aunque es bueno y muy útil confesarlos, como lo acredita la práctica de las

personas virtuosas, con todo se pueden dejar sin culpa y se perdonan por otros muchos medios; mas los

mortales, según ya hemos dicho, todos y cada uno se han de confesar, aunque estén muy ocultos, y sean de los

que solo se prohiben por los dos últimos mancamientos del Decálogo. Pues sucede que muchas veces hieren

más gravemente al alma, que los cometidos pública y manifiestamente. Así está definido por el Santo Concilio

de Trento, y se ha enseñado siempre por la Iglesia, como lo declaran los testimonios de los Santos Padres.

Porque San Ambrosio dice: ―No puede sino ser justificado del pecado, si no le confesare.

San Jerónimo tambien sobre el Eclesiastés abiertamente confirma lo mismo, pues dice: “Si mordiere

ocultamente a alguno la serpiente diabólica, y sin saberlo nadie le infeccionase con el veneno del pecado, si

callare, y no hiciere penitencia, ni quisiere confesar su llaga a su hermano o maestro, el maestro que tiene len

gua para curar no podrá aprovecharle”. Del mismo modo San Cipriano en el libro de Lapsis enseña esto

claríslmamente por estas palabras: “Aunque no estén culpados con maldad alguna, de sacrificio de idolatría, o

de libelo de eso, todavía porque consintieron en ello, confiésenlo con dolor ante los Sacerdotes de Dios”.

Últimamente ésta es la voz y sentir de todos los Doctores de la Iglesia.

 

XLVII. Deben confesarse las circunstancias de los pecados.

562. Pero debe ponerse en la Confesión aquel sumo cuidado y diligencia que solemos en los negocios de

la mayor importancia, y de tal modo hemos de mirarla con toda solicitud, que sean curadas las llagas del alma y

arrancadas las raíces de los pecados. Y no sólo se deben explicar con distinción todos los pecados graves, sino

también lo que acompaña a cada uno de ellos, y que aumenta o disminuye en gran manera su malicia. Porque

hay unas circunstancias tan graves, que ellas solas constituyen pecado mortal, y por lo mismo éstas siempre

deben confesarse. Como si uno mató a un hombre, debe distinguir si era clérigo o seglar. También si tuvo

trato deshonesto con alguna mujer, es preciso que explique si era soltera o casada, parienta o consagrada a

Dios con algún voto. Porque estas circunstancias constituyen diversos géneros de pecados; pues al primero

llaman los teólogos simple fornicación, el segundo adulterio, al tercero incesto, y al cuarto sacrilegio. El hurto

también se debe contar entre los pecados, pero si uno hurta un escudo peca mucho menos que si hurtase ciento

o doscientos, o una muy grande cantidad de oro, y especialmente peca el que hurta dinero sagrado. Esta misma

razón debe atenderse acerca del lugar y tiempo; no nos detenemos en aducir ejemplos de esto, porque se hallan

en muchos libros. Estas, como dijimos, son las circunstancias que deben explicarse, pero las que no aumentan

mucho la malicia, se pueden omitir sin pecado.

 

XLVIII. Debe repetirse la confesión en que se calla con advertencia alguna cosa grave.

563. Mas es tan necesario que la confesión, según dijimos antes, sea entera y cabal, que si dejara uno de

propósito alguna cosa de aquellas que realmente se deben explicar, y solo confesarse otras, éste no sólo no

conseguiría provecho alguno de tal confesión, sino que cometería otra nueva maldad. Ni esta relación de

pecados se ha de llamar confesión, en la cual se halle la razón de Sacramento, antes es necesario que vuelva el

penitente a repetirla, y que también se acuse del pecado que cometió, por haber profanado la santidad del

Sacramento con una confesión tan fingida.

 

XIL. No debe repetir la confesión el que por olvido o descuido leve omitió alguna cosa.

564. Pero si la confesión dejó de ser entera por otra causa, como por olvidarse al penitente algunos

pecados, o por no haber examinado tan cuidadosamente los senos de su conciencia, siendo empero su ánimo

confesar enteramente todos sus pecados, no es necesario entonces repetir la confesión, y será suficiente

confesar otra vez al Sacerdote los pecados de que se olvidó, si se acordare de ellos. Pero aquí es de advertir, no

sea que hayamos examinado nuestra conciencia con demasiado descuido y flojedad, y procurado traer a la

memoria los pecados con tal negligencia que pareciere que ni aun queríamos acordarnos de ellos. Porque si

esto fué así, será del todo necesario repetir la confesión.

 

L. La Confesión debe hacerse llana, sencilla y claramente.

565. Además de esto se ha de procurar que la Confesión sea llana, sencilla y clara, no compuesta

artificiosamente, como hacen algunos que más parecen justificar su modo de vivir que confesar los pecados.

Porque la Confesión debe hacerse de modo que nos manifieste al Sacerdote tales como interiormente nos

reconocemos, y por consiguiente exponiendo las cosas ciertas como ciertas, y las dudosas como dudosas. Pero

si no se confiesan los pecados, o se mezclan discursos impropios del asunto que se trata, es evidente que la

confesión carece de esta virtud.

 

LI. La Confesión debe ser prudente y vergonzosa.

566. Muy dignos de alabanza son también los que al declarar sus pecados, muestran prudencia y

vergüenza. Porque no se ha de usar de demasiadas palabras, sino decir con una explicación breve que vaya

acompañada de modestia, lo que pertenece a la naturaleza y especie de cada pecado.

 

LII. No se puede hacer la Confesión por cartas o por medio de otro.

567. Deben también poner gran cuidado así el confesor como el penitente, para que cuanto se dice en la

Confesión sea con mucho secreto. Y asi a nadie es lícito de ningún modo confesarse por tercera persona, ni por

cartas pues de este modo nada se puede hacer con sigilo.

 

LIII. Es útilísimo frecuentar la Confesión.

568. Pero de ninguna otra cosa deben cuidar tanto los fieles como de purificar su alma con la frecuente

confesión de sus pecados. Y así cuando uno se sienta acusado por alguna culpa mortal, nada le puede

aprovechar más como confesarse luego, por los muchos peligros que amenazan a la vida. Y aunque pudiera uno

asegurarse largo espacio de vida, es ciertamente cosa fea e indigna que procurando con tanta solicitud lavar las

manchas del cuerpo o del vestido, no pongamos siquiera el mismo cuidado en que no se obscurezca el

esplendor del alma con las horrendas manchas del pecado.

 

LIV. Del Ministro legítimo de este Sacramento.

569. Más ya es tiempo de tratar del Ministro de este Sacramento. Este es el Sacerdote que tenga

jurisdicción ordinaria o delegada para absolver como consta de los decretos de la Iglesia. Porque el que ha de

ejercitar este cargo, debe te ner la potestad no solo de orden, sino también de jurisdicción. De esto tenemos un

testimonio ilus tre en aquellas palabras del Sefior por S. Juan: ―Los pecados que perdonareis, serán

perdonados, y los que retuviereis, serán retenidos. Porque es cierto que estas palabras no se dijeron sino a

sólo los Apóstoles, a quienes suceden en este cargo los Sacerdotes. Y esto también es muy conforme a razón.

Porque como todas las gracias que se conceden por este Sacramento, se derivan a los miembros de la cabeza

que es Cristo; con razón deben administrarle al cuerpo místico de Cristo, que son los fieles, aquellos solos que

tienen potestad de consagrar el verdadero Cuerpo, mayormente cuando por ese mismo Sacramento de la

Penitencia se preparan y disponen los fieles para recibir la Sagrada Eucaristía.

570. Y el gran respeto con que se guardaba en la primitiva Iglesia el derecho del Sacerdote ordinario, se

puede entender por los decretos de los Jadres antiguos, por los cuales se mandó que ningún Obispo o

Sacerdote se atreviese a ejercer función ninguna en Parroquia ajena sin licencia del que la gobernaba, a no ser

que la necesidad obligara a otra cosa. Y así lo estableció el Apóstol, cuando mandó a Tito que constituyese

Sacerdotes en cada una de las ciudades, los cuales Instruyesen y alimentasen a los fieles con el manjar celestial

de la doctrina y Sacramentos.

 

LV. En caso de necesidad, todo Sacerdote puede absolver.

571. Aunque si amenaza peligro de muerte, y no se puede acudir al propio Sacerdote, enseña el Concilio

de Trento, que para evitar la eterna condenación, se observó siempre en la Iglesia de Dios, que todo

Sacerdote pueda absolver de todo género de pecados cualquiera que sea la potestad a que estuvieran

sujetos, sino también de toda excomunión.

 

LVI. Qué Ministro deba elegir para Confesor el que desea, su salvación.

572. Además de la por estado de orden y jurisdicción, que son del todo necesarias, se requiere ante todas

cosas, que el Ministro de este Sacramento esté adornado de ciencia, erudición y prudencia, pues hace a un

mismo tiempo los oficios de juez y médico. Y en cuanto a lo primero muy bien se deja ver que es necesaria una

ciencia no vulgar con que pueda averiguar los pecados, y discernir entre los varios géneros de culpas, cuales

sean graves y cuales leves, según el estado y condición de cada persona. Necesita también como Médico de

suma prudencia. Porque es necesario atender con cuidado, se apliquen al enfermo aquellos remedios que

parezcan más útiles para sanar las almas y fortalecerlas en lo venidero contra la fuerza de la enfermedad. De

donde pueden entender los fieles que ha de procurar cada uno con muy especial cuidado escoger para sí aquel

Sacerdote que sea recomendable por la integridad de su vida, por la doctrina y prudente juicio, el cual tenga

bien entendida la gravedad e importancia del ministerio que ejerce, y así mismo qué pena corresponde a cada

culpa, y quienes deban ser absueltos y quienes quedar ligados.

 

LVII. Del profundo sigilo que debe guardar el confesor.

573. Y porque no hay ninguno que no desee en gran manera que queden sepultadas sus maldades y

desórdenes, se debe advertir a los fieles que no tienen por qué temer que jamás se descubra por el Sacerdote lo

que le manifiestan en la confesión, ni que pueda por ella ocasionárseles en ningún tiempo el menor daño ni

perjuicio. Porque los sagrados cánones mandan sean castigados severísimamente los Sacerdotes que no tengan

cerrados en perpetuo y profundo silencio todos los pecados oídos en confesión. Por lo cual en el gran Concilio

Lateranense leemos así: “Guárdese totalmente al Sacerdote de descubrir en manera ninguna el pecador por

palabra, por seña, ni de otro ningún modo”.

 

LVIII. A qué debe atender principalmente el Sacerdote que oye confesiones.

574. Pero ya requiere el orden de las cosas que habiéndose tratado del Ministro, se expliquen algunos

puntos principales, que son muy conducentes para el uso y práctica de la Confesión. Porque gran parte de los

fieles, a quienes por lo común nada suele sea tan sensible como que se lleguen presto aquellos días que por la

ley de la Iglesia están destinados para la confesión, tan lejos está de la perfección cristiana, que en vez de cuidar

de lo que es manifiesto tiene gran virtud para alcanzar la gracia, apenas se acuerdan ni aun de hacer examen de

los pecados que deben confesar. Pero debiendo mirarse por su salud con todo cuidado, lo primero que

atentamente observarán los Sacerdotes en el penitente es, si trae verdadera contrición de sus pecados con

propósito firme y determinado de no volver a pecar. Y si advirtieren que vienen con esla disposición,

amonesten y exhórtenle con la mayor eficacia y que jamás cese de pedir el auxilio de su divina gracia, pues

fortalecido y armado con él, podrá resistir y vencer fácilmente sus desordenadas pasiones.

575. También le enseñarán que no consienta se le pase día alguno sin meditar algo de los misterios de la

Pasión del Señor, y que se mueva e Inflame a imitarle y amarle con suma caridad, porque con esta meditación

conseguirá de día en día mayor esfuerzo para superar todas las tentaciones del enemigo. Pues no es otra la

causa de que siendo tentado aun ligera y levemente, luego desmayemos y quedemos vencidos, sino el descuido

grande en procurar concebir por la meditación de las cosas divinas el fuego del amor de Dios, que es quien

recrea y fortalece el alma.

576. Mas si llega a entender el Sacerdote que el que quiere confesarse no trae tal dolor de sus pecados

que pueda decirse verdaderamente contrito, hágalo posible para moverle a deseo grande de la contrición, a fin

de que inflamado en el deseo de un don tan esclarecido, se resuelva a pedirle hasta alcanzarle de la

misericordia de Dios.

 

LIX. Cómo debe portarse el Confesor con los que excusan sus pecados.

577. En primer lugar ha de reprimir la soberbia de algunos que con varias excusas procuran defender o

disminuir sus pecados. Porque, por ejemplo, confesándose uno de 9 que se dejó llevar demasiado de la ira,

luego echa a otro la culpa de esta irritación quejándose de que fué primero injuriado por él. Debe ser, pues,

amonestado éste, que esta disculpa es señal de un ánimo altivo, y de un hombre que, o desprecia o ignora

enteramente la gravedad de su pecado, y que más sirven semejantes excusas para aumentar le que para

disminuirle. Porque quien así se empeña en defender su modo de obrar, demuestra que será sufrido cuando no

le agravien, lo cual a la verdad no hay cosa más indigna de un hombre cristiano. Porque debiendo sentir en

gran manera la suerte del que le hizo la injuria, con todo nada se conmueve por la malignidad de aquel pecado,

y se enoja contra su prójimo; y presentándosele una muy bella ocasión para poder servir a Dios con paciencia, y

corregir a su prójimo con su mansedumbre, convierte en su propio daño lo que era materia de su salvación.

 

LX. Cómo se portará con los que se avergüenzan de confesar sus pecados, o que vienen sin

prepararse.

578. Pero aun más perniciosa se ha de juzgar la culpa de aquellos que impedidos por una mal entendida

vergüenza, no se atreven a confesar los pecados. Conviene, pues, animar a éstos, proponiendo y enseñándoles

que no hay motivo para avergonzarse de manifestar sus vicios, pues nadie se espanta que los hombres pequen,

por ser esta una enfermedad común a todos, y muy propia de la fragilidad humana.

579. Otros hay que o por que raras veces se confiesan, o por no haber puesto cuidado ni diligencia

alguna en examinar su conciencia, ni aciertan a manifestar sus faltas, ni siquiera saben por donde empezarán a

hacer la confesión. Estos sin duda deben ser reprendidos con mayor severidad, enseñándoles .ante todo que

antes de venir al Sacerdote, deben moverse con gran diligencia a formar dolor de sus pecados, lo cual de

ningún modo es posible, si no se procura conocerlos, recordándolos uno por uno. Así, si advirtiere el Sacerdote

que semejantes hombres están del todo indispuestos, los despedirá con la mayor atención, y les exhortará a que

dediquen algún tiempo al examen de sus pecados, y que después vuelvan.

Y si acaso afirmasen que ya pusieron en esto el cuidado y diligencia posible (como el Sacerdote debe

temer mucho que una vez despedidos no han de volver) los oirá; mayormente si mostraren algún deseo de

enmendar la vida, y les puede persuadir a que se acusen de su descuido, dando palabra de suplirle en otro

tiempo con su examen más cuidadoso y diligente. Pero en esto debe procederse con gran precaución. Porque si

habiendo oído la confesión, juzga que no hubo del todo falta de diligencia en el penitente así para confesar sus

pecados como para aborrecerlos y dolerse de ellos, le podrá absolver. Más, si advirtiere que al penitente le falta

uno y otro, le propondrá y le aconsejará que examine mejor su conciencia, como ya se dijo, y tratándole con la

mayor humanidad posible, le despedirá.

 

LXI. Cómo remediará la vergüenza de algunos.

580. Y porque algunas veces acontece que las mujeres, habiéndose olvidado algún pecado grave en la

confesión que acaban de hacer, no se atreven a volver al Confesor porque temen o hacerse sospechosas de

alguna grande maldad, o de que buscan la alabanza de muy virtuosas, se ha de enseñar muchas veces así en

público como en privado, que ninguno tiene tan feliz memoria que se puede acordar de todos sus

pensamientos, palabras y obras. Así que por ningún motivo se detengan de volver al Sacerdote, siempre que se

acuerden de algún pecado que se les olvidó. Estas cosas, pues, y otras muchas como estas observarán los

sacerdotes en la Confesión. Y con esto paliaremos a la tercera parte de la Penitencia que se llama Satisfacción.

 

LXII. Qué significa la palabra satisfacción, asi en general como en esta materia, de la

Confesión.

581. Primeramente ha de explicarse el nombre y la naturaleza de la Satisfacción. Porque los enemigos

de la Iglesia Católica han tomado de aquí grande ocasión de disensiones y discordias con detrimento gravísimo

del pueblo cristiano. Es la satisfacción paga entera de la deuda. Porque nada falta a lo que es suficiente. Así,

cuando hablamos de reconciliarse uno con otro, satisfacer, quiere decir, dar tanto al otro cuanto puede bastar a

un ánimo airado, para quedar vengado de la injuria. Y así Satisfacción no es otra cosa, que recompensa de la,

injuria hecha a otro. Más por lo que toca a este lugar, los Doctores de las cosas divinas usaron el nombre

satisfacción para declarar aquella recompensa o paga que hace el hombre a Dios por los pecados cometidos. Y

como en esto puede haber muchos grados, de aquí es que la Satisfacción se toma de varios modos.

 

LXIII. Cuántos son los grados de la Satisfacción que incluyen alguna recompensa del pecado.

582. Pues en hecho de verdad la Satisfacción primera y eminente es aquella por la cual se pagó

comodamente a Dios cuanto se le debía según la gravedad de nuestros pecados, aunque quisiera tratarnos con

todo rigor de su justicia. Esta es la que hace a Dios propicio y aplacado hacia nosotros. Pero ésta solo la

debemos a Cristo Señor nuestro, quien pagando el precio por nuestros pecados, satisfizo en la Cruz muy

cumplidamente a Dios. Porque ninguna cosa criada podía ser de tanto valor, que nos librase de tan crecida

deuda. Y como testifica San Juan: Este es el que aplaca la ira del Padre, y él que satisface por todos nuestros

pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.

Esta es, pues, la satisfacción llena, cumplida, y que no solo iguala, mas sobrepuja mucho a la gravedad

de todas las maldades que se han cometido en el mundo, y por cuya virtud son de mucho valor nuestras

acciones en el acatamiento divino, pero sin ella son del todo indignas de alguna estimación. A esto parece se

refieren aquellas palabras de David, quien contemplando esto, y preguntándose: ―¿Qué volveré yo al Señor por

todos los beneficios que me ha, hecho? Nada pudo hallar digno de tantos y tan grandes beneficios, sino esta

satisfacción la que expresó con el nombre de Cáliz, y así añadió: ―Tomaré el cáliz de la salud e invocaré el

nombre del Señor”.

583. Hay también otro género de satisfacción que se llama canónica. Esta está determinada y se cumple

en cierto espacio de tiempo. Y así se practica desde muy antiguo en la Iglesia, que cuando los penitentes son

absueltos de sus pecados, se les impone alguna penitencia, cuyo cumplimiento ha sido costumbre llamarle

satisfacción. Y con el mismo nombre llamamos también a toda penitencia que hacemos por los pecados, no

impuesta por el Sacerdote, sino tomada por nuestra voluntad.

 

LXIV. En qué consiste la satisfacción propia de este Sacramento.

584. Esta Penitencia tomada por nosotros de ninguna manera pertenece a Penitencia como Sacramento.

Solamente forma parte del Sacramento, la que dijimos, que satisface a Dios por los pecados, señalada por el

Confesor, con tal que tengamos propósito firme y determinado de evitar en adelante con toda diligencia los

pecados. Porque algunos la definieron de este modo: ―Satisfacer, es dar a Dios el honor debido. Y bien claro es

que ninguno puede dar a Dios el honor debido, sino el que resuelve evitar enteramente los pecados. Asimismo:

Satisfacer es quitar las causas de los pecados, y no dar entrada a sus tentaciones. Y conforme a esto

enseñaron otros que la satisfacción era una purificación por la cual se lava toda la inmundicia que quedó en el

alma por la mancha del pecado, y por cuyo medio somos absueltos de las penas temporales que debíamos

pagar.

 

LXV. Cuando se perdona la culpa no siempre se perdona la pena temporal, aunque se perdona,

eterna.

585. Siendo esto así fácil será persuadir a los fieles de la necesidad que tienen los penitentes de

ejercitarse en obras satisfactorias. Ha de enseñárseles, pues, que dos cosas se siguen al pecado, a saber: la

mancha y la pena; y si bien siempre que se perdona la culpa, se perdona también el castigo de muerte eterna

que debía pagarse en el infierno, con todo no siempre sucede, según lo declaró al Concilio de Trento, que

perdone el Señor las reliquias de los pecados y la pena temporal que se debe por ellos.

De esto tenemos ejemplos claros en las sagradas Escrituras, como en el capítulo 3 del Génesis, en el

12 y 20 de los Números y en otros muchísimos lugares.

Pero entre todos es muy señalado e ilustre el de David, al cual aunque había dicho Natán: “También el

Señor te ha quitado tu pecado, no morirás”, él, con todo, se impuso gravísimas penas, implorando días y

noches la misericordia de Dios por estas palabras: ―Lávame, Señor, más y más de mi maldad, y limpíame de

mi pecado; porque yo conozco mi delito, y mi pecado siempre está contra mi.

Lo que en esto pedía, era que el Señor no sólo le perdonase el pecado, sino también la pena debida por

él, y que limpiándole de las reliquias de la culpa, le restituyese al estado antiguo de la hermosura y pureza. Y

aun pidiendo esto con ansias fervorosas, todavía le castigó el Señor ya con la muerte del hijo habido del

adulterio, ya con la rebelión y muerte de Absalón, a quien amaba tiernamente, ya finalmente con otras penas

y calamidades, con las cuales antes le había amenazado. Y aun el mismo Moisés afirmó, que su Majestad le

había de vengar hasta la tercera y cuarta generación. Y esta ha sido la doctrina enseñada siempre en la Iglesia

por los Santos Padres, como se puede ver clarísimamente por sus autoridades.

LXVI. Por qué no nos perdona Dios por la Penitencia, enteramente como por el Bautismo.

586. Cual sea la causa de que por el Sacramento de la Penitencia no se perdone toda la pena como por el

Bautismo, esclarecidamente la explicó el Santo Concilio de Trento por estas palabras: ―El orden de la Justicia

divina parece que requiere, que de una manera sean recibidos a la gracia los que pecaron por ignorancia

antes del Bautismo, y de otra los que una vez ya libres de la servidumbre del pecado y del demonio, y recibido

el don del Espiritu Santo, no temieron profanar sabiéndolo ek templo de Dios, y entristecer el Espíritu

Santo. Y a la divina clemencia corresponde también, que no se nos perdonen con facilidad los pecados sin

alguna satisfacción, para que no tomemos de ahí ocasión de juzgarlos por cosa, leve, y no injuria y ofensa del

Espíritu Santo caigamos en otros mayores, atesorando ira contra nosotros mismos para el día del justo juicio

de Dios”.

587. Estas penas satisfactorias también sin duda alguna apartan en gran manera del pecado a los

penitentes, y los detienen como con un freno, y los hacen andar más cautos y atentos en el porvenir. Júntase a

esto que estas penitencias vienen a ser como unos testimonios del dolor que tenemos por los pecados que

hicimos, y de este modo damos satisfacción a la Iglesia que está gravemente ofendida por nuestras maldades.

Porque como dice San Agustín: “No desprecia el Señor el corazón contrito y humillado; mas como muchas

veces el dolor del corazón de uno está oculto a los otros, y no llega a noticia de ellos ni por palabras ni por

otras señales, con mucha razón señalaron los Padres de la Iglesia tiempos de penitencia, para que se dé

satisfacción a la Iglesia misma, en la cual se perdonan esos mismos pecados”.

 

LXVII. Cómo aprovechan a otros nuestras penitencias.

588. Además de todo lo dicho, los ejemplos de nuestra penitencia muestran a otros el modo con que

deben ellos ordenar su vida y seguir; la virtud. Porque viendo las penas que nos fueron; impuestas por los

pecados, comprenden que se debe vivir con gran cuidado y enmendar las malas costumbres. Por esto con

mucha sabiduría se observó en la Iglesia que si uno cometía publicamente alguna maldad, se le impusiese

penitencia pública, para que atemorizados los demás, evitasen con más cuidado los pecados. Y aun por

pecados ocultos, que eran más enormes, solía hacerse algunas veces. Pero en los públicos, como ya hemos

dicho era cosa usada que tales pecadores no fuesen absueltos hasta haber cumplido la penitencia pública.

Entretanto los Pastores hacían oración a Dios por su salud, y no cesaban de exhortar a los penitentes a

que hiciesen lo mismo. Sobre esto fué muy particular el cuidado y solicitud de San Ambrosio, de quien se

refiere que a muchísimos que llegaban con ánimo endurecido a confesarse con él, les ablandaba con sus

lágrimas de modo que concebían dolor de verdadera contrición. Pero después se mitigó tanto la severidad de la

disciplina antigua, y se resfrió la caridad de tal manera, que ya muchos de los fieles piensan que para alcanzar

el perdón de los pecados, no es menester dolor ninguno interior del alma ni gemido del corazón, y que tienen

bastante con sola la apariencia de penitentes.

 

LXVIII. Por la Penitencia, nos asemejamos a Cristo.

589. Conseguimos también por este sufrimiento de penas, hacernos semejantes y conformes a nuestra

Cabeza Jesucristo, en cuanto El padeció y fué tentado. Porque como dijo San Bernardo: ―No cabe nada más

disforme, como un miembro delicado debajo de una cabeza coronada de espinas. Y según el Apóstol: “Somos

juntamente herederos con Cristo, pero si padecemos juntamente con El”. Y lo que dijo en otra parte: “Si

morimos con El, viviremos con El, y si sufrimos con El, también reinaremos”.

 

LXIX. Cómo se juntan aqui misericordia y justicia.

590. Dos cosas afirma también San Bernardo que se hallan en el pecado: la mancha y la llaga, siendo

cierto que por la misericordia de Dios se lava en el alma la mancha y fealdad de la culpa, más que para sanar las

llagas de los pecados es muy necesaria la curación, que se aplica por el remedio de la Penitencia. Porque así

como curada una herida quedan las cicatrices que también deben curarse, así perdonada la culpa quedan por

purificar en el alma las reliquias de los pecados. Claramente confirma esto mismo la sentencia de San

Crisóstomo, cuando dice: “No basta sacar la saeta del cuerpo, sino que además es necesario sanar la herida

que abrió”. Así también en el alma después de conseguido el perdón del pecado, debe curarse por la Penitencia

la llaga que quedó. Muy frecuentemente nos enseña San Agustín que en la Penitencia se han de considerar dos

cosas: la misericordia de Dios y la justicia. La misericordia con que perdona los pecados y las penas eternas que

merecían, y la justicia castigando al hombre con penas temporales.

 

LXX. Por la Penitencia nos libramos de los castigos preparados por Dios.

591. Últimamente, la pena satisfactoria que se nos impone y admitimos, detiene los castigos de Dios, y

las penas que nos tiene preparadas. Así lo enseña el Apóstol, cuando dice: ―Si nos juzgamos a nosotros

mismos, ciertamente no seremos juzgados, para que no seamos condenados con este mundo”. Si esto se

explica a los fieles, no podrá menos de moverles mucho a abrazar las obras de penitencia.

 

LXXI. De donde les provenga a nuestras obras que sean meritorias y satisfactorias.

592. Pero cuan grande sea la virtud y eficacia de esta satisfacción, se corrige considerando que toda

depende del mérito de la pasión de Cristo Señor nuestro. De El también conseguimos por estos ejercicios

virtuosos estos dos señaladísimos bienes: el primero que merezcamos los premios de la gloria eterna; de modo

que un vaso de agua fría que demos en su nombre no carezca de su recompensa, y lo otro que satisfagamos

por nuestros pecados.

 

LXXII. La, satisfacción de Cristo no se disminuye por la nuestra.

593. Esta nuestra satisfacción en manera alguna disminuye la perfectísima y colmadísima de Cristo

Señor nuestro, antes por lo contrario la hace más esclarecida y más Ilustre. Porque tanto más copiosa hemos

de reconocer que es la gracia de Cristo, cuanto no solamente nos comunica lo que El solo mereció, sino también

aquello que ganó y pagó como cabeza para sus miembros que son los justos y santos. Y esta es a la verdad la

causa de que tengan tanto valor y dignidad las acciones justas y virtuosas de los buenos. Porque Cristo Señor

nuestro continuamente está difundiendo su gracia en aquellos que estan unidos con El por caridad, como

cabeza en sus miembros, y como vid en sus sarmientos. Y esta gracia en realidad siempre antecede,

acompaña y sigue a nuestras buenas obras, y sin ella de ninguna manera podemos merecer ni satisfacer a Dios.

Y así es que nada falta a los justos, pues mediante las obras que hacen con la virtud de Dios pueden

satisfacer a la ley divina según su condición humana y mortal, y merecer la vida eterna, la cual conseguirán si

salieren de esta vida adornados con la gracia de Dios. Porque sabida es, aquella palabra del Salvador:

Quien bebiere del agua, que yo le daré, nunca jamás padecerá sed, mas el agua, que yo le daré, será en él

una fuente de agua que salte hasta la vida eterna.

 

LXXIII. Qué se requiere para la verdadera satisfacción.

595. Dos cosas principalmente se requieren en la satisfacción: la primera que quien satisface sea justo y

amigo de Dios, pues las obras hechas sin fe y sin caridad de ningún modo pueden ser del divino agrado. La

segunda que se practiquen aquellas obras que de su naturaleza causan molestia y dolor. Porque siendo

compensaciones de las culpas pasadas, y como las llama San Cipriano ―redentoras de los pecados, es del todo

necesario que tengan alguna aspereza.

Aunque no siempre se sigue que padezcan dolor los que se ejercitan en acciones penosas. Porque

muchas veces o la costumbre de padecer, o una caridad abrasada hacia Dios, hace que las cosas durísimas de

soportar, ni se sientan siquiera. Mas no por eso se sigue de ahí que esas mismas obras sean menos eficaces para

satisfacer, porque es propio de los hijos de Dios inflamarse de tal manera en su amor y piedad, que aun

sufriendo trabajos amarguísimos, o no sientan molestia, o lo sufran todo con la mayor alegría.

 

LXXIV. Cuáles son las obras satisfactorias.

596. Mas enseñarán también los Pastores que todos los géneros de satisfacción se reducen

principalmente a estos tres, oración, ayuno y limosna, porque estos tres corresponden a tres géneros de bienes

que todos hemos recibido de la mano de Dios, a saber los bienes del alma, los del cuerpo, y los que llamamos de

fortuna.

Y a la verdad no puede haber cosa ni más acomodada ni más conveniente para arrancar las raíces de

todos los pecados. Porque siendo todo lo que hay en el mundo codicia de la carne, codicia de los ojos y soberbia

de la vida, es manifiesto que a estas tres raíces de nuestros males directamente se oponen estas tres

medicinas, que son a la primera el ayuno, a la segunda la limosna, y la oración a la tercera.

Además, si atendemos a los que son ofendidos por nuestros pecados, fácilmente se comprende por qué

se reduce toda satisfacción a estas tres cosas especialmente, pues estos son Dios, el prójimo y nosotros mismos.

Ahora bien a Dios aplacamos con la oración, con la limosna satisfacemos al prójimo, y con el ayuno nos

castigamos a nosotros mismos.

 

LXXV. Las aflicciones que nos vienen del exterior son también satisfactorias.

597. Y porque son muchas y varias las miserias y calamidades que nos oprimen en esta vida; se ha de

poner muy especial cuidado en enseñar a los fieles que tienen ahí una mina muy rica para satisfacer por sus

pecados y conseguir mucha gloria, sufriendo con paciencia todas las calamidades y trabajos que Dios les

envía. Mas aquellos que sufren estas penalidades de mala gana y con repugnancia, se privan de todo fruto de

satisfacción, y no consiguen otro que el de experimentar los azotes y castigos con que Dios por sus justos juicios

venga los pecados.

LXXVI. Puede uno satisfacer por otro, pero no dolerse o confesarse.

598. Mas en lo que debemos engrandecer con sumas alabanzas y acciones de gracias la inmensa bondad

y clemencia de juicios, es en haber concedido a la fragilidad humana, que uno pueda satisfacer por otro. Esto

únicamente conviene a esta tercera parte de la penitencia. Pues tocante a la Contrición y Confesión ninguno

puede dolerse ni confesarse por otro, pero lodos los que están en gracia de Dios pueden satisfacer unos lo que

otros deben a su Majestad, y de este modo vienen a llevar unos las cargas de los otros.

599. Acerca de esto ninguno de los fieles debe poner duda, pues confesamos en el Credo la Comunión de

los Santos. Porque renaciendo todos para Cristo lavados con un mismo Bautismo, siendo participantes de unos

mismos Sacramentos, y sobre todo alimentados con la misma comida y bebida de un mismo Cuerpo y Sangre

de Cristo Señor nuestro, bien claramente se muestra que todos somos miembros de un mismo cuerpo. Así,

pues, como el pie no se mueve por sola su autoridad, sino también por la de los ojos, ni éstos tampoco ven,

mirando a su provecho propio, sino al bien general de todos los miembros, así se deben tener por comunes

entre nosotros todas las obras satisfactorias.

 

LXXVII. No son comunes todos los frutos de lo satisfacción.

600. Pero aunque esto sea así, todavía tiene su limitación, atendidos todos los bienes que la satisfacción

produce. Porque las obras satisfactorias son como ciertas medicinas y remedios que se aplican al penitente para

curar los efectos desordenados de su alma. Y es manifiesto que quienes no satisfacen por sí mismos,

enteramente se privan de este fruto. Y estas cosas pertenecientes a las tres partes de la Penitencia, Contrición,

Confesión y Satisfacción se explicarán por los Pastores extensa y claramente.

 

LXXVIII No puede ser absuelto el que no quiere restituir.

601. Mas ante todas cosas lo que debe observarse por los Sacerdotes es que oída la Confesión, y antes

que absuelvan al penitente de sus pecados, miren con diligencia, si acaso hizo algún daño a su prójimo en

hacienda o en su honra, de suerte que por ello deba ser justamente condenado a que lo recompense con una

muy cabal satisfacción. Porque ninguno debe ser absuelto, sin que prometa antes restituir la que fuere de cada

uno. Mas porque hay muchos que si bien prometen con toda espontaneidad que pagarán lo que deben, con

todo eso se ve por sus obras que nunca lo cumplen, estos precisamente han de ser obligados a restituir, y se les

ha de inculcar muchas veces aquello del Apóstol: ―el que hurtaba, no hurte ya, antes trabaje obrando por sus

manos lo que es bueno, para que tenga con qué socorrer al que padece necesidad.

 

LXXIX. Qué satisfacción debe imponerse al penitente.

602. Por lo que se refiere a la imposición de las penitencias tengan entendido los Sacerdotes que nada

han de ordenar por su arbitrio, sino que todo debe ir gobernado por la justicia, la prudencia y piedad.

 

EL SACRAMENTO DE LA EXTREMAUNCIÓN

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Deben los párrocos hablar muchas veces a los fieles de la Extremaunción, por dos razones: • porque

al traerles el recuerdo de las postrimerías, los llevará a reprimir los malos apetitos (Eclo. 7 40.); • porque así

darán gracias a Dios de que, al salir de esta vida, les facilite por este sacramento el camino del cielo, así como

les franqueó la entrada a la vida de la gracia por el Bautismo.

Nombre de la Extremaunción, y por qué es verdadero sacramento

[2] Este sacramento se ha llamado Extrema unción, porque ésta debe administrarse la última de

entre todas las unciones que encomendó a su Iglesia el Señor, nuestro Salvador. Por este motivo, fue también

llamado por nuestros mayores Sacramento de la Unción de enfermos y Sacramento de moribundos.

[3] La Extremaunción tiene razón propia de sacramento, como se deduce de las palabras del

apóstol Santiago, con que lo promulga: «¿Está enfermo alguno de entre vosotros? Llame a los presbíteros de

la Iglesia, y oren por él, ungiéndole con óleo en nombre del Señor; y la oración de la fe salvará al enfermo, y

el Señor le aliviará, y si se halla con pecados, se le perdonarán» (Sant. 5 14-15.). Al afirmar el Apóstol que en

virtud de esta unción se perdonan los pecados, claramente manifiesta que es sacramento. Y ésta fue siempre la

doctrina de la Iglesia Católica, expresada por varios concilios y definida finalmente en Trento (Dz. 907-908 y

926.).

[4] Aunque este sacramento se confiere con muchas unciones, acompañadas cada una de su respectiva

oración, no son varios sacramentos, sino uno solo, siendo las diferentes unciones las partes o elementos de un

solo todo; pues todas ellas constituyen un solo signo, y producen la cosa única que significa.

Materia de la Extremaunción

[5] La materia de este sacramento es sólo el aceite de oliva consagrado por el Obispo; el cual

significa con gran propiedad el efecto que este sacramento produce en el alma. Pues así como el aceite aplaca

los dolores del alma, restituye la salud, causa dulce sensación, sirve como de alimento a la luz y repara las

fuerzas del cuerpo fatigado, todo eso produce en el alma por virtud divina cuando es administrado al

moribundo.

Forma de la Extremaunción

[6] La forma de la Extremaunción son las palabras: Por esta santa unción y por su piadosísima

misericordia te perdone el Señor todo cuanto pecaste por la vista, oído, olfato, gusto, tacto. Esta

forma está dispuesta, según las palabras del apóstol Santiago, y a diferencia de los demás sacramentos, a modo

de oración (Sant. 5 14-15.); porque este sacramento, además de comunicar la gracia divina, devuelve a veces

también la salud corporal a los enfermos; ahora bien, como este segundo efecto no se consigue siempre, se pide

a la Bondad divina lo que no suele producir la virtud del sacramento siempre y constantemente.

[7] En la administración de este sacramento se añaden ritos especiales, en su mayor parte formados por

oraciones, que recita el sacerdote pidiendo la salud del enfermo, para expresar que sobre todo en esos

momentos hay que ayudar a los fieles con oraciones piadosas; y por eso, el sacerdote debe amonestar a los

presentes a que rueguen a Dios y encomienden a su misericordia la vida y la salud del enfermo.

Institución de la Extremaunción

[8] Como la Extremaunción es uno de los siete sacramentos, fue instituida por Cristo nuestro

Señor, y promulgada a los fieles por el apóstol Santiago. El mismo Salvador dio alguna prueba de esta

unción cuando envió a sus discípulos de dos en dos, exhortando a la gente «a que hiciesen penitencia, y

lanzando muchos demonios, y ungiendo a muchos enfermos con óleo, los cuales sanaban» (Mc. 6 12-13.);

unción que no fue inventada por los apóstoles, sino por nuestro Señor, puesto que estaba dotada de una virtud

misteriosa, y que más bien fue instituida para sanar las almas que para curar los cuerpos.

Sujeto de la Extremaunción

[9] 1º Sujeto remoto. — Este sacramento sólo puede ser administrado a quien cayó en pecados

después del bautismo, y se halla tan gravemente enfermo, que se teme el fin de su vida; pues fue instituido

para servir de medicina para el alma (contra los pecados) y para el cuerpo (contra la enfermedad), como consta

por las palabras del apóstol Santiago (Sant. 5 14.). Por lo tanto, quedan exceptuados: • los que gozan de buena y

perfecta salud; • los que están en inminente peligro de muerte, pero no por enfermedad (vgr. los que van a

entrar en batalla, o ser ajusticiados); • los niños y los que nunca gozaron de uso de razón, pues no pudieron

consentir en ningún pecado; • los dementes y furiosos, a no ser que en los momentos de lucidez hayan dado

muestras de sentimientos religiosos y pedido recibir el sacramento.

Para dar la Extremaunción no hay que esperar a que el enfermo haya perdido ya toda esperanza de vida

y se vea privado de la inteligencia y la sensación. Quienes así obran pecan gravísimamente. Pues para recibir la

gracia de este sacramento ayuda mucho que el enfermo esté con el uso de su inteligencia y de su sensación, y

pueda dar muestras de su fe y sentimientos piadosos.

[10] 2º Sujeto próximo.No hay que ungir todas las partes del cuerpo, sino sólo las que son

órganos de los sentidos, que es por donde entran los pecados en el alma: ojos, orejas, narices, boca, manos;

porque se administra a modo de medicina, y la medicina se aplica a aquellas partes de donde dimana la

enfermedad como de su fuente y origen. También se ungen los riñones, como sede de la sensualidad y del

placer, y los pies, como instrumentos de nuestros pasos.

[11] 3º Este Sacramento puede reiterarse. — Sólo se puede dar una sola vez la Extremaunción en

una sola y misma enfermedad. Pero si el enfermo se recupera, cuantas veces cayere de nuevo en peligro de

muerte por enfermedad, otras tantas se le podrá administrar este sacramento.

Disposiciones para recibir la Extremaunción

[12] 1º Ante todo, como la Extremaunción es sacramento de vivos, hay que administrar antes el

sacramento de Penitencia, y siguiendo la costumbre constante de la Iglesia Católica, también el de la

Eucaristía.

2º Luego, se amonestará al enfermo a recibir dicho sacramento con la fe con que lo recibían

los que habían de ser sanados por los Apóstoles, a saber, buscando ante todo la salud del alma, y luego

la del cuerpo, y creyendo que Dios oye las oraciones que el sacerdote reza en nombre de Jesucristo.

3º Finalmente, cuando se acerque el momento en que empiezan a flaquear las fuerzas del alma y del

cuerpo, recibirán dicho sacramento santa y religiosamente.

Ministro de la Extremaunción

[13] «Llame a los presbíteros» (Sant. 5 14.): por ahí se indica que sólo los sacerdotes

legítimamente ordenados por los obispos mediante la imposición de las manos son los ministros de este

sacramento. Sin embargo, por disposición de la Iglesia Católica, a quien se ha encomendado este sacramento,

no es lícito a cualquier sacerdote administrarlo, sino sólo al cura propio que tenga jurisdicción, o a quien éste

concediere la facultad de ejercer este ministerio.

Frutos de la Extremaunción

[14] 1º Por este sacramento se comunica la gracia que perdona los pecados, sobre todo los

veniales; pues este sacramento no fue instituido en primer término para borrar los pecados mortales, efecto

que sólo producen por virtud propia el Bautismo y la Penitencia.

Libra al alma de la debilidad que contrajo con los pecados, y de todas las reliquias de

éstos. Gran ayuda es ésta, pues nada teme la humana naturaleza tanto como la muerte, y el temor de la muerte

queda agravado por la memoria de las faltas pasadas (Sab. 4 20.); además, mucho aflige al alma el

pensamiento del juicio de Dios, ante quien deberá comparecer dentro de poco. Por eso, este sacramento

infunde al alma una gran tranquilidad y un santo y piadoso gozo, para esperar con santa alegría la venida del

Señor y estar prontos a rendirle cuentas.

[15] 3º Da alientos al alma del enfermo para sufrir con más serenidad las molestias de la

enfermedad, y valor y fuerzas para resistir a las acometidas del demonio y rechazar con bríos sus

257astucias; ya que el demonio, que nos tienta durante toda la vida, en ningún momento nos acomete con tanto

empeño como en el momento postrero de la vida, para perdernos enteramente.

[16] 4º Finalmente, devuelve la salud del cuerpo si conviene; y si pocos enfermos la consiguen

en esta ocasión, es en parte, no por ineficacia del sacramento, sino por la poca fe de los que lo reciben, que

mueve a Dios a no obrar el milagro (Mt. 13 58.).

 

CAPÍTULO VI

DEL SACRAMENTO DE LA EXTREMAUNCIÓN

I. Por qué los Pastores deben tratar con frecuencia de este Sacramento.

604. Dándonos las Escrituras divinas este documento: ―en todas tus obras acuérdate de tus

postrimerías, y nunca jamás pecarás, tácitamente se advierte a los Párrocos, que en ningún tiempo han de

dejar de exhortar al pueblo fiel, a que se ocupe continuamente en la meditación de la muerte. Ahora bien, como

el Sacramento de la Extremaunción no puede menos de recordar este último día, por eso se ha de tratar de él

con frecuencia, tanto porque conviene en gran manera manifestar y explicar los misterios de las cosas

conducentes a la salvación, como también porque considerando los fieles la necesidad de morir en que todos

nos vemos, refrenen sus depravados apetitos. Con esto conseguirán que en vez de asustarles la memoria de la

muerte, den gracias inmortales a Dios, quien así como nos abrió la puerta para la verdadera vida por el

Sacramento del Bautismo, así también instituyó el Sacramento de la Extremaunción para que al salir de esta

vida mortal tuviésemos más suavizado el camino para el Cielo.

 

II. Por qué este Sacramento se llama Extremaunción.

605. A fin de exponer aquí las cosas que son más necesarias para esta explicación, con el mismo orden

que se ha guardado en los demás Sacramentos, conviene advertir en primer lugar que este Sacramento fué

llamado Extremaunción, porque de todas las sagradas unciones que nuestro Salvador y Señor encomendó a su

Iglesia, ésta es la última que debe administrarse. Por esto la llamaron también nuestros mayores Sacramento

de unción de enfermos, y Sacramento de moribundos, por cuyas expresiones fácilmente podrán los fieles

acordarse de aquel último trance.

 

III. La Extremaunción es verdadero Sacramento.

606. En primer lugar, ha de explicarse que la Extremaunción es verdadero y propio Sacramento. Esto

claramente se comprenderá atendiendo a las palabras con que el Apóstol Santiago promulgó la ley de este

Sacramento. ―¿Enferma, dice, alguno entre vosotros? Llame a los Presbiteros de la Iglesia, y llagan oración por

él, ungiéndole con óleo en nombre del Señor, y la oración de la fe sanará al enfermo, y lo aliviará el Señor, y si

está en pecados, se le perdonarán. Porque afirmando el Apóstol que se perdonan los pecados, en esto

mismo declara la virtud y naturaleza del Sacramento. Esta fué la doctrina perpetua de la Iglesia Católica

sobre la Extremaunción, como lo afirman muchos Concilios, y de tal manera lo declaró el de Trento, el cual

anatematizó a los que se atreviesen a enseñar o pensar de otra manera. Y también Inocencio encomienda en

gran, manera este Sacramento a los fieles.

 

IV. Aunque las unciones son muchas el Sacramento es uno.

607. Enseñarán, por lo mismo, constantemente los Pastores que la Extremaunción es verdadero

Sacramento, y no muchos sino uno, aunque se administre con muchas unciones, a cada una de las cuales se

han de aplicar propias oraciones y forma especial. Es uno, no en la continuación de partes que no pueden

dividirse, sino en la perfección, como lo son todos los demás compuestos que constan de muchas partes.

Porque así como una casa compuesta de muchos y diversos materiales sólo se perfecciona por una forma, asi

este Sacramento aunque se compone de varias cosas y palabras, con todo es una sola señal, y tiene la eficacia de

la única cosa que significa. Del misino modo enseñarán los Párrocos, cuales sean las partes de este Sacramento,

esto es, su materia y forma, pues no las omitió el Apóstol Santiago, y en cada una de ellas hay sus misterios que

notar.

 

V. Cuál es la materia de la Extremaunción.

608. El elemento, pues, o la materia de este Sacramento, como lo decretaron los Concilios, y

señaladamente el Tridentino, es óleo consagrado por el Obispo. Esto es, el licor exprimido, no de cualquier

materia pingüe o crasa, sino únicamente del fruto de las olivas. Y muy propiamente significa esta materia, lo

que interiormente se obra en el alma por virtud de este Sacramento. Porque así como el aceite es muy

provechoso para mitigar los dolores del cuerpo, así la virtud de este Sacramento disminuye la tristeza y dolores

del alma. El aceite también restituye la salud, causa alegría, alimenta la luz, y además de esto sirve mucho para

reparar las fuerzas del cuerpo fatigado. Todo lo cual declara lo que realiza en el enfermo la virtud divina por

medio de este Sacramento. Y esto baste acerca de la materia.

 

VI. Cual sea la forma, de este Sacramento.

609. La forma del Sacramento son las palabras y aquella oración solemne que hace el Sacerdote a cada

una de las unciones, cuando dice: Por esta, santa unción te perdone Dios todo lo que pecaste por los ojos, las

narices o el tacto”, etc. Y que esta sea la verdadera y propia forma de este Sacramento, lo significa el Apóstol

Santiago, cuando dice: “Y hagan oración por él, y la oración de la fe sanará al enfermo”. Con lo cual se puede

conocer que esta forma se debe pronunciar por modo de oración. Aunque no expresó el Apóstol las palabras

fijas que debían decirse, pero esto llegó nasta nosotros por fiel tradición de los Padres, de manera que todas

las Iglesias retienen esta forma de que usa la santa Iglesia de Roma, Madre y Maestra de todas. Porque si bien

algunos mudan algunas palabras, como en lugar de Indulgeat, dicen Bemittat, y el Parcat, y tal vez Sanet

quidquid commissisti, con todo, como en la substancia no hay variación ninguna, es manifiesto que se guarda

por todos religiosamente una misma forma.

 

VII. Por qué se dice esta forma por modo de oración.

610. Y nadie se admire de ver que solamente la forma de la Extremaunción consiste en palabras de

súplica o deprecación, siendo así que la de los demás Sacramentos, o bien significa lo que hace, como cuando

decimos: “Yo te bautizo, o Yo te sello por la señal de la Cruz”, o bien se pronuncia en estilo imperativo, como

cuando al administrar el Sacramento del Orden se dice: Recibe la potestad; lo cual se ordenó muy justamente.

Porque como este Sacramento se confiere, para que además de la gracia espiritual que comunica, restituya

también la salud a los enfermos y no siempre se sigue que mejoren, por eso se hace la forma a manera de

oración, a fin de que alcancemos de la benignidad de Dios, lo que no suele obrar con orden constante y siempre

la virtud del Sacramento. Se añaden también algunos ritos propios en la administración de este Sacramento,

pero la mayor parte consiste en oraciones que el Sacerdote hace para alcanzar la salud del enfermo, pues no

hay otro Sacramento que se administre con más oraciones, lo cual se hace en verdad con mucha razón, pues en

ese tiempo especialmente deben ser ayudados los fieles con piadosas súplicas. Y así todos los que se hallen

presentes, y especialmente los Párrocos, deben orar a Dios con todas veras, y encomendar con gran fervor a su

misericordia la salud y vida del doliente.

 

VIII. Quién es el Autor de este Sacramento.

611. Habiéndose ya demostrado que la Extremaunción debe contarse verdadera y propiamente en el

número de los sacramentos, es también consiguiente que su institución proceda de Cristo Señor nuestro, la

cual fué después expuesta y promulgada a los fieles por el apóstol Santiago. Si bien parece que el mismo

Salvador dio alguna prueba de esta unción, cuando envió sus discípulos de dos en dos delante de El. De ellos

escribió el Evangelista: “Y, saliendo, predicaban que hiciesen penitencia, y echaban muchos demonios, y

ungían con óleo muchos enfermos y sanaban”. Abora bien, esta unción sin duda se ha de creer, que no fué

inventada por los Apóstoles, sino mandada por el Señor, ni dotada tampoco de alguna virtud natural, sino

mística, y que más bien fué instituida para curar las almas, que para sanar los cuerpos. Así lo afirman los

Santos Doctores Dionisio, Ambrosio, Crisóstomo y Gregorio el Grande, de suerte que en manera ninguna se ha

de dudar que debe venerarse este Sacramento con sumo respeto, como uno de los siete de la Iglesia Católica.

 

IX. A quiénes se ha de administrar la Extremaunción.

612. Pero se ha de enseñar a los fieles, que si bien este Sacramento pertenece a todos, se exceptúan

algunos a quienes no se puede administrar. Primeramente se exceptúan los que están sanos y buenos. Pues a

estos no se ha de dar la Extremaunción, como lo enseña el Apóstol cuando dice: “Está enfermo alguno entre

vosotros”. Y la razón lo muestra: porque fué instituido, no sólo para remedio del alma, sino también del cuerpo,

y como sólo los que padecen enfermedad necesitan de curación, por eso no se debe administrar este

Sacramento, sino a los que parece están en tal peligro que es de temer les sobrevenga el último día, mas en esto

pecan gravísimamente los que para ungir al enfermo suelen aguardar aquel tiempo en que perdida ya toda

esperanza de salud, empieza a estar privado de vida y de sentidos. Pues es cierto que para recibir más

copiosamente la gracia del Sacramento, importa muchísimo ungir al enfermo con el sagrado óleo, cuando está

todavía en su entera razón y juicio, y pueda recibirle con fe y voluntad más devota.

Y por tanto han de advertir los Párrocos, que en aquel tiempo señaladamente han de aplicar esta

celestial medicina, la cual a la verdad siempre es muy saludable por sí misma, cuando entendieren será más

provechosa, acompañada de la piedad y devoción de aquellos que han de ser curados.

A ninguno, pues, que no padezca grave enfermedad es lícito administrarle este Sacramento, aunque se

halle en peligro de la vida, o porque emprende una navegación peligrosa, o porque entra en una batalla en

donde le amenaza una muerte cierta, o también porque sentenciado a pena capital es llevado ya el suplicio.

613. Asimismo todos los que carecen de uso de razón, no son aptos para recibir este Sacramento, como

ni los niñosque no cometieron pecado, cuyas reliquias sea menester curar con el remedio de este Sacramento.

Los locos y furiosos tampoco, sino es que alguna vez tuviesen uso de razón y mostrasen entonces piadosa

voluntad, y pidiesen ser ungidos con el sagrado óleo, pues el que nunca desde su nacimiento tuvo razón ni

juicio, no ha de ser oleado. Pero debe darse la santa Unción al enfermo que la pidió en su sano juicio, y después

cayó en algún delirio o frenesí.

 

X. Qué partes del cuerpo deben ser ungidas.

614. Mas no ha de ser ungido todo el cuerpo sino sólo aquellas partes que la naturaleza dio al hombre

como instrumentos de los sentidos, cuales son los ojos para ver, los oídos para oír, las narices para oler, la boca

para gustar y hablar, y las manos para tocar, porque si bien el tacto está repartido por todo el cuerpo, está más

vigoroso en sus manos. Este es el rito de ungir que retiene la Iglesia universal, el cual corresponde muy bien

a la naturaleza de este Sacramento, porque es a modo de medicina. Y como en las enfermedades del cuerpo,

aunque todo él esté enfermo, con todo eso sólo se aplica la curación a aquella parte de donde nace la

enfermedad, como de fuente y origen, así tampoco se unge todo el cuerpo, sino sólo aquellas partes, donde

reside principalmente la virtud de sentir. Y por eso se ungen los riñones que son como el asiento del deleite

sensual, y los pies que son el principio del movimiento de un lugar a otro.

 

XI. La Extremaunción puede reiterarse.

615. Pero acerca de esto es menester observar que en una misma enfermedad y estando el doliente en el

mismo peligro de muerte, sólo una vez ha de ser ungido. Pero si después de recibida esta unción convalece,

cuantas veces cayere en el mismo peligro, otras tantas se le puede aplicar el auxilio del mismo Sacramento

Todo lo cual nos demuestra que debe contarse por uno de aquellos Sacramentos que se pueden reiterar.

 

XII. De la disposición con que se debe recibir este Sacramento.

616. Y porque se debe procurar con la mayor diligencia, que ningún obstáculo impida la gracia del

Sacramento, y no habiendo nada que le repugne tanto como la conciencia de algún pecado mortal, se ha de

observar la costumbre perpetua de la Iglesia Católica, de que antes de la Extremaunción, se administren los

Sacramentos de la Penitencia y Eucaristía. Después procurarán los Párrocos persuadir al enfermo se ponga en

manos del Sacerdote para ser ungido con aquella fe, con la cual antiguamente se ofrecían a los Apóstoles, los

que habían de ser sanados por ellos. Primeramente se ha de pedir la salud del alma, luego la del cuerpo con la

condición de que ha de servir para su salvación. Y no duden los fieles que serán oídas por el Señor aquellas

santas y solemnes oraciones, que dice el Sacerdote no en su nombre sino en el de toda la Iglesia y en el de

Nuestro Señor Jesucristo. Y con esta consideración han de ser exhortados muy en particular a que cuiden se les

administre santa y devotamente el Sacramento de este tan saludable óleo, cuando advirtieren que van entrando

en lo más recio de la lucha, y que les van faltando las fuerzas, así del alma como del cuerpo.

 

XIII. Quién es el Ministro de este Sacramento.

617. Quien sea el Ministro de la Extremaunción, lo hemos aprendido del mismo Apóstol que promulgó

la ley del Señor, pues dice: ―Llame a los Presbíteros, y con este nombre no señala a los más avanzados en edad,

según lo declaró sabiamente el Concilio de Trento, ni a los que tienen el primer lugar en el pueblo, sino a los

Sacerdotes legítimamente ordenados por los Obispos mediante la imposición de manos. El Sacerdote, pues,

es el Ministro de este Sacramento. Mas por decreto de la Santa Iglesia no es lícito a cualquier Sacerdote

administrarle, sino al propio Párroco que tiene la jurisdicción, o a quien él concediere la facultad para

administrarle. Pero debe advertirse muy en particular que en esta administración, como en la de los demás

Sacramentos, representa el Sacerdote la persona de Cristo Señor Nuestro y la de la Santa Iglesia.

 

XIV. De los frutos de este Sacramento.

618. También han de explicarse con singular cuidado las utilidades que percibimos de este

Sacramento, para que si otro motivo no pudiese atraer a los fieles a su recepción, los mueva siquiera su

mismo interés, pues somos de tal condición, que casi todo lo medimos por nuestro provecho. Enseñarán, pues,

los Pastores que en este Sacramento se da la gracia que perdona los pecados, y en especial los leves que se

llaman veniales, porque los mortales se borran por el Sacramento de la Penitencia. Ni este Sacramento fué

primeramente instituido para perdonar pecados mortales. Sólo el Bautismo y la Penitencia obran esto por su

propia virtud.

619. Otra utilidad de la sagrada Unción consiste en librar el alma de la flaqueza y debilidad que contrajo

por los pecados, y de todas las demás reliquias de ellos. Y a la verdad ningún tiempo es más oportuno para esta

curación, que cuando nos vemos afligidos por una grave dolencia y nos amenaza peligro de la vida. Porque es

natural en el hombre no temer en las cosas humanas otra ninguna tanto como la muerte. Acrecienta sobre

manera este temor la memoria de las culpas pasadas, mayormente cuando atormenta la gravísima acusación de

nuestra conciencia, pues escrito está: ―Comparecerán llenos de espanto por el remordimiento de sus pecados,

y sus mismas iniquidades se levantarán contra ellos para acusarlos”.

620. Además de esto, les angustia con vehemencia el cuidado y consideración de que de allí a poco

deben presentarse ante el tribunal de Dios, quien ha de pronunciar sobre nosotros sentencia justísima, según

lo hubiéremos merecido. Muchas veces sucede, que atemorizados los fieles con este terror, se sientan acosados

de muy raros modos. Pero nada es tan provechoso para la serenidad de la muerte, como desechar la tristeza,

esperar con ánimo la venida del Señor, y estar apercibidos para volverle con toda voluntad nuestro depósito

siempre y cuando se sirviere pedirle. Pues el Sacramento de la Extremaunción es el que hace se libren

las almas de los fieles de esas inquietudes, y que su corazón experimente una alegría santa y piadosa.

 

XV. De las asechanzas del demonio en aquella hora.

621. Sobre todo lo dicho conseguimos también por este Sacramento otro beneficio, que con mucha

razón puede estimarse como el mayor de todos. Nunca el enemigo del linaje humano cesa de maquinar nuestra

muerte y ruina, mientras vivimos en este mundo. Pero en ningún tiempo emplea todo su esfuerzo con más furia

en perdernos del todo, y arrancarnos, si fuese posible, la esperanza en la misericordia de Dios, como al ver que

se acerca el último día de la vida. Por lo mismo se provee a los fieles de armas y fuerzas mediante este

Sacramento, con las cuales puedan destruir el esfuerzo y el ímpetu del enemigo, y hacerle vigorosa resistencia.

Porque con esa gracia se conforta y se alienta el alma del enfermo con la esperanza en la bondad de Dios, y

esforzado con ella, lleva con menos trabajo todas las molestias de la enfermedad, y burla más fácilmente las

artes y astucias del demonio que le acecha para derribarle.

 

XVI. Cómo este Sacramento da la salud, corporal.

622. Últimamente proporciona este Sacramento, si conviene, la salud del cuerpo. Y si en este tiempo la

consiguen pocos, esto a la verdad se ha de creer que sucede, no por defecto del Sacramento, sino de la poca fe

en la mayor parte de ellos que le reciben o de los ministros. Porque afirma el Evangelista886 que no hizo el

Señor muchas maravillas en su patria por la incredulidad de sus vecinos. Aunque también se puede decir con

verdad, que la Religión Cristiana, por lo mismo que está ya más arraigada en los corazones de los fieles,

necesita menos de estos auxiliares de los milagros, los cuales en los principios de la Iglesia parecían

indispensables. Con todo, acerca de esto debe excitarse en gran manera la fe. Pues como quiera que por

disposición y voluntad de Dios suceda en orden a la salud del cuerpo, siempre deben apoyarse en una firme

esperanza, de que por virtud de este sagrado Óleo conseguirán la salud espiritual, y que si salieren de esta vida,

reportarán el fruto de aquella tan soberana voz, que dice: “Bienaventurados los muertos que mueren en el

Señor”. Esto se ha dicho brevemente sobre el Sacramento de la Extremaunción. Mas, si los Párrocos

declarasen estas mismas verdades más extensamente y con la diligencia que conviene, no se ha de dudar que de

esta doctrina percibirán los fieles frutos muy abundantes de piedad.

 

 

EL SACRAMENTO DEL ORDEN

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Todos los sacramentos dependen del Sacramento del Orden, unos porque sin él no pueden hacerse

ni ser administrados, y otros porque sin él carecen de la ceremonia solemne y de cierto rito y culto religioso.

Por lo tanto, muy provechosa será la explicación de este sacramento: • ante todo para el mismo sacerdote, que

al ocuparse en dicha explicación, se moverá más a avivar la gracia que recibió por este Sacramento; • luego,

para los demás que pertenecen al estado eclesiástico, para excitarse en los mismos afectos de piedad, y para

prepararse convenientemente a la recepción de las sucesivas órdenes; • finalmente, para los fieles cristianos,

para que conozcan el honor de que son dignos los ministros de la Iglesia, y para que aquellos que quieren

escoger el estado eclesiástico lo hagan conociendo lo que a este estado se refiere.

Dignidad del Orden Sacerdotal

[2] No hay en la tierra dignidad mayor que la del Sacerdocio, porque quienes están revestidos de ella

representan en la tierra al mismo Dios, y en nombre suyo enseñan a los hom-bres la divina ley y el modo de

ordenar su vida. Por tener en este mundo la virtud y el poder de Dios inmortal, son llamados ángeles (Mal. 2

7.) y dioses (Ex. 22 28.). Y aunque en todo tiempo ha gozado el sacerdocio de la mayor dignidad, los sacerdotes

del Nuevo Testamento exceden muchísimo en honor a todos los demás, pues se les ha concedido una potestad

por encima de todo entendimiento, a saber, la de consagrar y ofrecer el cuerpo y la sangre de nuestro Señor, y

la de perdonar los pecados. Por eso:

[3] 1º A nadie se ha de imponer temerariamente la carga de funciones tan elevadas, sino

sólo a los que sean capaces de llevarla con una vida santa, con ciencia, con fe y con prudencia. «Nadie se

apropie esta dignidad si no es llamado por Dios» (Heb. 5 4.), esto es, si no ha sido llamado por los ministros

legítimos de la Iglesia; no habiendo nada más pernicioso para la Iglesia que los temerarios que se atreven a

apropiarse por sí mismos este ministerio (Jer. 23 21.).

[4] Por eso, sólo entran por la puerta de la Iglesia a estas elevadas funciones quienes abrazan este

género de vida proponiéndose servir la honra de Dios. Pero entran a este ministerio por otra parte, como

ladrones, no siendo llamados por la Iglesia, quienes se proponen un fin indigno, como su comodidad e interés,

o el deseo de honores y la ambición de riquezas o de beneficios. Esos tales, que se apacientan a sí mismos y no a

sus rebaños (Ez. 34 2 y 8.), son llamados mercenarios por nuestro Señor (Jn. 10 12.), y no sacarán del

Sacerdocio sino lo que sacó Judas de su dignidad en el Apostolado, a saber, la eterna condenación.

[5] 2º Quienes son llamados a tan gran dignidad deben sobresalir sobre los demás fieles,

sirviendo a Dios en santidad y justicia (Lc. 1 74-75.) al cumplir algún cargo en la Iglesia; pues a esta santidad

debe conducirlos el ejercicio del mayor y más excelente de los ministerios, cual es el de celebrar el Sacrificio de

la Misa por sí mismos y por el pueblo, enseñar de la ley divina al pueblo y administrar los Sacramentos.

La potestad de Orden

[6] La potestad en la Iglesia puede ser de dos clases: de orden y de jurisdicción.

La potestad de jurisdicción se ejerce sobre el cuerpo místico de Cristo, correspondiéndole regir y

gobernar al pueblo cristiano.

[7-8] 2º La potestad de orden se ejerce sobre el cuerpo físico de nuestro Señor en la Sagrada

Eucaristía. Esta potestad espiritual, ordenada al culto divino, hace que el sacerdocio de la Nueva Ley sea muy

superior, no sólo al de la Ley natural, sino también al sacerdocio mosaico o levítico; y confiere al sacerdote, no

sólo el poder de consagrar la Eucaristía, sino también la de preparar las almas de los fieles, haciéndolas idóneas

para recibirla, mediante el perdón de los pecados a través del sacramento de la Penitencia (Mt. 18 18; Jn. 20

21-23.).

Nombre del Orden Sacerdotal, y por qué es verdadero Sacramento

[9] Para ejercer esta potestad espiritual se consagran ciertos ministros con solemnes ceremonias; y esta

consagración es llamada sacramento del Orden o sagrada Ordenación, por ser el orden una disposición

determinada de cosas superiores e inferiores mutuamente relacionadas, y haber en este ministerio muchos

grados y cargos distintos, pero distribuidos y dispuestos por un sistema determinado.

264[10] El Orden Sagrado ha de tenerse ciertamente por Sacramento, porque sacramento es un

signo de cosa sagrada; ahora bien, en esta consagración se significa la gracia y potestad que se comunica al que

es consagrado. En efecto, el obispo, al entregar al ordenando un cáliz con vino y una patena con pan, le dice:

«Recibe la potestad de ofrecer el sacrificio por los vivos y los difuntos»; palabras que, unidas a la

materia, confieren la potestad de consagrar la Eucaristía e imprimen un carácter en el alma, según lo ha

enseñado siempre la Iglesia.

Ordenes de que consta este Sacramento

[11-12] Siendo el sacerdocio un ministerio tan grande, fue conveniente que, para que se lo ejerciese con

más dignidad y veneración, hubiese diversos grados de ministros que sirviesen por deber al sacerdocio, y por

los que se ascendiese a él progresivamente. Estos grados son siete, como siempre lo enseñó la Iglesia,

porque siete son los ministerios que se consideran necesarios para consagrar y administrar dignamente la

Eucaristía, a saber: • cuatro menores: Ostiario, Lector, Exorcista y Acólito; y tres mayores o sagrados:

Subdiaconado, Diaconado y Sacerdocio.

Primera Tonsura

[13] La primera Tonsura no es propiamente un Orden, sino una preparación para recibir los

Ordenes, por la que se significa que la persona tonsurada pasa a dedicarse enteramente al culto sagrado. En

efecto, al tonsurado se le da el nombre de «clérigo», por empezar a tener al Señor por su suerte y herencia, a la

manera de los levitas del Antiguo Testamento, a los cuales prohibió Dios que se les asignase tierra alguna, pues

El mismo sería su herencia (Deut. 10 9; 18 2.).

[14] El cortárseles entonces los cabellos en forma de corona, tonsura que deben siempre conservar y

agrandar a medida que van ascendiendo a un Orden superior, significa: • la corona de espinas de nuestro

Señor, de la que los ministros de la Iglesia deben gloriarse, indicando por ahí que también deben procurar

ostentar en todas las cosas la imagen y figura de Cristo nuestro Señor; • la dignidad regia de los que son

llamados a la herencia del Señor (I Ped. 2 9.); • una vida más perfecta, simbolizada por la forma circular, que

es la más perfecta de todas; • el menosprecio y separación del mundo y de todo lo superfluo.

Ordenes menores

[15] 1º Ostiario. — Es el primer grado del Orden. Sus oficios son: • cuidar de las llaves y de la puerta

del templo; • prohibir la entrada en él a quienes les está prohibido entrar, o son indignos; • procurar que nadie

se acerque al altar más de lo justo y estorbe al sacerdote que está celebrando la santa Misa; • encargarse de los

tesoros de la Iglesia y de los vasos sagrados.

[16] 2º Lector. — Es el segundo grado del Orden. A él le toca: • leer en la iglesia con claridad y

distinción los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, especialmente las lecciones de los Maitines; • enseñar al

pueblo los primeros rudimentos de la Religión cristiana.

[17] 3º Exorcista. — Es el tercer grado del Orden, al que se le confiere el poder de invocar el nombre

del Señor sobre los que están poseídos por los espíritus inmundos.

[18] 4º Acólito. — Es el cuarto grado del Orden. Es deber suyo: • acompañar y servir a los ministros

mayores en el ministerio del altar; • servir las luces cuando se celebra la santa Misa, y sobre todo cuando se lee

el Evangelio; por lo que también reciben el nombre de «ceroferarios»; • suministrar el vino y el agua para la

santa Misa.

Ordenes mayores

[19] 1º Subdiácono. — Es el primero de los Ordenes mayores. La importancia de este Orden se

manifiesta en que se le imponen ornamentos sagrados, en que le toca servir directamente en el altar, y en que

la Iglesia impone al clérigo por este Orden la ley de perpetua castidad, no pudiendo nadie ser admitido a él si

no promete voluntariamente guardar esta ley. Su cargo consiste en servir al Diácono, particularmente:

preparando los corporales, el pan y el vino necesarios para el sacrificio; por eso se le entregan en la

ordenación el cáliz con la patena y las vinajeras; • servir el agua al Obispo y al sacerdote, cuando se lava las

manos en el sacrificio de la Misa; • cantar la Epístola; • procurar que nadie perturbe al sacerdote que celebra.

265[20] 2º Diácono (Act. 6; Fil. 1 1; I Tim. 3 8 y 12.). — Es el segundo de los Ordenes sagrados, y su

ministerio es más santo. A él le incumbe: • ir siempre con el Obispo, acompañarle cuando predica y asistirle, a

él como al sacerdote, al celebrar la santa Misa o administrar otros sacramentos; • cantar el Evangelio en el

sacrificio de la Misa; • predicar o explicar el Evangelio en ausencia del Obispo o del sacerdote (Act. 5, San

Esteban; Act. 8, San Felipe.), pero no desde el púlpito, para indicar que no es cargo suyo propio. También le

pertenecía antiguamente: • exhortar con frecuencia a los fieles para que estuviesen atentos durante el sacrificio;

administrar la sangre del Señor en las iglesias en que los fieles comulgaban bajo las dos especies; • distribuir

los bienes eclesiásticos y proveer a cada uno de lo necesario para el sustento (Act. 6 2-3.); • investigar quiénes

vivían piadosamente y quiénes no, quiénes asistían a Misa y al sermón en los días preceptuados y quiénes no,

para informar de ello al Obispo y ser corregidos o exhortados; • leer públicamente los nombres de los

catecúmenos y presentar al Obispo a los que han de ser ordenados.

[21] Así, pues, los santos oficios que incumben al Diácono, los avisos del Apóstol (I Tim. 3 7-12.), los

ritos y ceremonias solemnes con que el Obispo ordena al Diácono, los ornamentos con que lo reviste, la

imposición de las manos y la entrega del libro de los Evangelios, nos dan a entender la gran virtud y rectitud de

costumbres de que debe estar revestido quien asciende a este grado, y el gran cuidado que debe ponerse en

apartar de él a quien sea indigno.

[22] 3º Sacerdote. — Es el tercero y superior de todos los Ordenes sagrados, al que los Padres suelen

distinguir con dos nombres: • el de «presbítero» o anciano, no tanto por la madurez de la edad como por la

gravedad de costumbres, instrucción y prudencia (Sab. 4 8-9.); • y el de «sacerdote», que significa «don

sagrado» o «dador de las cosas sagradas», por estar consagrados a Dios y por pertenecerles administrar los

sacramentos y cosas sagradas.

El grado del Sacerdocio

[23] 1º Clases de Sacerdocio, y cuál de ellas es Sacramento. — En las Sagradas Letras se

mencionan dos clases de Sacerdocio, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: interno el uno, externo

el otro.

a) El Sacerdocio interno consiste en ofrecer a Dios, mediante la fe inflamada por la caridad, sacrificios

espirituales en el altar del propio corazón, entre los que deben contarse las obras buenas y virtuosas dirigidas a

la gloria de Dios. Este Sacerdocio pertenece a todos los fieles, y en ese sentido se los atribuyen las Sagradas

Escrituras, particularmente a los justos, que por la divina gracia son miembros vivos del Sumo Sacerdote

Jesucristo (Sal. 50 19; I Ped. 2 5; Rom. 12 1; Apoc. 1 5-6.).

[24] b) El Sacerdocio externo, que consiste en el ministerio de Dios y del templo, no pertenece a todos

los fieles, sino sólo a determinados hombres, que ordenados y consagrados por Dios mediante la legítima

imposición de las manos, y con solemnes ceremonias de la Santa Iglesia, quedan dedicados a este ministerio

especial y sagrado. Unicamente este Sacerdocio externo es Sacramento; de él se trata aquí.

En el Antiguo Testamento existían también estas dos clases de Sacerdocio, pues, a pesar del Sacerdocio

interno de todos los fieles, Dios quiso reservarse la tribu de Leví para el servicio del templo (Ex. 28 29 y 40, y

todo el Lev.), prohibiendo formalmente que nadie de las tribus restantes osase arrogarse aquel ministerio

(Num. 3 10.) y castigando severamente a los violadores de esta prohibición (II Par. 26 19.).

[25] 2º Ministerios propios de los sacerdotes. — Por las ceremonias de la Ordenación, el

Sacerdote es constituido mediador entre Dios y los hombres, y ésta debe considerarse la misión principal del

Sacerdote. Por eso, es atribución propia del Sacerdote: • ofrecer a Dios el sacrificio de la Misa, para lo cual el

Pontífice unge sus manos con el santo Crisma y le entrega un cáliz con vino y una patena con hostia, dándole

por sus palabras el poder de ofrecer el santo Sacrificio a Dios por los vivos y por los difuntos; • administrar los

demás sacramentos, especialmente el de la Penitencia, recibiendo del Obispo el poder de perdonar y de retener

los pecados; • finalmente, enseñar la divina ley, no sólo con palabras, sino con el ejemplo de una vida santa.

[26] 3º Grados de dignidad y de potestad sacerdotal. — Aunque uno es el Orden sacerdotal,

tiene sin embargo varios grados de dignidad y de potestad:

a) El primer grado es el de los que simplemente se llaman Sacerdotes, cuyos ministerios se acaba de

explicar.

b) El segundo es el de los Obispos, los cuales tienen como misión regir a los demás ministros de la

Iglesia, al pueblo fiel a ellos encomendado, y mirar por su salvación eterna con gran celo y cuidado. Por ese

motivo se los llama también «Pastores» (Act. 20 28-30; I Ped. 5 2-4.) y «Pontífices» (pues así solían designar

los gentiles a los príncipes de los sacerdotes).

266c) El tercer grado es el de los Arzobispos, los cuales presiden a varios Obispos y tienen por lo tanto un

poder más extenso que el de éstos, aunque no se distinguen en nada de ellos por su ordenación.

[27] d) El cuarto grado es el de los Patriarcas, esto es, los primeros y supremos Padres. Cuatro son las

antiguas Sedes Patriarcales, en el siguiente orden de dignidad: Constantinopla, Alejandría, Antioquía y

Jerusalén.

[28] e) El Sumo Pontífice, que ha sido venerado siempre en la Iglesia Católica como Arzobispo, Padre y

Patriarca de todo el orbe, rige a la Iglesia universal como sucesor de San Pedro y como verdadero y legítimo

Vicario de Cristo; y por eso goza, por institución divina, del sumo grado de dignidad y de la supremacía de

jurisdicción, que se extiende a todos los fieles, Obispos y Prelados, cualquiera que sea su dignidad y

jurisdicción.

Ministro del Orden Sacerdotal

[29] Sólo el Obispo es ministro propio de los Ordenes sagrados, como fácilmente lo muestran

las Sagradas Escrituras, la constante tradición, el testimonio de todos los Santos Padres, los decretos de los

Concilios y la práctica de la Santa Iglesia. Y si se permitió a ciertos abades administrar alguna vez los Ordenes,

fueron sólo los menores, nunca los sagrados, y no como ministros propios de los mismos. Sólo el Obispo puede,

por lo tanto, ordenar a los Subdiáconos, Diáconos y Sacerdotes; y el Obispo es consagrado por tres Obispos,

según tradición apostólica guardada siempre en la Iglesia.

Sujeto del Orden Sacerdotal

[33] 1º No han de ser admitidos a la dignidad sacerdotal: • los niños ni los dementes, porque

carecen del uso de razón; • los esclavos, por no ser dueños de su persona; • los hombres sanguinarios y

homicidas, que son excluidos por la ley eclesiástica como irregulares; • los hijos que no han nacido de legítimas

nupcias, para que quienes administran las cosas santas no sean despreciados o desechados por los demás; • los

deformes o imperfectos por algún defecto notable en el cuerpo (Lev. 21 17-21.), porque esta deformidad o falta

de vigor no sólo produce aversión, sino que impide la administración de los sacramentos.

[30] 2º En cuanto a los que son aptos para recibir este Sacramento, hay que elegirlos con

especialísimo cuidado, pues este sacramento no se ordena sólo a la santificación personal de quien lo recibe,

como los otros seis, sino al servicio de la Iglesia y a la santificación de todos. Y así, se requiere en el Ordenando:

[31] a) Santidad de vida y de costumbres, por estar obligado a dar a los demás ejemplo brillante de

virtud y de inocencia (I Tim. 3 1-10; Tit. 1 5-9.).

[32] b) Ciencia necesaria (Mal. 2 7.); pues el sacerdote ha de poseer el conocimiento que es necesario

para el uso y administración de los sacramentos, que es uno de sus cargos, y para llevar al pueblo a la salvación

eterna, que es el segundo de sus cargos, instruyéndolo en las cosas necesarias para salvarse, como son los

misterios de la fe cristiana y los preceptos de la Ley de Dios, excitándolo a obras de virtud y de devoción, y

apartándolo de los vicios.

Efectos del Orden Sacerdotal

[34] 1º Confiere al ordenado la gracia santificante, por la que se hace idóneo para ejercer bien

su ministerio y administrar los sacramentos.

2º Confiere una potestad especial respecto a la Sagrada Eucaristía: plena en el Sacerdote,

que puede ya consagrarla; mayor o menor en los demás Ordenes, según que por ellos se aproxima uno más o

menos al Sacramento del altar.

3º Imprime carácter; esto es que los ordenados «in sacris» se distinguen de los demás fieles por

cierta señal interior impresa en el alma.

 

CAPÍTULO VII

DEL SACRAMENTO DEL ORDEN

I. Por qué deben los Párrocos explicar con gran diligencia la doctrina de este Sacramento.

623. Si alguno considerase detenidamente la naturaleza y condición de los demás Sacramentos,

fácilmente entenderá que todos ellos dependen del Sacramento del Orden, en tanto grado que sin él, en parte

no pueden celebrarse ni administrarse de modo alguno, y en parte vienen a carecer de las ceremonias solemnes

y del culto religioso. Por tanto, es necesario que los Pastores, siguiendo la doctrina comenzada de los

Sacramentos, crean muy de su cargo tratar también con gran diligencia del Sacramento del Orden.

624. Esta explicación será muy provechosa primeramente para ellos mismos, después para todo el

pueblo. Para ellos, pues, cuanto más trataren de esta materia, más se moverán a despertar en si la gracia que

consiguieron por este Sacramento. Para los que son llamados al estado Eclesiástico será provechoso, ya para

que se muevan con los mismos afectos de piedad, ya a íin de que se instruyan mejor en el conocimiento de

aquello que les facilite el camino para ascender a los demás grados; y por último a los demás fieles: lo primero,

porque entiendan de cuanto honor son dignos los ministros de la Iglesia, y además de esto porque muchas

veces acontece estar presentes muchos que ya por la esperanza destinaron sus hijos, aun todavía pequeños, al

ministerio de la Iglesia, o algunos que de su voluntad quieren seguir este género de vida, y no conviene ignoren

en manera alguna las cosas principales que este estado requiere.

 

II. No existe dignidad en la tierra más escelsa, que el Sacerdocio.

625. Primeramente, pues, se ha de enseñar a los fieles cuan alta sea la dignidad y excelencia de esta

institución, atendiendo a su grado supremo que es el Sacerdocio. Porque siendo los Obispos y Sacerdotes como

intérpretes y representantes de Dios que enseñan en su nombre la divina ley, y las reglas del bien vivir,

haciendo las veces del mismo Dios en la tierra, es manifiesto que es tan sublime su ministerio, que no se puede

imaginar otro más elevado. Por esto justamente son llamados no solo Ángeles, sino también Dioses, pues

tienen entre los hombres la virtud y poder de Dios inmortal. Y si bien en todo tiempo han obtenido la dignidad

suprema, con todo los Sacerdotes del nuevo Testamento aventajan mucho en honor a todos los demás. Porque

la potestad que se les confiere, así de consagrar y ofrecer el Cuerpo y Sangre de nuestro Señor, como de

perdonar pecados, no solo no tiene Igual ni semejante en la tierra, sino que excede toda capacidad e

inteligencia humana.

 

III. Quiénes son llamados al Sacerdocio y ministerios eclesiásticos.

626. Además de esto, así como nuestro Salvador fué enviado por el Padre, y los Apóstoles y

discípulos fueron enviados por Cristo Señor nuestro a todo el mundo, así cada día son enviados los Sacerdotes

dotados de la misma potestad que ellos, para la consumación de los Santos en la obra del ministerio para la

edificación del cuerpo de Cristo. A ninguno, pues, debe imponerse temerariamente la carga de tan alto oficio,

sino sólo a los que puedan sostenerla con la santidad de la vida, con la doctrina, fe y prudencia. “Porque

ninguno se tome el honor liara si, sino el que es llamado por Dios, como Aaron.” Y son llamados por Dios,

los que son llamados por los ministros legítimos de la Iglesia. Pues de los que se injieren e introducen con

arrogancia a sí mismos en este ministerio se ha de entender aquel dicho del Señor: ― Yo no enviaba, a los

Profetas, pero ellos corrían”, y esta es la más infeliz y miserable clase de hombres, y la más nociva a la

Iglesia de Dios.

 

IV. Quiénes reciben los sagrados órdenes con mala disposición.

627. Porque antes de comenzar cualquier acción, importa muellísimo atender al fin que cada uno se

propone, pues propuesto un buen fin, todo lo demás se sigue ordenadamente, he aquí lo que primero debe

advertirse a los que aspiran: a los sagrados órdenes: que no se propongan cosa indigna de tan excelente cargo.

Con tanta mayor diligencia se debe tratarse esto, cuanto más gravemente suelen en estos tiempos pecar los

fieles contra esta rectitud de intención. Porque unos se inclinan a este género de vida, para tener asegurado el

sustento y vestido necesario, de suerte que no parece atienden a otra cosa en el Sacerdocio sino la ganancia,

como se mira en el mundo cualquier oficio mecánico.

Aunque, según sentencia del Apóstol, ordena la naturaleza y ley divina: “Que quien sirve el altar, viva

del altar”, es con todo sacrilegio gravísimo llegarse al altar para conseguir intereses y ganancias. A otros

guía al orden Sacerdotal la ambición y apetito de honras. Otros quieren ordenarse para abundar en riquezas, de

lo cual es prueba clara que si no se les confiere algún beneficio pingüe de la Iglesia, ni se acuerdan siquiera de

los sagrados órdenes. Estos son los que Nuestro Salvador llama mercenarios, de quienes decía Ezequiel, que

se apacentaban a sí misinos, no a las ovejas, cuya vileza y perversidad no sólo obscurece el orden del

Sacerdocio, tanto que vienen a ser el oprobio y desecho en el pueblo cristiano, sino que hace también que no

consigan ellos mismos del Sacerdocio, sino lo que Judas de la dignidad del Apostolado, que fué su eterna

perdición. Solo, pues, de aquellos se dice con verdad que entran en la Iglesia por la puerta, que son llamados

legítimamente por Dios, y reciben los cargos Eclesiásticos por la única causa de servir al honor de Dios.

 

V. Cuánto deben aventajar los Sacerdotes a, los demás fieles.

628. Más por lo dicho no se ha de entender, que no esté impuesta a todos igualmente una misma ley.

Porque todos los hombres únicamente fueron creados para servir a Dios, y especialmente los fieles que han

conseguido la gracia del Bautismo lo deben cumplir con todo el corazón, con toda el alma y todas sus

fuerzas. Pero los que quieren consagrarse a Dios por el Sacramento del Orden, es menester que se

propongan, no sólo buscar en todo la gloria de Dios, lo cual es manifiesto que es común a todos y muy en

particular a los fieles, sino también que como destinados a algún ministerio cierto de la Iglesia le sirvan justa y

santamente.

Porque asi como en un ejército todos los soldados obedecen a las leyes del Emperador, pero entre ellos

uno es Capitán, otro Coronel, y otros ejercen otros oficios, así aunque todos los fieles deben seguir con todo

desvelo las obras de piedad e inocencia, con las cuales principalmente se sirve a Dios, con todo los que han

recibido el Sacramento del Orden, deben cumplir en la Iglesia algunos especiales cargos y oficios.

629. Porque ellos ofrecen sacrificios por sí y por todo el pueblo. Ellos enseñan las obligaciones de la

ley de Dios exhortando y moviendo a loe fieles a cumplirla con alegre y devota voluntad, y administran

los Sacramentos de Cristo Señor Nuestro, por los cuales se da y acrecienta toda gracia. Y en una palabra,

ellos son los que separados del resto del pueblo, se emplean en un ministerio el mayor, y más alto de todos.

Explicadas estas cosas pasarán los Párrocos a enseñar aquellas que son propias de este Sacramento, para que

entiendan los que quieren seguir el estado Eclesiástico, a qué suerte de oficio son llamados, y qué potestad es la

que se ha dado por Dios a la Iglesia y a sus Ministros.

VI. Naturaleza de la potestad eclesiástica.

630. Esta potestad es de dos clases: de Orden y de Jurisdicción. La potestad de orden tiene por objeto

el verdadero Cuerpo de Cristo Señor Nuestro en la Sacrosanta Eucaristía. Mas la potestad de jurisdicción toda

se emplea en el cuerpo mistico de Cristo, porque a ella pertenece gobernar y dirigir el pueblo cristiano, y

encaminarle a la celestial y eterna bienaventuranza.

 

VII. A qué se extiende la potestad de Orden.

631. Esta potestad de orden no sólo contiene virtud y facultad de consagrar la Eucaristía, sino que

dispone y prepara las almas para recibirla, y comprende todo lo demás que de cualquier modo pueda ordenarse

a la Eucaristía. Muchos testimonios de esto se pueden alegar de las Sagradas Letras, mas son señalados y de

mucho valor los que se leen en San Juan y en San Mateo. Porque dice el Señor: ―Así como el Padre me envió,

asi os envío yo. Recibid el Espíritu Santo: cuyos pecados perdonaréis, les serán perdonados, y los que

retuviereis, serán retenidos. Y: En verdad os digo: cuantas cosas atareis sobre la tierra, serán atadas en el

Cielo, y cuantas desatareis sobre la tierra, serán también desatadas en el Cielo”. Estos lugares declarados

por los Pastores, según la doctrina y autoridad de los Santos Padres, podrán ciertamente esclarecer en gran

manera esta verdad.

 

VIII. El Sacerdocio de la ley evangélica es en gran manera superior al de la ley natural y Mosaica.

632. Esta potestad aventaja muchísimo a la que en la ley natural se dio a ciertos hombres que tenían el

cuidado de las cosas sagradas. Porque también en aquella edad que antecedió a la ley escrita, era

necesario que tuviese Sacerdocio, y su potestad espiritual, pues tuvo ley. Y estas dos cosas afirma el Apóstol

que están enlazadas, que trasladada la una, es necesario se traslade la otra. Conociendo, pues, los hombres por

natural instinto que Dios debe ser adorado, era consiguiente que en cada estado se destinasen algunos al

cuidado de las cosas sagradas y al culto divino, cuya potestad en algún modo se dijese espiritual.

633. Tuvo también esta misma potestad el pueblo de Israel, y fué superior en dignidad a la que tenían

los Sacerdotes de la ley natural. Pero con todo se ha de tener por muy inferior a la potestad espiritual de la

ley evangélica. Pues esta es celestial, y aun excede toda virtud de los Ángeles. Y no trae su origen del sacerdocio

Mosaico, sino de Cristo Señor nuestro, que fué Sacerdote, no según Aarón, sino según el orden de Melquisedec.

Pues este Señor, quien tenía la suma potestad de dar la gracia y perdonar los pecados, la dejó asu Iglesia, aunque

limitada en virtud y ceñida a los Sacramentos. Y así para ejercerla, han sido instituidos y consagrados con religión

solemne determinados ministros, y esta consagración se llama Sacramento del Orden o sagrada ordenación.

 

IX. Qué es el Orden, y por qué se llama así este Sacramento.

634. Usaron los Santos Padres de esta voz Orden, la cual tiene una significación altísima, para dar a

entender la dignidad y excelencia de los ministros de Dios. Porque Orden, atendida su propia y rigurosa

significación, es una disposición de cosas superiores e inferiores colocadas entre sí, de manera que la una dice

relación u la otra. Mas como en este ministerio hay muchos lirados y varios oficios, y todos están distribuidos

colocados con gran ordenación, por eso el nombre de Orden es muy propio y conveniente para significar este

Sacramento.

 

X. El Orden es verdadero Sacramento.

635. Esta sagrada ordenación debe contarse entre los Sacramentos de la Iglesia, como lo comprobó el

Santo Concilio de Trento con la razón ya tantas veces aducida. Porque siendo el Sacramento señal de cosa

sagrada y significando lo que exteriormente se hace en esta consagración, la gracia y potestad que se da al que

es ordenado, claramente se sigue, que debe el Orden considerarse con toda verdad y propiamente Sacramento.

Y así entregando el Obispo al que es ordenado de Sacerdote el Cáliz con vino y agua, y la patena con pan, le

dice: “Recibe la potestad de ofrecer el Sacrificio, etc. Por cuyas palabras siempre enseñó la Iglesia, que al hacer

la entrega de la materia, se da la potestad de consagrar la Eucaristía, y se imprime en el alma el carácter, al cual

acompaña la gracia para desempeñar este oficio santa y legítimamente, según lo declara el Apóstol por estas

palabras: “Te amonesto que resucites la gracia de Dios que está, en ti por la imposición de mis manos. Por que

no nos ha dado Dios espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza”.

 

XI. Por qué hay en la lglesia varios órdenes de ministros.

636. Y ahora, sirviéndonos de las palabras del Santo Concilio, siendo cosa divina la administración de

tan alto Sacerdocio, a fin de que pudiera ejercerse más dignamente y con mayor veneración, fué muy justo que

en la ordenada distribución de la Iglesia, hubiese diversos órdenes de Ministros los cuales de oficio sirviesen al

Sacerdocio, y todos de tal modo dispuestos que aquellos que hubiesen ya recibido la tonsura clerical, subiesen a

las Ordenes mayores por las menores.

 

XII. Cuántas son las órdenes de Ministros, y cómo están repartidos.

637. Ha de enseñarse, pues, que todos estos órdenes se encierran en el número de siete, y que siempre

lo enseñó así la Iglesia Católica, cuyos nombres son: Ostiario, Lector, Exorcista, Acólito, Subdiácono, Diácono y

Sacerdote.

Y que este orden de Ministros esté de este modo rectamente señalado, se puede probar por aquellos

ministerios que parecen necesarios para e1 sacrosanto Sacrificio de la Misa, y para hacer y administrar la

Eucaristía , por cuya causa principalmente fueron instituidos. De estos unos son mayores que se llaman

también sagrados, y otros menores. Los mayores o sagrados son el Orden Sacerdotal, Diácono y Subdiácono: y

los menores el de Acólito, Exorcista, Lector y Ostiario. De cada uno de ellos se dirá alguna cosa, para que

tengan los Párrocos con que instruir, especialmente a los que hubiesen de recibir alguno.

 

XIII. Qué significa la Tonsura clerical y el nombre de Clérigo.

638. Se ha de empezar, pues, por la primera Tonsura, y de ella se ha de decir que es una preparación

para recibir los órdenes. Porque así como suelen disponerse los hombres para el Bautismo con los exorcismos,

y para el matrimonio con los esponsales, así se abre la puerta para el Sacramento del Orden cortándoles el

cabello y dedicándolos a Dios, pues así se declara cuáles deban ser los que han de ser adornados con los

Sagrados Ordenes.

Porque el nombre de Clérigo que entonces se le impone de nuevo, se deriva de que empieza a tener al

Señor por su suerte y heredad, como aquellos del pueblo Hebreo que rutaban destinados al culto divino, a los

cuales prohibió el Señor se señalase parte alguna de tierra en la de promisión, diciendo: “Yo soy tu porción y tu

heredad”. Aunque es común a todos los fieles, con todo es necesario convenga de una manera particular a los

que se consagraron al servicio de Dios.

 

XIV. Por qué se señala a los Clérigos con corona redonda.

639. Córtanse, pues, los cabellos en figura de corona, la cual perpetuamente se debe conservar, y según

va ascendiendo cada uno a grado superior, se debe ir agrandando su redondez. Y esto enseña la Iglesia que

viene por tradición de los Apóstoles. Porque de este modo de tonsurar hacen mención los Santos Dionisio

Areopagita, San Agustín y San Jerónimo, antiquísimos y gravísimos Padres.

Y se dice que el Príncipe de los Apóstoles fué el primero que introdujo esta costumbre en

reverencia de la corona de espinas que colocaron sobre la Cabeza de Nuestro Salvador, con fin de que sirviera a

los Apóstoles de honor y gloria lo que inventaron los impíos para ignominia y tormento de Cristo, y al mismo

tiempo dar a entender que los ministros de la Iglesia han de procurar en todo llevar la imagen y figura de Cristo

Señor nuestro.

641. Aunque algunos afirman que por esta señal se declara la dignidad regia, que parece con viene a los

que señaladamente son llamados a la suerte del Señor, pues lo que atribuye el Apóstol San Pedro a todo el

pueblo: “Vosotros sois el linaje escogido, el Sacerdocio real, la gente santa”, es manifiesto que por razón

particular y más propia pertenece a los Ministros Eclesiásticos.

642. Bien que no falte quien juzgue que por la figura circular, la cual es la más perfecta de todas, se

significa o la profesión de vida más perfecta que han abrazado los Clérigos, o que por cortarse el cabello, que es

en el cuerpo una cosa superflua, se declara el menosprecio de las cosas terrenas y el apartamiento de todos los

cuidados humanos.

 

XV. Del Oficio del Ostiario.

643. Después de la primera Tonsura, el primer grado que se acostumbra subir es el orden del Ostiario.

Su oficio es guardar las llaves y la puerta del templo, y no dejar entrar en él a los que lo tuvieren prohibido.

Asistía también al Santo Sacrificio de la Misa con el fin de cuidar de que ninguno se acercase al altar más de lo

que debía, y estorbase al Sacerdote que la celebraba. Otros ministerios igualmente le eran encomendados,

como se puede ver por los ritos con que se hace su consagración. Porque el Obispo tomando del altar las llaves,

y entregándolas al que quiere ordenar de Ostiario, le dice: “Obra como quien ha de dar cuenta a Dios de las

cosas que están custodiadas debajo de estas llaves”. Se conoce que fué muy grande antiguamente en la Iglesia

la dignidad de este orden, por lo que en ella vemos aun en estos tiempos. Porque el oficio de Tesorero, que al

mismo tiempo era guarda de la Sacristía y pertenecía a los Ostiarios, todavía es considerado por uno de los más

honrados de la Iglesia.

 

XVI. Del Orden y oficio del Lector.

644. El segundo grado del Orden es el oficio del Lector. A éste pertenece leer en la Iglesia con voz clara y

distinta los libros del antiguo y nuevo Testamento, y especialmente aquellos que se suelen leer en la salmodia

nocturna. Era también de su cargo enseñar a los fieles los primeros rudimentos de la religión cristiana. Y así el

Obispo entregándole en su ordenación a presencia del pueblo el libro donde están escritas las cosas

pertenecientes a este ministerio, le dice: “Toma, y sé relator de la palabra de Dios, para que si fiel y útilmente

cumplieres tu oficio, tengas parte con aquellos que administraron bien la, palabra de Dios desde el principio”.

 

XVII. Del orden y oficio de los Exorcistas.

645. El tercer orden es el de los Exorcistas, a los cuales se da la potestad de invocar el nombre del Señor

sobre los que están poseídos de espíritus inmundos. Por esto al ordenarlos el Obispo, les da el libro donde están

los Exorcismos, diciendo estas palabras: “Toma, y encomiéndalo a la memoria, y ten potestad de imponer las

manos sobre los energúmenos, sean bautizados, o sean catecúmenos.

 

XVIII. Del orden y cargos de los Acólitos.

646. El cuarto y último grado de todos los que se dicen menores y no sagrados, es el de los Acólitos. Su

oficio es acompañar y servir en el ministerio del altar a los ministros mayores, Diácono y Subdiácono. Además

de esto llevan y guardan las luces cuando se celebra el Sacrificio de la Misa, y especialmente cuando se canta el

Evangelio, y por esto se llaman por otro nombre Ceroferarios. Así, cuando son ordenados por el Obispo, se

acostumbró guardar estos ritos: lo primero después de advertirles con cuidado su oficio, da a cada uno su vela

diciendo así: “Recibe el Candelero con la vela, y sepas que estás destinado para encender las luces de la

Iglesia en el nombre del Señor”. Luego; le entrega las vinajeras vacías con las que se sirve el vino y agua para el

Sacrificio, diciendo: “Recibe las vinajeras para llevar el vino y agua para la Eucaristía de la sangre de Cristo,

en el nombre del Señor”.

 

XIX. Del orden y oficio del Subdiácono.

647. De los menores y no sagrados órdenes de que se ha tratado hasta aquí, se pasa y se asciende

legítimamente a los mayores y sagrados. El primer grado de éstos es el de Subdiácono, cuyo oficio consiste,

como el mismo nombre lo declara, en servir al Diácono en el altar. Porque debe preparar las cosas necesarias

para el Sacrificio, como son corporales, cáliz, patena y vino. También da el agua al Obispo y al Sacerdote

cuando se lavan las manos en el Sacrificio de la Misa. Canta asimismo la Epístola, la cual antiguamente se leía

en la Misa por el Diácono, y asiste como testigo del Sacrificio, cuidando que nadie perturbe al Sacerdote en la

celebración.

648. Pero esto que pertenece al ministerio del Subdiácono, se puede conocer por las solemnes

ceremonias que se hacen en su consagración. Porque primeramente advierte el Obispo que está impuesta a esta

orden la ley de perpetua castidad914, y declara que ninguno será admitido al orden de los Subdiáconos, si no

estuviere resuelto de su libre voluntad a aguardar esta ley. Luego después de acabada la solemne oración de las

Letanías, enumera y explica cuáles sean los cargos y funciones de este oficio.

Hecho esto cada uno de los que se ordenan, recibe del Obispo el Cáliz y la sagrada Patena, y del

Arcediano (para que se entienda que el Subdiácono sirve al Diácono en su oficio), recibe las vinajeras llenas de

vino y agua, junto con una palangana y una toalla con que se limpian las manos, diciendo el Obispo: “Mirad

qué ministerio se os entrega, por tanto os amonesto que os portéis de manera, que podáis agradar a Dios”. Y

además de esto se añaden otras oraciones. Por último, habiendo el Obispo puesto al Subdiácono , las vestiduras

sagradas, aplicando a cada una de ellas sus propias palabras y ceremonias, le entrega el libro de las Epístolas, y

dice: “Recibe el libro de las Epístolas, y ten potestad de leerlas en la santa Iglesia de Dios, así por los vivos

como por los difuntos”.

 

XIX. Del orden y oficio del Diácono.

649. El segundo grado de los sagrados órdenes le tiene el Diácono, cuyo ministerio es de más amplitud y

siempre fue tenido por más santo. Porque a él pertenece seguir perpetuamente al Obispo, guardarle cuando

está predicando, y asistirle; también ayuda al Sacerdote cuando celebra o administra otros Sacramentos, y

canta el Evangelio en el Sacrificio de la Misa. Antiguamente exhortaba muchas veces a los fieles para que

estuviesen átenlos durante el Santo Sacrificio de la Misa. Administraba también la Sangre del Señor en aquellas

Iglesias en donde era costumbre que los fieles comulgasen en ambas especies. Estaba, además de esto,

encomendada al Diácono la distribución de los bienes eclesiásticos, a fin de que procurase a cada uno lo

necesario para su sustento.

650. Asimismo, pertenece al Diácono (que es como los ojos del Obispo) averiguar quiénes vivan en la

ciudad piadosa y cristianamente, y quiénes al contrario; quiénes asistan y quiénes falten en los tiempos debidos

a la Misa y sermón, para que dando cuenta de todo al Obispo, pueda éste exhortar y amonestar a cada uno en

secreto, o corregirle y reprenderle en público, según entendiere ser más provechoso. Debe también enumerar

los nombres de los Catecúmenos, y presentar al Obispo los que han de ser ordenados. Puede también explicar

el evangelio cuando está ausente el Obispo y el Sacerdote, mas no desde el pulpito, a fin de que se entienda que

ésta no es acción propia de su oficio.

 

XXI. Cualidades que deben reunir los elegidos para Diáconos.

651. Cuan gran cuidado se deba poner para que ninguno indigno de tal cargo ascienda a este sagrado

Orden, lo mostró el Apóstol, declarando a Timoteo las costumbres, virtud e integridad del Diácono.

Suficientemente lo declaran también los ritos y solemnes ceremonias con que le consagra el Obispo. Porque

usa de más oraciones y más santas que en la ordenación del Subdiácono, y añade otros ornamentos de

vestiduras sagradas. Igualmente le impone las manos, según leemos lo hicieron los Apóstoles cuando

instituyeron a los primeros Diáconos. Finalmente le entrega el libro de los Evangelios, y le dice: ―Recibe la

potestad de cantar el Evangelio en la Iglesia de Dios, asi por los vivos como por los difuntos, en el nombre del

Señor.

 

XII. Dignidad del Sacerdocio.

652. El tercero y supremo de todos los sagrados órdenes es el Sacerdocio. Con dos nombres suelen

llamar los antiguos Padres a los que lian ascendido al mismo. Porque unas veces los llaman Presbíteros, que en

griego significa lo mismo que ancianos; no sólo por la madurez de la edad, que es muy necesaria para este

orden, sino mucho más por la gravedad de costumbres, y por la doctrina y prudencia, pues como está escrito:

La ancianidad venerable no es la de larga vida, ni la que se cuenta por número de años: sino que la

prudencia del hombre suple por las canas, y es edad anciana la vida inmaculada”. Otras veces los llaman

Sacerdotes, ya porque están consagrados a Dios, y ya por pertenecer a ellos la administración de los

Sacramentos, y tratar las cosas sagradas y divinas.

 

XXIII. De cuántas clases es el Sacerdocio, así de la ley nueva, como de la antigua.

653. De dos sacerdocios nos hablan las Escrituras Sagradas: uno interno, y otro extemo. Uno y otro se

debe distinguir, para que puedan explicar los Pastores de cuál se trata en este lugar. Pues por lo que se refiere

al Sacerdocio interno, todos los fieles después de bautizados se dicen Sacerdotes, y en especial los justos, que

tienen el Espíritu de Dios, y que por el beneficio de su divina gracia son constituidos miembros vivos del Sumo

Sacerdote Jesucristo. Porque éstos, mediante la fe inflamada por la caridad, ofrecen a Dios hostias espirituales

en el altar de su corazón. Y de este género de sacrificio son todas las obras buenas y virtuosas relativas a la

gloria de Dios. Por esto leernos en el Apocalipsis: “Cristo nos lavó de nuestros pecados en su sangre, y nos hizo

reino y Sacerdotes para Dios y su Padre”.

Conformé a esto dijo el Príncipe de los Apóstoles: “Vosotros como piedras sois edificados casa

espiritual y Sacerdocio Santo, para ofrecer sacrificios espirituales y agradables a Dios por Jesucristo”. Y el

Apóstol nos amonesta: “Que presentemos nuestros cuerpos Hostia viva, santa y agradable a Dios, de modo

que sea razonable nuestro obsequio”. Y mucho antes había dicho David: “Sacrificio es para Dios el espíritu

contribulado: el corazón contrito y humillado no le despreciarás, Señor”. Todo esto es manifiesto que

pertenece al Sacerdocio interno.

 

XXIV. Además del Sacerdocio interno, existe también el externo.

654. El Sacerdocio externo no conviene a todos los fieles, sino a determinados hombres, los cuales

instituidos y consagrados a Dios por la imposición legítima de las manos, y las solemnes ceremonias de la

Iglesia, son destinados a cierto particular y sagrado ministerio. Esta diferencia de Sacerdocios puede

observarse también en la ley antigua. Pues poco há se vio que habló David del interno. Y acerca del externo

nadie puede ignorar los muchos preceptos que dio el Señor a Moisés y Aarón. Además de esto señaló toda la

tribu de Levi para ministerio del Templo, y por ley prohibió que ninguno de otra tribu se atreviese al ejercicio

de aquellas funciones. Y por haber usurpado el Rey Ozías el oficio Sacerdotal, fué castigado por Dios con

lepra y pagó con penas gravísimas su arrogancia y sacrilegio. Pudiendo, pues, ver clara en la ley Evangélica la

misma distinción de Sacerdocios, se enseñará a los fieles, que aquí se trata del Sacerdocio externo, el cual está

conferido a determinados hombres. Este tan sólo pertenece al Sacramento del Orden.

 

XXV. Cuáles son los ministerios propios del Sacerdote.

655. El ministerio del Sacerdote consiste en ofrecer sacrificios a Dios, y administrar los Sacramentos de

la Iglesia, según puede verse, por los ritos de su consagración. Porque el Obispo cuando instituye a uno

Sacerdote, primeramente le impone las manos junto con los demás Sacerdotes que se hallan presentes.

Después colocándole la Estola en el cuello, se la ajusta delante del pecho en forma de Cruz, con lo cual se

declara que el Sacerdote es vestido con virtud de lo alto, para que pueda llevar la Cruz de Cristo Señor nuestro,

y el yugo suave de su divina ley, y enseñarla no sólo con palabras, sino con el ejemplo de una vida empleada

santísimamente.

Luego le unge las manos con el sagrado Crisma, y después le entrega el Cáliz con vino, y la Patena con

la hostia, diciéndole: “Recibe la potestad de ofrecer sacrificios a Dios, y de celebrar Misas, asi por vivos como

por difuntos”. Con estas ceremonias y palabras es constituido intérprete y medianero entre Dios y los hombres.

Y éste se ha de tener por ni cargo principal del Sacerdote. Por último imponiéndole segunda vez las manos

sobre la cabeza, dice: “Recibe el Espíritu Santo, cuyos pecados perdonares serán perdonados, y los que

retuvieres serán retenidos”. Y le da aquel celestial poder de retener y perdonar los pecados que dio el Señor a

sus discípulos. Todos estos son los oficios principales y propios del Orden Sacerdotal.

 

XXVI. Aunque el orden del Sacerdocio es uno, hay en él varios grados de dignidad y potestad.

656. Mas este Orden, aunque es uno solo, tiene con todo varios grados de dignidad y potestad.

El primero es el de aquellos que absolutamente se llaman Sacerdotes cuyos oficios están ya declarados.

657. El segundo es el de los Obispos, que son los que presiden en cada uno de los Obispados, para

gobernar no sólo a los demás ministros de la Iglesia sino al pueblo fiel, y mirar por su virtud con sumo desvelo

y cuidado. Por esto las Sagradas Escrituras los llaman muchas veces Pastores de ovejas, cuyo cargo y oficio

declaró San Pablo en aquel sermón que hizo a los de Efeso, como leemos en los Hechos de los Apóstoles.

Asimismo San Pedro dio una regla divina del mismo Episcopado, a la cual si procuran conformarse los

Obispos, sin duda alguna serán buenos Pastores, y reputados por tales. Estos mismos Obispos se llaman

también Pontífices, cuyo nombre fue tomado de los gentiles, quienes acostumbraron llamar Pontífices a los

Príncipes de los Sacerdotes.

658. El tercer grado es el de los Arzobispos los cuales presiden a muchos Obispos, y se llaman

igualmente Metropolitanos, por ser Prelados de aquellas ciudades que se tienen por matrices de aquella

Provincia. Por esto tienen lugar superior, y potestad más amplia que los Obispos, aunque lo tocante a la

ordenación en nada se diferencian de ellos.

659. En el cuarto grado se colocan los Patriarcas, esto es, los primeros y supremos Padres.

 

XXVII. De las antiguas Sedes Patriarcales.

660. Antiguamente había en toda la Iglesia cuatro patriarcas además del Sumo Pontífice, si bien no

todos iguales en dignidad.

Porque el de Constantinopla, aunque fué el último a quien se concedió este honor, con todo alcanzó el

lugar más elevado por la majestad del Imperio.

El segundo es el de Alejandría, cuya Iglesia fundó el Evangelista San Marcos por ordenación del

Príncipe de los Apóstoles.

El tercero es el de Antioquía en donde colocó San Pedro primeramente su Sede.

Ocupa el último lugar el de Jerusalén, cuya Iglesia gobernó Santiago, hermano del Señor.

 

XXVIII. El Romano Pontífice por derecho divino es superior a todos los Obispos.

661. Sobre todos estos siempre ha venerado la Iglesia Católica al Sumo Pontífice Romano, a quien en

el Concilio de Efeso llama San Cirilo Alejandrino: “Arzobispo, Padre y Patriarca de toda la redondez de la,

tierra”. Porque está sentado en la Cátedra de San Pedro Príncipe de los Apóstoles, y en la que consta que lo

estuvo hasta el fin de su vida. Reconoce en él la Iglesia el sumo grado de dignidad y la amplitud de jurisdicción,

dada no por algunas Sinodales o por otras constituciones humanas, sino por Dios. Por tanto es Padre y Prelado

de todos los fieles, de los Obispos, y de todos los demás Prelados, de cualquier dignidad y potestad que fueren.

Y así preside la Iglesia universal como sucesor de San Pedro, y Vicario verdadero y legítimo de Cristo Señor

nuestro. Por lo dicho enseñarán los Pastores cuáles sean los principales cargos y oficios de los órdenes y grados

Eclesiásticos, y quien sea también el ministro de este Sacramento.

 

XXIX. Quién sea el Ministro legítimo del Sacramento del Orden.

662. Es cierto que esta administración pertenece al Obispo. Fácil es probar esto con la autoridad de las

sagradas letras, la certísima tradición, el testimonio de todos los Padres, los decretos de los Concilios y el uso y

costumbre de la Santa Iglesia.

Pues si bien alguna vez se ha permitido a algunos Abades administrar las órdenes menores, y no

sagradas, con todo ninguno duda que éste sea propio oficio del Obispo, el cual solamente él y nadie más puede

conferir los demás órdenes que se llaman mayores y sagrados. Pues sólo él ordena a los Subdiáconos,

Diáconos y Sacerdotes. Y los Obispos por tradición de los Apóstoles, la cual perpetuamente se ha guardado en

la Iglesia, son consagrados por tres Obispos.

 

XXX. Quiénes deben ser admitidos al Sacerdocio.

663. Digamos ahora los que son hábiles para recibir este Sacramento, y sobre todo el orden Sacerdotal,

cuales son las cualidades principales que en ellos se requieren. De esto se deducirá fácilmente lo que ha de

observarse cuando se haya de admitir a los demás Órdenes según la dignidad y oficio de cada una de ellas. La

cautela con que debe precederse en la admisión a este Sacramento, es fácil reconocerla tenido presente que los

demás Sacramentos confieren la gracia para la santificación y uso de aquellos que loa reciben, mas los que

reciben los sagrados órdenes se hacen participantes de la gracia divina para que mediante su ministerio se

atienda a la Iglesia, y por lo mismo a la salud de todos los hombres. Esta entendemos haber sido la causa de no

celebrarse los sagrados órdenes sino en días señalados, en los cuales también se ordenan ayunos solemnes por

costumbre antiquísima de la Iglesia Católica, a fin de que el pueblo fiel alcance de Dios con piadosas y santas

oraciones que aquellos Ministros de las cosas sagradas, sean lo más hábiles para desempeñar con rectitud y

utilidad de la Iglesia la potestad de tan alto ministerio.

 

XXXI. De la pureza de vida y costumbre, que se requieren en el Ordenando.

664. Primeramente, pues, es menester que quien ha de ser promovido al Sacerdocio sea muy

recomendable por la integridad de su vida y costumbres, no sólo porque si procura o permite ser ordenado

con conciencia de pecado mortal, comete un nuevo gravísimo delito, sino también porque debe iluminar a

todos con el ejemplo de su vida virtuosa e inocente. Sobre esto se ha de declarar por los Pastores lo que manda

el Apóstol a Tito y a Timoteo, enseñando al mismo tiempo que aquellos defectos corporales los cuales por

mandato de Dios excluían a alguno en la ley antigua del ministerio del altar, en la ley evangélica se deben

aplicar principalmente a los vicios del alma. Por esto vemos que se guarda en la Iglesia la santa costumbre de

que aquellos que han de ser ordenados, procuren primero con gran cuidado limpiar su alma por medio del

Sacramento de la Penitencia.

 

XXXII. De la ciencia que debe tener el Sacerdote.

665. Requiérese, además de esto, en el Sacerdote que sepa no sólo aquello que pertenece al uso y

administración de los Sacramentos, sino también que esté tan instruido en la ciencia de las Escrituras

sagradas que pueda enseñar al pueblo los misterios de la fe cristiana y los preceptos de la ley divina,

estimular a los fieles a la virtud y piedad, y apartarlos de los vicios. Porque dos son los cargos del Sacerdote: el

primero hacer y ad ministrar bien los Sacramentos, el otro instruir al pueblo que tiene a su cargo en aquellos

documentos y reglas que son necesarias para la salvación. Así habla el Profeta Malaquías: “Los labios del

Sacerdote guardarán la ciencia, y de su boca se ha de saber la ley, porque es el Ángel del Señor de los

Ejércitos”. Y si bien puede cumplir con el primero de esos deberes con una mediana ciencia, el otro requiere

ciertamente una doctrina no vulgar sino exquisita. Aunque no se pide igualmente en todos los Sacerdotes una

misma ciencia de cosas profundas, sino la que puede bastar a cada uno para las funciones del oficio y

ministerio que tiene a su cargo.

 

XXXIII. Quiénes deben ser excluidos de este Sacramento.

666. Mas no debe darse este Sacramento a los niños y furiosos o dementes, pues carecen de uso de

razón. Aunque si se les administrase se ha de tener por cierto que imprimiría en su alma el carácter del

Sacramento. A qué año de edad deba esperarse para cada uno de los Ordenes, es fácil conocerlo por los

decretos del Concilio Tridentino.

667. También son excluidos los esclavos, pues no debe ser dedicado al culto divino quien no es dueño de

sí y está sujeto a potestad ajena. Tampoco deben ser admitidos los hombres derramadores de sangre y

homicidas, porque están excluidos y son irregulares por ley de la Iglesia. Asimismo los espurios, y todos

aquellos que no han nacido de legítimo matrimonios, pues conviene que los consagrados a Dios nada tengan en

sí que con razón les haga despreciables.

668. Últimamente deben ser desechados los deformes y defectuosos por algún vicio notable del cuerpo,

porque esta fealdad y falta, además de ofender, es preciso que impida la administración de los Sacramentos.

 

XXXIV. De los efectos principales de este Sacramento.

669. Expuestas ya estas cosas, resta que enseñen los Pastores cuales sean los efectos de este

Sacramento, pues es cierto que el Sacramento del Orden aunque principalmente tiene por objeto la utilidad y

hermosura de la Iglesia, según ya se dijo, con todo también causa en el alma del que le recibe la gracia de la

santificación, con la cual se hace apto y hábil para cumplir rectamente su oficio y administrar bien los

Sacramentos, del mismo modo que por la gracia del Bautismo nos hacemos aptos para recibir los demás

Sacramentos.

670. Es manifiesto igualmente que se da otra gracia por este Sacramento, que es aquella potestad

especial que se ordena al Sacramento Santísimo de la Eucaristía. En el Sacerdote es completa y perfecta, ya que

sólo él puede consagrar el Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor; pero en los ministros de inferiores órdenes es

mayor o menor, según que cada uno por su grado se acerca mas o menos a los Sacramentos del altar. Esta se

llama también carácter espiritual, por cuanto los que están adornados con los sagrados órdenes, se distinguen

de los demás fieles por cierta señal interior impresa en el alma y están destinados al culto divino. A esto parece

que aludió el Apóstol cuando dijo a Timoteo: “No quieras tener ociosa la gracia que hay en ti, la cual se te dio

por inspiración divina con la imposición de las manos del presbiterado” . Y en otra parte: ―Yo te amonesto

que despiertes la gracia de Dios que hay de ti por la imposición de mis manos”.

Esto baste acerca del Sacramento del Orden. Pues sólo hemos atendido a indicar a los Pastores los

principales puntos, para procurarles argumentos con los cuales puedan enseñar e Instruir al pueblo fiel en la

cristiana piedad.

 

EL SACRAMENTO DE MATRIMONIO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Nada más feliz puede acontecer a los fieles que vivir en continencia, entregados por completo a la

contemplación de los bienes celestiales. Pero cada uno recibe de Dios su propio don (I Cor. 7 7.). Por eso,

estando dotado el Matrimonio de grandes bienes, y contándose entre los demás sacramentos de la Iglesia,

mucho provecho se seguirá para el pueblo cristiano si los fieles conocen cuanto se refiere a su dignidad y a sus

deberes, según la doctrina de San Pedro (I Ped. 3 1-7.) y San Pablo (I Cor. 7; Ef. 5 22-33; Col. 3 18-19; Rom. 7

1-3.); al contrario, la ignorancia en esta materia les será causa de muy graves pérdidas y daños.

Nombre del Matrimonio

[2] Este sacramento recibe los nombres de: • matrimonio (de «matris munus», oficio de madre),

porque la mujer debe casarse principalmente para ser madre, es decir, para concebir, dar a luz y criar a los

hijos; • unión conyugal (de «coniungere», unirse bajo un mismo yugo), porque la mujer se une a su marido

como con un yugo; • y nupcias (de «nubere», cubrirse con un velo), porque las doncellas, por pudor, se

cubrían con un velo, con el cual se significa a la vez la obediencia y sumisión que deben a sus maridos.

Naturaleza del Matrimonio

[3] 1º Definición. — El Matrimonio es la unión marital de un hombre y de una mujer, entre personas

legítimas, constituyendo una sociedad indisoluble:«unión»: pues si bien en el Matrimonio perfecto hallamos

el consentimiento interno, el contrato externo expresado verbalmente, la obligación y el vínculo que nacen de

este contrato, y la unión carnal de los cónyuges por la que se consuma el Matrimonio, su esencia y razón se

contiene sólo en la obligación y el vínculo, significados por la palabra «unión», y no en las demás; • «marital»:

para diferenciarlo de los demás contratos en que hombres y mujeres se obligan a ayudarse mutuamente por

interés material u otros fines; • «entre personas legítimas»: porque no pueden contraerlo quienes se hallan

absolutamente excluidos por las leyes de la unión conyugal; • «constituyendo una sociedad indisoluble»: pues

hombre y mujer quedan sujetos por un vínculo indisoluble.

[4, 8] 2º El vínculo conyugal. — De lo dicho se deduce que la esencia del Matrimonio consiste en el

vínculo; y que el consentimiento sólo se requiere como causa eficiente del Matrimonio, como enseñó el

Concilio de Florencia. Por eso, no se requiere la unión carnal para que haya Matrimonio, pues el Matrimonio

no se constituye por la cópula carnal, sino por el consentimiento.

[5-7] 3º El consentimiento matrimonial. — El consentimiento que se requiere para constituir el

Matrimonio debe ser: • mutuo: pues el Matrimonio no es una simple donación, sino un contrato recíproco; por

lo que no basta el consentimiento de uno solo; • expresado con palabras: pues si bastara el consentimiento

interno, muchos quedarían casados aun antes de manifestarse su voluntad por escrito o por terceras personas,

lo cual es contrario a las leyes de la Iglesia y al bien de la sociedad; sin embargo, en lugar de las palabras,

pueden bastar a veces señas o gestos, mientras indiquen claramente el consentimiento interior; • que

signifiquen tiempo presente: pues el Matrimonio no es una mera promesa, para la cual bastan palabras de

futuro, sino una verdadera transmisión de derechos por la que el marido entrega a la mujer y la mujer al

marido el dominio del propio cuerpo, para la cual se requieren palabras de presente.

[9] El Matrimonio, así definido, debe ser considerado bajo un doble aspecto: como contrato natural, en

cuanto que se funda en la naturaleza y es un deber de ésta; y como sacramento, en cuanto que fue

perfeccionado por la gracia.

El matrimonio como contrato natural

[10] 1º Su institución. — El Matrimonio fue instituido por Dios que, al crear al primer hombre, quiso

darle una ayuda semejante a él; por eso creó a la mujer de una de sus costillas, se la entregó para que formaran

una sola carne, y les dio el precepto de procrearse y multiplicarse (Gen. 1 27-28; 2.).

[11] 2º Su indisolubilidad. — Dios, al instituir el Matrimonio, le puso un lazo perpetuo e indisoluble:

«Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mt. 19 6.); pues por naturaleza le conviene, y lo exige la

educación de los hijos y los demás bienes del Matrimonio, que su vínculo sea indisoluble.

[13-14] 3º Causas de la institución del Matrimonio. — Las razones por las que deben casarse el

hombre y la mujer son las siguientes: • la misma inclinación entre los dos sexos, apetecida por la naturaleza,

con el fin de socorrerse mutuamente y poder llevar más suavemente, ayudado el uno por el otro, las molestias

de la vida y las debilidades de la vejez; • el deseo de tener hijos para educarlos en la fe y religión verdadera:

esto es lo que principalmente se proponían los Santos Patriarcas cuando se casaban, como claramente se ve por

las Sagradas Letras (Tob. 6 16-17 y 22.); y ésta fue la única causa por la que Dios instituyó el Matrimonio al

principio del mundo (Gen. 1 28.); de donde se deduce cuán grave es el pecado de los que, unidos en

matrimonio, impiden la concepción o promueven el aborto; • después del pecado, una tercera razón justifica la

unión matrimonial: que sea un remedio para la concupiscencia (I Cor. 7 2 y 5.).

[12] Sin embargo, el Matrimonio no obliga a todos. Las palabras de Dios: «Creced y multiplicaos»

(Gen. 1 28.) declaran por qué causa se instituyó el Matrimonio, pero no imponen obligación a todos y a cada

uno de los hombres; pues ahora, propagado ya el género humano, no tan sólo no hay ley que obligue a nadie a

casarse, sino que, según el testimonio de las Escrituras, es más perfecto guardar virginidad (Mt. 19 11-12; I Cor.

7 25-40.).

El Matrimonio como Sacramento

[15] 1º Dignidad del Matrimonio como Sacramento. — El Matrimonio, como Sacramento, tiene

una condición más excelente y un fin más elevado que el Matrimonio como contrato natural. En efecto: • su fin

ya no es sólo propagar el género humano, sino también engendrar y educar la prole en el culto y la religión del

verdadero Dios; • Dios ha querido que esta santa unión entre el hombre y la mujer sea una señal cierta de la

unión estrecha existente entre Cristo y la Iglesia (Ef. 5 22-32.), pues entre los lazos que unen entre sí a los

hombres, ninguno los estrecha más que el vínculo conyugal; y por eso las Sagradas Letras proponen

frecuentemente a nuestra consideración la unión de Cristo con la Iglesia por medio de la semejanza de las

bodas (Mt. 22 2; 25 10; Apoc. 19 7.).

[16-17] 2º Por qué el Matrimonio tiene razón de verdadero Sacramento. — La Iglesia,

apoyada en la autoridad de San Pablo, que al exponer el simbolismo del matrimonio cristiano dice: «Gran

Sacramento es éste, mas yo lo digo con respecto a Cristo y a su Iglesia» (Ef. 5 22-32.), enseñó siempre como

cosa cierta e indudable que el Matrimonio es Sacramento. En efecto, como San Pablo, en dicho texto, compara

el varón a Cristo, y la mujer a la Iglesia, dedúcese que la unión del varón y de la mujer, instituida por Dios, es

un signo sagrado del vínculo santísimo con que Cristo nuestro Señor está unido a su Iglesia. Y que asimismo

por este Sacramento se significa y da la gracia, claramente lo afirma el Concilio de Trento (Dz. 969.).

[18-19] 3º Superioridad del Matrimonio cristiano sobre los demás matrimonios. — Cuán

superior es el sacramento del Matrimonio a los matrimonios que se celebraron antes y después de la Ley de

Moisés, se deduce de dos motivos:

a) Porque estos matrimonios carecían de la virtud sacramental, aunque gozaban entre los gentiles de

cierto carácter sagrado, y entre los judíos contenían mayor santidad que entre los gentiles por tener como

motivo la propagación del linaje del pueblo escogido, del que había de nacer el Mesías. El Matrimonio de la Ley

evangélica, en cambio, goza de la dignidad y virtud sacramental.

b) Porque tanto en la Ley natural como en la Ley mosaica, el matrimonio decayó pronto de la

grandeza y honestidad de su primer origen; pues varios antiguos patriarcas, durante la Ley natural, tuvieron a

un mismo tiempo varias mujeres (Gen. 4 19; 22 20-24; 29 22.); igualmente, en la Ley de Moisés se permitió

repudiar a la propia mujer y casarse con otra (Deut. 24 1.). Pero en la Ley evangélica Cristo abolió el repudio de

la propia mujer y restableció el Matrimonio en su primitivo estado de unidad e indisolubilidad: • unidad, esto

es, el Matrimonio quedó circunscrito a la unión solamente de dos, no de más (Mt. 19 4-6.); • indisolubilidad,

esto es, no se puede dejar a la primera mujer para unirse a otra (Mt. 19 9; Mc. 10 11; Lc. 16 18.).

[20-22] 4º Indisolubilidad del Matrimonio cristiano. — Cristo afirma que «quien se separa de

su mujer y vive con otra comete adulterio» (Mt. 19 9.); por su parte, San Pablo declara que la mujer está ligada

a su marido mientras éste viva (I Cor. 7 39.), y que no se separe de él, o si se separa, permanezca sin casarse o

vuelva a reconciliarse con él (I Cor. 7 10-11.). Por donde queda claro que el vínculo conyugal sólo puede

disolverse por la muerte de uno de los cónyuges. Y esta indisolubilidad era conveniente por los siguientes

motivos: • para que los hombres busquen en la esposa más la virtud que la riqueza o la hermosura corporal;

porque si el hombre tuviese alguna posibilidad de separarse de su esposa, cualquier pretexto bastaría para

ello; mientras que así, faltándole toda esperanza de casarse con otra mujer, será menos propenso a la ira y a la

discordia, y hará esfuerzos más fácilmente para volver a la vida conyugal si alguna vez llega a separarse de su

285mujer. Por esta última razón, quien se separó de su cónyuge por haberle sido infiel, ha de tratar de reconciliarse

con él y perdonarlo si estuviese arrepentido de su pecado, según el consejo de San Agustín.

[23-25] 5º Bienes del Matrimonio. — Tres son los bienes del matrimonio, que compensan las penas

que conlleva (I Cor. 7 28.) y revisten de honestidad el comercio carnal, reprobable fuera del matrimonio: • el

primero es la prole, esto es, los hijos que se tienen de la mujer propia y legítima, por los cuales se santificará la

mujer, engendrándolos y educándolos (I Tim. 2 15; Eclo. 7 25.); • el segundo es la fidelidad por la que

mutuamente se obligan el marido con su mujer y la mujer con su marido, entregándose mutuamente el

dominio sobre el propio cuerpo, prometiendo no faltar nunca a este sagrado pacto (Gen. 2 24; Mt. 19 5; I Cor. 7

4; Ef. 5 31.), y amándose santamente, como Cristo amó a la Iglesia (Ef. 5 25.); • el tercero es el vínculo

matrimonial, que jamás puede disolverse (I Cor. 7 10.), porque significa la unión de Cristo con la Iglesia, que es

indisoluble.

[26] 6º Deberes de los cónyuges.a) Es deber del marido: • tratar a su mujer con agrado y

dignidad, esto es, como compañera (Gen. 2 18; 3 12.); • estar siempre ocupado en el ejercicio de alguna

profesión honesta, para proveer al sustento de la familia y para no afeminarse por la ociosidad; • gobernar

rectamente su casa, corregir las costumbres de todos y hacer que todos cumplan con su deber.

[27] b) Es deber de la esposa: • obedecer a su marido, vivir sujeta a él (I Ped. 3 1-6.), y agradarlo en

todo, no amando ni estimando a nadie más que a él después de Dios; • educar a los hijos en la Religión; • cuidar

diligentemente de las cosas domésticas, no saliendo de casa si la obligación no las obliga a ello, ni sin la licencia

de su marido.

Ritos e impedimentos del Matrimonio

[28-30] Los párrocos deben enseñar también los ritos que han de observarse al contraer Matrimonio y

los impedimentos para el mismo. Y recordarán frecuentemente a los fieles que no son válidos los matrimonios

clandestinos, esto es, los que no se contraen en presencia del párroco o de otro sacerdote legítimamente

delegado, y de cierto número de testigos.

Disposiciones para contraer Matrimonio

[31-32] De lo dicho se deduce que los fieles deben contraer matrimonio con singular pureza de

intención y devoción extraordinaria, pensando que emprenden un negocio divino, y no humano. Además, se

exhortará muy especialmente a los hijos de familia a que, por respeto a sus padres o tutores, no contraigan

matrimonio sin saberlo ellos y mucho menos contra su voluntad.

Uso del Matrimonio

[33-34] Dos cosas se inculcarán a las almas cristianas, con lenguaje que manifieste especial gravedad y

pureza de conceptos: • la primera, que no deben hacer uso del matrimonio por deleite o sensualidad, sino

según los fines prescritos por Dios (I Cor. 7 29.); • la segunda, que se abstengan algunas veces del uso

matrimonial para orar a Dios, especialmente cuando se hacen los ayunos solemnes de Cuaresma, como

sabiamente lo enseñaron nuestros Santos Padres; y al menos tres días antes de recibir la Sagrada Eucaristía.

 

CAPÍTULO VIII

DEL SACRAMENTO DEL MATRIMONIO

I. Por qué deben los Pastores explicar con frecuencia la doctrina de este Sacramento.

671. Debiendo ser el principal cuidado de los Pastores que la vida del pueblo cristiano sea santa y per-

fecta, habían de querer en gran manera lo que escribía el Apóstol a los de Corinto, que deseaba él por estas

palabras: “Me alegrara que todos fueseis tales como yo mismo”.

Esto es, que todos practicaran la virtud de la continencia. Porque en esta vida no podrían experimentar

cosa más feliz los fieles, que desasido el corazón de todos los cuidados del mundo, serenado y reprimido todo el

bullicio de la carne, se dedicasen solamente a la práctica de la virtud, y en la meditación de las cosas divinas.

Mas como según afirma el mismo Apóstol: ―Cada uno tiene su propio don de Dios, unos de una, manera y otros

de otra; y asimismo estando dotado el Matrimonio de grandes y divinos dones, de suerte que verdadera y

propiamente se cuente entre los Sacramentos de la Iglesia Católica, y nuestro Salvador honró con su presencia

la solemnidad de las bodas, todo esto nos demuestra del modo más evidente que debe predicarse esta

doctrina, mayormente pudiendo advertir que así San Pablo como el Príncipe de los Apóstoles dejaron escrito

cuidadosamente en muchos lugares lo que pertenece no sólo a la dignidad sino también a los deberes del

Matrimonio.

Porque inspirados por el Espíritu de Dios, entendían muy bien cuantas y cuán grandes utilidades

podrían provenir a la sociedad cristiana, si tuvieran los fieles bien conocida la santidad del Matrimonio y la

guardasen sin mancilla alguna, como al contrario, si esta dignidad se ignora o desestima, las muchas y grandes

calamidades y desventuras que se acarrean a la Iglesia. Por tanto primeramente se explicará la naturaleza y

condición del matrimonio, pues disfrazándose no pocas veces los vicios con apariencia de virtud, es necesario

procurar que los fieles no sean sorprendidos por una falsa idea del Matrimonio, y de esta suerte manchen sus

almas con torpezas y liviandades abominables. Y para declararlo se ha de empezar por la significación del

nombre.

 

II. Por qué esta, santa unión se llama Matrimonio.

672. El Matrimonio se llama así porque la mujer principalmente se debe casar para ser madre, o porque

es propio de la madre concebir, dar a luz y criar los hijos. Se llama también Junta, de juntarse, por cuanto la

legítima mujer y el varón quedan unidos como con un yugo. Además se le da el nombre de Nupcias o

Velaciones, porque como dice S. Ambrosio las doncellas a causa del rubor se cubrían con un velo. Y esto

también parece declaraba que debían estar sujetas y obedientes a los maridos.

 

III. Definición del Matrimonio.

673. Esto supuesto, por unánime sentencia de los teólogos se define así: “El Matrimonio es una unión

maridable del hombre y la mujer entre personas legitimas que observan una sociedad inseparable de vida”.

Para que se entiendan con más claridad las partes de esta definición, ha de enseñarse que si bien en el

matrimonio perfecto hay todas estas cosas, conviene saber: consentimiento interno, pacto externo, expresado

con palabras, la obligación y vínculo que nacen de ese pacto, y la unión de los casados, por la cual se consuma el

matrimonio; con todo nada de esto tiene propiamente virtud y naturaleza de matrimonio, sino aquella

obligación y lazo que se significó por el nombre de unión.

Añádese: maridable, porque las demás clases de contrato con que se obligan hombres y mujeres a hacer

alguna cosa unos por otros, o por dinero o por otros motivos, están muy lejos de la esencia de matrimonio.

Sigúese luego entre personas legítimas; pues los que por las leyes están del todo excluidos de la unión conyugal,

no pueden contraer matrimonio, ni aunque le contraigan es válido, como por ejemplo los parientes dentro del

cuarto grado, el joven antes de los catorce años, y la doncella antes de los doce, que es la edad establecida por

las leyes, no pueden ser hábiles para contraer matrimonio legítimo. Y lo que en último lugar se dice: Que

observan una sociedad inseparable de vicia, declara la naturaleza del lazo indisoluble, con que quedan unidos

el hombre y la mujer.

 

IV. En qué consiste la esencia del Matrimonio.

674. Por lo dicho se ve claro que la naturaleza y esencia del matrimonio consiste en este lazo. Pues si

bien otras definiciones de varones muy esclarecidos parece que atribuyen esto al consentimiento, como cuando

dicen, que el matrimonio es consentimiento del hombre y la mujer, esto debe entenderse de manera que el

consentimiento sea la causa eficiente del matrimonio, según lo enseñaron los Padres del Concilio Florentino,

pues la obligación y enlace no puede nacer sino del consentimiento y del pacto.

 

V. Qué consentimiento se requiere, y cómo debe declararse.

675. Mas lo sobre todo indispensable es que el consentimiento se exprese con palabras .que señalen el

tiempo presente. Porque el matrimonio no es una simple donación, sino un pacto recíproco. Y así el

consentimiento de uno solo no puede ser suficiente para constituir matrimonio, sino que es necesario sea

mutuo de los dos entre sí. Y para declarar este reciproco consentimiento de la voluntad, es evidente que son

necesarias palabras. Porque si pudiera haber matrimonio por solo el consentimiento interno sin manifestarse

exteriormente, parece se. seguía que si estuvieran dos en lugares muy distantes y diversos, y consintieran en

casarse, quedarían ya unidos con la ley del matrimonio verdadero y estable, antes que el uno declarase al otro

su voluntad por cartas o mensajeros ; lo cual sin duda está fuera de razón, y de la costumbre y decretos de la

santa Iglesia.

 

VI. Debe el consentimiento expresarse con palabras de presente.

676. Se dice, por lo tanto, muy bien que el consentimiento se de expresar con palabras que señalen el

tiempo presente, pues las que señalan el futuro, prometen matrimonio, pero no le hacen. Es también evidente

que las cosas venideras no existen aún; y lo que no existe, no es posible que tenga firmeza o estabilidad. Y así

ninguno tiene derecho conyugal en aquella mujer, a quien prometió que contraería matrimonio con ella, y no se

efectuó luego lo prometido; pero queda obligado a lo prometido, y si no lo hace, es reo de infidelidad. Mas, el

que se unió mediante el contrato del matrimonio, aunque después le pese, con todo no puede mudar, anular, ni

deshacer lo hecho. Siendo, pues, la obligación del matrimonio, no una mera promesa, sino tal enajenación que

el hombre por el mismo hecho da a la mujer, y en justa correspondencia da la mujer al hombre el dominio de

su cuerpo, por eso es necesario que se contraiga el matrimonio con palabras que señalen el tiempo presente,

cuya fuerza permanece aun después de pronunciadas, y tienen obligado a uno y a otro con un lazo indisoluble.

 

VII. En lugar de palabras pueden suplir las señales.

677. En lugar de palabras pueden ser suficientes para el matrimonio las señales y muestras que

claramente manifiesten el consentimiento Interno, y aun el mismo silencio también, como si la doncella no

responde por vergüenza, pero responden por ella sus padres.

 

VIII; Para el verdadero Matrimonio no se requiere el uso del mismo.

678. Por lo dicho enseñarán los Párrocos a los fieles que la naturaleza y fuerza del matrimonio consiste

en el vínculo y obligación, y que para darse matrimonio legítimo, además del consentimiento expresado del

modo ya dicho, no es necesario el uso del mismo. Pues claramente consta que los primeros Padres fueron

unidos con matrimonio verdadero antes del pecado, y en este tiempo no existió entre ellos comercio carnal

alguno, como los Padres afirman. Por lo mismo dijeron los Santos Padres que no consistía el matrimonio en el

uso, sino en el consentimiento. Esto leemos repetidas veces en San Ambrosio en el libro que escribió a la

Vírgenes.

 

IX. Del Matrimonio como contrato y como sacramento.

679. Explicado ya esto, se ha de enseñar que el matrimonio tiene doble aspecto. Porque debe

considerarse o como unión natural, pues el matrimonio no fué inventado por los hombres, sino por la

naturaleza, o como Sacramento, cuya virtud sobrepuja la de las cosas naturales. Y como la gracia es la que

perfecciona la naturaleza ya que no es primero lo espiritual, sino lo que es animal, y después lo que es

espiritual pide el orden de las cosas, que se trate primero del matrimonio, según que le establece la

naturaleza, y es oficio suyo, y que después se explique lo que le es propio según que es Sacramento.

 

X. El Matrimonio como oficio de la naturaleza fué instituido por Dios.

680. Primeramente, pues, se ha de enseñar a los fieles, que el matrimonio fué instituido por Dios.

Porque en el Génesis está escrito: ―Varón y hembra los crió Dios, y les dio su tundición, y dijo: Creced y

multiplicaos”. Y: ―No es bien que el hombre esté solo, hagámosle un ayudador semejante a él. Y poco

después: ―Mas no se hallaba para Adán ayuda o compañero a él semejante. Por tanto el Señor Dios infundió

en Adán un profundo sueño; y mientras estaba dormido, le quitó una de las costillas, y llenó de carne aquel

vacío. Y de la costilla aquella que había sacado de Adán, formó el Señor Dios una mujer; la cual puso delante

de Adán. Y dijo o exclamó Adán: esto es hueso de mis huesos, y carne de mi carne; se llamará, pues, Hembra,

porque del hombre ha nido sacada. Por cuya causa dejará el hombre a su padre y a su madre, y estará unido

a. su mujer; y los dos vendrán a ser una sola, carne”. Todo esto demuestra que el matrimonio fué instituido

por Dios, como el mismo Señor lo declaró por San Mateo.

 

XI. El Matrimonio aun como oficio de la naturaleza es indisoluble.

681. Mas, no solamente instituyó Dios el matrimonio, sino que, como declara el Santo Concilio de

Trento, le añadió el nudo de una perpetua indisolubilidad. Y así dijo el Salvador: “Lo que Dios juntó no lo

separe el hombre”. Pues aunque convenga el matrimonio, no poder ser

disuelto, aun esta indisolubilidad se afirma más en cuanto es Sacramento, ya que por esto consigue una suma

perfección en las mismas cosas que le son propias por ley natural. Si bien es verdad que repugna así al deber de

la educación de los hijos, como a todos los demás bienes del matrimonio, que su vínculo sea disoluble.

 

XII. No obliga a todos la ley del matrimonio.

682. Mas lo que dijo el Señor: “Creced y multiplicaos”, se ordena a declarar la causa de haber instituido

el matrimonio, no a imponer necesidad a cada uno de los hombres. Porque ahora multiplicado ya el linaje

humano, no sólo no hay ley alguna que obligue a casarse, sino que antes bien se recomienda en gran manera la

virginidad, y se aconseja a todos en las Escrituras sagradas, como más excelente que el estado del matrimonio,

y que contiene en sí mayor perfección y santidad. Porque así nos enseñó nuestro Salvador y Señor: “El que

pueda guardarla, guárdela”. Y el Apóstol dice : “Por lo tocante a las Vírgenes no tengo mandamiento del

Señor, pero doy consejo, como que he conseguido del Señor misericordia para ser fiel”.

 

XIII. Por qué causas se debe contraer el Matrimonio.

683. También han de declararse las causas por las que deben juntarse el hombre y la mujer. La primera

es la misma compañía de ambos sexos, apetecida por instinto de la naturaleza, y formada con la esperanza del

auxilio recíproco, de que ayudado el uno por el favor del otro, puedan llevar más fácilmente los trabajos de la

vida, y soportar la flaqueza de la vejez.

684. La segunda es el deseo de la procreación, no tanto para dejar herederos de sus bienes y riquezas,

cuanto por educar seguidores de la verdadera fe y religión. Este era el fin que señaladamente se proponían

aquellos Santos Patriarcas cuando se desposaban, como podemos ver en las Sagradas Letras. Así, avisando el

Ángel a Tobías de qué manera podría rechazar la fuerza del demonio, le dijo: ―Yo te mostraré quiénes son

aquellos, contra los cuales puede prevalecer el demonio. Aquellos que toman el matrimonio de suerte que

excluyan de sí y de su alma a Dios, y se entrenan a la liviandad como el caballo y el mulo que no tienen

entendimiento; sobre éstos tiene potestad demonio”. Luego añadió: “Recibirás la doncella con temor de

Dios por amor de los hijos, mas que llevado de liviandad, para que en él linaje de Abraham consigas la

bendición en los hijos”. Y esta fué también la causa porque Dios instituyó en el principio del mundo el

matrimonio.

Por tanto es gravísima la maldad de aquellos casados, que o impiden con medicinas la concepción, o

procuran aborto. Porque esto se debe tener por una cruel conspiración de homicidas.

 

XIV. Por qué se instituyó el matrimonio después del pecado.

685. La. tercera causa se añadió a las otras después de la caída del primer Padre, cuando por haberse

perdido la justicia original, en que fué criado el hombre, comenzó el apetito a rebelarse contra la recta razón.

Así, el que reconociendo su flaqueza, no quiera sufrir la lucha de la carne, se valga del remedio del matrimonio,

para evitar los pecados de lujuria. Acerca de lo cual escribe así el Apóstol: Para evitar la fornicación cada

uno tenga su mujer, y cada mujer su marido” . Poco después habiendo enseñado que algunas veces se han

de abstener los casados del uso conyugal, para darse a la oración, añadió: “Luego volved a juntaros en uno,

porque no os tiente Satanás a causa de vuestra, incontinencia”.

Estas son, pues, las causas de las cuales debe proponerse alguna quien quiera contraer matrimonio

honesta y virtuosamente, como corresponde a hijos de Santos. Así a estas causas se añadieren otras que

muéven a los hombres a tomar este estado, y en la elección de la mujer anteponer una a otra, como son el deseo

de dejar heredero, las riquezas, la hermosura, la nobleza, y la semejanza de costumbres; estas, y otras razones

parecidas, ciertamente no se han de reprobar, pues no se oponen a la santidad del matrimonio, ni en las

sagradas Letras es reprendido el Patriarca Jacob por haber querido más a Raquel que a Lía aficionado de su

hermosura. Y esto se enseñará del Matrimonio según que es unión natural.

 

XV. Por qué Cristo elevó el Matrimonio a la dignidad de Sacramento.

686. Del Matrimonio en cuanto es Sacramento, es menester explicar que su naturaleza es mucho más

excelente, y que se ordena a un fin mucho más alto. Porque así como el matrimonio en cuanto es unión natural,

fué instituido desde el principio para que se propagase el linaje humano, así se le dio después la dignidad de

Sacramento, a fin de que se multiplicase y educase el pueblo para el culto y religión del verdadero Dios y

Salvador nuestro Jesucristo. Pues queriendo su Majestad darnos alguna señal cierta de la estrechísima unión

que hay entre El y la Iglesia, y de su inmenso amor para con nosotros, declaró la dignidad de tan alto

misterio señaladamente por este santo enlace del hombre y la mujer.

687. Puede conocerse cuán propia sea esta significación, porque entre todas las conexiones humanas,

ninguna une más los hombres entre sí como el lazo del matrimonio, de modo que el marido y la mujer están

unidos entre sí con una muy grande caridad y benevolencia. Y por eso con mucha frecuencia las sagradas

Escrituras nos proponen la divina unión de Cristo y la Iglesia con la semejanza de las bodas.

 

XVI. El Matrimonio es verdadero Sacramento.

688. Ahora bien, que el matrimonio sea sacramento, siempre lo profesó la Iglesia como cosa cierta y

fuera de duda, confirmada con la autoridad del Apóstol. Porque escribe así a los de Efeso: “Los maridos deben

amar a su mujeres como a sus mismos cuerpos. Quien ama a su mujer, a sí mismo se ama. Ciertamente que

nadie aborreció jamás a su propia carne; antes bien la sustenta y cuida, así como también Cristo a la Iglesia:

porque nosotros somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. Por eso dejará el hombre a su

padre y a su madre; y se juntará con su mujer, y serán los dos una carne. Sacramento es este grande, mas yo

hablo con respecto a Cristo y a la Iglesia”. Porque cuando dice: grande es este Sacramento, nadie puede

dudar que se debe entender del matrimonio, por cuanto la unión del hombre y la mujer, cuyo Autor es Dios, es

Sacramento, esto es una sagrada señal de aquel lazo santísimo con que Dios Señor nuestro se juntó con su

Iglesia.

 

XVII. Cómo demuestran estas palabras del Apóstol que el Matrimonio sea Sacramento.

689. Que este sea el propio y verdadero sentido de estas palabras, lo demuestran los Santos Padres

antiguos que interpretaron este lugar, y lo mismo declaró el Santo Concilio de Trento, pues es manifiesto que

el Apóstol compara al varón a Cristo, y la mujer a la Iglesia, y que el hombre es cabeza de la mujer como Cristo

lo es de su Iglesia: y que por esta razón debe el marido amar a la mujer, y ella en correspondencia amar y

respetar a su marido, porque Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella: y también la Iglesia está

sujeta a Cristo, como enseña el mismo Apóstol. Que asimismo, por este Sacramento, se signifique y se dé la

gracia, en lo cual señaladamente consiste la razón de Sacramento, lo declara el Concilio por estas palabras: “Y

esta gracia la cual perfeccionase aquel amor natural, confirmase la unión indisoluble, y santificase a los

desposados, nos la, mereció con su Pasión el mismo Cristo, Autor y consumador de los Sacramentos”. Por

esto se ha de enseñar que la gracia de este Sacramento hace, que unidos el marido y la mujer con lazo de

recíproco amor descanse el uno en la benevolencia del otro, y que no busquen amores extraños ni uniones

ilícitas, sino que en todo sea venerable el matrimonio, y no mancillado su lecho.

 

XVIII. Es muy diferente el matrimonio de la ley de gracia del de la ley natural y mosaica.

690. Mas lo mucho que ahora aventaja el Sacramento del Matrimonio a los que se contraían antes o

después de la ley, se puede conocer en que si bien los gentiles llegaron a entender que había en el matrimonio

alguna cosa divina, por cuya razón eran contrarios a la ley natural las uniones no indisolubles, juzgando al

propio tiempo que debían ser castigados los estupros, adulterios, y otros géneros de lascivia, con todo de

ninguna manera tuvieron sus matrimonios virtud sacramental. Con mucho más respeto eran miradas entre los

judíos las leyes de las bodas; y no puede dudarse que sus matrimonios estuvieron dotados de mayor santidad.

Porque habiendo recibido la promesa de que llegaría tiempo en que todas las gentes fuesen benditas en uno de

los descendientes de Abraham, con mucha razón consideraban como muy laudable y piadoso procrear hijos,

y propagar la descendencia del pueblo escogido, de cual había de nacer en cuanto hombre Cristo Salvador

nuestro. Pero tampoco aquellos matrimonios fueron verdaderos Sacramentos.

 

XIX. Ni en la ley natural ni en la escrita; sólo en la de gracia tuvo su perfección el matrimonio.

691. Juntase a lo dicho, que tanto si atendemos a la ley natural después del pecado, como a la de Moisés,

luego podremos advertir que decayó el matrimonio de la belleza y honestidad de su primer origen. Porque

mientras estaba en su vigor la ley natural, hallamos que hubo muchos de los antiguos Padres que tuvieron en

un tiempo muchas mujeres. Después en la ley Mosaica era permitido hacer divorcio con la mujer, y darla libelo

de repudio si había causa para ello. Pero uno y otro, fue abolido por la ley Evangélica, y restituido el

matrimonio a su honor primitivo. Pues que el tener muchas mujeres sea ajeno a la naturaleza del matrimonio

(aunque no deben ser acusados algunos de los antiguos Padres; pues no las tuvieron sin licencia de Dios) lo

mostró Cristo Señor Nuestro por aquellas palabras: ―Por esto dejará el hombre padre y madre, y unirse ha con

su mujer, y serán dos en una sola carne‖. Y luego añadió: ―Y así ya no son dos, sino una carne‖.

692. Por estas palabras declaró, que fue el matrimonio instituido por Dios de tal suerte, que está

reducido precisamente a la unión de dos solos, no de muchos. Y lo mismo enseñó con toda claridad en otra

parte, pues dice: ―Cualquiera que dejare su mujer y se casare con otra, comete adulterio contra ella. Y si la

mujer dejare al marido, y se casare con otro, adultera‖ Ahora bien si fuera lícito al hombre tener muchas

mujeres, parece que no habla más razón para acusarle de adúltero, por contraer con una teniendo la primera.

Por esto vemos que si un infiel que por uso y costumbre de su nación tenía muchas mujeres, se convierte a la

religión verdadera, le manda la Iglesia dejar todas las demás, y tener a sola la primera por su justa y legítima

consorte.

 

XX. No se disuelve el matrimonio por el divorcio.

693. Por el mismo testimonio de Cristo Señor Nuestro se prueba también fácilmente que por ningún

divorcio pueda invalidarse el matrimonio. Porque si después del libelo de repudio quedase la mujer libre de la

ley del marido, pudiera lícitamente casarse con otro sin delito de adulterio así que el Señor claramente declara:

Todo aquel que deja su mujer, y se casa con otra, comete adulterio”. Por tanto, es manifiesto que nada, sino

tan sólo la muerte, libra del lazo del matrimonio. Y el Apóstol también confirma esto cuando dice: ―La mujer

está sujeta, a la ley, mientras vive su marido.

Mas si su marido muere, queda libre de la ley. Cásese con quien quiera solamente en el Señor. Y antes:

A los que están unidos en el matrimonio, mando no yo, sino el Señor: que la mujer no se aparte de su

marido, y si se apartare, no pase a otras nupcias, o bien reconciliase con su marido”. Esta es la libertad que

dio el Apóstol a la mujer que por justa causa dejare a su marido: o estarse sin casar o reconciliarse con él, pues

no permite la santa Iglesia, ni a la mujer ni al marido, que sin causas muy graves se aparten uno de otro.

 

XXI. Por qué conviene que el matrimonio sea indisoluble.

694. Para que a ninguno parezca demasiadamente dura la ley del matrimonio, pues en ningún caso

puede jamás disolverse, se ha de enseñar cuantas utilidades reporte esta ley. En primer lugar, por aquí

entenderán los hombres que al contraer el matrimonio, más han de atender a la virtud y semejanza de

costumbres, que a las riquezas y hermosura; todo lo cual, no puede dudarse que es muy conveniente para la

sociedad y bien común.

695. Además de esto, si se deshiciera el matrimonio por divorcio, rara vez faltarían a los hombres causas

de discordias, las cuales cada día les pondría delante el antiguo enemigo de la paz y de la honestidad. Mas

ahora haciéndose cargo los fieles, de que aun careciendo de la comunicación y trato del matrimonio, quedan

todavía obligados con su lazo, y que les está eliminada toda esperanza de casarse con otra, de aquí proviene que

se acostumbren a ser más humanos para no airarse ni enemistarse. Si alguna vez llegan a divorciarse, y no

pueden sufrir la ausencia del consorte, presto se reconcilian por medio de amigos, y vuelven a su antigua

cohabitación.

 

XXII. Los que se separan pueden reconciliarse otra vez.

696. Mas no deben los Pastores pasar en silencio en este lugar aquella saludable amonestación de San

Agustín. Para mostrar el Santo a los fieles que no deben tener dificultad en volver a su gracia a las mujeres que

desecharon por adúlteras, si están arrepentidas del delito, les dice: “¿Por qué el hombre cristiano no recibirá la

mujer, a quien recibe la Iglesia? ¿Y por qué la mujer no perdonará al marido adúltero, pero penitente, a

quien ha perdonado Jesucristo? Porque si la Escritura llama necio al que tiene la adúltera, lo dice por

aquella que habiendo pecado, ni quiere arrepentirse, ni dejar la deshonestidad comenzada”. Y así por lo dicho

es manifiesto que los matrimonios de los fieles aventajan en perfección y en nobleza, tanto a los de los gentiles,

como a los de los judíos.

 

XXIII. De los bienes que se consiguen con este Sacramento.

697. También se ha de enseñar a los fieles que son tres los bienes del matrimonio: La Sucesión, la Fe y el

Sacramento, con cuya recompensa se hacen llevaderos aquellos trabajos que indica el Apóstol, cuando dice:

Tribulación de carne tendrán los casados. Y se consigue que vayan acompañados de honestidad aquellas

uniones de los esposos, que fuera del matrimonio serían justamente reprobadas.

698. Es, pues, el primer bien la sucesión, esto es, los hijos habidos de la legítima mujer. Porque en tanto

estimó esto el Apóstol, que dijo: ―Se salvará la mujer por la generación de los hijos. Lo cual no ha de

entenderse solamente de la procreación, sino también de la educación y enseñanza con que los instruyen para

la virtud. Por esto añade luego el mismo: ―Si permanecieren en la fe; pues amonesta la Escritura: ¿Tienes

hijos? enséñalos y edúcalos desde la niñez. Lo mismo igualmente enseña el apóstol. Y de esta institución

nos dan bellísimos ejemplos Tobías, Job, y otros santísimos Padres en las Escrituras sagradas. Acerca de los

deberes de los padres y de los hijos, en el cuarto precepto se tratará con extensión.

 

XXIV. Cuál sea la fe del matrimonio y cómo deba guardarse.

699. Sigúese la Fe que es el segundo bien del matrimonio. No es esta fe aquella virtud que Dios nos

infunde cuando recibimos el Bautismo, sino una fidelidad por la cual mutuamente se obliga el marido a la

mujer, y la mujer al marido, de modo que entregue el uno al otro el dominio de su cuerpo, y prometa no

quebrantar jamás aquel santo compromiso del matrimonio. Esto se deduce fácilmente de aquellas palabras que

pronunció Adán cuando recibió a Eva por esposa, las cuales después confirmó Cristo Señor nuestro en el

Evangelio: “Por esto dejará el hombre padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne”. Y

también aquel lugar del Apóstol: “No tiene la mujer dominio de su cuerpo sino el marido. Y asimismo no tiene

el marido dominio de su cuerpo sino la mujer”. Por esto justísimamente estaban establecidas por el Señor

en la ley antigua gravísimas penas contra los adúlteros, por quebrantar esta fe maridable.

700. Exige también la fe del matrimonio que el marido y la mujer estén unidos con un singular amor

santo y puro, y que se amen mutuamente no como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues ésta es la

norma que señaló el Apóstol cuando dijo: ―Hombres, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia.

Ciertamente la amó con caridad inmensa, y no por su provecho, sino mirando solamente a la utilidad de la

esposa.

 

XXV. Qué sea el Sacramento que se cuenta entre los bienes del Matrimonio.

701. El tercer bien se llama Sacramento, esto es, aquel lazo del matrimonio que nunca se puede

deshacer. Pues como dice el Apóstol: ―Mandó el Señor a la mujer que no se aparte de su marido, y que si se

apartare, no pase a otras nupcias, o bien que se reconciliase con su marido. Ni tampoco el marido repudie a. su

mujer. Porque si el matrimonio como Sacramento significa la unión de Cristo con la Iglesia, es necesario

que así como Cristo nunca se aparta de la Iglesia, así en orden al vínculo del matrimonio, nunca pueda el

marido apartarse de la mujer. Mas para que esta santa unión se conserve más fácilmente sin desavenencia,

recordarán los deberes del marido y de la mujer que describe San Pablo, y el Príncipe de los Apóstoles.

 

XXVI. De los principales deberes del marido.

702. El marido debe tratar con amor y honor a su mujer, para lo cual debe acordarse que Eva fue

llamada compañera por Adán, pues dijo: ―La mujer que me diste por compañera. Y por esta razón

enseñaron algunos de los Padres, que fue formada no de los pies, sino del costado del marido; como también

fué hecha no de la cabeza, para que entendiese que no era señora, sino súbdita de su marido. Conviene

asimismo que el marido esté siempre empleado en el oficio de algún trabajo honesto, así para que asista a su

familia con lo necesario para su sustento, como para que no se inutilice con una vergonzosa ociosidad, que es

madre de casi todos los vicios. Debe igualmente ordenar bien su familia, corregir las costumbres de todos, y

hacer que cada uno cumpla su obligación.

 

XXVII. De los deberes de la esposa.

703. Por otra parte los deberes de la esposa son los que enumera el Príncipe de los Apóstoles, cuando

dice: “Las mujeres sean obedientes a sus maridos, a fin de que con eso si algunos no creen, por el medio de la

palabra,, sean ganados sin ella por solo el trato con sus mujeres, considerando la pureza de la vida que

llevan, y el respeto que les tienen. El adorno de las cuales no ha de ser por defuera con los rizos del cabello, ni

con dijes de oro, ni gala de vestidos. La persona interior escondida en el corazón, es la que se debe adornar

con él atavío incorruptible de un espíritu de dulzura y de paz, lo cual es un precioso adorno a los ojos de Dios.

Porque así también se ataviaban antiguamente aquellas santas mujeres, que esperaban en Dios, viviendo

sujetas a sus maridos. Al modo que Sara era obediente a Abraham, a quien llamaba su señor”.

Sea igualmente su principal cuidado educar los hijos en el culto de la Religión, y cuidar con diligencia

las cosas de la casa. Permanezcan con mucho gusto recogidos en casa sin salir de ella, si no las obliga la

necesidad, y nunca se atrevan a salir sin licencia de su marido. Además de esto, tengan siempre presente, que

después de Dios a nadie deben amar ni apreciar más que a su marido, pues en esto señaladamente está fundada

la unión matrimonial, y asimismo condesciendan con él y obedézcanle con muchísimo gusto en todas las cosas

que no son contrarias a la piedad cristiana.

 

XXVIII. De los ritos del matrimonio.

704. Después de explicadas estas cosas, se sigue que los Pastores enseñen también los ritos que se

deben observar al contraer el matrimonio. Mas acerca de esto no hay que dar aquí regla, porque las principales

que se deben guardar, están establecidas con difusión y cuidado por el Santo Concilio de Trento, cuyo

decreto no pueden ignorar los Pastores. Basta prevenirles, que procuren saber por la doctrina del Concilio lo

que pertenece a este propósito, y que las expongan con diligencia a los fieles.

 

XXIX. Los matrimonios clandestinos son nulos.

705. Y ante todo, a fin de que los jóvenes y doncellas, cuya edad está expuesta a una muy notable

carencia de consejo, engañados con el falso nombre de matrimonio, no concierten incautamente tratos de

amores torpes, enseñarán los Pastores, con mucha frecuencia, que no deben tenerse por verdaderos ni por

válidos aquellos matrimonios que no se contraen en presencia del Párroco, o de otro Sacerdote con licencia del

mismo Párroco, o del Ordinario, y con cierto número de testigos.

 

XXX. Deben también explicarse los impedimentos del matrimonio.

706. También deben explicarse las cosas que impiden el matrimonio. Mas de esta materia han tratado

con tanta diligencia, muchos, graves y doctísimos varones, que escribieron de vicios y virtudes, que será fácil a

todos aplicar a este lugar aquello que ellos dejaron escrito, mayormente teniendo necesidad los Pastores de no

dejar de la mano casi nunca esos libros. Por tanto leerán con atención esas instrucciones, y procurarán enseñar

a los fieles así estas doctrinas, como aquello que estableció el Santo Concilio acerca del impedimento, que nace

ya del parentesco espiritual, ya de la justicia de pública honestidad, y ya de la fornicación.

 

XXXI. De la disposición para recibir este Sacramento.

707. Por lo dicho se puede entender bien el espíritu con que deben estar animados los fieles cuando

contraen matrimonio. Porque no deben pensar que emprenden alguna cosa humana sino divina, y que se debe

recibir con singular devoción y pureza de alma, como lo muestran bien los ejemplos de los Padres de la ley

antigua, cuyos matrimonios, aunque no estaban adornados con la dignidad de Sacramento, con todo siempre

creyeron que debían ser celebrados con gran veneración y santidad.

 

XXXII. Debe procurarse el consentimiento de los padres.

708. Pero entre otras cosas se ha de amonestar muy encarecidamente a los hijos de familias, que honren

a sus Padres, y aquellos bajo cuyo cargo y potestad están, no contrayendo matrimonio, sin darles noticia y

mucho menos contra su voluntad. Porque en el antiguo Testamento vemos que siempre los hijos fueron

colocados en matrimonio por sus Padres, y en lo relativo a esto han de condescender en gran manera con su

voluntad, como lo Indica el Apóstol cuando dice: “El que casa a su virgen hace bien, mas el que no la casa

obra mejor”.

 

XXXIII. De lo que debe advertirse acerca del uso del matrimonio.

709. Resta ahora aquella parte última que versa sobre lo perteneciente al uso del matrimonio, de lo cual

se ha de tratar con gran miramiento por los Pastores, a fin de que no digan palabra alguna, que o parezca

indigna de los oídos fieles, o pueda ofender las almas piadosas, o que muevan a risa. Porque asi como las

palabras del Señor son palabras castas, así también conviene en gran manera, que el Maestro del pueblo

cristiano emplee tal estilo, que manifieste una singular gravedad y entereza de juicio.

Por esto enseñarán dos cosas a los fieles. Primeramente, no se ha de usar del matrimonio por deleite o

liviandad, sino dentro de los términos que fueron señalados por el Señor, como antes declaramos. Porque

conviene acordarse de lo que exhorta el Apóstol: “Los que tengan mujeres ténganlas, como si no las tuvieran”.

También de lo que dice San Jerónimo: “El varón sabio debe amar a la mujer con juicio, no con liviandad;

contendrá los ímpetus del deleite, y no se llevará precipitado al acto carnal, pues no hay cosa más fea que

amar a la mujer como a una adúltera”.

 

XXXIV. Cuándo deben abstenerse del uso del matrimonio.

710. Porque todos los bienes se han de alcanzar de Dios con santas oraciones, lo segundo que deben

enseñar a los fieles es, que se abstengan algunas veces del uso matrimonial, para darse a la oración, y

señaladamente sepan que esto ha de observarse tres días antes por lo menos de recibir la Sagrada Eucaristía, y

muchas veces cuando se celebran los ayunos solemnes de Cuaresma, según recta y santamente lo mandaron

nuestros Padres. De esta manera experimentarán, que los bienes del matrimonio se les aumenten cada día con

mayor abundancia de la divina gracia, y siguiendo las obras de piedad, no sólo pasarán esta vida quieta y

apaciblemente, sino que vivirán con esperanza verdadera y firme, que no confunde, de conseguir por la

benignidad de Dios la eterna gloria.

 

 

TERCERA PARTE

LOS PRECEPTOS DEL DECÁLOGO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

Introducción: necesidad de explicar el Decálogo

[1] El Decálogo es la suma y el compendio de todas las leyes, el cual a su vez se resume en dos: amar a

Dios y amar al prójimo (Mt. 22 40.).

[2] Los párrocos deben conocer y practicar bien el Decálogo, especialmente por dos motivos: • ellos

deben instruir al pueblo sobre los Mandamientos de Dios, por haberles sido confiada a ellos la ciencia de las

cosas divinas (Mal. 2 7.); • y ellos deben juzgar a las almas en la confesión.

Dios, Autor del Decálogo

[3] Dios es el autor del Decálogo, por tres razones principales: • El lo ha impreso en el corazón de todos

los hombres; • El lo ha promulgado en el monte Sinaí, a fin de recordarlo más solemnemente, ya que, a pesar

de estar impreso en nuestros corazones, las pasiones y malas costumbres lo obscurecieron; • Jesucristo lo ha

confirmado y explicado por su enseñanza. Por lo tanto, ya que Dios es el autor del Decálogo, debemos:

[4, 6] 1º Observarlo minuciosamente: • con espíritu puro: pues para eso quiso Dios promulgarlo

exigiendo de los Israelitas una gran pureza exterior e interior, mandándoles que lavasen sus vestidos y se

abstuvieren de sus mujeres (Ex. 19 10-11.); • con espíritu humilde, esto es, reconociendo la infinita majestad de

Dios y nuestra obligación de someternos a ella: pues para eso quiso Dios promulgarlo en medio de grandes

señales, truenos y relámpagos; • temiendo las amenazas de Dios si despreciamos sus preceptos; • y teniendo en

cuenta que una ley que nos viene de Dios no puede ser sino infinitamente sabia e infinitamente justa.

[5] 2º Dar rendidas gracias a Dios por habérnoslo manifestado, ya que contiene nuestra

eterna salvación (Deut. 4 6; Sal. 147 20.).

Necesidad de observar los Mandamientos

[7] 1º Los preceptos del Decálogo son fáciles de observar con la gracia de Dios, pues la Ley del

Señor no es pesada (I Jn. 5 3; Mt. 11 30.), y porque además Dios concede la caridad y fortaleza de su Espíritu a

los que se la piden (Rom. 5 5; Lc. 11 13.).

[8] 2º El Decálogo es necesario para alcanzar la salvación eterna; pues, según la enseñanza

expresa de nuestro Señor (Jn. 14 21 y 23.) y de San Pablo (I Cor. 7 19; II Tim. 4 8.), lo que importa no es la

circuncisión, o el amor de palabra, sino la observancia de los mandamientos de Dios y el amor manifestado por

las obras (contra el error impío de los protestantes).

[10] 3º Es justo observar el Decálogo: • pues todas las criaturas observan fielmente las leyes de

Dios: cuánto más debe observarlas el hombre; • porque Dios ha querido juntar su gloria con nuestro bien, de

manera que fuese glorioso para Dios lo que al mismo tiempo es útil para el hombre. De modo que, observando

el Decálogo, el hombre se asegura la adquisición de la felicidad eterna, que Dios le promete como recompensa.

[9] 4º La observancia del Decálogo aporta los siguientes frutos al alma: • le manifiesta la

gloria y majestad de Dios mejor que las criaturas; • la convierte a Dios, haciéndole conocer la divina voluntad;

le confiere la verdadera sabiduría, al comunicarle el temor de Dios (Deut. 4 6.).

[11] 5º El Decálogo obliga a todos los hombres, pues es una ley que se encuentra impresa en el

corazón de todos ellos.

Promulgación histórica del Decálogo

[11] 1º A quién fue dado el Decálogo. — El Decálogo fue dado por Dios al pueblo hebreo. En efecto,

entre todas las naciones, Dios se escogió una en particular, descendiente de Abraham, a quien primero hizo

peregrinar por tierra de Canaán, que le fue prometida en herencia; luego, después de introducirla en Egipto, la

hizo multiplicarse allí prodigiosamente, y habiendo sido esclavizada duramente, de allí la sacó con brazo

poderoso por medio de Moisés, y la adoptó como pueblo suyo diciéndole: «Yo soy el Señor Dios tuyo, que te

saqué de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud» (Deut. 5 6.). [12] Pero si Dios entregó el Decálogo en

el Sinaí a este pueblo determinado, que se escogió para sí, fue sólo para manifestarse y ser conocido y adorado

por él, y por medio de ese pueblo hacer más notorio entre las naciones su divino poder y bondad.

[13] 2º Preparación a esta promulgación. — Antes de dar el Decálogo a este pueblo elegido, quiso

Dios atribularlo largo tiempo en Egipto con dura esclavitud, para enseñarnos que el mundo es enemigo de los

servidores de Dios, y que en esta tierra somos peregrinos; y a fin de que entendamos que son más dichosos los

que sirven a Dios que los que sirven al mundo, y veamos la diferencia que hay entre servir a Dios y servir a los

reyes de la tierra (II Par. 12 8.). Igualmente, tardó en cumplir su promesa más de cuatrocientos años, para que

ese pueblo se ejerciera en la fe y en la esperanza.

[14] 3º Lugar, tiempo y circunstancias de la promulgación. — Y quiso darle la Ley después de

haberlo sacado de la tierra de Egipto, en el Sinaí, y en medio de manifestaciones portentosas y majestuosas,

para que, por una parte, recordando el beneficio recibido, se sintiese estimulado a cumplir la ley del Señor; y,

por otra parte, no olvidase la majestad de Dios, que debe ser servida.

[15] 4º Lecciones para el pueblo cristiano. — Los cristianos deben considerar como dirigidas

también a ellos estas palabras: «Yo soy el Señor, Dios tuyo» (Ex. 20 2; Deut. 5 6; Sal. 94 7.), por las que

comprenderán que tienen por Legislador al mismo Creador; y las palabras que siguen: «Que te saqué de la

tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud» (Deut. 5 6.), por las que recordarán que estos beneficios

concedidos al pueblo hebreo, si se atiende a la enseñanza que en ellos se contiene acerca de la salvación del

género humano, se aplican a ellos con más propiedad; pues Dios nos ha liberado, no de la esclavitud de Egipto,

sino del reino del pecado, para trasladarnos al reino de su Hijo muy amado (Col. 1 13.), a fin de que le sirvamos

con santidad y justicia todos los días de nuestra vida (Lc. 1 74-75.). [16] Por eso, ante las tentaciones, los

cristianos deben armarse del pensamiento de que han muerto al pecado, y de que, así como antes sirvieron a la

injusticia, deben ahora servir a la justicia en orden a la santificación, con la libertad con que Cristo los liberó al

precio de su propia sangre.

 

CAPÍTULO I

DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS DEL DECÁLOGO

I. El Decálogo es la Suma, de todos los mandamientos de Dios.

711. Suma y compendio de todas las leyes, dice San Agustín, que es el Decálogo. Porque si bien son

muchas las cosas que Dios habló, con todo sólo se dieron a Moisés dos tablas de piedra, las cuales se llaman

tablas del Testimonio, que había de estar en el arca. Todo lo demás que Dios mandó, depende de aquellos diez

preceptos escritos en las dos tablas, como lo podremos ver si a fin de adquirir el conocimiento debido de esto

mismo lo examinamos con detención. Del mismo modo estos diez mandamientos están incluidos en los dos

siguientes: el amor de Dios y del prójimo, de los cuales depende toda la ley y Profetas.

 

II. Deben los Pastores explicar el Decálogo con mucha, claridad.

712. Siendo, pues, esta la suma de toda ley, es menester que los Pastores empleen días y noches en su

consideración, no sólo para que conformen su vida según esta regla, sino también para que enseñen la ley del

Señor al pueblo que les está encomendado. ―Porque los labios del Sacerdote guardarán la ciencia, y de su boca

se ha de saber la ley, porque es el Ángel del Señor de los Ejércitos. Esto es muy propio en particular de los

Pastores de la nueva, los cuales como más allegados a Dios deben transformarse de claridad en claridad,

obrando así en ellos el Espíritu del Señor. Puesto que Cristo Señor nuestro los designó con el nombre de luz,

es obligación suya, iluminar a los que están en tinieblas, instruir a los ignorantes, enseñar a pequeñuelos, y si

alguno hubiere cometido algún delito, ellos que son espirituales deben dirigirle. En el tribunal de la

penitencia hacen también el oficio de jueces y sentencian según la calidad y gravedad de los pecados. Por tanto,

si no quieren engañarse con su ignorancia a sí mismos y a los demás, es necesario que estén muy vigilantes en

esto y muy ejercitados en la explicación de los mandamientos divinos, para que puedan juzgar de cualquier

acción y omisión según esta divina regla, y enseñar, como dice el Apóstol, la doctrina sana, esto es, la que no

contenga ningún error, y cure las enfermedades de las almas, que son los pecados, a fin de que el pueblo le sea

agradable a Dios y practique buenas obras. Por tanto, en este género de explicación proponga el Pastor a sí

mismo y a otros aquellas razones que persuadan a todos el cumplimiento de la ley.

 

III. Quién es el Autor del Decálogo y de la, ley natural.

713. Entre las muchas razones que pueden mover los ánimos de los hombres a guardar los

mandamientos de esta ley, es eficacísima la consideración de que el mismo Dios es el Autor de ella. Pues si

bien dice que fué dada por los Ángeles, con todo no se puede dudar que la puso el mismo Dios, de lo cual dan

claro testimonio, no sólo las palabras del mismo Legislador, que se explicarán poco después, sino también casi

infinitos lugares de las Escrituras los cuales fácilmente se ofrecerán a los Pastores. Pues a todos nos consta

por experiencia que tenemos impresa por Dios en nuestra alma una ley, por la cual podemos distinguir lo

bueno de lo malo, lo honesto de lo inhonesto, y lo justo de lo injusto. V como la fuerza y condición de esta ley

no es diversa de la que está escrita, ¿quién se atreverá a negar que sea Dios el Autor de la ley escrita así como lo

es de la interior?

714. Y se debe enseñar que esta divina luz, casi obscurecida por las malas costumbres y la envejecida

perversidad, al dar el Señor la ley a Moisés más bien la iluminó con nuevo resplandor que instituyó otra nueva.

Y no crea por ventura el pueblo, al oír que fué abrogada la ley de Moisés, que no está obligado a estas leyes.

Porque muy cierto es que no se ha de obedecer a estos mandamientos por haber sido dados por medio de

Moisés, sino por haber nacido con nosotros mismos, y haber sido explicados y confirmados por Cristo Señor

nuestro.

 

IV. Cómo se moverá el pueblo a guardar la ley por ser Dios su Autor.

715. Será ciertamente de gran eficacia y valor para persuadir la observancia de la ley, esa condición de

ser el que la impuso el mismo Dios, de cuya sabiduría y equidad no podemos dudar, como ni tampoco huir de

su infinita virtud y poder. Por eso cuando su Majestad mandaba por los Profetas que se guardase la ley, decía:

Que El era el Señor Dios. En el principio mismo del Decálogo dice: ―Yo soy tu, Dios y Señor‖996. Y en otra

parte: ―Si yo soy el Señor, ¿dónde está mi temor?.

 

V. Cuan grande beneficio de Dios fué darnos su ley.

716. La consideración de que Dios haya manifestado su voluntad, en la cual está contenida nuestra

salvación, no sólo moverá las almas de los fieles al cumplimiento de los preceptos del Señor, sino también a

serle agradecidos. Por lo mismo declarando la Sagrada Escritura en varios lugares este gran beneficio, previene

al pueblo que reconozca su dignidad y la generosidad del Señor, como en estas palabras del Deuteronomio:

Esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia en presencia de los pueblos que oyendo ellos todos, estos

preceptos, digan: ―he aquí un pueblo sabio y entendido, gente grande es esta. Y también en un salmo: ―No

ha obrado asi con otra nación ninguna, ni les manifestó sus juicios.

 

VI. Por qué se dio la ley a los Israelitas con tanta majestad.

717. Si además de esto declarase el Párroco, según la autoridad de la Escritura, el modo y circunstancias

con que se dio la ley, fácilmente entenderán los fieles, con cuanta devoción y rendimiento se debe venerar esta

ley recibida de Dios. Porque tres días antes que se promulgase, se mandó a todos de parte de Dios, que lavasen

sus vestidos y que se abstuviesen del uso conyugal, a fin de que estuvieran más purificados y dispuestos

para recibir la ley, y que acudieran al tercer día. Siendo después conducidos al monte, desde donde el Señor les

había de dar la ley por medio de Moisés, a solo este se dijo que subiese al monte. Dios vino con Majestad muy

grande, y cercó aquel lugar con truenos, relámpagos, fuego y nieblas espesas, y empezó a hablar a Moisés y le

dio las leyes. No por otra causa quiso hacer esto la sabiduría divina, que para amonestarnos con cuan puro y

humilde corazón debe ser recibida la ley del Señor, y que si despreciamos sus preceptos, nos amenaza la divina

justicia con las penas establecidas.

 

VII. La ley publicada con tanto terror se cumple fácilmente por el amor.

718. Pero añadiendo más, muestre también el Párroco que los mandamientos de la ley no tienen

dificultad, lo cual con sola esta razón de San Agustín podrá enseñarlo, dice asi el Santo: ―¿Cómo, pregunto se

dice que es imposible al hombre amar? ¿amar, repito, a su Creador liberalísimo y amantísimo Padre, y luego

amar también su misma, carne en los hermanos? Pues el que ama cumplió la ley. Por esto afirma claramente

el Apóstol San Juan, que los preceptos de Dios no son pesados. Según San Bernardo nada pudo pedirse al

hombre, ni más justa, ni más digna ni más provechosa para él. Por esta razón maravillado San Agustín de la

suma benignidad de Dios, habla con su Majestad de este modo: ―¿Qué es el hombre, Señor, para que tu desees

ser amado por él, y si no lo hace, le amenaza con gravísimas penas? ¿No es harta pena el que yo no te ame?‖

719. Y si alguno se excusa con que la corrupción de la naturaleza le impide amar a Dios, se ha de enseñar

que Dios que ordena el amor, le infunde en nuestros corazones por su divino Espíritu, y que el Padre

celestial da este su Espíritu bueno a los que se le piden, de manera que con razón oraba así San Agustín:

Da, Señor, lo que mandas, y manda lo que quieras‖. Y como este auxilio de Dios le tenemos pronto,

mayormente después de la muerte de Cristo Señor nuestro, por la cual el Príncipe de este mundo fué echado

fuera, ninguno tiene por qué acobardarse atemorizado por la dificultad, supuesto que todo es fácil al que ama.

 

VIII. Todos los hombres están obligados a, guardar la ley.

720. Sobre todo lo dicho aprovechará muchísimo para persuadir esta verdad, explicar que es

indispensable obedecer a la ley. Esto es más necesario en nuestros tiempos en los cuales no faltan hombres que

impíamente y con gran daño suyo no se avergüenzan de afirmar que, ya sea fácil, ya difícil la ley, en manera

alguna es necesario para la salud. El Párroco refutará esta malvada y pérfida sentencia con testimonios de la

Sagrada Escritura, y señaladamente del Apóstol, con cuya autoridad pretenden ellos defender su error. ¿Qué

dice, pues, el Apóstol? ―Que el prepucio nada es, y la circuncisión nada es, sino la observancia de los

mandamientos de Dios‖. Y cuando en otra parte repite la misma sentencia, y dice: ―Que en Cristo sólo vale la

nueva criatura‖, claramente entendemos que llama nueva criatura en Cristo, al que guarda los mandamientos

de Dios. ―Porque aquel ama, a Dios, que tiene y guarda, sus mandamientos. Y el mismo Señor dice por San

Juan: ―Si alguno me ama, guardará mi ley. Pues aunque puede el hombre ser justificado y pasar del pecado

a la gracia antes de cumplir con acciones externas cada uno de los mandamientos de la ley, con todo es

imposible se consiga la gracia después de haber llegado al uso de razón, no teniendo dispuesta la voluntad para

guardar todos los mandamientos de Dios.

 

IX. Frutos que consiguen los que guardan la ley de Dios.

721. Últimamente para que nada omita el Párroco a fin de mover a los fieles a la observancia de la ley,

mostrará cuan copiosos y cuan suaves son sus frutos, lo cual fácilmente podrá demostrar con lo que está

escrito en el Salmo. Porque allí se celebran las alabanzas de la ley de Dios, entre las cuales ésta es la mayor y

la que declara mucho más la majestad y gloria del Señor, que los mismos cuerpos celestiales con toda su

hermosura y concierto. Porque aunque estos de tal modo pusieron en admiración aun a las naciones bárbaras

que las obligaron a conocer la gloria, sabiduría y poder del Artífice y Creador de todo, pero la ley del Señor

convierte a Dios las almas. Porque conociendo por medio de la ley los caminos de Dios y su voluntad santísima

dirigimos nuestros pasos por las sendas del Señor. Y como solo son verdaderamente sabios los que temen a

Dios, atribuye después a la ley el dar sabiduría a los humildes. Por lo mismo los que guardan la ley de Dios, son

colmados de verdaderos goces y del conocimiento de los misterios divinos, y además de esto de recompensas y

premios muy grandes, así en esta vida como en la venidera.

 

X. Haciendo todas las cosas la voluntad de Dios, es muy justo que la haga el hombre.

722. Más no hemos de guardar esta ley tanto por causa de nuestra utilidad, cuanto por amor de Dios,

quien se dignó manifestar por ella su voluntad a los hombres. Porque si la cumplen las criaturas, mucho más

justo es que la cumplamos nosotros. Ni tampoco debe pasarse por alto, que en esto mostró Dios señaladamente

su clemencia hacia nosotros y las riquezas de su suma bondad, pues pudiendo obligarnos a aguardar su ley, y

que sirviésemos para gloria suyo sin premio ninguno, quiso con todo de tal suerte unir su gloria con nuestra

utilidad, que lo mismo que era glorioso para Dios fuese provechoso para nosotros. Mas como este provecho es

en sumo grado aventajado y crecido, enseñará el Párroco lo que dijo por último el Profeta: “Que en guardar

estas leyes es mucho el galardón”. Porque no solamente nos están prometidas aquellas bendiciones que parece

se ordenaban más a la felicidad terrena, como ser bendito en la ciudad y benditos en el campo, sino también

aquella recompensa copiosa, y aquella medida buena, henchida, atestada, colmada y rebosando por todas

partes, que está propuesta en los cielos, y que la merecemos con obras virtuosas y justas, confortados con el

auxilio de la divina misericordia.

 

 

Primer precepto del Decálogo

NO TENDRÁS DIOSES FALSOS DELANTE DE MÍ

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Dos distinciones previas:

Los mandamientos del Decálogo se dividen en dos grupos: • los que se refieren a Dios; • los

que se refieren al prójimo.

Cada mandamiento del Decálogo encierra dos preceptos: • uno afirmativo: lo que manda;

otro negativo: lo que prohíbe.

En lo que respecta al primer mandamiento, se nos manda adorar al solo Dios verdadero, y se nos

prohíbe dar culto a falsos dioses.

[4] Este precepto es el primero de todos, no sólo por su orden, sino por su misma naturaleza y dignidad. En

efecto, la primera obligación de la criatura es amar y reverenciar al Creador, que le dio la vida, lo sostiene en la

existencia y le sigue concediendo todo cuanto necesita.

Precepto afirmativo de este mandamiento

[2] En este primer mandamiento se contiene el precepto de la fe, de la esperanza y de la caridad: • la fe,

por la que sometemos a Dios nuestra inteligencia creyendo lo que El nos revela; • la esperanza, por la que

esperamos de El todo cuanto necesitamos; • la caridad, por la que lo amamos sobre todas las cosas.

[5] Por lo tanto, pecan contra este mandamiento: • los que no tienen fe: ateos, herejes y supersticiosos;

los que no tienen esperanza de salvarse ni confían en la Bondad de Dios; y quienes ponen su esperanza en

otra cosa fuera de Dios: en las riquezas, en las fuerzas propias, etc.; • los que no tienen caridad, y aman a las

criaturas más que a Dios.

Precepto negativo de este mandamiento

[3] No adorar a ningún dios fuera del solo Dios verdadero.

[6] No se opone a este precepto el culto que se da a los Angeles (Gen. 18 2; 19 1; Num. 22 31; Jos. 5

15.), a los Santos y a sus reliquias, y a las santas imágenes, según la práctica constante de la Iglesia, por dos

razones: • por un ejemplo tomado de nuestro modo de obrar: no deshonra al rey el honor debido que se tributa

a sus ministros; • porque no se les tributa el mismo culto que a Dios.

Veneración de los Santos Angeles

[7] Así como debemos honrar a los padres (Ex. 20 12.), a los ancianos (Lev. 19 32; Deut. 5 16.) y a los

reyes (Gen. 23 7 y 12; 42 6; I Rey. 24 9, etc.), con mayor razón debemos venerar a los Angeles, por dos

motivos: • porque son los ministros de que Dios se vale para gobernarnos y protegernos espiritualmente; • por

la caridad con que nos aman, ayudándonos continuamente (Dan. 10 13.), y ofreciendo a Dios nuestras

oraciones y nuestras lágrimas (Tob. 3 25; 12 12.).

[8] La Escritura nos enseña, pues, que los Santos Angeles deben ser invocados, por estar contemplando

continuamente a Dios y por encargarse con sumo gusto de la defensa de nuestra salvación. Así lo muestra el

ejemplo de Jacob pidiendo al ángel su bendición (Gen. 32 24 y 26; 48 16.).

Veneración de los Santos y de sus reliquias

[9] Los Santos Padres y los concilios II de Nicea, de Granges y de Trento, nos enseñan que el culto a los

Santos, lejos de disminuir la gloria de Dios, la aumenta, al fortalecer nuestra esperanza y al movernos a

imitarlos.

[10] 1º Razones del culto dado a los Santos. — Tres son las principales razones de este culto a los

Santos: • el testimonio de la Sagrada Escritura, que elogia y celebra las glorias de santos varones (Eclo. 44-

30950.); • la costumbre introducida por los Apóstoles y sostenida siempre en la Iglesia Católica; • la ayuda que los

Santos nos brindan, rogando por nuestra salvación (II Mac. 15 12-16.).

[11] 2º Objeciones contra este culto a los Santos. — a) Es superfluo, pues Dios atiende a nuestras

súplicas sin mediador alguno; y nace de una cierta desconfianza del divino auxilio. • Respuesta: Dios no

concede muchas gracias sin la intervención de un mediador e intercesor, como lo asegura San Agustín y lo

muestra la Sagrada Escritura (Gen. 20 17; Job 42 8.).

b) Supone gran deficiencia en la fe. • Respuesta:

Cristo alabó la fe del centurión que le pidió una gracia por medio de intercesores (Mt. 8 10.).

[12] c) Hace

inútil la Mediación única de Cristo. • Respuesta: En ese caso, no menos disminuirían la gloria de Cristo las

oraciones de los vivos que las súplicas de los Santos del cielo; ahora bien, San Pablo pedía ser ayudado con las

oraciones de sus hermanos (Rom. 15 30-32.).

[13] 3º Eficacia y virtud de las reliquias. — La virtud de las sagradas reliquias de los Santos se

manifiesta en los prodigios realizados ya durante su vida por sus vestidos (IV Rey. 2 14.), pañuelos (Act. 19 12.)

y por su misma sombra (Act. 5 15.): si tales objetos tenían ya tal virtud, ¿cómo no la tendrán, y mayor, sus

sagrados restos después de su muerte? (IV Rey. 13 21.).

Veneración de las santas imágenes

[14] 1º Sentido exacto del mandamiento divino respecto a las imágenes. — El precepto de

Dios, de no hacer ninguna imagen de seres creados para adorarlos y darles culto (Ex. 20 4-5; Deut. 5 8-9.), no

constituye un precepto aparte, sino que forma parte del primer precepto del Decálogo. [15-16] Ahora bien, este

precepto no prohíbe en absoluto el arte de pintar, esculpir o grabar imágenes religiosas; ya que leemos en la

Sagrada Escritura que el mismo Dios hizo fabricar imágenes y estatuas de querubines (Ex. 25 18; III Rey. 6 23-

24.) y de una serpiente de bronce (Num. 21 8-9.). En efecto, Dios prohibió las imágenes para evitar dos

pecados con que se le puede ofender mediante su uso: • el primero consiste en la idolatría, esto es, en adorar a

las imágenes como si fuesen Dios, creyendo que hay en ellas un ser divino, y poniendo en ellas la esperanza,

como hacían los gentiles; • el segundo consiste en querer dar una figura a la divinidad, y adorarla bajo esa

figura, dando así culto de adoración a seres fabulosos, como hacían también los gentiles (vgr. egipcios, griegos

y romanos).

[17-21] Por tanto, lo que Dios prohíbe por este mandamiento de no hacer imágenes, es que se les

tribute el culto de adoración, tributando a alguna criatura el honor debido a Dios, o que se adore a dioses

fabulosos. Así lo enseñaron siempre los Santos Padres y el Concilio II de Nicea. Pero en ningún modo se

prohíbe representar artísticamente a las personas de la Santísima Trinidad, o a los Angeles, según alguna

propiedad que se les atribuye (así, a Dios Padre bajo la figura de un Anciano, como lo vio el profeta Daniel; o al

Espíritu Santo bajo la figura de paloma o de lengua de fuego, pues así se manifestó; o a los ángeles con figura

humana, pues así se expresa cuán inclinados están hacia los hombres, y cuán prestos son en ejecutar las

órdenes de Dios). En cuanto a nuestro Señor y su Santísima Madre, como estuvieron dotados de naturaleza

humana, su representación fue siempre tenida en la Iglesia, no sólo como una cosa lícita, sino además santa y

piadosa, como lo muestran los Santos Padres, los Concilios y los monumentos de los tiempos apostólicos.

[22] 2º Uso legítimo de las imágenes en la Iglesia. — Es lícito en la Iglesia tener imágenes y

darles honor y culto, pues por una parte el honor que se les tributa se refiere a los originales a los que

representan, y por otra parte los fieles sacan de ello gran provecho. En efecto, del santo uso de las imágenes se

sacan los siguientes frutos: • se instruye mejor a los fieles sobre los principales misterios de nuestra fe, se les

recuerdan mejor los misterios de nuestra redención, y conocen mejor la historia del Antiguo y Nuevo

Testamento; • nos recuerdan continuamente las cosas divinas y los divinos beneficios; • nos ponen ante los

ojos santos y saludables ejemplos que poder imitar, para conformar nuestra vida a la vida y a las costumbres

de los santos.

Amenazas contra los infractores de este mandamiento

[23-24] «Yo soy el Señor, Dios tuyo, el Fuerte, el Celoso, que castigo la maldad de los padres en los

hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen; y que uso de misericordia hasta millares

de generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos» (Ex. 20 5-6.). Dos cosas deben

advertirse al explicar la última parte de este precepto: • la primera, que la pena aquí señalada como castigo a la

transgresión del primer mandamiento, es una amenaza común a todos los mandamientos; pues Dios no nos

obliga a guardar con premios y amenazas sólo este primer precepto, sino todos los demás; • la segunda, que

debe instruirse diferentemente sobre esta amenaza a los hombres perfectos y a los carnales: — a los perfectos,

310que obedecen a Dios con prontitud y alegría, les será una prueba del gran afecto con que Dios nos mira, pues

verán en esta amenaza la amorosa solicitud de Dios en procurar nuestro bien; — a los carnales, que obedecen a

Dios tan sólo por temor de los castigos, habrá que ayudarlos con piadosas exhortaciones.

[25] 1º «Yo soy el Señor Dios tuyo, el fuerte». — La primera espuela que Dios utiliza para

estimularnos a cumplir sus mandamientos es llamarse «Dios fuerte», a fin de que los carnales estén

convencidos de que no podrán huir del castigo si transgreden los mandamientos del Señor, y para que los

perfectos estén convencidos de que en Dios tendrán la fuerza necesaria para resistir a todo tipo de asaltos del

enemigo.

[26] 2º «El celoso». — La segunda espuela que Dios utiliza es llamarse «Dios celoso», para que

tengamos presente que Dios se cuida de las cosas humanas y de si guardamos o no su santa ley. [27] Dios se

atribuye a sí mismo, no el celo que significa perturbación del espíritu, sino el celo propio del amante que no

consiente que nadie le sea infiel impunemente, comparándose a un Esposo que exige fidelidad a su esposa, que

son las almas. Por eso, a las prevaricadoras las repudia y rechaza como adúlteras, por seguir a otros amantes; y

a las justas las une a Sí en unión estrecha e íntima.

[28] 3º «Que castigo la maldad de los padres en los hijos». — El sentido de esta amenaza es que

Dios no deja sin castigo a los pecadores, sino que los castigará como Padre, o les impondrá penas con rigor y

severidad como Juez.

[29] 4º «Hasta la tercera y cuarta generación». — No porque los descendientes paguen siempre

las penas por los pecados de sus antecesores, sino porque aunque los hijos sean justos, no evitarán sin embargo

todos sus descendientes la ira de Dios o la pena (IV Rey. 22 19-20 y 23 26-30.). [30] Y ello no se contradice

con lo que Dios afirma por el profeta Ezequiel, de que «el alma que pecare, esa morirá» (Ez. 18 4.); pues justo

es que los hijos que imitan la perversidad de sus padres y se hacen sus cómplices, se vean obligados a pagar en

esta vida las culpas propias y las de sus padres, puesto que a los vicios del padre, por los que sabían que Dios

estaba ofendido, no temen añadir ellos su propia maldad; mientras que el que no sigue los caminos perversos

de sus padres, de ninguna manera se carga con sus pecados.

[31] 5º «De los que me aborrecen». — Estas palabras nos dan a entender la gravedad del pecado;

pues el que desprecia la ley divina y no cumple los mandamientos aborrece a Dios, que es la suma Bondad y la

Verdad infinita.

[32] 6º «Y que uso de misericordia hasta millares de generaciones con los que me aman y

siguen mis mandamientos». — Aquí se nos indican dos cosas: • el modo y motivo de guardar la ley, que es

la caridad o amor a Dios; • y cuánto sobrepuja la bondad y misericordia de Dios sobre su justicia, pues

castigando hasta la tercera y cuarta generación, usa de misericordia hasta millares de ellas.

 

CAPÍTULO II

DEL 1° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

I. Cómo la ley de Moisés obliga a todos los hombres, y en qué ocasión fué dada a los israelitas.

723. Aunque esta Ley fué dada por el Señor a los judíos en el monte, estaba no obstante mucho antes

impresa y sellada por la misma naturaleza en las almas de todos, y por esta razón quiso Dios que

perpetuamente la obedeciesen todos los hombres. Por tanto será muy provechoso explicar con cuidado las

palabras con que fué promulgada a los hebreos siendo Moisés el ministro e intérprete, como también la

historia del pueblo Israelita la cual está llena de misterios.

Primeramente referirá el Párroco, que de todas las naciones que había debajo del cielo, escoció Dios

una que descendía de Abraham, el cual quiso que anduviese peregrinando por la tierra de Canaan, y le

prometió que le pondría en posesión de ella, mas con todo eso él y sus descendientes anduvieron errantes

por más de cuatrocientos años antes de habitar en la tierra prometida. Es verdad que en esa peregrinación

nunca los desamparó su Majestad. Pasaban de gente a agente, y de reino a reino, mas nunca permitió se les

hiciese injuria, antes castigó a los Reyes que se les oponían. Lo primero que bajasen a Egipto, envió delante un

varón, por cuya prudencia así ellos como los egipcios se librasen del hambre. En Egipto los miró con tal

benignidad que persiguiéndoles Faraón, empeñado en acabar con ellos, se aumentaban maravillosamente. Y

cuando estuvieron en gran manera afligidos) y tratados con toda crueldad como esclavos, les riló por caudillo a

Moisés para que los sacase de allí con mano poderosa. Y de esta libertad solemnemente hace mención el

Señor en el principio y por estas palabras: ―Yo soy tu Dios y Señor, Yo te saqué de la tierra de Egipto, de la

casa de la servidumbre”.

 

II. Por qué fueron escogidos los judíos por Dios para pueblo suyo.

724. Entre estas cosas lo que principalmente ha de advertir el Párroco es, que de todas las naciones fué

una sola escogida por Dios, para llamarla pueblo suyo, y hacerse conocer y adorar por ella, no porque

aventajase a las demás en santidad o en grandeza, sino porque así agradó a su Majestad, corno el mismo Señor

lo mostró a los hebreos, queriendo enriquecer y acrecentar aquella pobre y pequeña gente, para que su poder y

bondad se hiciese más notoria e ilustre entre todos. Siendo, pues, ésta la condición de aquellos hombres,

con estos se unió, y a estos amó en tanto grado, que siendo Señor de cielos y tierra, no se desdeñaba de ser

llamado Dios de ellos, provocando a envidia a todas las demás naciones, para que al ver la prosperidad de

los israelitas, todas se moviesen al culto del verdadero Dios, así como también afirma San Pablo, que

proponiendo él la felicidad de los gentiles y el conocimiento verdadero de Dios en que los había instruido,

provocaba a los de su nación, para que los imitasen.

 

III. Por qué fueron los hebreos atribulados tanto y por tan largo tiempo antes que recibiesen la

ley.

725. A más de esto, enseñará a los fieles, que permitió Dios que los primitivos hebreos anduviesen

peregrinando por mucho tiempo, y que sus descendientes fuesen oprimidos y molestados con tanta esclavitud,

para advertirnos que no podemos ser amigos de Dios sino somos enemigos del inundo y peregrinos en la

tierra; y que entonces seremos más fácilmente admitidos a la familiaridad con Dios, cuando nada tengamos con

el mundo. Finalmente, para que dedicándonos al culto de Dios, entendiésemos cuanto más dichosos ¡ton, los

que le sirven que los esclavos del mundo, como nos lo advierte la Escritura, diciendo: ―Con todo le servirán,

para que sepan la distancia de mi servidumbre a la del reino de la tierra.

726. Además de esto explicará, que después de más de cuatrocientos años, cumplió Dios su promesa,

para que aquel pueblo se mantuviese con la fe y la esperanza. Porque quiere Dios que los suyos estén siempre

pendientes de él, y que coloquen toda su esperanza en su bondad divina, como se dirá en la explicación del

primer mandamiento.

 

IV. Por qué fué dada la ley en tal lugar y tiempo.

727. Por último notará el lugar y tiempo en que el pueblo de Israel recibió esta ley de Dios, conviene a

saber, después que sacado de Egipto vino al desierto, para que movido así por la memoria del beneficio que

acababa de recibir, como atemorizado con la aspereza del lugar en que se hallaba, estuviese más pronto para

abrazar la ley. Pues los hombres se reconocen en gran manera obligados a aquellos de quienes reciben

beneficios, y entonces procuran el auxilio divino cuando se ven destituidos de toda esperanza humana. Con lo

cual podemos entender que tanto más dispuestos estarán los fieles para recibir la doctrina del cielo, cuanto más

apartados estuvieren de los halagos del mundo y gustos de la carne, como lo escribió el Profeta: ―¿A quién

enseñará la ciencia, y a quién hará entender su doctrina? A los destetados de la leche, y apartados de los

pechos.

 

V. Qué significa el exordio y qué misterios encierra.

728. Procure, pues, el Párroco con todos los esfuerzos posibles que el pueblo fiel tenga siempre en su

alma presente estas palabras: ―Yo soy tu Dios y Señor‖. Porque ellas les enseñarán que tienen por Legislador a

su mismo Criador, por quien fueron formados y son conservados, y con razón dirán: ―Este mismo es nuestro

Dios y Señor, y nosotros el pueblo que apacienta y las ovejas de su manada. Pues la viva y continuada

repetición de estas palabras será muy eficaz para hacerles más prontos a venerar la ley y apartarles de los

pecados. Lo que sigue: ―Que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa, de la servidumbre”, aunque parece

que sólo conviene a los judíos que fueron rescatados de la dominación de los egipcios, con todo si atendemos al

misterio que ahí está latente sobre la redención universal, mucho más pertenece a los cristianos, pues son

redimidos no de la servidumbre de Egipto, sino de la región del pecado, y sacados por Dios del poder de las

tinieblas, son trasladados al Reino del Hijo de su amor. Contemplando Jeremías la grandeza de este beneficio,

le anunció, diciendo: ―He aquí vienen días, dice el Señor, y no se dirá más: Vive el Señor, que sacó a, los hijos

de Israel de la tierra de Egipto; sino vive el Señor, que sacó los hijos de Israel de la tierra del Aquilón, y de todas

las tierras, a. donde los había arrojado, y volverlos ve a mi tierra, la que di a sus Padres. He aquí yo envío

muchos pescadores, dice el Señor, y pescarlos han. Porque el benignísimo Padre por medio de su Hijo

juntó en uno los hijos de Dios, que andaban descarriados, para que ya, no como siervos del pecado, sino

de la justicia, le sirvamos en santidad y justicia delante de El todos los días de nuestra vida.

 

VI. De los afectos que deben sacar los fieles de este exordio del Decálogo.

729. Por esto en toda tentación opondrán los fieles como un escudo aquello del Apóstol: ―¿Los que ya

estamos muertos al pecado cómo todavía vivimos en él? Ya no somas nuestros, sino de aquel que murió y

resucitó por nosotros. Este es nuestro Dios y Señor, que nos compró para sí con el precio de su sangre.

¿Cómo podremos pecar contra nuestro Dios y Señor, y volver de nuevo a crucificarle?

Ya pues como verdaderamente libres, y con aquella libertad con que Cristo nos libró, así como

habíamos entregado nuestros miembros, para servir a la maldad, así ahora los entreguemos para servir a la

justicia en santificación.

 

VII Qué nos manda y veda este primer mandamiento.

730. Enseñará el Párroco que en el Decálogo tienen el primer lugar las cosas pertenecientes a Dios, y el

segundo las que miran al prójimo. Y entonces amamos al prójimo según el mandamiento de Dios, cuando le

amamos por Dios. Y así estos tres preceptos que pertenecen a Dios, están escritos en la primera tabla. Luego

declarará que en las palabras propuestas hay dos mandamientos, uno de los cuales es afirmativo, y otro

negativo. Porque cuando dice: ―No tendrás dioses ajenos delante de mi”, es como si dijera: “A mí me adorarás

como a verdadero Dios, y no adorarás a dioses ajenos.

 

VIII. De qué modo están incluidas en este precepto la fe, esperanza y caridad.

731. En el primero se encierran los preceptos de Fe, Esperanza y Caridad. Porque si llamamos Dios le

confesamos innoble, inmutable, que eternamente permanece el mismo, fiel, recto y sin el menor

defecto. De donde se sigue necesariamente que creyendo sus palabras, le demos entera fe y autoridad.

732. Y el que confiesa su omnipotencia, clemencia, prontitud e inclinación a hacer bien, ¿podrá menos

de colocar en El todas sus esperanzas?. Y si considera las riquezas de su bondad y amor comunicadas a

nosotros, ¿podrá dejarle de amar? Por eso cuando su Majestad ordena y manda alguna cosa en las Escrituras,

ya sea al principio, ya sea al fin, usa de estas palabras: ―Yo soy el Señor.

 

IX. Explicase este precepto como negativo.

733. La segunda parte del mandamiento es: ―No tendrás dioses ajenos delante de mi. De este modo de

hablar se valió el Legislador, no porque no estuviese suficientemente explicado esto en el precepto afirmativo

que dice: A mi adorarás como a solo Dios. Porque si es Dios, es uno solo; sino por la ceguedad de muchísimos

que confesando antiguamente que adoraban al verdadero Dios, al mismo tiempo veneraban muchos dioses. De

estos hubo machos entre los hebreos, los cuales como Elíasse lo reprendía, cojeaban de ambos pies, y

también lo hicieron los Samaritanos que adoraban al Dios de Israel y juntamente a los dieses gentiles.

 

X. Este precepto ha de tenerse por el mayor de todos.

734. Explicadas estas cosas se ha de añadir que este mandamiento es el primero y el mayor de todos, no

sólo en el orden, sino también en la naturaleza, dignidad y excelencia. Pues por infinitas razones debemos amar

y respetar a Dios más que a todos los Señores y Reyes. Porque El nos crió, nos gobierna, nos mantuvo en el

seno de nuestra madre, y de allí nos sacó a esta luz, nos da la vida y nos provee de todo lo necesario para

sustentarla.

 

XI. Quiénes pecan contra este mandamiento.

735. Pecan contra este mandamiento los que no tienen fe, esperanza y caridad, cuyo pecado tiene

muchas aplicaciones. Pues están comprendidos en él los que caen en herejía, los que no creen lo que la Santa

Madre Iglesia propone que se debe creer; los que dan crédito a sueños, agüeros y demás cosas vanas; los que

desesperan de su salvación y no confían en la divina bondad, los que ponen su esperanza sólo en sus riquezas,

salud y fuerzas corporales, de todo lo cual tratan extensamente los que han escrito de vicios y pecados.

 

XII. El culto de los Santos no se opone a este precepto.

736. También se ha de enseñar con todo cuidado en la explicación de este precepto, que no se opone a

esta ley la veneración e invocación de los Santos Ángeles, y de las almas bienaventuradas que están gozando de

Dios, ni el culto que a sus cuerpos y cenizas dio siempre la Iglesia Católica. Porque ¿quién será tan

insensato, que mandando el Rey que ninguno se porte como tal, ni permita ser tratado con aparato y honores

regios, juzgue al instante que el rey no quiere que se tenga respeto a sus Magistrados? Es cierto que los

cristianos imitando a los Santos del antiguo Testamento, adoran a los ángeles, mas no por eso les dan la

veneración que tributan a Dios. Si alguna vez leemos que los ángeles no consintieron les adorasen los

hombres, se ha de entender que obraron de este modo porque no querían se les diese aquel honor que a solo

Dios es debido.

 

XIII. Se demuestra por las Escrituras que es lícito venerar a los ángeles.

737. El Espíritu Santo que dice: ―A solo Dios sea el honor y gloria, el mismo nos ordena veneremos a

los Padres y ancianos. Además de esto, aquellos Santos varones, que solamente adoraban a un Dios,

adoraban también a los Reyes, según está escrito en las sagradas Letras, esto es los veneraban con

rendimiento. Ahora bien, si son tratados con tanto honor los Reyes, por los cuales Dios gobierna el mundo, a

aquellos Angélicos Espíritus, los que quiso Dios que fuesen sus Ministros y de cuyo medio se vale, no sólo para

el gobierno de su Iglesia, sino también de todas las demás cosas, y por cuyo favor somos cada día librados de

peligros muy grandes así de cuerpo como de alma, aunque no les podamos ver, ¿por qué no les daremos honra

tanto mayor, cuanto aquellos bienaventurados espíritus aventajan en dignidad a los Reyes mismos? Juntase a

esto la caridad con que nos aman, y que movidos de ella, ruegan a Dios por aquellas provincias que están a su

cargo, como fácilmente se entiende por la Escritura, ni debemos dudar que hacen lo mismo por aquellos que

guardan, pues presentan a Dios nuestras oraciones y lágrimas. Así enseñó el Salvador en el Evangelio, que

no se escandalizase a los pequeñuelos, porque sus Ángeles en los cielos están siempre viendo la cara del

Padre celestial.

 

XIV. Pruébase que han de ser invocados los Santos Ángeles.

738. Han de ser, pues, invocados los Santos Ángeles, así porque están perpetuamente gozando de Dios,

como por lo muy gustosos que procuran el patrocinio de nuestra salvación, del cual están encargados. La divina

Escritura nos da pruebas de esta invocación. Porque Jacob pidió al Ángel con quien había luchado, que le

bendijera, y aun le obligó, asegurándole que no le dejarla mientras no le diese su bendición. Mas no sólo quiso

que se la diese aquel con quien estaba, sino también otro a quien de ningún modo veía, entonces cuando dijo:

El Ángel que me libró de todos los males bendiga, a estos niños.

 

XV. Con la invocación de los Santos, y venerando sus reliquias en nada se disminuye el honor

debido a Dios.

739. De aquí también se sigue que está tan lejos de disminuirse la gloria de Dios, honrando e invocando

a los Santos que murieron en el Señor, así como con la veneración de sus reliquias y cenizas, que antes por eso

mismo se aumenta tanto más, cuanto más aviva y confirma la esperanza de los hombres y los mueve a su

imitación. Así, aprueban esta práctica los Concilios Niceno segundo, Gangrense y Tridentino juntamente

con la autoridad de los Santos Padres.

 

XVI. Con qué pruebas señaladamente se ha de demostrar la invocación de los Santos.

739 bis. A fin de que el Párroco quede más instruido para refutar a los que contradicen a esta verdad, lea

señaladamente a los Santos Jerónimo contra Vigilando y al Damasceno. A cuyas razones se junta la principal,

que es la costumbre recibida de los Apóstoles, y perpetuamente retenida y conservada en la Iglesia de Dios. Y

¿qué otra prueba se puede desear más firme o más clara que el testimonio de la divina Escritura, la cual celebra

maravillosamente las alabanzas de los Santos? Porque hay elogios divinos de algunos Santos, cuyos loores

siendo aplaudidos por las sagradas Letras, ¿por qué los hombres no deberán tratarlos con singular honor?

Aunque también deben ser venerados e invocados, porque están continuamente rogando a Dios por la salud de

los hombres, y por sus méritos y valimiento nos hace su Majestad muchos beneficios. Porque si hay gozo en el

cielo cuando un pecador hace penitencia, ¿por ventura no ayudarán a los penitentes aquellos ciudadanos

celestiales? Y si los invocamos nosotros, ¿no nos alcanzarán el perdón de los pecados, obteniéndonos también

la gracia de Dios?

 

XVII. Esta invocación de los Santos no significa falta de confianza en el auxilio de Dios.

740. Y si se dijere, como lo dicen algunos, que el patrocinio de los Santos es superfluo, porque Dios sin

intérprete alguno acude a nuestras súplicas, estos asertos de los impíos se refutan fácilmente con el siguiente

testimonio de San Agustín: “No concede Dios muchas cosas sin el favor y oficio de algún medianero e

intercesor”. Confirman esto los ejemplos ilustres de Abimelec y de los amigos de Job, cuyos pecados no

fueron perdonados sino por los ruegos de Abraham y de Job. Si se alega que es falta y señal de poca fe servirse

de los Santos por intercesores y patronos, ¿qué responderán a lo practicado por el Centurión, quien no obstante

de ser elogiado de fe singular por Cristo Señor nuestro, con todo envió su Majestad los ancianos de los

judíos a fin de que alcanzasen la salud para su siervo enfermo.

 

XVIII. La única mediación de Cristo no impide esta invocación.

741. Por esto aunque debemos confesar, que se nos ha propuesto por medianero único Cristo Señor

nuestro, como quien solo nos reconcilió por medio de su sangre con el Padre celestial, y que habiendo

hallado la eterna redención y una vez entrado en el santuario, nunca cesa de interponerse por nosotros,

con todo en manera ninguna se sigue de ahí que no podamos acogernos a la gracia de los Santos. Pues si la

razón de que no podamos valemos de los socorros de los Santos es porque tenemos por único Patrono a

Jesucristo, nunca el Apóstol hubiera solicitado con tanta insistencia ser ayudado para con Dios por medio

de las oraciones de los hermanos que aun estaban vivos. Pues no menos disminuirían la gloria y dignidad del

medianero Cristo las oraciones de los vivos, que la intercesión de aquellos Santos que ya están en los cielos.

 

XIX. Por dónde se prueba la virtud de las reliquias.

742. Mas ¿a quién no convencen, así además del honor que se debe a los Santos y el patrocinio con que

nos defienden, las grandes maravillas obradas en sus sepulcros, ya en ciegos, mancos, tullidos y baldados de

todos sus miembros que fueron restituidos a su antigua salud, ya en muertos resucitados, y ya en los demonios

lanzados de los cuerpos humanos? Estos prodigios los dejaron consignados con su autoridad testigos tan

fidedignos como los santos Ambrosio y Agustín, y no ciertamente porque los hubiesen oído referir, como

muchos, ni porque los hubiesen leído como otros muchísimos y gravísimos varones, sino porque los vieron por

sus mismos ojos. ¿Qué más? Si los vestidos, si los pañuelos, si hasta la sombra de los Santos, antes que

muriesen, ahuyentaban las enfermedades y restituían las fuerzas ¿quién se atreverá a negar que haga el Señor

los mismos milagros por las sagradas cenizas, huesos y demás reliquias de los Santos? Esto declaró aquel

cadáver que echado por casualidad en el sepulcro de Elíseo1074, súbitamente revivió al contacto de su cuerpo.

 

XX. has palabras que siguen no constituyen mandamiento diverso.

743. Aquello que sigue: ―No harás para, ti cosa esculpida, ni alguna imagen de cosa que esté en el

cielo o en la tierra ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra, “No adorarás esas cosas, ni las honrarás”.

Pensando algunos que era mandamiento distinto, quisieron que los dos últimos fuesen uno solo. Pero San

Agustín, dividiendo aquellos últimos, quiso que estas palabras perteneciesen al primer mandamiento, cuya

sentencia seguimos gustosos como tan célebre en la Iglesia. Aunque también está pronta aquella muy

verdadera razón de que fué conveniente que el premio y la pena de cada mandamiento se pusiese en el primero.

 

XXI. No es contra este precepto el uso de las sagradas imágenes.

744. Mas no se ha de pensar que por este precepto se prohíba del todo el arte de pintar, retratar o

esculpir. Porque leemos en las Escrituras simulacros e imágenes fabricadas por ordenación de Dios, como

los Querubines y la serpiente de metal. Y debe entenderse que sólo estaban vedadas las Imágenes, para

que no se quitase cosa alguna al culto del verdadero Dios, adorando los simulacros como si fueran dioses.

 

XXII. Cómo puede ofenderse a Dios por medio de las imágenes.

745. De dos maneras señaladamente, en cuanto se refiere a este mandamiento, es manifiesto que se

ofende gravísimamente a la majestad de Dios. La primera si se adoran los ídolos o imágenes como a Dios, o se

cree hay en ellas alguna divinidad o virtud por la cual sean dignas de ser veneradas, o que se les debe pedir

alguna cosa o poner en ellas la confianza, como antiguamente lo hacían los gentiles poniendo su esperanza en

los ídolos, lo cual a cada paso reprenden las sagradas letras.

746. La otra, si procura alguno copiar la forma de la divinidad con algún artificio, como si pudiera verse

con ojos corporales, o expresarse con colores o figuras. Porque como dice el Damasceno: “¿Quién puede

retratar a Dios, que es invisible, que es incorpóreo, que no puede ceñirse a límites algunos, ni ser delineado

por alguna figura?” Esto se explica muy detenidamente en el segundo Concilio Niceno. Y así dijo al Apóstol

esclarecidamente: “Que caminaron la: gloria de Dios incorruptible en semejanza, de hombre corruptible, de

aves, de animales cuadrúpedos y de serpientes”. Porque ellos veneraban como dioses todas esas cosas

levantando sus imágenes para darlas culto. Y por esto los Israelitas que clamaban delante de la imagen del

becerro: ―Estos, Israel son tus dioses, los que te sacaron de la tierra de Egipto, fueron llamados idólatras:

Porque cambiaron su gloria en la imagen de un becerrillo que comía heno.

 

XXIII. Cuál es el sentido de la segunda, parte de este mandamiento.

747. Habiendo, pues, el Señor prohibido el culto de los dioses de los gentiles a fin de desterrar

enteramente la idolatría, mandó que no se fundiese imagen de la Divinidad ni de metal ni de otra materia

alguna, lo cual declarándolo Isaías, dice: “¿A quién hicisteis semejante a Dios, o qué imagen le pondréis?”.

Este es el sentido de este mandamiento, como además de los Santos Padres que le interpretan así, según se

expuso en el séptimo Concilio, lo declaran suficientemente aquellas palabras del Deuteronomio, por medio de

las cuales queriendo Moisés apartar al pueblo de la idolatría, le dijo: ―No visteis imagen ninguna en el día en

que os habló el Señor en Horeb de en medio del fuego”. Dijo esto el Sapientísimo Legislador, para que no

fingiesen imagen de la Divinidad llevados de algún error, y diesen a alguna cosa criada el honor debido a Dios.

 

XXIV. No es contra este precepto pintar las Personas de la Santísima Trinidad.

748. No obstante de lo dicho, nadie piense que se peque contra la religión y ley de Dios, cuando se pinta

alguna de las Personas de la Santísima Trinidad con algunas señales que aparecieron en el Testamento viejo

o nuevo. Pues ninguno es tan necio que llegue a creer que por esas señales se exprese la Divinidad. Pero

enseñe el Párroco que por ellas se declaran algunas propiedades o acciones que se atribuyen a Dios. Como por

causa de la visión de Daniel se pinta un anciano sentado en un trono, ante cuya presencia se abrieron unos

libros, con lo cual se significa la eternidad de Dios y su infinita Sabiduría, la cual ve todos los pensamientos y

acciones de los hombres que un día juzgará.

 

XXV. Pueden también pintarse los Ángeles.

749. Del mismo modo, a los Ángeles se les da unas veces forma humana, y otras se les representa con

alas, para que entiendan los fieles lo muy inclinados que están hacia los hombres, y cuan prontos para cumplir

los encargos del Señor. “Porque todos son espíritus servidores para aquellos que consiguen la herencia de la

salud.

 

XXVI. De la figura de Paloma en que se pinta el Espíritu Santo.

750. La figura de paloma y lenguas como de fuego, qué propiedades signifiquen del Espíritu Santo, en el

Evangelio y Hechos de los Apóstoles, es cosa tan notoria que no necesita de explicación.

 

XXVII. Las imágenes de Cristo y de los Santos deben pintarse y venerarse.

751. Por lo que mira a Cristo Señor nuestro y a su santísima y purísima Madre, y a todos los demás

Santos, como fueron hombres verdaderos, y tuvieron forma humana, no sólo no está prohibido por este

mandamiento pintar sus imágenes y venerarlas, sino que siempre se tuvo por cosa santa y por prueba certísima

de ánimo agradecido, como lo confirman las memorias de los tiempos de los Apóstoles, los Concilios generales,

y los escritos de tantos santísimos y doctos Padres entre sí unánimes y concordes.

 

XXVIII. Cuál es el uso legítimo de las imágenes en la Iglesia.

752. Enseñará, pues, el Párroco que no sólo es lícito tener imágenes en la Iglesia y darles honor y culto,

pues todo el honor que se hace a ellas se ordena a sus originales, sino que declarará también que así se practicó

hasta ahora con aprovechamiento muy grande de los fieles, según consta del Damasceno en el libro que

escribió sobre las Imágenes, y del Concilio séptimo, que es el segundo de Nicea. Mas como nada exista, por

muy santo que sea, que no procure corromper con sus fraudes y astucias el enemigo del linaje humano, si acaso

sufriere el pueblo algún error acerca de este punto, procurará el Párroco enmendarle cuanto fuere posible,

según el decreto del Concilio Tridentino, y si el caso lo requiere, explicará el mismo decreto, y enseñará a los

rudos y a los que ignoran la razón de haberse instituido las imágenes que fueron establecidas para conocer la

historia de uno y otro Testamento, renovar con frecuencia su memoria, y a fin de que esforzados con el

recuerdo de las cosas divinas, nos movamos con más vehemencia a la adoración y amor del mismo Dios. Y

asimismo demostrará que las imágenes de los Santos están puestas en los Templos para que sean adoradas, y

para que nosotros, amonestados con su ejemplo, conformemos nuestra vida y costumbres con la suya. “Yo soy

tu Dios y Señor, fuerte, celoso, que visitó la maldad de los Padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta

generación de los que me aborrecen, y uso de misericordia en millares con los que me aman y guardan mis

mandamientos”.

 

XXIX. Este apéndice pertenece a todos los mandamientos.

753. Dos son las cosas que deben explicarse con cuidado en la última parte de este mandamiento. La

primera es, que si bien muy propiamente se señala pena en este lugar por la maldad enorme de quebrantar este

primer mandamiento, y la inclinación de los hombres a cometerla, con todo es apéndice común a todos los

preceptos. Porque toda ley induce a los hombres a guardar lo que manda con penas y premios. De aquí nacen

aquellas tan frecuentes y repetidas promesas de Dios en las Sagradas Letras. Porque dejando casi innumerables

lugares del antiguo Testamento, en el Evangelio está escrito: “Si quieres entrar en la vida, guarda los

mandamientos” . Y en otra parte: ―El que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese entrará en

el Reino de los Cielos. Y en otra: ―Todo árbol que no diere buen fruto, será cortado y echado en el

fuego. Más: ―Todo aquel que se aíra contra su hermano, será reo de juicio. En fin: ―Si no perdonareis a

los hombres, ni vuestro Padre os perdonará vuestros pecados.

 

XXX. De diferente modo ha de proponerse esta pena, a los buenos que a los malos.

754. La segunda cosa es, que de modo muy diverso han de ser enseñados acerca de este apéndice, los

perfectos que aquellos que no lo son. Porque los perfectos, como son guiados por el Espíritu de Dios, y le

obedecen con ánimo pronto y alegre, le oyen y reciben como unas nuevas de sumo gozo, y como una gran

prueba del grande amor con que el. Señor los mira. Porque reconocen el cuidado de su amantísimo Dios, el cual

ya con penas, ya con premios, como que hace fuerza a los hombres para que le adoren y veneren; conocen su

inmensa benevolencia para con ellos en dignarse mandarlos y valerse de su servicio para gloria de su divino

nombre. Y no sólo reconocen esto, sino que conciben grande esperanza de que así como manda lo que quiere,

así también les dará fuerzas para guardar su ley. Pero aquellos que todavía son esclavos del espíritu de

servidumbre y que si dejan de pecar, más es por temor de la pena que por amor a la virtud, reciben este

apéndice como una cosa muy molesta y amarga. Por tanto deben ser ayudados con piadosas exhortaciones y

guiados como por la mano a lo que pretende la ley. Siempre que se ofrezca la ocasión de explicar algún

mandamiento, tendrá por hecha el Párroco esta misma advertencia.

 

XXXI. Qué ha de meditarse sobre aquellas palabras: Yo soy Dios fuerte.

755. Pero así a los carnales como a los espirituales, se han de aplicar señaladamente dos como estímulos

propuestos en este apéndice, y que ayudan muchísimo a los hombres para guardar la ley. Porque decirse Dios

fuerte, en tanto debe explicarse con mayor diligencia, en cuanto a la carne, que se asusta poco con los terrores

de las amenazas divinas, se finge a sí misma muchas veces varias razones por donde escaparse de la ira de Dios,

y librarse de las penas que propone. Mas el que está de cierto persuadido que Dios es fuerte, luego exclama con

David: “¿Dónde me esconderé de tu Espíritu, y a dónde huiré que no vea tu cara?”. Esta misma carne

también, desconfiando algunas veces de las promesas divinas, cree que son tan grandes las fuerzas de los

enemigos, que de ninguna manera se juzga capaz de resistirlas, pero la fe constante y animosa que nada

titubea como apoyada en la fuerza y virtud de Dios, alienta por el contrario y confirma a los hombres, pues

dice: ―El Señor es mi iluminación y mi salud, ¿a quién temeré”.

 

XXXII. Qué quiere decir llamarse Dios celoso.

756. El otro estímulo es el mismo celo de Dios. Pues algunas veces piensan los hombres que Dios no

cuida de las cosas humanas, y ni siquiera de si guardamos o quebrantamos su ley, de lo cual se sigue un

desorden de vida muy grande. Mas, creyendo que Dios es celoso, luego nos mueve esta consideración a la

práctica de nuestros deberes.

 

XXXIII. Qué clase de celo debe atribuirse a Dios.

757. Este celo que se atribuye a Dios, no significa perturbación alguna de ánimo, sino aquel divino amor

y caridad, por la cual no permitirá que ninguna alma que se atreva a ofenderle, quede sin castigo.

Porque pierde a todos los que quebrantan sus leyes”. Es, pues, el celo de Dios aquella sosegadísima

y sencillísima justicia, por la cual el alma pervertida con opiniones falsas y apetitos desordenados, es repudiada

y desechada como adúltera de la unión y compañía de Dios. Pero experimentamos suavísimo y dulcísimo este

mismo celo, cuando demuestra por el mismo su increíble y suma voluntad hacia nosotros. Porque como no se

da entre los hombres amor más ardiente o unión mayor ni más estrecha que la de los unidos con el

matrimonio, así por esta misma razón muestra el Señor su amor inmenso cuando al llamarse celoso se

compara repetidas veces a un esposo o marido. Por tanto enseñe el Párroco con respecto a esta materia, que los

hombres deben procurar con tanta solicitud el culto y la veneración de Dios, que más bien puedan decirse

celosos que amantes, a imitación de aquel que decía de sí: ―Celado he con celo por el Señor Dios de los

ejércitos” ; o mejor que imiten al mismo Cristo, de quien son las siguientes palabras: “El celo de tu casa me

devoró”.

 

XXXIV. Significado de la sentencia de conminación con que aquí se amenaza,

758. Se ha de explicar, pues, que el sentido de esta amenaza es, que Dios no ha de permitir que los

pecadores queden sin castigo, por lo cual o los ha de castigar aquí como Padre, o atormentar después rigurosa y

severamente como juez. Esto es lo que en otra parte significó Moisés diciendo: “Y sabrás que tu Dios y Señor él

mismo es fuerte y fiel, que guarda el pacto y la misericordia con los que le aman y guardan sus

mandamientos hasta mil generaciones, y que da al instante su merecido a los que le aborrecen”. Y Josué

dijo también: ―No podréis servir al Señor, porque es Dios Santo, fuerte y celoso, y no perdonará vuestras

maldades y pecados. Si dejareis al Señor, y sirviereis a los dioses ajenos, se volverá el Señor contra vosotros,

y os afligirá y acabará con vosotros”.

 

XXXV. Cómo visita Dios los pecados de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta

generación.

759. Debe también enseñarse al pueblo, que esta pena con que Dios amenaza, llega hasta la tercera y

cuarta generación ele los impíos y facinerosos; no porque paguen siempre los descendientes las penas de las

culpas de sus mayores, sino porque aun cuando ellos o sus hijos no sean castigados, con todo no se librará toda

su posteridad de la ira y azote de Dios. Así sucedió con el Rey Josías, que si bien Dios le perdonó por su

piedad singular, y le concedió fuese enterrado en paz en el sepulcro de sus mayores, para que no viera los

males que en los tiempos siguientes habían de venir sobre Judá y Jerusalén por las maldades de Manases

abuelo, con todo habiendo muerto él, descargó la venganza sobre sus descendientes, de manera, que ni

perdonó a los hijos del mismo Josías.

 

XXXVI. Cómo se concilia esta amenaza, con la sentencia de Ezequiel,

760. Y cómo no se oponen estas palabras de la ley a aquella sentencia del Profeta Ezequiel: ―El alma que

pecare, esa morirá lo muestra claramente San Gregorio de común consentimiento con todos los demás

Padres antiguos. Dice pues: ―Todo el que imita la maldad de su perverso padre, se hace reo también de los

pecados de éste, mas el que no sigue la maldad del padre, de ningún modo será agravado por su delito. De aquí

es que el mal hijo del mal padre, no sólo pague los pecados que él añadió, sino también los de su padre, cuando

conociendo que está todavía airado el Señor por los vicios de su padre, con todo no tiembla añadir su maldad. Y

es justo que quien a vista de un Juez riguroso no teme seguir los pasos de su malvado padre, se le obligue aún

en esta vida a pagar las culpas del padre perverso‖. Luego recordará el Párroco cuanto sobrepuja la bondad y

misericordia de Dios a la justicia, pues airándose hasta la tercera y cuarta generación, extiende hasta millares la

misericordia.

 

XXXVII. Cómo se entiende que aborrecen a Dios los que quebrantan su ley.

761. Las palabras que siguen: De los que me aborrecen, demuestran la gravedad del pecado. Porque

¿qué cosa puede haber más perversa ni más abominable, que aborrecer a la misma bondad y verdad infinita? Y

esto es propio de todos los que pecan; porque así como el que tiene y guarda los mandamientos de Dios, ese es

el que ama a Dios, así el que desprecia su divina ley, y no guarda sus mandamientos, con razón se ha de decir

que le aborrece.

 

XXXVIII. Cómo se entiende que el Señor usa de misericordia con los que le aman.

762. Lo que se dice en último lugar: Y con los que me aman, enseña el modo y razón que se deben

observar en el cumplimiento de la ley. Porque es necesario que los que guardan la ley de Dios, sean movidos a

su obediencia, por la misma caridad y amor con que aman a su Majestad. De esto trataremos después en cada

uno de los mandamientos.

Segundo precepto del Decálogo

NO TOMARÁS EN VANO EL NOMBRE DEL SEÑOR TU DIOS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Además del primer precepto, que nos manda adorar a Dios, el Señor quiso darnos un segundo

mandamiento, que es consecuencia del primero, por el que nos manda honrarle de palabra (Mal. 1 6.). [2] En

efecto, muchos hombres se encuentran tan envueltos en las tinieblas de los errores, que no temen maldecir a

Dios, ni injuriar a la divina Majestad, jurando, diciendo imprecaciones continuamente y por cualquier cosa, y

pronunciando neciamente el santo Nombre de Dios. Por lo tanto, el párroco no debe hablar en términos

generales de este precepto, sino instruir con claridad a los fieles, advirtiéndoles cuán grave y abominable

pecado sea éste.

[3] Como ya vimos, en este mandamiento tenemos un doble precepto: • uno afirmativo, que nos

manda honrar el Nombre de Dios, y jurar religiosamente por él; • otro negativo, que nos prohíbe

menospreciar el Nombre de Dios, tomarlo en falso, y jurar por él falsa, vana o temerariamente.

Precepto afirmativo de este mandamiento

[4] 1º Qué se entiende por Nombre de Dios. — Por Nombre de Dios entendemos, no la palabra

tomada materialmente, letras y sílabas, sino lo significado por esa palabra, a saber, la esencia y majestad

divinas. Por eso debemos tener respeto y veneración, no a un solo nombre determinado de Dios (el

tetragrámmaton, o cuatro letras divinas), sino a todos aquellos nombres que se le atribuyen, como el de Señor,

Omnipotente, Señor de los Ejércitos, Rey de los reyes, Fuerte, y otros semejantes; pues todos ellos expresan

algo de la esencia divina.

[5-6] 2º De cuántas maneras debemos venerar el Nombre de Dios. — Las principales son las

siguientes: • ante todo, confesando delante de todos con valor a Dios como nuestro Dios y Señor, y a Jesucristo

como nuestro Salvador (Mt. 10 32; Rom. 10 13.); • luego, oyendo, leyendo, estudiando y meditando la palabra

de Dios, en que se manifiesta su voluntad (II Cor. 2 17.); • también alabando a Dios por medio del rezo del

Oficio divino y dándole gracias por todo lo que nos envía, tanto próspero como adverso (Sal. 102 2, y Sal. 9,

30, 34, 64, etc.; Job. 1 21 y 2 10.); • además, implorando su auxilio, a fin de que nos libre de las penas o nos dé

constancia y fortaleza para sufrirlas (Sal. 49 15.); • finalmente, poniendo a Dios por testigo de lo que

afirmamos.

[7] Sin embargo, aunque sea bueno, no es laudable el uso frecuente de este último modo de honrar el

nombre de Dios. La razón es que el juramento es sólo una medicina para nuestra humana debilidad, y un

recurso para acreditar lo que afirmamos; pero así como el uso de las medicinas sólo es bueno cuando el cuerpo

las necesita, y su abuso es perjudicial, así también el juramento sólo es saludable cuando hay causa justa y

grave, mas su abuso, lejos de aprovechar, produce grave daño.

El juramento en particular

[8-9] 1º Noción de juramento. — Jurar es poner a Dios por testigo, cualesquiera que sean la forma

verbal y las expresiones con que se haga. Es también juramento cuando, con el fin de que nos crean, juramos

por algunas criaturas en las que brilla el esplendor de la divina Majestad, como por ejemplo jurar por los

Santos Evangelios, que contienen la palabra de Dios, o por los Santos, que son sus templos, etc.

[10] 2º Clases de juramento. — Dos son las clases de juramento: • el asertorio, cuando afirmamos

algo sobre cosa presente o pasada; • el promisorio (al que se reduce el conminatorio), cuando prometemos y

confirmamos para el tiempo futuro que será así alguna cosa.

[11] 3º Condiciones requeridas para el verdadero juramento. — Para que el juramento sea

válido y bueno se requieren, además de poner a Dios por testigo: verdad, necesidad y justicia.

[12] a) La verdad es la primera condición del juramento, a saber, que lo que se afirma sea cierto (Sal. 14

4.). En el juramento asertorio se requiere, para esta verdad, que el que jura tenga certeza de lo que jura, no por

leves conjeturas, sino por pruebas sólidas y seguras. En el juramento promisorio se requiere, para que haya

verdad, que el que así jura tenga firme propósito de cumplir lo jurado.

[13] b) El juicio o necesidad es la segunda condición del juramento, esto es, que no se jure por capricho

y sin reflexión, con precipitación y temeridad, sino con prudencia y después de madura reflexión, viendo que es

necesario el juramento, atendiendo a las circunstancias del acto (tiempo, lugar, etc.) y no dejándose llevar por

pasión alguna. Por este mismo motivo no se debe exigir juramento a los niños antes de su pubertad, esto es,

antes de los catorce años, pues por su corta edad no son capaces todavía de reflexionar y distinguir como

conviene.

[14] c) La justicia es la tercera condición del juramento, esto es, que lo que se jura sea bueno y honesto;

pues quien jura algo injusto y deshonesto, peca jurando y cumpliendo el juramento, como el rey Herodes al

mandar decapitar a San Juan Bautista por el juramento hecho a la bailarina (Mc. 6 23.).

[15-17] 4º Licitud del juramento. — El juramento, cuando reúne estas tres condiciones, es

ciertamente lícito, ya que queda asegurado por ellas como por ciertos baluartes. Y esta licitud tiene en su favor

dos argumentos: • uno de autoridad: las Sagradas Escrituras indican cómo los Santos Apóstoles (Rom. 1 9; I

Cor. 15 31; II Cor. 1 23.), y los Angeles (Dan. 12 7; Apoc. 10 6.), y el mismo Dios para confirmar sus promesas

(Gen. 22 16; Ex. 33 1; Sal. 109 4.), usaron a veces del juramento; • otro de razón: el juramento es lícito si se

atiende tanto a su origen como a su fin: — a su origen: considerando los hombres que Dios es el autor de toda

verdad, a cuya vista están patentes todas las cosas (Heb. 4 13.), lo ponen por testigo, teniendo por impío no dar

crédito a un tal testimonio; — a su fin: probar la justicia e inocencia del hombre, y poner término a los pleitos y

controversias (Heb. 6 16.).

[18-19] Y no se oponen a esta verdad las palabras de Jesucristo: «Yo os digo que de ningún modo

juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por Jerusalén, ni por ti mismo; sino sea vuestro modo de hablar: Sí,

sí, no, no» (Mt. 5 33-37.); pues aquí el Salvador no hace más que reprender y reprobar la costumbre de los

judíos de jurar constantemente por cualquier cosa, advirtiéndonos que no debemos ser demasiado inclinados a

jurar, y enseñándonos que debemos abstenernos totalmente de ello a no exigirlo la necesidad. La autoridad de

las Sagradas Letras (Eclo. 23 9-14; 27 14.) y los testimonios de los Santos Padres evidencian que son casi

innumerables los males que proceden de la abusiva costumbre de jurar.

Precepto negativo de este mandamiento

Este precepto nos obliga a no tomar el nombre de Dios en vano, esto es, a no jurar por El falsa, vana o

temerariamente, y a no menospreciarlo. Por tanto, pecan contra este mandamiento:

[20-26] 1º Los que juran indebidamente, a saber:

a) Contra la necesidad del juramento, jurando temerariamente y sin reflexión, pues menosprecian la

Majestad de quien es nuestro Dios y Señor; o jurando lo que es verdad, pero fundado en leves conjeturas; pues

quienes juran con tanta indiferencia se hallan en peligro de ser perjuros.

b) Contra la verdad del juramento: • ya sea jurando con mentira y poniendo a Dios por testigo de cosas

falsas, atribuyéndole la ignorancia, creyendo que se le oculta la verdad de algo, o por depravado afecto; • ya sea

jurando lo que, aun siendo verdad, se cree que es falso, pues en eso consiste la mentira; • ya sea jurando lo que

se cree que es verdadero, pero que en realidad es falso, a no ser que se haya puesto el cuidado e interés posible

en averiguar y conocer bien la verdad; • ya sea prometiendo con juramento hacer algo, pero sin propósito de

cumplirlo, o no cumpliendo realmente lo prometido, aunque se tuviese el propósito de hacerlo (Lev. 27; Num.

6; Deut. 23 21-22 y ss; Eclo. 5 3-4.).

c) Contra la justicia del juramento: • ya sea jurando cometer una cosa mala, aunque ese juramento

contenga verdad y se jure seria y deliberadamente; • ya sea jurando no seguir los consejos evangélicos; pues

aunque no se está obligado a seguir esos consejos evangélicos, jurar de esa manera es menospreciarlos y

ultrajarlos; • ya sea jurando por dioses falsos, poniendo por testigos de la verdad a dioses fingidos y fabulosos,

como si fueran el verdadero Dios.

[27] 2º Los que menosprecian a Dios deshonrando su palabra: • adulterando el verdadero y

legítimo sentido de las Sagradas Escrituras en favor de los errores y herejías de los impíos (II Ped. 3 16; II Cor.

2 17.); • sirviéndose de ella sin respeto y veneración, como para hacer chistes, o fábulas, o adulaciones, o di-

famaciones, o cosas vanas, etc.

[28] 3º Los que no invocan a Dios en sus desgracias y necesidades.

[29] 4º Los que blasfeman y maldicen con palabras deshonestas y escandalosas el

sacrosanto nombre de Dios, y el nombre de los Santos que están reinando con Dios. Este pecado es el

mayor y más detestable de los pecados contra este mandamiento.

329Amenazas contra los infractores de este mandamiento

[30] «No dejará el Señor sin castigo al que tomase en vano el nombre del Señor su Dios» (Ex. 20 7.).

Dos cosas deben observarse sobre las amenazas correspondientes a este mandamiento:

1º Tan grande es la propensión del hombre a este pecado, que no bastó que se le diese la ley, sino que

fue necesario añadir las amenazas. Y muy sabiamente se añadieron, pues por medio de ellas Dios nos

manifiesta por una parte la gravedad de este pecado, y por otra su bondad para con nosotros, ya que si Dios nos

amenaza es porque no se deleita en nuestra perdición (Tob. 3 22; Sab. 1 13.) y quiere que lo tengamos más bien

propicio que enojado.

2º No quiso Dios señalar ninguna pena determinada, sino sólo amenazar en general, para que las

diferentes tribulaciones que nos afligen cada día nos recuerden este pecado, y entendamos que muchas de las

tribulaciones en que caen los hombres es por faltar a este mandamiento.

 

CAPÍTULO III

DEL 2° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

I. Por qué Dios puso esta ley de honrar su divino nombre.

763. Aunque en el primer mandamiento de la divina ley, en donde se nos manda adorar a Dios piadosa y

santamente, se incluya también el que sigue en segundo lugar (porque todo el que quiere que se le dé honor,

pide igualmente que se le honre mucho de palabra, y prohíbe lo contrario, como lo indican con claridad

aquellas palabras del Señor por Malaquías: ―El hijo honra a su padre, y el siervo a su Señor, pues si yo soy

Padre, ¿dónde está mi honra?, con todo por la Importancia del objeto, quiso el Señor poner separadamente

esta ley de honrar su santísimo y divinísimo nombre, mandándonos esto con palabras distintas y claras.

 

II. Del gran cuidado con que deben los Párrocos explicar esta ley.

764. Esto ciertamente debe ser para el Párroco la mayor prueba de que no es suficiente hablar en

general de este asunto, sino que es necesario pararse mucho en este lugar y explicar a los fieles con gran

claridad,, distinción y cuidado, todo cuanto pertenece a este mandamiento. No debe tenerse por nimia esta

diligencia. Porque hay hombres tan ciegos en las tinieblas de los errores, que no se horrorizan de maldecir a

Aquel a quien glorifican los Ángeles. Ni los atemoriza esta divina ley de tal suerte que ella sea suficiente para

que no se atrevan a injuriar a Dios cada día, o por mejor decir, a todas horas y momentos con el mayor descaro.

¿Quién no oye que todo se afirma con juramento y que todo está lleno de maldiciones y execraciones con tal

exceso, que apenas se vende ni compra cosa, ni se trata negocio, donde no se interponga la religión del

juramento, pronunciándose temerariamente millares de veces el nombre santísimo de Dios por cosas

ligerísimas y de ninguna importancia? Por lo mismo el Párroco debe con la mayor solicitud y diligencia posible

procurar que los fieles comprendan lo enorme y abominable de esta maldad.

 

III. Qué es lo que se manda o se veda por este mandamiento.

765. En la explicación de este mandamiento, se ha de presuponer en primer lugar, que con lo prohibido

por la ley se junta también lo que deben practicar los hombres, uno y otro debe enseñarse separadamente, y

para exponer con más claridad las cosas que deben proponerse, nos ocuparemos primeramente de lo ordenado

por la ley, y luego de lo prohibido por ella. Manda, pues, que sea honrado el nombre de Dios, y que se jure

santamente por él. Y lo que prohíbe es; que ninguno menosprecie el divino nombre, que ninguno le tome en

vano, ni jure por él, falsa, vana o temerariamente.

 

IV. Qué se entiende aquí por el nombre de Dios.

766. Por lo que mira a esta parte, en la cual se nos manda honrar el nombre de Dios, dirá el Párroco a

los fieles, que no se ha de atender solo al nombre de Dios, esto es, a sus letras o sílabas, o a la sola palabra, sino

que debe levantarse el pensamiento a lo que esa palabra significa, que es la omnipotente y eterna Majestad de

Dios trino y uno. Y de ahí se deduce fácilmente, cuan ridícula era la superstición de algunos judíos, que no se

atrevían a pronunciar el nombre de Dios que escribían, como si estuviera la virtud en aquellas cuatro letras, y

no en el ser divino significado por ellas. Pero aunque se dice en número singular: “No tomarás el nombre de

Dios”, no se ha de entender esto de solo algún nombre, sino de todos los que se suelen atribuir a Dios. Porque

todos son nombres que están impuestos a su Majestad como el de Señor, Todopoderoso, de Señor de

los Ejércitos, de Rey de Reyes, de fuerte , y otros semejantes que se leen en las Escrituras, y que a todos se

debe igual y la misma veneración. Después se ha de enseñar cómo se dará el nombre divino el debido honor.

Porque no es lícito al pueblo cristiano, en cuya boca han de ser celebradas de continuo las divinas alabanzas,

ignorar una cosa la más útil y la más necesaria para la salvación.

 

V. De qué manera ha de venerarse y honrarse el divino nombre.

767. Aunque son muchos los modos de alabar el nombre de Dios, esto no obstante, los más importantes

y a los que los demás se reducen, son los siguientes.

En primer lugar, se alaba a Dios cuando en presencia de todos confesamos con valor que es nuestro

Dios y Señor, reconociendo y publicando a Cristo por autor de nuestra salvación. Asimismo, cuando

procuramos con respeto y cuidado practicar la palabra de Dios en la que se nos manifiesta su voluntad; cuando

nos ocupamos constantemente en su meditación; cuando la aprendemos devotamente, ya leyendo, ya oyendo

según el estado y profesión de cada uno. Asimismo veneramos y reverenciamos el nombre de Dios, cuando por

deber y por religión celebramos las alabanzas divinas y le damos singulares gracias por todas las cosas, así

prósperas como adversas.

Porque dice el Profeta: ―Bendice, alma mía al Señor y no te olvides de todos sus beneficios. Hay

muchísimos Salmos de David, en los cuales canta suavísimamente las alabanzas divinas con singular

devoción. Existe el admirable ejemplo de la paciencia de Job, el cual en medio de tantas y tan horribles

calamidades como llovieron sobre él, nunca cesó de alabar al Señor con ánimo levantado e invencible. Pues así

nosotros cuando nos viéremos oprimidos de dolores de cuerpo o de alma, o atormentados de miserias y

desgracias, apliquemos al punto todo el conato y esfuerzos de nuestra alma a la alabanza de su Majestad,

diciendo con el Santo Job: “Sea bendito el nombre del Señor”.

 

VI. De otros modos de guardar este mandamiento.

768. Y no menos honramos el nombre de Dios, cuando pedimos confiadamente su socorro, para que, o

nos libre de los trabajos, o nos dé constancia y valor para sufrirlos con fortaleza, Porque así quiere el Señor que

lo hagamos, pues dice: “Llámame en el día de la tribulación, librarte hé, y me honrarás” . De esta

Invocación se hallan ejemplos ilustres en muchos lugares, pero señaladamente en los Salmos 16, 43, y

118.

Además de esto honramos el nombre de Dios, cuando le ponemos por testigo para asegurar alguna cosa.

Este modo se diferencia muchísimo de los anteriores. Porque todos los referidos son por sí tan buenos y

apreciables que nada más feliz, nada más amable puede haber para el hombre, como ocupar días y noches en

ejercitarlos cuidadosamente. “Bendeciré al Señor en todo tiempo, dice David, y nunca se me caerá su

alabanza de la boca”. Pero el juramento, aunque sea bueno, con todo de ninguna manera se ha de alabar su

uso frecuente.

 

VII. Por qué no es loable usar con frecuencia el juramento.

769. La razón de la diferencia está en que el juramento fué instituido para que sea corno una medicina

de la flaqueza humana, y un medio necesario para probar lo que decimos. Así pues, como no es provechoso

aplicar medicinas al cuerpo si no las necesita, y la frecuencia de las mismas es del todo perniciosa, así también,

si no hay grave y justa causa, no es saludable usar del juramento, y cuando se repite muchas veces, en lugar de

aprovechar, causa gravísimos daños. Por esto enseñó esclarecidamente San Crisóstomo: “No al nacer el

mundo, sino crecido ya, cuando los males extendidos larga y dilatadamente se habían apoderado de toda la

redondez de la tierra, sin haber cosa alguna en su lugar y orden, sino que turbadas y desordenadas todas,

eran llevadas con grande confusión de una parte para otra, y lo peor de todo haberse abandonado a sí

mismos casi todos los hombres a la vil servidumbre de los ídolos, al fin, pues de tanto tiempo empezó a

introducirse entre los hombres la costumbre del juramento, pues como en tanta perfidia y maldad, ninguno

se movía a creer fácilmente a otro, por esto invocaban a Dios por testigo.

 

VIII. Qué cosa es jurar, y de cuantos modos es el juramento.

770. Siendo de mayor interés en esta parte del Precepto enseñar a los fieles de qué modo deben usar del

juramento, justa y santamente, débese advertir en primer término que jurar no es otra cosa que poner a Dios

por testigo, sea de la forma o modo de palabras que se quiera; porque decir: Dios me es testigo, y por Dios, es lo

mismo lo uno que lo otro. También es juramento, cuando a fin de que nos crean, juramos por algunas

criaturas: como por los sagrados Evangelios, por la Cruz, por las reliquias y nombre de los Santos, y otros a este

modo. No porque estas cosas den por sí autoridad o fuerza alguna al juramento; pero se la da el mismo Dios,

pues brilla en estas cosas el resplandor de su Majestad divina. De donde se sigue que aquellos que juran por el

Evangelio, juran por el mismo Dios, cuya verdad se contiene y se declara en el Evangelio, y lo mismo los que

juran por los Santos, que fueron templos de Dios, los cuales creyeron la verdad del Evangelio, la

reverenciaron con toda veneración, y la propagaron muy profusamente entre los pueblos y naciones.

 

IX. Del juramento execratorio.

771. La misma razón milita en el juramento que se profiere por execración; cual es aquel de San Pablo:

Yo llamo a Dios por testigo contra mi alma”. Porque de esta manera se sujeta uno al juicio de Dios, como

vengador de la mentira. No negamos por esto, que algunas de estas fórmulas se puedan tomar de modo, que

casi no tengan fuerza de juramento. Mas, con todo eso es útil guardar también en ellas lo que se ha dicho

relativas al juramento, y conformarlas en todo a la misma norma y regla.

 

X. Cuántas clases hay de juramento.

772 Dos son las clases de juramento: el primero se llama asertorio, y es cuando religiosamente

afirmamos con él alguna cosa presente o pasada; como el Apóstol en la Epístola a los de Galacia: “He aquí

delante de Dios, que no miento”.

773. El segundo se llama promisorio, al cual se reduce también el conminatorio, y se refiere al tiempo

venidero, cuando prometemos y confirmamos de cierto que será así alguna cosa; como fué aquel de David, que

prometió jurando por su Dios y Señor a su esposa Bersabé, que su hijo Salomón sería el heredero del reino y

que le sucedería.

 

XI. Ovales son los requisitos para el legítimo juramento.

774. Pero aunque basta para el juramento poner a Dios por testigo, con todo para que sea recto y santo,

se requieren muchas condiciones que deben explicarse con diligencia. Estas, según afirma San Jerónimo, las

incluye Jeremías en estas breves palabras: “Jurarás, vive el Señor, en verdad, juicio y justicia”. En las

cuales palabras breve y sumariamente comprendió todos los requisitos necesarios para la perfección del

juramento; que son verdad, juicio y justicia.

 

XII. Cómo se prestará el juramento en verdad.

775. Tiene, pues, la verdad el primer lugar en el juramento. Esta consiste en que lo que se afirma sea

verdadero, y en que el que jura juzgue que es así, no temerariamente, o movido por leves conjeturas, sino por

pruebas muy ciertas. Y del mismo modo requiere en todo y por toda la verdad el otro modo de juramento, que

es al prometer alguna cosa. Pues el que la promete debe tener intención y voluntad determinada, de que

efectivamente cumplirá a su tiempo lo prometido. Porque ningún hombre de juicio se obligará jamás a hacer lo

que en tiende es contrario a la voluntad y santísimas leyes de Dios, y nunca dejará de cumplir lo que una vez

pudo prometer y jurar, a no ser que se cambiaran las cosas de tal modo, y empezara a ser tal lo prometido, que

si quisiera cumplir la palabra, y guardar lo prometido incurriría en odio y ofensa de Dios. Y que sea necesaria la

verdad en el juramento, lo indica también David por aquellas palabras: “El que jura a su prójimo, y no le

engaña”.

 

XIII. Del juicio del juramento, y qué no debe pedirse a los niños.

776. En segundo lugar se sigue el juicio. Porque no se debe jurar temeraria e inconsideradamente, sino

con gran atención y madurez. Así, el que ha de jurar, primeramente ha de considerar, si le obliga la necesidad o

no, y examine con cuidado todo el asunto, si es acaso de tal importancia que parezca ser necesario el

juramento. Además de esto atienda al tiempo, al lugar, y observe otras muchas circunstancias que acompañan

a las cosas. No se deje llevar de odio, ni de amor ni de otra pasión alguna, sino de sola la fuerza y necesidad de

la cosa. Porque si no precede esta consideración y diligente examen, será ciertamente precipitado y temerario el

juramento. Tal es la irreligiosa afirmación de aquellos, que en cosas levísimas y de ningún valor, juran sin más

acuerdo ni reparo, que por una depravada costumbre. Así vemos hacerlo cada día y a cada paso los que venden

y compran; que unos por vender más caro, y otros por comprar más barato, no se paran en alabar o envilecer

con juramento las cosas vendibles. Siendo, pues, necesario el juicio y la prudencia en el juramento, y no

pudiendo los niños por razón de la edad conocer y discernir tan agudamente como se requiere, por esto ordenó

San Cornelio Papa que no se les tomase juramento antes de la pubertad, esto es antes de los catorce años.

 

XIV. Como se jurará con justicia.

777. Resta la justicia, la cual señaladamente se requiere en las promesas. Por lo que si uno promete

alguna cosa injusta o inmoral, peca jurando, y añade maldad a maldad cumpliendo lo prometido. De esto

tenemos en el Evangelio el ejemplo del Rey Herodes, quien obligado por un juramento temerario, dio a la

joven danzante en premio de su baile la, cabeza de San Juan Bautista. Y tal fué también el juramento de

aquellos judíos, que, según consta en los Actos de los Apóstoles, se comprometieron a no gustar nada, hasta

haber quitado la vida al Apóstol San Pablo.

 

XV. Razones que demuestran la licitud del juramento.

778. Explicado así esto, no queda duda alguna de que ciertamente sea lícito jurar a quien guarde todo lo

dicho, y afiance su juramento con estas condiciones como con un muro. Esto es fácil de probar con muchos

argumentos. Pues la ley del Señor, que es inmaculada y santa , lo manda así, pues dice: “Temerás a tu

Dios y Señor, y a él sólo servirás, y jurarás por su nombre”. Y David escribió: “Serán alabados todos los que

juran en el Señor”.

779. Además de esto dan a entender las santas Escrituras, que las mismas lumbreras de la Iglesia los

santísimos Apóstoles usaron alguna vez del juramento, según consta de las Epístolas de San Pablo.

780. Añádese que aún los mismos Ángeles juran algunas veces, pues escribe San Juan en el Apocalipsis,

que un Ángel juró por el que vive por los siglos de los siglos.

Y sobre todo aun el mismo Dios, Señor de los Ángeles jura; y en muchos lugares del antiguo

Testamento confirma Dios sus promesas con juramento, como a Abraham y a David, quien para perpetua

memoria dejó así escrito sobre el juramento de Dios: ―Juró el Señor, y no se arrepentirá: Tu eres Sacerdote

eterno, según el orden de Melquisedec.

 

XVI. Se prueba, que es loable el juramento hecho como se debe.

782. No es difícil entender la razón que demuestra ser laudable el juramento, si se considera con

atención su objeto, origen y fin. Ahora bien el juramento se origina de la fe con que los hombres creen que Dios

es autor de toda verdad, que no puede jamás engañarse ni engañar a los demás, a cuya vista todas las cosas

están desnudas y patentes, y por último que gobierna todas las cosas humanas, y rige el mundo con

maravillosa providencia. Iluminados, pues, los hombres con esta fe, hacen testigo de la verdad a Dios, a

quien no dar crédito, sería impía y execrable maldad.

 

XVII. El juramento es fin de las contiendas y pleitos.

783. Por lo que se refiere al fin del juramento, únicamente tiende a probar la inocencia y justicia del

hombre, y a dar fin a los pleitos y controversias, según enseña el Apóstol en la Epístola a los Hebreos.

 

XVIII. En qué sentido prohibió el juramento nuestro Redentor.

784. En modo alguno se oponen a esta doctrina aquellas palabras de nuestro Salvador según San Mateo:

Oísteis que se dijo a los antiguos, no perjurarás, mas cumplirás al Señor tus juramentos. Pero yo os digo: no

juréis en manera ninguna, ni por el cielo, porque es el trono de Dios ni por la tierra porque es estrado de sus

pies, ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey; ni por tu cabeza, tampoco jurarás, porque no puedes

hacer un cabello blanco, ni negro. Sea, pues, vuestra manera de hablar sí por si, y no por no, pues lo que

excede a eso, procede del mal” . Porque no se ha de decir que por estas palabras se condene el juramento

general y universalmente, cuando ya vimos antes que el mismo Señor y los Apóstoles juraron varias veces, sino

que quiso el Señor reprobar la perversa opinión de los judíos, que estaban persuadidos no habían de evitar sino

la mentira en el juramento. Y así juraban ellos a cada paso, y pedían a otros juramentos por cosas ligerísimas y

de ningún valor. Esta costumbre es la que reprende y reprueba el Salvador, y enseña que absolutamente nos

debemos abstener del juramento, a no ser que lo requiera la necesidad.

 

XIX. Cómo se entiende lo que dijo Cristo, que procede de mal lo que se aparta de la sencilla

afirmación.

785. La razón de lo dicho es, que el juramento fué Instituido por causa de la flaqueza humana; y

verdaderamente procede de mal, porque o muestra la inconstancia del que jura, o la terquedad de aquel por

cuya causa juramos, el cual de otro modo no quiere darnos crédito. Con todo la necesidad de jurar tiene excusa.

A la verdad, cuando dice el Salvador: ―Sea vuestra manera de hablar sí por sí, y no por no; suficientemente

declara con este modo de expresarse, que prohíbe la costumbre de jurar en conversaciones ordinarias y de poca

importancia. Por esto, lo que principalmente nos amonesta el Señor es, que no seamos demasiado fáciles e

inclinados a jurar, como se prueba por la autoridad de las Letras sagradas, y los testimonios de los Santos

Padres. En el Eclesiástico está escrito: ―No se acostumbre tu boca u jurar, porque hay en eso muchas caídas.

Más: “El hombre que mucho jura, será lleno de maldad, y no se apartará de su casa el azote de Dios”.

Muchas cosas acerca de esto se pueden leer en los libros de los Santos Basilio y Agustín contra la mentira.

Hasta aquí de lo que se manda; ahora trataremos de lo que se prohíbe.

 

XX. Porque el juramento falso y temerario es pecado tan enorme.

786. Se nos prohíbe tomar en vano el nombre de Dios, porque es manifiesto que se hace reo de un

pecado grave, quien jura no según consejo sino por temeridad. Y que este sea delito gravísimo, lo declaran

también aquellas palabras: ―No tomarás en vano el nombre de tu Dios y Señor, como dando la razón porque

esta maldad es tan enorme y sacrílega; a saber, porque se rebaja por ella la Majestad de Aquel a quien

confesamos por nuestro Dios y Señor. Se prohíbe, pues, por este mandamiento, que los hombres juren en falso.

Porque el que no se aparta de un pecado tan horrendo, como poner falsamente a Dios por testigo, le hace una

muy señalada injuria, pues le viene a poner la nota, o de ignorante, pensando que se le oculta alguna verdad, o

ciertamente de tal perversidad, y tan malvado afecto que quiera confirmar con su testimonio la mentira.

 

XXI. Cómo perjura el que jura ser verdad lo que en verdad lo es.

787. Y jura en falso no sólo el que afirma con juramento que es verdad lo que él sabe ser falso, sino

también el que asegura jurando lo que él juzga ser falso, aunque sea verdadero. Porque como la mentira, en

tanto lo es en cuanto se pronuncia contra la mente y juicio propio, es manifiesto que éste miente del todo, y que

es perjuro.

 

XXII. Cómo peca el que jura lo falso que él juzga ser verdad

788. Por la misma razón perjura también el que jura una cosa que él piensa que es verdad, pero en

realidad es mentira; sino es que en cuanto le fué posible puso toda la diligencia y cuidado para tener un cabal y

competente conocimiento del asunto. Pues aunque sus palabras concuerden con su juicio, con todo es reo de

este mandamiento.

 

XXIII. Cómo peca el que no cumple lo que juró o prometió.

789. Igualmente ha de ser tenido por reo del mismo pecado el que promete con juramento hacer alguna

cosa, si bien no tiene voluntad de cumplirla, o aunque la tuviese, no lo cumple. Lo mismo debe decirse de los

que no cumplen lo que ofrecieron a Dios por algún voto.

 

XXIV. Cómo peca el que jura hacer algún pecado mortal, o contra los consejos del Evangelio.

790. Además de esto, se peca contra este mandamiento si falta la justicia, que es una de las tres

condiciones del juramento. Y así si jura uno que ha de cometer algún pecado mortal, como que ha de matar a

un hombre, quebranta este mandamiento, aunque hable de veras y con seriedad, y sea el juramento verdadero,

lo cual primeramente se requiere, como ya declaramos. A esto deben juntarse aquellos modos de jurar que

proceden de cierto menosprecio, como si jura alguno que no ha de guardar los consejos del Evangelio que nos

exhortan a la castidad y pobreza. Pues si bien ninguno está obligado a seguirlos, con todo quien jura que no

quiere conformarse con ellos, menosprecia’ y quebranta por ese juramentos los consejos divinos.

 

XXV. Peca el que jura movido por leves conjeturas.

791. Quebranta también esta ley y peca contra el juicio quien jura lo que es verdad, y él piensa que es

así, pero movido por leves conjeturas y muy remotas. Pues aunque tal juramento esté acompañado de verdad,

es de algún modo falso, y el que jura tan descuidadamente, está en gran peligro de perjurar.

 

XXVI. Peca gravemente el que jura por los dioses falsos.

792. Asimismo jura en falso el que jura por los falsos dioses. Porque ¿qué cosa tan distante de la verdad

que poner por testigos, como a un Dios verdadero, a unos dioses fingidos y engañosos?

XXVII. Peca el que deshonra, la palabra de Dios, o explicándola mal o torciéndola a cosas

vanas.

 

793. Y por cuanto dice la Escritura al prohibir el perjurio: “No mancharás el nombre de tu Dios”, con

esto se nos veda también el menosprecio de todo aquello que debe ser honrado y venerado en virtud de este

mandamiento: como es la palabra de Dios, cuya majestad reverencian no sólo los virtuosos, sino aún algunas

veces los impíos, como la historia de los Jueces lo afirma de Eglon, Rey de los Moabitas. Hace suma injuria a

la palabra de Dios todo aquel que tuerce la Sagrada Escritura de su recto y legítimo sentido a perversos dogmas

y herejías. Acerca de esta maldad nos avisa el Príncipe de los Apóstoles, diciendo: “Hay algunas cosas difíciles

de entender, que los indoctos e inconstantes pervierten, como también las demás Escrituras, para su

perdición”. Manchan igualmente la Escritura Sagrada con feos y torpes borrones aquellos hombres

sacrílegos, que aplican sus palabras y sentencias, dignas de toda veneración, a cualquier cosa profana, como

son chocarrerías, fábulas, vanidades, adulaciones, detracciones, suertes, libelos famosos y cosas semejantes,

cuyo pecado manda sea castigado el Sagrado Concilio de Trento.

 

XXVIII. Cómo pecan los que no invocan a Dios en sus trabajos.

794. Además de esto, así como honran a Dios los que imploran su favor y auxilio en sus tribulaciones,

así le niegan el honor debido los que no le piden su socorro. Esto reprende David cuando dice: ―No invocaron a

Dios, allí temblar ron de espanto, donde no había por qué temer.

 

XXIX. La blasfemia contra Dios y sus santos es el pecado más grave de todos.

795. Pero mucho más abominable es la maldad de que se hacen reos los que se atreven a blasfemar y

maldecir con boca impura y sucia el sacrosanto nombre de Dios, digno de ser bendecido y ensalzado con

sumas alabanzas por todas las criaturas, o también de los Santos que reinan con su Majestad. Tan abominable

y horrendo es este pecado, que algunas veces las sagradas Escrituras, cuando se ofrece hablar de la

blasfemia, se valen del nombre de bendición.

 

XXX. Por qué se añadieron a este mandamiento algunas amenazas.

796. Mas como el terror de la pena y castigo suele reprimir con eficacia la audacia del pecador, a fin de

que el Párroco despierte más los ánimos de los fieles y los mueva con más facilidad a la observancia de este

mandamiento, explicará con cuidado la segunda parte, y como apéndice de él, que dice: ―Porque no tendrá el

Señor por inocente al que tomare en vano el nombre de su Dios y Señor. Y enseñe primeramente que con

suma razón se dispuso añadirse amenazas a este mandamiento. Porque con esto se descubre así la gravedad del

pecado, como la benignidad de Dios hacia nosotros, pues como no se deleita en la perdición de los hombres,

para que no incurramos en su ira y ofensa; sino que más bien le encontremos propicio que enojado, nos

espanta con estas saludables amenazas. Urja el Pastor este lugar e inste con sumo cuidado para que el pueblo

conozca la enormidad de este pecado, la abomine de veras, y practique para desterrarla cuantas diligencias y

esfuerzos pudiere. Muestra además de esto, cuán grande es la inclinación de los hombres a cometer este

pecado, pues no fue bastante poner ley, sino que también se añadieron amenazas.

797. Es increíble lo mucho que aprovecha esta consideración. Porque así como ninguna cosa hace tanto

daño como una incauta seguridad, así aprovecha muchísimo el conocimiento de la propia flaqueza. Declare

también que no determina el Señor castigo alguno en particular. Sólo dice en general, que no se librará del

castigo, cualquiera que cometa esta maldad. Por esto los varios castigos con que cada día somos afligidos, nos

deben recordar este pecado. Pues es fácil deducir de aquí que las grandísimas calamidades que vienen sobre los

hombres, provienen de no guardar este mandamiento, y si reparan sobre las mismas es fácil que procedan con

más cautela en lo sucesivo. Huyan, pues, los fieles con toda diligencia de este pecado, atemorizados con un

santo temor, pues si en el juicio final se ha de dar cuenta de toda palabra ociosa ¿qué se habrá de decir de

maldades gravísimas que van acompañadas de un menosprecio grande del Divino Nombre?

 

Tercer precepto del Decálogo

ACUÉRDATE DE SANTIFICAR EL DÍA DE SÁBADO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] 1º Objeto de este mandamiento. — Este mandamiento de la Ley de Dios, que es un efecto del

primero, prescribe recta y ordenadamente el culto externo que debemos a Dios. Y como estos actos del culto

externo no pueden practicarse fácilmente si se está muy ocupado con las labores de la vida material, se

determinó cierto tiempo en que deban cumplirse. Por ese motivo:

[2] a) El párroco debe recordar al pueblo con frecuencia este mandamiento (Ex. 16 23; 31 13; 35 2;

Lev. 16 31; Deut. 5 12-14, etc.), ya exhortando, ya enseñando, procurando que se grabe perpetuamente en su

corazón, según la primera palabra del precepto: «Acuérdate»; pues muchos son los frutos y bienes admirables

que su observancia les procura. El principal de esos frutos es que los fieles, al acudir en los días festivos al

templo a oír la palabra de Dios e instruirse en los divinos preceptos (Sal. 108 33-34.), obtienen gracias y

fuerzas para observar los demás mandamientos.

[3] b) Se exhortará a los reyes y a los gobiernos civiles a que ayuden con su autoridad a los prelados

eclesiásticos en lo que se refiere a la conservación y aumento del culto divino, y mandando al pueblo que

obedezca a las instrucciones de los sacerdotes.

[6] 2º En qué conviene este mandamiento con los demás del Decálogo. — Este mandamiento

conviene con los demás del Decálogo en tener algo referente a la moral y al derecho natural; pues el culto de

Dios y los actos religiosos que contiene son de derecho natural, ya que la naturaleza indica que, así como es

normal dedicar cierto tiempo para los actos precisos de las cosas temporales, también lo es que empleemos

algún tiempo para fortalecernos en la contemplación de Dios y en las cosas pertenecientes a su culto. Por este

motivo, hubo siempre en todos los pueblos fiestas públicas, consagradas a la práctica de ciertas funciones

sagradas y divinas.

[4] 3º En qué se diferencia este mandamiento de los demás del Decálogo. — Este

mandamiento se diferencia de los demás en que aquéllos son naturales y perpetuos, y de ningún modo pueden

variarse; mientras que éste, si se atiende al tiempo señalado para cumplirlo, no es fijo ni constante, sino

variable, y no es tampoco natural, porque la naturaleza no nos indica un día más bien que otro para tributar a

Dios el culto que le es debido. [5] Y así el pueblo de Israel, desde la época en que fue liberado de Egipto, guardó

siempre el Sábado. Pero el Sábado debía ser derogado juntamente con las demás ceremonias del Antiguo

Testamento en el momento de la muerte de Jesucristo, pues las ceremonias del Antiguo Testamento eran sólo

sombras y figuras representativas de la luz y de la verdad, que es Jesucristo, y por lo tanto se desvanecen

cuando esta luz y esa verdad se hacen presentes (Gal. y Heb. casi en su totalidad.). [7] Por eso, los Apóstoles

dispusieron dedicar para el culto divino el primer día de la semana, en que resucitó nuestro Señor, y al cual

llamaron Domingo o día del Señor (Act. 20 7; I Cor. 16 2; Apoc. 1 10.).

«Acuérdate de santificar el día de sábado»

[8] 1º «Acuérdate». — Esta palabra se puso por tres razones: • porque la ley natural, aunque dicta que

debe adorarse a Dios con actos religiosos en algún tiempo, no determinó el día en que debía hacerse; • para

indicarnos el modo y medida con que hemos de trabajar en toda la semana, a saber, de manera que siempre

respetemos el día festivo; • para que lo tengamos siempre presente, pues no faltarán ocasiones en que nos

olvidemos de este mandamiento, por el mal ejemplo de otros, o por la afición a los espectáculos públicos y a los

juegos.

[9] 2º «El día de sábado».«Sábado» significa cesación o descanso. Llamóse así el día séptimo,

porque en él descansó Dios (Gen. 2 3.), esto es, cesó de crear. Y así, celebrar el sábado significa, en términos

latinos, cesar y descansar.

[10] 3º «Santificar el día de sábado».Guardar el día de sábado es, por lo arriba dicho, cesar en

los trabajos corporales y negocios temporales (Ex. 20 8.); pero «santificar» el día de sábado es, además de eso,

consagrarlo a funciones sagradas y a obras piadosas, rindiendo a Dios los homenajes de amor y adoración que

le debemos, y aplicándonos a las obras de misericordia.

339[11] Resumiendo, el sentido verdadero y propio de este precepto está en que el hombre, separado por

algún tiempo de los negocios y de los trabajos materiales, procure adorar humildemente y venerar a Dios

con el alma y con el cuerpo.

«Seis días trabajarás y harás todas tus labores,

mas el día séptimo es sábado del Señor tu Dios»

[20] 1º «Seis días trabajarás». — Estas palabras enseñan que los fieles no deben pasar la vida en la

ociosidad, sino trabajando y ganando el pan con sus manos (I Tes. 4 11; Ef. 4 28.). Y además nos enseñan a

hacer nuestros quehaceres dentro de los seis días de la semana, a fin de no dejar nada para el día festivo y

poder dedicarnos por entero al cuidado y amor de las cosas divinas.

[12] 2º «Mas el día séptimo es Sábado del Señor tu Dios». — Por estas palabras se nos enseña

que el día séptimo está consagrado por Dios al divino culto, a fin de que le honremos con los deberes de la

Religión, y entendamos que es un recuerdo del descanso del Señor.

[13-16] a) El Sábado judío. Convino que Dios fijase al pueblo judío este séptimo día, a fin de no dar a

un pueblo rudo como era éste la facultad de fijar el tiempo a su arbitrio, y de imitar así las fiestas de los

egipcios. Y si escogió este séptimo día, es por ser un día lleno de misterios, y para servir a modo de señal (Ex.

31 13; Ez. 20 12.), pues recordaba a los israelitas: • que, siendo un día consagrado a Dios, deben también ellos

consagrarse a Dios y presentarse ante El limpios de pecados, pues ese día es santo, y obliga a los hombres a

hacer obras de santidad y religión; • que ese día quedó acabada la creación de todo este mundo admirable;

que ese día, con el auxilio de Dios, habían sido sacados del durísimo yugo de la tiranía de los Egipcios y

puestos en libertad (Deut. 5 15.); • que ese día es señal del sábado espiritual de los cristianos, que consiste en

un descanso santo y misterioso por el que el cristiano, habiendo sepultado su viejo hombre con Cristo (Rom. 6

4 y 6; Ef. 4 22-24.), resucita a la vida y se ocupa con gusto en las prácticas que son propias de la piedad

cristiana; • y que ese día es también señal del sábado celestial de los bienaventurados, que consiste en aquel

eterno descanso en que gozaremos con Jesucristo de todos los bienes (Heb. 4 9 y 11.), después de haber sido

completamente destruido el pecado y de haber alcanzado, con la visión de Dios, toda suerte de riquezas.

[17] b) Otras fiestas judías. Además del séptimo día, tenía el pueblo judío otros días festivos y sagrados,

establecidos por ley divina, para celebrar la memoria de los beneficios divinos (Ex. 12 2 y 16; 23 14 y ss; 34 22

y ss.).

[18] 3º El Domingo o día del Señor.a) Traslado del Sábado al Domingo. Juzgó conveniente la

Iglesia de Dios trasladar el culto y fiesta del Sábado al Domingo, porque así como en ese día la luz iluminó por

primera vez el mundo (Gen. 1 3.), también en ese día resucitó Cristo, Luz del mundo (Mc. 16 2.),

franqueándonos la entrada a la vida eterna y sacando nuestra vida de las tinieblas a la luz. Además, en este día

comenzó la creación del mundo y vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles (Act. 2 2.).

[19] b) Otras fiestas cristianas. Los Apóstoles y nuestros Santos Padres establecieron otros días festivos

para celebrar santa y piadosamente la memoria de los beneficios de Dios, entre ellos ante todo los misterios de

nuestra Redención, luego los dedicados a nuestra Madre la Santísima Virgen, y finalmente los dedicados a los

Apóstoles, Mártires y demás bienaventurados del cielo, por cuyas fiestas se celebra la bondad y omnipotencia

de Dios, se les da a ellos los honores debidos, y se excita al pueblo fiel a imitarlos.

«Ningún trabajo harás en él, ni tú, ni tu hijo, ni tu criado,

ni tus bestias, ni el forastero que habita dentro de tus puertas»

[21] 1º Qué cosas nos prohíbe este mandamiento. — Por las palabras arriba mencionadas (Ex.

20 9-11.) se nos manda, en primer término, evitar a todo trance todo cuanto puede ser obstáculo al culto

divino, especialmente las obras serviles, no por ser deshonestas o malas en sí mismas, sino porque distraen

nuestra inteligencia del culto divino, que es el fin de este precepto. [24] Por ese motivo, se nos prohíbe

también: • hacer uso de jumentos o animales de carga, pues si se hace uso de ellos es para ocuparse en trabajos

serviles; • y, con mayor razón entonces, emplear en esos trabajos serviles a aquellas personas que nos sirven

con su trabajo. [22-23] Pero no se nos prohíben: • las obras que se refieren al culto divino, aunque sean

serviles, como arreglar el altar o adornar el templo por razón de alguna fiesta (Mt. 12 5.); • o las obras que son

necesarias, como hacer la comida, practicar buenas obras; o aquellas de las cuales, de no hacerse en domingo,

se resultaría una grave pérdida.

[25] 2º Qué cosas nos manda hacer este mandamiento. — Cinco son las principales obras que

deben practicarse en virtud de este mandamiento: • acudir al templo de Dios y asistir devotamente al

340sacrosanto Sacrificio de la Misa; • frecuentar los Sacramentos, especialmente los de Penitencia y Eucaristía;

oír con atención la palabra divina, y aplicarse con diligencia a aprender cuanto se refiere a la doctrina sobre

la vida cristiana; • aplicarse a la oración y a las alabanzas divinas; • ocuparse activamente en las obras de

piedad, esto es, practicando las obras de misericordia (Sant. 1 27.). Y a partir de lo dicho será fácil comprender

los pecados que se cometen contra este mandamiento.

«Bendijo el Señor el día séptimo y lo santificó,

pues en seis días hizo el cielo y la tierra, y el séptimo descansó»

[26] Quien no cumple este mandamiento, no obedeciendo ni a Dios ni a su Iglesia, es enemigo de Dios y

de sus santas leyes, e incurre en gravísimo pecado, sobre todo si se considera:

1º Que muy justo y conforme fue que los cristianos tengan días fijos para consagrarlos

enteramente al culto divino y confesar, adorar y suplicar a nuestro Dios. Si nos hubiese El mandado que

cada día le tributásemos culto religioso, tendríamos que obedecer a su mandato en señal de agradecimiento a

los innumerables beneficios que de El recibimos cada día; con mayor razón debemos obedecerle siendo pocos

los días que El destina para este culto.

[27] 2º Además, que los frutos que se sacan de la observancia de este mandamiento ya

deben llevarnos a observarlo. Pues por su cumplimiento nos acercamos a Dios por la oración, escuchamos

la palabra divina que nos habla de las cosas celestiales, y adoramos y recibimos en la Santa Misa a Jesucristo,

Señor nuestro, realmente presente.

[28] 3º Finalmente, no nos impone Dios trabajos, sino que nos manda descansar y estar

libres de cuidados terrenos. Por eso, quien no cumple un precepto tan fácil, sino que lo desprecia,

desobedeciendo así a Dios y a su Iglesia, muestra ser enemigo de Dios y de sus santas leyes.

Los castigos que Dios impuso a los que faltaron a este precepto (Num. 15 32.) deben servirnos de

escarmiento y de aviso, y llevarnos a meditar con frecuencia este mandamiento de Dios y los beneficios y

ventajas que nos procura.

 

CAPÍTULO IV

DEL 3° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

Acuérdate de santificar el día del Sábado. Seis días trabajarás, y harás todas tus obras. Mas

el séptimo día es el Sábado de tu Dios y Señor. No harás en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu

hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu bestia ni el forastero que está dentro de tus puertas.

Porque en seis días hizo el Señor el Cielo, la Tierra, el Mar y todo lo que en ellos hay, y

descansó el día séptimo. Por lo tanto bendijo el Señor al día del Sábado, y le santificó”.

I. Qué es lo que se manda por este mandamiento.

798. Muy recta y ordenadamente se prescribe por este mandamiento de la ley el culto externo que

debemos a Dios. Este es como cierto fruto del primer mandamiento. Porque no podemos dejar de venerar con

culto externo, y de dar gracias a quien piadosamente adoramos con interiores afectos, movidos de la fe y

esperanza que tenemos depositada en él. Y como estas cosas no se pueden cumplir fácilmente por los que están

detenidos en las ocupaciones de negocios humanos, por esto se determinó cierto tiempo, en el cual

cómodamente puedan practicarse.

 

II. Por qué debe procurar el Párroco que cuanto aquí se prescribe, lo recuerde perpetuamente

el pueblo cristiano.

799. Siendo, pues, este precepto de tal condición que produce frutos y utilidades maravillosas, importa

muchísimo que ponga el Párroco suma diligencia acerca de su explicación. Y para excitar su cuidado, tiene

grande fuerza aquella primera palabra del mandamiento: “Acuérdate”.

800. Porque así como los fieles deben acordarse de tal mandamiento, así incumbe al Párroco recordarle

con frecuencia, ya amonestando, ya enseñando. Pero cuanto importe a los fieles guardar este precepto, se deja

conocer porque la observancia diligente de él les facilita la de los otros mandamientos de la ley. Porque como

entre las cosas que deben practicar los fieles en los días de fiesta, tienen necesidad de acudir a la Iglesia para oír

la palabra de Dios, siendo bien instruidos en las leyes divinas, conseguirán también guardarlas todas con todo

el corazón. Por esto se manda muchísimas veces la celebración y culto del Sábado en las Escrituras sagradas,

según se puede ver en el Éxodo, en el Levítico y Deuteronomio y en los Profetas Isaías , Jeremías,

y Ezequiel, pues en todos estos lugares se impone el precepto del culto del Sábado.

 

III. Ha de exhortarse a los Príncipes a que presten su favor a los Prelados Eclesiásticos.

801. Pero a los Príncipes y Magistrados se ha de amonestar y exhortar, que señaladamente en estas co-

sas que tienen por objeto la conservación y el aumento del culto de Dios, ayuden con su autoridad a los

Prelados de la Iglesia, y que manden al pueblo obedezca los preceptos de los Sacerdotes. Y por lo que se refiere

a la declaración de este mandamiento, se ha de procurar enseñar a los fieles en qué conviene éste mandamiento

con los demás, y en qué se diferencie de ellos. Porque de esta manera entenderán la causa y la razón porque no

celebramos, ni santificamos el Sábado, sino el día de Domingo.

 

IV. En qué se diferencia este mandamiento de los demás del Decálogo.

802. La diferencia consiste en que los demás preceptos del Decálogo son naturales, perpetuos, y que de

ningún modo se pueden variar. De aquí proviene, que si bien fué abrogada la ley de Moisés, todavía guarda

el pueblo cristiano todos los mandamientos que están en las dos tablas. Y esto se observa no porque Moisés lo

mandó así, sino porque están fundados en la naturaleza, en cuya virtud están los hombres obligados a su

observancia. Pero este mandamiento del culto del Sábado, si atendemos al tiempo señalado, no es fijo y

constante, sino que se puede mudar, pues no pertenece a las costumbres sino a las ceremonias, ni tampoco es

natural, porque no nos enseña ni dicta la naturaleza que tributemos culto a Dios más bien en ese día que en

otro cualquiera, sino que el pueblo de Israel empezó a guardar este día del Sábado desde aquel tiempo en que

fué libertado de la esclavitud de Faraón.

 

V. Abolidas las leyes ceremoniales con la, muerte de Cristo, se abolió el culto Del Sábado en

cuanto era ceremonial.

803. El tiempo, pues, en que se había de abolir el culto del Sábado era aquel mismo en que habían de

abolirse los demás cultos y ceremonias hebraicas, esto es con la muerte de Cristo. Porque siendo aquellas

ceremonias unas como imágenes que figuraban la luz y la verdad, era necesario que desapareciesen con la

venida de la luz y de la verdad, que es Jesucristo. Acerca de esto escribe el Apóstol a los Gálatas, repren-

diendo a los que observaban los ritos mosaicos: “Observáis los días y los meses, los tiempos y los años.

Tomome de vosotros, no hayan sido inútiles entre vosotros mis trabajos”. Lo mismo escribe a los

Colosenses. Y esto baste sobre la diferencia.

 

VI. En qué conviene este mandamiento con los otros nueve.

804. Más, conviene este mandamiento con los demás, no en el rito y ceremonias, sino en que tiene

alguna cosa perteneciente a las costumbres y al derecho natural. Y esto se demuestra claramente porque en

todas las naciones vemos señalados algunos días festivos y solemnes consagrados a las funciones sagradas y

divinas. Porque si es natural al hombre dedicar algún tiempo fijo a las necesidades naturales, como son el

descanso, el sueño y otras semejantes, por esta misma razón natural conocemos ser muy conforme que al

alma, a semejanza del cuerpo, se le conceda algún, tiempo para rehacerse con la contemplación de Dios. Y así

debiendo haber alguna parte del tiempo, en el que sean celebradas las cosas divinas, y tributado a Dios el culto

debido, esto ciertamente pertenece a los preceptos morales.

 

VII. Los Apóstoles trasladaron la fiesta del Sábado al Domingo.

805. Por esta razón determinaron los Apóstoles consagrar al culto divino el primero de aquellos siete

días, y le llamaron Domingo. Del día de Domingo hace mención San Juan en su Apocalipsis. Y el Apóstol

manda, que se hagan las colectas el primer día de la semana, que es el domingo, según lo explica San Juan

Crisóstomo. Para que entendamos que ya entonces era tenido en la Iglesia el día de domingo por santo. Pues a

fin de que sepan los fieles qué deben hacer en este día, y de cuáles obras se deben abstener, será muy

conveniente explique el Párroco con mucha diligencia palabra por palabra todo el mandamiento, el cual puede

dividirse muy bien en cuatro partes.

 

VIII. Qué es lo que se manda en general por la palabra: Acuérdate.

806. Primeramente, pues, propondrá en general, lo que se ordena por las palabras: “Acuérdate de

santificar el día del Sábado”, pues muy al caso se puso en el principio del mandamiento aquella palabra:

Acuérdate: por cuanto el culto de este día pertenece a las ceremonias. Y de esto debía ser amonestado el

pueblo, pues si bien dicta la ley natural, que debe ser Dios adorado en algún tiempo con culto de religión, con

todo no determina en qué día señaladamente se deba esto practicar.

807. También se ha de enseñar a los fieles, que por estas palabras se puede entender el modo y orden

con que ha de trabajar durante toda la semana, a saber que siempre atendamos al día de fiesta. Porque como en

él hemos de dar alguna cuenta y razón a Dios de nuestras acciones y obras, es necesario que las hagamos tales,

que ni sean reprobadas por su divino juicio, ni sean para nosotros, según está escrito, materia de llanto y de

remordimientos de conciencia.

808. Últimamente se nos recuerda lo que por cierto debemos advertir, y es que no faltarán ocasiones

para olvidarnos de este mandamiento, o ya movidos del ejemplo de otros, que no hacen caso de él, o por la

afición a espectáculos y juegos, los cuales muchísimas veces nos retraen del santo y religioso culto de este día.

Pero pasemos ya a lo que se nos enseña por la significación del Sábado.

 

IX. Qué significa en las Escrituras Sábado y sabatizar.

809. Esta voz sábado es nombre hebreo, que en nuestra lengua quiere decir cesación: y así sabatizar es

lo mismo que cesar y descansar. Por causa de este significado provino que se llamase sábado al día séptimo.

Porque acabada y cumplida toda la obra del universo, descansó el Señor, de todo cuanto había hecho, y con

ese nombre le llama el mismo Señor en el Éxodo. Pero después no sólo se llamó con este nombre el día

séptimo, sino aun toda la semana por la dignidad de ese día. Y en ese sentido dijo aquel Fariseo que menciona

San Lucas: “Ayuno dos veces en el sábado”, esto es, cada semana. Y esto baste en cuanto a la significación

del sábado.

 

X. Como se dice que los fieles santifican el Sábado.

810. Por la santificación del sábado sé entiende en las sagradas letras, cesar en los trabajos corporales y

negocios, como lo demuestran con claridad las palabras siguientes del mandamiento: “No trabajarás”. Pero no

sólo significan esto, pues en tal caso habría bastado decir en el Deuteronomio: “Guarda el día del Sábado”, sino

que añadiéndose en el mismo lugar: “Para que le santifiques”, por estas palabras se manifiesta que el día del

sábado es religioso, y que está consagrado a acciones divinas y a santos ejercicios. Y por tanto entonces

celebramos cumplida y perfectamente el día del sábado, cuando pagamos a Dios los tributos de nuestra piedad

y religión. Y este en verdad viene a ser el sábado, que llama Isaías delicioso, porque los días festivos son

como las delicias del Señor y de los varones virtuosos. Y así si añadimos a este santo y religioso culto del sábado

otras obras de misericordia, conseguiremos ciertamente muchos y muy grandes premios, cuales se nos

prometen en el mismo capítulo.

 

XI. Cual sea el sentido propio de estas palabras.

811. Así, pues, la verdadera y propia finalidad de este mandamiento, no es otra que la de procurar que el

hombre desembarazado de negocios y quehaceres corporales, por algún tiempo fijo y determinado se emplee

tan sólo con su alma y cuerpo en adorar y venerar piadosamente a Dios.

 

XII. Qué nos enseña la segunda parte del precepto.

812. En la segunda parte del mandamiento se muestra que el día séptimo está dedicado por ordenación

de Dios a su divino culto, pues dice así: “Seis días trabajarás y harás todas tus obras, mas el séptimo día es el

Sábado de tu Dios y Señor”. En las cuales palabras se nos dice, que tengamos el día del sábado por consagrado

al Señor, le tributemos en él los deberes de religión, y entendamos que ese día es un recuerdo del descanso de

su Majestad.

 

XIII. Por qué convino señalar a los judíos él día séptimo para el culto divino.

813. Este día fué señalado para el culto divino, porque no convenía dejar al arbitrio del pueblo rudo la

elección del tiempo, no fuera que por ventura imitara las fiestas de los egipcios. Así, de los siete días escogió

Dios el último para que le tributasen culto, lo cual está tan lleno de misterios, que el mismo Señor en el Éxodo y

en Ezequiel le llama señal, diciendo: “Mirad que guardéis mi Sábado, porque es señal entre mi y vosotros en

vuestras generaciones, para que sepáis que yo soy él Señor que os santifico”.

 

XIV. De qué cosas fué señal la celebración del Sábado.

814. Asi, pues, fué señal para indicar que deben los hombres dedicarse a Dios y mostrarse santos en su

presencia, viendo que el mismo día también le está dedicado. Y en verdad el día es santo, porque deben en él

señaladamente los hombres ejercitar obras de santidad y religión. Fué también señal y como memoria de la

creación de esta maravillosa obra del universo. Además de esto, fué señal encomendada a los Israelitas para

recuerdo de que mediante el auxilio divino habían sido redimidos y rescatados del durísimo yugo de la

esclavitud de Egipto, como lo muestra el Señor por aquellas palabras: “Acuérdate de que tu también fuiste

siervo en Egipto, y que te sacó de allí tu Dios y Señor con mano fuerte y brazo.extendido. Por esto te mandó,

que observaras el día del Sábado”. Y sobre todo eso es señal del sábado, así espiritual como celestial.

 

XV. Cuál es el Sábado espiritual del pueblo cristiano.

815. El sábado espiritual consiste en cierto santo y místico reposo, lo cual se realiza cuando sepultado el

hombre viejo juntamente con Cristo, se renueva para la vida, y se ejercita cuidadosamente en aquellas

acciones que convienen a la piedad cristiana. Pues los que en otro tiempo eran tinieblas, y que ahora ya son

luz en el Señor, deben andar como los hijos de la luz en toda bondad, justicia y verdad, y no tener ninguna

comunicación con las obras infructuosas de las tinieblas.

 

XVI. Cuál es el Sábado de los Bienaventurados.

816. Mas el Sábado celestial, según dice San Cirilo exponiendo este lugar del Apóstol: “Quedase el

Sabatismo para el pueblo de Dios”, es aquella vida en la cual viviendo con Cristo, gozaremos de todos los

bienes, arrancando el pecado de raíz, según aquello: “No habrá allí león, ni subirá por allí bestia fiera, sino

que estará allí la senda y el camino, y se llamará camino santo”. Porque el alma de los Santos logra todos

los bienes con la vista de Dios. Y así el Pastor exhortará e incitará a los fieles con aquellas palabras:

Apresuremos, pues, a entrar en aquel reposo”.

 

XVII. Además del Sábado, tuvieron los judíos otros días festivos.

817. Además del día séptimo tenía el pueblo judío otros días festivos y sagrados, establecidos por divina

ley en los cuales se renovaba la memoria de los más señalados beneficios.

 

XVIII. Por qué trasladaron los Apóstoles la fiesta del Sábado al Domingo.

818. Pero la Iglesia de Dios tuvo por acertado trasladar el culto y celebridad del Sábado al Domingo.

Porque así como ese día fué el primero en que alumbró la luz al mundo, así fué sacada nuestra vida de las

tinieblas a la luz resucitando en ese día nuestro Redentor, quien nos abrió la puerta de la vida eterna. Por esto

los Apóstoles quisieron se llamase día, del Señor. Y además de esto observamos en las sagradas Letras que es

solemne este día por haber empezado en él la obra de la creación del mundo, y haber sido enviado sobre los

Apóstoles el Espíritu Santo.

 

XIX. Por qué además del Domingo se instituyeron otras fiestas.

819. Otros días festivos establecieron los Apóstoles desde el principio de la Iglesia, y después en los

tiempos sucesivos nuestros Santos Padres para que celebrásemos piadosa y santamente la memoria de los

beneficios de Dios. Entre éstos son considerados por muy solemnes los días que están consagrados a la

veneración de los misterios de nuestra Redención. Después los que están dedicados a la Santísima Virgen

Madre, y luego a los Santos Apóstoles, a los Mártires y a todos los demás Santos que reinan con Cristo, en cuya

victoria se celebra la bondad y poder de Dios, se dan a ellos las debidas honras, y el pueblo fiel se mueve a su

imitación.

 

XX. Cómo por este precepto se persuade a los fieles a que huyan de la ociosidad.

820. Y por cuanto para guardar este precepto tiene gran fuerza aquella parte de él que se expresa por

estas palabras: “Seis días trabajarás, pero el día, séptimo es el Sábado de tu Dios y Señor”, debe el Párroco

explicar esta parte con todo cuidado. Porque de estas palabras se puede deducir que no han de llevar los fieles

vida ociosa ni desidiosa, sino que teniendo presente la voz del Apóstol: “Haga su negocio cada uno, y

trabaje por sus manos, según lo tenia mandado”. Manda también el Señor por este precepto, que hagamos

nuestras obras en los mismos seis días, de manera que ninguna de aquellas cosas que se deben hacer en ellos se

reserve para el día de fiesta, porque no prive al alma del cuidado y amor de las cosas divinas.

 

XXI. Qué es lo que principalmente está prohibido en los días de fiesta.

821. Después se explicará la tercera parte del precepto, la cual indica de algún modo cómo debemos

celebrar el día del sábado, y señaladamente declara qué se nos prohíbe en este día. Pues dice el Señor: “No

harás en ese día obra alguna tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu asno, ni el forastero que

está dentro de tus puertas”. En estas palabras se nos enseña lo primero, que evitemos del todo cuanto pueda

impedir el culto divino. Así fácilmente podemos comprender que se prohíbe todo género de obras serviles, no

porque sean en sí mismas viciosas o malas, sino porque distraen el alma del culto divino, que es el fin del

precepto. Y mucho más deben los fieles evitar los pecados, porque no sólo nos apartan de la aplicación a las

cosas divinas, sino que nos privan totalmente del amor de Dios.

 

XXII. No se vedan las obras externas que se ordenan al culto de Dios.

822. Mas no se prohíben aquellas acciones, ni aquellas obras, aunque sean serviles, que pertenecen al

culto de Dios, como componer los altares, adornar los templos por razón de alguna fiesta, y otras semejantes.

Por lo mismo dijo el Señor, que los Sacerdotes violaban el Sábado en el templo, y no por eso pecaban.

 

XXIII. También son lícitas algunas obras ser viles por causa de la necesidad.

823. Tampoco se ha de juzgar que estén prohibidas por esta ley aquellas cosas que se perderían si se

dejaran en el, día de fiesta, según está permitido por los sagrados. Cánones. Otras muchas cosas declaró el

Señor en el Evangelio que podían hacerse en los días festivos, las cuales fácilmente podrá ver el Párroco en San

Mateo, y en San Juan.

 

XXIV. Por qué manda el Señor que no trabajen los animales.

824. Y para que nada se omitiese que pudiera estorbar este culto del sábado, se hizo mención del

jumento. Porque con estos animales se impide a los hombres puedan celebrar el día de fiesta. Pues si en este

día quieren que el jumento haga algún trabajo, es necesario el cuidado del hombre que le guía, pues el animal

por sí solo no puede hacer la obra, sino ayudar al hombre que la intenta. Ahora bien, como a ninguno es lícito

trabajar en ese día, por eso no se puede valer del jumento. Mira también la ley de este precepto a que si Dios no

quiere que hagan los hombres trabajar a las bestias, mucho menos deben querer ser inhumanos con aquellos

de cuyo trabajo e industria se sirven.

 

XXV. En qué obras deben emplearse los cristianos en los días festivos.

825. Tampoco debe el Párroco dejar de enseñar en qué obras y acciones deben ejercitarse los cristianos

en los días festivos. Estas son, que acudamos al templo de Dios, que asistamos allí con sencilla y piadosa

atención al santo sacrificio de la Misa, y que para curar las llagas de nuestra alma, recibamos con frecuencia los

divinos Sacramentos de la Iglesia los cuales fueron instituidos para nuestra salud.

826. Mas nada mejor ni más oportuno pueden hacer los fieles que confesar muchas veces los pecados a

los Sacerdotes, para lo cual podrá el Párroco exhortar al pueblo fiel, valiéndose de las razones y doctrinas que

quedan dichas y enseñadas en su lugar sobre el Sacramento de la Penitencia. Y no solamente exhortará a los

fieles a que frecuenten este Sacramento, sino que también les animará con cuidado muchas veces a que reciban

con frecuencia el de la sacrosanta Eucaristía. Además de esto han de oír los fieles con atención y diligencia la

palabra de Dios. Porque nada hay menos tolerable, ni a la verdad más indigna como menospreciar u oír con

descuido las palabras de Cristo.

827. Deben también los fieles ejercitarse mucho en la oración y alabanzas divinas, y poner particular

cuidado para aprender con diligencia lo que pertenece al arreglo y orden de la vida cristiana, y emplearse de

continuo en obras de misericordia, dando limosna a pobres y menesterosos, visitando enfermos, y consolando

afectuosamente tristes y afligidos, que están postrados por los sufrimientos, ya que como dice Santiago: “La re-

ligión pura y sin mancilla ante Dios y el Padre consiste en visitar huérfanos y viudas en su tribulación”. Y

por lo que hemos dicho, fácilmente conoceremos las culpas que se cometen contra lo mandado por este

precepto.

 

XXVI. Por qué fué necesario señalar ciertos días para el culto divino.

828. Debe, además de esto, el Párroco tener a mano algunos lugares determinados, de los que se

sirva como argumentos para persuadir al pueblo encarecidamente, a que guarde la ley de este mandamiento

con sumo desvelo y cuidadosa diligencia. Para esto sirve muchísimo que entiendan los fieles y vean claramente,

cuan justo es y cuan razonable que haya algunos días señalados, los cuales del todo les empleemos en el culto

del Señor, y en que reconozcamos, adoremos y veneremos a nuestro Dios, de quien hemos recibido sumos e

innumerables beneficios. Porque si nos hubiera mandado que le tributásemos todos los días culto de religión,

¿no debíamos aplicar todos los esfuerzos posibles para obedecerle con prontitud y alegría de ánimo por los

beneficios que nos ha hecho, que son muy grandes e infinitos? Siendo, pues, ahora tan pocos los días desti-

nados a su culto, no puede existir motivo para ser negligentes y perezosos en el cumplimiento de una

obligación, que no podemos quebrantar sin gravísima culpa.

 

XXVII. Utilidades que provienen de la perfecta observancia de esta ley.

829. Demuestre además de esto el Párroco cuan grande es la virtud de este mandamiento, siendo así

que de cuantos le guardan se puede con verdad decir que están en presencia de Dios, y que tratan con su

Majestad. Pues contemplamos la Majestad de Dios, y tenemos coloquios con él cuando hacemos oración, y

cuando oímos a los predicadores que proponen piadosa y santamente las cosas divinas, recibiendo la palabra

de Dios que por su ministerio llega a nuestros oídos. Asistiendo al Sacrificio del altar, adoramos a Cristo Señor

nuestro que está allí presente, y de estos bienes aquellos gozan señaladamente que guardan con cuidado este

mandamiento.

 

XXXVIII. Qué debe decirse por el contrario de los que le quebrantan.

830. Pero los que del todo se descuidan en la guarda de esta ley, como no obedecen a Dios ni a la

Iglesia, ni guardan su mandamiento, son enemigos de Dios y de sus santas leyes. Esto es fácil de

comprender, toda vez que este mandamiento es de tal naturaleza, que sin ningún trabajo se puede cumplir.

Pues cuando el Señor no nos impone trabajos, que aun los más duros deberíamos abrazar por su amor, sino

que manda que en los días festivos nos estemos quietos y desembarazados de cuidados terrenos, es indicio de

gran temeridad rehusar la ley de este mandamiento. De escarmiento grande nos deben ser los castigos que Dios

ejecutó en los que le quebrantaron. Como se puede ver en el libro de los Números. Pues para que no caigamos

en esta ofensa de Dios, será muy conveniente renovar muchas veces la memoria de aquella palabra: “Acuér-

date”, y ponernos a la vista los grandes provechos y frutos que sacamos del culto de los días de fiesta, como

arriba se declaró, y otras muchas cosas relativas a este asunto, las cuales, según requiera la ocasión, podrá

tratar copiosa y largamente el Pastor virtuoso y solícito.

 

 

Cuarto precepto del Decálogo

HONRA A TU PADRE Y A TU MADRE

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[3-5] 1º División de los preceptos del Decálogo en dos grupos. — Los divinos preceptos del

Decálogo fueron grabados en dos tablas (Ex. 21 18; 24 12; Deut. 4 13; 5 22; 9 10.) para separarlos en dos

grupos: los tres primeros, contenidos en la primera tabla, miran al amor de Dios, y los otros siete, contenidos

en la segunda tabla, miran al amor del prójimo. Y esta separación tiene sus motivos, entre los cuales podemos

señalar tres: • ante todo, los tres primeros mandamientos tienen a Dios por objeto, y por eso se refieren al fin;

mientras que los otros siete tiene como objeto el bien del prójimo, y por eso se refieren a los medios

conducentes al fin; • por eso, los tres primeros mandamientos prescriben un amor absoluto: Dios debe ser

amado por sí mismo, y no por causa de otro; mientras que los otros siete prescriben un amor relativo: el

prójimo debe ser amado a causa de Dios, y por eso, al amar y respetar al prójimo, amamos y damos reverencia

a Dios; • finalmente, el amor debido a Dios no tiene límites, y por eso debemos amar a Dios con todo nuestro

corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas (Deut. 6 5; Mt. 22 37.), de modo que nuestro amor

a El sea cada vez más ardiente; mientras que el amor debido al prójimo está circunscrito a ciertos límites, de

modo que pecaría gravemente quien amase igual a Dios y al prójimo (Mt. 20 39; Lc. 14 26.), con mayor razón

quien amase al prójimo más que a Dios.

[1] 2º Excelencia de este cuarto precepto. — Los preceptos de amar a Dios y al prójimo son, pues

semejantes (Mt. 22 39; Mc. 12 31.), con la diferencia de que el amor a Dios tiene razón de fin, y el amor del

prójimo razón de medio conducente al fin. Y entre los preceptos que mandan el amor al prójimo, ocupa el

primer lugar este cuarto, como señal de nuestra obediencia y respeto hacia Dios. En efecto, si no obedecemos ni

respetamos a los padres, a quienes debemos amar según Dios, teniéndolos casi siempre a la vista, ¿cómo

podremos amar y honrar a Dios, a quien no vemos? (I Jn. 4 20.). [2] Pero, además de a nuestros padres, la

observancia de este precepto se extiende a todos aquellos que, por razón de potestad (IV Rey. 5 13.), o de

dignidad (I Cor. 4 15.), o de gratitud (Eclo. 4 10.), o de algún cargo, debemos honrar como a padres.

[6] Téngase en cuenta, sin embargo, que como los padres y superiores son amados en razón de Dios,

deben los hijos anteponer la voluntad de Dios y sus divinos mandamientos a la voluntad de sus padres, cuando

las órdenes de los padres y superiores se oponen arbitrariamente a la ley de Dios: «Es necesario obedecer a

Dios antes que a los hombres» (Act. 5 29.).

«Honra a tu padre y a tu madre»

[7] 1º «Honra».Honrar es juzgar muy bien de una persona, y estimar muchísimo todo lo que sea

suyo, de manera que esta estima vaya acompañada de las virtudes de amor, respeto, obediencia y veneración.

[8] 2º «A tu padre y a tu madre». — Por padre entendemos en este precepto (y a ellos se extiende

por consiguiente este precepto de darles honra): • ante todo, los padres que nos engendraron; • pero también

los prelados de la Iglesia, los párrocos y los sacerdotes (I Cor. 4 14.); • todos aquellos a quienes se confía la

potestad de gobernar una nación (IV Rey. 5 13.); • aquellos a cuya defensa, fidelidad, honradez y ciencia están

otros encomendados, como los tutores y maestros (IV Rey. 2 12; 13 14.); • finalmente, los ancianos y de edad

avanzada (Sab. 2 10; 4 8.).

[9] a) Los padres naturales. Debemos honrar en primer lugar a aquellos de quienes hemos nacido, por

varios motivos: • son imagen de Dios, de su autoridad y paternidad; • por ellos nos comunicó Dios la vida,

valiéndose de ellos para darnos alma e inteligencia; • nos llevaron a recibir los Sacramentos; • nos instruyeron

en las verdades sobrenaturales y naturales; • nos enseñaron costumbres rectas y santas. Con razón se nombra

en este precepto el nombre de la madre, a fin de que consideremos, además de lo dicho, las bondades y

sacrificios de ella para con nosotros, su solicitud, sus trabajos y sus dolores en darnos a luz y educarnos (Tob. 4

3; Eclo. 3 5; 7 29 y ss.).

[10-12] Por lo tanto, debemos honrar a nuestros padres de manera que el honor que les tributamos

provenga del amor y de lo íntimo de nuestro corazón, pues nada hay más grato para un padre que saber que es

amado por sus hijos. Y esta honra se manifestará: • tratándolos honoríficamente (Gen. 41 43; 46 29; 47 7; III

Rey. 2 19.); • pidiendo a Dios que bendiga cuanto hacen, que gocen de buena reputación en la sociedad, y que

sean muy gratos a Dios y a los Santos; • confiando nuestras resoluciones a su arbitrio y voluntad, escuchando

sus consejos y obedeciendo a sus mandatos (Prov. 1 8-9; Ef. 6 1; Col. 3 20.); • imitando su honradez y buenas

costumbres; • socorriéndolos en sus necesidades, y sobre todo cuando están gravemente enfermos (Mt. 15 3-

6.), no omitiendo nada referente a la confesión de los pecados y demás sacramentos, alentándolos y

ayudándolos con consejos, y excitándolos a esperar la gloria eterna y a fijar su mente totalmente en Dios;

después de su muerte, celebrando sus funerales por medio de exequias dignas y dándoles decorosa sepultura

(Gen. 25, 35 y 50.), haciendo decir Misas por ellos y cumpliendo oportunamente cuanto hubiesen dispuesto

por testamento.

[13-14] b) Los obispos y sacerdotes. Como son también en cierto modo padres (espirituales), hemos de

honrarlos (I Tim. 5 16.), proveyéndolos de las cosas que requieren para el uso necesario de la vida, y

obedeciéndoles con sumisión, ya que velan por nosotros y han de dar cuenta a Dios de nuestras almas.

[15-16] c) Los reyes, príncipes, magistrados, tutores. Debemos honrar, finalmente, a todos cuantos

ejercen sobre nosotros una autoridad en nombre de Dios, pues todos los que se encuentran investidos de

autoridad son representantes del poder divino (al reverenciarlos a ellos, reverenciamos la autoridad divina que

está en ellos), y Dios se vale de ellos como ministros de su Providencia; por ello, les debemos sumisión y

obediencia, debemos orar por ellos (Rom. 13 1; Tit. 3 1; I Tim. 2 2; I Ped. 2 13.), y debemos respetarlos aunque

tuviesen para con nosotros sentimientos hostiles y duros, salvo cuando nos mandasen cosas malas, porque

entonces no obrarían ya en virtud de su potestad, sino con injusticia y fin perverso.

«Para que vivas largos años sobre la tierra que te ha de dar el Señor, Dios tuyo»

[17] 1º Premios prometidos por Dios a los que cumplen este mandamiento. — El premio

prometido por el cumplimiento de este mandamiento es, además de la vida eterna y bienaventurada, el de una

larga vida (Ex. 20 12.). En efecto, es justo que los que se mostraron agradecidos hacia aquellos que les dieron la

vida, gocen de una mayor ancianidad.

[18] Y este premio no merece ser despreciado, aunque para algunos santos hombres haya sido deseable la

muerte, pues Dios no promete sólo una mayor duración de vida, sino también paz, sosiego y salud para vivir

rectamente (Deut. 5 16; Ef. 6 2-3.). [19] Por ese motivo, Dios, sin faltar a su promesa, envía una muerte

prematura a aquellos que honran a sus padres como es debido, cuando corren riesgo de que peligre su virtud o

salvación (los saca entonces de esta vida para que la malicia o la mentira no seduzca sus almas (Sab. 4 11.)), o

para preservarlos de los males y calamidades con que Dios castiga los tiempos perversos. Por consiguiente,

debe temerse muchísimo cuando ocurren muertes prematuras en varones justos.

[20] 2º Castigos con que Dios amenaza a los infractores de este mandamiento. — A los hijos

ingratos y perversos los amenaza Dios con pena de muerte y otros males y castigos tremendos (Ex. 21 17; Lev.

20 9; Prov. 19 26; 20 20; 30 17.). Igualmente amenaza Dios con sentencia de muerte a quienes no respetan a

los sacerdotes (Deut. 17 12.).

Obligaciones de los padres para hacerse dignos de ser honrados

[21] Así como los hijos deben honrar, obedecer y socorrer a sus padres, los padres también deben

instruir a sus hijos en la religión y en costumbres santas, dándoles reglas perfectas de vida para que adoren a

Dios santa y firmemente (Dan. 13 2-3.). Por eso el sacerdote debe recomendar a los padres:

1º Ante todo, que se muestren ante sus hijos como maestros y modelos de virtud, de justicia,

de templanza, de modestia y de santidad.

[22] 2º Luego, que eviten tres cosas en que con frecuencia suelen faltar: • que no traten a sus

hijos ni les manden nada con excesiva aspereza, según la recomendación de San Pablo (Col. 3 21.); pues hay el

riesgo de que, por un excesivo temor, se hagan débiles y cobardes; • que los castiguen como conviene cuando

han cometido alguna falta; pues muy frecuentemente se pervierten los hijos por la excesiva suavidad y

condescendencia de sus padres (I Rey. 4 18.); • por último, que no inculquen máximas perniciosas en la

educación y enseñanza de sus hijos; pues muchos padres, al procurar únicamente riquezas y una ilustre

herencia a sus hijos (Mt. 20 20.), y al no cuidarse de su salvación eterna, con tal de que sean adinerados y

opulentos, los empujan a la avaricia y a engrandecer los bienes materiales, y ponen sus almas en peligro de

condenación eterna.

 

CAPÍTULO V

DEL 4° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

Honra a tu padre y a tu madre,

para que vivas largos años sobre la tierra que te dará tu Dios y Señor.

I. De la excelencia de este mandamiento y en qué conviene con los anteriores.

831. Siendo muy grande la virtud y dignidad de los mandamientos antecedentes, con razón se ponen

inmediatos a ellos, los que ahora se siguen, porque son en gran manera necesarios. Aquellos tienen por objeto

directo a Dios; éstos nos instruyen en el amor del prójimo, aunque últimamente también nos encaminan y

conducen a Dios, que es el fin por el cual amamos al prójimo. Por esto dijo Cristo Señor nuestro, que

estos dos mandamientos del amor de Dios y del prójimo eran semejantes entre sí.

832. Apenas pueden enumerarse aquí las utilidades de este mandamiento, porque produce muchos y

aventajados frutos, y es como una prueba que demuestra la obediencia y observancia del primer mandamiento.

Porque quien no ama a su hermano a, quien ve, dice San Juan, ¿cómo puede amar a Dios, a quien no

ve?”. Pues a este modo, si no respetamos y reverenciamos a los Padres, a quienes debemos amar según Dios,

estando casi siempre a nuestra vista, ¿qué honor, ni qué culto daremos al mayor y mejor Padre Dios, a quien de

ninguna manera vemos? Por aquí se nos manifiesta la conformidad entre estos dos mandamientos.

 

II. Cuánto se extiende la fuerza de este mandamiento, y cuánto se ayuda con él a los padres.

833. Muchísimo se extiende la observancia y uso de este mandamiento, porque además de aquellos que

nos engendraron, hay otros muchos a quienes debemos tener en lugar de Padres, ya por razón de la potestad,

ya de la dignidad, ya de la utilidad, ya de algún cargo y oficio honorífico. Facilita además de esto, esta ley

el trabajo de los Padres, y de todos los mayores. Porque siendo su primer cuidado que vivan conforme a la ley

divina cuantos están bajo su cargo, este su deber será más fácil, cuando todos hayan entendido que es Dios

quien manda y amonesta que se trate a los Padres con toda veneración. Mas para que podamos cumplir esto, es

preciso conocer la diferencia que existe entre los mandamientos de la primera y segunda tabla.

 

III. Por qué los mandamientos se dividieron en dos tablas.

834. Primeramente, pues, ha de explicar el Párroco, y avisar muy en particular, que los divinos

mandamientos del Decálogo fueron grabados en dos tablas. En una de ellas, según nos enseñaron los Santos

Padres, estaban los tres que ya se han explicado, y los siete restantes estaban en la otra. Y esta partición fué

muy conveniente, para que el mismo orden de los mandamientos nos manifestase la diferencia existente entre

los mismos. Porque todo lo que manda o prohíbe la divina ley en las sagradas Letras nace de uno de estos dos

capítulos. Pues en toda acción se atiende o al amor de Dios o al del prójimo. Y de hecho el amor para con Dios

se enseña en los tres primeros mandamientos, y lo que se refiere a la unión y concordia con los prójimos se

contiene en los siete restantes. Y así no sin causa se hizo esa división de que unos se colocasen en la primera

tabla, y otros en la segunda.

 

IV. Cómo el amor para con Dios se nos ordena en los tres primeros preceptos; y el del prójimo

en los restantes, y de la diferencia entre unos y otros.

835. En los tres mandamientos primeros de que hemos tratado, la materia u objeto de que se trata, es el

mismo Dios, esto es el sumo bien. En los demás es el bien del prójimo. En aquellos se propone el amor último,

en éstos el inmediato. Aquellos miran al fin, éstos a los medios que se ordenan a él.

836. Además de esto, el amor de Dios depende del mismo Dios, porque Dios debe ser amado sobre todo

por sí mismo, no por otro respeto. Pero la caridad del prójimo nace de Dios, y debe enderezarse a ella como a

norma cierta. Porque si amamos a los padres, si obedecemos a los Señores, si respetamos a los Superiores en

dignidad, todo esto se debe hacer por Dios, que es su Creador, que quiso presidiesen a los otros y que por su

ministerio gobierna y defiende a los demás hombres. Siendo, pues, Dios quien nos manda que reverenciemos a

tales personas, en tanto lo debemos ejecutar, en cuanto el mismo Dios las hizo dignas de ese honor. De donde

se sigue que la honra que tributamos a los padres, más bien la tributamos a Dios que a los hombres. Pues

tratando del respeto debido a los Superiores, se dice así en San Mateo: “El que os recibe, me recibe”. Y el

Apóstol en la Epístola a los de Éfeso dice, enseñando a los sirvientes: “Siervos, obedeced a vuestros señores

temporales con temor y respeto, y con sencillo corazón como al mismo Cristo; no sirviéndolos solamente

cuando tienen el ojo sobre vosotros, como si no pensaseis más que en complacer a los hombres, sino como

siervos de Cristo, que hacen de corazón la voluntad de Dios”.

 

V. La caridad de Dios no tiene límites, la del prójimo sí.

837. A esto se añade que a Dios no se da honor, piedad ni culto alguno digno de su grandeza, y para con

El puede aumentarse infinitamente el amor. Por esto es necesario que nuestra caridad hacia Dios sea de día en

día más ardiente, pues por mandamiento suyo le debemos amar de todo corazón, con toda el alma y todas

nuestras fuerzas.

838. Pero la caridad con que amamos al prójimo, tiene sus límites, pues manda el Señor que le amemos

como a nosotros mismos. Y si alguno excediere estos términos de manera que iguale en el amor a Dios y a

los prójimos, comete una gravísima maldad. “Si alguno viene a mí, dice el Señor, y no aborrece a su Padre,

Madre, mujer, hijos, hermanos y hermanas, y hasta su misma vida, no puede ser mi discípulo”. A cuyo

propósito se dijo también: “Deja que los muertos entierren sus muertos”, al que quería enterrar primero a

su padre, y después seguir a Cristo. Mas la explicación más clara es la que hay en San Mateo: “El que ama

padre o madre más que a mí, no es digno de mí”.

 

VI. Cómo ha de amarse a los padres, y cuándo no se les puede obedecer.

839. Con todo no cabe duda que debemos amar y respetar en gran manera a los padres. Mas, para que

esto sea virtuosamente, es necesario que el principal honor y veneración se dé a Dios, que es el Padre y Creador

de todos, y que de tal modo amemos a los Padres naturales, que toda la fuerza del amor se encamine al eterno y

celestial Padre. Y si en alguna ocasión los mandatos de los padres se opusieren a los preceptos de Dios, no cabe

duda que deben los hijos anteponer la voluntad de Dios a la de sus padres, acordándose de aquella sentencia

divina: “Antes es necesario obedecer a Dios que a los hombres”.

 

VII. Qué significa aquí la palabra honrar.

840. Expuestas estas cosas explicará el Párroco las palabras del mandamiento, y primeramente qué sea

honrar. No es otra cosa que juzgar bien de uno, y apreciar en mucho todas sus cosas. Y esta voz Honra significa

todo esto, amor, respeto, obediencia y veneración. Pero con mucha propiedad se puso en la ley la voz de honra,

y no la de amor o miedo; aunque los padres, deben ser muy amados y temidos. Porque quien ama, no siempre

honra y respeta, y el que teme no siempre ama, pero el que de veras honras a uno, le ama y reverencia. Ha-

biendo el Párroco explicado esto tratará de los Padres, y de aquellos que son conocidos por este nombre.

 

VIII. Quiénes son designados aquí por nombre de Padres.

841. Pues aunque la ley habla principalmente de los padres que nos engendraron, con todo también se

aplica este nombre a otros, que asimismo parece están comprendidos en la ley, según se deduce de varios

lugares de la divina Escritura. Pues, además de aquellos que nos dieron el ser, hay en las sagradas Letras otros

géneros de padres, según ya indicamos, y a cada uno de ellos se debe su respectivo honor. Primeramente se

llaman Padres los Prelados y Pastores de la Iglesia y los Sacerdotes, según consta por el Apóstol, el cual

escribiendo a los Corintios, dice: “No os escribo esto por avergonzaros, mas amonestaos como a mis muy

amados hijos. Pues aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tenéis muchos Padres, porque yo os engendré

en Jesucristo por medio del Evangelio”. Y en el Eclesiástico está escrito: “Alabemos a los varones gloriosos y a

nuestros Padres en su generación”.

842. También se llaman Padres aquellos a quienes está encomendado el Imperio, el Magistrado o la

potestad de gobernar el estado. Así Naaman es llamado Padre por sus criados. Además de estos llamados

Padres a aquellos, a cuya protección, fidelidad, bondad y sabiduría están otros encargados, como son los

tutores, curadores, ayos y maestros, por cuya razón los hijos de los Profetas llamaban Padres a Elías y a Eliseo.

843. Últimamente llamamos Padres a los ancianos y de edad avanzada a quienes también debemos

honrar. Pero sea el primero y principal propósito del Párroco enseñar, que todos los Padres, de cualquier

condición que sean, deben ser honrados, y especialmente aquellos de quienes nacimos, pues de ellos

señaladamente habla la ley divina.

 

IX. Por qué los hijos de los cristianos deben honrar particularmente a sus Padres naturales.

844. Porque los Padres naturales son como ciertas imágenes de Dios inmortal, y en ellos contemplamos

la semejanza de nuestro nacimiento. Ellos nos dieron la vida, y de ellos se sirvió su Majestad para

comunicarnos el alma y el entendimiento. Ellos nos llevaron a los Sacramentos, nos instruyeron en la religión y

en el trato humano y civil, y nos enseñaron la integridad y santidad de costumbres. Enseñe también el Párroco

que con mucha razón se expresó también en este precepto el nombre de Madre, para que consideremos sus

beneficios y merecimientos, y lo mucho que le debemos, con cuanto cuidado y solicitud no llevó en su seno, con

cuánto trabajo y dolor nos dio a luz y nos crió.

 

X. De qué modo se honra a los padres naturales.

845. Han de ser, pues, reverenciados los Padres de manera que el honor que les damos sea como nacido

de amor y de lo íntimo del corazón. Esta veneración les es muy debida, porque nos miran con tal afecto que

ningún trabajo, dificultad ni peligro rehúsan para procurar el bien de sus hijos, y nada les proporciona mayor

placer como el conocimiento de que son apreciados por sus hijos a quienes tanto aman. Hallándose José tan

ensalzado que sólo le precedía el Rey en el solio real, recibió honoríficamente a su Padre cuando fué a

Egipto. Y Salomón se levantó del trono para venerar a su Madre cuando entró a hablarle, y habiéndola hecho

una gran reverencia, la asentó a su diestra en el solio real.

846. Además de estos hay otros deberes de honor con los cuales estamos obligados con respecto a

nuestros padres. Porque los honramos también, cuando rendidamente pedimos a Dios que todo les suceda

próspera y felizmente, que sean en gran manera amados y apreciados por los hombres, y muy agradables a Dios

y a los Santos que están en el cielo. Honramos además a los padres, cuando arreglamos nuestros negocios

según su beneplácito y voluntad. Como lo aconseja Salomón diciendo: “Oye, hijo mío, la doctrina de tu Padre,

y no abandones la ley de tu Madre, para que sea aumento de gracia para tu cabeza y collar para tu cuello”.

Semejante a esto son aquellas exhortaciones del Apóstol: “Hijos, obedeced a vuestros Padres en el Señor,

porque esto es justo”. Y en otra parte: “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es muy del

agrado de Dios”. Y se confirma con el ejemplo de varones santísimos. Porque Isaac , siendo atado por su

padre, para sacrificarle, le obedeció con modestia y sin réplica. Y los Recabitas se abstuvieron

perpetuamente de vino, por no discrepar jamás del consejo de su padre. Asimismo, honramos a los padres,

cuando imitamos sus buenas acciones y costumbres, pues es prueba grande de que los estimamos, procurar ser

muy parecidos a ellos. Y los honramos también, cuando no sólo les pedimos su consejo, sino que le seguimos.

 

XI. Cómo ha de socorrerse a, los padres cuando se ven en necesidad y mucho más en peligro de

muerte.

847. Honramos, además, a los Padres, cuando les socorremos con lo necesario para su sustento y

vestido, como se demuestra por el testimonio de Cristo, quien reprendiendo la impiedad de los Fariseos les

dijo: “¿Y por qué vosotros traspasáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición? Porque Dios dijo: Honra

a tu Padre y a tu Madre. Y el que maldijere a su Padre y a su Madre, muera de muerte. Mas vosotros decís:

toda ofrenda que yo hiciere a, Dios, aprovechará a ti también, sin honrar a su Padre ni a su Madre. Y asi

hicisteis nulo el mandamiento de Dios por vuestra tradición”.

848. En todo tiempo debemos tributar a los Padres estos oficios honrosos, mas nunca con mayor

cuidado, que cuando se hallan enfermos de peligro. Porque se ha de procurar con diligencia no omitan cuanto

se refiera a la Confesión y a los demás sacramentos que deben recibir los cristianos. Cuando se acerca la

muerte, se ha de cuidar que los visiten con frecuencia personas piadosas y religiosas, que los fortalezcan en su

debilidad, los ayuden con sus exhortaciones, y animándoles mucho los alienten con la esperanza de la inmor-

talidad, a fin de que apartando el pensamiento de las cosas humanas todo le pongan en Dios. De este modo se

conseguirá que fortalecidos con la felicísima ayuda de la Fe, Esperanza y Caridad, y con el escudo de la religión,

juzguen que no sólo no ha de ser temida la muerte, pues es necesaria, sino que ha de ser deseada, como que nos

abre la puerta de la eternidad.

 

XII. Como honraremos a los padres después de su muerte.

849. Por último, se honra a los padres, aun después de su muerte, celebrando sus funerales,

haciéndoles exequias y dándoles decorosa sepultura, procurando se les celebren los sufragios y exequias que

sean debidas, y cumpliendo oportunamente todo lo que hubiesen dispuesto por testamento.

 

XIII. Cómo deben ser honrados los Obispos y sacerdotes.

850. Más no solamente deben ser honrados los Padres naturales, sino también otros que se llaman

Padres, como los Obispos, los Sacerdotes, los Reyes, Príncipes y Magistrados, los tutores, curadores, maestros,

ayos, ancianos y otros tales. Porque todos son dignos de percibir los frutos de nuestra caridad, obediencia y

otros bienes, aunque unos más que otros. Por lo tocante a los Obispos y otros Pastores escribe así el Apóstol: “A

los Presbíteros que gobiernan bien, se debe doblada honra, mayormente a los que trabajan en la predicación

y doctrina”. Pues los de Galacia ¿qué demostraciones de amor no hicieron al Apóstol? A los cuales

corresponde con un testimonio de benevolencia tan encarecido como decir: “Aseguro de vosotros, que si

posible fuera, os habríais sacado los ojos, y me los hubierais dado”.

 

XIV. Debe proveerse a los Sacerdotes de lo necesario para su sustento.

851. Debe también proveerse a los Sacerdotes de lo que necesitan para su decencia y mantenimiento.

Por esto dice el Apóstol: “¿Quién peleó jamás a sus expensas?”. Y en el Eclesiástico está escrito: ―Honra a

los Sacerdotes, y purifícate con el trabajo de tus manos. Dales la parte que te es mandada de las promesas y

de la ofrenda por el pecado”. Que asimismo se les debe obedecer, lo enseña el Apóstol, diciendo: “Obedeced a

vuestros Prelados, y sujetaos a ellos, porque ellos se desvelan, como que han de dar cuenta, por vuestras

almas”. Por Cristo Señor nuestro fué mandado, que obedeciésemos a los Pastores, por malos que fuesen,

diciendo: “Sobre la cátedra de Moisés se sentaron los Escribas y Fariseos. Guardad, pues, y haced cuanto os

dijeren; mas no queráis obrar, como obran ellos, porque dicen y no hacen”.

 

XV. Muéstrase que deben ser honrados los Magistrados del estado.

852. Lo propio debe decirse de los Reyes, Príncipes, Magistrados, y de todos los lemas a cuya potestad

estamos sujetos. Qué género de honra, veneración y culto se les deba dar, lo explica el Apóstol largamente

en la epístola a los Romanos, advirtiendo también que debe hacerse oración por ellos, y San Pedro dice:

Obedeced a toda humana, criatura por amor de Dios, ya sea al Rey, como a soberano, ya a los gobernado-

res, como enviados por él”. Pues toda la veneración que les tributamos se refiere a Dios, por cuanto la

excelencia de la dignidad deben honrarla los hombres, por ser imagen de la potestad divina, y de este modo

veneramos también la Providencia de Dios, quien les encomendó el cuidado del gobierno público, y se sirve de

ellos como de ministros de su potestad.

 

XVI. Debe obedecerse, aunque no siempre, a los Magistrados malos.

853. Y aunque los magistrados sean malos, no reverenciamos la perversidad o malicia, sino la autoridad

divina que en ellos hay. De manera que, lo cual tal vez parecerá extraña, aunque nos miren con ánimo enemigo

y lleno de ira, aunque sean implacables, todavía no es causa suficiente para no mirarlos con el mayor respeto.

Pues así miró David a Saúl, y le hizo grandes servicios al propio tiempo que él le perseguía de muerte. Según

lo insinúa por estas palabras: “Con los que aborrecían la paz, era yo pacifico”. Psalm. CXIX, 7.

854. Pero si acaso mandaran alguna cosa injusta y malvadamente, como en esto no obraban según la

autoridad divina, sino según su propia injusticia y perversidad, entonces de ningún modo deberán ser

obedecidos. Luego que hubiere el Párroco explicado en particular todo esto, considere cuán grande y cuan

correspondiente es el premio, que está prometido a los que obedecen a este divino mandamiento.

 

XVII. Del premio que da Dios a los hijos obedientes a sus padres.

855. El fruto muy grande que se saca de aquí, es vivir largo tiempo, pues son dignos de gozar por

muchos años de aquel beneficio cuya memoria perpetua conservan. Pues como los que honran a sus Padres,

corresponden agradecidos a los que les hicieron el beneficio de la luz y de la vida, es muy justo, que se alargue

la suya hasta la mayor ancianidad. Luego se ha de añadir una explicación clara de la promesa divina. Porque no

sólo promete el Señor la vida eterna y bienaventurada, sino también el goce de esta temporal, como lo declara

el Apóstol, cuando dice: “La piedad para todas las cosas aprovecha, porque tiene promesas de la vida

presente y venidera”.

 

XVIII. Cuánto deba apreciarse esta promesa de vida prolongada.

856. Y no es pequeño ni para desechado este galardón de larga vida, aunque varones santísimos como

Job, David y Pablo, desearon la muerte, y también sea molesta la prolongación de esta vida a los que se ven

en trabajos y grandes miserias. Porque aquellas palabras que se añaden: “Que tu Dios y Señor te dará”; no sólo

prometen largos años de vida, sino también reposo, quietud y seguridad para bien vivir. Pues en el

Deuteronomio no dice solamente el Señor: “Para que vivas largo tiempo”, sino que añade: “Para que lo pases

bien”. Lo cual fué después repetido por el Apóstol.

 

XIX. Cómo consiguen estos premios los que honran a sus padres aunque mueran presto.

857. Decimos que consiguen estos bienes todos aquellos cuya piedad quiere premiar el Señor. Pues de

otro modo no sería Su Majestad fiel y constante en su promesa, cuando algunas veces es más breve la vida de

aquellos que fueron más piadosos para con sus padres. Pero esto sin duda sucede o porque se les hace gran

beneficio en sacarlos de esta vida antes que se extravíen del camino de la santidad y justicia, pues son

arrebatados, para que la malicia no mude su entendimiento, o la ficción engañe su alma. O porque si

amenaza alguna calamidad y perturbación de todas las cosas, son sacados del mundo para que se libren de la

general calamidad de los tiempos: “Porque de delante de la malicia, dice el Profeta, es recogido el justo”. Y

esto lo dispone así Dios, o porque no peligre su virtud y salvación cuando castiga su Majestad las maldades de

los hombres, o porque no sientan en tiempos tan tristes, amarguísimos llantos al ver las calamidades de sus

parientes y amigos. Y por esto hay muchísimo porque temer, cuando a varones justos les sobreviene una

muerte temprana.

 

XX. Penas de los que quebrantan este precepto.

858. Pero así como tiene reservado el Señor para los hijos que son agradecidos y obedientes a sus

de Dios para castigarles. Porque no dejó sin castigo los agravios que padeció David de su hijo Absalón, sino que

pagó las debidas penas muriendo atravesado con tres lanzas. De los que no obedecen a los Sacerdotes está

escrito: “El que se ensorbebeciere, y no quisiere obedecer al mandamiento del Sacerdote que en este tiempo

sirve a, tu Dios y Señor, por decreto del juez morirá ese hombre”.

 

XXI. De qué modo se harán dignos los padres del honor que Dios manda.

859. Pero así como está establecido por la divina ley que los hijos honren, obedezcan y sirvan a sus

Padres, así es obligación y cargo propio de los Padres enseñar a los hijos doctrinas y costumbres santísimas,

y darles las reglas más ajustadas de bien vivir, para que instruidos y formados según la religión, veneren a Dios

santa y firmemente, según leemos lo hicieron los padres de Susana.

860. Y así el Sacerdote amoneste a los Padres que se muestren a sus hijos, como maestros de toda

virtud, equidad, continencia, modestia y santidad. Y que huyan principalmente de tres cosas, en que de

ordinario suelen tropezar. La primera, que no los hablen ni los traten con demasiada aspereza. Así lo ordena el

Apóstol, diciendo en la Epístola a los Colosenses: “Padres, no provoquéis a indignación a vuestros hijos, para

que no se hagan pusilánimes”. Porque si en todo temen, hay peligro de que sean de ánimo cobarde y

menguado. Y así mándenles que huyan del rigor excesivo, y que prefieran corregir a vengarse de sus hijos.

 

XXII. Que no deben los Padres ser remisos ni codiciosos por dejar a sus hijos grandes riquezas.

801. Además, si cometen alguna Culpa, siendo necesario el castigo y la reprensión, no les perdonen con

demasiada condescendencia, pues muchas veces se pierden los hijos por la nimia blandura y facilidad de los

padres. Y así amenácenlos con el ejemplo del Sumo Sacerdote Helí, quien fué castigado severísimamente por

haber sido muy condescendiente con sus hijos.

Últimamente en la educación e instrucción de los hijos no se propongan fines torcidos, lo cual es muy

feo. Porque muchos ni entienden ni atienden a otra cosa, que a dejarles dinero, riquezas y un patrimonio

magnífico y opulento. Y los inclinan no a la religión, no a la virtud, no a los estudios de las buenas letras, sino a

la avaricia y al aumento de la hacienda. Ni cuidan de la honra, ni de la salvación de sus hijos, con tal que sean

ricos y acaudalados; ¿qué se puede decir ni pensar más vil ni más indigno? De aquí es que dejan a los hijos, no

tanto sus bienes cuanto sus maldades, y abominaciones, y les sirven de guía no para el cielo, sino para los

tormentos, eternos del infierno. Enseñe, pues, el Sacerdote a los Padres estas santas máximas, y muévales a

seguir el ejemplo y la virtud de Tobías, para que después que hubieren educado perfectamente a sus hijos en

el servicio de Dios y en santidad, recojan también frutos muy abundantes de amor, veneración y obediencia.

 

Quinto precepto del Decálogo

NO MATARÁS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] 1º Fruto y utilidad de lo que enseña este mandamiento. — Cuán útil es la observancia de

este mandamiento se deduce de lo siguiente: • si se cumplen bien y santamente los deberes de este precepto,

cabe esperar que los hombres vivirán unidos por la perfecta conformidad de sentimientos y conservarán la paz

y la concordia; • Dios envió el diluvio para reclamar a los hombres la sangre derramada (Gen. 9 5.), y éste fue el

primer precepto que nuestro Señor explicó en el sermón de la Montaña (Mt. 5 21-23.); • finalmente, por este

mandamiento Dios asegura la conservación de la propia vida, ya que prohíbe con graves penas el homicidio y

el ofender a nadie.

[2] 2º Objeto de este mandamiento. — En este mandamiento se contienen dos cosas: la primera, se

nos prohíbe matar (Mt. 5 21-23; Ex. 21 12 y ss; Lev. 24 17.); y la segunda, se nos manda tratar a nuestros

enemigos con afabilidad y caridad, tener paz con todos y llevar con resignación todos los trabajos (Col. 3 8 y

12; Ef. 4 20 y ss.).

Precepto negativo de este mandamiento

[3-8] 1º Muertes que no se prohíben por este mandamiento. — No está prohibido: • matar a

los animales irracionales, pues Dios dio al hombre el derecho de alimentarse de ellos; • imponer la muerte,

conforme a las leyes, a los hombres criminales para defender a los inocentes (Sal. 100 8.); pues los jueces son

en la sociedad los vengadores legítimos de los crímenes, para que, reprimiendo con castigos la audacia y la

maldad, esté segura la vida humana, que es el fin de este mandamiento; • quitar la vida al enemigo en guerra

justa (Gen. 14 15; Ex. 17 9-10; I Rey. 14 15; Lc. 3 14.), pues entonces no se obra movido por pasión injusta, sino

únicamente por el deseo del bien común; • quitar la vida por orden expresa de Dios (Ex. 32 28-29.); • no es

culpable de crimen quien mata casualmente a un hombre, no voluntariamente y con premeditación, sino por

casualidad (Deut. 19 4-5.), salvo en dos casos: cuando la acción que da casualmente la muerte a otro es injusta,

vgr. causar un aborto por golpear a una mujer embarazada (Ex. 21 y 22.); y cuando esta muerte casual procede

de la negligencia y descuido de uno mismo; • finalmente, tampoco es culpable de crimen quien mata a otro por

defender su propia vida.

[9-11] 2º Muertes que se prohíben en este mandamiento. — Todas las demás muertes están

prohibidas, sin que admita excepción ni la persona del homicida, ni la del muerto, ni el modo con que se causó

la muerte. • La persona del homicida. Nadie puede hacer una muerte por propia autoridad, sea rico, poderoso,

señor o padre: a todos, sin distinción, les está prohibido matar. • La persona del muerto. En lo que mira a los

matados, no hay hombre tan humilde y de condición tan baja, que no esté defendido en virtud de esta ley.

Tampoco es lícito a nadie darse la muerte a sí mismo, por no tener nadie dominio sobre su propia vida. • El

modo de causar la muerte. Ningún modo de cometer homicidio queda exceptuado: no sólo el causar la muerte

directamente, sino también el causarla aconsejando, ayudando, favoreciendo o por otro modo semejante,

llegando nuestro Señor a prohibirnos incluso el irritarnos contra nuestro hermano (Mt. 5 22.); de manera que

no basta tener las manos limpias de pecado, sino que hay que tener puro también el corazón. La única ira

aceptable es aquella que no procede de pasión (Sal. 4 5; Ef. 4 26.), por la cual uno castiga a los que están bajo

su imperio y potestad, cuando hay en ellos culpa.

[12-13] De aquí se deducen dos cosas: • la primera, que peca quien se enoja contra su hermano, aunque

reprima en su interior la ira, y peca más gravemente quien manifiesta exteriormente su enojo, y todavía más

quien no teme maltratar duramente a su hermano e inferirle injuria; • la segunda, que guardará

perfectamente este precepto quien practique la mansedumbre con quienes le hacen mal, según las palabras de

nuestro Señor (Mt. 5 39.).

[14] 3º Gravedad del homicidio. — La gravedad del homicidio se deduce: • de la Sagrada

Escritura, en la que Dios muestra repetidas veces cuánto detesta este pecado (Gen. 4 10; 9 16; Ex. 21 12; Lev.

mío, no te aflijas: es verdad que pasamos una vida pobre; pero tendremos muchos bienes, si temiéremos a Dios, y

huyéremos de todo pecado, y obramos bien‖. Tob. IV, 1 23.

36424 17.), al manifestar que hasta en las bestias vengará la muerte de los hombres (Gen. 9 5.), y al mandar que se

mate a la bestia que mató a un hombre (Ex. 21 28.); • de la razón, que nos muestra cómo los homicidas son los

destructores de la creación de Dios, ya que al dar muerte al hombre destruyen en cierto modo todas las obras

de Dios, que para el hombre han sido creadas. Además, porque habiendo sido creado el hombre a imagen y

semejanza de Dios (Gen. 1 26; 9 6.), comete grave injuria contra Dios quien destruye su imagen.

Precepto afirmativo de este mandamiento

[16-19] 1º El precepto de la caridad. — Al prohibirse expresamente el odio en este precepto, se

sigue necesariamente la imposición del precepto de amor y caridad hacia el prójimo (Mt. 5 23-24; Rom. 12 18;

Heb. 12 14; I Jn. 3 15.). Por lo tanto, Dios nos manda que por la caridad tengamos paz con todos. Las obras de

caridad que este precepto nos impone son las siguientes: • la paciencia, ya que la caridad es sufrida (I Cor. 13

4.); • la beneficencia, que se manifestará ante todo por las obras de misericordia, ya que la caridad es

bienhechora (I Cor. 13 4.); • el amor de los enemigos, tratando de devolver bien por mal y de vencer al mal con

el bien (Mt. 5 44; Rom. 12 20-21.); • la práctica de todas las obras que se refieren a la mansedumbre; • y sobre

todo el perdón y olvido de las injurias, que es la obra más excelente de todas las que pueden practicarse en este

mandamiento. A ello nos exhorta la Sagrada Escritura, que afirma que son bienaventurados quienes obran así

(Deut. 32 35; I Rey. 24 5-8; 25 32-33; II Rey. 19 20; Mt. 5 4, 9 y 44.), que Dios les concede en recompensa el

perdón de sus pecados (Sal. 7 5; Eclo. 28 5, 7 y 8; Mt. 6 14; Ef. 4 32; Col. 3 15.), y que éste no les será otorgado

si ellos lo niegan a su prójimo (Mt. 6 15; 18 34.).

[19] 2º El perdón de las injurias. — Siendo casi natural en el corazón humano el deseo de vengarse,

deben los párrocos inculcar a sus fieles el perdón de las injurias, recordándoles que el cristiano está obligado a

olvidarlas y perdonarlas, y explicándoles especialmente tres cosas:

[20-21] a) La primera, que se convenzan de que la causa principal del daño o de la injuria no fue aquél

de quien desea uno vengarse, sino Dios, de quien proviene todo cuanto padecemos en esta vida (Job 1 21.), y

que todo lo permite por justicia o misericordia; el cual no nos persigue como a enemigos, sino que nos corrige y

castiga como a hijos (Prov. 3 11; Heb. 12 6; Apoc. 3 19.). Pues en todas estas cosas adversas, los hombres son

sólo ministros y ejecutores de Dios, y nada pueden hacernos sin la divina permisión (Gen. 45 5-8; II Rey. 16

10-13.).

[22] b) La segunda, que Dios concede dos grandes bienes a quien perdona de buena gana las ofensas

del prójimo: el perdón de sus propias ofensas y pecados (Mt. 6 14; 18 33.), y cierta nobleza y semejanza con

Dios, que hace nacer su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos y pecadores (Mt. 5 45.).

[23] c) La tercera, que nos acarreamos muchos males cuando nos negamos a perdonar las injurias del

prójimo. En efecto, el que odia y guarda el deseo de la venganza, no sólo comete un pecado grave, sino que

además su alma se encuentra en un estado de pecado y de odio, agitada vehementemente mientras maquina la

venganza hasta que logra conseguirla. [24] Además, se siguen otros muchos males a la pasión de odio: ceguera

espiritual (I Jn. 2 11.), juicios temerarios, ira, envidia, murmuración y otros vicios semejantes, de modo que por

un solo pecado existen muchos. No sin razón se dice que éste es pecado del diablo (I Jn. 3 10-11.), que fue

homicida desde el principio (Jn. 8 44.).

[25] 3º Remedios contra el odio. — Además de las consideraciones mencionadas, son los

siguientes: • ante todo, el ejemplo de nuestro Salvador, que perdonó a sus mismos verdugos después de haber

sido azotado, coronado de espinas, cruelmente atormentado y clavado en una cruz por ellos (Lc. 23 34.);

luego, el recuerdo de la muerte y del día del juicio (Eclo. 7 40.): siendo en estos momentos muy necesario

alcanzar de Dios su infinita misericordia, es menester para conseguirla que olvidemos nosotros las injurias y

perdonemos y amemos a los que de palabra o por obra nos hubieren ofendido.

 

 

CAPÍTULO VI

DEL 5° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

No matarás

I. Utilidad de la doctrina de este Mandamiento.

863. Aquella gran felicidad prometida a los pacíficos: “Pues serán llamados hijos de Dios”, debe

estimular en gran manera a los Pastores, para que enseñen con cuidado y desvelo a los fieles la doctrina de este

mandamiento. Porque el mejor medio que se puede adoptar para conciliar las voluntades de los hombres es,

que explicada bien esta divina ley, se guarde por todos con la santidad debida. Pues entonces se puede esperar,

que unidos entre sí los ánimos con unanimidad de sentimientos, vivan con la mayor paz y concordia.

864. Cuan necesario sea explicar este mandamiento, se puede ver considerando que después de aquella

inundación de toda la tierra, esto fué lo primero que Dios vedó a los hombres: “Pediré cuenta, dijo, de vuestras

vidas a las bestias y a los hombres”. En el Evangelio también esta fué la primera de las leyes antiguas que el

Señor explicó. Sobre la cual dice así por San Mateo: “Fué dicho a los antiguos: no matarás”, con lo demás que

acerca de esto se escribe en el mismo.

865. Deben asimismo los fieles oír con atención y con el mayor gusto esta divina ley. Porque bien

considerado su espíritu, es una defensa muy poderosa de la vida propia, pues por estas palabras: “No matarás”,

totalmente se veda el homicidio. Y así todos los hombres y cada uno de ellos debe recibirla con tanto placer de

su alma, como si nombrándole a él en particular, mandara Dios, bajo pena de incurrir en su ira y otras penas

gravísimas, que ninguno le ofenda, ni le dañe. Y por tanto siendo este mandamiento tan agradable al oído,

también debe serlo guardarse del pecado que por él se prohíbe.

II. Qué se prohíbe y manda por este mandamiento.

866. Dos cosas enseñó el Señor al explicar la fuerza de esta ley que se contenían en ella. La primera:

que no matemos, y estos es lo que veda. La otra: que abracemos a los enemigos con amor y caridad

entrañable, que vivamos con todos en paz, y que llevemos con paciencia todos los trabajos. Y esto es lo que se

manda.

III. Es lícito matar y comer de las carnes de los animales.

867. Por lo que se refiere a la prohibición de matar, se ha de enseñar primeramente qué muertes sean

las vedadas por este mandamiento, pues no está prohibido matar las bestias. Pues si está concedido por Dios a

los hombres comer de sus carnes, no puede menos de ser lícito matarlas. Acerca de esto dice así San Agustín:

Cuando oímos no matarás, no entendemos que se haya dicho esto por los árboles frutales, pues son

insensibles, ni por los animales irracionales, porque de ninguna numera se asocian con nosotros”.

IV. Es lícito condenar a muerte por una justa sentencia.

868. Otra suerte de muerte permitida es la que pertenece a aquellos magistrados, a quienes está dada

potestad de quitar la vida, en virtud de la cual castigan a los malhechores según el orden y juicio de las leyes, y

defienden a los inocentes. Ejerciendo justamente este oficio, tan lejos están de ser reos de muerte, que antes

bien guardan exactamente esta ley divina que manda no matar. Porque como el fin de este mandamiento es mi-

rar por la vida y salud de los hombres, a eso mismo se encaminan también los castigos de los magistrados que

son los vengadores legítimos de las maldades, a fin de que reprimida la osadía y la injuria con las penas, esté

segura la vida de los hombres. Por esto decía David: “En la mañana quitaba yo la vida a todos los pecadores

de la tierra, para acabar en la ciudad de Dios con todos los obradores de maldad”.

V. Tampoco son reos de muerte los que quitan la vida en guerra justa.

869. Por la misma razón tampoco pecan los que movidos no de codiciar crueldad, sino de solo amor

del bien público, quitan en guerra justa la vida a los enemigos. De esta condición son también las muertes que

se hacen de orden expresa de Dios. Y así no pecaron los hijos de Levy matando en un día tantos millares de

hombres. Pues hechas estas muertes, les dijo Moisés: “Consagrasteis hoy vuestras manos al Señor”.

VI. No infringe esta ley quien mata a otro casualmente.

870. Tampoco quebranta este mandamiento quien no voluntariamente ni habiéndolo premeditado, sino

casualmente mata a un hombre. Sobre esto se escribe en el Deuteronomio: “El que hiere a su prójimo sin

advertirlo, y que no se comprueba que tuviese algún odio contra él ayer, o antes de ayer, sino que fué con él

sencillamente a cortar leña al monte, y en la misma cortada se le fué el hacha de la mano, o el hierro que

saltó del hostil, hiriese y matase a su amigo”, etc. Estas muertes son tales, que no verificándose de voluntad

ni de propósito, no del todo se cuentan entre los pecados. Y esto se confirma con la sentencia de San Agustín,

que dice: “No permita Dios se nos imputen a culpa aquellas cosas que hacemos por fin Dueño o lícito, si por

acaso sucede algo malo sin quererlo nosotros”.

VII. Cómo puede ser pecado el homicidio casual.

871. Pero en esto se puede pecar por dos causas. La primera, si haciendo uno alguna cosa injusta,

matara a otro; como si diese una puñada o puntapié a una mujer embarazada, de donde se le siguiese abortar.

Esto aunque sucediese sin voluntad del agresor, no sería sin culpa, pues de ningún modo le era lícito herir a

una mujer en tales circunstancias. La segunda causa es, cuando sin mirar bien todas las circunstancias, matase

a otro incauta y descuidadamente.

VIII. También es lícito matar por defender la vida propia.

872. Por la misma razón es manifiesto, que no falta a esta ley quien puesta toda la cautela posible, mata

a otro por defender su vida. Estos homicidios que hemos mencionado, no están prohibidos por este

mandamiento. Pero a excepción de éstos, todos los demás están vedados, ya se considere, al homicida, ya al

que es muerto, ya a los modos con que se causó la muerte.

IX. Ninguno puede matar a otro por autoridad privada.

873. Por lo que mira a los que causan la muerte, ninguno está exceptuado, ni ricos, ni poderosos, ni

señores, ni padres. A todos está vedado matar, sin diferencia ni distinción ninguna.

X. A todos defiende esta divina ley.

Si atendemos a los que pueden ser muertos, a todos ampara esta divina ley. No hay hombre por

despreciado y abatido que sea, el cual no sea protegido y defendido por este mandamiento. Y a ninguno es lícito

tampoco matarse a sí mismo. Porque nadie es tan dueño de la vida, que se la pueda quitar cuando quiera. Y por

esto no se dio la ley en estos términos: “No mates a otro”, sino que absolutamente se dice: “No matarás”.

XI. De cuantos modos se puede quebrantar este precepto.

874. Mas atendiendo a los muchos modos que hay de matar, ninguno hay que esté exceptuado. Porque a

ninguno es lícito quitar la vida a otro, no sólo por sus manos, o con espada, piedra, palo, cordel o veneno. Más,

ni por consejo, favor, auxilio o cualquier otro modo. Todos enteramente están vedados. Acerca de esto fué

suma la rudeza y estupidez de los judíos, pues creían guardar este mandamiento con sólo apartar sus manos de

la ejecución de la muerte. Pero el hombre cristiano, que por declaración del mismo Cristo sabe que esta ley es

espiritual, esto es, que no sólo manda tener las manos limpias, sino también el corazón casto y sencillo, de

ninguna manera debe contentarse con lo que aquellos pensaban que habían cumplido cabalmente la ley,

porque ni airarse es lícito a ninguno, según nos enseña el Evangelio, en donde dice el Señor: “Mas Yo os digo:

todo aquel que se airare contra su hermano, será reo de juicio. El que le dijere alguna palabra de desprecio,

será reo de concilio: y el que le llamare fatuo será reo del fuego del infierno”.

XII. Cómo puede uno pecar o no pecar airándose.

875. Por estas palabras se ve con claridad que no carece de culpa el que se indigna contra su prójimo,

aunque retenga la ira oculta en su pecho. Que peca gravemente el que de esta ira diere algunas señales, y

mucho más gravemente el que se atreve a tratarle con aspereza, y hacerle injuria. Esto es verdad, si no hay

causa ninguna de airarse. La causa de la ira concedida por Dios y por las leyes, es cuando castigamos a los

que están sujetos a nuestra jurisdicción y potestad, si hubiere culpa en ellos. Porque la ira del cristiano no debe

proceder de los ímpetus de la carne, sino del Espíritu Santo. Pues debemos ser templos de este divino

espíritu, donde habite Jesucristo.

XIII. Cómo se guardará bien esta ley, y los muchos que la quebrantan.

876. Otros muchos documentos nos dio el Señor pertenecientes a la perfección de esta ley, cuales son

aquellos: “No resistir al malo; mas si alguno te hiriere en la mejilla derecha, vuélvele también la otra: y al

que quisiere ponerte en pleito por quitarte la túnica déjale también la capa; y alquilado por una milla, anda

con él otras dos”. Por lo dicho hasta aquí se puede conocer lo muy inclinados que están los hombres a los

pecados que se cometen contra este mandamiento, y los muchos homicidas que hay, si no de obra, de corazón.

XIV. De lo mucho que Dios detesta el homicidio en las sagradas letras.

877. Mas como las sagradas Escrituras nos dan remedios para una enfermedad tan peligrosa, es propio

del Párroco aplicarlos con diligencia a los fieles. El primero y principal, consiste en que entiendan cuan horrible

pecado es quitar a un hombre la vida. Esto se puede ver claro por muchísimos y muy graves testimonios de las

sagradas Letras. Porque en tanto grado abomina en ellas el Señor el homicidio, que hasta en las bestias

dice que ha de vengar la muerte de los hombres; y manda se mate a la fiera que dañare a alguno. Y no por

otra causa quiso que so mirase con horror la sangre, sino para que de todos modos se apartase el corazón y la

mano de la cruel acción del homicidio.

XV. Muéstrase lo enorme de este pecado.

878. Son ciertamente los homicidas enemigos capitales del linaje humano, y por lo mismo de toda la na-

turaleza, y en cuanto es de su parte destruyen todas las obras de Dios, pues acaban con el hombre, por cuya

causa afirma el Señor que las hizo todas. Y aun como en el Génesis en tanto se prohíbe la muerte del

hombre, en cuanto Dios le creó a su imagen y semejanza, sigúese que hace a Dios una señalada injuria, y que

pone en su Majestad manos violentas el que destruye su Imagen. Habiendo contemplado esto David con

altísima consideración, se queja con grande amargura de los hombres sanguinarios, por estas palabras:

Veloces son sus pies para derramar sangre”. No dijo tan sólo matan, sino derraman sangre; explicándose

así para generalizar lo abominable de aquella maldad, y para mostrar su crueldad atroz. Y a fin de mostrar más

señaladamente con cuanta precipitación se dejan llevar hacia esta acción tan depravada por cierto impulso

diabólico, dijo: “que sus pies eran veloces”.

XVI. Qué nos ordena Dios por este precepto.

879. Ahora bien, lo que Cristo Señor nuestro manda observar por este precepto, lo que se propone es,

que tengamos paz con todos. Pues dice explicando este lugar: “Si presentas, pues, tu ofrenda en el altar, y

allí te acordares que tu prójimo ha recibido algún agravio de ti, deja allí tu ofrenda al pie del altar, y ve

primero y reconcíliate con él, y hecho esto, vuelve a ofrecer tu don”, y lo demás que sigue. De tal manera ha

de explicar el Párroco estas cosas, que enseñe la obligación de amar sin excepción alguna a todos. Con grande

encarecimiento exhortará a los fieles a esta virtud mediante la explicación de este precepto, pues en él

resplandece sobre manera la virtud de amar al prójimo. Porque como este mandamiento veda expresamente el

odio: “Pues es homicida el que aborrece a su hermano”, es evidente que se manda por él la caridad y amor.

XVII. Qué obras de caridad se mandan por este precepto.

880. Dándosenos por esta ley los preceptos de la caridad y amor, se dan también los de todos aquellos

deberes y obras, que siguen a la misma caridad. De la caridad dice el Apóstol, que es paciente. Luego se

manda también la paciencia, con la cual nos enseña el Salvador, que poseeremos nuestras almas. La

beneficencia también es compañera y socia de la caridad, porque la caridad es benigna. Esta virtud de la

benignidad y beneficencia se extiende a mucho, y su oficio consiste señaladamente en socorrer a los pobres con

lo necesario, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo, y asistir a cada uno con

tanta mayor generosidad cuanta es más grande la necesidad que tiene de nuestro socorro.

XVIII. Lo más perfecto de la caridad consiste en amar a los enemigos.

881. Estos deberes de la beneficencia y bondad, que por sí son ilustres, se engrandecen muchísimo

practicándose con los enemigos. Porque dice el Salvador: “Amad a vuestros enemigos, y haced bien a los que

os aborrecen”. El Apóstol lo amonesta también por estas palabras: “Si padeciere hambre tu enemigo, dale

de comer; si sed, dale de beber: haciendo esto, amontonas carbones de fuego sobre su cabeza. No quieras ser

vencido por el mal; mas véncele haciendo bien”. Finalmente si atendemos a la ley de la caridad, que es

benigna, hallaremos, que por este precepto se nos manda ejercitar todos los oficios que pertenecen a la

mansedumbre, apacibilidad, y otras virtudes semejantes.

XIX. En qué se manifiesta mejor la caridad con el prójimo.

882. Pero la obra que excede a todas las demás, y que está más llena de caridad, y en la que muy

señaladamente conviene ejercitarnos, consiste en que remitamos y perdonemos con igualdad de ánimo las

injurias que nos hubieren hecho. Para que lo hagamos con toda sinceridad, nos amonestan y exhortan

muchas veces las sagradas Letras, no sólo llamando bienaventurados a los que así lo hacen, sino afirmando

también que les está concedido por Dios el perdón de sus pecados; y que cuantos desprecian o del todo rehúsan

obrar de este modo, no le conseguirán. Mas, como el deseo de vengarse está tan arraigado en los corazones de

los hombres, es necesario que el Párroco ponga diligencia suma, no sólo en enseñar, sino también en persuadir

enteramente a los fieles que debe el cristiano olvidar y perdonar las injurias. Pues que sobre este punto dijeron

tanto los Escritores sagrados, consúltelos para rechazar la terquedad de aquellos, que con ánimo obstinado y

endurecido se abrasan con el fuego de la venganza. Y tenga preparados para este fin los argumentos que con

grande piedad le ofrecen aquellos Padres, que son de mucha autoridad y muy acomodados a este asunto.

XX. Razones particulares para reprimir el odio, e inducir al perdón de las injurias.

883. Estas tres cosas señaladamente se han de explicar. La primera, que quien crea haber recibido una

injuria, se persuada muy de veras que la causa principal del daño o de la injuria no fué aquel de quien desea

vengarse. Asi lo hizo aquel admirable Job quien ofendido gravemente por los Sabeos, Caldeos, y por el

Demonio, con todo sin acordarse de ellos, como varón justo, y hombre en gran manera piadoso, justa y

santamente se valió de estas palabras: “El Señor lo dio, el Señor lo quitó”. Y asi teniendo presente las

palabras y obras de este varón pacientísimo, tengan por muy cierto los cristianos, que todo cuanto padecemos

en esta vida, procede del Señor, que es el Padre y Autor de toda justicia y misericordia.

XXI. Los que nos persiguen son ministros de Dios, aunque ellos obren con voluntad depravada.

884. No piense, pues, que el Señor, cuya benignidad es inmensa, nos trata como a enemigos, sino que

nos corrige y castigue como a hijos. Y si lo examinamos con cuidado, no vienen a ser los hombres en todas

esas cosas, sino ministros e instrumentos de Dios. Aunque puede el hombre ilícitamente aborrecer a uno, y

desearle todo mal; nunca puede sin permiso de Dios hacerle el menor daño. De esta razón se valió José para

sobrellevar los consejos malignos de sus hermanos, y por ella también sufrió David con gran resignación las

injurias que le hizo Semei. Para prueba de esto es muy propio aquel modo de argüir, del que con gravedad y

erudición igual, usó San Juan Crisóstomo a fin de convencer: “que ninguno es dañado sino por sí mismo”.

Pues los que se creen injuriados, si llevan las cosas por camino recto, encontrarán sin duda, que ni injuria ni

daño ninguno han recibido de otros. Porque los agravios que los otros nos hacen, son extrínsecos, mas ellos se

dañan gravísimamente a sí mismos, manchando su alma feísimamente con odios, malos deseos y envidias.

XXII. Qué frutos reportan los que perdonan gustosos las injurias.

885. Lo segundo que se ha de explicar es, que consiguen dos provechos muy grandes los que movidos de

piadoso afecto para con Dios, perdonan de corazón las injurias. El primero consiste en que Dios perdona las

deudas propias al que perdona las ajenas. Por cuya promesa se ve claramente lo muy agradable que le es esta

obra de piedad. El segundo, que conseguimos una nobleza y perfección grande. Porque en esta obra de

perdonar injurias nos hacemos en cierto modo semejante a Dios, quien: “hace salir el sol sobre buenos y malos

y llueve sobre justos e injustos”. Matth., V, 45.

XXIII. Cuáles y cuántos daños nazcan del odio de los enemigos.

880. Últimamente se han de explicar los males en que incurrimos cuando no queremos perdonar las

injurias que nos han hecho. Y así el Párroco exponga a la consideración de aquellos que no pudiere mover a que

perdonen a sus enemigos, que el odio no sólo es pecado grave, sino que se aumenta más profundamente con la

continuación de pecar. Porque como aquel de cuyo corazón se apoderó este afecto, está sediento de la sangre de

su enemigo, movido con la esperanza de vengarse de él, pasa días y noches en una perpetua y congojosa

agitación de ánimo, de modo que nunca parece cesa de maquinarle la muerte, o alguna otra malvada acción. Y

de aquí proviene que nunca, o con grandísima dificultad, pueda éste reducirse a perdonar del todo, o a lo

menos en parte, las injurias. Por esto se compara muy bien a la herida atravesada por la saeta.

XXIV. Demuéstrase que del odio nacen muchos pecados.

887. Además de estos males hay otros muchísimos perjuicios y pecados, que están unidos y como

eslabonados con ese del odio. Por esto dijo San Juan: “El que aborrece a su prójimo, está en tinieblas, y en

tinieblas anda, ni sabe tampoco donde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos”. Y así es preciso que

caiga muchas veces en pecado. Porque ¿cómo pueden parecerle bien los dichos o los hechos de aquel a quien

aborrece? Luego de aquí resultan juicios temerarios y siniestros, iras, envidias, detracciones, y cosas a este

modo, con las cuales suelen enredarse también sus parientes y amigos, por donde muchas veces sucede que de

un pecado nacen otros muchos. Y con razón se dice que este es pecado del diablo: “Que era homicida, desde

el principio”. Y por esto el Hijo de Dios nuestro Señor Jesucristo, cuando los Fariseos andaban tramándole

la muerte, dijo: “que tenían por padre al Diablo”. Luc, XXIII, 34.

XXV. Remedios contra el pecado del odio.

888. Además de esto que se ha dicho, de donde pueden tomarse razones para detestar este pecado, nos

dan las sagradas Escrituras otros muchos remedios, y ciertamente muy provechosos. El primero y mayor de

todos, es el ejemplo de nuestro Salvador, que debemos proponer para imitarle. Porque este divino Señor, en

quien no pudo darse la menor sospecha de pecado, herido con azotes, coronado de espinas, y últimamente

clavado en la cruz, hizo esta oración, llena en grado sumo de piedad: “Padre, perdónales que no saben lo que

hacen”. De cuya sangre vertida, dice el Apóstol: “que habla mejor que la de Abel”.

 

Sexto precepto del Decálogo

NO FORNICARÁS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Este mandamiento protege el amor santo de los esposos y la respetable unión del matrimonio, pues

muy estrecha es la unión del hombre con la mujer, y nada es más grato a ambos que el estar convencidos de

que se aman y corresponden con mutuo y especial amor, como tampoco nada les es más desagradable que

saber que este amor ha sido trasladado a otra persona.

Sin embargo, sea el sacerdote muy cauto en la manera de exponer este mandamiento, en las palabras

que utiliza y en la concisión requerida, para que no sea motivo de encender la concupiscencia más bien que de

calmarla.

[2] Dos son las partes principales de este mandamiento: la primera prohíbe el adulterio; la segunda

manda guardar castidad de alma y de cuerpo.

Precepto negativo de este mandamiento

[3-4] En este precepto se prohíbe, ante todo, el adulterio, que es la violación del lecho conyugal, propio

o ajeno. Pero San Ambrosio y San Agustín afirman que bajo esta prohibición se comprenden también todos los

actos deshonestos e impuros, mencionados y prohibidos en la Sagrada Escritura, como son: • el incesto (Gen.

38 24.); • la prostitución y los actos impuros con rameras (Deut. 23 17; Eclo. 41 25.); • la fornicación (Tob. 4

13; I Tes. 4 3; I Cor. 6 18.); • la sodomía y el afeminamiento (I Cor. 6 9-10.); • toda impureza interior del alma,

como malos pensamientos y deseos (Mt. 5 27-28; 15 19-20.).

[5] Si se menciona particularmente el adulterio en esta prohibición, es porque tiene una vileza

particular entre las especies de incontinencia, por la injusticia que supone contra el prójimo y contra la

sociedad civil, ya que atenta contra la familia. Y como quien no se abstiene de las demás pasiones

desenfrenadas caerá con facilidad en el adulterio, claro está que, al prohibirse éste, se prohíben también todos

los demás actos deshonestos que a él conducen.

Precepto afirmativo de este mandamiento

[6] Mándase en este mandamiento que guarden pureza y castidad, no sólo aquellos que han hecho

santa y religiosamente voto de castidad o de virginidad, sino también los solteros y aún los mismos casados,

absteniéndose de las liviandades prohibidas. Para tener a raya los placeres carnales, dos clases de remedios nos

enseñan los Santos Padres: unos relativos al pensamiento, y otros relativos a la acción.

[7-9] 1º Remedios relativos al pensamiento. — El remedio que se supone en el pensamiento

consiste en la consideración de la fealdad y de los efectos perniciosos del pecado, entre los cuales encontramos

los siguientes: • el pecado impuro nos priva y excluye del Reino de Dios (I Cor. 6 9; Gal. 5 19-20; Apoc. 22 15.);

profana nuestro cuerpo (I Cor. 6 18.), cosa exclusiva de este pecado (pues todos los demás son pecados fuera

del cuerpo); • convierte los miembros de Cristo en miembros de una meretriz (o del pecado) (I Cor. 6 15-16.);

profana el templo del Espíritu Santo y expulsa al Espíritu Santo del alma (I Cor. 6 19.); • respecto al pecado de

adulterio, es especialmente grave, porque supone el uso injusto y traidor de un cuerpo que no pertenece a uno

mismo, sino al otro cónyuge, a quien se le entregó (I Cor. 7 4.); por eso, uno de sus efectos es la marca de vileza

que deja en el alma (Prov. 6 32-33.); • el pecado deshonesto merece muy riguroso castigo: — los adúlteros, en

el Antiguo Testamento, morían apedreados (Lev. 20 10; Deut. 22 22.); — Dios, por el pecado deshonesto, hizo

perecer muchas veces a ciudades enteras: Sodoma y Gomorra (Gen. 19 24.), castigo del pecado de los hijos de

Israel con las hijas de Moab en el desierto (Num. 25 4.), aniquilamiento de la tribu de Benjamín (Jue. 20.); —

además, aunque algunos se libren de la muerte, no por eso escapan de insufribles padecimientos y de la

ceguera de la mente con que son castigados (después de su adulterio, David se volvió cruel, hasta el punto de

cometer un homicidio con Urías (II Rey. 11.); Salomón cayó en la idolatría por haber amado muchas mujeres

(III Rey. 11.), etc.).

[10-13] 2º Remedios relativos a la acción. — Los principales son: • evitar la ociosidad, que llevó a

los sodomitas al más sucio pecado de lascivia (Ez. 16 49.); • evitar los excesos en la comida y bebida (Lc. 21 34;

Rom. 13 13; Ef. 5 18.); • refrenar la vista (Job 31 1; Mt. 5 29; 18 9.); David cayó en adulterio por no guardar sus

ojos (II Rey. 11 2.); así pecaron también los ancianos calumniadores de Susana (Dan. 13 8.); • evitar (sobre

todo las mujeres) los adornos elegantes y el excesivo lujo en los vestidos (Eclo. 9 8.), siguiendo las

recomendaciones de San Pedro (I Ped. 3 3.) y San Pablo (I Tim. 2 9.); • huir del lenguaje descarado y obsceno

(I Cor. 15 33.), de las canciones licenciosas, de los bailes, de los escritos amatorios y de las pinturas

deshonestas; • acudir frecuentemente a los sacramentos, especialmente a la Confesión y a la Comunión; • usar

de las oraciones piadosas, pues la castidad es un don de Dios, que Dios no niega a quien se lo pide; • mortificar

el cuerpo con ayunos, singularmente con los mandados por la Santa Iglesia (I Cor. 9 24 y 27.), con

peregrinaciones y otras clases de mortificaciones.

 

CAPÍTULO VII

DEL 6° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

No cometerás adulterio

I. Cuál es el fin de este precepto, y cómo deben tratarle los Párrocos.

890. Así como la unión del marido y de la mujer es la más íntima de todas, y cada uno de ellos tiene su

mayor complacencia conociendo que recíprocamente le mira su consorte con especial amor, así, por lo

contrario, nada hay tan molesto como experimentar que el debido y legítimo amor se extravíe a otra parte. Por

esto con mucha razón, y orden muy concertado después de la ley que libra de la muerte la vida del hombre, se

sigue ésta que prohíbe el adulterio, a fin de que ninguno se atreva a manchar o deshacer de algún modo con la

maldad del adulterio aquella santa y respetable unión del matrimonio, donde suele mediar un lazo de ferviente

caridad. Mas en la explicación de este asunto, vaya con gran cautela e igual prudencia el Párroco, usando de las

palabras precisas en esta materia, la cual requiere más moderación que abundancia de voces. Pues es de temer,

que si quiere explicar larga y extensamente los modos con qué suelen apartarse los hombres de lo que manda

esta divina ley, venga tal vez la plática a parar en cosas, que más sean incentivos de lascivia, que remedios para

apagarla.

 

II. Cuántos mandamientos se contienen en éste.

891. Mas como en este mandamiento se contienen muchas cosas que no deben dejarse, las explicarán

por su orden los Párrocos. Pos son, pues, sus partes principales: una, en la que se prohíbe el adulterio con

palabras terminantes; y la otra, que expresa el mandato de guardar castidad de alma y de cuerpo.

 

III. Qué se prohíbe aquí por el nombre de adulterio.

892. Dando principio a la explicación, por lo que se prohíbe, debemos advertir que el adulterio consiste

en la violación del lecho conyugal legítimo, ya sea éste ajeno, ya propio; porque si uno que está casado peca con

mujer soltera, ultraja su propio lecho, y si un hombre soltero peca con una mujer casada, mancilla el lecho

ajeno con el pecado de adulterio. Por esta prohibición del adulterio se vedan todas las cosas deshonestas e

impuras, como lo afirman San Ambrosio y San Agustín. Y en este sentido se deben entender estas palabras,

como lo podemos ver por las Escrituras, así del Testamento antiguo como del nuevo. Porque además del

adulterio se ven castigados en tiempo de Moisés otros géneros de lujuria.

 

IV. De varias especies de lujuria que se vedan en las Escrituras.

893. En el Génesis está la sentencia de Judá contra su nuera. En el Deuteronomio hay aquella

clarísima ley de Moisés, sobre que ninguna de las hijas de Israel fuese meretriz. Hay también aquella

exhortación de Tobías a su hijo: “Guárdate, hijo mío, de toda fornicación”. Y en el Evangelio enseña Cristo

Señor nuestro, que del corazón salen los adulterios y fornicaciones que manchan al hombre. Mas el Apóstol

afea muchas veces este vicio con muchas y gravísimas palabras: “Esta es, dice, la voluntad de Dios: que seáis

Santos, y que os apartéis de la fornicación”. Un otra parte: “Huid de la fornicación”. Y en otra: “No

comuniquéis con los fornicarios”. Y en otro lugar: “Así la fornicación, como toda inmundicia o avaricia, ni

se nombre siquiera entre vosotros”. Y en otro: “Ni los fornicarios, ni los adúlteros, ni los impúdicos, ni las

sodomitas poseerán el Reino de Dios”.

 

V. Por qué en este precepto señaladamente se expresó el adulterio.

894. La razón principal por la que expresamente se vedó el adulterio, es porque además de la fealdad

que tiene común con las demás especies de incontinencia, trae consigo el pecado de injusticia, no sólo contra el

prójimo, sino también contra la sociedad civil. También es cierto que quien no se abstiene de la intemperancia

de otras liviandades, fácilmente caerá en la incontinencia del adulterio. Así, por esta prohibición del

adulterio entendemos sin dificultad que está prohibida toda suerte de impureza e inmundicia con que se

mancha el cuerpo. Y que aun más bien está vedada por este mandamiento toda liviandad Interior del alma, lo

manifiesta así el espíritu de la misma ley, que nos consta ser espiritual, domo aquella doctrina de Cristo Señor

nuestro: “Oísteis que se dijo a los antiguos, no adulterarás: mas yo os digo: todo aquel que pusiere los ojos en

mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Esto es lo que juzgamos se debe enseñar

públicamente a los fieles, añadiendo también lo que decretó el Santo Concilio de Trento contra los

adúlteros, y contra los que mantienen meretrices y concubinas, dejados otros muchos y varios géneros de

impureza y liviandad, sobre los cuales podrá instruir el Párroco a cada uno privadamente, según lo pida la

condición del tiempo y las personas. Esto presupuesto, veamos lo que se deba hacer en virtud de lo que se

manda en este precepto.

 

VI. Qué se manda por este precepto.

895. Debe, pues, enseñar a los fieles y exhortarles con eficacia a que guarden con el mayor cuidado, pu-

reza y castidad, y a que se conserven limpios de toda mancha de carne y de espíritu, perfeccionando su

santificación en temor de Dios. Pero primeramente se les ha de advertir, que si bien la virtud de las castidad, en

donde más resplandece, es en aquellas personas que profesan santa y religiosamente el hermosísimo y del todo

divino instituto de la virginidad, con todo conviene también a los que viven castamente o a los que se conservan

en el matrimonio puros y limpios de toda liviandad prohibida.

 

VII. Qué debe meditar principalmente quien desea ser casto.

896. Porque los Santos Padres dejaron escritas muchas cosas, mediante las cuales nos enseñan a tener

domadas las pasiones de la carne, y a refrenar sus deleites, procure el Párroco explicarlas al pueblo con

cuidado y sea muy diligente en tratar de estas cosas. Estas son unos remedios, que parte de ellos consiste en el

pensamiento, y parte en la acción. El remedio de parte del pensamiento señaladamente consiste en que en-

tendamos cuan feo y cuan pernicioso es este pecado; pues conocido esto será mucho más fácil aborrecerle. Y

que sea maldad perniciosa, fácilmente se comprende, pues por este pecado son los hombres excluidos y

apartados del Reino de Dios, que es el último de los males.

897. Es cierto que este castigo es propio de todos los pecados. Mas lo propio de este es, que los

fornicarios se dice que pecan con su propio cuerpo, según la sentencia del Apóstol, que dice: “Huid de la

fornicación, porque cualquier otro pecado que el hombre hiciere, es fuera del cuerpo, mas el fornicario peca

contra su cuerpo”. Esto se dice porque le trata injuriosamente, profanando su santidad. Acerca de lo cual

escribe así a los de Tesalónica: “Esta es la voluntad de Dios vuestra, santificación, que os abstengáis de la

fornicación, y que sepa cada uno de vosotros poseer su vaso en santificación y honor, no en pasión de deseos,

como los gentiles que no conocen a Dios”.

898. Además de esto, lo cual hace más enorme la maldad, si un cristiano se entrega torpemente a una

meretriz hace que sean de esa vil mujer los miembros que son de Cristo. Así dice el Apóstol: “¿No sabéis que

vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Quitando, pues, los miembros de Cristo, ¿los haré de una meretriz?

¡No lo permita Dios! ¿Ignoráis por ventura que quien se junta con la meretriz, se hace un cuerpo con

ella?”. Es también el cristiano, como el mismo Apóstol afirma, templo del Espíritu Santo , y

mancharle, no es menos que arrojar de sí a este divino Espíritu.

 

VIII. Razones para conocer lo enorme del adulterio.

899. Mas en el pecado del adulterio hay grande iniquidad. Porque como dice el Apóstol si los que están

unidos en el matrimonio, de tal manera está sujeto el uno a la potestad del otro, que ninguno tiene

jurisdicción ni dominio de su cuerpo, sino que recíprocamente están unidos entre sí, como con un cierto lazo de

servidumbre, de tal modo que el marido debe acomodarse a la voluntad de la mujer, y ésta a su vez

conformarse a la disposición y voluntad del marido; ciertamente si alguno de ellos dividiere su cuerpo, el cual

es del dominio ajeno, y le aparta de aquel a quien está sujeto es en gran manera injusto y criminal. Y por cuanto

el temor de la infamia estimula a los hombres con vehemencia a la práctica de lo mandado, y los aparta mucho

de lo que se les veda, enseñará el Párroco, que el adulterio señala a los hombres con una infame nota de

torpeza. Pues en las sagradas Letras leemos así: “El que es adúltero, por la miseria de su corazón perderá su

alma. Torpeza e ignominia allega para sí, y nunca más se borrará su oprobio”. Mas por donde se puede

conocer fácilmente lo enorme de esta maldad, es por la severidad del castigo. Porque los adúlteros en virtud de

la ley establecida por el Señor en el antiguo Testamento, morían apedreados.

 

IX. De varios castigos y penas que suelen seguir a los deshonestos.

900. Aun por la deshonestidad de uno solo ha sido alguna vez, no sólo destruido el que cometió la

maldad, sino una ciudad entera, como lo leemos de los Siquimitas. Muchos ejemplos de castigos de Dios que

se refieren en las Escrituras podrá recoger el Párroco para apartar a los hombres de la abominable deshones-

tidad: como la desolación de Sodoma y demás ciudades comarcanas; el castigo de los Israelitas que pecaron

con las hijas de Moab en el desierto, y la destrucción de los de Benjamín. Y aunque algunas veces escapan de

la muerte, no se libran con todo de intolerables dolores y tormentos penosos con los cuales muchas veces son

castigados. Porque se les ciega de tal manera la mente, la cual pena es gravísima, que ni tienen cuenta con Dios,

ni cuidan de su honra ni de su dignidad, ni de los hijos, ni aun de su misma vida. De este modo quedan tan

despreciados e inútiles, que no puede fiárseles nada de importancia y apenas son hábiles para ningún cargo. De

esto nos dan ejemplo David y Salomón, de los cuales el primero, luego que cometió adulterio, se hizo de

repente tan desemejante a sí mismo, que de muy apacible apareció tan cruel, que sacrificó a la muerte a Urías,

el cual le había servido con suma lealtad. Y el otro habiéndose abandonado enteramente a los perversos deseos

de su corazón, de tal modo se apartó del culto del verdadero Dios, que adoró los dioses extranjeros. “Roba

este pecado, como dice Oseas, el corazón del hombre, y muchas veces le ciega.” Ahora veamos los remedios

que consisten en la acción.

 

X. De varios remedios para evitar este pecado.

901. El primero consiste en huir en gran manera de la ociosidad, pues entregados a ella los habitantes

de Sodoma, según dice el Profeta Ezequiel, cayeron precipitadamente en el más abominable pecado de la

detestable deshonestidad. Además de esto se han de evitar muchísimo los excesos en la comida y bebida. “Los

harté, dice el Profeta, y adulteraron”. Pues de la hartura y saciedad del vientre procede la lascivia. Así lo dio

a entender el Salvador por aquellas palabras: “Guardaos de que se carguen vuestros corazones de

glotonería y embriaguez”. Y el Apóstol: “No queráis, dice, embriagaros con el vino, en donde está la luju-

ria”.

902. Pero señaladamente los ojos suelen ser grandes incentivos de la liviandad del corazón. A esto se

refiere aquella sentencia de Cristo Señor nuestro: “Si alguno de tus ojos te escandaliza, sácale y arrójale de

ti”. Acerca de esto, muchas son las voces de los Profetas, como aquella del Santo Job: “Hice concierto con

mis ojos, desde joven, de no mirar, ni siquiera pensar con mal fin en una virgen”. Finalmente hay muchos,

y casi Innumerables ejemplos de males que se originaron de la vista. Así cayó David, así pecó el Rey de

Siqueni, y así se perdieron los viejos calumniadores de Susana.

 

XI. Debe huirse el excesivo adorno de las mujeres, las conversaciones obscenas y otros incenti-

vos de lascivia.

903. El adorno excesivo que cautiva en gran manera el sentido de los ojos, es muchas veces ocasión no

pequeña de lascivia. Por esto amonesta el Eclesiástico: “Aparta tu rostro de la mujer peinada”. Ya que las

mujeres ponen tanto cuidado en este atavío, no será en vano que aplique el Párroco alguna diligencia para

avisarlas y reprenderlas con aquellas gravísimas palabras que sobre este punto pronunció el Apóstol San Pedro:

La compostura, de las mujeres no sea exterior en rizos del cabello, ni aderezos de oro y preciosos

vestidos”.Y el Apóstol San Pablo: “No en cabellos encrespados, oro, perlas ni vestidos costosos”. Porque

muchas adornadas de oro y pedrería, perdieron el adorno del cuerpo y del alma.

904. A este Incentivo de liviandad, que suele provenir del excesivo lujo de los vestidos, se sigue otro que

es el de las conversaciones deshonestas y obscenas. Porque la obscenidad de las palabras es como un fuego, con

el cual se inflaman los corazones de la juventud, pues como dice el Apóstol: “Las pláticas malas, corrompen las

costumbres buenas”. Y como especialmente causan este efecto las canciones amorosas y afeminadas, y los

bailes, por esto se han de evitar con diligencia, todas estas cosas.

905. En esta clase se cuentan también los libros obscenos y amatorios, los cuales se deben arrojar muy

lejos, lo propio que las imágenes que representan alguna especie de deshonestidad. Todas estas cosas tienen

gran eficacia para inflamar los ánimos juveniles con los halagos de la liviandad. Pero ponga el Párroco

particular cuidado para que se guarden con toda puntualidad las cosas que acerca de esto están piadosa y

religiosamente decretadas por el Santo Concilio de Trento. Si se evitasen con el cuidado y diligencia debida

todas las cosas que hemos mencionado, se quitarían casi todos los incentivos de concupiscencia.

 

XII. Para conseguir la castidad es necesario el uso de la Confesión, Eucaristía y otras obras pia-

dosas.

906. Mas para reprimir los ímpetus de la concupiscencia es muy provechoso el frecuente uso de la

Confesión y Eucaristía, como también la continua y devota oración, acompañada de limosnas y ayunos.

Porque la castidad es don de Dios, que no le niega a los que le piden bien, ni permite que seamos tentados

sobre lo que podemos.

 

XIII. Se ha de castigar el cuerpo para conservarle casto.

907. También se debe mortificar el cuerpo no sólo con ayunos, y especialmente aquellos que instituyó la

Santa Iglesia, sino también con vigilias, con peregrinaciones devotas, y con otros géneros de aflicciones, y

refrenar los apetitos y la vanidad de los sentidos. Porque en estos y otros semejantes ejercicios, es donde más se

manifiesta la virtud de la templanza. Conforme a esto escribe así el Apóstol a los de Corinto: “Todo aquel que

lucha en la palestra, se abstiene de todas las cosas. Aquellos hacen esto para recibir una corona, corruptible.

 

Séptimo precepto del Decálogo

NO HURTARÁS

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] Si el quinto mandamiento protege nuestra vida, y el sexto nuestro cuerpo y el amor conyugal, el

séptimo protege y asegura nuestros bienes materiales y propiedades, con lo que se evitan al mismo tiempo las

disensiones, pleitos y otras causas de males que suelen promoverse con el hurto. Ello muestra a las claras la

importancia de este mandamiento, y cuán necesario es que el párroco lo explique con asiduidad y celo.

[2] Como los anteriores mandamientos, éste contiene también dos preceptos: uno negativo, por el que

se prohíbe el hurto, y que alguien cause daño a su prójimo en los bienes temporales; y uno positivo, por el que

se nos manda ser benignos y generosos con el prójimo.

Precepto negativo de este mandamiento

[3-4] 1º Del hurto genéricamente considerado.a) Noción. Entiéndese por hurto, no sólo el

quitar algo a escondidas contra la voluntad de su dueño, sino toda posesión, violenta o no, de cosas ajenas

contra la voluntad de su dueño. En efecto, aunque el hurto sea menos que el robo (pues éste se hace con

violencia y supone mayor daño), este mandamiento, al prohibir el hurto, engloba también el robo, pues claro

está que quien prohíbe lo menos, prohíbe también lo más.

[5-6] b) Especies del hurto. Varias son las formas de hurto genéricamente considerado: • el hurto

propiamente dicho, cuando se quita una cosa privada a un particular; • el peculado, cuando se quita del erario

público; • el plagio, cuando un hombre libre o un siervo ajeno es reducido a servidumbre de otro; • el

sacrilegio, cuando se quita un objeto sagrado. Además, aparte de la acción externa del hurto mismo, infríngese

igualmente este mandamiento por la intención y deseo de hurtar, por ser una ley espiritual que obliga a nuestro

corazón.

[7] c) Gravedad del hurto. Fácilmente demuestra la gravedad de este pecado la Sagrada Escritura (I

Cor. 6 10.) y la condición del orden natural: • por ser contrario a la justicia, que da a cada uno lo que es suyo, y

al orden social, que pide que se respeten los derechos de posesión de los propietarios; • por los muchos males

que se siguen del hurto: juicios temerarios, odios, enemistades, condenación de personas inocentes, etc.

[8] d) Obligación de restituir lo hurtado. Difícilmente pueden los hombres salir de este pecado, por el

amor y apego que se tiene a lo hurtado (Hab. 2 6.); y, sin embargo, no se perdona este pecado a quien no

restituye lo que hurtó.

Aunque muchas son las maneras de hurtar, será suficiente tratar dos de ellas, a las cuales todas las

demás se reducen: el hurto y la rapiña.

[9] 2º Del hurto específicamente considerado. — El hurto, específicamente considerado, es

quitar algo a escondidas a un particular contra su voluntad. Por lo tanto, se hacen reos de este pecado: • los

que compran cosas adquiridas por hurto, o retienen a sabiendas cosas halladas, o tomadas por invasión, o

quitadas; tales cosas, de no hallarse el dueño, deben ser destinadas a obras pías; • los que, al comprar o vender

los géneros, emplean fraudes y falsedad en las palabras, los que venden géneros falsos y adulterados por

verdaderos y puros, y los que engañan a los compradores en peso, medida, número o precio (Deut. 25 17; Lev.

19 35-36; Prov. 20 23.); • los obreros y artesanos que exigen un salario completo sin haber hecho el trabajo

justo y debido; los que, teniendo algún cargo público, cobran su sueldo sin hacer nada; y los criados y

administradores de bienes infieles a sus amos; • los que sacan dinero con astucia o simulación, o por medio de

aparente pobreza, juntando la mentira al hurto.

[10-14] 3º De la rapiña. — El pecado de rapiña, que es por desgracia un pecado muy común, consiste

en retener bienes que corresponden en justicia al prójimo, y en enriquecerse con ellos. Pecan de este modo:

los que no pagan el jornal debido a sus operarios (Sant. 5 1-4.); • los que no pagan las rentas, los tributos,

diezmos y demás impuestos que se deben a la Iglesia o al Estado, o los defraudan o para sí los aplican; • los

usureros, los cuales, con sus crecidos intereses, despojan y arruinan al pueblo (Ez. 18 8.); y se comprende por

usura recibir más de lo que se dio, aunque no sea en moneda, sino en otra clase de bienes que pueda ser

estimada en dinero; • los jueces que se dejan sobornar por dinero o por regalos, y hacen perder así las causas de

la gente sencilla y de los pobres; • los que defraudan créditos o los que deniegan sus deudas, y los que compran

artículos a plazos y no cumplen el contrato (Sal. 36 21.); • los ricos que exigen lo prestado a los pobres que no

pueden pagar, y los oprimen quitándoles hasta lo más necesario para su vida y para cubrirse (Ex. 22 26-27;

Deut. 24 13.); • los que acaparan el trigo en tiempo de carestía (Prov. 11 26.); dígase lo mismo de todos los

demás artículos necesarios para el sustento y para vivir.

Precepto afirmativo de este mandamiento

[15] 1º La restitución. — El primer deber que impone este mandamiento, que es el de restituir lo

robado, sin lo cual no se perdona el pecado, obliga: • al ladrón que hurtó; • a los que mandan robar a otros; • a

quienes, no pudiendo mandarlo, aconsejan y animan a los hurtos; • a quienes participan de las cosas hurtadas y

así se enriquecen; • a quienes, pudiendo o debiendo impedir los hurtos, no sólo no ponen resistencia a los

ladrones, sino que los consienten; • a quienes no denuncian el hurto, sabiendo quién y dónde lo cometió; • a

todos los que, de alguna manera, prestan ayuda para los hurtos, guardan y defienden a los ladrones, y les dan

acogida y posada.

No están exentos del pecado de hurto quienes aprueban y aplauden los hurtos, como tampoco están

libres los hijos y las esposas que a escondidas quitan dinero a sus padres y a sus maridos.

[16] 2º La limosna. — Este mandamiento encierra también el precepto de ser misericordioso con los

pobres, y socorrerlos con nuestros bienes y servicios en sus trabajos y necesidades.

[17] a) Hay que excitar a los fieles a socorrer a los pobres, enseñándoles cuán necesaria es la limosna, y

a ser desprendidos en favor de los necesitados. Para ello les recordarán: • que el día del Juicio Dios reprobará al

fuego eterno a quienes descuidaron este deber y recompensará eternamente a quienes lo practicaron (Mt. 25

31-46.); • las palabras de nuestro Señor: «Dad y se os dará» (Lc. 6 38.), «Granjeaos amigos con las riquezas

de iniquidad» (Lc. 16 9.), y las recompensas que en ellas se prometen (Mc. 10 29.).

[18-19] b) Les explicarán también las maneras de cumplir este deber: • prestando al menos al pobre,

si no tienen con qué sustentar su vida (Lc. 6 35.); • trabajando, si no tienen recursos, para procurarse por el

trabajo con qué poder aliviar las necesidades de los pobres (Ef. 4 28.); • viviendo sobriamente y absteniéndose

de los bienes del prójimo, para no ser gravosos ni molestos a los demás (I Tes. 2 9; II Tes. 3 8.).

[20] c) Finalmente, exhortarán al pueblo cristiano: • a detestar y apartarse de toda clase de pecados de

hurto, recordando las terribles amenazas de Dios contra quienes cometen aquellos pecados (Am. 8 4-5; Jer. 5

21 y ss; Prov. 21 6.); • y a practicar con los pobres y mendigos todas las obras de liberalidad y bondad,

explicando los grandísimos premios que Dios promete dar a los misericordiosos tanto en esta vida como en la

otra.

[21-25] 3º Refutación de algunas excusas contra este mandamiento. — Como no faltan

quienes se excusan en sus hurtos, conviene recordar que Dios no admitirá ninguna excusa de sus pecados,

antes bien, con tal justificación se agravará su culpa. — a) Algunas personas nobles hurtan con el fin, dicen

ellas, de sostener la grandeza de su familia y de sus antepasados, y no por ambición o avaricia. • Respuesta:

Hay que demostrarles que la única manera de conservar y aumentar el patrimonio y la gloria de los

ascendientes es siendo obedientes a la voluntad de Dios y practicando sus mandamientos, sin lo cual no hay

trono ni riquezas duraderas. — b) Otros alegan la mayor comodidad y decencia de vida. • Respuesta: Muy

impío es su modo de proceder, por preferir su propia comodidad a la gloria de Dios, a quien ultrajan obrando

de este modo; sin contar los muchos males que de esta conducta se siguen para el ladrón y para la sociedad. —

c) Otros apadrinan sus hurtos pretextando que roban tan sólo a los ricos, que ningún detrimento sufren por

ello; o que roban por costumbre, y les cuesta mucho dejar aquel vicio. • Respuesta: Si no se quitan esa

costumbre, se deberán acostumbrar también a los fuegos eternos. — d) Otros alegan que se les ofreció la

ocasión («La ocasión hace al ladrón», reza el dicho). • Respuesta: Se debe resistir a las pasiones desordenadas;

si no, con semejante excusa, se llega a la más desenfrenada licencia y libertinaje. — e) Otros dicen que sólo

roban para vengarse, por haber sido perjudicados por otros del mismo modo. • Respuesta: Por propia

iniciativa, a nadie es lícito vengar las injurias, nadie puede ser juez de su propia causa, y no se permite a nadie

castigar a otros por delitos que otros cometieron contra él. — f) Finalmente, se figuran algunos que el hurto les

es lícito porque están llenos de deudas y no tienen otro medio de salir de ellas. • Respuesta: Es muy insensato

preferir deber a Dios que a los hombres; mejor es estar encerrado en una cárcel que ser arrojado a los suplicios

eternos del infierno; más grave es ser condenado en el tribunal divino que en el tribunal humano.

 

CAPÍTULO VIII

DEL 7° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

No hurtarás

I. Recomendación de este precepto y su conexión con los anteriores.

908. Que haya sido costumbre antigua de la Iglesia recordar muchas veces a los fieles la importancia y

obligación de este Mandamiento, suficientemente lo muestran las palabras del Apóstol con las cuales reprende

a los que pretendían apartar a los otros de aquellos pecados de que ellos mismos eran reos. “Y tú que instruyes

a otro, dice, no te instruyes a ti mismo; tú predicas que no es licito hurtar, y tú hurtas”. Con tan

provechosa predicación, no sólo corregían este pecado, frecuente en aquellos tiempos, sino que además,

evitaban las disensiones, los pleitos y otros males que suelen originarse del hurto. Y como también esta nuestra

edad sufre semejantes males, sus perjuicios y consecuencias, a imitación de los santos Padres y Doctores de la

Iglesia, se esforzarán los Párrocos en explicar asiduamente y con celo la importancia y significado de este

Mandamiento.

909. Ante todo procurarán con gran diligencia manifestar el amor infinito de Dios para con los

hombres, pues no sólo defiende con los dos mandamientos: “No matarás”, y “No adulterarás”, como con dos

fuertes muros nuestra vida, cuerpo, fama y estimación; sino que con este: “No hurtarán”, asegura y guarda

como con un candado nuestras haciendas y bienes de fortuna.

 

II. Cual sea el sentido y significación de este Precepto.

910. Porque ¿qué otro sentido y significación pueden tener estas palabras sino el que hemos dicho

hablando de otros mandamientos? Esto es, que prohíbe el Señor se quiten o violen por otro alguno estos

nuestros bienes que están debajo de su protección. Este beneficio de la divina ley, cuanto es más señalado,

tanto más nos obliga a ser agradecidos al bienhechor. Y porque el mejor modo de ser agradecido a su Majestad,

y se corresponderá es oír con mucho gusto sus mandamientos, y con igual afecto guardarlos y cumplirlos,

deben ser exhortados y animados los fieles a la observancia de este mandamiento. En dos partes se divide

también, como los anteriores. La primera, que prohíbe el hurto, está bien manifiesta. El sentido y fuerza de la

segunda, por la cual se nos manda que seamos benignos y generosos con nuestros prójimos, está contenida en

la primera. De la primera, pues, trataremos en primer lugar: “No hurtarás”.

 

III. Qué quiso el Señor dar a entender aquí por el nombre de hurto.

911. Debe advertirse aquí, que por nombre de hurto se entiende, no sólo cuando se quita una cosa a

escondidas contra la voluntad de su dueño, sino también cuando se toma y retiene algo de otro contra la

voluntad del dueño que lo sabe. De lo contrario sería necesario admitir que quien prohíbe el hurto, no condena

igualmente los robos realizados con violencia y malos tratos, siendo tan terminantes las palabras del Apóstol:

Que los raptores no poseerán el Reino de Dios”; y escribiendo él mismo que ha de huir de todo trato y

comunicación con ellos.

 

IV. Por qué queriendo Dios prohibir toda usurpación injusta, usó del nombre hurto y no

del de rapiña.

912. Pero aunque las rapiñas son mayor pecado que el hurto, pues además de lo que quitan a uno, le

hacen violencia, y le causan mayor ignominia, no se ha de extrañar que este mandamiento esté señalado con el

nombre de hurto, si bien más leve, y no con el de rapiña. Esto se hizo con gran sabiduría. Porque el hurto es

más común, y pertenece a más que las rapiñas, las cuales sólo pueden ejecutar los que aventajan a otros en

poder y fuerzas. Y ninguno deja de ver que excluidos los pecados más leves de un mismo género, quedan

prohibidos los más graves.

 

V. Se indican varias clases de hurto.

913. Con varios nombres se significa esta injusta usurpación y uso de lo ajeno, por la diversidad de las

mismas cosas que se quitan contra la voluntad e ignorándolo los dueños. Porque si a un particular se quita algo

a escondidas, se llama hurto. Si se quita lo perteneciente al público, se llama peculado. Si se roba un hombre

libre o siervo ajeno, para servirse de él, se llama plagio. Hurtar lo sagrado se llama sacrilegio. Maldad que, si

bien abominable y enorme, está tan extendida, que los bienes que piadosa y sabiamente estaban destinados,

como necesarios para el culto divino, ministros de la Iglesia, y socorro de pobres, los vemos empleados en la

satisfacción de las ambiciones de los privados y sus perniciosas pasiones.

 

VI. No sólo se veda, el hurto, sino también el deseo de hurtar.

914. Además del hurto o de la acción externa, se prohíbe también por esta ley de Dios el ánimo y

voluntad de hurtar. Porque la ley es espiritual, y se endereza al alma, como a fuente de los pensamientos y

determinaciones, pues como dice el Señor por San Mateo: “Del corazón salen los pensamientos malos,

homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos y testimonios falsos”.

 

VII. Por dónde podremos conocer la gravedad del hurto.

915. Que tan grave pecado sea el hurto, bastantemente lo muestra la misma razón y ley natural. Porque

él es contrario a la justicia, que da a cada uno lo que es suyo. Pues las distribuciones y asignaciones de bienes,

establecidas desde el principio por derecho de gentes, y confirmadas por las leyes divinas y humanas, deben

mantenerse con toda firmeza, de suerte que tenga cada uno lo que le pertenece según derecho, a no ser que se

quiera trastornar la sociedad humana. Pues como dice el Apóstol: “Ni los ladrones, ni los avarientos ni los

dados al vino, ni los maldicientes, ni los raptores poseerán el Reino de Dios”. Aunque lo grave y cruel de

esta maldad se demuestra por las muchísimas consecuencias funestas que resultan del hurto. Porque de ahí

nacen juicios temerarios, se dicen sin reparo muchas cosas de muchos, se originan odios, se fomentan

enemistades, y algunas veces se ejecutan condenaciones injustísimas de hombres inocentes.

 

VIII. Hay obligación precisa de restituir lo hurlado.

916. ¿Qué diremos de la obligación puesta por Dios a todos, de satisfacer a quien se ha quitado alguna

cosa. Porque como dice San Agustín: “No se perdona el pecado, si no se restituye lo quitado”. Esta restitución

cuan dificultosa sea al que está ya acostumbrado a enriquecerse de lo ajeno, además de lo que cada uno observa

en otros, y de lo que puede entender por sí, se nos declara por estas palabras del Profeta Habacuc: “¡Ay de

aquel que multiplica las cosas no suyas! ¿Hasta cuándo carga sobre sí lodo espeso?”. Llama lodo espeso la

posesión de cosas ajenas, del cual es dificultoso poder salir y desentenderse los hombres. Los modos de hurtar

son tantos y tan diversos, que es obra muy ardua contarlos. Por esto será suficiente tratar de estos dos, el hurto

y la rapiña; a los cuales, como a principios se reducirá lo restante que dijéremos. Y para detestarlos y apartar a

los fieles de maldad tan perversa, pondrán los Párrocos cuanto cuidado y diligencia puedan. Pero pasemos a

explicar las partes y modos diversos del hurto.

 

IX. Cuáles sean los géneros principales de hurtos, y quiénes deben ser tenidos por ladrones.

917. También son ladrones los que compran cosas hurtadas, o retienen aquellas que han sido halladas,

tomadas o quitadas de algún modo. Porque dice San Agustín: “Si hallaste una cosa, y no la volviste, la

hurtaste”. Y si de ninguna manera se puede hallar al dueño, se debe dar a pobres. Y el que no quiere hacer esa

restitución, bien muestra por el mismo hecho, que si pudiera hurtaría de cualquier parte lo que le fuese posible.

918. De la misma maldad se hacen reos los que comprando o vendiendo, se valen de fraudes y palabras

engañosos, cuyos engaños vengará el Señor.

919. Pero los más inicuos y malvados en este linaje de hurtos, son los que venden por sanas y buenas

mercancías, falsas y corrompidas; o los que engañan a los compradores en el peso, medida, número o vara.

Pues en el Deuteronomio está escrito: “No tendrás en un saco diversos pesos”. Y en el Levítico: “No queráis

hacer nada injusto en el juicio, en la regla, en el peso, en la medida. El peso fiel, y las balanzas iguales, la

medida justa, y el sectario cabal”. Y en otra parte: “Pesos diversos, es cosa abominable ante el Señor. La

balanza engañosa no es buena”.

920. También es hurto manifiesto el de los jornaleros y artesanos, que piden entero el jornal, sin haber

puesto de su parte el trabajo debido y justo. Ni se distinguen tampoco de los ladrones los criados desleales a sus

señores, y los guardas infieles de las cosas. Y aun son éstos tanto más detestables que los demás ladrones que

están fuera, cuanto a éstos se les cierra la puerta con las llaves, mas para el de casa no hay cosa cerrada ni

oculta.

921. Es también manifiesto que cometen hurto los que sacan dinero con palabras fingidas y astutas, o

con mendiguez engañosa, cuyo pecado es más grave por añadir al hurto la mentira. También se han de contar

entre los ladrones los que estando asalariados para algún oficio particular o público, ponen poco o ningún

cuidado en cumplir con él, y sólo procuran llevarse el jornal. Seguir la restante muchedumbre de hurtos

inventados por la avaricia que como astuta conoce todos los modos de hurtar, sería obra larga, y según dijimos,

muy dificultosa.

 

X. Cuántos son los géneros de rapiñas, y quiénes cometen esta, maldad.

922. Pasemos, pues, a tratar de la rapiña, que es la otra fuente de estos pecados. Para esto el Párroco

prevendrá antes al pueblo, que se acuerde de aquella sentencia del Apóstol: “Los que quieren enriquecerse,

caen en tentación, y en el lazo del diablo”. Y que nunca den lugar a que sobre este punto se les olvide este

precepto: “Haced vosotros con los demás hombres todo lo que deseáis que hagan ellos con vosotros”. Y que

de continuo mediten aquello: “Lo que tú aborreces que haga otro contigo, guárdate de jamás hacerlo tú con

él”.

Las rapiñas, pues, están muy extendidas. Cometen este pecado los que no pagan el salario debido a sus

jornaleros. A estos llama a penitencia el Apóstol Santiago por estas palabras: “Ea, ya ahora ricos, llorad

aullando por vuestras miserias, las que vendrán sobre vosotros”, y añade la causa de esta penitencia: “He

aquí el jornal de vuestros peones, que segaron vuestras mieses, y se le habéis defraudado, clama, y el clamor

de ellos llegó a los oídos del Señor de los Ejércitos”. Este linaje de rapiñas está muy reprobado en el

Levítico , Deuteronomio y en Malaquías y Tobías. En este pecado de rapiña están comprendidos los

que no pagan a los Prelados de la Iglesia y a los Magistrados las rentas, tributos, diezmos y otras cosas de esta

calidad que se les deben, o las usurpan y se las hacen propias.

 

XI. La usura es rapiña y pecado gravísimo.

923. También pertenecen a esta clase los usureros, tiranos cruelísimos en rapiñas, que roban y

arruinan con usuras a la miserable plebe. Es usura todo aquello que se percibe a más de la suerte y capital que

se dio, sea dinero o cualquier otra cosa precio estimable. Porque así está escrito en Ezequiel: “No recibirás

usura, ni más de lo que diste”. Y el Señor por San Lucas: “Dad prestado, no esperando de ahí cosa

ninguna”. Gravísimo fué siempre este delito y muy aborrecido aun entre gentiles. De aquí nació aquel dicho:

¿Qué es dar a usuras? ¿Qué, sino matar un hombre?”. Porque los usureros o venden dos veces una cosa, o

venden lo que no existe.

 

XII. Los Jueces que venden la justicia y los que defraudan a sus acreedores, cometen rapiña.

924. Cometen también rapiña los jueces interesados que tienen los juicios venales, y sobornados con

dinero y regalos, hacen que se pierdan las causas de los desvalidos y menesterosos; los que defraudan a sus

acreedores; los que niegan la deuda, y los que tomado plazo para pagar, compran géneros a crédito suyo o de

otro, y no cumplen la palabra, serán condenados con el mismo delito de rapiña. Se agrava su pecado, porque

los mercaderes con ocasión de esta pérdida y defraudación lo venden todo más caro con gran perjuicio de la re-

pública, contra los cuales parece está aquella sentencia de David: “Tomará prestado el pecador y no

pagará”.

 

XIII. De los ricos que oprimen a los pobres.

925. ¿Y qué diremos de aquellos ricos, que reclaman con grande rigor a los que no pueden pagar lo que

les prestaron, y contra la prohibición de Dios les exigen hasta las prendas que necesitan para cubrir su cuerpo?

Porque dice el Señor: “Si tomaste en prenda el vestido de tu prójimo, se lo volverás antes que se ponga el sol.

Porque sólo eso tiene para cubrir sus carnes, ni tiene otra cosa en que dormir. Y si clamare a mí, le oiré,

porque soy misericordioso”. A una tan inhumana exacción justamente llamaremos robo, y por lo mismo ra-

piña.

 

XIV. También cometen este pecado los que esconden las cosechas en tiempo de carestía.

926. Del número de aquellos a quienes los Santos Padres llaman arrebatadores, son los que en tiempo

de falta de pan esconden el trigo, y hacen que por su culpa sea más cara y más dificultosa la provisión. Y lo

mismo se entiende de todas las demás cosas necesarias para el sustento y la vida. Contra estos se endereza

aquella maldición de Salomón: “El que esconde los granos será maldito en los pueblos”. Acusarán a éstos los

Párrocos de sus maldades, se las afearán con libertad, y explicarán detenidamente las penas que les están pre-

paradas por tales pecados. Entre ellas tiene el primer lugar la satisfacción o restitución. Pues no se perdona el

pecado si no se restituye lo quitado.

 

XV. Quiénes están obligados a restituir.

927. Mas porque no solamente debe restituir quien hurtó a aquel al cual robó, sino que también están

obligados a esta ley de la restitución todos los que fueron participantes en el hurto, debe manifestarse, quiénes

son los que están obligados a satisfacer o restituir. Estos son de muchas clases:

928. La primera es la de los que mandan hurtar, los cuales no sólo son compañeros y autores de los

hurtos, sino los más perversos en la clase de ladrones.

929. La segunda igual en voluntad a los primeros, aunque desigual en el poder, debe con todo colocarse

en la misma clase de los que hurtan. Estos son los que no pudiendo mandar, persuaden y atizan para que se

haga el hurto.

930. La tercera es la de los que consienten con los ladrones.

931. La cuarta es la de aquellos que son participantes de los hurtos y hacen ellos también de allí su

logro, si tal puede llamarse lo que, a no arrepentirse, los condena a tormentos eternos. De éstos dijo David: “Si

veías al ladrón, corrías con él”.

932. La quinta clase de ladrones es la de aquellos, que pudiendo estorbar el hurto, tan lejos están de

oponerse y hacer resistencia, que antes les facilitan su licencia y permiso.

933. La sexta es la de los que sabiendo de cierto que se hizo el hurto, y dónde se hizo, no sólo no lo

descubren sino que disimulan que lo saben.

934. La última clase es la que comprende a todos los ayudantes, guardas, patrocinadores, y a todos los

que reciben y dan posada a los ladrones, todos los cuales deben satisfacer a quienes se quitó alguna cosa. Y

deben ser amonestados con toda eficacia a cumplir esta precisa obligación.

935. Y a la verdad no están del todo exentos de esta maldad los que aprueban y alaban los hurtos. Como

ni están libres de la misma culpa los hijos de familias que quitan dinero a sus padres, y las mujeres que lo

quitan a sus maridos.

 

XVI. Qué se debe decir de la limosna que también se prescribe aquí.

936. Mándasenos también por este precepto que tengamos misericordia de los pobres y menesterosos, y

que aliviemos con nuestros bienes y piadosos servicios sus aflicciones y angustias. Y porque este asunto se debe

tratar muy frecuentemente y con gran extensión, tratarán los Párrocos lo que necesiten para desempeñar este

cargo, de los libros de los Santísimos Cipriano, Crisóstomo y Gregorio Nacianceno, y otros que escribieron

esclarecidamente de la limosna.

937. Pues se debe, en efecto, inflamar a los fieles en el amor y solicitud para con aquellos que se ven

precisados a vivir de la piedad de sus prójimos. Y se les ha de enseñar también cuan necesaria sea la limosna,

esto es, que seamos desprendidos en favor de los menesterosos con nuestros bienes y auxilios, empleando

aquel argumento certísimo, de que en el día del juicio ha de reprobar Dios y condenar a los fuegos eternos a los

que omitieron o no hicieron caso de las obras de misericordia, y que ha de admitir con muchas alabanzas en la

patria celestial a los que se portaron generosamente con los menesterosos. Una y otra sentencia fué

pronunciada por boca de Cristo Señor nuestro. “Venid, benditos de mi Padre y tomad posesión del Reino que

os está preparado”. Y: “Apartaos de mi, malditos, al fuego eterno”.

 

XVII. Como se persuadirá a los fieles para que hagan limosna.

938. Utilizarán también los sacerdotes las siguientes sentencias muy propias para persuadir: “Dad y se

os dará”; expondrán la divina promesa, más magnífica y deseable que se puede pensar, a saber: “Nadie hay

que haya dejado su casa, que no reciba ciento doblado en este tiempo, y en el siglo venidero la vida eterna.

Añadirán lo que dijo Cristo Señor nuestro: “Granjead amigos con el dinero de la maldad, para que cuando

falleciereis, os reciban en las moradas eternas. Expondrán también los modos de cumplir esta obligación

imprescindible, es decir que aquellos que no puedan dar a los pobres lo que necesitan para sustento de su vida,

les den prestado siquiera, según lo prescrito por Cristo Señor nuestro: “Prestad, no esperando por eso cosa

alguna”, pues es obra tan buena como lo expresó el Santo Rey David cuando dijo: “Dichoso el hombre que se

apiada y presta”.

 

XVIII. Se debe trabajar para hacer limosna y no estar ociosos.

939. Asimismo es muy propio de la piedad cristiana, si no hay por otra parte medios para hacer bien a

los que necesitan sustentarse por medio de la misericordia ajena, y también para huir de la ociosidad, procurar

con el trabajo, industria y obras de manos las cosas con que pueda aliviarse la necesidad de los pobres. Para

esto exhorta a todos con su ejemplo el Apóstol en la Epístola a los Tesalonicenses, diciendo: “Vosotros mismos

sabéis en qué manera es menester imitarnos”. Y a los mismos: “Procurad estar quietos, y hacer vuestros

negocios, y trabajar con vuestras manos, según os lo mandé”. Y a los Efesios: “El que hurtaba no hurte ya,

antes bien trabaje con sus manos, lo que es bueno para que tenga con qué socorrer al que padece

necesidad”.

 

XIX. Ha de vivirse sobriamente para no hacernos gravosos.

940. Debemos también ser frugales, y abstenernos de los bienes ajenos para no hacernos pesados y

molestos a otros. Esta templanza resplandece en verdad en todos los Apóstoles, pero señaladamente se nos

muestra en San Pablo, quien escribe así a los Tesalonicenses: “Muy bien os acordáis, hermanos míos, de

nuestro trabajo y fatiga, pues trabajando de día y de noche por no malestar a ninguno de vosotros,

predicamos entre vosotros el Evangelio de Dios”. Y lo mismo repite en otra parte: “En trabajo y en fatiga

obrando de día y de noche, a fin de no agravar a ninguno de vosotros”.

 

XX. Razones para aborrecer el hurto, y amar la caridad.

941. Y para que el pueblo fiel cobre horror a todo este linaje de maldades perversas, convendrá que los

Párrocos tomen de los Profetas y demás libros sagrados aquellos argumentos que demuestran la maldad de los

hurtos y rapiñas, y las horribles amenazas intimadas por Dios contra los que cometen semejantes delitos.

Clama el Profeta Amos: “Oíd esto los que oprimís al pobre, y hacéis desfallecer a los necesitados de la tierra,

diciendo: ¿cuándo pasará el mes, y venderemos las mercancías; y pasará el sábado y sacaremos fuera los

granos para achicar la medida, aumentar el sido y sustituir balanzas falsas”. A este mismo propósito hay

muchas sentencias en Jeremías , en los Proverbios, y en el Eclesiástico.

942. Y no se ha de dudar que la multitud de calamidades que oprimen la edad presente, proceden en su

mayor parte de estas causas. Y para que los fieles se acostumbren a ejercitarse en obras de generosidad y

misericordia con los necesitados y mendigos, que es lo que pertenece a la segunda parte de este mandamiento,

propondrán los Párrocos los grandísimos premios que Dios promete así en esta vida como en la otra a los

generosos y misericordiosos.

 

XXI. Qué debe decirse de los que con vanos pretextos excusan sus hurtos y sacrilegios.

943. Y como no faltan quienes se excusen de los hurtos, conviene advertirles que no admitirá Dios

excusa alguna de sus pecados, antes por el contrario en vez de disminuirse la culpa con tal pretexto, se

aumentará en gran manera. Sirva de ejemplo la presunción intolerable de las personas nobles, quienes se

imaginan estar libres de culpa porque aseguran no tener por fin en la apropiación de lo ajeno la codicia o

ambición, sino el deseo de conservar la posición de su familia y de sus mayores, cuya honra y dignidad no

podrían subsistir, sin el acrecentamiento de los bienes ajenos. A los tales se les debe alejar de tan pernicioso

error, demostrándoles que el único medio de conservar y aumentar el patrimonio, las riquezas y gloria de sus

ascendientes, consiste en obedecer a la voluntad de Dios y guardar sus preceptos, y que despreciados estos,

desaparecen como el humo las riquezas por muy fundadas y arraigadas que estén. Los reyes son derribados

precipitadamente de sus tronos y del grado supremo de grandeza, ocupando algunas veces su lugar por

disposición divina hombres de ínfima clase, y que eran sus mayores enemigos, es increíble cuanto se ensaña

Dios contra los tales, testigo de esto es Isaías por quien dice el Señor: “Tus príncipes son infieles, cantaradas

de ladrones, todos aman las dádivas, y admiten los regalos. Por esto dice el Señor Dios de los ejércitos, el

fuerte de Israel ya que yo tomaré satisfacción de mis contrarios, y me vengaré de mis enemigos, y volveré mi

mano sobre ti, y limpiaré tu escoria, hasta lo más acrisolado”.

 

XXII. Qué se contestará a los que dicen que hurtan por su conveniencia.

944. No faltan quienes aseguran que hurtan no para mantener la nobleza y gloria de su casa, sino a fin

de vivir con más comodidad y decencia. Estos deben ser reprendidos y enseñados, demostrándoles cuan

perversos son sus procedimientos y raciocinios, queriendo anteponer su comodidad a la voluntad y a la gloria

de Dios, a quien se ofende en gran manera quebrantando sus mandamientos. Aunque ¿qué ventaja puede

haber en el hurto al que se siguen tantos y tan grandes males? Porque “sobre el ladrón, dice el Eclesiástico, está

la confusión, el dolor y la pena”. Pero supongamos que no lo pasen mal; el ladrón ultraja el nombre de Dios,

resiste a su santísima voluntad, y desprecia sus divinas leyes, y de ahí provienen todos los errores, toda maldad

y toda impiedad.

 

XXIII. Qué se dirá a los que se excusan afirmando que hurtan a los ricos.

945. ¿Y qué diremos de aquellos ladrones que se excusan diciendo que no pecan de ninguna manera,

porque hurtan a hombres ricos y acomodados, los cuales por ese hurto, ni padecen daño, ni lo advierten

siquiera’.’ Miserable por cierto y perniciosa excusa.

Oree otro que se le debe disculpar, porque tiene costumbre de hurtar, y que ya le es muy difícil dejar ese

vicio y modo de obrar. Pero este si no oyere al Apóstol que dice: “El que hurtaba, no hurte ya”, quiera o no

quiera, tendrá también que acostumbrarse a los tormentos eternos.

 

XXIV. Qué se dirá a los que hurtan porque se les ofreció la ocasión, o por vengarse.

946. Algunos también se excusan diciendo que quitaron algo porque se les ofreció la ocasión, pues ella

hace al ladrón según el común proverbio. Convendrá sacar a estos de tan perjudicial error por la razón de que

se debe resistir a las malas pasiones. Porque si luego se ha de poner por obra lo que sugiera la pasión, ¿qué

término, ni qué fin tendrían los pecados y las maldades? Es, pues, feísima semejante defensa, o más bien

confesión de suma destemplanza e injusticia. Pues quien dice que no peca por no tener ocasión, viene como a

decir que siempre que la tenga pecará.

947. También hay quien dice que hurta por vengarse, pues otros hicieron con él otro tanto. A éstos debe

contestarse lo primero que a ninguno es lícita la venganza, y además de esto que ninguno puede ser juez en

causa propia, y que mucho menos le es permitido castigar los delitos que cometieron otros contra él.

 

XXV. Qué se responderá a cuantos afirman que hurtan para pagar sus deudas.

948. Últimamente piensan algunos que queda su hurto bastantemente defendido y justificado por la

razón de que estando cargados de deudas, no pueden satisfacerlas ni verse libres de ellas sino hurtando. A estos

debe responderse que no hay deuda mayor ni que más abrume al linaje humano, que aquella de la cual

hacemos memoria cada día en la oración del Señor, cuando decimos: “Perdónanos nuestras deudas” ; que, por

tanto es propio de un hombre del todo insensato preferir deber a Dios, esto es ofenderle más, que pagar lo que

se debe a los hombres; y que es mucho mejor estar encerrado en una cárcel que ser arrojado a los suplicios

eternos del infierno ; y que es, además mucho más grave ser condenado en el tribunal divino que en los

tribunales humanos. Por lo mismo lo más acertado es recorrer humildes a la bondad y piedad de Dios, de quien

pueden conseguir cuanto necesiten.

Otras maneras hay de excusarse, que los Párrocos instruidos y celosos de sus deberes podrán fácilmente

refutar, para que consigan tener un pueblo fervoroso en las buenas obras.

 

Octavo precepto del Decálogo

NO LEVANTARÁS FALSO TESTIMONIO CONTRA TU PRÓJIMO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] El apóstol Santiago nos dice que quien no peca con la lengua es varón perfecto (Sant. 3 2.). Por ahí, y

por las palabras que siguen (Sant. 3 3 y ss.), vemos la importancia de este octavo mandamiento, y se nos

advierten dos cosas: que el pecado de la lengua se halla muy extendido entre todos los hombres (Sal. 115 11;

Prov. 18 21; Rom. 3 4 y 14.)

, y que proceden de él males sin cuento: pérdida de los intereses, de la honra, de la vida y de la salud del alma.

Por eso debemos agradecer vivamente a Dios que nos libre de las injurias de nuestros prójimos y proteja

nuestra fama por medio de esta prohibición de injuriar.

[2] Dos partes en este precepto: una que prohíbe levantar falso testimonio; y otra que manda que

ajustemos nuestros dichos y obras según la verdad.

Precepto negativo de este mandamiento

[4] 1º A quién entendemos por prójimo. — Entendemos por «prójimo» a todo el que necesita de

nuestra ayuda, sea pariente o extraño, conciudadano o forastero, amigo o enemigo, como se deduce de la

doctrina de nuestro Señor (Lc. 10 29, 36-37.). Cuando, pues, se dice que no hay que levantar falso testimonio

contra el prójimo, quiere significarse que a nadie sin excepción podemos dañar de semejante manera; ni

siquiera a nosotros mismos, pues la ley de la caridad nos manda practicar en nosotros mismos la regla de amar

al prójimo.

[3] 2º No levantar falso testimonio. — Bajo el nombre de falso testimonio entendemos todo cuanto

se dice de falso de otro, con buen o mal fin, en juicio o fuera de él. Por lo tanto, se prohíben a este título:

[5-6] a) Ante todo, el falso testimonio dado en juicio; pecado que tiene gran malicia y gravedad, porque

lo afirmado bajo juramento tiene mucho crédito y autoridad ante los jueces. Y se prohíbe, no sólo jurar en falso

en detrimento del prójimo, sino también en su favor y utilidad (I Cor. 15 15.), pues nadie puede servirse de la

mentira y de la falsedad, mucho menos del perjurio, para obtener algo. Los males que produce el falso

testimonio dicho en favor de otro son evidentes: pues al favorecer a uno, necesariamente se perjudica al otro;

se da motivo al juez de juzgar contra justicia, y se estimula a los que de esa manera ganan pleitos a sobornar y

usar siempre de falsos testigos.

[7] b) En segundo lugar, las mentiras y perjurios de los fiscales, reos, defensores, procuradores,

abogados, y en suma las de todos los que constituyen los tribunales de la justicia.

c) En tercer lugar, la mentira, esto es, todo testimonio falso, incluso fuera de juicio, que pueda causar a

otro perjuicio o daño (Lev. 19 11.).

[8-9] d) En cuarto lugar, la difamación, o costumbre de hablar mal de los demás (Sant. 4 11; Prov. 4

24.), que puede revestir varias formas, entre las cuales son las principales: • la calumnia, si, en la ausencia del

prójimo, se dice algo falso de él, se le quita su fama, o se aumentan y exageran sus faltas; • la contumelia, si se

habla mal de alguien en su presencia; • la detracción o murmuración, si se manifiestan los pecados y defectos

ajenos sin justo motivo. De todas las difamaciones, la más grave es la de aquellos que hablan mal de la doctrina

de la Iglesia Católica y de sus predicadores, y la de los que alaban a los maestros de malas doctrinas.

[10] e) El oír de buena gana a los difamadores, en lugar de reprimirlos.

f) El sembrar chismes, discordias, divisiones y enemistades entre los hombres (Lev. 19 16.).

[11-12] g) La adulación, esto es, el uso de palabras halagadoras y elogiosas a fin de conseguir

protección, dinero y honores. Los que de esta manera obran, aunque no hablen nunca mal del prójimo, le

hacen sin embargo mucho daño, porque, por ejemplo, alabando sus pecados, le excitan a perseverar en sus

vicios. Más grave es, evidentemente, la adulación que se ordena a conseguir la muerte o la desgracia de la

persona adulada (Mt. 22 16; Mc. 12 14; Lc. 20 21.); y la peor de todas es el lenguaje de quienes engañan con

palabras halagüeñas al amigo gravemente enfermo, sin avisarle del peligro de muerte en que está, apartándolo

396de la confesión de los pecados y recepción de los demás sacramentos, y alejando su espíritu de todo cuidado y

atención al peligro extremo en que se encuentra.

[13] h) Los libelos infamatorios y las ofensas de esta especie.

i) Los engaños por broma o por complacencia; porque aunque nadie saque de ellos daño o provecho,

hacen que el alma se acostumbre a la mentira y cobre la fama de no ser veraz.

j) La simulación por palabras u obras, o hipocresía (Mt. 23.).

Precepto afirmativo de este mandamiento

[14] 1º Deberes de los jueces. — Manda este precepto, ante todo, que nadie se arrogue las

atribuciones de los jueces (Rom. 14 4.), para que no dé sentencia en causa y asunto que no conoce. Y luego, que

los juicios se celebren en justicia y según las leyes, esto es: • que los jueces oigan la causa de los acusados (Act.

16 37.); • que no absuelvan a los culpables, ni condenen a los inocentes (Ex. 23 7.); • y que en el juicio no se

dejen llevar de interés alguno, ni de amistad, ni de odio (Deut. 1 16-17.).

[15] 2º Deberes de los reos. — Deben éstos confesar la verdad cuando son interrogados legalmente,

porque tal confesión es testimonio y expresión de alabanza y de la gloria de Dios (Jos. 7 19.).

[16] 3º Deberes de los testigos. — No sólo no deber decir ningún falso testimonio, sino que deben

también decir la verdad, sin poder entonces ocultarla. En efecto, muchas cosas hay que no podemos ignorar, y

tampoco conocer por nosotros mismos; por donde es necesario contar con testigos fidedignos y veraces. Y

aunque a veces es lícito ocultar la verdad, no lo es en el juicio. Por lo tanto, tanto peca el que dice mentira como

el que oculta la verdad.

[17] 4º Deberes de los procuradores y abogados. — Deben defender con sus servicios las causas

justas de sus clientes, e incluso defender gratuitamente al pobre, pero no pueden tomar a su cargo causas

injustas o pleitos de mala fe, ni prolongarlas por avaricia.

[18] 5º Deberes de los demandantes y fiscales. — No deben causar perjuicio a nadie con

acusaciones injustas, o llevados por alguna pasión desordenada.

Del vicio de la mentira en particular

[19-20] 1º Fealdad de la mentira, y males que ocasiona. — Podremos comprender la fealdad de

este pecado si consideramos, por una parte, que la Sagrada Escritura llama al demonio «padre de la mentira»

(Jn. 8 44.); y, por otra parte, los males que ocasiona. En efecto, la mentira: • hace que el hombre incurra en

desgracia y odio de Dios, pues el Señor aborrece la lengua mentirosa y el testigo que forja embustes (Prov. 6 16-

19.); • hace que el hombre deshonre a Dios usando para maldecir a su prójimo la misma lengua con que debería

darle gloria (Sant. 3 9-11.); • excluye al hombre de la felicidad celestial (Sal. 14 1-3.); • es un mal casi incurable,

porque el pecado de imputar un falso delito, o de ultrajar la fama del prójimo, no se perdona si el que lo

cometió no da satisfacción de sus injurias a la persona ofendida, ya en público, ya en reuniones privadas y

familiares; ahora bien, difícilmente dará satisfacción el alma acostumbrada a mentir; • además, es un mal que

se extiende a los demás con gran rapidez, destruyendo la verdad y fidelidad en las relaciones sociales, y

convirtiendo así la vida social en un verdadero infierno; • por eso, conviene evitar el mucho hablar, pues el

charlatán difícilmente podrá librarse de la mentira (Eclo. 19 5.).

[21-23] 2º Refutación de los pretextos de los mentirosos. — He aquí los principales pretextos

alegados para justificar la mentira, y sus refutaciones. — a) Es lícito mentir en ocasiones oportunas, como

hacen los hombres de experiencia. • Respuesta: Eso es sabiduría de la carne, que conduce a la muerte (Rom. 8

6.); pues los que así obran en sus dificultades declaran que prefieren fundarse más en su propio juicio que

confiarse en la divina Providencia; aprendan los fieles, en esas circunstancias, a confiar en Dios, pero eviten la

mentira. — b) Es lícito mentir a quien a uno lo engañó con embustes. • Respuesta: No es lícito vengarse

devolviendo mal por mal (Rom 12 17, 19 y 21; I Ped. 3 9.); y aunque lo fuese, mayor perjuicio es el que nos

causamos a nosotros mismos mintiendo, que el que pudiera habernos causado el prójimo. — c) Uno miente

llevado por la miseria y debilidad humana. • Respuesta: Hay que implorar la ayuda de Dios para no

condescender con esta flaqueza humana. — d) Ya tengo costumbre de mentir. • Respuesta: Procúrese adquirir

la costumbre contraria, sobre todo porque el mentir por costumbre agrava el pecado. — e) Los demás hacen lo

mismo. • Respuesta: No se debe imitar a los malos, sino que se los debe reprender y corregir; lo cual no

podremos hacer, por otra parte, si perdimos nuestra autoridad por el uso de la mentira. — f) Por no mentir, he

sufrido ya muchas veces perjuicio. • Respuesta: Es deber del cristiano sufrir las mayores pérdidas antes que

mentir. — g) Miento por hacer gracia (mentira jocosa). • Respuesta: Eso aumenta el uso de la mentira; además,

deberemos dar cuenta a Dios de toda palabra ociosa (Mt. 12 36.).

h) Miento por utilidad (mentira útil), pues

si no ni compraría ni vendería con ventaja. • Respuesta: En dicha excusa se encuentra una acusación más grave

de sí mismo, por no dar crédito a la palabra de Dios: «Buscad primero el reino de Dios, que todo lo demás se os

dará por añadidura» (Mt. 6 33.).

 

CAPÍTULO IX

DEL 8° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

No dirás contra tu prójimo testimonio falso

I. De la grande utilidad de este mandamiento.

949. Muy grande es así la utilidad como la necesidad de explicar de continuo este mandamiento y de

encomendar su observancia, según nos lo amonesta el Apóstol Santiago por estas palabras: “Si alguno no

ofende de pala ora ese es varón perfecto”. Y el mismo: “La lengua es ciertamente un pequeño miembro, sí,

pero viene a ser origen de grandes cosas. He aquí un poco de fuego ¡cuán grande bosque enciende!”. Y lo

demás que allí so dice acerca del mismo propósito. Dos cosas se nos avisan en estas palabras. La primera,

que el vicio de la lengua está muy extendido, lo cual también se confirma por aquella sentencia del Profeta:

Todo hombre es falaz”, de tal suerte que viene a ser este un pecado en el que parece incurren todos los

hombres.

950. La segunda es, que de ahí proceden innumerables males, pues muchas veces por culpa de una mala

lengua se pierde la hacienda, la honra, la vida y el alma, o del que es ofendido, el cual no pudiendo sufrir con

paciencia las injurias, las persigue con ánimo airado o del mismo que ofende, el cual atemorizado por una mal

entendida vergüenza y la vana creencia de cierta propia estimación, no es posible conseguir de él que dé

satisfacción al que ofendió. Por esta razón se ha de amonestar aquí a los fieles a que den al Señor cuantas

gracias pudieren por este saludable mandamiento de no levantar falso testimonio, pues no solamente se nos

prohíbe por él hacer injuria a oíros, sino que mediante su observancia quedamos defendidos de las injurias

ajenas.

 

II. Cuál es el sentido de este mandamiento.

951. En este mandamiento se ha de proceder con el mismo orden y método que hemos guardado en los

anteriores es a saber: reconociendo en él dos partes, una que prohíbe levantar falso testimonio; otra que manda

sea desterrada toda doblez y fingimiento, y que ordenemos nuestras palabras y obras de una manera sencilla,

según lo enseña el Apóstol a los de Éfeso por estas palabras: ―Tratando verdad en caridad, crezcamos en

Cristo en todo y por todo”.

 

III. Qué se veda por este mandamiento.

952. El alcance de la primera parte de este precepto es, que si bien por el nombre de testimonio falso se

signifique todo lo que se afirma constantemente de uno en bueno o en mal fin, ya en juicio, ya fuera de él, con

todo lo que señaladamente se prohíbe, es aquel testimonio que se dice falsamente en juicio por testigo jurado.

Porque éste jura por Dios, y como lo asegura de este modo, e interpone el nombre divino, tiene su dicho

muchísima firmeza y es de gran peso. Y así por ser tan peligroso este testimonio, por lo mismo se prohíbe

especialmente. Porque ni el mismo juez puede rechazar a testigos jurados, si no están excluidos por

excepciones legítimas, o es manifiesta su perversidad y malicia, mayormente mediando aquel mandamiento de

la ley divina: “En boca de dos o tres testigos tenga firmeza toda, palabra”. Mas para que entiendan los fieles

con mayor claridad el mandamiento se les ha dé enseñar el significado del nombre de prójimo, contra quien de

ninguna manera puede proferirse testimonio falso.

 

IV. Quién se designa con el nombre de prójimo.

953. Es el prójimo, según se infiere de la doctrina de Cristo Señor nuestro, todo aquel que necesita de

nuestro favor, sea propio o extraño, conciudadano, o forastero, amigo o enemigo. Porque es maldad horrenda

pensar que sea licito asegurar algo falsamente con testimonio contra los enemigos, a quienes debemos amar

por mandamiento de nuestro Dios y Señor. Y además de esto como cada uno es en cierto modo prójimo de sí

mismo, ninguno puede pronunciar contra sí testimonio falso. Y los que lo hacen, no sólo se marcan a sí mismos

con la nota de deshonra y de infamia, sino que al propio tiempo injurian a sí mismos y a la Iglesia de la que son

miembros, del mismo modo que perjudican a la sociedad los que se dan la muerte. Porque dice así San Agustín:

A ninguno de sano juicio, puede parecer que por haberse dicho en el mandamiento: contra tu prójimo; no

esté prohibido dar tino contra su testimonio falso. Y por tanto aquel que pronunciare falso testimonio contra

sí mismo, no se tenga por libre de este pecado. Porque el que sabe amar bien ha de tomar de sí mismo la regla

de amar al prójimo”.

 

V. No es lícito ser testigo falso ni mentir por hacer bien al prójimo.

954. Pero al prohibírsenos dañar al prójimo con testimonio falso, ninguno piense que se pueda hacer lo

contrario; de suerte que sea lícito jurar falsamente a fin de conseguir alguna utilidad o provecho para aquel que

es nuestro allegado por sangre o religión. Porque ninguno se debe valer de la falsedad y mentira, y mucho

menos del perjurio. Por esto escribiendo San Agustín a Crescendo sobre la mentira, enseña según la doctrina

del Apóstol: “que se debe contar la mentira entre los testimonios falsos, aunque se diga en alabanza falsa de

alguno”, y así declarando aquel lugar del Apóstol: “Y somos hallados también testigos falsos de Dios; pues

dijimos testimonio falso contra él, de que resucitó a Cristo, a quien no resucitó sino resucitan los muertos”,

dice el Santo : “Llama el Apóstol testimonio falso, si finge alguno de Cristo aun lo que parece redundar en

alabanza suya”.

 

VI. De los males que se siguen al testimonio falso, dicho en favor de otro.

955. Muchísimas veces acaece también que dañe a uno lo que aprovecha a otro. Sin duda alguna se da al

juez motivo de errar, pues algunas veces obligado por testigos falsos, se ve en la precisión de juzgar y sentenciar

contra justicia atendida la falsa acusación. Sucede también con frecuencia que habiendo uno ganado un pleito

valiéndose de testimonios falsos, y por lo mismo que ha conseguido esto impunemente, se envanece con la

injusta victoria, con lo cual se acostumbra al soborno, valiéndose de testigos falsos, esperando de esta suerte

realizar cuanto deseare. Esto es también en gran manera perjudicial para el mismo testigo, ya porque aquel a

quien favoreció y ‘ayudó con su juramento, sabe que es un falsario y perjuro, como porque él mismo viendo que

le ha salido la maldad conforme lo pensaba, se va aficionando y acostumbrando a ser cada día más perverso y

atrevido.

 

VII. Prohíbanse por este mandamiento los pecados de todos los que concurren en los juicios y

generalmente todo es mentira.

956. Así pues como por este mandamiento se prohíbe la falsedad, mentiras y perjurios de los testigos,

así se vedan también las de los acusadores, reos, defensores, agentes, procuradores, abogados, y por último de

todos aquellos que constituyen los juicios. Finalmente veda el Señor todo testimonio que pueda acarrear daño o

perjuicio a otro, no sólo en juicio, sino también fuera de él. Porque en el Levítico, en donde se repiten estos

mandamientos, se dice: “No hurtarás, no mentiréis, no engañara ninguno a su prójimo”, de suerte que no

puede dudarse que Dios condena por este mandamiento toda mentira, según lo afirma David con toda claridad

diciendo Perderá a todos los que hablan mentira”.

957 Asimismo se prohíbe por este mandamiento no solo el falso testimonio, sino también el abominable

vicio y costumbre de de difamar a otro, de cuya maldad es increíble los muchos y graves daños que se originan.

A cada paso reprueban las Escrituras divinas este vicio de hablar a escondidas mal e injuriosamente de otro

Con tal hombre, dice David, no comía yo”. Y Santiago ‘Hermanos míos no habléis mal unos de otros” Y

no sólo nos dan preceptos las Letras sagradas sino también ejemplos, por los cuales se declara lo grande de esta

maldad .Porque Aman en tanto grado excito con delitos infligidos al Rey Asnero contra los Judíos, que

mandó este quitar la vida a toda aquella gente .Llena esta de estos ejemplos la Historia sagrada, con tuyo

recuerdo procuraran los Sacerdotes apartar a los fieles de tan perverso vicio.

 

IX Quienes deben ser tenidos por murmuradores.

958 Y para que del todo se conozca la gravedad del pecado con que se detrae de otro, conviene recordar

que la estimación de los hombres se menoscaba no sólo calumniando, sino aumentando y exagerando los

delitos Y en verdad, justamente debe ser tenido por infamador y maldiciente, el que descubre algún pecado

cometido en secreto por otro, manifestándole en el lugar, tiempo y a las personas a quienes no es necesario.

Pero entre todas las detracciones ninguna hay más perjudicial que la de aquellos que hablan mal de

la doctrina católica y de sus predicadores. Y de las misma maldad son reos los que ensalzan y elogian a los

maestros de malas doctrinas y de errores.

 

X. Son infamadores los que oyen a los que difaman y siembran discordias entre los amigos.

960. Tampoco están distantes del número y pecado de estos, los que dando oídos a los que infaman y

hablan mal, no los reprenden, antes se congracian con ellos. Porque según escriben los santos Jerónimo y

Bernardo, “no es fácil discernir cuál es peor, si difamar, u oír al que difama”, pues no habría detractores si no

hubiese quien les escuchara. Entre los mismos se han de contar los que con artes y mañas dividen los hombres,

y ponen entre ellos enemistades, deleitándose mucho en sembrar discordias, de suerte que con sus con-

versaciones fingidas destruyen las amistades y relaciones más íntimas, obligando a los más amigos a perpetuas

enemistades, y aún a tomar las armas. Este mal le abomina así el Señor: “No serás acusador ni chismoso en el

pueblo”. Tales eran muchos de los consejeros de Saúl, los cuales procuraban desviar su voluntad de David, e

irritarle contra él.

 

XI. La adulación también se prohíbe por este precepto.

961. Pecan finalmente contra esta parte del precepto los aduladores, que con halagos y alabanzas

fingidas endulzan los oídos y ánimos de aquellos cuya gracia, dinero y honores solicitan conseguir, llamando,

como dice el Profeta, “lo malo, bueno, y lo bueno malo”. De estos amonesta David que nos apartemos y

arrojemos de nuestra compañía diciendo: “El justo me corregirá, y me reprenderá en misericordia, mas el

aceite del pecador no ungirá mi cabeza”.

962 Pues aunque estos en ninguna manera digan mal del prójimo con todo le hacen mucho daño porque

aplaudiendo sus pedidos son causa de que persevere en sus ciclos mientras viva, y de estas adulaciones, aquella

es la peor de todas que causa la ruina y perdición del prójimo Asi Saúl deseando entregar a David al odio y a la

espada de los Filisteos para que le quitaran la vida le lisonjeaba con aquellas palabras “He aquí te he de dar a

Merob mi hija mayor por esposa a ti solamente se hombre de brío y pelea las guerra, del Señor”. Así

también hablaron los judíos a Cristo con este engañoso discurso “Maestro, sabemos que eres veraz, y que en

verdad enseñas el camino de Dios”.

 

XII Los peores de todos son los que ocultan la verdad a los enfermos

963. Pero mucho más pernicioso es el lenguaje de aquellos amigos, cercanos y parientes, con el cual

algunas veces lisonjean a los que muy gravemente enfermos, están ya en los últimos alientos, asegurándoles

que no hay peligro ninguno de muerte, que se alegren, y se animen. Con esto les apartan de la confesión de sus

pecados como de un pensamiento triste, y así alejan de su espíritu todo cuidado y solicitud por los peligros que

les amenazan y que en gran manera les cercan. Debe, pues, huirse de todo linaje de mentiras, pero sobre todo

de aquel que puede hacer a alguno grave daño. Mas la mentira muy llena de maldad, es cuando miente uno

contra la religión o en lo tocante a la religión.

 

XIII. Pecan contra este precepto los autores de libelos famosos, los que mienten para agradar y

también los hipócritas.

964. También se ofende gravemente a Dios con aquellas injurias y oprobios que se esparcen por los que

llaman libelos famosos y con otras afrentas semejantes.

965. Además de esto es cosa indigna engañar a alguno con mentira jocosa u oficiosa, aunque no se haga

daño ni provecho ninguno. Porque nos enseña así el Apóstol: “Dejando la mentira, hablad la verdad”. En eso

también hay peligro grande de pasar a mentiras frecuentes y más graves Con las jocosas se acostumbran los

hombres a mentir. Con eso cobran fama de no ser veraces, y así a fin de que los crean se ven precisados a jurar

de continuo.

966. Últimamente en la primera parte de este mandamiento se reprueba toda ficción. Y no sólo son

malas y pecaminosas las cosas que se dicen fingidamente, sino también las que se hacen de ese modo. Porque

así las palabras como las obras, son ciertos indicios y señales de lo que hay en el interior de cada uno. Y por esa

razón arguyendo el Señor muchas veces a los fariseos, los llama hipócritas. Y esto baste acerca de la primera

ley de este mandamiento, que pertenece a la parte prohibitiva. Expliquemos ahora lo que manda el Señor en la

segunda.

 

XIV. De lo que se manda en la segunda parte en lo relativo a los juicios forenses.

967. La finalidad y objeto de este mandamiento no es otro sino el que los juicios forenses se ejerciten

justamente según las leyes, y que los hombres no se arroguen ni usurpen la jurisdicción ajena. Porque no es

licito juzgar al siervo de otro, según enseña el Apóstol, ni sentenciar ignorando la causa. Este fué el vicio en

que incurrió el consejo de los sacerdotes y escribas que condenaron a San Esteban. Y en el mismo pecado

incurrió el Magistrado de los Filipenses, de quienes dijo el Apóstol: “Públicamente azotados y sin habernos

oído, siendo ciudadanos de Roma nos pusieron en la cárcel, ¿y ahora nos echan fuera a escondida sí”. Que

no condenen a los inocentes, o absuelvan a los culpados; que no se dejen llevar de interés, de amistad, de odio o

de amor. Porque así amonesta Moisés a los ancianos, que constituyó jueces del pueblo: “Juzgad según justicia,

ya sean naturales ya forasteros. No habrá ninguna distinción de personas. Así oiréis al pequeño como al

grande, no habréis respeto a ninguno, porque es el juicio de Dios”.

 

XV. Los reos preguntados legítimamente deben decir la verdad.

968 Los reos y culpables quiere Dios que confiesen la verdad cuando son preguntados jurídicamente.

Porque esta confesión es un testimonio y una manifestación de alabanza y gloria de Dios, según sentencia de

Josué, quien exhortando a Acán a confesar la verdad, le dijo: “Hijo mío, da gloria al Señor Dios de Israel”.

 

XVI. Cuál es el deber de los testigos.

969. Y por cuanto este mandamiento toca principalmente a los testigos, de estos también ha de tratar el

Párroco con todo cuidado, pues es tal la obligación del mandamiento, que no sólo prohíbe el falso testimonio,

sino que manda también se diga la verdad. Porque en la sociedad humana es muy frecuente el uso del

testimonio verdadero, pues hay muchísimas cosas, que ignoraríamos forzosamente, sino las conociéramos por

la palabra fiel de los testigos. Por esto nada hay tan necesario como la verdad de los testimonios en aquellas

cosas que ni las conocemos por nosotros mismos, ni tampoco podemos ignorarlas. Acerca de lo cual nos dejó

aquella sentencia San Agustín: “El que calla la verdad, y el que dice la mentira, los dos son culpables; aquél

porque no quiere hacer bien; y éste porque quiere hacer mal”.

970. Cierto es que en algunas ocasiones es lícito callar la verdad, pero fuera de juicio, pues en el cuando

el testigo es legítimamente preguntado por el juez, en todo se debe confesar la verdad. Pero acerca de esto

deben tener gran cuenta los testigos, no sea que fiados demasiado de su memoria, afirmen por cierto lo que no

tuvieren bien averiguado. Restan ahora los defensores y abogados, y luego los actores y fiscales.

 

XVII. Como cumplirán su deber los Abogados y Procuradores.

971. Los abogados y procuradores no faltarán en los tiempos debidos con su favor y patrocinio, y

socorrerán benignamente a los pobres. Tampoco tomarán causas injustas para defenderlas, ni sostendrán

pleitos de mala fe ni los atormentarán por avaricia. Por lo que se refiere a su salario, le medirán según razón y

justicia.

 

XVIII. Cómo deben proceder los que demandan y acusan.

972. Los demandadores y acusadores deben ser amonestados, que a nadie perjudiquen con acusaciones

injustas movidos por amor, odio, o de alguna codicia. En fin manda el Señor por este precepto, que en las

asambleas y tratos de unos con otros se hable siempre verdad, y según lo que siente el corazón, y que nada

digan que pueda dañar a la estimación de otro, ni de aquellos tampoco por quienes entienden haber sido ellos

ofendidos y agraviados, porque deben tener presente que media entre unos y otros tal intimidad y unión, que

son como miembros de un mismo cuerpo.

 

XIV. Cómo se conocerá la maldad que encierra la mentira.

973. Y para que los fieles se aparten con más gusto de este vicio de mentir, les propondrá el Párroco la

suma miseria y fealdad de este pecado. Porque en las sagradas Letras se dice del demonio que es padre de la

mentira. Pues por no haber estado firme en la verdad, es mentiroso y padre de la mentira. A fin de que tan

grande maldad sea del todo desechada, se expondrán los daños que de ella se siguen. Y por ser innumerables

señalarán las fuentes y raíces de sus daños y perjuicios. Primeramente lo mucho que se ofende a Dios; pues en

cuanto aborrecimiento de su Majestad incurra el falsario y mentiroso, lo declara Salomón por estas palabras:

Seis son las cosas que Dios aborrece, y la séptima la abomina su alma: los ojos altaneros, la lengua

mentirosa, las manos que derraman la sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos malvados, los

pies ligeros para correr al mal, el testigo falso que dice mentiras”, con lo demás que se sigue. ¿Quién, pues,

podrá librar de ser castigado con penas atrocísimas al que tan señaladamente es aborrecido de Dios?

 

XX. Daños causados por la mentira a la sociedad humana.

974. Además de esto ¿qué cosa más fea ni más indigna, como Santiago dice, que con la misma

lengua con que bendecimos a Dios y al Padre, maldecir a los hombres creados a imagen y semejanza de Dios?,

de manera que una misma fuente arroje por un mismo caño agua dulce y amarga. Porque aquella misma

lengua que antes alababa y glorificaba a Dios, después en cuanto es de su parte, le desprecia y deshonra

mintiendo. De aquí es que los mentirosos son excluidos de la posesión de la celestial bienaventuranza. Porque

naciendo David a Dios esta pregunta: “Señor, ¿quién habitará en tus moradas?” Le respondió el Espíritu

Santo: “El que habla verdad en su corazón, y no engañó con su lengua,”.

975. Es también propio de la mentira el mal gravísimo de ser esta una enfermedad del alma casi

incurable. Porque como el pecado que se comete o levantando falso testimonio o quitando la honra y

estimación al prójimo, no se perdona si no satisface el calumniador las injurias que hizo al ofendido, y esto lo

hacen los hombres con gran dificultad, atemorizados, como ya prevenimos, con la vergüenza y vana opinión de

que es contra su dignidad., es preciso confesar que quien se halla en esa culpa está destinado a las penas del

infierno. Pues nadie espere poder conseguir perdón de las calumnias y detracciones, si no restituye primero a

su prójimo cuanto le quitó de su dignidad y fama, ya fuese públicamente en juicio o ya en conversaciones

familiares y privadas.

976. Sobre todo esto se extiende muchísimo este daño, y se propaga también a los demás. Porque con la

falsedad y mentira se quitan la fe y la verdad, que son lazos estrechísimos de la sociedad humana, y rotos estos

se sigue una tan gran confusión en la vida, que en nada parece se diferencian los hombres de los demonios.

977. Enseñará, pues, el Párroco que debe evitarse el mucho hablar. Con eso se excusan los demás

pecados, y es un gran remedio para no mentir, de cuyo vicio no se libran fácilmente los que hablan mucho.

 

XVI. Se refutan las vanas excusas de los mentirosos.

978 Últimamente sacará el Párroco a los fieles de aquel error con que muchos se excusan, alegando que

mienten en cosas de poca importancia. Y defienden esto con el ejemplo de los prudentes, de quienes dicen es

propio mentir a tiempo, A esto responderá lo que es muy verdadero: “Que la prudencia de la carne es

muerte” Exhortará a los oyentes a que en sus aflicciones y angustias confíen en Dios, y no se acojan al

artificio de mentir. Pues los que se valen de este medio fácilmente declaran que más quieren fiarse de su

prudencia que poner su esperanza en la providencia de Dios.

979. A los que atribuyen la culpa de su mentira a otros por quienes fueron antes ellos engañados, se les

ha de enseñar que a ninguno es lícito vengarse a sí mismo, que no debe devolverse mal por mal sino vencer

el mal con el bien y aun cuando fuese lícito satisfacer de este modo, a nadie es útil vengarse con su propio

daño, siendo así que es muy grande el que nos hacemos mintiendo.

980. A los que alegan la flaqueza y fragilidad humana, se les enseñará que deben implorar el auxilio de

Dios y no rendirse a la propia flaquera; Los que oponen la costumbre, serán amonestados que así como la

hicieron de mentir, trabajen para hacer la contraria de hablar con verdad. Mayormente cuando los que pecan

por uso y costumbre, pecan más gravemente que los demás.

 

XXII De los que mienten porque mienten otros.

981. Y porque no falta quien se defienda ton el pretexto de otros de quienes afirman que a cada paso

mienten, y perjuran, con esta razón se les ha de sacar de esta ignorancia: que los malos no han de ser imitados

sino corregidos y reprendidos, y que si mentimos nosotros tiene nuestro dicho menos autoridad para reprender

y corregir a los demás Y a los que se excusan con que muchas veces les ha sucedido mal por decir la verdad;

rechazaran los Sacerdotes diciendo que eso mas es acusarse que defenderse, porque es obligación del cristiano

perderlo todo antes que mentir.

 

XXIII Repruébase la mentira jocosa y oficiosa

982. Restan dos clases de personas que excusan sus mentiras Unos, que afirman mentir para recrearse y

divertirse y otros que lo hacen por su interés y utilidad, pues no harían compra ni venta provechosa sino

mintieran. A unos y a otros deberán los Párrocos apartar de ese error. A los primeros apartarán de este vicio, ya

enseñándoles lo mucho que se aumenta la costumbre de pecar con el uso de mentir, como encareciéndoles que

de toda palabra ociosa se ha de dar cuenta a Dios. Mas a los segundos reprenderán con toda severidad,

porque se halla en su excusa la acusación más grave, pues manifiestan que no dan fe, ni autoridad ninguna a

aquellas palabras de Dios “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo se os dará por

añadidura”.

 

Noveno y décimo preceptos del Decálogo

NO DESEARÁS LA MUJER DE TU PRÓJIMO

NI CODICIARÁS COSA ALGUNA DE LAS QUE LE PERTENECEN

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1] 1º Estos dos mandamientos encierran en cierto modo los otros ocho. — El que no codicia,

que es lo que aquí nos manda el Señor, sino que se contenta con lo que tiene, no apetecerá lo ajeno, guardará el

sábado y tributará a Dios la gloria que le debe, a nadie ofenderá de palabra ni de obra, y, en definitiva,

observará todos los demás mandamientos. Porque la codicia o concupiscencia es la raíz de todos los males (I

Tim. 6 10.); y así como los que a ella se entregan se ven arrastrados a todos los pecados, así también los que la

evitan se ven libres de todos ellos.

[2] 2º En qué difieren entre sí estos dos mandamientos. — La diferencia entre el mandamiento

de no desear la mujer del prójimo, y el de no desear sus bienes, consiste en que el segundo se refiere a la

concupiscencia de los bienes útiles y provechosos, mientras que el primero se refiere a la concupiscencia de los

bienes deleitables, esto es, de las liviandades y placeres.

[3] 3º Por qué se añaden estos dos mandamientos al 6º y al 7º. — Por dos razones: • la

primera, para que se tenga claro que no sólo se prohíbe cometer tales pecados, sino también desear la acción

prohibida (Mt. 5 27-28.); • la segunda, porque en el 9º y 10º mandamientos se prohíben clara y distintamente

cosas no expresamente prohibidas en el 6º y 7º, como desear apoderarse según la justicia (y no ya

injustamente) de algo por cuya posesión sabemos que sufrirá el prójimo algún daño.

[4] 4º Gran beneficio que Dios nos obtiene por estos mandamientos. — Por los demás

mandamientos Dios protegió como con escudos nuestra vida, nuestra esposa, nuestros bienes e intereses y

nuestra fama; por éstos dos Dios nos protege a nosotros mismos contra nuestros apetitos desordenados, para

que el aguijón de nuestras pasiones nos moleste menos, y libres de esta molestia, podamos dedicarnos con más

libertad a los deberes de amor y religión que a Dios debemos.

[5] 5º Diferencia que estos dos mandamientos señalan entre las leyes divinas y las leyes

humanas. — Las leyes humanas nos obligan sólo al cumplimiento exterior de nuestros deberes, mientras que

las leyes divinas requieren además castidad y rectitud pura y sincera de espíritu, porque Dios ve el fondo del

corazón. Y por eso mismo, nos muestran, no sólo las obligaciones exteriores, sino también el interior de

nuestra alma y sus vicios y fallas.

Precepto negativo de este mandamiento

[6] 1º «No codiciarás» («no tendrás concupiscencia»). — Entendemos por concupiscencia el

movimiento de nuestro espíritu en virtud del cual apetecemos cosas agradables que no poseemos. Este

movimiento no siempre es malo, ya que es Dios quien imprimió en nuestro ser esta facultad de apetecer; mas

por el pecado de nuestros primeros padres dicha facultad traspasó los límites de lo lícito y quedó inclinada a

apetecer lo que es contrario al espíritu y a la razón. [7] Esta concupiscencia tiene las siguientes ventajas, si va

regida por la recta razón: • ante todo, el apetecer ardientemente una cosa hace que roguemos a Dios con

oraciones continuas y más fervorosas; • luego, es causa de que los dones de Dios nos sean más apreciables,

pues cuanto más vehemente es el deseo de una cosa, tanto más la apreciamos cuando Dios nos la concede; • por

último, hace que demos a Dios más rendidas acciones de gracias, por el gozo que nos proporciona el objeto

deseado.

[9] De lo dicho, claro queda que no se prohíbe la facultad natural y moderada de apetecer, y mucho

menos el deseo espiritual de la recta razón, que nos hace desear lo que repugna a la carne, pues a ello nos

excitan las Sagradas Letras (Sab. 6 12; Eclo. 24 26.). [8-12] Lo que se prohíbe es el uso de este apetito cuando

está desordenado, esto es, cuando carece de la debida moderación y no se contiene dentro de los límites

señalados por Dios; el cual es llamado por San Pablo concupiscencia de la carne (Gal. 5 16, 19 y 24; I Ped. 2 11;

I Jn. 2 16.) y es siempre pecado si va acompañado del asentimiento de la voluntad. Esta concupiscencia es mala

porque apetece cosas malas (I Cor. 10 6.), como adulterios, embriagueces, homicidios y otros pecados, o

405porque apetece cosas que, sin ser malas, nos están prohibidas por alguna otra razón (vgr. por ser del prójimo).

En estos casos, habrá pecado si, siguiendo el impulso de los malos apetitos, el alma se recrea en las cosas malas

y consiente en ellas o no las rechaza.

[13] Por lo tanto, las palabras «No codiciarás» (Ex. 20 17.) significan que debemos reprimir nuestros

apetitos de las cosas ajenas; pues este deseo ardiente de las cosas que no se poseen es inmenso y nunca se

sacia (Eclo. 5 9.).

[14-17] 2º «La casa de tu prójimo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno, ni cosa

alguna de las que le pertenecen». — • Por «casa» se significa, no sólo el lugar en que habitamos, sino toda

la hacienda, como lo indica el uso de la Sagrada Escritura (Vgr. Ex. 1 21.); por consiguiente, se nos prohíbe por

este precepto apetecer con codicia las riquezas y el lujo, y tener envidia de los bienes ajenos, de su dignidad y

nobleza; • por «buey y asno» se entienden las cosas de menor valor que la hacienda y las riquezas, y que no nos

es permitido desear si son ajenas; • por «siervo y sierva» entendemos tanto a los esclavos como a las demás

clases de sirvientes que nuestro prójimo pueda tener, y a los que nosotros no podemos sobornar ni seducir

mediante palabras, o proyectos, o promesas o recompensas, para que dejen su servicio y se pasen al nuestro;

finalmente, se hace mención del «prójimo» porque el hombre suele desear sobre todo los bienes y fincas de

sus vecinos; y así la vecindad, que es parte de la amistad, suele pasar a menudo del amor al odio por el pecado

de codicia.

[18] No se prohíbe desear los bienes del prójimo que éste pone en venta, pues en ese caso no sólo no se

le causa daño alguno, sino que se le favorece mucho al permitirle sacar dinero y utilidad de lo que él pone en

venta.

[19] 3º «Ni desearás su mujer». — Al precepto de no codiciar los bienes del prójimo ajenos se añade

el de no desear su mujer, esto es, no cometer pecado alguno con mujer unida en matrimonio, y no desearla

tampoco como mujer para sí mientras estuviere casada, aunque haya sido abandonada por su marido (Mt. 5 31;

19 9; Rom. 7 3; I Cor. 7 10-11.). Dios así lo prescribió (aboliendo incluso la tolerancia del repudio existente en

el Antiguo Testamento) para que los maridos no se aficionen a abandonar a sus mujeres, ni las mujeres se

muestren tan desagradables que empujen a sus maridos a abandonarlas. Además que a este pecado de desear

la mujer del prójimo se añaden otros: el de infidelidad, si se lleva a la práctica; el de desear la muerte de su

actual marido, etc. Es igualmente ilícito desear la mujer consagrada a Dios por los votos de religión.

[20] Sin embargo, no cometen pecado quienes desean la mujer del prójimo ignorando que dicha mujer

está casada, y que, de saberlo, no la desearían, como pasó con Faraón (Gen. 12 11.) y Abimelec (Gen. 20 2 y

ss.).

Precepto afirmativo de este mandamiento

Para quitar el vicio de la concupiscencia se nos prescriben algunos remedios relativos al pensamiento, y

otros relativos a la acción.

[22-23] 1º Remedios relativos al pensamiento. — Consisten en considerar los males que

proceden del ardor de las pasiones: • el pecado reina en nuestras almas si las seguimos, y quedamos sometidos

a su tiranía (Rom. 6 12.); • de este ardor de la concupiscencia brotan toda clase de pecados: el alma se deleita

en juegos deshonestos y se entrega sin moderación a la diversión; el comerciante desea la falta de género y la

carestía de productos, para poder vender más caros los que posee; los militares desean guerras para poder

saquear; los médicos, igualmente, desean las enfermedades, los abogados los pleitos; algunos desean por

envidia la honra y gloria de otros, no sin ofensa de la fama del prójimo, etc.; • por virtud de estos apetitos se

oscurece el sano juicio del alma, ya que los hombres juzgarán bueno y honesto lo que apetecen; • finalmente,

ahogan la fuerza de la divina palabra y de la gracia que siembra en nuestras almas el divino Sembrador (Mc.

14 18-19.).

[21] 2º Remedios relativos a la acción. — Las principales actitudes que ha de tomar el cristiano

son: • no poner el corazón en las riquezas, cuando Dios nos concede abundancia de ellas (Sal. 61 11.), estando

dispuesto a renunciar a ellas por amor a la piedad y a la perfección cristiana (Mt. 19 21.); • emplear el dinero en

socorrer las necesidades de los pobres;sobrellevar la pobreza con resignación y alegría, si Dios no nos

concede las riquezas; • reprimir los deseos de los bienes de los demás, para lo cual nos ayudará mucho la virtud

de la generosidad; • desear, sobre todas las cosas, el cumplimiento de la voluntad de Dios, para elevar el

corazón hacia las cosas celestiales y apartarlo de los bienes de la tierra; deseando así ante todo santificarnos, la

humildad y pureza del alma, las obras espirituales e intelectuales, reprimiendo los sentidos y rechazando con

firmeza los pensamientos que fomentan nuestra concupiscencia.

 

CAPÍTULO X

DEL 9° Y 10° MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

No codiciarás la casa de tu prójimo, ni desearás su mujer, ni su siervo, ni su esclava, ni su

buey, ni su amo, ni otra cosa alguna de las suyas.

I. De qué manera estos dos preceptos comprenden a los otros anteriores.

983. En estos dos mandamientos que se ponen en último lugar, principalmente se ha de advertir que

nos enseñan el modo como pueden guardarse los demás. Pues lo que se manda por estas palabras, se endereza

a que si desea alguno guardar los mandamientos anteriores de la ley, ponga su primer cuidado en no co-

diciar. Porque quien no codicia, estará contento con lo suyo, no deseará lo ajeno, se gozará de los bienes de

su prójimo, dará la gloria a Dios inmortal, rindiéndole muchísimas gracias, santificará el Sábado, esto es, vivirá

en perpetua quietud, honrará a los mayores, y a nadie causará daño ni por obra, ni de palabra ni de otro modo

alguno. Porque la raíz y origen de todos los males es el deseo y apetito desordenado, y los que están

dominados por él se entregan sin freno alguno a toda clase de pecados y vicios. Bien entendido esto, pondrá el

Párroco más cuidado en explicar lo que sigue, y más atención los fieles para escucharle.

 

II. En qué se diferencian estos dos preceptos.

984. Más aunque hemos juntado estos dos mandamientos por no diferenciarse, en la materia, y ser una

misma la forma de enseñarse, con todo el Párroco en sus pláticas y exhortaciones podrá tratar de ellos separada

o juntamente, según le pareciere más conveniente. Pero si escogiere por asunto la explicación de los

mandamientos del Decálogo, mostrará cuál es la diferencia de estos dos mandamientos, y cómo una

concupiscencia se distingue de la otra. Decláralo San Agustín en el libro de las Cuestiones sobre el Éxodo.

Porque una de ellas mira a la utilidad, interés y provecho; otra a la satisfacción de los placeres. Si uno apetece

la heredad o la casa, éste más busca la ganancia y lo que es útil, que lo deleitable. Más si codicia la mujer del

prójimo, arde en deseos no de lo útil, sino de lo deleitable.

 

III. Se explicó o no bastantemente por el sexto y séptimo precepto lo que se veda por estos dos

últimos.

985. Más por dos razones fué necesario poner con claridad estos dos mandamientos. Una, para explicar

el sentido del sexto y del séptimo. Pues aunque dicta la luz natural de la razón que una vez prohibido el

adulterio, está vedado el deseo de aprovecharse de la mujer ajena (porque si fuera lícito apetecer, lo sería

también el usar) con todo muchos de los judíos ciegos en sus pecados, no se les podía convencer de que

creyeran en la prohibición divina del deseo. Y esto sucedía de tal modo, que aun después de intimada y sabida

esta ‘divina ley, muchos de ellos que hacían profesión de ser intérpretes de la ley, estaban en ese error, como se

puede ver por aquel sermón del Señor en San Mateo: “Oísteis que se dijo a los antiguos: No cometerás,

adulterio. Mas yo os digo”, y lo demás que se signe: La otra razón de la necesidad de estos, mandamientos

consiste en que algunas cosas se vedan por ellos clara y distintamente, las cuales no se prohibían con tanta

claridad por el sexto y séptimo. Porque por ejemplo el séptimo precepto prohibió que ninguno apeteciera

injustamente lo ajeno, ni trabaje para quitarlo, pero este veda que de ninguna manera se codicien, aunque justa

y legalmente se puedan conseguir, si de esa consecución puede provenir algún daño al prójimo.

 

IV. Cuál y cuán grande es el beneficio que nos ha hecho Dios por estos mandamientos.

986. Pero antes de pasar a la explicación del mandamiento, primeramente se prevendrá a los fieles, que

por esta ley se nos enseña, no sólo que refrenemos, nuestros apetitos, sino también que reconozcamos la

piedad de Dios hacia nosotros, la cual es inmensa. Porque habiéndonos cercado con los mandamientos

anteriores como con unas fortalezas, para que nadie causare dono ni a nosotros, ni a nuestras cosas, ahora

dándonos éste, señaladamente quiso proveer que no nos dañásemos a nosotros mismos con nuestros apetitos,

lo cual fácilmente sucedería, si estuviera del todo en nuestra mano, querer y desear todas las cosas. Establecida,

pues, esta ley de no codiciar, proveyó el Señor de remedio, para que los estímulos de los apetitos que suelen

excitarnos a cualquier maldad, siendo como expelidos en virtud de esta ley, nos inciten menos, y y con eso

quedando libres de aquella molesta solicitud de nuestras pasiones, tengamos más tiempo para ocuparnos en

los muchos y muy grandes deberes de piedad y religión que tenemos para con Dios.

 

V. Estos dos preceptos nos muestran la diferencia entre la ley divina y humana.

987. Y esta ley no nos enseña esto técnicamente, sino que también nos manifiesta que es de tal

naturaleza la ley de Dios, que se debe guardar, no con solas acciones externas, sino también con íntimos afectos

del alma, y que entre las leyes divinas y humanas hay esta diferencia: que éstas se contentan con solos los actos

externos; pero las otras, como Dios mira al corazón, requieren una pura y sincera castidad y entereza de

espíritu.

988. Es, pues, la ley de Dios como un espejo va que vemos los vicios de la naturaleza. Por esto dice el

Apóstol: “No sabía yo, lo que era concupiscencia si no dijera la ley: No codiciarás”. Porque como la

concupiscencia, esto es, el fomes del pecado, que trae su origen del pecado, está perpetuamente arraigado en

nosotros, de aquí nos reconocemos nacidos en pecado, y por eso acudimos humildes a quien sólo puede lavar

las manchas del pecado.

 

VI. Qué concupiscencia no se prohíbe aquí, y qué es concupiscencia.

989. Tiene cada uno de estos mandamientos común con los demás, que en parte veda y en parte manda

alguna cosa. Por lo relativo a la parte prohibitiva, a fin de que nadie piense que de alguna manera se cuenta por

vicio aquella concupiscencia que carece de él, como la de codiciar el espíritu contra la carne , o la de apetecer

en todo tiempo las justificaciones de Dios, como vivamente lo codiciaba David; por esto enseñará el Párroco

qué concupiscencia es, de la cual debemos huir en virtud de esta ley. Para esto es de saber que la

concupiscencia es una conmoción e ímpetu del ánimo con el que Incitados los hombres, desean las cosas

deleitables y gustosas que no poseen. Y como no siempre son malos todos los movimientos de nuestra alma, así

este impulso de apetecer no se debe contar siempre por vicio. Porque no es malo apetecer la comida y bebida,

como abrigarnos si padecemos frío, y refrescar cuando estamos calurosos Y a la verdad este ordenado impulso

de apetecer está como impreso en nosotros por Dios, que es el autor de la naturaleza. Mas por el pecado de

nuestros primeros padres se desordenó de tal suerte que traspasando los límites de la naturaleza, se arroja

muchas veces a codiciar lo que repugna al espíritu y a la razón.

 

VII. De las muchos utilidades que nos proporciona la concupiscencia que es conforme a razón.

990. Esta concupiscencia, pues, si es moderada y se concreta a sus límites, tan lejos está de ser mala

que antes nos proporciona muchas veces grandes utilidades. Porque primeramente nos mueve a que roguemos

a Dios con oraciones continuas, pidiéndole humildemente lo que de veras deseamos, ya que la oración es la que

expresa nuestros deseos. Ahora bien si faltase esta recta facultad de apetecer, no se harían tantas oraciones en

la Iglesia de Dios. Hace también que apreciemos mucho más los dones de Dios. Porque cuanto con más ardor y

vehemencia deseamos una cosa, tanto más la estimamos y queremos cuando la conseguimos.

991. Además de esto, ese mismo gozo que percibimos de poseer aquello que deseábamos, nos mueve a

dar gracias a Dios con mayores afectos. Siendo, pues, lícito apetecer algunas veces, es preciso confesar que no

está prohibida toda concupiscencia.

 

VIII. En qué sentido llamó el Apóstol pecado a la concupiscencia.

992. Y aunque dijo el Apóstol que era pecado la concupiscencia, esto debe entenderse en el mismo

sentido, en que hablo Moisés, cuyo testimonio alegan y lo declaran también otras palabras del mismo

Apóstol, quien en la Epístola a los Gálatas la llama concupiscencia de la carne, diciendo “Andad en espíritu, y

no cumpliréis los deseos de la carne”.

 

IX Que concupiscencia no se prohíbe ni es mala

993. Esta fuerza, pues, de apetecer natural y moderada, y que no se desordena fuera de sus límites, no

está prohibida, y mucho menos aquella concupiscencia espiritual de la recta razón, la cual nos incita a desear lo

que repugna a la carne, pues ¡i esta nos exhortan las sagradas Escrituras, diciendo “Apeteced mis palabras”.

Y: “Venid a mi todos los que me codiciáis”.

 

X. Cuál es la concupiscencia prohibida

994. Prohíbese, pues, por este mandamiento no esa misma facultad de apetecer, de ¡a cual se puede

usar así para lo bueno como para lo malo, sino el uso de esa codicia desordenada, que se llama concupiscencia

de la carne, y fómite del pecado, y si viene acompañada del consentimiento de la voluntad, siempre se ha de

contar entre los vicios, y está del todo prohibida así solo está vedado aquel apetito de codiciar que llama el

Apóstol concupiscencia de la carne, esto es aquellos movimientos antojadizos que ni están conformes con la

razón, ni respetan los límites señalados por Dios.

 

XI. Cómo conoceremos que la concupiscencia en pecado.

995. Esta concupiscencia está prohibida, o porque apetece lo malo, como adulterios, embriagueces,

homicidios y otras semejantes maldades enormes, de las que dice así el Apóstol: “No codiciemos cosas malas,

como aquellos las codiciaron”; o porque si bien no son malas por su naturaleza, existe con todo alguna

causa, por la cual es mal apetecerlas. De este género son todas las cosas que Dios o la Iglesia nos vedan poseer.

Pues no nos es lícito desear lo que no nos es lícito poseer; como era en la ley antigua el oro y la plata de que se

habían fabricado ídolos, y que el Señor había mandado en el Deuteronomio que no se codiciasen. También

se prohíbe esta concupiscencia viciosa, porque son de otros las cosas que se apetecen, como la casa, el siervo, la

esclava, la tierra, la mujer, el buey, el asno, y otras muchas, que siendo de otros prohíbe codiciarlas la divina

ley, y el deseo de tales cosas es malo, y se cuenta entre los pecados gravísimos cuando se consiente en tales

concupiscencias.

 

XII. En qué señaladamente consiste este pecado.

996. Esta concupiscencia natural, entonces es pecado, cuando después del impulso de los apetitos

desordenados se deleita el alma en las cosas malas y consiente en ellas, o no las resiste. Como lo enseña

Santiago, demostrando el origen y desarrollo del pecado por estas palabras: “Cada uno es tentado atraído y

halagado por su propia concupiscencia, luego habiendo la concupiscencia concebido, pare el pecado, y el

pecado siendo consumado engendra la muerte”.

 

XIII. Cuál es el sentido de estos dos últimos mandamientos.

997. Pues cuando manda esta ley ‘No codiciarás”, el sentido de estas palabras es, que reprimamos

nuestros deseos de lo ajeno. Porque el apetito de cosas ajenas es una sed inmensa e infinita que nunca se sacia,

según está escrito: ‘No se llenará el avariento de dinero”. Sobre lo cual dice así Isaías: “¡Ay de los que

juntáis casa con casa, y allegáis heredad a heredad!”. Mas con la explicación de cada una de las palabras

entenderá mejor la fealdad y gravedad de este pecado.

 

XIV. Qué debe entenderse aquí por el nombre de casa.

998. Para esto enseñará el Párroco, que por el nombre de casa se significa no sólo el lugar ¿donde

habitamos, sino también toda la hacienda, como consta del uso y costumbre de los Escritores sagrados. Porque

en el Éxodo se escribe que edificó el Señor casas a las parteras. Esto significa que acrecentó y aumentó sus

posesiones y haciendas. Y según esta interpretación vemos que por esta ley se nos prohíbe apetecer con ansia y

envidiar los bienes, el poder o nobleza ajena, contentándonos con nuestra suerte, ya sea humilde o noble. Y así

mismo debemos entender que se nos prohíbe el deseo del esplendor ajeno, porque también esto pertenece a la

casa.

 

XV. Qué se entiende por los nombres de buey o asno.

999. Lo que después sigue: “Ni el buey, ni el asno”, nos manifiesta que no sólo no nos es permitido

apetecer las cosas grandes como la casa, nobleza, y gloria, siendo ajenas, mas ni las pequeñas tampoco cuales

son las nombradas, sean o no vivientes.

 

XVI. De qué siervos se habla en este mandamiento.

1000. Sigúese luego: “Ni el siervo”. Esto debe entenderse así de los esclavos como de cualquier

condición de siervos, los cuales no debemos codiciar como todos los demás bienes ajenos. Tampoco debe nadie

sobornar o solicitar de palabra, o con esperanzas, promesas, premios, ni de otro modo, que los hombres libres

que sirven de su voluntad, o por su salario, o movidos de amor y respeto, dejen aquellos a quienes libremente

se obligaron; antes bien si desamparan a sus amos antes de cumplir el tiempo por el que se obligaron a

servirlos se les ha de amonestar en virtud de esta ley, a que del todo vuelvan a sus dueños.

 

XVII. Por qué se hace también mención del prójimo.

1001. Si se hace mención en este mandamiento del prójimo, esto tiene por objeto señalar lo que es muy

frecuente entre los hombres, los cuales suelen codiciar las tierras que están cerca de las suyas, las casas vecinas,

y cosas semejantes que les están próximas. Pues la vecindad, que se considera como parte de la amistad, se

cambia de amor en aborrecimiento, por causa de la codicia.

 

XVIII. No quebranta esta ley quien desea comprar las cosas por su justo precio.

1002. Más de ninguna manera quebraran este precepto los que quieren comprar, o de hecho compran

por su justo precio las cosas, que los prójimos exponen a la venta. Pues éstos no sólo no hacen daño al prójimo,

mas le proporcionan mucho provecho, porque les será más útil, y tendrá más cuenta el dinero que le dan, que

las cosas que vende.

 

XIX. Cómo se ha de entender el mandamiento de no codiciar la mujer del prójimo.

1003. A la ley de no codiciar las cosas ajenas se sigue la otra de no codiciar tampoco la mujer del

prójimo. Por esta ley no sólo se entiende prohibida aquella maldad conque apetece el adúltero la mujer ajena,

sino también aquella con que aficionado uno a la mujer de otro desea contraer matrimonio con ella. Porque

como en aquel tiempo era permitido el libelo de repudio, podía fácilmente acaecer que la repudiada por uno

se casase con otro. Más el Señor prohibió esto, para que ni los maridos fuesen solicitados para despedir las

mujeres, ni ellas se hiciesen molestas y enfadosas a los maridos, que se viesen éstos como precisados a

repudiarlas. Ahora es pecado más grave, pues no puede la mujer, aunque la repudie el marido, casarse con

otro, hasta que él haya muerto. Y el que codiciare la mujer ajena, presto pasaría de un mal deseo a otro, pues

querrá o que se muera su marido, o adulterar con ella.

1004. Esto mismo se dice de aquellas mujeres que están ya desposadas con otro, que nf tampoco a éstas

es licito codiciar. Pues los que procuran deshacer estos contratos, quebrantan el santísimo lazo de la fidelidad.

Y del mismo modo que está del todo prohibido codiciar la mujer casada con otro, así también es maldad

enorme desear aquella que está consagrada al culto de Dios y a la religión.

 

XX. No quebranta esta ley el que pretende casarse con la que juzga soltera.

1005. Pero si deseara uno contraer matrimonio con una que es casada, mas él juzga que es soltera, y que

si supiera que era casada, de ningún modo la pretendería (como leemos acaeció a Faraón y Abimelec, que

desearon casarse con Sarai, pensando que era soltera y hermana de Abrahm, no su mujer) el quede cierto

tuviese tal ánimo, no parece violaría la ley de este precepto.

 

XXI. De lo que se manda hacer por este mandamiento.

1006. Y para que el Párroco descubra los remedios acomodados para curar este vicio de la codicia debe

explicar la segunda parte del mandamiento. Esta consiste, en que si las riquezas abundan, no pongamos el

corazón en ellas; y que por amor de la piedad y servicio de Dios, estemos prontos a renunciarlas,

empleándolas de buena gana en aliviar las miserias de los pobres, y en fin que si faltaren, suframos la pobreza

con igualdad y alegría de ánimo. A la verdad si fuésemos generosos en dar nuestras cosas, apagaríamos la sed

de las ajenas. Acerca de las alabanzas de la pobreza y menosprecio de las riquezas fácilmente podrá recoger el

Párroco muchas de las sagradas Letras, y de los santos Padres, para enseñar al pueblo fiel. También se

manda por esta ley, que con afecto ardiente y ansias vivas deseemos se haga, no precisamente lo que nosotros

queremos, sino lo que quiere Dios, según se expone en la oración Dominical.

La voluntad de Dios señaladamente está en que de un modo especial seamos santos, y en que

conservemos nuestra alma sencilla, limpia y libre de toda mancha, en que nos empleemos en aquellos ejercicios

espirituales e intelectuales, que mortifican los sentidos del cuerpo, en que domados los apetitos, y guiados por

la luz de la razón, sigamos el camino recto de la vida. Además de esto, que refrenemos el ímpetu y la violencia

de aquellos sentidos, que dan ocasión y materia con que se puedan fomentar nuestras concupiscencias y

liviandad.

 

XXII. Qué deben los cristianos meditar principalmente para reprimir el ímpetu de la concupis-

cencia.

1007. Más para apagar el ardor de los apetitos será muy provechoso considerar los daños que de ellos

provienen. El primero es, cuando nos dejamos vencer de semejantes concupiscencias, reina en nuestra alma el

pecado con suma fuerza y poder. Por esto amonesta el Apóstol: “No reine el pecado en vuestro cuerpo mortal,

de modo que obedezcáis a sus concupiscencias”. Porque así como resistiendo a los apetitos, se quebrantan las

fuerzas del pecado, así rindiéndonos a ellos, despojamos de su reino al Señor, y colocamos al pecado en su

lugar.

1008. El segundo daño es, que de esa fuerza de codiciar manan como de fuente todos los pecados, según

dice Santiago, y San Juan enseña también: “Todo cuanto hay en el mundo es codicia de la carne, codicia de

los ojos, y soberbia de la vida”.

1009. El tercero es, que con esas codicias se obscurece el recto juicio de la razón, y obcecados los

hombres con estas tinieblas de sus apetitos, juzgan santo y bueno todo lo que desean. Sobre todo esto, en virtud

de ese ímpetu es sofocada la palabra divina sembrada en nuestras almas por aquel gran labrador, Dios. Porque

así está escrito en San Marcos: “Otros hay, en quienes se siembra, como entre espinas. Estos son los que oyen

la palabra; mas las congojas del siglo, el engaño de las riquezas, y las codicias que van introduciéndose

acerca de otras cosas, sofocan la palabra y se hace infructuosa”.

 

XXIII. Quiénes son los más enredados con los lazos de este vicio.

1010. Pero los que sobre todo son víctimas del vicio de la concupiscencia, y a quienes debe el Párroco

amonestar con más diligencia a la observancia de este mandamiento, son los que se deleitan en pasatiempos no

honestos, los que juegan sin moderación, los comerciantes también que desean carencia de provisión y carestía

de cosas, y sienten que haya otros fuera de ellos, que vendan o compren, para poder ellos vender más caro o

comprar más barato, y pecan igualmente, los que desean que otros estén en necesidad para hacer ellos sus

ganancias venciendo o comprando.

1011. Pecan asimismo los soldados que desean guerras para poder robar. Los médicos que quieren que

haya enfermos, y los abogados que apetecen abundancia y copia de demandas y pleitos. Además de éstos, los

artesanos que ansiosos de ganancias desean escasez de las cosas pertenecientes al sustento y vestido, para

conseguir con eso mayores ganancias.

1012. Pecan también gravemente sobre esto los sedientos de alabanza y gloria ajena» y que la apetecen

no sin algún perjuicio de la fama del prójimo, mayormente si los que la codician, son perezosos y nombres

indignos de toda estimación. Porque la fama y gloria es premio de la virtud y diligencia no de la flojedad y

pereza.

 

 

CUARTA PARTE

LA ORACIÓN EN GENERAL

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[Capítulo 1] Necesidad de la oración

[1] Dada la necesidad que los fieles tienen de hacer oración para salvarse, y visto que pocos saben cómo

hacerla fervorosamente, debe el párroco enseñarles cómo se debe orar, qué deben pedir a Dios, y cuáles son las

condiciones de la buena oración; todo lo cual se encuentra contenido en la oración dominical que Nuestro

Divino Salvador enseñó a sus apóstoles.

[2] 1º En primer lugar, la oración es necesaria para salvarse: • por ser un mandato expreso y

riguroso de nuestro Señor Jesucristo mismo: «Conviene orar siempre» (Lc. 18 1.), el cual además fue modelo

de nuestra oración, enseñándonos a orar con el ejemplo; • y por exhortación de los Apóstoles, especialmente de

San Pedro (I Ped. 4 7.), de San Juan (I Jn. 3 22.) y de San Pablo (Rom. 6 26; Fil. 4 6.).

[3-4] 2º En segundo lugar, la oración es necesaria por las múltiples necesidades de alma y de

cuerpo que tenemos, y que sólo podemos remediar pidiendo humildemente a Dios que nos conceda todo

cuanto precisamos, ya que El no nos debe nada; sobre todo sabiendo que hay ciertas cosas que sólo la oración

puede alcanzar (Mt. 17 21.). Por eso, quien se priva de la oración humilde, fervorosa y perseverante, se priva de

un gran número de gracias especiales.

[Capítulo 2] Utilidad de la oración

La oración es sumamente útil por la gran cantidad de frutos que produce.

[1] 1º Primer fruto: por ella honramos a Dios de varios modos, profesando que El es la fuente de

todo bien, que sólo en El esperamos, que sólo a El debemos todo cuanto tenemos, y que estamos sujetos a El.

Por eso, al ser la oración un medio de honrar a Dios, se la compara en las Sagradas Escrituras al incienso (Sal.

90 2.).

[2] 2º Segundo fruto: los divinos dones que por ella recibimos: tener por guía y protector al

Espíritu Santo, la conservación y pureza de la fe, la liberación de las penas, la divina gracia en las tentaciones y

la victoria sobre el diablo, y el gozo espiritual que la obtención de esos bienes nos produce (Jn. 16 24.). [3-5]

Las Sagradas Escrituras demuestran con numerosos y conocidos ejemplos cómo Dios atiende y escucha estas

peticiones de bienes que le hacemos (Is. 58 9; 65 24; Sal. 144 18; Prov. 15 29.); y si a veces Dios no concede lo

que pedimos es, o porque no nos es necesario ni provechoso, o porque nos sería perjudicial, o porque oramos

con tanta tibieza y distracción que no elevamos realmente el alma a Dios y damos a entender que no queremos

realmente lo que pedimos. Por el contrario, a los que piden con atención y cuidado, el Señor los escucha con

prontitud, y les concede mucho más de lo que han pedido, como lo muestra el ejemplo del hijo pródigo (Lc. 15

11ss.) y lo declara San Pablo (Ef. 3 20.).

[6-9] 3º Tercer fruto: la práctica y aumento de todas las virtudes, sobre todo: • la fe, pues al

rezar profesamos nuestra creencia en el cuidado y providencia de Dios; • la confianza, al invocar a nuestro

Padre benignísimo a fuer de hijos; • la gratitud, haciéndonos reconocer cada día más y alabar su bondad para

con nosotros; • la caridad, pues al reconocer a Dios como autor de todos nuestros bienes, nos excitamos con

más vehemencia a amarle y reverenciarle; • la perseverancia en los buenos deseos, que hace que deseemos

ardientemente lo que pedimos y se nos comuniquen aquellos dones que nuestra alma pobre y mezquina no era

antes capaz de recibir; • la humildad, reconociendo que sin el auxilio de la divina gracia nada pueden conseguir

nuestras obras; • la fortaleza contra los enemigos irreductibles de nuestra naturaleza.

[10] 4º Cuarto fruto: nos da deseos de santificarnos y de limpiarnos de todo pecado, al

convertir a Dios en el objeto de nuestros pensamientos.

[11] 5º Quinto fruto: aplacar la ira de Dios, pues nada hay que aplaque tanto a Dios encolerizado,

como las oraciones de las personas piadosas (Ex. 32 10.).

413[Capítulo 3] Partes y grados de la oración

[1-3] 1º Las partes de la oración son: la súplica, la oración, la petición y la acción de gracias (I Tim.

2 1.). Entre estas cuatro, dos son las principales: la petición y la acción de gracias, pues nos dirigimos a Dios

con el fin de alcanzar de El alguna cosa o darle gracias por los beneficios recibidos. Estas dos partes de la

oración las vemos como necesarias, tanto porque así Dios lo ha manifestado (Sal. 94 15.), como por el

conocimiento que tenemos de todos los beneficios divinos ya recibidos (I Cor. 4 7.) y de cuán inclinada está la

voluntad de Dios y su bondad a concedernos nuevos favores. Sin embargo, en esta petición y acción de gracias

hay diversos grados.

[4] 2º Los grados de oración. — a) El primer grado de la oración, y el mejor modo de orar, es el de

las almas animadas por una profunda fe y ardiente caridad; estas almas piden con humildad, de corazón, y

con la esperanza firme de recibir lo que piden; y exponen a Dios sus necesidades con la confianza de un hijo

hacia su padre (Sal. 141 3; I Rey. 1 15; Sal. 61 9; 54 23.).

[5] b) El segundo grado de orar, más imperfecto, es el de aquellos que, aunque se ven dominados por

pecados mortales y les cuesta levantarse de la tierra, en virtud de la fe llamada muerta reconocen sus pecados y

se arrepienten sinceramente de ellos y hacen esfuerzos por levantarse y subir hasta Dios. El Señor acepta esta

oración, como aceptó la del publicano (Lc. 18 10.), y nos invita a ella con la mayor dulzura y misericordia (Mt.

11 28.).

[6] c) El tercer grado de orar es el de quienes todavía no han recibido la luz de la fe, pero se excitan

sinceramente en el deseo y amor de la verdad; los cuales, si perseveran en esta disposición, su deseo no es

rechazado por la divina misericordia, como no rechazó el deseo del centurión Cornelio (Act. 10 2-3.).

[7] d) El cuarto grado de oración es el de quienes no sólo no se arrepienten de sus pecados y maldades,

sino que añaden pecados a pecados. Dios no oye su oración mientras perseveren en esta perversa actitud (II

Mac. 9 13.).

[Capítulo 4] Cosas que deben pedirse

[1] Deben pedirse en la oración todas aquellas cosas justas y honestas que el hombre puede desear

rectamente (Jn. 15 7; 16 23.); en particular:

[2] 1º Deben pedirse absolutamente la gloria de Dios y todos aquellos bienes que nos puedan unir a

Dios, como la fe, el temor de Dios y la caridad; mas deben apartarse de la súplica aquellas cosas que comportan

algún motivo de separación de Dios.

[3-5] 2º Deben pedirse condicionalmente aquellos bienes que, aunque buenos en sí mismos, pueden

ser obstáculo a la gloria de Dios o a nuestra salvación (Gen. 28 20-21; Prov. 30 8.), ya se trate de bienes

corporales (salud, vigor corporal, hermosura, riquezas), ya de bienes espirituales (talentos, ciencia, honores,

fama). Estos bienes deben pedirse tan sólo: • en la medida en que nos sean necesarios; • si han de sernos útiles

para la gloria de Dios y nuestra salvación; • sin apegar a ellos el corazón (I Cor. 7 30-31; Sal. 61 11.); • y sin

olvidar que se nos conceden para servir más fácilmente a Dios y favorecer a nuestro prójimo.

[Capítulo 5] Por quiénes se ha de pedir

[1] 1º La petición. — Se debe orar por todos sin excepción, aunque se trate de extranjeros, infieles o

enemigos, pues son nuestro prójimo, al que debemos amar por mandato de Dios (I Tim. 2 1.). Y hay que pedir

para ellos: primero, las cosas referentes a la salud del alma; y luego, las referentes a la salud del cuerpo.

[2-5] Hay que orar más especialmente: • por los pastores de almas: Papa, obispos y párrocos, directores

espirituales, etc. (Act. 12 5.); • por los reyes y gobernantes (I Tim. 2 2.); • por las personas buenas y piadosas;

por nuestros adversarios (Mt. 5 44; I Cor. 4 12.); • por los enemigos de la Iglesia: para que los infieles

reciban la luz de la fe, los idólatras salgan del error de la impiedad, los judíos sean librados de su ceguera, los

herejes vuelvan a la Iglesia y a la pureza de la fe, y los cismáticos a la comunión de la Iglesia y de la caridad;

por los fieles difuntos; • por los que mueren impenitentes, aunque poco o nada suelen aprovecharles las

oraciones y sufragios.

[6] En cuanto a las maldiciones de varones santos pronunciadas contra impíos (Sal. 6; 78; 108; Is. 2; Jer. 10

25.), son o predicciones de males futuros, o van dirigidas contra el pecado, dejando a salvo las personas.

[7-8] 2º La acción de gracias. — Consiste en tributar alabanzas a Dios por los innumerables

beneficios que diariamente hace a los hombres, especialmente por la victoria y triunfo del Señor en los Santos.

Entre estas acciones de gracias ocupa el primer lugar las alabanzas que dirigimos a Dios por las gracias que

414otorgó a la Santísima Virgen María, a la que adornó con las mayores prerrogativas de sus divinos dones; y las

felicitaciones que dirigimos a la misma Virgen por esta dicha singular. Por eso la Iglesia se complace en repetir

muchas veces la Salutación Angélica, a la que añade algunas otras preces en nuestro favor; y le dirige otras

oraciones para implorar el auxilio de la Santísima Virgen, cuya voluntad de favorecer al humano linaje no tiene

límites.

[Capítulo 6] A quiénes se debe orar

[1-2] En primer lugar la oración debe dirigirse a Dios, para invocar su santo Nombre (Sal. 49 15.). En

segundo lugar debe invocarse también a los Santos que están en el cielo, a cuyo auxilio recurrimos. [3-4] Sin

embargo hay que tener en cuenta que el modo de invocar a Dios y a los Santos es distinto: a Dios le pedimos

que El mismo nos dé bienes o nos libre de males, mientras que a los Santos sólo los invocamos para que, por su

valimiento ante Dios, sean nuestros intercesores ante el Señor (Apoc. 8 3-4.). Por eso, nunca debe atribuirse de

más a algún Santo lo que es propio de Dios.

[Capítulo 7] Preparación que debe hacerse para orar

[1] Dos obstáculos principales impiden que la oración sea fructuosa: el obrar mal aunque se pida bien, y

el estar distraído mientras se habla con Dios. Por eso, es menester preparar el alma para la oración (Eclo. 18

23.); y esta preparación se hace por las siguientes disposiciones:

1º Ante todo por un espíritu humilde y obediente, que reconoce sus pecados y se arrepiente de ellos

(Sal. 101 18; Eclo. 35 21.), como lo muestra el ejemplo del publicano (Lc. 18 13.) y de la pecadora arrepentida

(Lc. 7 37-38.); pues el que a Dios se acerca con pecados es indigno, no sólo de alcanzar algo de Dios, sino

incluso de ponerse en su presencia para orar.

[2] 2º En segundo lugar, por la mansedumbre y misericordia, evitando: los homicidios y modos

violentos con el prójimo (Is. 1 15.), la ira y la disensión (I Tim. 2 8.), el no perdonar las injurias (Mc. 11 25; Mt.

6 11.), la dureza de corazón y aspereza con los pobres (Prov. 21 13.), la soberbia (I Ped. 5 5.), y el menosprecio

de la palabra de Dios (Prov. 28.); pues todos esos pecados impiden sobremanera que Dios acceda a lo que

pedimos en la oración.

[3] 3º En tercer lugar, por la fe (Rom. 10 14.), sin la cual no podemos conocer el poder eterno de Dios,

ni su misericordia, ni tener por lo tanto la confianza necesaria para orar (Mt. 21 22.). Al contrario, si tenemos

la fe y la esperanza cierta de alcanzar lo que pedimos, lo conseguiremos de Dios (Sant. 1 6.). [6] Por eso hay que

pedir a Dios que aumente nuestra fe (Lc. 17 5; Mc. 9 23.), y nosotros, por nuestra parte, hemos de hacer todo lo

posible para conformar a la voluntad de Dios todos nuestros pensamientos, obras y oraciones (Jn. 15 7.). [4-5]

Los motivos de esta fe son: • la misma bondad de Dios hacia nosotros, manifestada al mandarnos que lo

llamemos Padre (Mt. 23 9.); • el gran número de personas que por la oración obtuvieron beneficios de Dios;

la intercesión de Cristo nuestro Señor (I Jn. 2 1-2; Rom. 8 34; I Tim. 2 5; Heb. 2 17.); • el mismo Espíritu

Santo, que es el que nos mueve a orar y ayuda a nuestra flaqueza (Rom. 8 15; Gal. 4 6.).

[Capítulo 8] Modo requerido para orar

[1] Muchas veces no conseguimos lo que pedimos porque pedimos mal (Sant. 4 3.). Por lo tanto,

importa saber el modo correcto para orar bien.

[1-5] 1º Débese orar en espíritu y en verdad (Jn. 4 23.), esto es, con el afecto íntimo y ardiente del

alma. Y aunque este modo de orar no excluye la oración vocal, ha de darse preferencia a la oración nacida de un

espíritu fervoroso, la íntima nacida del corazón, aunque no se exprese con palabras (I Rey. 1 10, 13, 27.). Se ha

de observar aquí: • que la oración vocal es útil para excitar los afectos del que ora; • que la oración vocal es más

necesaria en la oración pública que en la oración privada; • que en la oración vocal deben huirse dos excesos: —

la locuacidad o vano sonido de palabras propio de los infieles, que no hay que confundir con las oraciones

largas de un espíritu fervoroso, y que nuestro Señor mismo practicó (Lc. 6 12; Mt. 26 41, 42, 44.); — y la

hipocresía o deseo de ser visto por los hombres (Mt. 6 5-6.).

[6] 2º Débese orar con perseverancia, sin desfallecer al ver que no alcanzamos al punto lo que

pedimos. Nuestro Señor, en el Evangelio, manifestó repetidas veces que desea esta nuestra perseverancia en la

oración, si queremos ser escuchados (Lc. 18 1-3; I Tes. 5 17.).

415[7] 3º Debemos pedir en nombre de Cristo, nuestro abogado, para que nuestras oraciones se

revistan de la eficacia de las súplicas de Cristo, que son siempre oídas por el Padre celestial (Jn. 14 13; 16 23-

24.).

[8] 4º Debemos orar con fervor, y acompañando la oración con la acción de gracias (I Cor. 14 17-18;

Ef. 5 19-20; Col. 3 17.).

[9] 5º Finalmente, debemos añadir la limosna y el ayuno a la oración: • el ayuno, íntimamente

ligado a la oración (Tob. 12 8.), a fin de que nuestro espíritu se vea más despejado para rezar; • y la limosna,

para que Dios nos haga como nosotros hacemos al prójimo. Como al pecar ofendemos a Dios, o injuriamos al

prójimo, o nos perjudicamos a nosotros mismos, con la oración borramos las ofensas hechas a Dios, con la

limosna las injurias hechas al prójimo, y con el ayuno las manchas propias de nuestra vida.

 

CAPÍTULO I

DE LA ORACIÓN Y DE SU NECESIDAD

I. Cómo debemos orar a Dios.

1013. En el oficio y ministerio pastoral es muy necesaria para la salud del pueblo fiel la doctrina de la

oración cristiana, puesto que necesariamente desconocerán muchos su virtud y el modo de hacerla, si no son

instruidos por la piadosa y solícita diligencia del Pastor. Por esta razón debe poner el Párroco particular

cuidado, para que entiendan los fieles qué deben pedir a Dios, y de qué modo se debe orar. Todo cuanto se

puede desear para este efecto, está contenido en aquella divina fórmula de plegaria que Cristo Señor nuestro

quiso enseñar a sus Apóstoles, y por ellos y sus sucesores a cuantos profesasen la religión cristiana, cuyas

palabras y sentencias de tal modo se deben imprimir en el corazón y en la memoria, que las tengamos siempre

muy presentes.

1014. Y para que los Párrocos tengan abundante doctrina con que instruir a los fieles en el modo de

orar, hemos propuesto aquí lo que nos ha parecido más a propósito, sacado de aquellos escritores cuya doctrina

y erudición goza de fama en esta materia, pues lo demás que fuere menester, de las; mismas fuentes lo podrán

tomar los Pastores.

 

II. La oración es necesaria para salvarse.

La necesidad de la Oración; he ahí una verdad confesada unánimemente porque todos los que conocen

la naturaleza de la religión cristiana.

1115. Lo primero que debe proponerse es la necesidad que tenemos de la oración. Que ésta se necesaria

nos lo prueba el mismo modo con que se nos intima, el cual no es a manera de consejo sino como un precepto

obligatorio, según lo declaró Cristo Señor nuestro en aquellas palabras: “Es menester orar siempre”.

1016. Y la misma Iglesia demuestra también esta necesidad de la oración en aquel como proemio de la

Oración Dominical: “Amonestados con preceptos saludables, y enseñados por divina institución, nos

atrevemos a decir”. Siendo, pues necesaria la oración a los cristianos, el mismo Hijo de Dios, habiéndole

pedido sus discípulos: “Señor enséñanos a orar”, les ordenó la forma de orar, y les dio esperanza de

alcanzar lo que pidiesen.

1017. El mismo Señor nos mostró con su ejemplo la necesidad de la oración, pues no sólo oraba de

continuo, sino que pasaba orando las noches enteras.

1018. No descuidaron después los Apóstoles de dar preceptos y reglas sobre este ejercicio a los que se

convertían a la fe de Jesucristo. Porque San Pedro y San Juan amonestan y exhortan a ella con diligencia

suma, y teniendo presente esto mismo el Apóstol, nos encomienda en muchos lugares esta saludable

necesidad de la oración.

 

III. Cómo se demuestra la necesidad de la oración.

1019. Además de esto, son tantas nuestras necesidades para la conservación, así del cuerpo como del

alma, que indispensablemente debemos recurrir a la oración como a único asilo, y la mejor intérprete de

nuestras necesidades y conciliadora de cuánto hemos menester. Porque como Diosa nadie debe nada, no

queda a la verdad otro recurso que pedirle con súplicas humildes lo que necesitamos, pues estas oraciones son

como el instrumento que su Majestad nos dio para conseguir lo que deseamos.

 

IV. No tenemos otro medio para subvenir todas nuestras necesidades fuera de la oración.

1020. Es manifiesto que muchas cosas no pueden alcanzarse sino mediante la oración. Porque las

oraciones sagradas tienen la excelente virtud de que por ellas señaladamente son lanzados los demonios. Pues

hay cierta clase de demonios que no podemos librarnos de ellos sino mediante la oración y el ayuno. Por

tanto, se privan a sí mismos de grandes riquezas, de singulares dones, los que no se valen de esta santa

costumbre y ejercicio de orar devota y diligentemente. Y a la verdad para conseguir lo que deseamos, precisa

que oremos no sólo devota, sino también continuamente, pues como dice San Jerónimo: “Escrito está: a

todo el que pide, se da; luego si a ti no se te da, es porque no pides. Pedid, pues, y recibiréis”.

 

CAPÍTULO II

DE LA UTILIDAD DE LA ORACIÓN

I. Cuál es el primer fruto de la oración.

1021. Pero esta necesidad va acompañada de la más agradable utilidad. Ella produce copiosísimos

frutos, cuyo conocimiento adquirirán fácilmente los Pastores con el estudio de los Santos Padres, cuando

tengan necesidad de comunicarlos a los fieles. De esa abundancia hemos escogido nosotros los que han

parecido más acomodados a este tiempo. El primer fruto que sacamos de la oración, consiste en que con ella

honramos a Dios. Porque la oración es prueba clara de la virtud de religión, y en las sagradas Escrituras se

compara al perfume más suave. “Suba, Señor, mi oración, dice el Profeta, así como el incienso delante de

ti”. Por ella protestamos nuestra sujeción a Dios, al cual reconocemos y predicamos como a principio y

fuente de todo nuestro bien, en quien sólo esperamos, y que a él sólo tenemos por único refugio y defensa de

nuestra seguridad y salud. Este fruto nos recuerdan también aquellas palabras: “Llámame en el día de la

tribulación, Yo te libraré, y tú me honrarás”.

 

II. Del segundo fruto de la oración.

1022. Síguese otro fruto amplísimo y dulcísimo de la oración, el cual consiste en que nuestras oraciones

son oídas por Dios. Porque según sentencia de San Agustín: “La oración es llave del Cielo. Sube la petición, y

baja la misericordia divina. Baja es la tierra, y alto el cielo, con todo oye Dios la plegaria del hombre”. Tan

grande es la virtud, tanta la ―utilidad de este ejercicio, que por él conseguimos las riquezas de los dones del

cielo. Porque alcanzamos para nosotros tener por guía y protector al Espíritu Santo, logramos la conservación y

firmeza de la fe, y la exención de las penas, el auxilio de Dios en las tentaciones y la victoria contra el demonio.

También en la oración se halla una plenitud muy cumplida de singular gozo, por esto decía así el Señor: “Pedid,

y recibiréis, para que vuestro gozo sea, cumplido”.

 

III. Siempre oye Dios las oraciones piadosas.

1023. Y no debemos tener la menor duda, de que acude con prontitud la benignidad de Dios a nuestras

peticiones. Comprueban esto muchos testimonios de la Escritura divina, que por ser obvios, sólo a manera de

ejemplo recordaremos estos de Isaías: “Entonces, dice, llamarás, y el Señor te oirá, clamaros y dirá: Heme

aquí presente”. Y en otra parte: “Y sucederá, que antes que llamen, los oiré; en el mismo tiempo que

estuvieren hablando, les acudiré”. Omitimos los ejemplos de aquellos que con sus oraciones alcanzaron de

Dios lo que pedían; porque son casi infinitos y a todos conocidos.

 

IV. Por qué no alcanzamos muchas veces lo que pedimos.

1024. Pero algunas veces sucede que no alcanzamos lo que pedimos a Dios. Es así, mas entonces mira

con especial amor por nuestro bien. Porque o nos concede otras gracias mayores y más excelentes, o no nos es

necesario ni provechoso lo que pedimos, antes nos sería acaso superfluo y dañoso si lo concediera. Porque

algunas cosas, dice San Agustín, niega el Señor propicio, que concede airado”. Muchas veces también

hacemos la oración con tal tibieza y flojedad, que ni nosotros mismos sabemos lo que decimos. Siendo la

oración elevación del alma a Dios, si la atención que en ella debe enderezarse a su Majestad, anda vagueando

de una parte a otra, y se pronuncian las palabras de la plegaria sin consideración, ligeramente y privadas de

devoción, ¿cómo diremos que es oración cristiana el sonido vano de tales peticiones? Por esto de ninguna

manera se debe extrañar que Dios no atienda a nuestros ruegos, cuando aun nosotros mismos damos a

entender que no queremos lo que pedimos, por el descuido grande y la poca atención con que oramos, o

pedimos lo que nos ha de dañar.

 

V. Los que piden bien alcanzan más de lo que pretenden.

1025. Por el contrario, a los que piden atenta y devotamente les concede el Señor mucho más de lo que

le piden. Así lo afirma el Apóstol a los de Éfeso, y se declara con la parábola del hijo Pródigo, el cual pensó

sería una gracia muy crecida le admitiera su Padre entre sus jornaleros; aunque si pensamos con rectitud, aun

sin pedir, nos llena Dios de su gracia, no sólo con abundancia de dones, sino con la prontitud en concederlos,

como lo demuestran las Sagradas Letras con las siguientes palabras: “El Señor atendió al deseo de los

pobres”; ya que el Señor atiende a los deseos internos y secretos de los necesitados, sin aguardar a que

pronuncien palabra alguna.

 

VI. Cuál es el tercer fruto de la oración.

1026. A éstos se junta aquel fruto de que con la oración se ejercitan y aumentan las virtudes, y señala-

damente la fe. Porque así como no oran bien los que no creen en Dios: “¿Cómo, pues, me creerán, dice, a aquel

en quien no creyeron?”. Así, los fieles cuando oran con más fervor, tienen mayor y más cierta fe del cuidado

y providencia de Dios, el cual especialmente quiere de nosotros que, fiándonos del todo en él, le pidamos

cuanto necesitemos.

 

VII. Por qué sabiendo Dios nuestras necesidades quiere se las expongamos.

1027. Cierto es que Dios pudiera darnos con abundancia todas las cosas sin pedírselas, ni aun pensando

nosotros en ellas, así como provee a los animales que carecen de razón de todo lo necesario para la

conservación de su vida. Mas el benignísimo Padre quiere ser invocado por sus hijos, quiere que pidiendo cada

día, pidamos con más confianza, deseando que conseguido lo que pedimos, testifiquemos y ensalcemos más

cada día su inmenso amor hacia nosotros.

 

VIII. Cómo en la oración se ejercita la caridad.

1028. También se aumenta la caridad. Pues como en la oración reconocemos a Dios por autor de todos

nuestros bienes y utilidades, le amamos con todo el afecto que podemos. Y así como los que se aman se

encienden más en el amor con el trato y comunicación, así los justos cuanto con más frecuencia ofrecen a Dios

sus súplicas, e imploran su benignidad, como conversando con él, como que experimentan aumento de gozo

cada vez que oran, por lo mismo son movidos a amarle y reverenciarte con más afecto.

 

IX. Con la perseverancia en la oración nos hacemos dignos de la divina gracia y adquirimos hu-

mildad y fuerzas contra el demonio.

1029. Quiere además de esto el Señor que frecuentemos la oración para que inflamados con el deseo de

pedir lo que solicitamos, aprovechemos tanto con esta continuación y afectos, que nos hagamos dignos de que

se nos comuniquen aquellos dones, que nuestra alma no podía recibir por su flaqueza y estrechez. Quiere

asimismo el Señor, que entendamos y confesemos, lo cual en verdad es así, que si somos desamparados del

socorro de su divina gracia, nada podemos conseguir con nuestras fuerzas, y por tanto, que con todo nuestro

afecto nos ejercitemos en la oración. Mas para lo que en gran manera son muy poderosas las armas de la

oración, es contra los capitales enemigos de nuestra naturaleza, pues dice San Hilario: “Contra el diablo y sus

maquinaciones hemos de pelear con el sonido de nuestras oraciones”.

 

X. Cuál es el cuarto fruto de la oración.

1030. Además, con la oración conseguimos aquel excelente fruto que consiste en que, no obstante

hallarnos inclinados al mal por efecto de nuestra depravada naturaleza, sufre el Señor ser objeto de nuestros

pensamientos, y esto a fin de que mientras oramos y le pedimos sus dones, consigamos la santificación de

nuestra voluntad y nos purifiquemos de las manchas de todos los pecados.

 

XI. Del último fruto de la oración.

1031. Últimamente, la oración, según sentencia de San Jerónimo, hace resistencia a la ira divina. Así

habló el Señor a Moisés: “Déjame”. Porque queriendo castigar al pueblo por sus pecados, le detenía Moisés

con su oración; pues nada aplaca tanto a Dios airado, o dispuesto ya a castigar a los malos, ni nada mitiga y

contiene tanto su enojo, como las oraciones de los buenos.

 

CAPÍTULO III

DE LAS PARTES Y GRADOS DE LA ORACIÓN

I. De qué partes consta la oración cristiana.

1032. Explicada ya la necesidad y utilidad de la oración cristiana, es menester que sepa el pueblo fiel de

cuántas y cuáles partes se compone esta oración. Porque esto pertenece a la perfección de este ejercicio, según

lo afirma el Apóstol, quien exhortando, en la epístola a Timoteo, a orar devota y santamente, cuenta con

diligencia las partes de la oración, diciendo: “os ruego que ante todo se hagan suplicaciones, oraciones,

peticiones y yacimientos de gracias por todos los hombres”. Mas por ser sutil la diferencia que existe entre

estas partes, si juzgaren los Párrocos que conviene explicarla a los fieles, consultarán a los santos Padres, y

señaladamente a San Hilario y a San Agustín.

 

II. De la petición y acción de gracias.

1033. Mas por ser la petición y acción de gracias las dos partes principales de la oración, de las cuales

como de principio dimanan las demás, juzgamos que éstas de ninguna manera deben omitirse. Porque nos

dirigimos a Dios, para que adorándole y reverenciándole, o alcancemos de su Majestad alguna cosa, o le demos

gracias por los beneficios con que continuamente somos favorecidos por su benignidad. Una y otra parte de la

oración es muy necesaria, como el mismo Señor lo declaró por David con aquellas palabras: “Llámame en el

día de la tribulación, Yo te libraré, y tú me honrarás”. Cuán grande sea la necesidad que tenemos de la

largueza y bondad de Dios, ¿quién lo ignora al considerar la suma desdicha y miseria de los hombres?

 

III. De la grande benignidad y largueza, de Dios para con los hombres.

1034. Pero lo muy Inclinada que está hacia los hombres la voluntad de Dios, y lo muy extendida su

benignidad sobre nosotros, todos lo deben reconocer, si no están ciegos y privados de juicio. Pues a cualquier

parte que volvamos los ojos, doquiera que apliquemos la consideración luego se nos manifiesta la luz maravi-

llosa de la largueza y benignidad divina. ¿Qué tienen los hombres, que no haya dimanado de la largueza de

Dios? Y si todas las cosas son dones y dádivas de su bondad, ¿cómo no emplean todas sus fuerzas todas

para celebrar con sumas alabanzas, y dar inmensas gracias a tan generosísimo Señor? Mas cada uno de estos

ejercicios, así el de pedir alguna cosa a Dios, como el de darle gracias, tiene muchos grados, de los cuales uno es

más alto y más perfecto que otro. Y así, para que el pueblo fiel no sólo haga oración, sino que la haga del mejor

modo que pueda, le propondrán los Pastores el modo de orar más levantado y más perfecto, y le exhortarán a

ejercitarle con el mayor cuidado que pudieren.

 

IV. Cuál es el modo más perfecto de orar, y el grado sumo de la oración.

1035. ¿Cuál es el mejor modo de orar, y el sumo grado de la petición? Aquel de que usan los virtuosos y

justos, los cuales apoyados sobre el fundamento firme de la verdadera fe, van subiendo por ciertas gradas de

oración hasta aquel lugar desde donde pueden contemplar el infinito poder, la inmensa benignidad y sabiduría

de Dios, y donde tienen también esperanza certísima de que al presente conseguirán todo cuanto pidieren, y

después aquella abundancia de inexplicables bienes, que Dios prometió dar a los que imploren el socorro

divino piadosa y cordialmente. Levantada el alma al cielo con estas dos alas, se llega a Dios ardiendo en amor

suyo, le bendice, le adora, y le da humildes gracias por las, grandes mercedes que la ha hecho, y luego como j

único hijo expone confiadamente con singular piedad y veneración a su Padre amantísimo todo cuanto ha de

menester. Este modo de pedir se explica en las sagradas Letras con la voz derramar; porque dice así el Profeta:

Derramo mi oración en su acatamiento, y delante de Él expongo mi angustia”. Y esta voz significa, que el

que se pone a hacer oración, nada calla, nada encubre, sino que todo lo manifiesta, arrojándose con toda

confianza en el seno de amantísimo Padre Dios. A esto nos exhorta la sagrada Escritura por aquellas pa-

labras:“Derramad vuestros corazones en su presencia”; y: “Arroja tus cuidados sobre el Señor”. Y este es

el grado de oración que insinúa San Agustín, cuando dice en el Enquiridión:“Lo, que cree la fe, piden la

esperanza y la caridad”.

 

V. Del segundo grado de oración.

1036. Otro grado de orar es el de aquellos que oprimidos de pecados mortales, con aquella fe que se

llama muerta, se esfuerzan a levantarse y subir a Dios. Mas por hallarse con las fuerzas casi muertas y por la

debilidad de su fe, no pueden levantarse de la tierra. Pero reconociendo sus pecados y afligidos por el

remordimiento y dolor de ellos, imploran arrepentidos con humildad y sumisión desde aquel lugar, aunque tan

retirado, el perdón de sus maldades y la gracia de Dios. Tiene su lugar esta oración delante de Dios, pues son

oídos sus ruegos, y aun el mismo Dios misericordioso benignamente convida a los leales, diciéndoles: “Venid a

mi todos los que estáis trabajados y cargados que yo os aliviaré”. Uno de estos fué aquel Publicano, que

si bien no se atrevía levantar los ojos al cielo, con todo salió justificado del templo más bien que el Fariseo.

 

VI. Del tercer grado de oración.

1037. Además de estos hay otro grado, y es el de aquellos que todavía no han recibido la luz de la fe, más

inflamando la benignidad divina la escasa luz de la razón natural, se excitan en gran manera al deseo y amor de

la verdad, y piden con muchos ruegos ser instruidos en ella. Si estos perseveran en esa voluntad, no desecha

sus afectos la clemencia divina, como lo vemos comprobado con el ejemplo de Cornelio Centurión. Porque a

ninguno que pida de veras, se cierran las puertas de la benignidad divina.

 

VII. Quiénes están en el ínfimo grado.

1038. El último grado es el de aquellos, que no sólo no están arrepentidos de sus maldades y crímenes,

sino que añadiendo pecados a pecados, con todo no se avergüenzan de pedir muchas veces a Dios perdón de los

pecados, en los cuales quieren continuar, cuando en tal disposición ni aún a otro hombre osarían pedir les

perdonase. La oración de estos no es oída de Dios. Porque así está escrito de Antíoco: “Hacia este malvado

oración al Señor, de quien no había de alcanzar misericordia”. Así, los que viven en este estado tan infeliz,

han de ser exhortados encarecidamente, a que desechada la voluntad de pecar, se conviertan a Dios de veras y

de todo corazón.

 

CAPÍTULO IV

DE LO QUE SE DEBE PEDIR EN LA ORACIÓN

I. Qué se puede pedir lícitamente en la oración.

1039. Como en cada una de las peticiones se dirá qué es lo que se deba pedir, y qué no, por eso basta

aquí prevenir en general a los fieles que pidan a Dios las cosas justas y buenas, no sea que pidiendo lo que no

conviene, sean rechazados con aquella respuesta: “No sabéis lo que pedís”.

1040. Todo lo que rectamente se puede desear, es lícito pedir, según lo manifiestan aquellas es-

pléndidas promesas del Señor: “Todo cuánto quisiereis, pediréis, y se os concederá”, pues promete que

concederá todas las cosas.

 

II. Qué se ha de pedir principal y absolutamente.

1041. Por esto debemos dirigir nuestro primer deseo y voluntad según esta regla: Que nuestra intención

y deseo se encamine directamente a Dios, que es el sumo cien. Después desearemos aquello que

señaladamente nos une con Dios. Más lo que nos aparta, o contiene algún motivo de separación, se ha de

rechazar muy lejos de todo nuestro amor y voluntad. Y por aquí se puede conocer, según este sumo y perfecto

bien, de qué manera se pueden desear y pedir a Dios nuestro Padre todo lo demás que se dice bueno.

 

III. Como deben pedirse los bienes del cuerpo y, de fortuna,

1042. Estos bienes que se llaman corporales, y los bienes externos, cuales son la salud, robustez,

hermosura, riquezas, honores y gloria, como muchas veces son ocasión y materia de pecado, de donde proviene

que no sea del todo piadosa y saludable su petición, se han de pedir en la oración precisamente en estos

términos, a saber que esas comodidades de la vida las deseemos en cuanto son necesarias. De este modo se

ordena tal petición a Dios. Porque es lícito pedir en nuestras oraciones lo que pidieron Jacob y Salomón. Aquel

pedía así: “Si me diere el Señor pan que comer, y vestido con que cubrirme, tendré al Señor por mi Dios”.

Salomón pedía de este modo: “Dame sólo lo necesario para mi mantenimiento”.

 

IV. Cómo debe usarse de las riquezas y otros bienes del cuerpo que Dios nos ha dado.

1043. Mas cuando por la bondad de Dios se nos provee de sustentos y vestido, es justo acordarnos de

aquella exhortación del Apóstol: “Los que compran, vivan como si nada tuvieran; y los que usan de este

mundo, como si no usaran; porque se pasa la figura de este mundo” Asimismo: “Si abundan tos riquezas,

no pongáis en ellas el corazón”. Por que del mismo Dios hemos aprendido, que en estas cosas, nuestro es

el fruto y el uso, pero de tal manera que las prestemos a los demás. Si tenemos salud, si abundancia de los

demás bienes de cuerpo o de fortuna, acordémonos de que se nos han dado para poder servir mejor a Dios, y al

mismo tiempo favorecer al prójimo con todos los bienes de esta calidad.

 

V. Como han de pedirse a Dios los bienes intelectuales.

1044. También es lícito pedir a Dios los bienes y cultura del ingenio, como son las artes y ciencias, pero

únicamente con la condición que hayan de aprovechar para gloria de Dios y salvación nuestra. Mas lo que

debemos desear, buscar y pedir absolutamente, sin distinción ni condición alguna, según ya dijimos, es la

gloria de Dios, y después todas aquellas cosas, que puedan juntamos con este sumo bien, como la fe, el temor y

amor de Dios, como diremos más extensamente en la explicación de las peticiones.

 

CAPÍTULO V

POR QUIENES DEBEMOS DE ORAR

I. No hay condición de hombres por quienes no debamos orar.

1045. Declarado ya lo que se ha de pedir, se debe enseñar a los fieles, por quienes se debe orar. Mas

como la oración contiene petición y nacimiento de gracias, trataremos primero de la petición. Debemos orar,

pues, por todos sin excepción alguna. Aunque sean enemigos nuestros o de otra nación o religión, debemos

orar por ellos, ya que por ser nuestros enemigos o de diversa nacionalidad o religión, no por eso dejan de ser

prójimos nuestros, a quienes por mandato divino debemos amar, y por lo mismo rogar por ellos, lo cual es

propio del amor. A esto se refiere aquella exhortación del Apóstol: “Ruego que se hagan oraciones por todos

los hombres. Y en esta oración, primeramente se han de pedir las cosas pertenecientes a la salud del

alma, y luego las conducentes a la del cuerpo.

 

II. Por quienes debemos de orar principalmente.

1046. Pero en este ejercicio debemos dar el primer lugar a los Pastores de almas, como nos lo enseña

con su ejemplo el Apóstol. Porque escribiendo a los Colosenses, dice: “que hagan oración por él, para que

Dios le abra la puerta de la predicación”. Y lo mismo encarga a los Tesalonicenses. Y en los Hechos de los

Apóstoles se escribe también: “Que se hacía en la Iglesia oración continua por San Pedro”. Esto nos

aconseja San Basilio en los libros de las Reglas morales, diciendo: que se ha de pedir por aquellos que están en-

cargados de predicar la palabra de la verdad.

1047. En segundo lugar se debe pedir por los Príncipes, según enseña el mismo Apóstol. Pues

ninguno ignora lo mucho que interesa al bien común tener Príncipes piadosos y justos. Y así se ha de pedir a

Dios los haga tales, cuáles deben ser lo que presiden a los demás.

1048. Existen ejemplos de varones santos los cuales nos enseñan que hagamos oración por los justos

y buenos. Pues aun estos necesitan de las oraciones de los demás. Y esto lo ordenó así el Señor para que no se

engrían con soberbia, viéndose necesitados de las oraciones de los inferiores.

 

III. Por nuestros enemigos y por los de la Iglesia debemos de orar.

1049. También mandó el Señor que rogásemos por los que nos persiguen y calumnian. Además de

esto es muy frecuente según el testimonio de San Agustín, la costumbre recibida de los Apóstoles que consiste

en hacer oraciones y preces al Señor por los que están fuera de la Iglesia, a fin de que los infieles se reduzcan a

la fe, para que los idólatras salgan de los errores de su impiedad, los judíos disipada la oscuridad de sus almas,

reciban la luz de la verdad, los herejes volviendo a la salud sean instruidos en los preceptos de la doctrina

católica, y los Cismáticos que se apartaron de la Comunión de la Santa Madre Iglesia, se unan con ella de nuevo

por medio de la verdadera caridad. Cuan eficaces sean las oraciones hechas de corazón por tales hombres nos

consta por muchísimos ejemplos de toda suerte de hombres, las cuales saliendo cada día del poder de las

tinieblas, los traslada Dios al reino de su Hijo amado, y de vasos de ira, los hace vasos de misericordia. Por lo

mismo ninguno que sienta bien, puede dudar que aprovechen muchísimo las oraciones de los justos.

 

IV. También debemos pedir por los difuntos.

1050. Las oraciones que se hacen por los difuntos para que sean librados del fuego del Purgatorio traen

su origen de la doctrina de los Apóstoles. Sobre lo cual se dijo lo suficiente tratando del Sacrificio de la Misa.

 

V. No aprovecha la oración ajena a los que pecan de muerte.

1051. A aquellos de quien se dice que pecan de muerte, apenas aprovechan las oraciones y votos.

Con todo es obra de caridad cristiana rogar por ellos, e instar con lágrimas a fin de aplacar, si es posible, con

oraciones y lágrimas la ira de Dios.

 

VI. Como deben entenderse las maldiciones de la Escritura.

1052. Mas las maldiciones que los Santos profirieron contra los impíos, consta que son, según doctrina

de los Santos Padres, o profecías de los males que habían de sobrevenir o se dirigían contra el pecado, para que

salvas las personas, se destruyese la malignidad de la culpa.

 

VII. Cuál es la práctica de la acción de gracias.

1053. En la segunda parte de la oración damos muchas gracias a Dios por los divinos e inmortales

beneficios que siempre hizo y hace cada día al linaje humano. Y señaladamente nos valemos de esta acción de

gracias por causa de todos los Santos, rindiendo a Su Majestad singulares alabanzas por las victorias y triunfos

que con su divina gracia consiguieron de todos sus enemigos internos y externos.

 

VIII. Quién tiene el primer lugar en la acción de gracias por los Santos.

1054. A este hacimiento de gracias pertenece aquella parte de la salutación angélica, cuando la rezamos

para pedir, diciendo: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tu eres entre

todas las mujeres”. Porque aquí bendecimos a Dios, dándole sumas alabanzas, y rindiéndole gracias por haber

colmado a la Santísima Virgen con toda plenitud de sus divinos dones. A la misma Señora damos los

parabienes por su especialísima felicidad. Con mucha razón la Santa Iglesia de Dios, añadió en esta acción de

gracias peticiones y la invocación de la Santísima Madre de Dios, con la cual nos acogemos a ella piadosa y

rendidamente, para que mediante su intercesión nos reconciliemos con Dios, y nos alcance los bienes

necesarios, así para esta vida, como para la eterna. Así nosotros desterrados hijos de Eva, que estamos en este

valle de lágrimas, debemos invocar de continuo a la Madre de Misericordia y Abogada del pueblo fiel, para que

niegue por nosotros pecadores, y por medio de esta oración implorar el patrocinio y amparo de esta Señora,

cuyos méritos para con Dios son subidísimos, y cuya voluntad está muy inclinada a favorecer a los hombres,

como ninguno lo puede dudar sino impía y malvadamente.

 

CAPÍTULO VI

A QUIEN DEBEMOS HACER ORACIÓN

I. La oración debe enderezarse a Dios.

1055. No sólo las sagradas Escrituras, en donde oímos a Dios que nos manda: “Llámame en el día de la

tribulación”, sino aun la misma luz de la razón que ilumina nuestro entendimiento, dicta que la oración debe

hacerse a Dios, y que ha de ser invocado su divino nombre. Mas por el nombre de Dios deben entenderse las

tres Personas divinas.

 

II. También ha de hacerse oración a los Santos.

1056. En segundo lugar, recurrimos a la intercesión de los Santos que están en el Cielo, a quienes

también ha de hacerse oración. Esto se tiene por tan cierto en la Iglesia, que no pueden los fieles admitir

ninguna duda acerca de ello. Por haberse explicado separadamente en su lugar, remitimos a él a los Párrocos y

a los demás. Mas no han de quitar a los ignorantes todo ocasión de error, será bueno enseñar al pueblo fiel la

diferencia que media entre una y otra invocación.

 

III. De diferente modo invocamos a Dios que a los Santos.

1057. No imploramos, pues, de un mismo modo a Dios y a los Santos. Porque a Dios pedimos, o que nos

conceda bienes, o que nos libre de males. Pero a los Santos por su gran valimiento delante de Dios, pedimos

que tomen por su cuenta nuestras causas, para que nos alcancen de Dios lo que necesitamos. Por esto nos

valemos de dos formas de pedir muy diversas, pues a Dios propiamente decimos: “Ten misericordia de

nosotros: óyenos”, pero al Santo: “Ruega por nosotros”.

 

IV. Cómo podemos pedir a los Santos que tengan misericordia de nosotros.

1058. Podemos también en alguna manera pedir a los Santos que tengan misericordia de nosotros,

porque son muy misericordiosos, y así podemos rogarles, que apiadados de la miseria de nuestra condición nos

ayuden ante Dios con su intercesión y valimiento.

Más en esto deben todos guardarse mucho de no atribuir a otro alguno lo que es propio de solo Dios.

Así, cuando rezare alguno delante de la imagen de algún Santo la oración del Padre nuestro, tenga entendido

que pide al Santo ruegue juntamente con él, y que pida al Señor le conceda las cosas que pe contienen en esta

oración, y por último que sea su Abogado y Medianero para con Dios. Pues los Santos ejercen este oficio, según

lo enseñó San Juan en su Apocalipsis.

 

CAPÍTULO VII

DE LA PREPARACIÓN PARA ORAR

I. Con qué virtudes señaladamente debemos preparamos para orar

1059. Está escrito en las divinas Letras: “Antes de la oración, prepara tu alma, y no quieras ser corno

el hombre que tienta a Dios”.

Porque tienta a Dios el que, pidiendo bien, obra mal; y hablando con Dios,

está su alma muy apartada de las peticiones. Por esto importando tanto que haga cada uno oración a Dios con

la disposición debida, enseñarán los Párrocos a sus devotos oyentes de qué manera deben orar.

1060. La primera disposición, pues, para orar bien, debe consistir en que nuestra alma esté poseída de

de una verdadera humildad juntamente con un reconocimiento tan grande de sus pecados, que por ellos

entienda quien se llega a Dios, que no sólo es indigno de alcanzar cosa alguna de su Majestad, sino también de

presentarse en su presencia para hacer oración. De esta preparación hacen memoria muchísimas veces las

divinas Letras, como al decirnos: “Miró el Señor la oración de los humildes, y no menospreció los ruegos de

ellos”, La oración al que se humilla, penetrará las nubes.”

1061. Más a los Pastores eruditos se ofrecerán innumerables lugares que demuestren esta verdad.

Por lo cual omitimos alegar muchos por no creerlo necesario. Pero no omitiremos ni aun en este lugar aquellos

dos ejemplos que ya antes apuntamos, pues son muy propios para este asunto. Uno es aquel tan sabido del

publicano el cual estando lejos no osaba levantar los ojos de tierra. Otro el de aquella mujer pecadora

que, traspasada de dolor, regó con sus lágrimas los pies de Cristo Señor nuestro. Uno y otro declara el gran

valor que da a la oración la humildad cristiana.

1062. A esto se sigue cierto pesar nacido de la memoria de los pecados, o por lo menos algún sen-

timiento de dolor, por el motivo de que no nos podemos doler. Ya que si el penitente no pone estas dos cosas, o

por lo menos la segunda, no puede obtener el perdón.

 

II. De qué pecados señaladamente deben guardarse por los que han de hacer oración fructuosa.

1063. Y porque hay ciertas maldades que en gran manera impiden nos conceda el Señor lo que pedimos

en la oración, como son homicidios y violencias, deben abstenerse las manos de estas crueldades y violencias.

Acerca de esto dice así el Señor por boca de Isaías: “Guando entendiereis vuestras manos, apartaré mis ojos

de vosotros, y cuando multiplicaréis la oración, no os oiré, porque vuestras manos están llenas de sangre”.

1064. También debemos huir de la ira y de la discordia, pues impiden muchísimo que las oraciones sean

bien atendidas. Sobre lo cual dice así el Apóstol: “Quiero que los hombres hagan oración en todo lugar,

levantando las manos puras a Dios sin iras y sin contiendas”.

1065. Además de esto, ha de atenderse que no nos mostremos implacables con nadie por causa de las

injurias. Porque con tales afectos nunca nuestras oraciones podrán obtener de Dios que nos perdone. “Cuando

os pusiereis a orar, dice el mismo Señor, si tenéis algo contra alguno, perdonadle”: pues si no perdonareis

a los hombres, ni vuestro Padre, os perdonará vuestros pecados”.

1066. También ha de cuidarse que no seamos duros e inhumanos con los menesterosos. Porque contra

tales hombres está escrito: “El que cierra sus oídos al clamor del pobre, él clamará, y no será oído”¿Y qué

diremos de la soberbia? La cual ofende a Dios en tanto grado como lo testifica aquella voz: “Dios resiste a los

soberbios, mas a los humildes da su gracia”.

¿Qué del menosprecio de las palabras divinas? Contra éste dice Salomón: “El que aparta sus oídos para

no oír la ley, la oración de él será abominable”. Pero no se excluye aquí pedir a Dios por las injurias que

hicimos, o por el homicidio, por la ira, por la dureza con los pobres, por la soberbia y menosprecio de la palabra

de Dios, y en fin por todos los demás pecados, pidiendo y suplicando el perdón de ellos.

 

III. De la fe para con Dios que es necesaria en la oración.

1067. También es necesaria la fe para esta preparación del alma. Porque si falta, ni se tiene

conocimiento de la omnipotencia del Padre celestial, ni de su misericordia, siendo así que de ellas nace la

confianza del que pide, según el mismo Cristo Señor nuestro lo enseñó cuando dijo : ―Cuantas cosas pidiereis

en la oración, creyendo, las recibiréis”. De esta fe escribe así San Agustín: “Si la fe falta, pereció la oración”.

Es, pues, lo principal para orar bien, como ya queda dicho, que estemos firmes y constantes en la fe, lo cual por

lugar contrario, mostró el Apóstol diciendo: “¿Como, pues, invocarán a aquel en quien no creyeron?”.

Así, conviene creer para poder orar, y también para que no nos falte la misma fe, con la cual oramos

fructuosamente. Porque la fe es la que derrama las peticiones, y éstas hacen que desechada toda duda, sea

firme y constante a Dios, diciendo: “No estéis en la oración con ánimo dudoso. Dichoso el que no dudare”. Por

tanto, para alcanzar de Dios lo que queremos, es importantísima la fe y la esperanza cierta de conseguirlo,

según lo previene el Apóstol Santiago por estas palabras: “Pida con fe sin ninguna desconfianza”.

 

IV. Motivos que deben introducirnos a que pidamos con fe viva:

1068. Muchos son los motivos que tenemos para confiar en este ejercicio de la oración. Uno es aquella

voluntad y benignidad de Dios tan declarada para con nosotros, que nos manda le llamemos Padre a fin de

que entendamos que somos hijos suyos. Otro el número casi infinito de los que por la oración alcanzaron de

Dios lo que pidieron. Sobre todo tenemos aquel Sumo Abogado Cristo Señor nuestro, el cual siempre está

pronto para ayudarnos, de quien dice así S. Juan: “Si alguno pecare, Abogado tenemos ante el Padre a

Jesucristo justo, y este es propiciación por nuestros pecados”. Y el Apóstol S. Pablo dice: “Cristo Jesús, que

es quien murió, y además el que resucitó, y el que está sentado a la diestra de Dios, y el que también intercede

por nosotros” Y a Timoteo dice también: “Un Dios y un Medianero entre Dios y los hombres, y hombre

también Jesucristo”. Además de esto escribe a los Hebreos: “Por donde debió asemejarse en todo a, los

hermanos, para que se hiciese misericordioso y fiel Pontífice para con Dios, para que le aplacase por los

pecados del pueblo”. Por esto, aunque nosotros seamos indignos de alcanzar cosa alguna, con todo, por la

dignidad de un tan gran Medianero e Intercesor como Jesucristo, debemos esperar y confiar en gran manera

que nos ha de conceder Dios cuanto pidamos por él según el modo debido.

 

V. El Espíritu Santo es el Autor de nuestras oraciones.

1069. Últimamente, el Autor de nuestras oraciones es el Espíritu Santo, con cuya dirección es necesario

que sean oídas nuestras oraciones. Porque hemos recibido el espíritu de adopción de hijos de Dios por el

cual clamamos Padre, Padre. Este mismo Espíritu ayuda nuestra flaqueza e ignorancia en este ejercicio de

orar, ―Y aun él mismo, dice el Apóstol, pide por nosotros con gemidos inexplicables.

 

VI. Cómo debemos valemos de la fe para alcanzar lo que pedirnos.

1070. Y si alguna vez titubean algunos, y no se sienten bastantemente firmes en la fe, válganse de

aquella voz de los Apóstoles: “Señor, auméntanos la fe”. Y de la de aquel Padre: “Ayuda, Señor, mi poca

fe”. Mas entonces señaladamente alcanzaremos de Dios cuanto deseamos, fortalecidos así en la fe como en

la esperanza, cuando conformáremos nuestros pensamientos, acciones y oraciones con la ley y voluntad de

Dios. “Si permaneciereis, dice, en mí, y mis palabras permanecieren en vosotros, todo cuanto quisiereis,

pediréis y se hará”. Aunque para poder alcanzar de Dios todas las cosas, lo que principalmente se requiere,

como antes dijimos, es olvidar las injurias, amar y hacer bien a los prójimos.

 

CAPÍTULO VII

DEL MODO QUE SE REQUIERE EN LA ORACIÓN

I. Debe enseñarse al pueblo el mejor modo de orar; y qué sea orar en espíritu y verdad.

1071. Mas importa muchísimo orar debidamente. Pues aunque la oración es un bien muy provechoso,

de nada sirve si no se practica como se debe, porque muchas veces pedimos y no recibimos, como enseña

Santiago, porque pedimos mal. Y así enseñarán los Párrocos al pueblo fiel cuál sea el mejor modo de pedir y

orar, así privada como públicamente. Estas reglas de la oración cristiana están enseñadas por la doctrina de

Cristo Señor nuestro.

1072. Hemos de orar, pues, en espíritu y verdad. Porque tales los quiere el Padre celestial, que le

adoren en espíritu y verdad. Ora de esta manera el que hace oración con íntimo y ardiente afecto del alma.

No excluimos la oración vocal de este modo espiritual de pedir. Pero con todo nos parece que de justicia se

debe la primacía a la oración que nace de un corazón fervoroso, la cual es la que oye Dios, a quien están pa-

tentes los pensamientos ocultos de los hombres, aunque no se pronuncie con la boca. Oyó los ruegos íntimos de

aquella Ana que fue madre de Samuel, de la cual leemos que oró llorando, y no moviendo los labios. De este

modo oró David, pues dice: “A ti habló mi corazón, mi rostro te buscó con diligencia”. A cada paso se hallan

ejemplos semejantes en las sagradas Letras.

 

II. Cuál es el principal uso de la oración vocal.

1073. Pero también la oración vocal es por sí misma útil y necesaria. Porque inflama los deseos del alma

y aviva la devoción del que ora, según lo escribió San Agustín a Proba por estas palabras: Algunas veces para

acrecentar los santos deseos, nos excitamos con mayor vehemencia a nosotros mismos con palabras, y con

otras señales”. Otras veces también en virtud de algún afecto vivo de devoción o piedad, nos vemos obligados a

manifestar con palabras nuestros sentimientos. Porque inundada el alma de placer, justo es que también le

manifieste la lengua. Verdaderamente es muy debido ofrecer el sacrificio completo del alma y cuerpo, pues de

este modo de orar usaron los Apóstoles, como se puede ver por sus Hechos y por las Epístolas de San Pablo en

muchos lugares.

 

III. No es necesaria la voz en la oración privada como en la pública.

1074. Más porque hay dos maneras de orar, una privada y otra pública, en la oración privada nos

valemos de la pronunciación para que ayude al afecto interior y a la piedad. Pero en la pública, como fue

instituida para excitar la devoción del pueblo fiel, no se puede en manera ninguna omitir el uso de la lengua en

ciertos y señalados tiempos.

 

IV. Orar en espíritu es propio del cristiano.

1075. Esta costumbre de orar en espíritu, propia de los cristianos, en manera alguna la observan los

infieles, de quienes nos dice así Cristo nuestro Señor: “Cuando oréis no queráis hablar mucho, como hacen los

gentiles; que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras. No queráis, pues, imitarlos; que bien sabe

vuestro Padre lo que habéis menester, antes de pedírselo”. Pero, aunque prohíbe el Señor el mucho hablar,

tan lejos está de reprobar aquellas oraciones prolongadas, nacidas de un vehemente y continuado fervor de

espíritu, que antes bien nos exhorta con su ejemplo a este modo de orar, pues no sólo pasaba en oración las

noches enteras sino que por tres veces repitió una misma. Lo que principalmente conviene tener

presentes es, que con solo el sonido de las palabras nada se alcanza de Dios.

 

V. No admite Dios las oraciones de los hipócritas.

1076. Tampoco oran en verdad los hipócritas, de cuyo modo de orar nos aparta Cristo Señor nuestro por

estas palabras: “Cuando oráis, no habéis de ser como los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie

en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo, que ya

recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieres de orar, entra en tu aposento, y cerrada la

puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre, que ve lo más secreto, te premiará”. Este retiro que se

menciona aquí, puede entenderse del corazón del hombre. No basta recogerse en él, sino que además de esto es

menester que se cierre, para que nada de fuera se introduzca en el alma que pueda manchar la pureza de su

oración. Porque entonces el Padre celestial, que señaladamente mira los corazones y ocultos pensamientos, nos

concede lo que pedimos.

 

VI. Debemos continuar pidiendo, aunque se difiera lo que pedimos.

1077. Además de esto, requiere la oración perseverancia. Porque es tan poderosa, como lo mostró el

Hijo de Dios por el ejemplo de aquel Juez, que si bien no temía a Dios, ni respetaba a los hombres, con todo

vencido polla importunidad e instancia de una viuda, la otorgó lo que pedía. Así, han de hacerse de continuo

oraciones a Dios, y no imitar a aquellos que en habiendo pedido una y otra vez, si no les otorgan lo que piden,

se cansan de la oración. Porque en este ejercicio no debe haber cansancio, como lo enseña la autoridad de

Cristo Señor nuestro, y del Apóstol. Si alguna vez se cansa la voluntad, pidamos a Dios con muchos ruegos la

virtud de la perseverancia.

 

VII. Cristo Señor nuestro manda que en su nombre pidamos a su Padre.

1078. Quiere también el Hijo de Dios, que nuestras oraciones lleguen en su nombre al Padre, pues el

mérito y gracia de este Medianero les dan tanto valor y virtud, que son oídas por el Padre celestial. Porque el

mismo Señor nos dice por San Juan: “En verdad, en verdad os digo: Si pidiereis al Padre alguna cosa en mi

nombre, os será dada. Hasta ahora no pedisteis nada en mi nombre, pedid y recibiréis, para que vuestro

gozo sea cumplido”. Y en otra parte: “Todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré”.

 

VIII. Debemos de imitar el fervor de los Santos, y juntar la acción de gracias con la petición.

1079. Imitemos aquel fervor ardiente con que hacían los Santos en oración, y juntemos con la petición

el de gracias a ejemplo de los Apóstoles que guardaron siempre esta costumbre, como se puede ver en San

Pablo.

 

IX. Para que la oración sea fervorosa, ha de ir acompañada del ayuno y limosna.

1080. Pero juntemos con la oración el ayuno y limosna. El ayuno ciertamente está muy hermanado con

la oración. Porque los que están cargados de comida y bebida, tienen el entendimiento tan impedido, que ni

pueden mirar a Dios, ni pensar siquiera qué quiere decir oración. Sigúese la limosna, la cual también está unida

íntimamente con la oración. Porque ¿quién osará decir que hay caridad en él, si pudiendo, no socorre

benignamente a su prójimo y hermano, que vive de la misericordia ajena? O ¿con qué cara pedirá el socorro de

Dios quien no tiene rastro de caridad? Si no es que venga a pedir a su Majestad perdón de sus pecados, y al

mismo tiempo pida rendidamente que le dé caridad. Por esto fue disposición de Dios que hubiese estos tres

remedios para la salud de los hombres. Porque cuando pecamos, o agraviamos a Dios, o injuriamos al prójimo,

o nos dañamos a nosotros mismos; y así por medio de la oración aplacamos a Dios, con la limosna redimimos

las ofensas de los prójimos, y con el ayuno lavamos las manchas de nosotros mismos. Aunque cada cosa de

estas es provechosa contra toda suerte de pecados, no obstante es remedio propio contra cada uno de los

pecados que hemos dicho.

 

Preámbulo de la Oración Dominical

PADRE NUESTRO, QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

[1] Las peticiones de la oración dominical van precedidas de un preámbulo, cuya finalidad es ponernos

en presencia de Dios para rezar con más confianza.

«Padre»

Por eso, a fin de inspirarnos amor y confianza hacia Dios, quiso nuestro Señor que demos a Dios el

nombre de Padre; nombre que le conviene a un triple título:

[2] 1º Como Creador: porque creó al hombre a su imagen y semejanza, a diferencia de las demás

criaturas (Deut. 32 6; Is. 63 16; Mal. 1 6.).

[3] 2º Como Providencia, por su especial cuidado y paternal amor hacia los hombres (Mt. 6 25ss.),

que podemos ver por dos hechos principales:

[4-6] a) El primero, que la Providencia divina ha designado a cada hombre, desde su nacimiento, un

ángel custodio (Gen. 48 16; Tob. 5 21; Sal. 90 11.) para que lo cuide, lo socorra y proteja de todo peligro grave

(Mt. 18 10; Act. 12 15; Heb. 1 14.), y sea nuestro compañero de viaje. Cuán grande sea la utilidad que resulta a

los hombres de la guarda de los ángeles, se desprende fácilmente de las Sagradas Escrituras, especialmente de

la historia de Tobías, donde se nos cuentan los muchos bienes que concedió a Tobías el ángel San Rafael, y de la

liberación de San Pedro de la prisión en que estaba (Act. 5 22-24.).

[7-9] b) El segundo, que la Providencia divina no ha dejado de prodigar dones y gracias al género

humano incluso después que éste lo ofendió con innumerables y gravísimos pecados (Gen. 3 6.), tanto que el

Señor tiene como gravísima injuria el que se piense que se olvidó del linaje humano, como lo afirman las

Escrituras (Ex. 17 7; Is. 49 14-16.), y como queda confirmado especialmente en la misericordia usada con

nuestros primeros padres; de modo que Dios, aún cuando castiga, no se olvida nunca de la misericordia (Sal.

76 10; Tob. 3 22; Hab. 3 22; Miq. 7 18.).

[10-11] 3º Como Redentor, pues por el misterio de la Redención, que fue una manifestación más del

amor singularísimo de Dios para con nosotros (Jn. 3 10 y 15.), hemos venido a ser hijos de Dios por modo

admirable (Jn. 1 12.). En efecto, el Bautismo, que nos aplica la redención de Cristo, y que se llama sacramento

de la Regeneración (Tit. 3 5.), nos hace realmente hijos de Dios al conferirnos la gracia divina y el Espíritu

Santo, al que San Pablo llama «Espíritu de adopción de hijos de Dios» (Rom. 8 15; I Jn. 3 1.).

[12-13] Así, pues, Dios es nuestro Padre, no sólo cuando nos envía bienes y cosas prósperas, sino

también cuando castiga, ya que castiga como Padre, para corregir a los pecadores y librarlos de las penas

eternas por medio de penas temporales (Job 5 18; Jer. 31 18.). Por eso, que los fieles, en sus contrariedades, no

se olviden de esta verdad, sino que acepten con sumisión las correcciones recibidas del Señor (Tob. 11 17; Heb.

12 5-6 y 8-9.).

«Nuestro»

[14] Por esta palabra se nos dan a entender tres cosas:

[16-17] 1º Que el don de la adopción divina hace que todos los fieles cristianos sean

hermanos, y deban amarse entre sí (Mt. 32 8.). Por lo tanto, debemos rezar unos por otros, y no sólo por

nosotros mismos, y tratarnos y estimarnos todos como hermanos, pues por muy distinta que sea la dignidad o

estado de vida en el mundo, todos los cristianos poseen una sola dignidad sobrenatural, que es la que poseen

por su nacimiento espiritual, que comunica a todos una misma vida y los hace a todos hijos de un mismo Padre

y herederos de una misma herencia (Ef. 5 30.).

[15] 2º Que por virtud de la misma adopción todos los cristianos son llamados, y son

realmente, hermanos del Hijo de Dios (Heb. 2 11-12; Sal. 21 23; Mt. 28 10.). Cristo es el Primogénito, el

Hijo de Dios por naturaleza (Col. 1 18.); nosotros somos los hermanos menores, nacidos en segundo lugar de

Dios por la gracia. Y al ser hermanos de Cristo, somos coherederos juntamente con El (Rom. 8 17.):

coherederos de la gloria y de los dones que recibiremos al final de nuestra vida si hemos peleado valientemente.

433[18] 3º Que cuando recemos esta oración, debemos acercarnos a Dios como un hijo a su

Padre, con afecto y confianza, y procurando que nuestra oración y nuestras obras sean conformes a nuestro

divino linaje, de modo que siempre seamos imitadores de Dios (Ef. 5 1.).

«Que estás en los cielos»

[19] Dios está presente en todas partes (Jer. 23 24; Act. 17 28; Sal. 138 8.); pero se dice en las

Escrituras que está en los cielos (Sal. 2 10; 113.), que es la parte más excelente del universo, incorrupta, que

excede a los demás cuerpos materiales en grandeza y hermosura, para recordarnos el poder infinito de

Dios, su Majestad y su inmutabilidad. Estas palabras deben producir en nosotros dos sentimientos:

elevar nuestros corazones y nuestros pensamientos al cielo, donde se encuentra nuestro Padre (Col. 3 1-2.);

y acompañar la confianza que nos inspira el nombre de Padre, con la humildad que nos inspira el recuerdo de

la infinita Majestad de Dios.

 

CAPÍTULO IX

INTRODUCCIÓN A LA ORACIÓN DOMINICAL

Padre nuestro que estás en los cielos

I. Por qué en el principio de esta oración puso Cristo el nombre de Padre y no el de Señor o

Juez.

1081. Como esta regla de la oración cristiana dada por Jesucristo, está dispuesta de forma qué antes de

llegar a las peticiones, hemos de usar de ciertas palabras en lugar de proemio, a fin de que acercándonos con

ellas piadosamente a Dios, le podamos pedir con más confianza, debe el Párroco explicarlas clara y

distintamente, para que el pueblo fiel acuda con más gusto a la oración, y entienda que ha de tratar con Dios su

Padre. Esta introducción, si se consideran solamente sus palabras es muy breve, pero atendiendo a su conte-

nido es muy importante y llena de muchos misterios.

1082. La primera palabra que por mandamiento y ordenación de Dios pronunciamos en esta oración, es

Padre. Bien pudiera nuestro Salvador empezar esta oración divina con otra palabra que pareciese más

majestuosa, como la de Creador o Señor, con todo omitió éstas que al mismo tiempo nos podrían causar algún

temor, y puso aquella que infunde amor y confianza a los que oran y piden a Dios. Porque ¿qué cosa de mayor

consolación como el nombre de Padre el cual está rebosando ternura y caridad?

 

II. De la primera razón porque llamamos a Dios Padre.

1083. Para enseñar, pues, al pueblo fiel por qué razones conviene a Dios el nombre de Padre, podrá

servirse el Párroco de las obras de la creación, gobernación y redención. Porque habiendo Dios creado al

hombre a su imagen, lo cual no hizo con los demás animales, por ese don singular con que le adornó,

justamente se llama en las Escrituras divinas Padre de todos los hombres, y no sólo de los fieles, sino

también de los infieles.

 

III. De la segunda razón por la que llamamos a Dios Padre.

1084. Del gobierno del universo podrá deducir otro argumento para demostrar que Dios es Padre

nuestro. Ya que, atendiendo al bien de los hombres, nos manifiesta Dios su amor paternal con su solicitud y

providencia. Y para que con la explicación de este argumento se conozca mejor el cuidado paternal que Dios

tiene de los hombres, parece conveniente decir alguna cosa acerca de la guarda de los Ángeles, bajo cuya tutela

están los hombres.

 

IV. La Providencia divina encomendó a los Ángeles el cuidado de los hombres.

1085. Por providencia de Dios está dado a los Ángeles el cargo de guardar al linaje humano, y de

estar prontos a socorrer a cada uno de los hombres para que no reciban ningún daño grave. Porque así como

los Padres cuando sus hijos tienen que pasar por algún camino arriesgado y peligroso les ponen guardas para

que les defiendan y ayuden en los peligros, así el Padre celestial en este camino que llevamos para la patria del

cielo, destinó a cada uno de nosotros Ángeles, con cuya protección y diligencia nos librásemos de las

asechanzas y lazos de los enemigos, rechazásemos las horribles acometidas que hacen contra nosotros, y

siguiésemos con tan buenos guías el camino recto, sin que engaño alguno, armado por la falacia del enemigo

pudiese extraviarnos del camino que conduce al cielo.

 

V. Argumentos que demuestran la gran utilidad proveniente de los Ángeles custodios.

1086. De cuán grande utilidad es este cuidado y providencia singular de Dios para con los hombres,

cuyo cargo y administración se encomendó a los Ángeles, que son quienes por su naturaleza median entre Dios

y los hombres, se nos manifiesta por los ejemplos que ofrecen frecuentemente las divinas Letras. Estas nos

aseguran que muchas veces los Ángeles movidos por la bondad de Dios, realizaron grandes maravillas en

presencia de los hombres, por las cuales podemos llegar a conocer otras innumerables e invisibles que para

nuestro bien y salvación obran los Ángeles de nuestra guarda. El Ángel San Rafael, señalado por Dios a

Tobías por compañero y guía de su jornada, le llevó, y le volvió sano y bueno. Le favoreció para que no fuera

víctima de aquel grande pez y le descubrió la gran virtud que tenía el hígado, hiel y corazón de ese pez. El

ahuyentó al demonio, y reprimido y atado su poder, hizo que no le dañase. Le Enseñó también la ley verdadera

y legítimo uso a que está ordenado el matrimonio, y por último restituyó la vista a Tobías su padre, que estaba

ciego.

 

VI. Del Ángel que libró a San Pedro de la cárcel.

1087. Aquel Ángel también que sacó de la cárcel al Príncipe de los Apóstoles, dará materia abundante

para instruir a los fieles acerca del fruto maravilloso del cuidado y guarda de los Ángeles, cuando mostraren los

Párrocos a un Ángel que ilumina las tinieblas de la cárcel, que tocando a San Pedro por un lado le despierta del

sueño, le desata las cadenas, le rompe los grillos, le avisa que se levante, y vestido y calzado le siga. Y cuando

enseñaren también que, sacándole libre de la cárcel por medio de los guardas, y abriendo en fin las puertas de

la ciudad le puso en salvo.

1088. Llena de estos ejemplos está, como dijimos, la historia de las santas Escrituras. Por ellos en-

tendemos cuan grandes son los beneficios que hace Dios a los hombres por medio de los Ángeles. Y no son

enviados determinadamente para algún negocio o caso particular, sino que desde nuestro nacimiento están

señalados para nuestro cuidado y destinados para la protección de la salud de cada uno de los nombres. De esta

doctrina, explicada con cuidado, se seguirá la utilidad de que las almas de los oyentes se muevan al

reconocimiento y veneración del paternal cuidado y providencia que Dios tiene de ellos.

 

VII. Otra razón de este paternal cuidado de Dios para con los hombres.

1089. Sobre todo lo dicho encarecerá en este lugar el Párroco, y ante todo propondrá las riquezas de la

benignidad de Dios hacia los hombres. Porque habiéndole ofendido nosotros con innumerables maldades y

culpas desde el primer Padre de nuestro linaje, y pecado hasta el día presente, no obstante nos mira con la

mayor caridad, y constantemente tiene cuidado especial de nosotros. Y si cree alguno que Dios se olvida de los

hombres, es insensato, y hace a su Majestad una indignísima injuria. Se Enoja el Señor contra Israel por la

blasfemia de aquel pueblo, el cual se juzgaba abandonado del socorro del Cielo, pues se escribe en el libro del

Éxodo: “Tentaron al Señor diciendo: ¿Por ventura está el Señor con nosotros, o no?”. Y en Ezequiel se indigna

el Señor contra el mismo pueblo porque había dicho: “No nos ve el Señor, ha desamparado, su tierra”. Pues

con estas autoridades han de ser apartados los fieles de una opinión tan abominable, como si pudiese caber en

Dios olvido de los hombres

1090. Acerca de esto se puede oír al pueblo de Israel que por Isaías se quejaba de Dios, y al contrario a

Dios que refutaba su necia queja con una tierna comparación. Así está escrito: “Dijo Sion: el Señor me ha

desamparado, y se ha olvidado de mi”. A esto responde Dios: “¿Puede por ventura olvidarse una, madre de su

hijo chiquito, y no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo nunca me olvidaré

de ti. He aquí en mis manos te tengo escrito”.

 

VIII. Demuéstrase lo dicho con el ejemplo de los primeros Padres.

1091. Mas aunque esta verdad queda confirmada manifiestamente con los testimonios referidos, todavía

para que el pueblo fiel quede del todo persuadido de la imposibilidad de que exista algún tiempo en el cual Dios

deje de acordarse de los hombres y de mostrar con ellos los oficios de su paternal amor, demostrarán los

Párrocos esto con el ejemplo de los primeros padres. Cuando se nos dice que éstos, después de haber

despreciado el mandamiento de Dios son acusados con la mayor aspereza, y condenados con aquella espantosa

sentencia: “Maldita será la tierra en tu trabajo, en sudores comerás de ella todos los días de tu vida, espinas y

abrojos te producirá, y comerás las hierbas del campo”, cuando los vemos arrojados del Paraíso, y leemos

que para cortarles toda esperanza de volver a él, fue colocado a la puerta un Querubín blandiendo una espada

de fuego, cuando los contemplamos afligidos por Dios, vengador de su injuria, con molestias de cuerpo y de

alma, ¿por ventura no pensamos que ya absolutamente se acabó con el hombre? ¿No creeremos que no sólo

quedaba despojado del socorro divino, sino también expuesto a toda injuria? Pues en medio de tantas muestras

de ira y de venganza divina, no dejó de descubrirse alguna luz de la caridad de Dios para con el hombre, porque

dice la Escritura: “que hizo el Señor a Adán y a su mujer túnicas de pieles y los vistió”. Señal muy grande de

que jamás había de desamparar Dios al hombre.

 

IX. No puede agotarse el amor de Dios por los pecados de los hombres.

1092. Cuán verdadera sea esta sentencia de que el amor de Dios no es agotable por pecados ningunos de

los hombres, lo expresó David por estas palabras: “¿Encerrará acaso Dios en su ira sus misericordias?”.

Esto mismo manifestó Habacuc hablando con Dios, cuando dijo: “Cuando estuvieres airado, te acordarás de

la misericordia”. Y Miqueas lo explicó de este modo: “¿Qué Dios semejante a ti? Que quitas la maldad, y

perdonas el pecado del resto de tu pueblo. Ya no descargará más su furor, porque ama la misericordia”.

Así es ciertamente. Porque cuando nos juzgamos más privados y más desamparados del socorro de Dios,

entonces señaladamente es cuando nos busca y cuida de nosotros por su bondad inmensa. Porque entre sus

iras suspende el golpe de la espada de la justicia, y no cesa de derramar los tesoros inagotables de su miseri-

cordia.

 

X. Tercera razón que demuestra plenamente el amor paternal de Dios para con nosotros.

1093. Muchísimo, pues, pueden servir las obras de la creación y gobernación para declarar la especial

providencia de Dios en favor de los hombres. Pero con todo sobresale tanto entre los dos antecedentes el

beneficio de la redención del hombre, que con él nuestro bondadísimo Dios y Padre hizo resplandecer sobre

nosotros la suma y el colmo de su benignidad. Por esto enseñará el Párroco a los hijos espirituales, y de

continuo les encarecerá esta singularísima caridad de Dios en favor de los hombres, de suerte que entiendan

que por haber sido redimidos, vinieron a ser constituidos hijos de Dios por un modo inefable. Porque como

dice San Juan: “Les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Y de Dios han nacido”. Por eso se llama

sacramento de regeneración el Bautismo, considerado como la primera prenda y memoria de la redención,

porque allí nacemos hijos de Dios, según el mismo Señor dice: “Lo que nació de espíritu, espíritu es”. “Es

necesario nacer de nuevo”. Y el Apóstol San Pedro dijo: “Renacidos, no de simiente corruptible, sino

incorruptible por la palabra de Dios vivo”.

 

XI. Por singular beneficio de Dios somos hechos hijos suyos mediante la obra de la redención.

1094. Pues en virtud de esta redención recibimos: el Espíritu Santo, y fuimos enriquecidos con la gracia

de Dios, y mediante este don somos adoptados por hijos suyos, como lo escribe el Apóstol a los Romanos,

diciendo: “No recibisteis el espíritu de servidumbre otra vea en temor, sino recibisteis el espíritu de adopción

de hijos, con el cual clamamos Padre, Padre”. Y San Juan declara la virtud y eficacia de esta adopción

diciendo: “Mirad qué caridad nos manifestó el Padre, que nos llamemos hijos de Dios, y lo seamos”.

 

XII. Qué deben hacer los cristianos constituidos ya hijos de Dios por tantos beneficios de su

Padre celestial.

1095. Expuesto esto se ha de recordar al pueblo fiel cuan obligado está en justa correspondencia a su

amantísimo Padre Dios, para que entienda con cuánto amor y piedad, con cuánta obediencia y veneración debe

servir a su Creador, a su Gobernador y redentor, y con cuánta esperanza y confianza le deberá invocar.

1096. Mas para instruir la ignorancia y corregir la perversa opinión de aquellos que juzgan que sólo las

prosperidades demuestran que Dios nos mira con amor, y que al contrario, cuando nos ejercita con trabajos y

calamidades es señal de un ánimo enemigo y de una voluntad del todo contraria a nosotros, se debe demostrar

que cuando nos toca la mano del Señor, en manera alguna lo hace como enemigo, sino que hiriendo sana, y que

son medicinas las llagas que nos vienen de su Majestad. Porque castiga a los que pecan para que se mejoren

con la corrección, y con las penas temporales librarlos de las eternas. Es así, que visita con la vara nuestras

maldades y con azotes nuestros pecados, más no por eso aparta de nosotros su misericordia.

Por eso ha de advertirse a los fieles que en tales castigos reconozcan el amor paternal de Dios, y

que tengan muy presente en la memoria y en la boca aquello del pacientísimo Job: “El mismo hace la llaga, y

la cura, hiere y con sus manos sanará”. Que se sirvan de aquellas palabras que escribió Jeremías en

persona del pueblo de Israel: “Me castigaste, Señor, y fui enseñado como novillo por domar. Conviérteme,

Señor, y me convertiré, porque tú eres mi Dios y Señor”. Que se propongan el ejemplo de Tobías quien

habiendo entendido que en aquella llaga de su ceguedad andaba de por medio la mano paternal de Dios que le

hería, exclamó: “te Bendigo, Señor, Dios de Israel, porgue tú me castigaste y tú me libraste”.

 

XIII. Ha de inculcarse a los fieles que nunca Dios se olvida de nosotros.

1098. Pero en lo que deben estar los fieles con gran cuidado cuando les sobreviene alguna contrariedad,

o se ven afligidos con cualquier calamidad, es que no piensen sea esto ignorado por Dios. Porque dice él

mismo: “Un cabello de vuestra cabeza no perecerá”, antes bien que se consuelen con aquella divina

sentencia escrita en el Apocalipsis: “Yo a los que amo, reprendo y castigo”. Y que del todo se aquieten con

aquella exhortación del Apóstol a los Hebreos: “Hijo mió, no deseches la disciplina del Señor, ni desmayes

cuando eres castigado por él. Porque al Señor castiga a quien ama, y asola a todo aquel que recibe por hijo. Y

si estáis fuera, de la disciplina, espurios sois, no hijos. También nos castigaron nuestros Padres carnales, y

los reverenciábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?”.

 

XIV. Por qué se nos manda decir nuestro y no mío.

1099. Cuando invocamos cada uno de nosotros al Padre, y le llamamos Nuestro, se nos enseña que

necesariamente se sigue del don y derecho de la adopción divina, que todos los fieles sean hermanos y que

deben amarse entre sí como tales. “Porque todos vosotros, dice el Señor, sois hermanos. Uno es vuestro Padre

que está en los cielos”. Por eso también los Apóstoles llaman en sus cartas hermanos a todos los fieles. Y

así mismo de aquí se sigue necesariamente que en virtud de la misma adopción de Dios, no sólo están unidos

entre sí todos los fieles con este lazo de hermandad, sino que por ser hombre el Unigénito Hijo de Dios, se

llamen también hermanos suyos, y que lo sean. Porque en la Epístola a los Hebreos escribe así el Apóstol,

hablando del Hijo de Dios: “No se desdeña de llamarlos hermanos, diciendo: predicaré a mis hermanos”,

como mucho antes lo había profetizado David de Cristo Señor nuestro. Aun el mismo Cristo habló así a las

mujeres, según el Evangelista: “Id, y decid a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán”. Consta

que dijo el Señor esto, cuando ya resucitado de los muertos, había conseguido la inmortalidad, para que nadie

piense que se deshizo esta alianza fraternal con la resurrección y subida al cielo. Porque tan lejos está de que

disolviera la resurrección de Cristo esta unión y caridad, que nos aseguró que cuando venga a juzgar a todos los

hombres, ha de honrar desde el trono de su majestad y gloria con el nombre de hermanos, a los pequeñuelos

entre los fieles.

 

XV. Por qué razón son llamados los fieles hermanos de Cristo.

1100. Y cómo podemos dejar de ser hermanos de Cristo, si somos llamados herederos juntamente con

él. Porque él es el Primogénito constituido heredero universal, y nosotros nacidos en segundo lugar y

herederos con él, según la medida de los dones celestiales, y conforme a la caridad con que nos hayamos

mostrado ministros y coadjutores del Espíritu Santo, que es el Autor por quien somos movidos y enardeci-

dos para la virtud y acciones saludables, a fin de que confiados en su gracia, entremos con esfuerzo en el

combate espiritual, y consumado éste legítima y valerosamente después de la carrera de esta vida, recibamos

del Padre celestial el justo premio de la corona que tiene reservada para cuantos siguieren el mismo camino.

Porque como dice el Apóstol: “No es Dios injusto, para que se olvide de nuestro trabajo y amor”.

 

XVI. Debemos pedir unos por otros, y amamos como hermanos.

1101. Con cuantas veras debamos pronunciar esta palabra Nuestro, se declara por la sentencia de San

Crisóstomo, quien dice que con mucho gusto oye Dios al cristiano que ruega no sólo por sí, sino también por

otros. Porque pedir por sí, es obra de la naturaleza; por otro, de la gracia. A orar por sí obliga la necesidad; por

otro, lo exhorta la caridad fraterna. A esto añadió: “Más agrada a Dios la oración que nace de la caridad

fraternal, que la movida, por la, necesidad”. En esta materia tan importante de la saludable oración, debe

advertir y exhortar el Párroco a los fieles de toda edad, estado y condición, a que teniendo presente este

fraternal parentesco, se traten todos dulce y fraternalmente, y que no se prefieran los unos a los otros con

arrogancia. Pues aunque hay en la Iglesia de Dios diversos grados de oficios, con todo en manera ninguna quita

esa variedad de grados y empleos la unión de la intimidad fraternal, así como en el cuerpo humano los

varios y diversos usos y ministerios de los miembros nada hacen para que esta o aquella parte de él pierda el

oficio ni el nombre de miembros.

 

XVII. Por qué están unidos los cristianos con tanta intimidad.

1102. Proponte a uno que esté constituido en la dignidad real. Si este es uno de los fieles, ¿no es

hermano de todos cuantos abraza en sí la comunión de la fe cristiana? Sí por cierto. ¿Y por qué? Porque no es

Dios diverso aquel de quien han nacido los ricos y los Reyes, de aquel de quien procedieron los pobres y

vasallos, sino un Dios, un Padre y un Señor de todos. Una es, pues, la nobleza del nacimiento espiritual de

todos, una la dignidad, uno el esplendor de linaje, porque todos hemos nacido hijos de Dios, y somos

coherederos de una misma herencia en virtud de un mismo espíritu, y de un mismo Sacramento de la fe.

No tienen un Cristo Dios los ricos y poderosos, y otro loe pobres y desvalidos, ni están consagrados a

Dios, y santificados con otros Sacramentos, ni esperan otra herencia del reino celestial. Todos somos

hermanos, y como dice el Apóstol escribiendo a los Efesios: “Miembros somos del cuerpo de Cristo, de su carne

y de sus huesos”. Y lo mismo da a entender diciendo a los Gálatas: “Todos sois hijos de Dios por la fe en

Jesucristo. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, estáis vestidos de Cristo. No hay aquí judío

ni griego, no hay siervo ni pobre, no hay hombre ni mujer, porque todos sois uno en Jesucristo”. Este

punto deben tratar los Pastores con especial cuidado, deteniéndose de propósito en esta doctrina, porque es

muy útil, no menos para alentar y animar a los pobres y abatidos, que para refrenar y contener el orgullo de los

ricos y poderosos. Así como para curar esta enfermedad de los hombres, encarecía e inculcaba el Apóstol esta

caridad fraterna a los fieles.

 

XVIII. Qué debe meditar el cristiano al pronunciar Padre Nuestro.

1103 Cuando tú, cristiano, hubieres de hacer estas oraciones a Dios, considera que llegas a Su Majestad

como un hijo a su Padre. Y así cuando empiezas la oración, y pronuncias esta palabra: Padre nuestro, piensa a

cuánta elevación te ha ensalzado la inmensa benignidad de Dios, pues no te manda que acudas como siervo

forzado y temeroso a su Señor, sino que te refugies voluntario y seguro como hijo a su Padre. De esta memoria

y consideración pasa luego a contemplar con qué afectos, con qué devoción te corresponde pedir de tu parte.

Gran cuidado debes poner en mostrarte tal, cual debe ser un hijo de Dios, esto es que tu oración y tu conducta

no sea indigna del linaje divino con que te quiso ennoblecer este bondadosísimo Señor. A este modo de obrar

nos exhorta el Apóstol cuando dice: “Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos muy amados”. De manera

que con toda verdad se pueda decir de nosotros lo que el mismo Apóstol escribió a los Tesalonicenses: “Todos

vosotros sois hijos de la luz, e hijos del dio”.

 

XIX. Que estás en los cielos.

1104. Es cosa cierta entre todos los que piensan bien de Dios, que está su Majestad en todo lugar y en

todas las cosas. Mas no se ha de entender esto de modo que como si fuera compuesto de muchas partes, con

una ocupe un lugar, y con otra otro. Porque Dios es Espíritu, y es imposible división en él. ¿Quién se atreverá a

encerrar en los límites de algún lugar al mismo Dios, cuando el mismo Señor dice de sí?: “¿Por ventura no

hincho yo cielos y tierra?”. Aun esto también ha de entenderse de manera, que abrace Dios con su poder y

virtud cielos, tierra, y cuanto en ellos hay, mas no que él sea contenido por lugar ninguno. Porque Dios está

presente en todas las cosas, o criándolas, o conservándolas después de criadas, pero no limitado ni ceñido a

región o términos algunos, de suerte que deje de estar presente en todo lugar por esencia y potencia como lo

expresó David en aquellas palabras: “Si subiere al cielo, allí estás tú”.

1105. Pero aunque Dios esté presente en todo lugar y en todas las cosas, no limitado ni ceñido a

términos, como queda dicho, con todo se dice muchas veces en las Escrituras sagradas, que tiene su morada en

los cielos. No podemos dudar que lo dispuso así el Señor, porque los cielos que admiramos son la parte más

noble del mundo; siempre permanecen incorruptos, aventajan así en virtud como en grandeza y hermosura a

todos los demás cuerpos, y están dotados de fijos y constantes movimientos. Así, a fin de despertar los ánimos

de los hombres a contemplar el infinito poder y majestad de Dios, la cual se descubre señaladamente en la obra

de los cielos, por eso afirma en las divinas Escrituras que tiene en ellos su habitación. Pero muchas veces

declara también, como es así, que no hay parte alguna en el mundo donde no esté por esencia, presencia y

potencia.

 

XX. Qué debe meditarse sobre las palabras: Que estás en los cielos.

1106. Si bien en esta meditación no solamente se propondrán los fieles la imagen del Padre universal de

todos, sino también de que es Dios que reina en los cielos; para que se acuerden cuando van a orar que han de

levantar al cielo el corazón y el alma, y que si el nombre de Padre los llena de esperanza y confianza, también

debe llenarlos de cristiana humildad y devoción aquella naturaleza soberana y majestad divina de nuestro

Padre que está en los cielos.

1107. Y estas palabras también indican a los que oran lo que deben pedir. Porque todas nuestras

peticiones pertenecientes a las necesidades de esta vida, si no van unidas con los bienes del cielo y se

encaminan a este fin, son vanas e indignas de un cristiano. Por esto instruirán los Párrocos a los piadosos

oyentes en este modo de pedir, y confirmarán su instrucción con aquellas palabras del Apóstol: “Si resucitasteis

con Cristo, buscad las cosas que están en lo alto, donde Cristo está sentado a la, diestra de Dios, y saboreaos

con las cosas del cielo, no con las de la tierra”.

 

Primera petición de la Oración Dominical

SANTIFICADO SEA TU NOMBRE

Importancia de esta petición

[1] Debemos dar comienzo a nuestras oraciones por esta petición, porque únicamente pediremos bien,

cuando respetemos el orden de las cosas que deben apetecerse; y la primera de ellas, que debe ser amada sobre

todas las demás es Dios y su gloria, por ser Dios el Bien Sumo e Infinito, que debe ser amado con amor sumo y

supremo.

Significado de esta primera petición

[2] Por esta petición no pretendemos dar a Dios algo de que carezca, como si su gloria esencial

careciese de algo o pudiese ser aumentada; sino que nos referimos a cosas que pertenecen a su gloria externa,

a saber: • que el Nombre de Dios sea más conocido, amado y servido en todas las naciones; • que se extienda su

Reino; • y que cada día su divina Majestad sea más obedecida.

[3-4] Conviene notar que las palabras «Así en la tierra como en el cielo» no se refieren solamente a la

última petición de la primera parte del Padrenuestro, sino a estas tres peticiones. Pedimos aquí, pues: • que el

Nombre de Dios sea santificado así en la tierra como en el cielo; no porque el Nombre de Dios necesite de por sí

santificación alguna, ya que es santo en sí mismo (Sal. 137 2; Lev. 11 44; 20 7; I Rey. 2 2; I Ped. 1 16.), sino

porque en la tierra es honrado mucho menos de lo que es justo, y muchas veces es ultrajado con maldiciones y

horribles blasfemias; y por eso pedimos que sea celebrado con alabanzas, honor y gloria, en nuestra

inteligencia, en nuestro corazón y en nuestros labios, a imitación de las alabanzas, honor y gloria que le

tributan los bienaventurados en el cielo (Sal. 88 5; Apoc. 4 8.); • y que todas las naciones conozcan y adoren de

tal modo a Dios que no haya nadie que no profese la Religión Católica.

De qué manera ha de ser santificado el Nombre de Dios

El Nombre de Dios puede y debe ser santificado:

[5] 1º Entre los infieles: pidiendo que dejen las tinieblas de la infidelidad, reciban el bautismo en

nombre de la santísima Trinidad para ser justificados, y reconozcan la virtud del Nombre de Dios buscando la

verdadera santidad; pues no puede haber purificación ni justificación de ningún hombre sobre quien no se

haya invocado el Nombre de Dios (todos han de ser regenerados «en el nombre del Padre y del Hijo y del

Espíritu Santo»).

[6] 2º Entre los pecadores: pidiendo que también los que mancharon sus túnicas bautismales

recobren su primitiva santidad por el sacramento de la Penitencia.

[9] 3º Entre los fieles cristianos: no sólo pidiendo a Dios la santificación de su Nombre con la

palabra, sino procurándola dando ejemplo a los demás mediante una vida santa, como lo exigió nuestro Señor

de sus discípulos: «Brille vuestra luz ante los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y den gloria

a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 6 16.); pues hay, por desgracia, quienes alabando con su boca el

Nombre de Dios, lo ultrajan y lo profanan con su conducta, siendo así motivo de que los demás difamen el

Nombre de Dios y de la santa Religión católica (Rom. 2 24; Ez. 36 20; Is. 52 5; Tit. 1 10.).

[7-8] 4º Entre todos los hombres: pidiendo principalmente que todos crean y veneren a la Esposa

de Jesucristo, la Iglesia nuestra Madre, única depositaria de los Sacramentos, y a la cual pertenece

exclusivamente la invocación del Nombre divino, único dado a los hombres por el cual deban ser salvos (Act. 4

12.); y que Dios infunda su luz en las almas para que todos vean que los bienes, corporales y espirituales, los

recibimos del Señor, cuya Providencia se sirve de las causas segundas como de instrumentos para prodigarnos

la vida, el sol, el aire, el alimento, la salud, la paz en las sociedades.

 

CAPÍTULO X

DE LA 1° PETICIÓN

Santificado sea el tu nombre

I. Por qué deben empezar nuestras peticiones por la santificación del nombre de Dios.

1108. Qué es lo que debe pedirse a Dios, y con qué orden hayamos de orar, el mismo Maestro y Señor de

todos nos lo enseñó y mandó. Porque siendo la oración mensajera e intérprete de nuestros afectos y deseos,

entonces pedimos bien y acertadamente, cuando el orden de las peticiones sigue al de las cosas que deben

desearse. La verdadera caridad nos enseña que dirijamos a Dios todos nuestros afectos y deseos. Porque él solo

es en sí mismo el sumo bien; de justicia debe ser amado con especial y singular amor. Ahora bien, no es posible

que Dios sea amado con todo el corazón y sobre todas las cosas, si no se antepone a todas ellas su honor y

gloria. Porque todos nuestros bienes y los ajenos, y en fin todas las cosas que se pueden llamar con el nombre

de buenas, están en todo sujetas a aquel sumo bien de quien proceden. Por esto, a fin de que la oración fuera

ordenada, puso el Salvador esta petición del sumo bien, por principal y primera de todas las demás,

enseñándonos que antes de pedir las cosas necesarias, ya para nosotros o para nuestros prójimos, debemos

pedir las que son propias de la gloria de Dios, representando a su Majestad nuestro amor y deseos acerca de

esto mismo. De esta manera guardaremos el orden de la caridad, la cual nos enseña que amemos a Dios más

que a nosotros mismos, y que pidamos primero lo que queremos para Dios, y después lo que deseamos para

nosotros.

 

II. Por qué pedimos sea santificado el nombre de Dios siendo la santidad misma, que ni puede

aumentarse ni disminuir.

1109. Y porque los deseos y peticiones son de aquellas cosas de que carecemos, y a Dios, esto es, a su

naturaleza nada se puede añadir, ni con alguna cosa aumentarse la divina sustancia, la cual de un modo

inefable contiene la plenitud de toda perfección, debemos entender que lo pedido aquí para su majestad, está

fuera del mismo Dios y que pertenece a su gloria externa. Pues deseamos y pedimos que el nombre de Dios sea

cada vez más conocido en las naciones, que se extienda su reino, y que obedezcan muchos más cada día a su

Majestad. Y estas tres cosas nombre, reino y obediencia, no están en la misma íntima bondad de Dios, sino que

le vienen de fuera.

 

III. Aquellas palabras: “Así en la tierra como en el cielo”, se pueden aplicar a las tres primeras

peticiones, y cómo se entienden aquí.

1110. Mas para que se entienda mejor la virtud y valor de estas peticiones, será cargo del Párroco

advertir al pueblo fiel que aquellas palabras: “Así en la, tierra como en el cielo”, se pueden aplicar a cada una

de las tres peticiones primeras de este modo: “Santificado sea el tu nombre, así en la tierra como en el cielo:

Venga a nos tu reino, así en la tierra como en el cielo. Y hágase tu voluntad así en la, tierra como en el cielo”.

Y cuando pedimos que sea santificado el nombre de Dios, nuestro deseo consiste en que se aumente la santidad

y gloria del divino nombre. Donde ha de advertir el Párroco y enseñar a los piadosos oyentes, que no dice el

Salvador que sea santificado en la tierra de la misma manera que en el cielo, esto es, que iguale en grandeza la

santificación de la tierra a la del cielo, pues esto de ningún modo es posible, sino que hagamos esta petición a

impulsos de la caridad, y con afectos íntimos del alma.

 

IV. Cómo él nombre santísimo de Dios puede ser santificado por nosotros.

1111. Y aunque es muy cierto, como en verdad lo es, que el nombre divino no necesita por sí de

santificación, porque es santo y terrible, así como el mismo Dios es santo por naturaleza, sin poder

añadírsele santidad alguna que no la haya tenido desde la eternidad, con todo como es adorado en la tierra mu-

chísimo menos de lo que es debido, y aun a veces también es ultrajado con blasfemias y voces sacrílegas, por

eso deseamos y pedimos que sea celebrado con sumas alabanzas, honor y gloria, a imitación de las alabanzas,

honra y gloria que se le tributan en el cielo, es a saber: que tal honor y veneración se le rinda en nuestra mente

en nuestro corazón y en nuestros labios que honremos con la veneración posible, interior y exteriormente, y

ensalcemos con todas nuestras fuerzas a un Señor tan grande, tan santo y tan glorioso como lo hacen los

ciudadanos del cielo.

1112. Porque así como los bienaventurados ensalzan y predican la gloria de Dios con suma uniformidad

y armonía, así pedimos que se haga lo mismo en la tierra; que todas las naciones conozcan a Dios, le adoren y

veneren, y que no se halle hombre que no abrace la religión cristiana, y que no se consagre todo a Dios,

creyendo que es la fuente de toda santidad, y que nada hay puro y santo que no dimane de la santidad del

divino nombre.

 

V. Cómo puede santificarse entre los infieles el nombre de Dios.

1113. Y por cuanto asegura el Apóstol que fue purificada la Iglesia con el lavatorio del agua por la

palabra de la vida, como esta palabra de la vida significa el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo,

en el cual somos lavados y santificados, y asimismo es imposible purificación, limpieza e integridad en alguno,

sobre el cual no haya sido invocado el nombre divino ; deseamos y pedimos a Dios, que toda clase de hombres,

abandonando las tinieblas de la impura infidelidad, sean ilustrados con los rayos de la divina luz, y conozcan de

tal modo la virtud de este nombre, que busquen en él la santidad verdadera, y recibiendo en el nombre de la

Santa e individua Trinidad el Sacramento del Bautismo, alcancen de la bondad divina la gracia perfecta de la

santidad.

 

VI. Cómo el nombre de Dios puede ser santificado en los pecadores.

1113A. Y no menos aprovecha este nuestro deseo y petición a aquellos también que habiéndose manchado

con maldades y culpas, perdieron la gracia del Bautismo y la estola de la inocencia, por lo cual volvió el

inmundo espíritu a reinar en sus infelicísimas almas. Pedimos, pues, y suplicamos a Dios, que sea también en

éstos santificado su nombre, para que volviendo sobre sí y a su sano juicio, recobren la santidad antigua por

medio del Sacramento de la Penitencia, y se ofrezcan a sí mismos puro y santo templo y morada para Dios.

 

VII. Cómo podrán todos santificar en sí mismos el nombre de Dios.

1114. Pedimos, finalmente, que Dios comunique su luz a todas las almas, con la cual puedan ver que

toda buena dádiva, y todo don perfecto que desciende del Padre de las luces, viene a nosotros de su divina

mano, para que reconozcan haber recibido la templanza, la justicia, la salud, vida y, en suma, todos los bienes

del alma y del cuerpo, de aquel Señor de quien proceden todos los bienes, como lo confiesa la Iglesia. Y si el sol

con su luz, si los demás astros con su movimiento y curso aprovechan al linaje humano, si respiramos con el

aire que nos rodea, si sustenta la tierra la vida de todos con la abundancia de sus plantas y frutos, si mediante el

buen gobierno de los magistrados gozamos de quietud y tranquilidad, todos estos y otros innumerables bienes

semejantes nos vienen de la inmensa benignidad de Dios. Sobre todo esto debemos confesar, que aquellas

causas que los filósofos llaman segundas, son como unas manos de Dios, hechas de propósito y con artificio

maravilloso para nuestra utilidad, por las cuales nos reparte y derrama sus bienes con abundancia y largueza.

 

VIII. Santificase señaladamente el nombre de Dios reconociendo y venerando la Iglesia

Católica.

1115. Pero lo que más importa en esta petición es que reconozcan y veneren todos a la esposa santísima

de Jesucristo y madre nuestra la Iglesia, en la que únicamente está aquella muy caudalosa y perenne fuente,

para lavar y limpiar todas las manchas de los pecados. De ésta salen todos los Sacramentos de salud y

santificación, por los cuales, como por unos acueductos del cielo, derrama Dios sobre nosotros los más puros

manantiales de la santidad, y a la cual tan sólo, y a los que ella contiene en su seno y regazo, pertenece la

invocación de aquel nombre divino que es el único existente debajo de cielo dado a los hombres, por el cual

conseguimos la salvación.

 

IX De que manera manchan hoy los cristianos el nombre de Dios

1116. Más aquí deben los Párrocos encarecer en gran manera que es obligación del buen hijo, no sólo

rogar a Dios, Padre con palabras, sino esforzarse también con acciones y obras a que resplandezca en él la

santificación del divino nombre. Pero si pluguiera a Dios que no hubiera hombres los cuales pidiendo

continuamente la santificación del divino nombre con la boca, le afeasen y manchasen en cuanto es de su parte

con los hechos por cuya culpa algunas veces aun es blasfemado el mismo Dios Contra estos dijo el Apóstol. “Por

vosotros es blasfemado el nombre de Dios entre los gentiles” Y en Ezequiel leemos “Entraron entre las

gentes, a las que vinieron y mancharon mi santo nombre, pues se decía de ellos. Este es el pueblo del Señor, y

de su tierra ha salido”. Porque cual es la vida y costumbres de los que profesan una religión, suele ser el

juicio que hace el vulgo ignorante de la religión misma y de su autor Así los que viven según la religión cristiana

que han abrazado, y conforman sus palabras y obras a la regla que profesaron, dan a otros materia copiosa de

alabar el nombre del Padre celestial, y de engrandecerle con todo honor y gloria. El mismo Señor nos puso la

obligación de mover a los hombres con obras señaladas de lo presente la virtud a bendecir y ensalzar su divino

nombre, diciéndonos por el Evangelista: ―De tal manera, brille vuestra luz delante de los hombres, que vean

vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos. Y el Príncipe de los Apóstoles

nos dice: ―Teniendo vuestra conversación buena entre las gentes, para que considerándoos por vuestras buenas

obras, glorifiquen a Dios.

 

Segunda petición de la Oración Dominical

VENGA A NOSOTROS TU REINO

Introducción

[1] 1º El Reino de Dios, que es el objeto de esta segunda petición, ha sido también el objeto de la

predicación de San Juan Bautista (Mt. 3 2.), de la predicación del Salvador durante su ministerio público (Mt.

4 15; 5-7; Lc. 4 43.) y durante los cuarenta días después de su resurrección (Act. 1 3.), y finalmente de la

predicación de los apóstoles después de la ascensión del Señor (Mt. 10 7.). Por lo tanto deben los párrocos

explicar con cuidado a los fieles cuán gran utilidad y necesidad hay en esta petición.

[2] 2º Aunque esta petición está unida a las restantes, quiso nuestro Señor que se hiciese

separadamente de las demás, para que busquemos con gran cuidado lo que en ella pedimos: «Buscad primero

el Reino de Dios y su justicia» (Mt. 6 33.); sabiendo que, además, en esta petición del Reino de Dios se

comprenden todas las cosas de que tenemos necesidad en este destierro: «Y todas las demás cosas se os darán

por añadidura».

[3] 3º No basta pedir con insistencia el Reino de Dios, sino que hay que añadir todas aquellos medios

con que se busca eficazmente este Reino, para no parecerse a las vírgenes necias, que aunque pidieron con

deseos entrar en el festín de bodas, no fueron admitidas por no haber sido halladas con el aceite de las buenas

obras (Mt. 25 11.).

[4-6] 4º Por estos motivos, los párrocos excitarán en las almas de los fieles el deseo y el amor ardiente

del Reino de los Cielos, y les pondrán a la vista para este fin la triste condición de nuestro estado de prueba,

donde estamos desterrados y vivimos en una región donde habitan los demonios, llenos de odio hacia nosotros

(Ef. 6 11-12.), donde estamos llenos de miserias y de luchas internas, trabadas entre la carne y el espíritu, y

donde somos los únicos en faltar a Dios, pues todos los demás seres de la creación, tanto animados como

inanimados, obedecen puntualmente a las leyes del Creador. De la explicación de todas estas miserias y de

nuestro triste estado pasará el párroco a explicar su causa, que es el menosprecio de las leyes divinas y de las

divinas inspiraciones, y la eficacia de los remedios para curar estas miserias.

Qué se entiende por el Reino de Dios

El Reino de Dios puede tener en las Escrituras tres significados:

[7] 1º El gobierno común de Dios sobre todas las cosas: esto es, el poder que Dios tiene sobre

todas las cosas, y la Providencia con que todo lo rige y gobierna (Est. 13 9 y 11.).

[8-9] 2º El Reino de Dios en los buenos cristianos: esto es, el modo principal y singular de su

Providencia con que Dios cuida de las almas piadosas y santas (Sal. 22 1; Is. 23 22.). De este modo Cristo es

Rey, no al modo de los hombres, cuyo reino procede de este mundo, y tiene principio y fin, sino porque Dios lo

ha constituido Rey (Sal. 2 6.) de un Reino que no tendrá fin (Lc. 1 33.) y que es justicia, paz y gozo en el

Espíritu Santo (Rom. 14 17.). Cristo, en efecto, reina en todos los que están dentro del gremio y seno de nuestra

Santa Madre Iglesia mediante la fe, la esperanza y la caridad, por las cuales nos constituimos en parte de dicho

Reino, nos ofrecemos a Dios como miembros vivos y puros, y nos consagramos al servicio y veneración de Dios

(Lc. 17 21.); y en éstos se dice que está el Reino de la divina gracia.

[10-11] 3º El Reino de la Gloria de Cristo: es el Reino anunciado por Cristo como recompensa a los

que en esta vida forman parte del Reino de la gracia (Mt. 25 34.), el que el buen ladrón pide a nuestro Señor

arrepintiéndose de sus pecados (Lc. 23 42.) y del que San Pablo excluye a quienes se entreguen a los

desórdenes de la carne (Ef. 1 5.). Pero para entrar en este Reino es preciso fundar antes el Reino de la gracia,

porque no es posible que reine en uno la gloria de Dios si antes no reinó en él su gracia, que es un manantial de

agua que mana hasta la vida eterna (Jn. 4 14; 3 5.). En ese Reino nos mantendremos firmes e inmutables, sin

poder pecar ni perder a Dios, mientras que en esta vida el Reino de la gracia puede ser perdido; allí toda

nuestra flaqueza se convertirá en fortaleza; Dios mismo reinará en nuestra alma y en nuestro cuerpo para

siempre.

Significado de esta segunda petición: «Venga a nosotros tu Reino»

Por esta petición se pide al Señor:

[12] 1º Ante todo, la propagación del Reino de Jesucristo, que es su Iglesia; que los infieles y

judíos se conviertan a la fe de Cristo nuestro Señor; que los cismáticos y herejes vuelvan a la pureza de la fe y a

la comunión de la Iglesia Católica, de la que se separaron (Is. 54 2-5; 60 3-4.).

[13] 2º En segundo lugar, la conversión y enmienda de los malos cristianos, que ostentan una

fe desfigurada, profesada con la boca mas negada con las obras, y en los cuales reina el demonio como en su

propia casa; para que disipadas las tinieblas de sus pecados, recobren la primitiva dignidad de hijos de Dios, y

se limpie así la era de la Iglesia de Dios de toda cizaña, y disfrute de paz verdadera y completa.

[14] 3º Que sólo Dios viva y reine en nosotros, para que en lo sucesivo no tenga cabida en nuestras

almas la muerte del pecado, sino que Cristo logre imponer su imperio en nosotros y destruir el del pecado.

[19] Resumiendo, debemos pedir a Dios encarecidamente: • que nos haga obrar siempre según su

voluntad; • que destruya el imperio de Satanás para que ya no ejerza potestad alguna sobre nosotros; • que

venza y triunfe Jesucristo; • que brillen por toda la tierra sus leyes, de modo que se guarden sus mandamientos;

y que todos los hombres vivan de modo que lleguen seguramente a la posesión de Dios nuestro Rey, y logren

la posesión del Reino celestial que les está preparado desde toda la eternidad.

Con qué espíritu debe hacerse esta petición

Para hacer devotamente esta petición deben los fieles:

[15-16] 1º Penetrarse del espíritu y significado de la parábola del tesoro escondido (Mt. 13

44; cf. Job 18 15; Prov. 8 10; Sab. 8 8ss.): el que conoce las riquezas de Cristo, por ellas desprecia todas las

cosas, y le son basura todas las haciendas, riquezas y honores (Fil. 3 8.). ¡Dichosos aquellos cristianos a quienes

Cristo da conocimiento de ese tesoro y de esa perla preciosa de la divina gracia!: venderán todos sus bienes y a

sí mismos con tal de poseerla para siempre, pues con ella alcanzarán la gloria, cuya excelencia es imposible

describir (Is. 64 4; I Cor. 2 9.).

[17] 2º Estar con espíritu humilde y anonadado, pensando cuán indigno somos de entrar en el

Reino de Dios y cuán dignos somos de aborrecimiento y de castigo por parte de Dios, por ser descendientes de

Adán pecador, justamente arrojados del paraíso y desterrados (Gen. 3 23.); y desconfiando de nosotros

mismos, para recurrir a la divina misericordia con la compunción, humildad y confianza del publicano (Lc. 17

13.).

[18] 3º Cuidarnos y pensar en lo que debemos hacer y en lo que debemos evitar para

llegar al Reino de los cielos, que sólo será dado a los que se hacen violencia (Mt. 11 12; 19 17.), y no a los

perezosos. Así, pues, no basta pedir el Reino de Dios si no se dedica a esto mismo los propios afectos y obras.

Para este trabajo Dios no nos abandona, sino que pone a nuestra disposición gran abundancia de auxilios, con

los cuales no sólo podremos estar libres de nuestros enemigos, sino también derribarlos y tenerlos sujetos.

 

CAPÍTULO XI

DE LA 2° PETICIÓN

Venga a nos el tu reino

I. Muchas veces en las Escrituras se recomienda el reino de Dios.

1117. El Reino de los cielos que pedimos en esta petición, es tal que por él comienza y acaba toda la

predicación del Evangelio. Porque por él empezó San Juan Bautista a exhortar a penitencia, diciendo: ―Haced

penitencia, porque se acerca el Reino de los cielos, Y el Salvador del linaje humano por ahí también dio

principio a su predicación. Y en aquel sublime sermón donde mostró en el monte a sus discípulos los

caminos de la bienaventuranza, habiendo como propuesto el asunto de su oración, empezó por el reino de los

cielos, pues dijo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Aun

a algunos que deseaban detenerle, alegó ésta por causa forzosa de su partida: ―A otras ciudades también es

menester que yo anuncie el reino de Dios, porque para eso he sido enviado” . Después mandó a sus

Apóstoles predicar este mismo Reino. Al que dijo que quería ir a enterrar a su Padre, respondió: “Tú ve, y

anuncia el Reino de Dios”.

Habiendo también resucitado de los muertos, por aquellos cuarenta días que apareció a los Apóstoles,

les hablaba del reino de Dios. Por lo tanto explicarán los Párrocos con la mayor diligencia este lugar de la

segunda petición, para que entiendan los fieles cuanta sea la virtud y necesidad que hay de lo que en sí

contiene.

 

II. Qué es lo que comprende esta segunda petición.

1118. En primer lugar facilita la explicación docta y perfecta de esta doctrina la consideración de que si

bien esta petición está unida a todas las demás, con todo mandó también el Señor que se hiciese separada de

ellas, a fin de que busquemos con todo cuidado lo que en ella pedimos, pues dice: “Buscad ante todo el reino de

Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Y a la verdad es tanta la abundancia y riqueza

de celestiales dones encerrados en esta petición, que comprende todo lo que es necesario para la vida del

alma y del cuerpo. Y a la verdad ¿podríamos reconocer por digno del nombre de rey, al que no velara por las

cosas de que depende la salud del reino? Ahora bien, si hay hombres solícitos de la conservación de su reino

¿con cuánto cuidado y providencia se habrá de creer que guarda el rey de reyes la vida y salud de los hombres?

Están pues, comprendidas en esta petición del reino de Dios todas las cosas que necesitamos en esta

peregrinación o más bien destierro, y que promete el Señor las dará benignamente pues añadió al instante: “Y

todas las demás cosas se os darán por añadidura”. En lo cual manifiesta del todo, que él es el Rey que provee

al linaje humano con toda largueza de cuanto necesita. Y así movido David con la consideración de esta infinita

benignidad, cantó: ―El Señor me gobierna, nada me faltará”.

 

III. Qué deben hacer los que desean conseguir el fruto de esta petición.

1119. Pero no basta pedir con instancia el reino de Dios, si no añadimos a nuestra petición todos

aquellos medios con los cuales se procura y consigue. Pues las cinco vírgenes locas pidieron, y con mucho

ahínco de este modo: ―Señor, Señor, ábrenos‖; con todo fueron excluidas por no ir acompañada su petición de

las buenas obras. Y con mucha razón, pues es sentencia pronunciada por la boca de Dios: ―No todo aquél que

me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos”.

 

IV. Motivos para excitar el deseo del reino de los cielos.

1120. Por esta razón los Sacerdotes que tienen cuidado de las almas sacarán de las riquísimas fuentes de

las Escrituras divinas aquello que avive en los fieles el deseo y amor del reino de los cielos, aquello que les

represente la miserable condición de nuestro estado, y cuanto cause en ellos tales efectos que atendiendo y

considerando a sí mismos, les recuerden la bienaventuranza cumplida y los bienes inexplicables que abundan

en la casa de su Padre Dios. Desterrados estamos, y somos moradores de un lugar donde habitan los demonios,

cuyo odio contra nosotros de ninguna manera se puede aplacar, pues son enemigos molestísimos y muy crueles

del linaje humano. ¿Qué diremos de las luchas domésticas e interiores conque continuamente pelean entre sí el

cuerpo y el alma, la carne y el espíritu, y que siempre en ellas hemos de estar temiendo la caída? ¿Pero qué digo

temer? Al punto caeríamos, si la virtud de Dios no nos tuviese de su mano. Por lo cual experimentando el

Apóstol esta multitud de miserias, exclamaba: “¡Desventurado de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de esta,

muerte?”.

 

V. Cuánta es la miseria del hombre en comparación con las demás criaturas.

1121. Y aunque en sí es conocida esta infelicidad de nuestro linaje, todavía puede conocerse mejor,

comparando nuestra naturaleza con las demás criaturas. En éstas, ya sean irracionales, ya insensibles, rara vez

advertimos que se desvíe alguna de tal manera de las acciones propias y de aquellos sentimientos y

movimientos que le son naturales que se aparte del fin por el cual fué creada. Esto se ve tan manifiestamente en

los animales del campo, y en los peces y aves, que no necesita de otra declaración. Y si levantares los ojos al

cielo, ¿no entenderás al punto cuan cierto es lo que dijo David: “Para siempre, Señor, permanece en el cielo tu

palabra?”.

Porque estando en un movimiento continuo, y en una perpetua revolución, jamás discrepa en lo más

mínimo de la ley que Dios le señaló. Si bajas después los ojos a la tierra y al resto del universo, luego echarás de

ver que en nada, o en muy poco se desordena. Pero el infelicísimo linaje de los hombres a cada paso cae. Por

maravilla pone en práctica los buenos pensamientos. Muchas veces desecha y menosprecia las acciones buenas

que comenzó. El consejo bellísimo que ahora le agradaba, luego le desagrada, y retractado éste, se desliza en los

malos y perniciosos.

 

VI. Cuál sea la causa principal de estas miserias.

1122. ¿Y cuál es la causa de esta inconstancia y miseria? El menosprecio, ciertamente, de las

inspiraciones divinas. Porque cerramos los oídos a las voces de Dios, no queremos abrir los ojos para ver las

luces que nos pone delante, ni oímos lo que el Padre celestial nos manda para nuestro bien. Por esto deben

insistir aquí los Párrocos, proponiendo a los fieles las miserias, manifestando sus causas, y mostrando la virtud

de los remedios. Todo esto lo podrán explicar fácilmente, recomendado a los santísimos varones Juan

Crisóstomo, y Agustín, y señaladamente a lo que dijimos en la explicación del Símbolo. Pues bien entendido

esto, ¿quién habrá tan inconsiderado entre los hombres, que con el socorro de la gracia de Dios preveniente, no

procure levantarse, y animándose con el ejemplo del hijo Pródigo, no acuda a la presencia de su Rey y Padre

celestial?

 

VII. Qué se entiende en las Escrituras por el reino de Dios.

1123. Explicado esto, declararán los Pastores cual sea la petición fructuosa de los fieles, o que sea lo

pedido a Dios por estas palabras, mayormente cuando el nombre del reino di» los cielos significa muchas

cosas, cuya declaración por una parte es útil para la inteligencia de otros lugares de la divina Escritura, y por

otra necesaria para el conocimiento del presente.

1124. Lo primero, pues, que significa el reino de Dios, como se ve a cada paso en las divinas Letras, es no

solamente la soberanía que tiene Dios sobre todos los hombres, y sobre la universidad de todas las demás

criaturas, sino también la providencia con que a todas las rige y gobierna. “En tus manos, Señor, dice David,

están todos los fines de la tierra”, por los cuales fines se entienden también todas las cosas que hay

apartadas y ocultas en los senos de la tierra, y en todas partes. Conforme a esto decía Mardoqueo: “Señor,

Señor, Rey todopoderoso, en tu dominio están todas las cosas, y no hay quien pueda resistir a, tu voluntad.

Señor eres de todo, no hay quien resista a tu Majestad”.

 

VIII. Del reino de Cristo sobre los buenos.

1125. También se significa por el reino de Dios aquella especial y singular providencia, conque Dios

ampara y cuida de todos los justos y santos. De este particular y diligentísimo cuidado dijo David: “El Señor me

gobierna, nada me faltará”. Y también Isaías: “El Señor es nuestro Rey, él mismo nos salvará”. Aunque

los justos y santos se hallen en esta vida por un modo especial bajo la potestad de Dios, como dijimos, con todo

el mismo Cristo Señor nuestro hizo saber a Pilatos, que su reino no era de este mundo, esto es que de

ninguna manera tenía su origen de este mundo, el cual fué criado, y ha de perecer. Pues de este modo reinan

los Emperadores, los Reyes, las Repúblicas, los Duques, y todos aquellos que habiendo sido elegidos por los

hombres, presiden a las ciudades y provincias; o se apoderaron de la señoría por injusticia y violencia. Pero

Cristo Señor nuestro fue constituido Rey por Dios, como dice el Profeta; y su Reino según el Apóstol es

justicia, pues afirma: “El Reino de Dios es paz y gozo en el Espíritu Santo”.

 

IX. Cómo reina Cristo en sus fieles servidores.

1126. Reina, pues, en nosotros Cristo Señor nuestro por las virtudes interiores, Fe, Esperanza y Caridad,

por las cuales nos hacemos, en cierto modo, partes de este Reino, y estando sujetos a Dios de un modo especial,

nos dedicamos a su servicio y veneración, de suerte que así como dijo el Apóstol: ―Vivo yo, ya no yo; que vive

Cristo en mí, así podemos nosotros decir: ―Reino yo, ya no yo: que reina Cristo en mí‖. Se llama este reino

justicia, porque está afianzado sobre la justicia de Cristo Señor nuestro. Del cual reino dice así el Señor: ―El

Reino de Dios está dentro de vosotros. Pues aunque Jesucristo reina por la fe en todos los que están dentro

del gremio de la Santa Madre Iglesia, gobierna, con todo, por modo particular a los que adornados con

excelente fe, esperanza y caridad, se entregaron a Dios, como puros y vivos miembros suyos. En éstos se dice

que está el reino de la gracia de Dios.

 

X. Del reino de la gloria de Cristo Señor nuestro.

1127. Hay también otro reino, que es el de la gloria de Dios, del cual oímos a Cristo nuestro Señor decir

así por San Mateo: ―Venid, benditos de mi Padre, y poseed el reino, que está para vos otros preparado desde el

principio del mundo‖. Este mismo reino es el que el ladrón reconociendo maravillosamente sus pecados,

como escribe San Lucas, pedía al Señor, diciendo: ―Señor, acuérdate de mí cuando estuvieres en tu reino.

También hace memoria de este reino San Juan, cuando dice: ―El que no renaciere del agua y del Espíritu Santo,

no puede entrar en el reino de Dios, Y asimismo la hace el Apóstol, diciendo a los Efesios: ―Todo fornicario,

o inmundo, o avariento (que es servidumbre de ídolos) no tiene parte en el reino de Cristo y de Dios. Y a lo

mismo pertenecen algunas parábolas de Cristo Señor nuestro, en que habla del reino de los cielos.

 

XI. De la naturaleza y diferencia que existe entre el reino de la gracia y el de la gloria.

1128. Pero es indispensable poner primero el reino de la gracia, porque es imposible que reine en el de

la gloria de Dios, quien no hubiese reinado en el de su gracia. Es la gracia, como dice el mismo Salvador:

Fuente de agua que salta hasta la vida eterna”; ¿Y qué diremos que es la gloria sino una gracia perfecta y

consumada?. Porque mientras estamos vestidos de este cuerpo frágil y mortal, cuando errantes y débiles en

esta obscura peregrinación y destierro estamos ausentes del Señor, tropezamos con frecuencia y caemos

muchas veces, desechado el apoyo del reino de la gracia, que es el que nos sostiene. Pero en amaneciéndonos la

luz del reino de la gloria, que es el perfecto, estaremos perpetuamente constantes y firmes. Porque entonces

se acabará todo vicio y molestia, toda, nuestra flaqueza será fortalecida y confirmada, y últimamente reinará el

mismo Dios en nuestra alma y cuerpo, según se declaró más extensamente al tratar de la resurrección de la

carne.

 

XII. Qué es lo primero que pedimos en esta petición.

1129. Explicadas, pues, estas cosas que declaran lo que se entiende en general por el reino de Dios, se ha

de declarar qué es lo que propiamente y en particular se pide por esta petición. Lo que pedimos a Dios es, que

se extienda el reino de Cristo que es la iglesia; que los infieles y judíos se conviertan a la fe de Cristo Señor

nuestro, y que reciban el conocimiento del verdadero Dios; que vuelvan los cismáticos y herejes a la pureza de

la fe y a la comunión de la Iglesia de Dios, de la cual desertaron, de suerte que se cumpla y se realice lo que dijo

el Señor por boca de Isaías: “Ensancha el lugar de tu alojamiento, y extiende, las pieles de tus pabellones, no

te quedes corto, alarga, tus cordeles, y clava, bien tus estacas, porque a la diestra y a la siniestra penetrarás,

pues reinará en ti, el que te hizo”. Y en otra parte: “Andarán las gentes con, tu lux, y los reyes con el

resplandor de tu nacimiento. Alza tus ojos en derredor de ti y mira; todos estos se han juntado y vinieron a ti.

Tus hijos vendrán de lejos, y tus hijas acudirán a ti de todas partes”.

 

XIII. De lo que se pide en segundo lugar.

1130. Y por cuanto hay muchos en la Iglesia que confesando a Dios con las palabras y negándole con

las obras, muestran una fe deformada, en los cuales mora por el pecado el demonio, y manda en ellos como en

su propia casa; pedimos también que venga a éstos el reino de Dios, para que disipadas las tinieblas de la culpa,

sean favorecidos con los rayos de la divina luz, y restituidos a la antigua dignidad de hijos de Dios. Pedimos

también que el Padre celestial arrancando de raíz de su reino las herejías y cismas, y quitando todos los

tropiezos y escándalos, limpie la era de su Iglesia, y que adorándole ésta con piadosos y santos cultos, goce de

quieta y tranquila paz.

 

XIV. De lo que se pide en tercer lugar.

1131. Pedimos, finalmente, que sólo Dios viva y reine en nosotros, para que en adelante no tenga lugar la

muerte, sino que quede sumergida en la victoria de Cristo Señor nuestro, y que Su Majestad deshaga y

destruya todo el principado, poder, y fuerzas de los enemigos y sujete a su imperio todas las cosas.

 

XV. De lo que principalmente han de meditar los fieles para hacer como deben esta petición.

1132. Pero queda al cuidado de los Párrocos enseñar al pueblo fiel, según lo requiere esta petición, las

consideraciones y meditaciones con que se debe armar y prevenir, para poder hacer devotamente esta oración a

Dios. Y primeramente le exhortarán a que considere el espíritu y el sentido de aquella parábola propuesta por

el Salvador: “Semejante es el reino de los cielos a un tesoro escondido en el campo, que si lo haya un hombre,

le oculta de nuevo y, gozoso del hallazgo, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo”. Pues el que

llega a conocer las riquezas de Cristo Señor nuestro, despreciará por ellas todas las cosas, y tendrá por estiércol

las haciendas, riquezas y poderíos, porque nada hay que se pueda comparar con aquel sumo precio, o por mejor

decir, que pueda parecer a su vista. Así, los que tuvieren la dicha de conocer esto, exclamarán con el Apóstol:

Todas las cosas tuve por pérdida, y las juzgo como estiércol por ganar a Cristo”. Esta es aquella preciosa

margarita del Evangelio, que quien diere por ella cuánto dinero hiciere ele la venta de todos sus bienes, gozará

de eterna bienaventuranza.

 

XVI. Cuán apreciadle es el reino de Cristo aquí por gracia, y en la vida venidera por gloria.

1133. ¡Oh dichosos de nosotros si nos iluminare Jesucristo con una luz tan grande, que pudiéramos ver

aquella margarita de la divina gracia, por la cual reina en los suyos! Todas nuestras cosas, y aun a nosotros

mismos nos venderíamos por comprarla y poseerla. Entonces por fin diríamos sin duda muy gustosos: “¿Quién

nos apartará de la caridad de Cristo?”. Y si deseamos saber cuán grande sea la excelencia del reino de la

gloria, oigamos al Profeta y al Apóstol que de ella pronuncian una misma voz y sentencia: “Ni ojo vio, ni

oídos oyeren, ni corazón humano pudo alcanzar lo que Dios preparó para los que le aman”.

 

XVII. De la humildad con que debemos hacer ésta y las demás peticiones.

1134. Mas para alcanzar lo que pedimos aprovechará en gran manera considerar qué es lo que somos,

esto es, hijos de Adán, justamente arrojados del Paraíso y desterrados, cuya indignidad y malicia no merece

otra cosa que un sumo aborrecimiento de Dios y condenación eterna. Esta consideración no puede menos de

humillarnos mucho. Con ella irá nuestra oración llena de humildad cristiana, y desconfiando del todo de

nosotros mismos, nos acogeremos como el Publicano1606 a la misericordia de Dios, y atribuyéndolo todo a su

benignidad, le daremos inmortales gracias por habernos dado su espíritu, con el cual confiados nos atrevemos

a clamar: “Padre, Padre”.

 

XVIII. Con cuánto esfuerzo debemos procurar conseguir el reino de los cielos.

1135. Aplicaremos también todo nuestro cuidado y pensamientos sobre lo que debemos hacer, y lo que

por el contrario debemos evitar a fin de que podamos llegar al reino de los cielos. Porque no nos ha llamado

Dios para la ociosidad y a la desidia, antes dice: “El reino de los cielos padece fuerza, y los esforzados son

los que le arrebatan” Y en otra parte: “Si quieres entrar en la Vida, guarda los mandamientos” No basta,

pues, pedir el reino de Dios sino que es menester esforzarse con mucha solicitud y diligencia. Porque debemos

ser cooperadores y ministros de la gracia de Dios, siguiendo el camino por donde se llega al cielo. Nunca nos

desampara Dios, pues tiene prometido que perpetuamente ha de estar con nosotros. Así, todo nuestro

cuidado debe consistir en que no desamparemos ni a Dios ni a nosotros mismos. A la verdad, de Dios son todas

las cosas que hay en este reino de la Iglesia (con las cuales mantiene la vida de los hombres y realiza su salud

eterna) así las invisibles milicias Angélicas como el don visible de los Sacramentos, el cual está muy lleno de

celestial virtud. Con estas cosas nos ha proveído de unos auxilios tan poderosos, que no sólo podemos estar

seguros contra el poderío de nuestros cruelísimos enemigos, sino también postrar y vencer al mismo tirano y a

sus malvados ministros.

 

XIX. Epílogo de esta petición y otra breve exposición de la misma.

1136. Por lo cual pidamos encarecidamente al Espíritu Santo que nos haga obrar en todo según su

voluntad, que destruya el imperio del demonio, para que no tenga poder ninguno sobre nosotros en el último

día; que venga y triunfe Jesucristo, que florezcan sus leyes por toda la redondez de la tierra; que se observen

sus mandamientos, y que no haya traidor ni desertor ninguno, sino que todos se conduzcan de tal manera, que

vengan con entera confianza a la presencia de su Rey Dios y que alcancen la posesión del reino de los cielos

preparada para ellos desde la eternidad, donde bienaventurados gocen con Cristo de gloria eterna.

 

Tercera petición de la Oración Dominical

HÁGASE TU VOLUNTAD, ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

INTRODUCCIÓN AL CAPÍTULO

[1-2] A la petición del Reino de los Cielos ha de seguir la del cumplimiento de la voluntad de Dios, pues

según afirmación de nuestro Señor, sólo entrarán en él quienes cumplan la voluntad de su Padre celestial (Mt.

7 21.). Mas para que los fieles comprendan los grandes bienes que alcanzamos por medio de esta petición, debe

explicárseles antes a qué miserias quedó sujeto el linaje humano después del pecado de nuestro primer padre.

[3] 1º Males que acarreó al género humano el pecado de Adán. — a) Dios grabó en todas las

criaturas, al crearlas, el apetito de su propio bien, para que por natural inclinación lo busquen y lo apetezcan.

El hombre, como las demás criaturas, recibió también una inclinación a desear a Dios, Autor y Padre de su

felicidad, mas de manera libre e inteligente. Pero, mientras en las demás criaturas esta inclinación permanece

inalterada, el hombre, al pecar, no sólo se vio privado de la justicia original con que Dios había adornado su

naturaleza, sino también de la propia inclinación a la virtud, que Dios había grabado en nuestras almas (Sal. 32

4; Gen. 8 21.); de modo que desde entonces nadie por sí mismo siente gusto en obrar bien, sino que todos están

inclinados al mal, y son innumerables las pasiones malas del hombre (Rom. 7 21-23.).

[4] b) El colmo de nuestra desgracia es que, lejos de reconocer como malas dichas pasiones, cegados

por ellas, las juzgamos buenas y buscamos con avidez lo que nos es perjudicial, mientras que juzgamos como

malo y huimos como de cosas perjudiciales de las que verdaderamente son buenas y honestas (Is. 5 20.).

[5-7] c) Por eso las Sagradas Letras nos comparan: • a quienes han perdido el sentido del gusto (Is. 24

9; Ez. 18 2.); • a los enfermos (Sal. 6 2; 106 12.), pues así como ellos se ven incapaces de cumplir los oficios y

obligaciones de las personas sanas hasta que no salgan de su enfermedad, así también nosotros, aunque po-

demos hacer algún bien natural, somos absolutamente incapaces, sin el auxilio de la gracia, de hacer cosas

gratas a Dios y conducentes a nuestra felicidad eterna, como amar y dar culto a Dios como es debido; y si este

auxilio no viniese pronto en nuestra ayuda, no tardaríamos en rechazar toda clase de obras buenas para

precipitarnos voluntariamente en nuestra ruina; • a los niños, los cuales, dejados a su arbitrio, corren sin

reflexión a toda clase de cosas frívolas e imprudentes (Prov. 1 22; I Cor. 19 20.).

[8] 2º Remedio a estos males. — El que por la gracia ha desechado de su alma estas tinieblas y esta

necedad, al considerar el gran número de apetitos desordenados que bullen en su naturaleza, buscará con

verdadero deseo el remedio. Este remedio lo pedimos por las palabras «Hágase tu voluntad»; pues si

incurrimos en tantas miserias por faltar a la obediencia y despreciar la voluntad de Dios, el único remedio es

volver a conformar nuestra vida a la voluntad de Dios, y medir por esta regla todos nuestros pensamientos y

todas nuestras obras.

[9-10] Nadie puede prescindir de esta petición, ni siquiera quienes han sido justificados por la gracia y

cumplen la voluntad de Dios. En efecto, después de perder el hombre por el pecado la justicia original, que

moderaba las pasiones, ya no puede la razón mantenerlas tan dentro de su órbita ni tener tan reprimidos los

apetitos de la carne que nunca la acometan después. Y aunque la gracia sana nuestra alma del pecado, no sana

enteramente nuestra carne (Rom. 7 18.), y por tanto no deja al alma justificada por la gracia, libre de la guerra

que le hacen sus pasiones desordenadas. Por eso hay que recurrir al auxilio de Dios y pedir que se haga en

nosotros su voluntad.

«Hágase tu voluntad»

[11] 1º Qué se entiende por voluntad de Dios. — Por voluntad de Dios entendemos aquí su

voluntad significada, esto es, lo que Dios ha mandado o aconsejado que nosotros hagamos o evitemos, ya por

sí mismo, ya por su Iglesia (Ef. 5 17; Rom. 12 2.). Por eso, comprende todo lo que se ordena a la adquisición de

la felicidad del cielo, ya se refiera a la fe, ya a las costumbres (I Tes. 4 3.).

2º Significado de esta petición. — Cuando decimos «Hágase tu voluntad»:

[12] a) Pedimos que el Padre celestial nos dé fuerzas para cumplir sus divinos mandamientos, y para obrar

en todo según su deseo y voluntad, de modo que vivamos como hijos nacidos de Dios (Jn. 1 13.), lo sirvamos en458santidad (Lc. 1 74-75.) y estemos resueltos a sufrirlo todo antes que separarnos lo más mínimo de su voluntad.

[13] Todos los Santos comprendiendo bien la gran dignidad de los que obedecen a Dios (pues el Señor declara

que les está unido con los más estrechos lazos de amor y benevolencia) (Mt. 12 50; Mc. 3 35; Lc. 8 21.),

suplicaron con instancia la gracia de esta petición con términos verdaderamente elocuentes y muy variados,

entre ellos David en su Salmo 118 (Sal. 118 5, 35, 73, 108, 125, 133.).

[14-17] b) Abominamos las obras de la carne (Gal. 3 19-21.), que sólo aportan la muerte (Rom. 8 13.); y

pedimos a Dios que no permita que hagamos las cosas a que nos excitan nuestra sensualidad, codicia y

flaqueza, sino que dirija nuestra voluntad conforme a la suya. Sobre lo cual hay que notar que pedimos aquí:

que no nos conceda Dios lo que nosotros deseamos por nuestra voluntad, cuando es notorio ser depravado

nuestro deseo, aunque eso suponga aborrecernos a nosotros mismos; nuestro Señor ya nos amonestó que para

ser sus discípulos debíamos negarnos a nosotros mismos (Mt. 16 24.), especialmente sabiendo que mucho

mejor es desear lo recto y justo, aunque a veces parezca mortificante, que poseer lo que es contrario a la razón,

a las virtudes y a las leyes divinas; • que tampoco nos conceda lo que alguna vez pedimos como bueno, pero a

incitación del demonio transformado en ángel de luz (II Cor. 11 44.), al modo a como no escuchó el Señor el

deseo de San Pedro, que intentaba apartarlo de su Pasión (Mt. 16 22.), ni el de los apóstoles Santiago y Juan,

que pidieron que lloviera fuego del cielo sobre una población samaritana que no quiso dar hospitalidad al

Salvador (Lc. 9 54-56.); • que tampoco nos dé aquello que, sin ser realmente malo, responde a la primera

inclinación de la naturaleza, que apetece lo que la conserva y no quiere lo que parece contrario a ella; sino que

nos haga imitar al mismo Señor, que en su agonía puso las repugnancias de su naturaleza en manos de su

eterno Padre, resignándose a su voluntad (Lc. 22 42.).

[18] c) Pedimos a Dios que nos dé su auxilio para evitar el pecado, que reprima los movimientos

desordenados de nuestra concupiscencia, que haga obedientes a la razón los apetitos carnales, pues todo eso no

lo podemos sin la ayuda de la gracia.

d) Pedimos que todos los hombres de la tierra vengan al conocimiento de la Ley de Dios.

[22] e) Finalmente, damos a Dios una rendida acción de gracias. En efecto, al ser Dios omnipotente,

todas las cosas han sido creadas según su voluntad; y como Dios es Sumo Bien, todas las cosas así creadas son

necesariamente buenas (Mc. 7 37.), aunque nosotros no alcancemos a conocer la razón divina de todas las

cosas. Y especialmente damos gracias a la voluntad de Dios por habernos sacado de las tinieblas del pecado y

trasladado al reino de su Hijo muy amado (Col. 1 13.).

«Así en la tierra como en el cielo»

Por estas palabras pedimos:

[19-20] 1º En primer lugar, el modo y la forma de cumplir aquella voluntad de Dios, a saber:

observarla con la misma obediencia y placer con que la observan los santos Angeles en el cielo; • sirviendo a

Dios, no por interés alguno, sino por amor a El; pues aunque nos hemos consagrado a Dios por la esperanza de

los premios eternos, debemos esperar estos premios sólo porque plugo a Dios conceder la eterna

bienaventuranza como premio a nuestro amor.

[21] 2º También se pueden entender estas palabras de manera que diga: «en el cielo», entendiéndolo de

los buenos y piadosos, y «en la tierra», de los malos e impíos; o también «en el cielo», esto es, en los

espíritus, y «en la tierra», esto es, en la carne; de modo que todos y todas las cosas estén obedientes a la

voluntad de Dios.

Consideraciones sobre esta petición

[23] 1º Deben los fieles, al hacer esta petición, estar con modestia y humildad,

considerando: • cuánto se opone a la divina voluntad la inclinación desordenada de nuestros apetitos, que nos

hace inferiores en cierto modo a las demás criaturas, las cuales sirven siempre a Dios (Sal. 118 91.); • cuán

débiles somos, pues no podemos, sin el auxilio de la divina gracia, hacer nada, ni siquiera comenzar una obra

agradable a Dios (I Cor. 15 10; II Cor. 3 5.).

Resolver interiormente no poner en ejecución ninguna cosa que sea contraria a la

divina voluntad, recordando que nada hay más excelente que servir a Dios y vivir según su voluntad y sus

preceptos, y escarmentando en aquellos a quienes resultaron mal sus empresas, por no haber conformado a la

voluntad de Dios la ejecución de sus planes (Por ejemplo Faraón, Ex. 4-6.).

[24] 3º Resignarse siempre en la voluntad de Dios, ya aceptando el lugar en que la providencia

los pone (I Cor. 7 20; Ef. 4 1.), ya la carestía de recursos materiales, ya las enfermedades corporales, las

persecuciones y otras molestias y trabajos, persuadidos de que nada acontece sin la voluntad de Dios (Job 1 21;

Act. 21 14.).

 

CAPÍTULO XII

DE LA 3° PETICIÓN

Hágase tu voluntad

I. Por qué se puso esta petición inmediatamente después de la anterior.

1137. Habiendo dicho Cristo Señor nuestro: ―No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el Reino

de los cielos, sino el que hiciere la, voluntad de mi Padre que está en los cielos, éste entrará en el reino de los

cielos; todos los que desean llegar al reino celestial, deben pedir a Dios que se haga su voluntad. Y por esto

se puso aquí esta petición seguida inmediatamente a la petición del reino del cielo.

 

II. Cómo llegaremos a la verdadera inteligencia de esta petición.

1138. Mas para que entiendan los fieles la gran necesidad de lo que pedimos aquí, y las grandes riquezas

de saludables dones que con su consecución reportamos, declararán los Párrocos a cuantas miserias y

desdichas quedó sujeto el linaje humano por el pecado del primer padre.

 

III. De los males que acarreó a los hombres el pecado de Adán.

1139. Desde el principio imprimió Dios a todas las criaturas el deseo de su propio bien, para que con

esta natural inclinación buscasen y deseasen su fin, del cual nunca se apartan, si no se les opone algún

impedimento de fuera. Tuvo también el hombre en su principio esta inclinación y deseo de Dios, autor y padre

de la bienaventuranza, y tanto más noble y excelente, cuanto él era capaz de razón y consejo. Pero habiendo

conservado las demás criaturas incapaces de razón este amor que les era connatural, pues como fueron criadas

por naturaleza buenas, así se mantuvieron y permanecen hoy en el mismo estado y condición, el desdichado

linaje humano no siguió su camino. Porque no sólo perdió los bienes de la justicia original con los cuales fue

dotado y enriquecido por Dios sobre toda virtud de su naturaleza, sino que también quedó obscurecido aquel

primer amor de la virtud impreso en su alma. “Todos, dice el Profeta, se han descarriado, todos allá se

hicieron inútiles. No hay quien obre bien, no hay siguiera uno. Porque los sentidos y pensamientos del

corazón del hombre están inclinados al mal desde su mocedad”. Para que de aquí pueda entenderse con

facilidad, que nadie por si mismo tiene gusto en obrar bien, sino que todos estamos inclinados al mal, y son

innumerables las pasiones desordenadas de los hombres, ya que están prontos y se dejan dominar de la ira, del

odio, de la soberbia, de la ambición y de casi toda clase de pecados.

 

IV. El hombre aunque lleno de tantos males no conoce su estado.

1140. Y aunque continuamente nos hallamos acosados de tantos males, con todo muchísimos de ellos en

manera ninguna nos parecen males, lo cual es la mayor desdicha que podemos experimentar. Esto demuestra

la existencia de una muy grande calamidad en los hombres, los cuales cegados por sus apetitos y desordenadas

pasiones no echan de ver que cuanto juzgan saludable es muchas veces pernicioso, y lo peor es que se dejan

arrastrar por esos mismos males como si fueran bienes muy apetecibles, y miran con horror y como contrarias

las cosas que verdaderamente son honestas y buenas. Esta opinión y juicio pervertido reprueba Dios por estas

palabras: ¡Ay de vosotros los que llamáis mal al bien, y bien al mal, y tomáis las tinieblas por la luz, y la luz

por las tinieblas, y tenéis lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!

 

V. Las Escrituras sagradas nos ponen a la vista estas miserias.

1141. Para ponernos, pues, las Letras divinas esas miserias delante de los ojos, nos comparan a los que

perdieron el verdadero sentido del gusto, por lo cual miran con grande hastío los manjares saludables y

apetecen los dañosos. También nos dicen que somos semejantes a los enfermos; porque así como éstos

mientras no mejoran, no pueden cumplir los deberes y cargos de los que están sanos y buenos, así no podemos

ejercitar nosotros las obras que son agradables a Dios sin el auxilio de la divina gracia.

 

VI. De la gran debilidad que padecemos para bien obrar.

1142. Y si estando en esta situación hacemos algunas obras buenas, son insignificantes y de poco o

ningún momento para conseguir la eterna salud. Pero jamás podremos, si no somos fortalecidos con el socorro

de la divina gracia, amar y adorar a Dios como es debido. Porque esto excede y es superior a lo que nosotros

caídos en tierra, podemos alcanzar por fuerzas humanas.

 

VII. Para las cosas divinas estamos en todo como niños.

1143. Aunque para significar la miserable condición del linaje humano, también es muy propia la

comparación de que somos como niños, los cuales dejados a su libertad se mueven a todo sin consideración. Es

así que somos niños e imprudentes, dados a conversaciones y acciones vanas si nos deja el auxilio divino. Por

eso nos reprende así la Sabiduría: “¿Hasta cuándo, niños, amaréis la infancia, y apetecerán los necios las

cosas que son perjudiciales?”. Y el Apóstol exhorta de este modo: “No seáis niños en vuestros

sentimientos”. Y aun en mayor vanidad y error andamos que aquella edad pueril, pues a ella sólo falta la

prudencia humana, la cual con el tiempo puede alcanzarse, mas la prudencia divina que es necesaria para la

salvación, de ninguna manera podemos conseguirla sin el favor y ayuda de Dios. Porque si Su Majestad no nos

socorre pronto con su gracia, desamparamos los verdaderos bienes y voluntariamente nos precipitamos en

nuestra ruina.

 

VIII. Qué remedio se nos da para tantos males en esta petición.

1144. Pero si alguno habiendo ahuyentado con la divina luz la oscuridad del alma, llega a ver estas

miserias de los hombres, y libre de aquella insensatez, experimenta la ley de la carne y reconoce los apetitos

sensuales que repugnan al espíritu, y considera además toda la inclinación de nuestra naturaleza a lo malo,

¿cómo podrá menos de buscar con ardientes deseos remedio oportuno para una enfermedad tan grave como es

la que nos aflige por la mala Inclinación de la naturaleza, y de pedir con instancia la regla saludable, con la cual

debe ajustarse y medirse la vida de un hombre cristiano? Pues esto es lo que pedimos cuando rogamos así a

Dios: ―Hágase tu voluntad‖. Porque como caímos en estas miserias por haber negado la obediencia a Dios y

menospreciado su voluntad, el remedio único que para tantos males nos dejó su providencia divina consiste en

que vivamos según la voluntad de Dios, la cual habíamos despreciado pecando, y ordenemos por esta regla

todos nuestros pensamientos y acciones. Para que lo podamos conseguir, pedimos rendidamente a Dios:

Hágase tu voluntad.

 

IX. También deben pedir esto los justos que obedecen a Dios.

1145. Con igual encarecimiento tienen que hacer esta petición aquellos en cuyas almas reina ya Dios, y

que ilustrados ya con los rayos de la divina luz, cumplen por beneficio de la gracia su voluntad. Pues aunque se

hallen en tan buen estado, con todo les hacen mucha guerra las propias pasiones por la inclinación al mal

arraigada en los sentidos de los hombres. Así, aunque seamos justos, tenemos en esta parte mucho que temer

de nosotros mismos, no sea que atraídos y halagados por las concupiscencias que hacen guerra en nuestros

miembros, volvamos a separarnos del camino de la salud. De este peligro nos avisó Cristo Señor nuestro por

estas palabras: ―Velad, y orad para, no caer en la tentación. Que si bien el espíritu está pronto, mas la carne

es flaca.

 

X. En los justos vive la concupiscencia que ninguno puede apagar del todo.

1146. Porque no está en mano del hombre, aunque sea en la de aquel que está justificado por la gracia

de Dios, tener tan domados los movimientos de la carne que jamás vuelvan a recalcitrar. Porque la gracia de

Dios sana el alma de los que están justificados; más no sana la carne. Acerca de esto dijo el Apóstol: “

ciertamente que no mora en mí, esto es en mi carne, el bien”.Porque una vez que perdió el primer nombre

la justicia original, con la cual se regían las pasiones como con un freno, no pudo después la razón en manera

ninguna tenerlas tan a raya, que no apetezcan aun aquellas cosas que repugnan a la razón misma.

Así, dice el Apóstol, que mora en aquella parte del hombre el pecado esto es, el incentivo del pecado,

para que tengamos entendido que no está aposentado en nosotros por algunos días como un huésped, sino que

mientras vivimos, está siempre de asiento en nuestros miembros como morador de nuestro cuerpo. Estando,

pues, de continuo combatidos de enemigos domésticos e interiores, es manifiesto que hemos de recurrir al

auxilio de Dios, y pedirle que se haga su voluntad en nosotros. Pero ya es razón de que sepan los fieles cuál sea

el sentido de esta petición.

 

XI. Qué se entiende aquí por voluntad de Dios.

1147. Y omitiendo sobre este punto muchas cosas que útil y copiosamente tratan los doctores

escolásticos acerca de la voluntad de Dios, decimos que en este lugar se toma por aquella voluntad que suelen

llamar de Signo, esto es por aquello que Dios nos manda, o nos aconseja que hagamos, o dejemos de hacer. Así,

están aquí comprendidas por el nombre de voluntad todas aquellas cosas que se nos proponen para conseguir

la bienaventuranza celestial, sean pertenecientes a la fe o a las costumbres, es decir todo aquello que Cristo

Señor nuestro por sí o por su Iglesia nos ha mandado o prohibido. De esta voluntad escribe así el Apóstol: “No

seáis imprudentes, sino atentos sobre cuál es la voluntad de Dios”.

 

XII. Cuál es el sentido de esta petición.

1148. Por tanto cuando decimos: ―Hágase tu voluntad‖, primeramente pedimos que el Padre celestial

nos dé fuerzas para guardar sus divinos mandamientos, y para servirle santa y justamente toda nuestra vida;

que hagamos todas las cosas según su ley y voluntad; que cumplamos todos aquellos deberes que se nos

proponen en las sagradas Escrituras: que siendo nuestro guía y nuestro autor, obremos como corresponde a los

nacidos, no de la voluntad de la carne, sino de Dios, siguiendo el ejemplo de Cristo Señor nuestro, quien se

hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz1; y que estemos prontos para sufrir antes todos los

tormentos, que apartarnos un ápice de su voluntad.

 

XIII. Quiénes señaladamente hacen esta petición.

1149. Pero ninguno hace esta petición con más ardor, ni con mayores veras, que aquel a quien ha sido

concedido conocer la suma dignidad de los que obedecen a Dios. Porque éste es el que sabe con cuánta verdad

se dice: ―Servir a Dios, y obedecerle es reinar‖. ―Cualquiera, dice el Señor, que hiciere la, voluntad de mi Padre

que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi Madre. Esto es, estoy con él muy unido con

todos los lazos de amor y benevolencia. Apenas habrá uno de los varones santos que no haya pedido con grande

instancia a Dios el don particular de esta petición. Y todos se valieron de esta oración a la verdad excelente,

aunque con diferentes formas.

Pero entre todos vemos maravilloso y suavísimo a David, quien pide esto de muchos modos. Porque

ahora dice: “¡Ojala se dirijan mis caminos para guardar tus justificaciones!”. Otras veces: “Llévame por la

senda de tus mandamientos”. Ya: “Endereza mis pasos según tu palabra, porque no reine en mi maldad

ninguna”. Y a esto pertenecen también aquellas expresiones: “Dame entendimiento para que aprenda tus

mandamientos”, y “enséñame tus juicios”. “Dame entendimiento, para que sepa tus testimonios”.

Muchas veces también trata y emplea la misma sentencia con otras palabras. Y estos lugares se han de notar

con cuidado y explicarse a los fieles para que entiendan todos, cuánta abundancia y riqueza de saludables

bienes está encerrada en la primera parte de esta petición.

 

XIV. Qué pedimos además de esto.

1150. En segundo lugar cuando pedimos: “Hágase tu voluntad”, abominamos las obras de la carne, de

las cuales escribió el Apóstol: “Manifiestas son las obras de la carne, que son fornicación, inmundicia,

impureza, lujuria, etc.”. Y: “Si viviereis según la carne moriréis”. Pedimos no permita Dios que hagamos lo

que nos persuaden nuestros sentidos, y pasiones desordenadas, sino que en todo se gobierne nuestra voluntad

por la suya. Muy lejos están de esta voluntad los hombres entregados a deleites, los cuales están totalmente

entregados a los cuidados y pensamientos de las cosas terrenas. Pues se dejan llevar, inconsideradamente por

sus pasiones a fin de satisfacer sus concupiscencias constituyendo en ellas su felicidad, y esto de tal suerte que

tienen por dichosos los que consiguen cuanto desean. Más nosotros por el contrario pedimos a Dios, como dice

el Apóstol, que no hagamos caso de las concupiscencias de la carne, sino que se cumpla la voluntad de Dios.

 

XV. Hemos de pedir se haga lo que Dios quiere no lo que nosotros deseamos.

1151. Aunque no nos conformamos fácilmente a pedir a Dios no satisfaga nuestros deseos. Porque esta

conformidad del ánimo trae consigo el inconveniente de que pidiendo esto, parece que en alguna manera nos

aborrecemos a nosotros mismos, lo cual también tienen por locura los que están del todo dedicados al cuidado

de su carne. Pero nosotros pasemos de buena gana por la nota de necios por amor de Cristo, de quien es aquella

sentencia: “Si alguno quiere venir en pos de Mi niéguese a sí mismo”. Mayormente sabiendo que es mucho

mejor desear lo que es recto y justo, Que conseguir lo que está fuera de razón, de virtud y de las leyes de Dios. Y

a la verdad en peor estado se halla quien alcanzó lo que deseaba temerariamente y movido por la pasión que

aquel que dejó de conseguir lo que deseaba rectamente.

 

XVI. No se han de pedir a Dios las cosas que no parecen buenas.

1152. No sólo pedimos a Dios que no nos conceda lo que nosotros mismos apetecemos por propia

inclinación, cuando nuestro deseo es claramente malo, sino también que no nos dé lo que algunas veces

pedimos como bueno, persuadidos o impulsados por el demonio disfrazado en Ángel de luz. Muy justo y

muy lleno de piedad parecía el deseo del Príncipe de los Apóstoles, cuando intentaba retraer al Señor del

propósito de ir a padecer muerte, con todo le reprendió severamente el Señor, porque se gobernaba no por

razón divina, sino por afectos humanos. ¿Qué cosa, al parecer de mayor amor hacia Cristo se podía haber

pedido como lo que los discípulos Santiago y San Juan airados contra los Samaritanos, que no quisieron

hospedar a su divino Maestro, al suplicarle mandase bajar fuego del cielo que consumiese aquellos crueles e

inhumanos? Mas fueron reprendidos por Cristo Señor nuestro con estas palabras: “No sabéis de qué espíritu

sois hijos. No vino el Hijo del hombre a perder las almas, sino a salvarlas”.

 

XVII. Guando pedimos lo que sirve para conservar la vida, se ha de poner la condición: si Dios

quiere.

1153. Pero no sólo se ha de pedir a Dios que se haga su voluntad cuando es malo lo que deseamos, o

tiene apariencia de mal, sino también cuando en realidad no es cosa mala, como cuando sigue la voluntad la

primera inclinación de la naturaleza, deseando lo que la conserva y apartando lo que le parece contrario. Por

eso cuando llegue el caso de pedir cosas de esta calidad, digamos con todas veras: “Hágase tu voluntad”.

Imitemos al mismo Señor, de quien liemos recibido la salud y la doctrina de la salud, quien siendo conmovido

por el temor natural de los tormentos y atrocísima muerte, con todo en medio del horror del mayor de los

dolores, resignó su voluntad en la de su eterno Padre, diciendo: ―No se haga mi voluntad, sino la tuya”.

 

XVIII. Pedimos también el auxilio de la gracia, pues sin él no podemos evitar los pecados.

1154. Pero están los hombres tan profundamente depravados que aun después de haber hecho violencia

a sus apetitos, y sujetado su voluntad a la divina, todavía no pueden evitar los pecados sin el auxilio de Dios,

con el cual somos defendidos del mal y encaminados al bien. Debemos, pues, recurrir a esta petición y suplicar

al Señor que perfeccione» la obra comenzada, que refrene los movimientos desordenados de la concupiscencia,

que haga los apetitos obedientes a la razón, y en fin que nos conforme en todo con su voluntad. Pedimos

también que toda la redondez de la tierra reciba el conocimiento de la voluntad de Dios, para que aquel

misterio escondido desde los siglos y generaciones se haga notorio y manifiesto a todos.

 

XIX. Qué significa esta cláusula.

1155. Además de esto pedimos la forma y el modo de cumplir esta voluntad, conviene saber que nos

conformemos con aquella regla que guardan en el cielo los santos ángeles, y guarda todo el coro de los

bienaventurados, para que así como ellos obedecen a la majestad de Dios con toda voluntad y sumo placer, así

obedezcamos nosotros de muy buena gana a la voluntad divina, y de aquel modo señaladamente que quiere el

Señor.

 

XX. Hemos de servir a Dios, no por interés sino por amor.

1156. Más aun en las obras y servicios que hacemos a Dios, requiere de nosotros un amor sumo, y una

caridad singularísima, de modo que si bien nos hemos sujetado enteramente a servir a Dios por la esperanza de

los premios del cielo, con todo esperemos esos premios porque plugo a su divina Majestad que tuviésemos esta

esperanza. Por tanto, toda nuestra esperanza ha de estar apoyada en el amor de Dios, quien quiso proponer por

premio a nuestro amor la eterna bienaventuranza. Pues hay hombres que sirven a uno con lealtad y amor, más

ordenan este amor al interés por cuya causa le sirven. Otros hay también que únicamente sirven movidos de

caridad y piedad, sin mirar otra cosa en aquel a quien sirven que su bondad y virtud, y considerando y

admirando esto, se tienen por dichosos en poderle hacer algún servicio.

 

XXI. Otras exposiciones de esta cláusula.

1157. Ahora bien, este último modo de servir es el que se expresa por las siguientes palabras: ―Así en la

tierra, como en el cielo‖. Porque hemos de hacer todos los esfuerzos posibles para ser obedientes a Dios al

modo que, según dijimos, lo son aquellos bienaventurados espíritus, cuyas alabanzas celebra David por una tan

perfecta obediencia, diciendo: ―Bendecid al Señor todas sus virtudes y tus ministros que hacéis su voluntad.

Pero si alguno siguiendo a San Cipriano explica esas palabras de manera que diga: ―En el cielo: en los

buenos y justos; y en la tierra: en los pecadores y malos‖, aprobamos también su sentencia. Así como el que

entienda por el cielo el espíritu, y por la tierra la carne; para que todos y todas las cosas obedezcan obedientes a

la voluntad de Dios en todo y por todo.

 

XXII. Esta petición contiene también acción de gracias.

1158. Contiene además de esto esta petición acción de gracias. Porque veneramos la voluntad santísima

de Dios, y llenos del mayor gozo celebramos con sumas alabanzas todas sus obras, teniendo por muy cierto que

todo lo hizo bien. Pues constando que Dios es todopoderoso, necesariamente se sigue entendemos haber

sido hechas todas las cosas por su voluntad. Cuando además de esto decimos que él mismo es el sumo bien,

como es así, confesamos que nada hay en sus obras que no sea bueno, pues él mismo comunicó a todas su

bondad. Aunque no comprendemos en todas las cosas los designios de Dios, no obstante, en todas,

despreciando la duda y desechando toda perplejidad, protestamos con el Apóstol: que sus caminos son

inapelables. Mas por lo que principalmente veneramos también la voluntad de Dios, es por haberse dignado

comunicarnos su divina luz, pues sacándonos del poder de las tinieblas nos trasladó al reino de su Hijo

amado.

 

XXIII. Qué debemos meditar en esta petición.

1159. Para declarar últimamente lo que pertenece a la meditación de esta petición, se ha de recordar lo

que indicamos en el principio, es decir que debe el pueblo fiel hacer esta petición con ánimo rendido y humilde,

considerando atentamente aquella fuerza de las pasiones tan arraigada en la naturaleza y tan repugnante a la

voluntad divina, y pensando que en este punto somos inferiores a las otras criaturas, de las cuales está escrito :

Todas las cosas te sirven, Señor‖, y que de tal modo somos débiles que no solamente no podemos acabar

obra alguna agradable a Dios, mas ni empezarla siquiera, privados del auxilio divino. No habiendo nada,

como ya dijimos, ni más noble ni más excelente que servir a Dios y guardar sus divinos mandamientos, ¿qué

puede haber tan deseable para el cristiano como seguir los caminos del Señor, no pensando cosa alguna ni

haciendo nada que sea contrario a la voluntad divina? Pues para que practique este tenor de vida, y después de

empezado persevere en él con todo desvelo, tome de los divinos libros los ejemplos de aquellos a quienes todas

las cosas sucedieron mal por no haber arreglado sus consejos conforme a la voluntad de Dios.

 

XXIV. Del gran provecho que podemos sacar de aquí para tener la vida muy quieta y sosegada.

1160. Últimamente, se enseñará a los fieles que descansen en la sencilla y absoluta voluntad de Dios. El

que pensare hallarse en lugar inferior al que pide su dignidad, lleve su condición con igualdad de ánimo, no

invierta su orden, sino persevere en aquella vocación para que fue llamado, y rinda su propio juicio a la

voluntad de Dios, quien mira por nosotros aún mejor de lo que podemos desear. Si nos aflige la pobreza, si las

enfermedades y persecuciones, si otras molestias y angustias, se ha de tener por cierto que nada de esto puede

sobrevenirnos sin la voluntad de Dios que es la razón suprema de todas las cosas, pollo cual no debemos

conmovernos demasiado, sino sufrirlo todo con ánimo constante, trayendo siempre en la boca: “Hágase la

voluntad de Dios”, y lo del Santo Job: “Como agradó al Señor, así se hizo. Sea bendito el nombre del

Señor”.

 

Cuarta petición de la Oración Dominical

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA DÁNOSLE HOY

Introducción

[1] A la petición de las cosas divinas se sigue ordenadamente la de las que son necesarias para

conservar el cuerpo y el alma; puesto que así como los hombres se ordenan a Dios como a su fin último, del

mismo modo los bienes de la vida humana se ordenan a los divinos.

[2] 1º Por qué es menester pedir a Dios bienes temporales. — Y es menester pedir estos bienes

temporales: • ya por exigirlo el orden divino; • ya por sernos necesarias para conseguir el fin que se nos ha

designado, a saber, la consecución de los bienes eternos, la gloria y santificación del nombre de Dios y el

cumplimiento perfecto de sus voluntades y de sus preceptos.

[4-6] Para comprender mejor la necesidad de esta petición, nada mejor que comparar nuestro estado al

estado de nuestros primeros padres. Pues antes del pecado Adán, aunque necesitaba alimentarse del fruto del

árbol de la vida, no precisaba ni de vestidos para cubrirse, ni de casa para guarecerse, ni de medicinas para

curarse, ni de armas para defenderse, ni de otras muchas cosas que nosotros necesitamos para proteger la

debilidad y la flaqueza actual de la naturaleza. Ciertamente que Adán no habría estado ocioso, pero el trabajo,

lejos de serle penoso, le habría sido siempre fecundo, sin frustrarle ni su laboriosidad ni sus esperanzas. Mas a

nosotros nos sucedió todo al contrario de lo que a él y a sus descendientes hubiera sucedido si Adán hubiese

sido obediente al mandato de Dios: por el pecado de Adán todas las cosas se trastornaron y adquirieron la peor

condición: nos vemos llenos de miserias y de necesidades, y el trabajo a que estamos obligados para

remediarlas es muchas veces infructuoso, como castigo por nuestros muchos pecados, según la sentencia de

Dios al mismo Adán: «Maldita será la tierra por tu causa; con grandes fatigas sacarás de ella el alimento

todos los días de tu vida; espinas y cardos te dará» (Gen. 3 17-19.). Por eso, no basta el mucho trabajar, sino

que hay que pedir la bendición de Dios sobre nuestros trabajos, para que no se vea frustrada nuestra esperanza

ni inútil nuestro afán (I Cor. 3 7; Sal. 126 1.).

[7] Así, pues, Dios quiere que le pidamos humildemente, con la conciencia de nuestra indigencia (como

el hijo pródigo), todos aquellos bienes sin los cuales o perdemos la vida o la pasamos con disgusto. Por eso

deben los fieles tener presente, al meditar en la bondad de Dios, que si El nos exhorta a que le pidamos pan, es

porque promete dárnoslo en abundancia, si se lo pedimos bien; pues al enseñarnos cómo lo hemos de pedir,

nos exhorta; al exhortarnos, nos promete; y al prometernos nos infunde la esperanza de conseguirlo

ciertamente.

[3] 2º De qué modo hay que pedir estos bienes temporales. — Estos bienes temporales deben

ser pedidos convenientemente (Mt. 20 22; Rom. 8 26.), esto es, conformando con la voluntad de Dios tanto

nuestra intención como el objeto de nuestros deseos: • nuestra intención, de modo que los pidamos

únicamente para la gloria de Dios (I Cor. 10 31; Col. 3 17.), esto es, ordenándolo todo a Dios, y no para

satisfacernos en ellos como si fuesen nuestro fin; • el objeto de nuestros deseos, de modo que pidamos sólo

aquellas cosas que nos son necesarias para alcanzar nuestro fin, y sólo en la medida en que nos son necesarias.

«El pan nuestro de cada día dánosle hoy»: § I. Pan temporal

[8] 1º «El pan». — Por «pan» se entienden en las Escrituras sobre todo dos cosas: • todo lo que

empleamos en el sustento y demás necesidades del cuerpo y de la vida; • todo lo que se nos da por la gracia de

Dios para la vida y la salud del espíritu y del alma. Al presente se toma la palabra «pan» en su primer sentido,

según la autoridad de los Santos Padres. Y así pedimos a Dios:

[9] a) Todos aquellos bienes terrenos necesarios para esta vida, como copiosamente lo demuestran las

Sagradas Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: • Jacob pide a Dios protección,

alimento y vestido (Gen. 27 20-22.); • Salomón le pide lo necesario para vivir (Prov. 30 8.); • nuestro Señor

nos hace pedir bienes temporales (Mt. 24 20.); • San Pablo pide ser liberado de los incrédulos de Judea (Rom.

15 30.), etc.

[10] b) En particular el pan cotidiano, esto es, lo necesario para el sustento: los diferentes tipos de

comestibles para alimentarnos (pues la palabra «pan» significa en la Escritura muchas veces todo lo referente a

la comida y a la bebida) (IV Rey. 6 22-23; Lc. 24 1.), y los vestidos para cubrirnos; mas compréndase que no

hay que pedir una cantidad superflua y exquisita de ello, sino la necesaria y ordinaria (I Tim. 6 8; Prov. 30 8.).

[11-12] 2º «Nuestro». — Llamamos así al pan pedido a Dios: • no porque podamos adquirirlo por

nuestro propio trabajo, sin la ayuda de Dios (ya que todo viene de El) (Sal. 103 15, 27-28.), sino porque nos es

necesario y nos es dado por Dios para nuestras necesidades; • porque debemos adquirirlo justamente, y no

mediante injusticias o fraudes; porque lo que adquirimos por malos modos no es nuestro, sino ajeno.

Juntamente con este pan, pedimos a Dios la inteligencia para usar y disfrutar con rectitud y prudencia de todas

las cosas adquiridas mediante nuestros sudores y trabajos.

[13] 3º «De cada día». — A nuestro pan lo llamamos de cada día: • para inspirarnos la idea de

frugalidad y templanza: pedimos sólo lo necesario para cada día; de modo que quedan reprobados quienes

nunca se sacian de almacenar bienes (Is. 5 8; Ecles. 5 9; I Tim. 6 9.); • porque comemos de él para reparar las

fuerzas gastadas cada día; • para que pidamos a Dios con frecuencia, y persuadirnos de que nuestra vida y

nuestra salud dependen continuamente de Dios.

[14-16] 4º «Dánosle». — Por dos motivos se pronuncia esta palabra: • la primera, para mostrarnos,

contra la impía soberbia de Satanás (Lc. 4 6.), que todo bien procede sólo de Dios, que es quien lo concede,

distribuye y administra; y por este motivo incluso los ricos, que poseen de todo en abundancia por bondad de

Dios, han de hacer esta petición, para que Dios les conserve lo que poseen actualmente (I Tim. 6 17.); • la

segunda, decimos «dánosle», en plural, porque es propio de la caridad fraterna mirar no sólo por sí mismo (I

Cor. 13 5.), sino también por el prójimo; y para que entendamos que Dios nos da los bienes, no sólo para que

los disfrutemos nosotros, sino también para que distribuyamos a los más menesterosos los bienes que nos

sobraren después de haber cubierto nuestras necesidades: «Ten entendido que usurpas tantos bienes cuantos

puedes dar y no quieres» (San Basilio).

[17] 5º «Hoy». — Finalmente, quiere Dios, al mandarnos que le pidamos para hoy el alimento de cada

día, que no alimentemos la presunción de acumular para largo tiempo, sino que nos conformemos con lo

necesario para cada día; y que, puesto que diariamente precisamos de pan, diariamente recemos el

Padrenuestro y se lo pidamos a Dios por la oración.

«El pan nuestro de cada día dánosle hoy»: § II. Pan espiritual

[18] 1º También se incluye en esta parte del Padrenuestro la petición del pan espiritual, esto es, de todo

lo que se requiere para la conservación del espíritu y del alma; pues el alma, al igual que el cuerpo, necesita de

alimento (Prov. 9 5.), que es la palabra de Dios. Por eso, cuando la humanidad no tiene este alimento, se

dice que siente hambre (Amos 8 11.); y el no buscar la divina palabra, o no conservarla, o blasfemar de ella es

indicio seguro de muerte espiritual y de peligro de condenación, como pasa con los que, negando obediencia a

los prelados católicos y separándose de la Iglesia, se pasaron a la secta de los protestantes, corruptores de la

divina palabra.

[19] 2º Jesucristo, la palabra viva de Dios, es por lo tanto nuestro principal alimento, pues El es

el verdadero Pan vivo que ha bajado del cielo (Jn. 6 51.), y está sustancialmente presente en el sacramento de la

Eucaristía:

[20] a) El es realmente el «pan nuestro», esto es, el pan de quienes llaman a Dios «Padre nuestro»,

porque es el pan que sólo pueden comer quienes, uniendo la caridad a la fe, se purifican por la Penitencia de las

manchas de sus pecados.

[21] b) Por dos razones la Eucaristía es llamada pan nuestro «de cada día»: • porque en la Misa se

ofrece diariamente a Dios y se da a los que lo piden piadosa y santamente; • porque debe recibirse cada día, o al

menos vivir de modo a estar preparado cada día para recibirla dignamente.

Conclusión de esta petición

[22] Después de haber pedido a Dios todo lo que necesitamos para la vida, debemos confiar el resultado

de nuestra súplica a Dios y conformar nuestros deseos a la voluntad de Dios. Porque: • o concederá Dios lo que

se le ha pedido, y en ese caso se habrá logrado su propósito; • o no lo concederá, y entonces sabremos que no

nos era ni saludable ni útil lo que un Padre tan bueno no quiso conceder.

[23] Finalmente, acuérdense los ricos que han recibido de Dios sus haciendas y colmados de bienes

para que los distribuyan con los necesitados (I Tim. 6 15ss.).

 

CAPÍTULO XIII

DE LA CUARTA PETICIÓN

El pan nuestro de cada día dánosle hoy

I. Del orden que se observa en la oración dominical.

1161. Y la cuarta petición y las demás que siguen en las cuales pedimos a Dios señalada y expresamente

los auxilios del alma y del cuerpo, se relacionan con las anteriores. Porque hay tal orden y disposición en la

plegaria del Padrenuestro, que a la petición de las cosas divinas se sigue la de aquello que es necesario para la

conservación del cuerpo y la vida presente. Porque así como los hombres se ordenan a Dios como a último fin,

así los bienes de la vida humana se enderezan por la misma razón a los bienes divinos.

 

II. Por qué es lícito pedir y desear los bienes de la vida presente.

1162. Estos bienes de la vida presente se han de desear y pedir, o porque así lo requiere el orden de Dios,

o porque necesitamos de estos medios para alcanzar los bienes espirituales, de suerte que con estos auxilios

consigamos el fin que se nos ha propuesto que consiste en el reino y en la gloria del Padre celestial, y en

respetar y cumplir aquellos preceptos que sabemos expresan la voluntad de Dios. Así, debemos ordenar a Dios

y a su gloria todo el espíritu e intento de esta petición.

 

III. Con qué fin y de qué modo han de pedirse los bienes temporales.

1163. Procurarán, pues, los Párrocos cumplir con su deber respecto de los fieles, haciendo cuanto

puedan para convencerles de que cuando piden bienes pertenecientes a la vida presente, deben dirigir la

intención y los deseos a que se realice la voluntad de Dios sin desviarse de ella en manera alguna. Ya que

aquellas palabras del Apóstol: “Que no sabemos pedir como conviene”, se verifican más especialmente en

las peticiones de las cosas terrenas y caducas. Se han de pedir, pues, estas cosas según conviene, no sea que

pidiendo mal alguno, oigamos del Señor aquella respuesta: “No sabéis lo que pedís”. Y será señal cierta para

discernir qué petición sea buena, o cual mala, la intención y propósito del que pide. Porque si uno pide cosas

terrenas con tal ánimo que las juzgue del todo buenas, y descansando en ellas como en su fin, no tiene otra

aspiración; este sin duda no pide como debe. Porque como dice San Agustín: “No pedimos estas cosas

temporales como bienes nuestros, sino como necesarios para nosotros”. El Apóstol enseña también en la

Epístola a los Corintios, que todas las cosas que pertenecen a las necesidades de la vida deben ordenarse a

gloria de Dios: “Ahora comáis, dice, ahora bebáis, ahora hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de

Dios”.

 

IV. De los grandes bienes que goza el hombre en el estado de la inocencia.

1164. Pero a fin de que comprendan los fieles cuan necesaria sea esta petición, les recordarán los

Párrocos la necesidad que tenemos de estas cosas exteriores para mantener y conservar la vida. Esto se

entenderá mejor comparando lo que necesitaba para vivir el primer Padre de nuestro linaje, y lo que tenemos

de menester los demás nombres. Cierto es que en el felicísimo estado de inocencia del cual cayó Adán, y por su

culpa toda su descendencia, habría necesitado tomar alimento para reparar las fuerzas, pero aún es grande la

diferencia entre las necesidades de aquella vida y la nuestra. Pues entonces no necesitaba ni de vestido para

cubrirse, ni de casa para albergarse, ni de armas para defenderse, ni de medicinas para curarse, ni de otras

muchas cosas, de las cuales necesitamos ahora para sustentar la flaqueza y fragilidad de nuestra naturaleza.

Hubiérale entonces bastado para la vida inmortal el fruto que le habría producido el felicísimo árbol de

la vida, sin ningún trabajo suyo o de sus hijos. Mas no por eso hubiera estado ocioso entre tantas delicias del

paraíso, pues le puso Dios en aquel jardín de placeres para que le cultivase. Pero ninguna obra le sería molesta,

ningún trabajo desabrido. Habría conseguido perpetuamente suavísimos frutos del cultivo de aquellos

deliciosos vergeles, siendo siempre fructuoso el trabajo.

 

V. De los grandes males que siguieron al pecado de Adán.

1165. Pero su descendencia, no sólo fue privada del fruto del árbol de la vida, sino condenada también

con aquella terrible sentencia: “Maldita será la tierra por tu causa; con grandes fatigas sacarás de ella el

alimento en todo el discurso de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás de las hierbas de la tierra,

de que fuiste formado; porque polvo eres, y en polvo te has de volver”. Todo, pues, nos sucedió al revés de

lo que habría acaecido a Adán y a sus hijos, si él hubiera sido obediente al mandamiento de Dios. Y así se

mudaron todas las cosas, quedando en el peor estado. Pero lo más lamentable es que muchísimas veces

después de muy grandes sacrificios y de muchos trabajos y sudores ningún fruto se consigue cuando o se

malogran los sembrados, o se sofocan con la aspereza de las malezas producidas por la tierra, o se pierden las

mieses destruidas por las tempestades, vientos, piedra, langosta o pulgón, de manera que todo el trabajo de un

año se pierde en una hora por alguna inclemencia del cielo o de la tierra. Y esto sucede por lo enorme de

nuestros pecados, los cuales indignando al Señor no bendice nuestras obras, sino que persevera la sentencia

horrible que pronunció contra nosotros.

 

VI. Debemos trabajar por la conservación de la vida; mas todo se perderá si Dios no lo bendice.

1166. Pondrán, pues, los Pastores particular cuidado al tratar este punto para que sepa el pueblo fiel

que experimentan los hombres por su culpa estas penalidades y miserias, y a fin de que entiendan que

ciertamente se debe trabajar y sudar para adquirir lo necesario a la vida, pero que si el Señor no bendijere

nuestros trabajos, será vana toda esperanza y sin fruto todo esfuerzo: “Porque ni el que planta es algo, ni el que

riega, sino Dios que da el crecimiento”. Y: “Si el Señor no edificare la casa, en vano trabajan los que la

edifican”.

 

VII. Debemos pedir a Dios que nos provea, de lo necesario, lo cual hace con largueza.

1167. Esto supuesto, enseñarán los Párrocos que son casi innumerables las cosas que Si nos faltan, o

perdemos la vida, o sufrimos muchas incomodidades. Pues si conoce el pueblo cristiano esta necesidad de

tantas cosas y la debilidad de la naturaleza, se verá como obligado a acudir al Padre celestial para pedirle así los

bienes de la tierra como los del cielo, imitando al hijo Pródigo, el cual habiendo empezado a padecer hambre en

un país remoto, sin haber quien le diese, ni aún bellotas cuando perecía a causa de tanta miseria, por fin

volviendo sobre sí, entendió que de ninguna parte tenía de esperar el remedio de los males que experimentaba,

sino de su Padre.

Con esto también acudirá el pueblo fiel a la oración más confiadamente, si considerando la benignidad

de Dios, se acordare de que los oídos del Padre siempre están abiertos a los clamores de los hijos. Porque

exhortándonos a que le pidamos pan, promete dar abundantemente estas cosas, a los que se las pidan como

deben. En el mismo enseñarnos cómo hemos de pedir, nos exhorta; exhortándonos nos impele; impeliendo nos

promete, y prometiendo nos da una esperanza muy cierta de alcanzar lo que pedimos.

 

VIII. Qué se entiende por pan y cuál es el sentido de esta petición.

1168. Despertados ya y enfervorizados los ánimos del pueblo fiel, sigúese declarar lo que se pide en esta

petición, y primero qué pan sea este que pedimos. Para esto se debe saber que por el nombre de pan se

significan muchas cosas en las sagradas Letras, pero señaladamente dos. La primera, todo lo que tomamos

para sustento y cuanto necesitamos para conservar el cuerpo y la vida. La segunda, todo lo que se nos ha dado

por la gracia de Dios para la vida y salud del espíritu y del alma. Pero aquí pedimos los socorros de esta vida

que hacemos en la tierra, según la autoridad de los Santos Padres que lo sienten así.

 

IX. Declarase que pueden pedirse a Dios bienes temporales.

1169. Por esto de ninguna manera deben ser atendidos los que dicen que no es lícito al cristiano pedir a

Dios bienes de la presente vida. Porque además del consentimiento unánime de los Padres, están contra ese

error muchísimos ejemplos así del antiguo Testamento, como del nuevo. Porque Jacob haciendo voto, oró así:

Si el Señor me asistiere y me guardare en el camino por donde voy, y me diere pan que comer, y vestido con

que cubrirme, y volviere con felicidad a la casa de mi Padre, tendré al Señor por mi Dios, y esta piedra que

levanté por señal, se llamará casa de Dios, y de todas las cosas que me dieres, Señor, te ofreceré los

diezmos”. Salomón pedía también determinadamente bienes temporales cuando oraba de esta manera: ―No

me des riquezas, ni pobreza, sino lo que bastare para mi mantenimiento”.

¿Qué más? Si aun el mismo Salvador del linaje humano manda pedir cosas que ninguno negará que

pertenezcan al uso del cuerpo. “Orad, dice, que no sea vuestra huida en invierno o en sábado”. ¿Qué

diremos del Apóstol Santiago, cuyas son estas palabras? “Está alguno de vosotros triste” Haga oración. Está

alegre, cante”. ¿Y qué del Apóstol? quien escriba así a los Romanos: “Ruégoos, hermanos, por nuestro

Señor Jesucristo y por la caridad del Espíritu Santo, que me ayudéis en vuestras oraciones por mí a Dios,

para que me libre de los infieles que hay en Judea”.

Y así habiendo Dios concedido a los fieles que pidan estos bienes temporales, y habiéndonos enseñado

Cristo Señor nuestro esta perfecta norma de orar no puede quedar duda de que esta petición de bienes de la

vida presente es una de las siete.

 

X. Por el nombre de Pan se entiende aquí todo lo necesario para la vida.

1170. Pedimos además de esto el pan de cada día, esto es, lo necesario para vivir, entendiendo por pan,

lo que necesitamos así de vestido para cubrirnos, como de alimento para sustentarnos, sea pan, carne, pescado

o lo que fuere. Porque de este modo vemos que se explicó Elíseo cuando amonestó al Rey que diere pan a los

soldados de Siria, a quienes se dio una grande abundancia de manjares. Y sabemos también lo que está

escrito de Cristo Señor nuestro: “Entró en casa de un Príncipe de los Fariseos un sábado a comer pan”, por

cuya voz vemos se significa lo que pertenece así a la comida como a la bebida. Mas para la perfecta significación

de estas palabras se ha de advertir además que por este nombre de pan se debe entender, no una abundante y

exquisita cantidad de alimentos y ropas, sino la necesaria y ordinaria, según escribió el Apóstol: “Teniendo

alimentos y con qué cubrirnos, estemos contentos”. Salomón, como dijimos, sólo pidió lo necesario para el

sustento.

XI. Porque no pedimos el pan en general, sino el pan nuestro.

1171. Esta moderación y templanza se nos recomienda en gran manera por la palabra que sigue

inmediatamente. Porque diciendo Nuestro, pedimos ese pan para nuestra necesidad, no para regalo nuestro.

No lo llamamos nuestro, porque podamos nosotros adquirirle con nuestro trabajo sin Dios, sino porque es

necesario, y nos le ha dado Dios Padre de todos, quien con su providencia mantiene a todo viviente, pues dice

David: “Todas las cosas, Señor, esperan de ti, que les des de comer a su tiempo. Dándosele tú, le reciben, y

abriendo tú tu mano, todas serán henchidas de bondad”. Y en otro lugar: “Los ojos de todos esperan en ti,

Señor, y tú les das manjar en tiempo oportuno”.

 

XII. Si pedimos el pan nuestro, debemos ganarle con nuestro sudor.

1172. También se llama nuestro este pan porque debemos adquirirle rectamente, y no procurarle con

injusticias, engaños o hurtos. Porque las cosas que conseguimos por malos medios nos son nuestras, sino

ajenas, y las más veces es desastrosa su adquisición o su posesión, o por lo menos su pérdida. Por el contrario

con las ganancias lícitas que los hombres justos hacen con su trabajo, hay según el Profeta tranquilidad y

felicidad grande: “Porque comerás, dice, los trabajos de tus manos, serás dichoso y te estará bien”. Porque

a quienes buscan el mantenimiento por su justo trabajo, promete Dios, el fruto de su benignidad cuando dice:

Echará el Señor su Bendición sobre tus graneros, y sobre todo aquello en que pongas tu mano y sobre ti

también”.

Y no sólo pedimos a Dios que podamos usar de lo que hemos ganado con el auxilio de su benignidad

mediante nuestras fatigas, pues esto es lo que en verdad se dice nuestro, sino que también pedimos nos dé

cordura y discreción para poder usar con rectitud y prudencia de las cosas que hemos adquirido justamente.

 

XIII. Por qué se añade la palabra Cotidiano.

1173. También esta palabra nos recomienda de nuevo la moderación y templanza que poco ha dijimos.

Porque no pedimos varios y exquisitos manjares, sino lo que baste a la necesidad de la naturaleza, para que con

esto se avergüencen los que fastidiados de la comida y bebida ordinaria, buscan con ansia comidas delicadas y

vinos generosos. No menos se reprueban por esta voz de cada día aquellos a quienes intima Isaías aquellas

espantosas amenazas: “¡Ay de los que juntáis casa con casa, y allegáis heredad a heredad hasta el extremo del

lugar! ¿Por ventura habitaréis solos vosotros en medio de la tierra?”. Es ciertamente insaciable la codicia

de estos hombres. De ellos dijo Salomón: “El avariento no se llenará de dinero”. A ellos se dirigen también

aquellas palabras del Apóstol: “Los que desean ser ricos, caen en tentación y en el lazo del diablo”.

1174. Llamamos, además, este pan de cada día, porque le tomamos para reparar los humores vitales que

cada día se gastan con la fuerza del calor natural. En fin, se dice de cada día; porque se debe pedir

continuamente a fin de mantenernos en esta costumbre de amar y servir a Dios, y que estemos del todo

persuadidos, como en verdad es así, que nuestra vida y salud está pendiente de Dios.

 

XIV. Qué quieren decir estas dos palabras: Dánosle.

1175. No habrá quien no entienda cuán copiosa materia dan estas dos palabras para exhortar a los fieles

a que adoren y veneren humilde y santamente el poder infinito de Dios, en cuya mano están todas las cosas, y

para que abominen aquella blasfema vanidad de Satanás: “A mí han sido entregadas todas las cosas, y las doy

a quien quiero”. Porque todas están repartidas y se conservan y acrecientan según la voluntad de sólo Dios.

 

XV. También los ricos deben hacer esta oración.

1176. Siendo esto así ¿qué necesidad?, dirá alguno, tienen “los ricos de pedir el pan de cada día, cuando

les sobra todo”. Precisados están, a pedir de esta manera, no para que se les den las cosas que por largueza de

Dios tienen con tal abundancia, sino para no perder lo que poseen. Por esto como escribe el Apóstol:

Aprendan de aquí los ricos a no tener altos pensamientos, ni a esperar en lo incierto de las riquezas, sino en

Dios vivo, quien nos da en abundancia todas las cosas para que las disfrutemos”. Y San Crisóstomo alega

esta causa de la necesidad de esta petición: “No sólo porque no nos falte el sustento, sino a fin de que nos le dé

la mano del Señor, la cual comunicando su virtud saludable, y por lo mismo provechosa al pan de cada día,

hace que el alimento aproveche al cuerpo, y que el cuerpo sirva al alma”.

 

XVI. Por qué decimos Danos, y no Dame.

1177. Mas ¿qué razón hay para decir: Dánosle en número plural, y no Dámele? La razón es porque la

caridad cristiana requiere que cada uno procure no para sí sólo, sino que también trabaje para el prójimo, y que

mirando por su utilidad se acuerde también de los demás. A esto se añade que los bienes dados por el Señor a

uno, no se los concede para que sólo él los posea o los derroche, sino para que parta con su prójimo lo que

sobrare a su necesidad. Pues dicen los Santos Basilio y Ambrosio: “De los hambrientos es el pan que tú

escondes, de los desnudos el vestido que encierras. Rescate y libertad de pobres es el dinero que tienes

enterrado”.

 

XVII. Qué significa la palabra Hoy.

1178. Hoy. Esta voz nos representa al vivo la miseria de todos. Porque ¿qué hombre hay que

desconfiando poder con su trabajo proveerse para largo tiempo de los gastos necesarios a la vida, no espere por

lo menos para un día poder agenciar el sustento preciso? Pues ni esta seguridad nos permite el Señor, cuando

nos manda que le pidamos el sustento cada día de por sí. Y el motivo verdadero de esto, no es otro sino que,

pues, todos necesitamos el pan de cada día, hagamos también cada día esta oración. Baste esto en cuanto al pan

material que sustenta y conserva el cuerpo, y que es común a fieles e infieles, buenos y malos, y que se reparte a

todos por inefable bondad de Dios, el cual hace salir el sol para buenos y malos, y llueve sobre justos e injustos.

 

XVIII. Qué se entiende por el pan espiritual que también se pide aquí.

1179. Resta el pan espiritual que también pedimos en este lugar. Por él se significan todas las cosas que

necesitamos en esta vida para la salud y robustez del espíritu y del alma. Porque así como es de muchas

maneras el alimento que mantiene y sustenta el cuerpo, así también es de varias el manjar que conserva la vida

del espíritu y del alma. Porque primeramente es alimento del alma la palabra de Dios, pues dice la Sabiduría:

Venid y comed mi pan, y bebed el vino que os he mezclado”. Y cuando Dios quita a los hombres la

proporción de oír esta palabra, lo cual suele hacer cuando está más ofendido de ellos, se dice que castiga con

hambre al linaje humano, pues dice así por el Profeta Amos: “Enviaré sobre la tierra, no hambre de pan ni sed

de agua, sino de oír la palabra de Dios”.

1180. Así como es indicio de muerte cercana no poder el hombre tomar alimento, o no retener el

estómago el que tomó, así es prueba grande de que está en peligro la salvación, o no buscar la palabra de Dios,

o no querer oírla cuando se propone, profiriendo contra Dios aquella voz de impiedad: “Apártate de nosotros,

que no queremos saber tus caminos”. En este estado de ánimo y ceguedad de alma se hallan aquellos que

menospreciados los Obispos y sacerdotes católicos, que son sus Prelados legítimos y apartándose de la santa

Iglesia Romana, se entregaron a la enseñanza de los herejes los cuales corrompen la palabra de Dios.

 

XIX. Del verdadero pan sobre substancial que es Cristo Señor nuestro.

1181. Pero el verdadero pan y manjar del alma es Cristo Señor nuestro. Porque él mismo dice de sí: ―Yo

soy pan vivo, que descendí del cielo. Es increíble de cuanto regalo y alegría llena este pan las almas de los

justos y señaladamente cuando son afligidos de molestias y trabajos terrenos. Ejemplo de esto nos da aquel

sagrado coro de los Apóstoles, de quienes se escribe: ―Los Apóstoles se retiraron de la presencia del concilio

muy gozosos. Llenos de estos ejemplos están los libros de vidas de los Santos; y de estos goces interiores de

los buenos dice así el Señor: ―Al que venciere daré un maná escondido.

 

XX. Cristo se contiene verdaderamente en la Eucaristía, por eso se dice propiamente pan

nuestro.

1182. Pero principalmente nuestro pan es Cristo Señor nuestro que substancialmente se contiene en el

Sacramento de la Eucaristía. Esta prenda inexplicable de caridad nos dio cuando estaba para volverse al Padre,

de la cual nos dijo: “El que come mi carne y bebe mi Sangre, está en Mí y Yo en él”. “Tomad, y comed, este

es mi cuerpo”. Lo demás que conduzca para utilidad de los fieles tomarán los Párrocos del lugar, donde se

(rato separadamente de la virtud y esencia de este Sacramento. Y con toda verdad se dice este pan nuestro,

porque es únicamente de los fieles, esto es de aquellos que juntando la caridad con la fe, lavan las manchas de

los pecados en el Sacramento de la Penitencia, y teniendo presente que son hijos de Dios, reciben el divino

Sacramento, y le adoran con la mayor santidad y veneración que pueden.

 

XXI. Por qué la Eucaristía se llama el pan nuestro de cada día.

1183. Llamase este divino pan de cada día, por dos razones que son claras: una porque cada día se ofrece

a Dios en los sagrados misterios de la Iglesia cristiana, y se da a los que le piden piadosa y santamente; otra:

porque, cada día se ha de recibir, o a lo menos se ha de vivir de manera que cada día en cuanto sea posible,

podamos recibirle dignamente. Oigan los que sienten lo contrario, que no conviene al alma comer de estos

alimentos saludables sino después de mucho tiempo, lo que dice San Ambrosio: ―Si es pan de cada día, ¿por

qué le recibes tú de año a año?”.

 

XXII. Qué debemos hacer si no alcanzamos luego lo que pedimos.

1184. Pero lo que señaladamente debe proponerse a los fieles en esta petición, es que en habiendo

puesto buenamente su trabajo e industria a fin de adquirir las cosas necesarias para la vida, dejen lo demás por

cuenta de Dios, y ordenen sus deseos según su voluntad: “El cual no dejará para siempre fluctuar al justo”.

Porque o concederá Su Majestad las cosas que le piden, y en tal caso consiguen sus intentos, o si no lo concede,

es prueba manifiesta de que ni es conveniente ni útil lo que niega a los justos, pues tiene más cuidado de su

salud que ellos mismos. Esta misma verdad la podrán confirmar los Párrocos explicando las razones que

doctísimamente recopiló San Agustín en la epístola a Proba.

 

XXIII. Qué debe meditarse en esta petición.

1185. Lo último que se debe advertir sobre esta petición, es que se acuerden los poderosos de que han

recibido de Dios sus caudales y haciendas, y que tengan entendido que han sido colmados de esos bienes, para

que los repartan con los pobres. Para aclarar este punto son muy aptas las enseñanzas que da el Apóstol en la

primera Epístola a Timoteo, de donde podrán sacar los Párrocos gran abundancia de documentos divinos

para ilustrar este lugar útil y saludablemente.

 

Quinta petición de la Oración Dominical

PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS

ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOSA NUESTROS DEUDORES

Introducción

[1-2] En la petición en que suplicamos a Dios: «Perdónanos nuestras deudas», se contiene el

complemento de los bienes de que fue enriquecido el género humano por medio de Jesucristo. En efecto, así

como el poder, sabiduría y bondad de Dios resplandecen eminentemente en las criaturas y en la obra de la

creación, del mismo modo nada hay que declare más su infinito amor y caridad para con nosotros que el

misterio de la Pasión de Jesucristo, de donde brotó la fuente que lava nuestras almas de las manchas del

pecado.

[3] Cabe notar, sin embargo, que comenzamos aquí un nuevo modo de orar; porque después de haber

pedido en las peticiones anteriores los bienes eternos y espirituales, y los bienes temporales pertenecientes a la

presente vida, pasamos a pedirle por los males así del alma como del cuerpo, tanto de esta vida como de la

eterna.

«Perdónanos»

[4] Para alcanzar algo de Dios conviene pedírselo de buen modo; por eso, quien desea alcanzar de Dios

el perdón debe ante todo pedírselo con las debidas disposiciones. Las principales son tres: • primero, que el

pecador conozca su pecado; • luego, que tenga sentimiento y dolor de él; • finalmente, que esté firmemente

persuadido de que Dios está pronto a perdonar a los pecadores dispuestos y preparados, de modo que el

pecador no se desespere como Caín o Judas, sino que acuda a Dios como a su Padre, pidiéndole que actúe con

él según su misericordia.

[5] 1º Conocimiento de los propios pecados. — Fácilmente reconoceremos nuestros pecados si

tenemos en cuenta que Dios, en la Sagrada Escritura, afirma que ningún hombre se halla libre de faltas (Sal. 13

3; Ecles. 7 21; Prov. 20 9; Jer. 2 35; I Jn. 1 8.). La misma petición del Padrenuestro confirma esta verdad, pues

por ella nuestro Señor nos obliga a reconocer nuestros pecados y la necesidad de pedir perdón a Dios por ellos.

[6] 2º Arrepentimiento y verdadera penitencia de los pecados. — El conocimiento de nuestros

pecados ha de ser amargo y lleno de dolor, de modo que el alma, sintiéndose angustiada interiormente, recurra

a Dios su Padre, y le pida con humildad que le saque las espinas de los pecados. Los motivos que ayudarán a los

fieles a tener este dolor de sus pecados son los siguientes:

a) La iniquidad que supone cada pecado: pues no siendo el hombre sino carne corrompida y el ser más

deforme, se atreve a ofender de modo increíble a la infinita Majestad de Dios, a cuya bondad debe haber sido

creado, redimido y colmado de innumerables y singulares beneficios, perdiendo de este modo la amistad de

Dios.

[7] b) Y eso para someterse a la tristísima e infame esclavitud del demonio; pues no puede decirse con

cuánta crueldad domina el diablo en aquellas almas que, desechando el suave yugo de Dios y rompiendo el lazo

de la caridad que las unía a Dios como a su Padre, se pasan al bando de su más acérrimo enemigo (Is. 26 13.).

[8] c) Finalmente, por el pecado atraemos sobre nosotros terribles calamidades y desgracias: • se

ultraja la santidad del alma, desposada con Jesucristo; • se profana el mismo templo del Señor (I Cor. 3 17; 6

19.); • se pervierte la razón y la voluntad, de modo que el pecador queda espiritualmente cojo (Prov. 26 6; Is.

33 23.), sordo (Jer. 31 8; Is. 43 8.), mudo (Lc. 14 13.), ciego (Is. 59 10.) y baldado de todos sus miembros para

toda obra buena; • se excita contra el alma la ira de Dios, que tiene declarada la guerra con los pecadores, por

cuyos delitos es ofendido infinitamente (Rom. 2 8-9.).

[9] Concebido ya el horror al pecado y afligida el alma por los remordimientos, debe excitarse a pedir

perdón de ellos imitando el dolor y la oración de David en su Salmo 50, reconociendo cuán amarga cosa es

haber abandonado a Dios y no haber tenido temor de El (Jer. 2 19.). Los que carecen de este sentimiento

476necesario de dolor y arrepentimiento tienen un corazón endurecido (Is. 46 12; Ez. 3 7.), de piedra (Ez. 36 26.)

y como de diamante (Zac. 7 12.).

[10-11] 3º Esperanza de alcanzar el perdón. — Una vez aterrado por la gravedad de los pecados,

debe el pecador concebir esperanza del perdón, ayudándose de las siguientes razones:

a) Cristo dejó potestad a su Iglesia para perdonar todo tipo de pecados, como se confiesa en el Credo.

b) Cristo enseñó, por esta petición, cuán grande es la bondad y clemencia de Dios para con el género

humano; pues no negará su misericordia quien nos mandó pedirla por estas palabras: «Perdónanos nuestras

deudas». En efecto, de tal modo está Dios inclinado en favor nuestro, que con sumo gusto concede perdón a los

verdaderamente arrepentidos, mostrándose como Padre compasivo, estimulándonos a pedir perdón y

enseñándonos con qué palabras pedirlo. Esta doctrina queda confirmada con todos aquellos ejemplos de

hombres a quienes, arrepentidos de los más enormes pecados, concedió Dios el perdón.

«Nuestras deudas»

[12] 1º «Deudas». — Conviene tener en cuenta qué se entiende aquí por deudas, para saber a ciencia

cierta qué se debe pedir.

a) No se pide: • que Dios nos dispense del amor que le debemos, pues el pago de esta deuda es necesario

para salvarnos; • ni de la obediencia, culto, veneración y demás obligaciones que tenemos para con Dios.

[14] b) Sí se pide: que nos libre Dios de los pecados; no sólo de los leves y fácilmente perdonables, sino

también de los pecados graves y mortales; porque al cometerlos nos hacemos reos ante Dios y quedamos

sujetos a las penas debidas, que satisfacemos o pagando o padeciendo.

[13] En virtud de estas palabras del Padrenuestro entendemos, pues, no sólo que somos deudores, sino

también que no somos aptos para pagar, pues el pecador no puede satisfacer por sí mismo. Por eso debemos

acudir a la mediación y al auxilio de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, sin la cual nadie ha podido jamás

conseguir el perdón de sus pecados, y cuyo fruto se nos aplica por medio de los Sacramentos, recibidos de

hecho o al menos con la voluntad o el deseo.

[15] 2º «Nuestras deudas». — No hay la misma razón de decir aquí nuestras deudas de la que hubo

para pedir el pan nuestro. Porque aquél pan es nuestro por habérnoslo dado la divina Providencia; mientras

que los pecados son nuestros por residir en nosotros la causa de ellos, ya que se cometen por nuestra voluntad,

sin la cual no habría pecado.

[16] Igualmente, decimos «nuestras», en plural, porque la unión y caridad fraterna que debe existir

entre los hombres exige de cada uno de nosotros que, atendiendo al bien común de los prójimos, pidamos por

ellos al mismo tiempo que por nosotros.

«Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores»

[17] 1º Significado de estas palabras. — Las palabras «así como» pueden tener dos significados,

que contienen la misma necesidad de perdonar: • semejanza, de modo que pidamos a Dios que nos perdone a

nosotros, porque también nosotros perdonamos a quienes nos hacen agravios; • condición: «Si perdonáis a los

hombres las ofensas de ellos, también vuestro Padre celestial perdonará vuestros pecados; pero si vosotros

no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre celestial os perdonará los pecados» (Mt. 6 14-15.). Así,

pues, Dios sólo nos perdonará nuestros pecados a condición de que nosotros perdonemos a quienes nos han

hecho agravio, y de modo parecido a como nosotros perdonemos a los demás.

[18-19] 2º Motivos que tenemos para perdonar las injurias de nuestros enemigos. — Como

el corazón del hombre está poco inclinado a perdonar las injurias, deben los párrocos inclinar los ánimos de los

fieles a la mansedumbre. Para ello enseñen:

a) Que este perdón de las injurias es según la ley natural, que nos prescribe portarnos con los demás

como nosotros querríamos que ellos se porten con nosotros.

b) Que la ley de Jesucristo, corroborando este precepto de la ley natural, prescribe a quien ha recibido

alguna injuria estar pronto a perdonarla (Lc. 17 3-4.). Las Sagradas Escrituras insisten abundantemente en

este mandato del Señor de perdonar a los enemigos (Mt. 5 44; Prov. 25 21; Rom. 12 20; Mc. 11 25.).

c) Que en el perdón de los enemigos hay una gran semejanza con Dios, que nos perdonó a nosotros por

medio de la muerte de su Hijo, cuando nosotros éramos muy enemigos y contrarios suyos; por lo que dicho

perdón de las injurias es gran prueba de que somos hijos de Dios: «Orad por los que os persiguen y

calumnian, para que seáis hijos imitadores de vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5 44.).

[20] 3º Dificultades contra esta doctrina. — a) Hay quienes sabiendo que tienen deber de olvidar

por completo las injurias voluntariamente, y de amar a los que los ofenden, desean hacerlo y hacen lo que

pueden, mas no consiguen echar de sí todo recuerdo de las injurias recibidas. • Respuesta: esta inclinación de

la carne al resentimiento, y la inclinación contraria del espíritu a perdonar de corazón, pueden coexistir

perfectamente en el mismo hombre: es la perpetua lucha entre el espíritu y la carne; mas mientras la voluntad

le oponga resistencia y se perdone al enemigo de corazón, no hay que inquietarse de los movimientos de

resentimiento del viejo hombre. — [21] b) Algunos, no pudiendo resolverse aún a amar a sus enemigos,

prefieren dejar de lado la oración dominical, atemorizados como están por la condición y persuadidos de que si

la rezan ofenden más a Dios. • Respuesta: hay que destruir semejante error, especialmente con las dos razones

que siguen: la primera, que cualquier fiel reza esta oración en nombre de la Iglesia, en la cual es indispensable

que haya siempre almas que perdonan de corazón a sus enemigos; y la segunda, que al pedir nosotros el perdón

de nuestros pecados, pedimos también a Dios la fortaleza para perdonar a nuestros enemigos y reconciliarnos

con los que aborrecemos. Por estos dos motivos, nadie debe dejar de rezar el Padrenuestro, con el fin de pedir a

Dios Padre le dé la resolución para perdonar a quienes le ofendieron, y amar a sus enemigos.

Consideraciones sobre esta petición

[22] 1º Ante todo, hay que considerar que por esta petición se solicita de Dios un perdón que

sólo se concede a los verdaderamente arrepentidos; por lo tanto, hemos de estar adornados de la

caridad y piedad propias de los penitentes, a saber: • traer siempre presentes y expiar con lágrimas los propios

pecados, como lo hacía el rey David (Sal. 50 5; 7 7.); • precaución en evitar todo lo que puede llevarnos a

ofender a Dios nuestro Padre; • finalmente, oración fervorosa a ejemplo de aquellos que, con sus oraciones,

alcanzaron de Dios el perdón de sus pecados, como el Publicano (Lc. 18 13.), la Magdalena (Lc. 7 38.), San

Pedro (Mt 26 75.).

[23] 2º Luego hay que considerar que para poder curar las enfermedades del alma, que son los

pecados, hay que tomar frecuentemente las medicinas apropiadas, que son los sacramentos de la

Penitencia y de la Eucaristía, y la limosna, según lo enseñan las Sagradas Letras (Tob. 12 9; Dan. 4 24.).

3º Considérese, finalmente, que la mejor limosna es el olvido de las injurias y la buena voluntad

hacia aquellos que nos hayan dañado en la hacienda, en la honra, en la propia persona o en la de los familiares,

aprovechando toda ocasión de hacerles bien.

 

CAPÍTULO XI

DE LA QUINTA PETICIÓN

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores

I. La Pasión de Cristo mereció el perdón de todos los pecados.

1186. Siendo tantas las cosas que manifiestan el poder infinito de Dios juntamente con su sabiduría y

bondad, de tal suerte que a cualquiera parte que volvamos los ojos y la consideración se nos ofrecen señales

certísimas de su omnipotencia y bondad, con todo nada hay que declare más lo sumo de su amor y lo admirable

de su caridad para con nosotros como el misterio inefable de la Pasión1684 de Jesucristo, de donde provino

aquella perenne fuente para lavar las manchas de los pecados, y en la cual deseamos ser lavados y purificados,

cuando guiados por Dios que nos da la gracia, nos enseña a pedir: ―Perdónanos nuestras deudas.

 

II. Qué comprende esta petición.

1187. Contiene, pues, esta petición una suma de todos los bienes con los cuales el linaje humano fué

enriquecido por Jesucristo. Esto es lo que enseñó Isaías cuando dijo: “Será perdonada su iniquidad a la casa

de Jacob; y éste será todo su fruto, que sea borrado su pecado”. Lo mismo mostró David, predicando por

bienaventurados a los que pudieron percibir tan saludable fruto por estas palabras: “Dichosos aquellos cuyas

maldades fueron perdonadas”. Por esto deben los Párrocos advertir con cuidado y explicar con diligencia a

los fieles el sentido de esta petición, la cual entendemos que es en gran manera provechosa para conseguir la

bienaventuranza.

 

III. Cómo pedimos aquí de diferente modo que en las otras peticiones.

1188. Ahora comenzamos un nuevo modo de suplicar. En las precedentes peticiones hemos pedido al

Señor, no sólo por los bienes espirituales y eternos, sino también por los temporales y pertenecientes a esta

vida. Pero ahora rogamos por el remedio de los males así del alma como del cuerpo, tanto de esta vida como de

la eterna.

 

IV. Qué se requiere en el que desea alcanzar el perdón de sus pecados.

1189. Pero como para alcanzar lo que deseamos, se requiere pedir del modo debido, por lo mismo es

preciso tratar de las disposiciones que deben acompañar a los que quieren pedir esto al Señor. Advertirán,

pues, los Párrocos al pueblo fiel, que ante todas cosas es necesario que quien desea hacer esta petición, conozca

él mismo su pecado, luego que le sienta y se duela de él, y en fin se persuada del todo que Dios tiene voluntad

de perdonar a los que pecaron, si se hallan con los afectos y disposiciones que hemos dicho. No sea acaso que a

la amarga memoria y reconocimiento de los delitos se siga aquella desesperación del perdón, que en otro

tiempo se apoderó de Caín y de Judas, los cuales miraron a Dios, sólo como vengador y juez, no como

bondadoso y misericordioso. Así, debemos hacer esta petición con tales afectos, que reconociendo con dolor

nuestros pecados, recurramos a Dios no como a Juez sino como a Padre, y le pidamos nos trate no según su

justicia sino según su misericordia.

 

V. Medios para alcanzar al conocimiento de los pecados.

1190. Fácilmente nos moveremos al reconocimiento de nuestros pecados, si atendemos a que es el

mismo Dios, quien nos recuerda nuestras maldades. He aquí lo que nos dice por el profeta David: “Todos

prevaricaron y se hicieron inútiles juntamente, no hay quien obre bien, no hay siquiera, uno”. Conforme a

lo mismo dice Salomón: “No hay hombre justo en la, tierra, que haga bien y no peque”. A esto alude

también aquella sentencia: “¿Quién podrá decir?: limpió está mi corazón, libre estoy de pecados”. Lo

mismo escribió San Juan para abatir el orgullo de los hombres: ―Si dijéremos que no tenemos pecados, nos

engañamos, y no hay verdad en nosotros”. Jeremías escribe también: “Dijiste, sin pecado e inocente soy

yo, y por tanto apártese tu furor de mi. He aquí yo entraré contigo en juicio, por cuanto dijiste, no he

pecado”. El mismo Cristo Señor nuestro que por boca de sus Profetas había pronunciado antes todas estas

sentencias, las confirma cuando ordena esta petición, en la cual nos manda confesar nuestros pecados.

1191. Y entender de otro modo estas palabras, está prohibido por la autoridad del Concilio Milevitano en

estos términos: “Cualquiera que dijere que los Santos pronuncian por humildad, pero no con verdad aquellas

palabras de la oración del Señor donde decimos: perdónanos nuestras deudas, sea anatematizado”. Pues

¿quién sufriría al que orase, y que al mismo tiempo mintiese, y no a los hombres sino al mismo Dios? pues

diciendo con la boca que pedía se le perdonase, en su alma sintiera no tenía deudas de que pedir perdón.

 

VI. Cómo después, de conocido el pecado se moverá el alma a dolor.

1192. Pero en este reconocimiento de los pecados no basta acordarse de ellos ligeramente, sino que es

menester que esa memoria sea tan amarga, que hiera el corazón, mueva el alma y la incite a dolor. Así, tratarán

los Párrocos con diligencia este lugar, para que los fieles oyentes no sólo recuerden sus pecados y maldades,

sino que los recuerden con dolor y pesar, a fin de que sintiéndose interiormente acongojados recurran a su

Padre Dios, pidiéndole con todo rendimiento les libre de las espinas de los pecados que tienen atravesadas en

su alma. Y no solamente procurarán poner delante de los ojos de los fieles la fealdad de los pecados, sino

también el atrevimiento de los hombres, los cuales no siendo otra cosa que miseria y suma vileza, tenemos

osadía para ofender de un modo increíble a aquella incomprensible Majestad y soberanía inexplicable de Dios,

mayormente siendo nuestro Creador, nuestro Redentor, y nuestro Bienhechor que nos ha colmado de

innumerables y muy grandes beneficios.

 

VII. Por el pecado nos entregamos a la esclavitud del demonio.

1193. ¿Esto para qué? Para que apartándonos de nuestro Padre Dios que es el sumo bien, nos

sujetásemos a la indignísima servidumbre del demonio por el vilísimo interés del pecado, siendo así que no

puede decirse con cuánta crueldad reina en las almas de aquellos que sacudido el yugo suave de Dios y roto el

lazo amabilísimo de la caridad, que es quien une nuestro espíritu con nuestro Padre Dios, se pasaron al servicio

de su capital enemigo, el cual por esto es llamado en las Letras divinas: ―Príncipe y Héctor del mundo,

Príncipe de las tinieblas, y Rey sobre todos los hijos de la soberbia‖. Y así a los que son oprimidos por la

tiranía del demonio, viene muy apropiada aquella voz de Isaías: “Señor Dios nuestro, otros Señores fuera de ti

se han apoderado de nosotros”.

 

VIII. De los muchos males que acarrea, el pecado a las almas.

1194. Y ya que no nos mueva haber quebrantado estos lazos de caridad, muévannos siquiera las miserias

y males en que incurrimos por el pecado. Porque por él se pierde la santidad del alma, que sabemos estaba

desposada con Cristo. Se profana el mismo templo del Señor, contra cuyos profanadores dice el Apóstol: ―Si

alguno profanase el templo de Dios, Dios le destruirá” . Son innumerables los males que acarrea el pecado

al hombre, cuya maldad casi infinita explicó David por estas palabras: “No hay sanidad en mi carne a, vista, de

tu ira, no hay paz para mis huesos a vista de mis pecados”. Bien había conocido la fuerza de este mal

cuando confesaba que no tenía en sí parte libre del pecado pestífero. Porque había penetrado hasta los huesos

la ponzoña del pecado, esto es, había inficionado el entendimiento y la voluntad, que son las partes más sólidas

del alma. Y lo muy extendido de este mal se declara en las divinas Letras cuando llaman a los pecadores:

cojos, sordos, mudos, ciegos y baldados de todos sus miembros.

1195. Pero además del dolor que sentía David por la gravedad de sus pecados, le acongojaba todavía más

la ira de Dios, la cual entendía irritada contra sí por ellos, pues existe guerra viva entre Dios y los pecadores, de

cuyas maldades se da por ofendido increíblemente. Así dice el Apóstol: “Ira, indignación, tribulación, y

angustias para toda ánima del hombre que obra mal”. Pues aunque se pasase la acción del pecado, con

todo persevera éste todavía en la mancha y en cuanto a la obligación a la pena, y le va sin cesar amenazando la

ira de Dios, siguiéndole como la sombra al cuerpo.

 

IX. Cómo atendida la miseria del pecado, debemos convertirnos a penitencia.

1196. Viéndose, pues, David afligido por tales remordimientos, se movía a pedir el perdón de sus

pecados. Y por tanto propondrán los Párrocos a los fieles, así el ejemplo del dolor de David, como la causa de su

conducta, valiéndose del Salmo cincuenta, para que a imitación de este Profeta queden bien instruidos, tanto

respecto de la naturaleza del dolor, esto es, de la verdadera penitencia, como en lo relativo a la esperanza del

perdón. Cuantas utilidades acarree este modo de enseñar, a saber, que por los pecados mismos aprendamos a

dolemos de ellos, lo declaran aquellas palabras de Dios por Jeremías, quien exhortando a penitencia al pueblo

de Israel, le amonestaba que mirase bien los males que se siguen al pecado: ―Mira, dice, cuan malo y cuan

amargo es, haber tu desamparado a tu Dios y Señor, y no hallarse temor de mí en ti, dice el Señor Dios de los

ejércitos. Y de los que carecen de este necesario reconocimiento y sentimiento de dolor, se dice en los

Profetas Isaías, Ezequiel y Zacarías que tienen corazón duro, de piedra, y de diamante, porque son

como una piedra, que con ningún golpe se ablandan ni dan señal de sentimiento alguno de vida, esto es, de

reconocimiento saludable.

 

X. Motivos para esperar el perdón después de reconocido y aborrecido el pecado.

1197. Y para que el pueblo fiel aterrado acaso con la gravedad de sus pecados no desespere de poder

alcanzar perdón, deberán los Párrocos alentarle a la esperanza con estas razones: Que Cristo Señor nuestro dio

a la Iglesia potestad de perdonar pecados, como se declara en el articulo del sacrosanto Símbolo, y que por

esta petición mostró cuanta sea la bondad y misericordia de Dios en favor de los hombres, pues si no estuviera

pronto y dispuesto para perdonar los pecados a los penitentes nunca habría ordenado esta regla de pedir:

Perdónanos nuestras deudas. Y así debemos tener por muy cierto que nos concederá su paternal misericordia,

quien nos la mandó pedir en estas oraciones.

 

XI. Si nos arrepentimos, luego nos perdona

1198. Sin ninguna duda, es que de tal manera está Dios inclinado hacia nosotros, que perdona con

muchísimo gusto a los que de veras se arrepienten. Dios es verdaderamente aquel contra quien pecamos y a

quien ofendemos por palabras y obras, negándole la obediencia y cuyas sabias disposiciones perturbamos en

cuanto está de nuestra parte. Por todo este mismo Señor es benignísimo Padre, el cual como puede perdonarlo

todo no sólo declaró que quería, sino que también obligó a los hombres a pedir el perdón, y les enseñó las

palabras con que le habían de pedir. Y por tanto nadie puede dudar, de que con su favor y ayuda está en

Nuestra mano recobrar su gracia. Y porque esta testificación de lo muy inclinada que está la voluntad de Dios a

perdonarnos, aumenta la Fe, alienta la Esperanza e inflama la Caridad, será conveniente ilustrar este lugar con

algunos testimonios divinos y con ejemplos de hombres, a quienes arrepentidos concedió el Señor el perdón

de las mayores maldades. Mas porque ya tratamos de esta materia, según lo permitía el asunto, en el proemio

de esta petición, y en aquel artículo del Credo que habla del perdón de los pecados, tomarán de allí los Párrocos

lo que parezca convenir para esclarecer esta verdad, y por lo demás acudirán a las fuentes de las Letras divinas.

 

XII. Qué se entiende aquí por el nombre de deudas.

1199. Después seguirán el mismo orden que nos pareció, se debía guardar en las demás peticiones, para

que entiendan los fieles qué significan aquí las Deudas, no sea que engañados con lo dudoso de la voz pidan

algo diverso de lo que se debe.

1200. Pues en primer lugar es de saber, que en manera ninguna pedimos que se nos dispense la

estrechísima obligación que tenemos de amar a Dios de todo corazón, con toda el alma y todas nuestras

fuerzas. Porque la paga de esta deuda es necesaria para la salvación. Y aunque con el nombre de deudas se

significan también la obediencia, el culto, la veneración y otras obligaciones semejantes, con todo no pedimos a

Dios que no se las debamos en adelante.

1201. Lo que pedimos es, que nos libre Dios de los pecados, pues así lo interpretó San Lucas, quien en

lugar de deudas puso pecados, por cuanto cometiéndolos nos hacemos reos a Dios y quedamos sujetos a las

penas debidas, las cuales pagamos o satisfaciendo, o penando. De esta calidad fué la deuda de que habló Cristo

Señor nuestro por boca del Profeta: “Lo que yo no quité, pagaba entonces”. Por esta sentencia de la palabra

de Dios se deja entender que nosotros no sólo somos deudores, sino que no tenemos con qué pagar. Porque el

pecador de ninguna manera puede satisfacer por sí mismo.

 

XIII. Cómo el pecador pagará sus deudas no teniendo con qué satisfacer.

1202. Por esta razón debemos acogernos a la misericordia de Dios, y como a ésta le corresponde igual

justicia, de la cual es celosísimo Su Majestad, nos debemos valer de los ruegos y de los merecimientos de la

pasión de Jesucristo Señor nuestro, sin la cual ninguno alcanzó jamás perdón de sus pecados, y de donde

manó como de una fuente toda la virtud y eficacia de satisfacer. Porque aquel precio que Cristo Señor nuestro

pagó en la cruz, y que se nos comunica por los Sacramentos recibidos o en realidad o en deseo, es de tanto

valor, que nos alcanza y realiza lo que pedimos en esta petición, es decir que se nos perdonen nuestros pecados.

 

XIV. Pedimos perdón de todo pecado así grave como leve.

1203. No sólo pedimos aquí perdón de los pecados leves y fáciles de perdonarse, sino también de los

graves y mortales. Si bien por lo que toca a los mortales, no tendrá eficacia esta petición, si no la toma del

Sacramento de la Penitencia recibido en realidad o a lo menos en el deseo, según ya dijimos.

 

XV. De diverso modo decimos nuestras las deudas, que nuestro el pan.

1204. Nuestras deudas decimos; pero en sentido muy diverso del que dijimos ante el pan nuestro.

Porque aquel pan es nuestro, por haber sido dado a nosotros por la misericordia de Dios, mas los pecados son

nuestros, por estar su culpa en nosotros, pues son cometidos por nuestra voluntad, y no fueran pecados si no

fueran voluntarios. Nosotros, pues, llevando a cuestas la carga de esa culpa y confesándola, imploramos la

misericordia de Dios como necesaria para limpiar los pecados. Y en esto no alegamos excusa ni echamos a otro

la culpa, como lo hicieron los primeros padres Adán y Eva. Nosotros mismos los confesamos valiéndonos, si

somos cuerdos, de aquella súplica del Profeta: “No permitas se deslice mi corazón en palabras de malicia,

para alegar excusas sobre excusas en los pecados”.

 

XVI. Por qué decimos Perdónanos, y no Perdóname mis deudas.

1205. No decimos Perdóname, sino perdónanos. Porque la unión y caridad de hermanos que media

entre todos los hombres, pide de cada uno de nosotros que cuidando de la común salud de los prójimos,

roguemos por ellos también, cuando pedimos por nosotros. Esta costumbre de orar enseñada por Cristo Señor

nuestro, recibida y guardada perpetuamente por la Iglesia de Dios, es la que practicaron los mismos Apóstoles

especialmente, y dispusieron que los demás practiquen del mismo modo. Y de esta caridad y afecto

ardiente de rogar por la salud de los prójimos tenemos en uno y otros Testamento los ejemplos esclarecidos de

los Santos Moisés y Pablo, de los cuales el uno suplicaba al Señor de esta manera: “O perdónales este pecado, o

si no lo haces, bórrame de tu libro”. Y el otro: “Deseaba, dice, yo mismo ser anatema de Cristo por la salud

de mis hermanos”.

 

XVII. Como se han de entender estas palabras.

1206. Esa palabra Así como, se puede entender de dos maneras. Porque tiene fuerza de semejanza y ésta

consiste en pedir a Dios que del mismo modo que nosotros perdonamos las injurias y agravios que nos han

hecho, así su Majestad nos perdone nuestros pecados. Es además de esto condicional, y en este sentido la

interpreta Cristo Señor nuestro, cuando dice: ―Porque si perdonareis a los hombres sus pecados, también

vuestro Padre celestial os perdonará vuestros delitos. Mas si no perdonareis a los hombres, ni vuestro Padre

os perdonará vuestros pecados”. Uno y otro sentido comprende la necesidad de perdonar. De suerte que si

queremos que nos perdone Dios nuestros delitos, es necesario perdonemos a los que nos han injuriado. Porque

de tal manera requiere Dios de nosotros el olvido de las injurias y la voluntad de unos con otros, que desecha

y menosprecia los dones y sacrificios de los que no están reconciliados entre sí.

 

XVIII. Por ley natural y precepto de Cristo debemos perdonar las injurias.

1207. Aun por ley natural está determinado que nos mostremos tales a los otros cuales deseamos

sean ellos con nosotros. Así, ciertamente sería un atrevimiento, si alguno pedía a Dios le perdonase la pena de

su maldad, al mismo tiempo que mantenía en sí un corazón armado contra su prójimo. Y por tanto los que han

sido injuriados, deben estar prontos y apercibidos para perdonar, ya porque les obliga esta forma de orar, y ya

porque en San Lucas manda así el Señor: ―Si pecare tu hermano contra ti, reprehéndele. Y si hiciere penitencia,

perdónale. Y sí siete veces al día pecare contra ti y otras tantas volviere a ti, diciendo, pésame, perdónale.

En el Evangelio de San Mateo se dice: “Amad a vuestros enemigos”. Y el Apóstol, y antes que él

escribió Salomón: “Si padeciere hambre tu enemigo, dale de comer, si sed, dale de beber. Y el evangelista

San Marcos dice: “Cuando os pusiereis a orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que vuestro Padre

que está en los cielos os perdone vuestros pecados”.

 

XIX. Razones para mover los ánimos a la mansedumbre que pide aquí el Señor.

1208, Mas como por defecto de la naturaleza dañada nada sea tan difícil a los hombres como perdonar a

quien les injurió, empleen los Párrocos toda la industria e ingenio para mover e inclinar los corazones a esta

benignidad y misericordia tan necesaria en el cristiano. Recuérdenles los lugares de las Escrituras divinas,

donde oímos a Dios que manda perdonar a los enemigos. Prediquen lo que es muy verdadero, a saber

que es prueba grande de ser hijos de Dios, perdonar fácilmente las injurias y amar de corazón a los enemigos.

Porque en esta obra de perdonar a los enemigos resplandece cierta semejanza con nuestro Padre Dios, quien

reconcilió consigo al linaje humano grande enemigo y muy contrario a él, redimiéndole de la perdición eterna

por medio de la muerte de su Hijo. Y sea el complemento de esta exhortación y doctrina aquel precepto de

Cristo Señor nuestro, el cual no podemos rechazar sin grande ignominia y desgracia nuestra: “Haced oración

por los que os persiguen y calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”.

 

XX. Cómo se tratará a los que no pueden del todo olvidar las injurias.

1209. Pero aquí se requiere en los Pastores una prudencia no vulgar para que ninguno desconfíe de su

salvación, al ver la dificultad y necesidad de este mandamiento. Porque hay hombres que entendiendo deben

acabar con las injurias mediante su voluntario olvido, y amar a los que los agraviaron, lo desean y hacen por

cumplirlo cuanto es de su parte, mas experimentan que no pueden olvidar del todo la memoria de las injurias.

Porque les quedan en el ánimo algunas reliquias de la enemistad, y por esto padecen grandes remordimientos

de conciencia, temiendo que no cumplen el mandamiento de Dios, dejando las enemistades sencilla y

absolutamente. Aquí, pues, explicarán los Pastores, que son contrarios los afectos de la carne y el espíritu.

Porque el de la carne es Inclinado a venganza, y el del espíritu al perdón. De aquí nace haber entre ellos

perpetua lucha y combate. Por esto demostrarán que de ninguna manera se ha de desconfiar de la salvación,

aunque combatan y contradigan a la razón los apetitos de la naturaleza corrompida, con tal que el espíritu se

mantenga firme en el deseo y voluntad de perdonar las injurias y de amar al prójimo.

 

XXI. Los que aun retienen deseo de vengarse, pueden y deben rezar esta oración del Padre

nuestro.

1210. Si por acaso hubiere algunos que todavía no supiesen como avenirse para olvidar las injurias y

amar a los enemigos, y que por eso no usan de la oración del Señor, atemorizados por la condición que dijimos

de esta plegaria, les propondrán los Pastores estas dos razones a fin de sacarlos de error tan pernicioso.

1211. La primera, que cada uno de los fieles hace esta oración en nombre de toda la Iglesia, y que en ella

es necesario que haya algunos justos, los cuales habrán perdonado a sus deudores las deudas aquí

mencionadas.

1212. La segunda, que pidiendo esto a Dios suplicamos también al mismo tiempo lo que necesariamente

se debe poner de nuestra parte para conseguirlo. Porque pedimos perdón de los pecados y el don de la

verdadera penitencia, pedimos la gracia de un íntimo dolor, y pedimos que podamos aborrecer los pecados y

confesarlos verdadera y piadosamente al Sacerdote. Y así siendo necesario que nosotros perdonemos también,

a los que nos han hecho algún mal o daño, cuando pedimos a Dios que nos perdone, rogamos juntamente nos

dé fuerzas para reconciliarnos con aquellos a quienes aborrecemos. Y por tanto deben ser disuadidos de tal

opinión, los que no oran por el temor vano y perverso, de que con esta petición provocarán más contra si la ira

de Dios. Antes por el contrario se les ha de exhortar a la frecuencia de esta oración divina, para que pidan a

Dios Padre les dé tal voluntad, que perdonen a los que les ofendieron, y que amen a sus enemigos.

 

XXII. Qué hará el que desea sacar provecho de esta petición.

1213. Mas para que del todo sea eficaz esta petición, primeramente se ha de meditar y tener presente

que nosotros suplicamos a Dios y le pedimos perdón, el cual no se concede sino al que está arrepentido, y por lo

mismo para conseguirle deben acompañarnos la caridad y piedad propias de los penitentes. Además, debemos

tener presentes nuestros pecados y maldades para poderlos expiar con las lágrimas. A esta consideración debe

ir unida para el porvenir la fuga de aquello que fué ocasión de pecado, y que puede inducirnos a ofender a Dios

nuestro Padre. Esta era la ocupación de David cuando decía: ―Delante de mí está siempre mi pecado‖ ; y

en otro salmo: ―Cada noche baño mi lecho con mi llanto; riego mi aposento con mis lágrimas. Propóngase

además cada uno el fervientísimo ardor de la oración de aquellas almas que alcanzaron de Dios con súplicas, el

perdón de sus pecados, como el Publicano, el cual desde lejos y clavados en tierra los ojos por causa de la

vergüenza y del dolor, solamente se hería el pecho, diciendo estas palabras: “Señor, apiádate de mi

pecador”. También el de aquella mujer pecadora, que puesta detrás de Cristo Señor nuestro, y arrojada a sus

pies, los regaba con sus lágrimas, los limpiaba con sus cabellos y los besaba. Y en fin el del Príncipe de los

Apóstoles San Pedro, quien habiendo salido fuera, lloró amargamente.

 

XXIII. De los remedios principales para curar los males del alma.

1214. Después de esto se ha de considerar que cuanto más frágiles son los hombres e inclinados a las

enfermedades del alma, que son los pecados, tanto necesitan de más frecuentes remedios. Estos son la

Penitencia y Eucaristía. Por lo mismo acuda a estas medicinas con mucha frecuencia el pueblo fiel. Además de

esto, la limosna, según enseñan las divinas Letras, es una medicina muy provechosa para curar las llagas del

alma. Así, los que desean valerse piadosamente de esta petición, hagan a los pobres todo el bien que pudieren.

Porque es muy grande su virtud para borrar las manchas de los pecados, como lo dijo a: Tobías el Ángel del

Señor San Rafael por estas palabras: ―La limosna libra de la muerte, y ella es la que limpia los pecados, y hace

hallar misericordia y la vida eterna. Lo mismo testifica Daniel, amonestando al Rey Nabucodonosor de este

modo: ―Redime tus pecados con limosnas, y tus maldades con misericordias hechas a pobres.

1215. Pero la mejor largueza, y la obra más perfecta de misericordia, es el olvido de las injurias, y la

buena voluntad hacia aquellos que hayan perjudicado nuestra hacienda, honra, o persona o las de los nuestros.

Cualquiera, pues, que desee tener a Dios en gran manera misericordioso para con él, ponga sus enemistades en

sus divinas manos, perdone toda ofensa, y haga oración de veras por sus enemigos, aprovechándose de toda

ocasión para hacerles bien. Mas como esto se explicó ya cuando tratamos del homicidio, remitimos allá a los

Párrocos. No obstante concluyan esta petición diciendo, que ni hay ni puede darse nada más injusto que siendo

uno tan duro para los hombres de tal suerte que no quiera perdonar a sus prójimos, pida a Dios que sea para

con él manso y benigno.

 

Sexta petición de la Oración Dominical

Y NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN

Motivos de esta sexta petición

[2] Nuestro Señor Jesucristo nos ha mandado hacer esta petición, tanto en el Padrenuestro como en

Getsemaní a los tres apóstoles (Mt. 26 41; Mc. 16 38; Lc. 22 40.), para que diariamente nos encomendemos a

Dios e imploremos su cuidado y protección paterna, por dos motivos principales: • por la lucha que arman

contra nosotros los demonios; • y por nuestra gran debilidad e ignorancia frente a tantos peligros.

[2] 1º Lucha que arman contra nosotros los demonios. — Después de haber alcanzado el

perdón de nuestros pecados y encendidos en el deseo de amar y servir a Dios y de observar puntualmente sus

mandamientos, es muy de temer que el enemigo del linaje humano, inventando muchos ardides para

combatirnos, nos haga caer de nuevo en los vicios, para volvernos peores, si posible, de lo que éramos antes

(Mt. 12 45; Lc. 11 26; II Ped. 2 21.). Y así, si no nos confiamos a Dios, nos veremos atrapados prontamente en

los lazos del infernal enemigo.

[5] a) Gravedad de las acometidas del diablo. — Los demonios nos combaten unas veces abiertamente,

otras oculta y escondidamente, mas de tal modo que apenas podemos vernos libres de sus asaltos. San Pablo,

para mostrarnos la gravedad de sus acometidas, los llama (Ef. 6 12.): • «príncipes», por la excelencia de su

naturaleza, muy superior a la nuestra; • «potestades», porque nos superan, no sólo por su naturaleza, sino

también por su poder; • «rectores del mundo de las tinieblas», porque gobiernan a quienes viven encenagados

en la ceguera de sus pasiones; • «espíritus malignos», porque inclina nuestra naturaleza al mal, excitando las

pasiones y los apetitos a todo lo que es depravado y contrario a la ley de Dios. — De donde se deduce que son

poderosas las fuerzas de nuestros enemigos, invencible su ánimo de perdernos, cruel e implacable su odio con-

tra nosotros, y continua la guerra que nos hacen, de modo que no cabe con ellos paz ni tregua.

[6] b) Audacia y perversidad del diablo en tentarnos. — La audacia del diablo en buscar la perdición

del género humano queda patente en las Sagradas Letras: • acometió a nuestros primeros padres en el paraíso

(Gen. 3 12.); • persiguió a los Profetas y a los Apóstoles (Job 1 6 y 2 1; I Par. 21 1; Lc. 23 31.); • no se avergonzó

ante la presencia misma de Cristo (Mt. 4 3.); • y tanta es su sed de condenar a las almas (I Ped. 5 8.), que no es

sólo Satanás quien tienta a los hombres, sino que los acometen bandas enteras de demonios (Lc. 8 30; Mt. 12

45.).

[7] c) Los justos, blanco de las tentaciones de los demonios. — Es de notar que los demonios no

necesitan combatir a los pecadores, pues como éstos se han entregado voluntariamente a él, reside ya en sus

almas a su gusto, sin que le sea preciso tentarlos ni vencer resistencia ninguna. Mas con los justos no es así:

consagrados a Dios como están, y esforzándose por llevar en la tierra una vida celestial, son objeto de los

ataques furiosos del diablo, que los aborrece, y continuamente arma asechanzas para hacerlos caer. La Sagrada

Escritura nos da numerosos ejemplos de varones justos, a los que el demonio consiguió vencer con sus

violencias y astucias: Adán (Gen. 3 2.), David (II Rey. 11 2-3.), Salomón (III Rey 11.), Sansón (Jue. 16.) y otros.

[8] d) El poder de los demonios de tentar es limitado. — Mas, con todo, no hay que tener ánimo

apocado frente al demonio, porque Satanás, con todo su poder, tenacidad, malicia y odio hacia nosotros, no

puede tentarnos todo lo que quiere ni todo el tiempo que desea, sino que todo su poder está subordinado a la

permisión de Dios, que sólo permite que nos tiente para nuestro bien; de modo que ni en la piara de cerdos

habrían podido entrar sin la licencia del divino Salvador (Mt. 8 31; Mc. 5 11; Lc. 8 32.).

[3-4] 2º Nuestra debilidad e ignorancia. — El segundo motivo de esta petición es que necesitamos

del auxilio divino para no caer, a causa de nuestra debilidad e ignorancia (Mt. 26 41.). Ejemplo de esta humana

flaqueza lo tenemos en los Apóstoles, que abandonaron a nuestro Señor después de haber ostentado poco antes

gran valor (Mt. 26 35-36.), especialmente San Pedro, que muy confiado en sí mismo, porfiaba en seguir a

nuestro Señor hasta la muerte (Mt. 26 35.), mas lo negó poco después atemorizado por una mujer (Mt. 26 69 y

72.). En efecto, todos sentimos lo mucho que puede en nosotros la ira y la ambición, y las numerosas

acometidas de nuestras pasiones, que son tan variadas que es difícil no sucumbir a ninguna. Por consiguiente,

debemos pedir a Dios, humilde y rectamente, que no permita «que seamos tentados por encima de nuestras

fuerzas, sino que con la misma tentación nos dé su ayuda para que podamos resistir» (I Cor. 10 13.).

«No nos dejes caer en la tentación»

[9] 1º Qué significa «tentación».Tentar significa someter a prueba a alguien con el fin de

averiguar de él alguna verdad, preguntándole para ello otra distinta; y por eso el fin próximo de todo tentador

es la ciencia. Dios no tienta a nadie con miras a este fin, puesto que no ignora nada, sino que todo está patente

y desnudo a sus ojos (Heb. 4 13.). Mas puede suceder a veces que a través de lo que alguien averigua de otro, se

busque otro fin remoto, ya sea bueno, ya sea malo.

a) Se busca un buen fin cuando se prueba la virtud de alguien para que, demostrada y conocida aquella,

sea honrada y puesta por ejemplo para ser imitado por los demás; lo cual sólo conviene a Dios (Deut. 13 3.),

que aflige a los suyos con cruces y pobreza, para probar su paciencia y hacerlos servir a otros de modelos de

vida cristiana. De este modo tentó Dios a Abraham (Gen. 22 1.) y a Tobías (Tob. 12 13.).

[10] b) Se busca un mal fin cuando se induce a los hombres al pecado o a su perdición; lo cual es oficio

propio del diablo, que por eso es llamado «tentador» en las Sagradas Letras (Mt. 4 3.). Para ello se vale, como

de incentivos interiores, de nuestras afecciones y pasiones, y como de incentivos exteriores, de todo tipo de

acontecimientos prósperos y adversos, y de hombres pervertidos (entre los cuales figuran los herejes

protestantes, sentados en cátedra de pestilentes doctrinas).

[11] 2º Qué significa «ser inducido en tentación». — Dícese que somos inducidos en tentación

cuando sucumbimos a ella, lo cual puede ser de tres modos:

a) Cuando cedemos o consentimos aquel mal al que alguien nos indujo tentándonos. De este modo Dios

no induce a nadie a la tentación, pues Dios no es para nadie causa de su pecado (Sant. 1 13.).

[13] b) Cuando aquel que podría evitar que caigamos en la tentación no lo hace, no siendo él, sin

embargo, quien tienta. De este modo permite Dios que sean tentadas las almas piadosas y justas, pero sin

abandonar a quienes se apoyan en su gracia. Sin embargo, hay que observar que es costumbre en la Escritura

expresar esta permisión divina con términos que parecen indicar una acción positiva de Dios, como «endurecer

el corazón» (Ex. 4 21; 8 3.), «cegar el corazón» (Is. 6 10.), «entregar a pasiones infames» (Rom. 1 26-28.);

por lo que tales textos deben ser entendidos, no como si Dios hiciese lo que en ellos se dice, sino sólo que lo

permitió.

[12] c) Cuando abusamos para nuestra ruina de los mismos beneficios recibidos de Dios, malgastando

la hacienda paterna como el hijo pródigo, viviendo disipadamente y dando gusto a nuestras malas pasiones (Lc.

15 12-14.). Ejemplo de ello es, según el profeta Ezequiel, la misma ciudad de Jerusalén, que enriquecida con

todo género de bienes y engrandecida de divinos dones, se ocupaba sólo en gozar viciosa y ciegamente de la

abundancia de bienes terrenos, perdida la esperanza y toda idea de las riquezas del cielo (Ez. 16.).

[14] 3º Qué se pide en esta parte de la oración dominical. — Supuesto todo lo dicho, se ve que

no se pide aquí no ser tentado de ningún modo (Job 7 1.), porque la tentación es provechosa al hombre: • para

humillarse, reconociendo su miseria y resignándose bajo la poderosa mano de Dios (I Ped. 5 6.); • para luchar

con energía contra los enemigos del alma y merecer así la corona del premio (I Ped. 5 4; II Tim. 2 5; Sant. 1

12.); • para más asemejarnos a Jesucristo, y acudir frecuentemente a su mediación compasiva y misericordiosa

(Heb. 4 15.). [15] Lo que se pide a Dios es que no consintamos en las tentaciones, y que su gracia esté siempre

dispuesta para ayudarnos cuando a nosotros nos falten las fuerzas para resistir al mal. Por eso hemos de

implorar el auxilio de Dios en todas nuestras tentaciones, pidiéndole que nos ayude a no condescender con los

apetitos desordenados, a no desmayar frente a las tentaciones, a no desviarnos por ellas de los caminos del

Señor, y que aplaste bajo nuestros pies el poder de Satanás (Rom. 16 20.).

Consideraciones sobre esta petición

[17] 1º Causa de la victoria contra las tentaciones. — La causa de nuestra victoria en las

tentaciones es nuestro Señor Jesucristo, a quien tenemos por jefe en esta lucha, y que salió victorioso en estos

combates (Jn. 16 33; Mt. 4 4; Lc. 11 22; Apoc. 5 5; 6 2.), y que dio a sus súbditos las fuerzas para vencer.

Igualmente, tenemos como compañeros de lucha a los Santos, cuyas victorias contra la tentación celebra la

Escritura (Heb. 11.), y a las almas que en la Iglesia diariamente consiguen grandes victorias contra los

demonios por la fe, la esperanza y la caridad con que brillan (I Jn. 2 14.).

[18] 2º Modo de vencer contra las tentaciones. — a) Se vence a Satanás con la oración, la

vigilancia (Mt. 26 41; Lc. 22 46.), la laboriosidad, con vigilias y abstinencias, y con la continencia y castidad.

Quien tales armas usa en el combate, hará huir a los adversarios.

[16, 19] b) Mas como no es propio de la naturaleza humana poder con sus solas fuerzas llevar a cabo

este combate, es preciso tener, por una parte, gran desconfianza de sí mismo y de las propias fuerzas,

considerando cuán grande es la flaqueza humana; y, por otra parte, es preciso fijar toda la esperanza de nuestra

489salvación en la bondad de Dios (I Cor. 15 57; Apoc. 17 14.), y confiar firmemente en su ayuda y protección. El

es quien adiestra nuestras manos para la lucha (Sal. 143 1.), quien hace nuestros brazos fuertes como el bronce

(Sal. 17 35.), quien quiebra el arco de los fuertes y reviste de vigor a los débiles (I Rey. 2 4.). Desconfiados de sí

y confiados en Dios consiguieron la salvación y la exaltación el casto José, elevado por Dios al trono de Egipto

después de resistir a la seducción de la esposa de Putifar, y la casta Susana, cuando era inminente su muerte

por injusta sentencia.

[20] 3º Premios prometidos a los vencedores. — Finalmente, hay que considerar las coronas y

premios grandes y eternos que Dios tiene preparadas para los vencedores, según los testimonios del

Apocalipsis (Apoc. 2 11; 3 5, 12, 21; 21 7.).

 

CAPÍTULO XV

DE LA SEXTA PETICIÓN

Y no nos dejes caer en la tentación

I. Del gran peligro que hay de recaer después de conseguido el perdón.

1216. Es indudable que los hijos de Dios, una vez conseguido el perdón de sus pecados e inflamados en

el deseo de tributar a Dios el culto y veneración debidos, ansían ardientemente el reino de los cielos, cumplen

todos los deberes de piedad que tienen para con el Señor, y se sujetan totalmente a su paternal voluntad y

providencia. Mas entonces señaladamente acontece que el enemigo del linaje humano inventa nuevos ardides,

y prepara contra ellos todo género de armas para combatirlos, de tal suerte, que es muy de temer que

retractando y dejando los buenos propósitos, vuelvan de nuevo a caer en los vicios, y se hagan mucho peores de

lo que fueron antes, pudiendo con razón decirse de ellos aquello del Príncipe de los Apóstoles: “Mejor les fuera

no conocer el camino de la justicia, que después de conocerle, volverse atrás de aquel santo mandamiento que

les fué dado”.

 

II. Cristo Señor nuestro quiso fortalecemos con esta petición contra las astucias del enemigo.

1217. Por esto ordenó Cristo Señor nuestro esta petición, para que cada día roguemos a Su Majestad, e

imploremos su paternal auxilio y defensa, estando muy ciertos de que si somos dejados de su protección divina,

luego caeremos en los lazos del astutísimo enemigo. Y no fué sólo en esta forma de orar donde mandó pedir a

Dios que no nos deje caer en la tentación, sino también en aquellas palabras que cercano a su muerte dijo a los

Apóstoles, cuando después de haberles asegurado que estaban limpios, les recordó esta obligación, avisándoles

de este modo: ―Orad, porque no caigáis en tentación.

1218. Esta amonestación hecha segunda vez por Cristo Señor nuestro, obliga a los Párrocos a poner gran

diligencia para excitar a los fieles al frecuente uso de esta petición, para que entre tantos lazos como a todas

horas arma a los hombres su enemigo el demonio, pidan de continuo a Dios, quien sólo puede librarlos: “No

nos dejes caer en la tentación”.

 

III. Medios para conocer la gran necesidad de esta petición.

1219. Cuán necesitado esté el pueblo fiel de esta ayuda divina, luego lo entenderá si recordare su

debilidad e ignorancia, si tiene presente aquella sentencia de Cristo Señor nuestro: ―El espíritu está pronto,

mas la carne flaca, y si le viniere al pensamiento cuán lamentables y cuán funestas son las caídas de los

hombres a impulsos del demonio, si no son sostenidos con el auxilio de la divina mano. ¿Qué ejemplo más

patente puede darse de la inconstancia humana como el de los Apóstoles? Los cuales estando poco antes con

tan grande ánimo, en el primer momento difícil, desamparado el Salvador, huyeron. Pero aun todavía el del

Príncipe de los Apóstoles, quien entre tantas protestas de singular fortaleza y amor para con Cristo Señor

nuestro, y habiendo dicho poco antes muy satisfecho de sí: “Aunque sea menester morir contigo, no te

negaré”; poco después aterrado a la voz de una mujercilla, afirmó con juramento que ni siquiera conocía

al Señor. Es que no correspondían sus fuerzas a la valentía de espíritu que mostraba. Pues si cayeron

desgraciadamente varones santísimos por la fragilidad de la naturaleza humana, en la que confiaban, ¿qué no

tendrían que temer los que están muy lejos de esta santidad?

 

IV. De los muchos y grandes peligros a que estamos expuestos.

1220. Por esto proponga el Párroco al pueblo fiel los combates y peligros en que continuamente

andamos mientras vivimos en este cuerpo mortal, donde por todas partes nos asaltan la carne, el mundo y el

demonio. El poderío grande que en nosotros tienen la ira y la codicia, ¿quién hay que muy a costa suya no se

vea obligado a reconocerlo? ¿Quién no se ve acosado de estas pasiones? ¿Quién no experimenta estos

aguijones? ¿Quién no se ve como abrasado de las ardientes llamas de sus apetitos? Y a la verdad tantos son los

ataques y tan de veras las acometidas, que es muy dificultoso no recibir alguna herida de muerte. Además de

estos enemigos que habitan y viven dentro de nosotros, existen aquellos atrocísimos de quienes está escrito:

No es nuestra lucha contra la carne y sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de

estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires”.

 

V. De la fuerte guerra que el demonio nos hace según estas palabras del Apóstol.

1221. Júntanse a las luchas interiores, las exteriores, tentaciones y acometidas de los demonios, los cuales

ya nos persiguen manifiestamente, ya minan secretamente nuestras almas, de modo que apenas nos podemos

defender de ellos. Y los llama el Apóstol Príncipes por la excelencia de su naturaleza, porque con ella aventajan

a los hombres y a todas las demás cosas sensibles. Llámalos Potestades, porque no solamente sobrepujan en la

perfección de la naturaleza, sino también en el poder. Y los nombra: Adalides de estas tinieblas del mundo

porque no gobiernan al mundo ilustre y noble, esto es, a los buenos y justos, sino al oscuro y tenebroso, es decir

a los que esclavizados por las torpezas y la ignorancia de una vida infame y criminal, tienen sus delicias con el

diablo, que es el príncipe de las tinieblas. Llama también el Apóstol a los demonios espíritus malignos, porque

hay dos malicias, la de la carne y la del espíritu. La malicia que se dice carnal, enciende el apetito a liviandades

y deleites que se perciben por los sentidos. Las malicias espirituales son los malos deseos y los apetitos

depravados que pertenecen a la parte superior del alma, los cuales son tanto peores que los otros cuanto el

entendimiento y la razón es más superior y más noble que la carne. Y como esta malicia de Satanás tiende

directamente a privarnos de la herencia espiritual, por eso dijo el Apóstol: “Esparcidos en los aires.” Con lo

cual se da a entender, que las fuerzas de los enemigos son grandes, su ánimo invencible, su odio contra

nosotros cruel e implacable, y que nos hacen una guerra tan continuada, que no es posible tener con ellos paz,

ni dan treguas ningunas.

 

VI. Cuán grande es la audacia, y malicia del diablo para tentar.

1222. Cuán atrevidos sean los demonios lo demuestra aquella voz de Satanás que leemos en el Profeta:

Al cielo subiré”. Acometió a los primeros padres en el Paraíso. Tentó a los Profetas. Anduvo muy

solícito por cribar a los Apóstoles como trigo, según dice el Señor por el Evangelista. Y sobre todo no respetó

ni aún el rostro del mismo Jesucristo. Y así expresó San Pedro su insaciable sed y su solicitud incansable

para perdernos cuando dijo: Vuestro enemigo el diablo, como león que brama, anda al rededor buscando a

quien tragarse‖. Y no tienta a los hombres un demonio solo, sino que muchos de ellos acometen algunas veces a

cada uno. Así lo confesó aquel diablo, que preguntado por Cristo Señor nuestro cuál era su nombre,

respondió: “Mi nombre es legión”. Esto es, multitud de demonios, que habían atormentado a aquel miserable.

Y de otro está escrito: “Torna consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando, moran en él”.

 

VII. Por qué los malos no son tan perseguidos del demonio como los buenos.

1223. Muchos hay que por no sentir en sí de ninguna manera los impulsos e ímpetus de los demonios,

piensan que todo eso es falso. Más no es de admirar que no les haga guerra el diablo, cuando ellos mismos de

su voluntad se entregaron a él. No hay piedad en los tales, no hay caridad, ni virtud digna de un cristiano. De

aquí es, que como están enteramente en poder del diablo, no necesita de tentaciones para derribarlos, pues está

aposentado en sus almas con mucho gusto de ellos mismos.

1224. Pero los que del todo se entregan a Dios, haciendo en la tierra vida celestial, éstos señaladamente

son el objeto de todos los combates de Satanás, contra éstos se dirige, y a éstos arma lazos a cada momento.

Llena está la historia de las Letras divinas de ejemplos de varones Santos, a quienes pervirtió, o a fuerza o a

traición, aun estando ellos muy alerta. Adán, David, Salomón y otros que sería largo de contar,

experimentaron los furiosos ataques de los demonios y su astucia sagaz, a la cual no es posible resistir con la

industria ni fuerzas humanas. ¿Quién, pues, fiado de sí se tendrá por seguro? Y así debemos pedir a Dios

piadosa y humildemente que no permita seamos tentados sobre lo que podemos, sino que junto con la

tentación nos dé fuerzas para que podamos sufrirla.

 

VIII. No tientan los demonios como, ni cuando quieren.

1225. Mas aquí deben ser confortados los fieles por si acaso algunos, o por falta de fuerzas, o por

ignorancia, se espantan del poder de los demonios, para que al verse combatidos por las olas de las tentaciones,

se acojan al puerto de esta petición. Porque Satanás con todo su poder y pertinacia, y odio capital contra

nuestro linaje, ni nos puede tentar, ni molestar cuanto ni por el tiempo que quiere, sino todo su poder está

sujeto a la voluntad y permiso de Dios. Muy sabido es el ejemplo de Job. No habría Satanás tocado en sus

bienes, si no le hubiera dicho el Señor: “He ahí todas cuantas cosas tiene, están en tu mano”. Al contrario, si

Dios no hubiera añadido: “Empero no extiendas tu mano contra él”, al primer golpe del diablo habría caído

con todos sus hijos y haciendas. De tal manera está coartada la fuerza de los demonios, que si no lo permite

Dios, ni hubieran podido tampoco entrar en aquellos cerdos, de quienes hacen mención los Evangelistas.

 

IX. Qué cosa es tentar, y cómo somos tentados por Dios.

1226. Más para que se entienda la fuerza de esta petición, se ha de explicar qué significa aquí el nombre

de tentación, y en qué consiste caer en ella. Tentar no es otra cosa que probar al que se tienta para averiguar la

verdad, de aquello que deseamos. Este modo de tentar no puede darse en Dios, porque ¿qué cosa ignora su

Majestad? ―Todas las cosas, dice, están desnudas y patentes ante sus ojos” . Hay otro modo de tentar, y

consiste en que prosiguiendo más adelante, se suele preguntar alguna cosa, con un fin bueno o malo. Con buen

fin, cuando se prueba la virtud de uno, para que siendo manifiesta y conocida, él sea premiado y engrandecido,

y su virtud propuesta por modelo para que la imiten los demás, y en fin para que por esto se muevan todos a

alabar a Dios. Sólo este modo de tentar es el que puede hallarse en Dios. Y de esta tentación tenemos ejemplo

en el Deuteronomio, donde se dice: “Tiéntaos vuestro Dios y Señor, para que se descubra si le amas, o no”.

De esta suerte se dice también que tienta el Señor a sus siervos, cuando los visita con pobreza, enfermedades y

otros géneros de aflicciones, lo cual hace, así para acrisolar su paciencia, como para que sean para otros modelo

y dechado de vida cristiana. Así leemos que tentó a Abrahán para que le sacrificase su hijo, por cuya acción fue

constituido ejemplar de obediencia y paciencia admirable, para eterna memoria de los hombres. Y del mismo

modo se dijo de Tobías: “Por lo mismo que eres agradable a, Dios, fue necesario que la tentación te

probase”.

 

X. Cómo tienta el demonio a los hombres.

1227. Con mal fin son tentados los hombres, cuando son inducidos al pecado o a su perdición. Este es

oficio propio del diablo. Porque tienta a los hombres a fin de pervertirlos y perderlos. Por eso en las sagradas

Escrituras es llamado el tentador. En estas tentaciones unas veces nos pone estímulos interiores, valiéndose

como de ministros de los mismos afectos y apetitos del alma. Otras persiguiéndonos por de fuera se valen o de

las cosas prósperas para que nos ensoberbezcamos o de las adversas para hacernos desmayar. Tiene también

sus adalides y mensajeros, que son los hombres malvados y sobre todos los herejes, que sentados en la cátedra

de pestilencia, esparcen las semillas mortíferas de doctrinas perversas, para derribar a aquellos que no hacen

elección o diferencia entre virtud y vicio, y que siendo hombres de sí inclinados al mal, andan vacilando y

amenazando ruina.

 

XI. De los modos que hay de caer en la tentación.

1228. Dícese que caemos en la tentación, cuando nos damos por vencidos o sucumbimos a ella. Pero

esto puede ser de dos modos. Uno, cuando removidos de nuestro estado, caemos en aquel mal, a que alguno

nos indujo, tentándonos. En ese sentido ninguno es inducido a la tentación por Dios, porque el Señor no puede

ser causa del pecado, antes aborrece a todos los que obran mal. Y Santiago dice: ―Ninguno, cuando es

tentado, diga que es tentado por Dios, porque Dios a ninguno tienta..

Además de esto, se dice que nos deja caer en tentación aquel, que si bien no nos tienta ni hace

cosa alguna para que seamos tentados, no ; obstante se dice que tienta, porque pudiendo oponerse a que nos

venga o que nos venza la tentación, no lo impide. De este modo es cierto que permite Dios sean tentados los

buenos y justos, mas no los desampara, sino que les sostiene con su gracia. Aunque también es cierto que

algunas veces, por justos y ocultos juicios de Dios, pidiéndolo así nuestros pecados, caemos dejados a nuestras

propias fuerzas.

 

XII. Los beneficios divinos nos ponen algunas veces en tentación.

1230. Dícese también que Dios nos deja caer en tentación, cuando abusamos para nuestra ruina de los

beneficios que nos concedió para nuestra salud, y como el hijo Pródigo, despreciamos la hacienda del Padre

viviendo perdidamente y satisfaciendo nuestras concupiscencias. Por cuyo motivo podemos decir lo que el

Apóstol de la ley: “Aquel mandamiento, que debía servir para, darme la vida, ha servido para darme la

muerte”. Ejemplo muy propio en confirmación de esto nos da Ezequiel en la ciudad de Jerusalén, a la que

Dios había enriquecido con toda suerte de atavíos y adornos, tanto que dijo por boca de este Profeta: ―Perfecta

eras en mi hermosura, la que puse sobre ti. No obstante esta ciudad colmada de tantas riquezas divinas, tan

lejos estuvo de dar gracias a Dios, quien tanto bien le había hecho y bacía, y de aprovecharse de los beneficios

para conseguir la bienaventuranza, por cuya causa los había recibido, que ingratísima a su Padre Dios, perdida

la esperanza, y toda idea de las riquezas del cielo, toda se ocupaba viciosa y ciegamente en gozar de la

abundancia de los bienes terrenos, como muy extensamente lo declaró el Profeta en el mismo capítulo. En la

misma nota de ingratos para con Dios, incurren aquellos que permitiéndolo él, hacen servir para sus vicios la

abundancia de bienes que su Majestad les concedió para ejercicio de virtudes.

 

XIII. Cuando las Escrituras atribuyen a Dios el mal, debe entenderse que lo permite,

1231. Pero acerca de esto es menester observar con cuidado el modo de hablar de la Escritura divina, la

cual algunas veces explica la permisión de Dios con tales palabras, que si se toman rigurosamente dan a

entender algún acto positivo en Dios; así en efecto se lee en el Éxodo: “Endureceré el corazón de Faraón”. Y

en Isaías: “Oiga el corazón de este pueblo”. Y el Apóstol escribe a los Romanos: “Los entregó Dios a, las

pasiones de ignominia y al sentido reprobó”.Pero en estos y otros semejantes lugares debemos entender, no

que hizo Dios esto en manera alguna, sino que lo permitió.

 

XIV. No pedimos aquí que no tengamos tentaciones, sino que no nos desampare en ellas el

Señor.

1232. Esto supuesto, es fácil entender lo que pedimos en esta oración. No pedimos, pues, que de ningún

modo seamos tentados: “Porque la vida de los hombres es una tentación sobre la tierra”. Esto es cosa útil y

provechosa al linaje humano. Porque en las tentaciones nos conocemos a nosotros mismos, esto es, nuestras

fuerzas. Así también nos humillamos bajo la mano poderosa de Dios, y peleando varonilmente esperamos la

incorruptible corona de la gloria. “Porque el que pelea en la lucha, no será, coronado, si no peleare

legítimamente”. Y como dice Santiago: ―Bienaventurado aquel que sufre la tentación, porque cuando fuere

probado, recibirá la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que le aman. Si alguna vez nos

acosan las tentaciones de los enemigos será de gran consuelo contemplar que tenemos por ayudador un

Pontífice que puede compadecerse de nuestras flaquezas, como tentado también en todo. ¿Pues qué es lo

que pedimos aquí? Que no seamos desamparados del socorro de Dios en las tentaciones, no sea que engañados

consintamos en ellas, o fatigados nos demos por vencidos, que nos acuda pronto con su divina gracia, y que nos

recree y conforte en los males, cuando desfallecieren nuestras fuerzas.

 

XV. Como en nuestras tentaciones debemos implorar el socorro de Dios.

1233. Por esto debemos implorar generalmente el socorro de Dios para todas las tentaciones, y

asimismo acudir a la oración, cuando en particular nos vemos molestados de cada una de ellas. Así leemos que

lo hacía David en casi todo género de tentaciones. Porque contra la mentira oraba así: “No quites de mi boca,

en ningún tiempo la palabra de verdad”. Contra la avaricia pedía de este modo: “Inclina mi corazón a tus

divinas leyes, y no a la avaricia”. Contra las vanidades de esta vida y halagos de los apetitos, hacía oración:

Aparta mis ojos, para que no vean la vanidad”. Pedimos, pues, que no condescendamos con nuestros

antojos, ni nos cansemos sufriendo las tentaciones, ni nos extraviemos del camino del Señor, de modo que

nos mantengamos con ánimo igual y constante, así en las cosas prósperas como en las adversas, y que no deje

Dios parte en nosotros desamparada de su protección. Pedimos en fin, que postre a Satanás debajo de nuestros

pies.

 

XVI. Cómo y con qué favor saldremos victoriosos de las tentaciones.

1234. Esta ahora que él Párroco exhorte al pueblo fiel sobre lo que señaladamente debe considerar y

meditar en esta petición. En ella lo mejor es, que contemplando cuán grande es la flaqueza de los hombres,

desconfiemos de nuestras propias fuerzas, y colocando toda la esperanza de nuestra salud en la benignidad de

Dios, fiados en este auxilio, tengamos grande ánimo aun en los mayores peligros, mayormente considerando a

cuantos fortalecidos con esta esperanza, libró el Señor de las mismas garras de Satanás. ¿No libertó a José

rodeado por todas partes de las ardientes llamas de aquella mujer furiosa, y del mayor peligro le levantó a la

mayor gloria? ¿No guardó salva a Susana, sitiada de diabólicos ministros, cuando ya no había cosa más

inmediata que ser ajusticiada por aquellas malvadas sentencias? Pero no hay que admirar, porque su corazón,

dice la Escritura, tenía confianza en el Señor. Insigne es la alabanza y la gloria de Job, quien triunfó de la carne,

del mundo y del demonio. Muchísimos ejemplos hay como éstos, con los cuales deberá el Párroco exhortar con

cuidado al pueblo fiel a esta esperanza y confianza en el Señor.

 

XVII. Cristo es el Capitán de nuestra milicia.

1235. Piensen también los fieles a quién tienen por capitán en las tentaciones de los enemigos, que es

Cristo Señor nuestro, quien de tal combate salió con tal victoria. Este Señor venció al demonio: ―Este es aquel

más fuerte que sobreviniendo, venció al fuerte armado y le quitó las armas y despojos. De la victoria que

consiguió del mundo, nos dice por San Juan: “Confiad, que yo vencí al mundo”. Y en el Apocalipsis se llama:

León que vence”, y que “salió vencedor para vencer”. Por esta victoria dio a sus siervos virtud para

que venzan. Llena está la Epístola del Apóstol a los Hebreos de victorias de Santos, que por la fe vencieron

los reinos, taparon las bocas de los leones, y lo demás que allí se escribe. De estas hazañas que leemos obradas

de este modo, pasemos luego a considerar los gloriosos triunfos que de las batallas interiores y exteriores con

los demonios consiguen cada día hombres sobresalientes en la fe, esperanza y caridad, los cuales son tantos y

tan insignes que si los viéramos, juzgaríamos que ninguna cosa podía acaecer ni más frecuente ni más gloriosa.

De la victoria de estos enemigos escribió San Juan estas palabras: “Les escribo, jóvenes, porque sois fuertes, y

la palabra, de Dios permanece en vosotros, y vencisteis al maligno”.

 

XVIII. Cómo podremos vencer al demonio.

1236. Más al diablo se vence no con la ociosidad, el sueño ni el vino, no con la glotonería o liviandad,

sino con la oración, trabajo y vigilias, y con abstinencia, continencia y castidad. “Vigilad y orad, nos dice, como

ya referimos, porque no entréis en tentación”. Los que entran en esa lid con estas armas, hacen huir a los

enemigos. Porque el diablo huye de los que le resisten. Pero en estas victorias que hemos referido de los Santos,

ninguno se deje llevar de alguna vana complacencia, ni se engría con insolencia, de modo que presuma que

podrá resistir con sus fuerzas las tentaciones enemigas y los ímpetus de los demonios. No es esto obra de

nuestra naturaleza, no puede contra ella la flaqueza humana.

 

XIX. Todas las fuerzan para vencer nos han de venir de Dios.

1237. Estas fuerzas con que postramos a los ministros de Satanás, son dadas por Dios. Este Señor es el

que pone nuestros brazos como arco de acero, con cuyo favor “fué quebrado el arco de los fuertes, y los

flacos ceñidos de fortaleza”. Este es el que nos da el escudo de la salud, y cuya diestra nos alza, “el

que adiestra nuestras manos para la pelea, y nuestros dedos para la batalla”. De manera que a solo Dios

debemos dar gracias, y reconocernos obligados por la victoria, porque sólo podemos conseguirla con su auxilio

y defensa. Así lo hizo el Apóstol, pues dice: “Demos gracias a Dios, quien nos dio victoria por nuestro Señor

Jesucristo”. A este mismo Señor predica por Autor de la victoria aquella voz del Apocalipsis que dice:

Hecha es la, salud, y la virtud, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su Cristo, porque ha sido precipitado

el acusador de nuestros hermanos, y ellos le vencieron por la sangre del Cordero”. Y el mismo libro

testifica la victoria que Cristo Señor nuestro consiguió del mundo y de la carne, donde dice: “Estos pelearán

con el Cordero, y el Cordero los vencerá”. Hasta aquí de la causa y del modo de vencer.

 

XX. Premios de los vencedores en los combates.

1238. Declaradas estas cosas, propondrán los Párrocos al pueblo fiel las coronas que Dios tiene

guardadas, y la grandeza de los premios eternos señalados para los vencedores. Para esto tomarán los

testimonios del mismo divino Apocalipsis: “El que venciere, dice, no recibirá daño de su muerte segunda”.

Y en otro lugar: “El que venciere, .será así vestido con vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de

la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de su Ángeles”. Y poco después el mismo

Dios y Señor nuestro habla de este modo a San Juan: “Al que venciere, haré columna en el templo de mi Dios,

y nunca más saldrá fuera”. Además de esto dice: “Al que venciere daré asiento conmigo en mi trono, así

como yo vencí y me senté con mi Padre en el trono suyo”. Últimamente habiendo manifestado la gloria de

los Santos, y aquel colmo eterno de bienes de que gozarán en el cielo, añadió: “El que venciere poseerá estas

cosas”.

 

Séptima petición de la Oración Dominical

MAS LÍBRANOS DE MAL

Introducción

[1] Esta petición final del Padrenuestro comprende sumariamente, como en un epílogo, todas las demás

peticiones (Jn. 17 15.); pues, después de haber conseguido lo que en ella se pide, esto es, el socorro divino

contra el mal, y la protección contra todo lo que intenten hacer el mundo y el diablo, nada falta al hombre. Y se

distingue de la petición anterior en que en aquélla pedimos librarnos del pecado, y en la presente pedimos

vernos libres de la pena.

Objeto de esta petición

[2] 1º Qué se pide. — Dado que todos conocemos por experiencia propia o ajena a cuántas y cuán

graves miserias está expuesta la vida humana en esta tierra (Job 14 1.), y que no hay un solo día en que nos

encontremos sin penas o trabajos que le son propios (Mt. 6 34.), pedimos aquí al Señor que nos libre de los

males que nos rodean, singularmente porque nada mueve tanto al hombre a orar como el deseo y la esperanza

de verse libre de los trabajos que lo afligen.

[3] 2º Modo de pedir. — a) No hay que pedir a Dios que nos libre de los males que nos afligen

alterando el orden de las peticiones; pues hay quienes, haciendo caso omiso de las demás súplicas del

Padrenuestro, únicamente rezan cuando se ven acosados de males, y sólo piden verse libres de aquellos males.

Para contrarrestar esta mala costumbre, el Señor nos manda buscar primero el reino de Dios y su justicia (Mt.

6 33.). Y así, antes de pedir a Dios que nos libre del mal, hemos de pedirle que su nombre sea santificado, que

se extienda su reino a todas las almas, y las demás cosas por las que, como por gradas, se llega a esta petición.

b) Por eso, al pedir vernos libres de desgracias, de enfermedades o de males, hemos de referirlo todo a

la gloria de Dios (Sal. 6 2 y 6; Sal. 50 3 y 15.).

[4-5] c) Finalmente, al pedir a Dios que nos libre de nuestros males, no hemos de poner la confianza de

nuestra liberación en los remedios preparados por la industria humana, como hacen los infieles, que no

tienen escrúpulo de tomar medicinas hechas incluso por encantamientos, hechicerías o artes del demonio con

tal de curar; sino que hemos de poner toda nuestra confianza en Dios, reconociéndolo a El solo por causa de

todo bien, confesando que la virtud que los remedios tienen de curar la reciben de sólo El, y que sólo

aprovechan las medicinas a los enfermos en cuanto Dios quiere (Eclo. 38 4.), y absteniéndose de todos los

remedios que no han sido hechos por Dios para curar. El que nos mandó que pidamos nos libre del mal nos

mandó también tener la esperanza puesta en El de conseguirlo. Llenos están los Santos Libros de ejemplos de

santos varones que, puesta en Dios su confianza, por El fueron librados de toda clase de males (Sal. 33 18.):

Abraham, Jacob, Lot, José, David.

Significado de esta petición

[8] 1º «Líbranos». — a) Aunque Dios aparta de nosotros calamidades inminentes, y a los

bienaventurados los ha librado ya de todo mal, quiere que nosotros, que aún estamos en esta vida, estemos

sólo libres de algunos, mas no de todos, con el fin de hacer brillar mejor su protección hacia nosotros, como

hizo con Daniel (Dan. 6 22; 14 39.) y con los tres jóvenes lanzados a las llamas (Dan. 3 21-22.), y para mostrar

a veces los grandes consuelos con que alivia a los que se hallan en la tribulación (Sal. 113 19.).

[6] b) Por eso no pedimos aquí ser librados de todos los males, pues hay ciertas cosas que el hombre

considera como males, y que en realidad son fuente de inmensos bienes, como aquel estímulo de la carne que

Dios permitió en San Pablo para que con el auxilio de la divina gracia se perfeccionase su virtud en el combate

(II Cor. 12 7-9.); sino que sólo pedimos a Dios que nos libre de aquellos males que no pueden traer bien

ninguno para el alma; pero no de los demás, con tal de que se saque de ellos algún fruto saludable.

2º «Del mal». — Por el mal o lo malo entendemos dos cosas: los males que nos amenazan, y el diablo,

que es el ejecutor de dichos males.

[7] a) Respecto a los males que nos amenazan, pedimos, según lo dicho arriba, vernos libres: • de

manera absoluta, de aquellos males que lo son absolutamente, como el pecado, el peligro de la tentación, toda

ocasión de peligros y de maldades, incurrir en la ira divina, hacernos merecedores de los castigos reservados a

los impíos, ser atormentados en el fuego del Purgatorio, ser sorprendidos por muerte repentina; • también de

aquellas cosas que a juicio de todos son malas, como los peligros del agua, del fuego y del rayo, que el granizo

no dañe los frutos de la tierra, no padecer carestía de alimentos, ni revoluciones ni guerras, ni pestes,

desolación, destierros, traiciones, asechanzas y demás males que suelen afligir y atemorizar tanto a la vida

humana, siempre que de ellas no intente el Señor sacar algún bien para nosotros; • finalmente, de aquellas

cosas que, aunque juzgadas buenas por todos, pueden ser causa de mal y de perdición de nuestra alma, como

las riquezas, los honores, el vigor corporal y aún la misma vida, si Dios sabe que han de ser para nuestro mal.

[9] b) Respecto al diablo, es llamado aquí malo: • principalmente por ser el autor de la culpa de los

hombres, esto es, de la malicia y del pecado, y por ser el ministro de que Dios se sirve para castigar a los

hombres malvados y criminales (Amos 3 6; Is. 45 6-7.); • asimismo, porque aún cuando nosotros no le

hagamos a él mal alguno, nos hace perpetua guerra y nos persigue con odio implacable, no dejando de

tentarnos y de molestarnos por cuantos medios le sea posible; por cuya razón pedimos a Dios que se digne

librarnos de este malvado.

[10] c) Y pedimos ser librados del malo, en singular, y no de los malos, en plural, para que atribuyamos

al diablo, y no a nuestro prójimo, todos los males que nos sobrevienen; por lo que no debemos irritarnos contra

nuestro prójimo, sino dirigir toda nuestra ira y odio a Satanás, que es quien incita a los hombres a hacer el mal;

y pedir a Dios, no sólo que nos libre de los males que nuestro prójimo nos infiere, sino también que libre a

dicho prójimo del poder del demonio, por cuya incitación se mueve a hacernos mal.

Consideraciones sobre esta petición

[11] 1º Si en las oraciones dirigidas a Dios no nos vemos libres de los males, debemos llevar con

resignación aquellos que nos afligen, persuadidos de que Dios los permite para nuestro bien, y de que a

la divina Majestad mucho le agrada que los suframos con paciencia.

[12] 2º Es más: no sólo debemos estar preparados a soportar con paciencia los males que Dios permita,

sino también: • con valor y constancia, pues los que quieren vivir piadosamente con Cristo han de padecer

persecución (II Tim. 3 12.), y se debe entrar en el reino de los cielos a través de muchas tribulaciones (Lc. 24

26.); • con alegría, como los Apóstoles que, al ser azotados, se alegraban de sufrir afrentas por Cristo (Act. 5

41.); pues el premio de todo ello será la semejanza con Cristo y la gloria eterna.

 

CAPÍTULO XVI

DE LA SÉPTIMA PETICIÓN

Más líbranos de mal

I. Cuanto se dice en las peticiones anteriores se contiene en ésta.

1239. Todas las peticiones anteriores encerró el Hijo de Dios en esta última, con la cual acabó esta

oración divina, y declarando su valor y fuerza, se valió de esta forma de orar, cuando al despedirse de esta vida

rogó a su eterno Padre por la salud de los hombres de este modo: “Ruego que los preserves del mal”. Así, en

esta norma de orar que nos dio por su precepto y confirmó con su ejemplo, comprendió sumariamente como en

un epílogo la virtud y espíritu de las demás peticiones. Porque habiendo alcanzado lo que pedimos aquí, nada

nos resta que desear, como dice San Cipriano; pues pedimos de una vez la protección de Dios contra el mal, y

conseguida ésta, quedamos defendidos y seguros contra todos los ataques del demonio y del mundo. Siendo,

pues, esta petición tan importante, según dijimos, debe poner el Párroco diligencia suma en explicarla a los

fieles. Diferenciase de la anterior, en que en esa pedimos ser librados de la milpa, en ésta de la pena.

 

II. Qué cosas nos obligan a hacer esta petición.

1240. No es menester ponderar a los fieles lo muy abrumados que se ven de trabajos y calamidades, y lo

muy necesitados que están del socorro de Dios. Porque además de haber tratado con toda difusión muchos

escritores sagrados y profanos, a cuales y a cuantas miserias esté sujeta la vida de los hombres, apenas habrá

uno que lo ignore por experiencia propia o por la ajena. Y todos están muy persuadidos de lo que dijo aquel

espejo de paciencia Job: ―El hombre nacido de mujer, vive poco tiempo, está lleno de muchas miserias, sale

como flor, y luego se marchita, desaparece como sombra, y nunca permanece en un mismo estado. No se

pasa día que no venga señalado con alguna molestia o incomodidad, como lo testifica aquella sentencia del

Salvador: “Bástale al día su malicia”. Bien que el mismo Salvador nos declara cual sea la condición de la

vida humana, al decirnos que es menester tomar cada día la cruz, y seguirle. Así, pues, como siente cada uno

cuan trabajoso y peligroso es este modo de vivir, por lo mismo será fácil persuadir que debemos pedir a Dios,

nos libre de mal, mayormente cuando nada obliga más a los hombre a pedir, que el deseo y la esperanza de

verse libres de los trabajos que los oprimen, o que los amenazan. Porque está muy impreso en las almas de los

hombres acudir prontamente en los males al auxilio de Dios. Por esto dijo David: “Llénales, Señor, la cara de

ignominia, y buscarán tu nombre”.

 

III. Cómo ha de pedirse a Dios que nos libre de peligros y calamidades.

1241. Pero aunque es en los hombres como natural invocar a Dios en los peligros y calamidades, con

todo aquellos a cuya fidelidad y prudencia están encomendados, tienen particular obligación de enseñarles el

modo con que deben hacerlo. Porque hay hombres que contra lo mandado por Cristo Señor nuestro trastornan

el orden de la oración. El mismo Señor que nos mandó acudiésemos a él en el día de la tribulación, nos

señaló el modo con que debíamos hacerlo. Quiso, pues, que antes de pedirle que nos librase de mal, le

suplicásemos que sea santificado el nombre de Dios, que viniese a nos su reino y las demás peticiones, por las

cuales, como por ciertas gradas, se sube a esta última. Pero algunos si les duele la: cabeza, si el costado, si el

pie, si pierden la hacienda, si se ven acosados de enemigos, o amenazan peligros de hambre, guerra, peste, o

semejantes cosas, sin hacer caso de los primeros grados de la oración, sólo piden ser librados de aquellos

males. Este modo de pedir es contra aquel mandamiento del Señor: “Buscad primeramente el reino de

Dios”. Por eso los que piden rectamente, cuando piden ser librados de calamidades, trabajos y males, todo lo

ordenan a gloria de Dios. Y así David cuando suplicaba: “Señor, no me arguyas en tu furor”, luego dice la

razón, en que se mostró muy solícito de la gloria de Dios, pues añade: ―Porque no hay de los muertos quien se

acuerde de ti; y en el infierno ¿quién te alabará?”. Y el mismo pidiendo a Dios usase con él de misericordia,

añadió: “Enseñaré a los malos tus caminos, y los impíos se convertirán a ti”. A este modo saludable de

orar, y a la imitación del Profeta han de ser exhortados los fieles oyentes, y al mismo tiempo se les ha de

enseñar la diferencia que hay entre las oraciones de los infieles y las de los cristianos.

 

IV. De diverso modo que los infieles piden los cristianos ser librados de males.

1242. Es cierto qué con grande interés los infieles piden a Dios que los libre de las enfermedades y

dolores que padecen, y que les conceda verse libres de los males que les molestan, o les amenazan. Pero con

todo ponen la principal esperanza de su salud en los remedios preparados por la naturaleza, o por industria de

los hombres. Aun la medicina que les da cualquiera, aunque sea compuesta por encanto, hechizo o arte del

demonio, sin el menor reparo la toman, si les dan esperanza de sanar. De muy diverso modo proceden los

cristianos, pues éstos en sus enfermedades, y en todo lo adverso, tienen a Dios por supremo refugio y amparo

de su salud. Únicamente a su Majestad reconocen y veneran por autor de todo bien y por su libertador. Tienen

por muy cierto que la virtud que hay en las medicinas, es dada por él, y creen que en tanto aprovechará a los

enfermos, en cuanto el mismo Señor fuere servido. Porque Dios es quien dio a los hombres la medicina para

curar las enfermedades. De aquí aquella voz del Eclesiástico: “El Altísimo creó de la tierra los medicamentos, y

el Hombre prudente no los despreciará”. Y así los que pertenecen a la milicia de Jesucristo, no ponen la

principal esperanza de recobrar su salud en esos remedios, sino en el mismo Dios, que es el autor de la

medicina, y en quien confían señaladamente.

 

V. En las enfermedades sólo se ha de fiar en Dios, quien libró a muchos de muy graves peligros.

1243. Por esta razón son reprendidos en las sagradas Letras aquellos que fiados en las medicinas, no

solicitan el auxilio de Dios. Pero al contrario aquellos que viven conforme a las leyes de Dios, aborrecen todos

los remedios que saben no están ordenados por Dios para curar. Y aunque supieran de cierto que tomando

tales medicamentos habían de conseguir la salud, no obstante los mirarían con horror, como a cosa de encanto

y artificio diabólico. Han de ser, pues, exhortados los fieles a confiar en Dios. Porque por esa razón el Padre

benignísimo mandó que le pidiésemos nos librase de mal, para que por lo mismo que lo mandara, tuviésemos

esperanza de conseguirlo. Muchos ejemplos de esto hay en las sagradas Letras, a fin de que por esa

muchedumbre de ejemplos se vean precisados a confiar los que se mueven menos por razones a esperar como

deben. Abrahán, Jacob, Lot, José, David están a la vista, como testigos muy calificados de la divina

benignidad.

Los sagrados libros del Testamento nuevo nos ofrecen tantos que fueron librados de peligros muy

grandes en virtud de la oración devota, que no es necesario referir ejemplos. Baste aquella sentencia del

Profeta, la cual puede esforzar al más desconfiado: “Llamaron los justos, y el Señor los oyó, y los sacó de todas

sus tribulaciones”.

 

VI. Qué se entiende aquí por nombre de mal, y cuál es el sentido de esta petición.

1244. Sigúese declarar la virtud y sentido de esta petición, para que entiendan los fieles que no pedimos

aquí al Señor que nos libre enteramente de todos los males. Pues hay algunos que comúnmente se juzgan

males, y con todo son provechosos a quienes los padecen; como aquel aguijón que fué dado al Apóstol, a fin

de que ayudándole Dios con su gracia, se perfeccionase la virtud en la enfermedad. Estos males, una vez

conocida su virtud, son para los buenos de sumo regalo, y están muy lejos de pedir al Señor los libre de ellos. Y

por tanto sólo pedimos a Dios nos libre de aquellos males que no pueden hacer ningún provecho al alma. De los

otros, en manera ninguna, si se consigue de los mismos algún fruto saludable.

 

VII. De cuáles y cuántos males pedimos a. Dios que nos libre.

1245. Este es, pues, en suma el sentido de esta petición, que una vez libertados del pecado, lo seamos

también del peligro de la tentación, y de todos los males interiores y exteriores; que estemos seguros del agua,

del fuego y del rayo, que no destruya la piedra los frutos; que no padezcamos carestía de alimentos, ni

sediciones, ni guerras. Pedimos a Dios que aparte de nosotros enfermedades, pestes y desolaciones, que nos

libre de prisiones, cárceles, destierros, traiciones, asechanzas, y todas las demás calamidades con las que la vida

humana se suele acongojar y oprimir mucho, y en fin que nos libre de todas las causas de pecados y maldades.

Y no sólo pedimos que nos libre de todas las cosas que a juicio de todos son malas, sino también de aquellas

que casi todos las tienen por buenas, como son las riquezas, las honras, la salud, la robustez, y aun la misma

vida; pedimos, digo, que no abusemos de ellas, ni se conviertan en daño y perdición de nuestras almas.

Pedimos también a Dios, que no seamos sorprendidos de muerte repentina, que no irritemos su divina ira

contra nosotros; que no padezcamos las penas reservadas a los malos, ni seamos atormentados con el fuego del

purgatorio, del cual piadosa y santamente rogamos sean librados los demás. Así explica la Iglesia esta petición

en la Misa y Letanías, conviene a saber: que seamos libres de los males pasados, presentes y venideros.

 

VIII. De varios modos nos libra Dios de los males, y algunas veces milagrosamente.

1246. Y no sólo de un modo nos libra de los males la benignidad de Dios, pues detiene las calamidades

que amenazan, como leemos que fué libertado aquel gran Jacob de los enemigos que había suscitado contra él

la matanza de los siquimitas, porque dice la Escritura: ―El terror de Dios se apoderó de todas las ciudades del

contorno, y no se atrevieron a perseguir a los que se retiraran. Efectivamente, todos los bienaventurados

que reinan con Cristo Señor nuestro en los cielos, están ya libres por el favor de Dios de todo mal. Pero de

ningún modo quiere Dios, que los que todavía andamos en esta; peregrinación, estemos libres de todas

aquellas consolaciones, que da algunas veces a los que están oprimidos de adversidades. Con éstas se recreaba

el Profeta, cuando decía: “Según la muchedumbre de los dolores de mi corazón, tus consolar orones alegraron

mi alma”. Además de esto libra Dios de los males a los hombres, cuando reducidos a las últimas angustias,

los saca sanos y salvos, como leemos que sucedió con los niños arrojados en el horno encendido; y con

Daniel, a quien nada dañaron los leones, como ni la llama tocó a los niños.

 

IX. El diablo se llama el malo, por ser el autor de la culpa y verdugo de la pena.

1247. También, según el sentir de los Santos Basilio el grande, Crisóstomo y Agustín, es llamado aquí

principalmente el malo el demonio; por ser el autor de la culpa de los hombres, esto es, de la maldad y pecado,

del cual también se vale Dios, como de verdugo, para castigar las penas de los impíos y malos. Porque Dios es

quien da a los hombres todo el mal que padecen en pena de su pecado. Conforme a esto, dicen las sagradas

Letras: “¿Si habrá mal en la ciudad, que no haya hecho el Señor?”. Mas: “Yo soy el Señor, y no hay otro,

que formo la luz, y crió las tinieblas, hago la paz, y crió el mal”.

1248. También se dice el malo el demonio, porque sin hacerle nosotros mal alguno, con todo nos hace

perpetua guerra, y nos persigue con odio mortal. Y aunque estando nosotros armados con la fe, y defendidos

con santas costumbres, no nos puede dañar; no obstante, nunca cesa de tentarnos con males externos, ni de

molestarnos por cuantos caminos puede. Y por esto pedimos a Dios nos libre de este mal.

 

X. Por qué decimos de mal, y no de males.

1249. Decimos de mal, y no de malea, porque los males que nos vienen de los prójimos, se los

atribuimos al diablo, como autor y atizador. Por esto no debemos airarnos contra los prójimos, sino volver toda

nuestra saña y enojo contra el mismo Satanás, quien incita a los hombres a hacer las injurias. Y así si el prójimo

te hace alguna ofensa, cuando hagas oración a Dios Padre, pídele no sólo que te libre de mal, esto es, de los

agravios que el prójimo te hizo, sino también que libre a tu prójimo de la mano del diablo, por cuyo impulso

son inducidos los hombres al mal.

 

XI. Qué debemos hacer en los males, aunque de pronto no nos veamos libres.

1250. Últimamente debemos saber que, si en las oraciones y súplicas no somos librados de males,

debemos llevar con paciencia los que nos afligen, teniendo por cierto ser del agrado de Dios que los

padezcamos con resignación. Por esto de ninguna manera nos debemos impacientar, ni darnos por disgustados

de que Dios no oiga nuestras oraciones, sino que es menester dejarlo todo a su disposición y voluntad,

creyendo que aquello es útil, y saludable que agrada a Dios que sea así, y no lo que al contrario nos parece a

nosotros.

 

XII. Grandes provechos que nos proporcionan las tribulaciones.

1251. En fin se ha de enseñar a los piadosos oyentes, que mientras van siguiendo la carrera de esta vida,

deben estar apercibidos para llevar todo género de trabajos y penalidades con ánimo no sólo igual, sino

también alegre. “Porque todos los que quieren, dice, vivir piadosamente en Jesucristo, padecerán

persecución”. Ítem: “Por muchas tribulaciones es menester que entremos en el reino de Dios”. Mas:

¿Por ventura no fué menester que Cristo padeciese de ese modo, y que entrase así en su gloria?”. No es

justo que sea el siervo de mejor condición que su señor, como es cosa fea, según San Bernardo, haber

miembros delicados debajo de una cabeza coronada de espinas. Muy esclarecido es el ejemplo de Urías, que se

nos propone para que le imitemos, al cual aconsejándole David se detuviese en su casa, respondió : “El arca de

Dios, e Israel y Judá habitan en tiendas de campaña, ¿y yo hablo, de entrar en mi casa?”. Si acudimos a la

oración armados con estas razones y consideraciones, supuesto que por todas partes nos vemos cercados de

males, lograremos, ya que no sea salir sin lesión, como los tres niños sin tocarles el fuego, por lo menos

llevaremos las adversidades con constancia y valor como los Macabeos.

En las afrentas y tormentos imitaremos a los sagrados Apóstoles, los cuales siendo azotados, se

alegraban sobremanera por haber sido tenidos por dignos de padecer deshonras por Jesucristo. Estando, pues,

nosotros con los mismos afectos, cantaremos con grande regocijo del alma: “Los Príncipes me han perseguido

sin causa; mas de tus palabras tuvo miedo mi corazón; me alegraré en tus mandamientos, como aquel que

encontró muchos despojos”.

 

Ultima palabra de la Oración Dominical

AMÉN

Utilidad y uso de esta última palabra

[2-3] Por la oración se alcanzan muchos y elevados bienes que resultan de estar el hombre más próximo

a la divina Majestad. Allí, como cerca del fuego, los que se acercan fríos se calientan, pues: • su inteligencia se

ilustra por modo admirable; • su voluntad se enciende en el amor de Dios, en los deseos de la gloria de Dios y

en el fervor; • el alma es colmada de los dones de Dios; • se goza y se comprende mejor la bondad de Dios; • el

alma comprende mejor su propia pequeñez y la inmensidad de la Majestad de Dios; • de ahí, desconfiada de sí

misma, el alma aprende a confiar ciegamente en Dios y a abandonarse enteramente en El por lo que mira a

todo lo que se necesita para esta vida y para la salvación eterna; • finalmente, el alma se ocupa en agradecer

todo lo recibido. Todo eso se ve admirablemente en las oraciones de David, en muchas de las cuales,

comenzando la oración con temor, de tal modo se sentía encendido en Dios y confiado en su protección, que los

últimos acentos eran de alegría, de confianza, de agradecimiento (Cf. Sal. 3, 6, 42, 53.).

[1] Por eso, no es menos importante comenzar con amor la Oración dominical que terminarla con

devoción, a fin de alcanzar del Señor todos los bienes que durante ella le hemos pedido. A esto se ordena la

última palabra del Padrenuestro.

Significado de la palabra «Amén»

[6] La palabra «amén» ha sido interpretada de diversos modos, como significando: • «hágase»

(Versión griega de los LXX.); • o «verdaderamente»; • o «fielmente» (Versión griega de Aquila.). Pero como

quiera que se la traduzca, hay que entenderla de una de estas dos maneras:

[4] 1º Como garantía de haber sido concedido lo que se ha pedido, como si se dijera: «Ten

entendido que han sido oídas tus oraciones». Significa entonces que Dios contesta y despacha favorablemente

al que ha conseguido por la oración lo que deseaba (II Cor. 1 20.). Esta manera es propia del sacerdote cuando

concluye el Padrenuestro en la Santa Misa, pues siendo mediador entre Dios y los hombres, contesta que Dios

ha oído favorablemente al pueblo.

[5-6] 2º Como cierta confirmación de las peticiones que poco antes hicimos, pidiendo por

esta palabra y manifestando un gran deseo de que todo se realice, esto es, que se nos concedan las cosas antes

pedidas; o expresando el propio consentimiento a lo que el sacerdote pide en nombre de todos. Esta manera es

propia de los fieles en las demás oraciones (esto es, fuera del Padrenuestro de la Misa).

 

CAPÍTULO XVII

DE LA ÚLTIMA PALABRA DE LA ORACIÓN DEL PADRE NUESTRO,

QUE ES AMEN

I. Del uso y frutos grandes de esta palabra.

1252. Sello de la oración Dominical llamó a esta palabra San Jerónimo en los Comentarios sobre San

Mateo, y realmente lo es. Por esto así como antes prevenimos a los fieles sobre la manera de prepararse para

comenzar esta divina oración, así ahora juzgamos conveniente hacer que conozcan el modo como deben

terminarla. Pues no importa menos empezar con diligencia, que acabar con devoción las oraciones sagradas.

Tenga, pues, entendido el pueblo fiel, que son muchos y copiosos los frutos que percibimos de la conclusión de

la oración Dominical, pero el más abundante y más gustoso de todos consiste en la consecución de lo que

hemos pedido, sobre lo cual ya dijimos antes lo suficiente. Más no sólo alcanzamos por esta última parte de la

oración, que sean oídas nuestras peticiones, sino también otras cosas tan grandes y excelentes, que no hay

palabras con que se puedan declarar.

 

II. De los grandes bienes que produce la oración.

1253. Siendo así que los hombres cuando oran están hablando con Dios, de aquí es, dice San Cipriano,

que por un modo inefable está más cerca de ellos la Majestad divina que de los demás, y los enriquece con

singulares dones, de suerte que cuantos devotamente oran a Dios, vienen a ser como los que se acercan al

fuego, los cuales si están fríos, se calientan, y si fervientes, se abrasan; pues así los que se llegan a Dios por la

oración, salen más fervorosos, según la medida de su devoción y fe. Porque se enardece su alma para procurar

la gloria de Dios, se ilumina su entendimiento por un modo admirable, y son cumplidamente colmados de

divinos dones, pues está escrito en las sagradas Letras: “Le previniste con bendiciones de dulzura”.

Sirva de ejemplo para todo aquel gran Moisés, cuyo rostro brillaba con un resplandor divino cuando

salía del trato y coloquio con Dios, de tal manera, que no podían los Israelitas poner en él los ojos. En suma, los

que hacen oración con fervoroso afecto, gozan de una manera maravillosa de la benignidad y majestad de Dios.

Por la mañana, dice el Profeta, me representaré a ti, veré que tú no eres Dios, que quiere la, maldad”.

Cuanto mejor entienden estas cosas los hombres, tanto veneran a Dios con culto más ferviente, y experimentan

con mayor regalo “cuán suave es el Señor, y cuán verdaderamente son bienaventurados los que esperan en

él”. Luego ilustrados con aquella clarísima luz, contemplan cuanta sea su bajeza, y cuanta la majestad de

Dios, según aquella regla de San Agustín: “Conózcate, Señor, a ti, y conózcame a mí”. De aquí se sigue que

desconfiando de sus fuerzas, se entregan totalmente a la benignidad de Dios, no dudando de ninguna manera,

que abrazándolos con aquella su paternal y maravillosa caridad, les ha de proveer con toda abundancia de

cuanto necesiten, así para la vida temporal, como para la eterna. Luego se mueven a dar a Dios todas aquellas

gracias de que son capaces, y aciertan a explicar, como leemos lo hizo el gran David, quien habiendo empezado

su oración en esta forma: ―Hazme salvo, Señor, de todos los que me persiguen, la acabó así: “Daré gracias

al Señor conforme su justicia, y cantaré salmos al nombre del Altísimo”.

 

III. Por qué las oraciones de los justos empiezan con temor y acaban con alegría.

1254. Estas oraciones de los santos son innumerables. Su principio está lleno de temor, pero el fin de

esperanza y alegría grande. Más merece toda admiración lo que en esta materia sobresalen las oraciones del

mismo David. Porque habiendo empezado, perturbado de miedo, a orar de este modo: “Muchos se levantaron

contra mí; muchos dicen a mi alma, no hay salud para ella en su Dios”. De allí a poco, cobrando alientos y

lleno de alegría, añadió: “No temeré millares del pueblo que me cerca”. Y en el Salmo siguiente, habiéndose

lamentado de su miseria, a lo último, confiado en Dios, se alegra increíblemente con la esperanza de la eterna

felicidad, diciendo: “En paz y en uno dormiré y descansaré”. Y qué diremos de aquello: “Señor, no me

arguyas en tu furor, ni me castigues en tu saña”. ¿Con cuánto temblor y palidez se habrá de creer que dijo

esto el Profeta? Pero al contrario ¿con cuánta confianza y alegría lo que luego se sigue? “Apartaos de mí todos

los obradores de maldad, porque ha oído el Señor la voz de mi llanto”. Cuando temía también la ira y furor

de Saúl, ¿con qué humildad y rendimiento no imploraba el socorro de Dios? “Señor, sálvame en tu nombre, y

júzgame en tu virtud”. Pero después confiado y alegre dice en el mismo Salmo: “Be aquí Dios es el que me

ayuda, y el Señor quien se encarga de mi alma”. Y así el que se acoge a la oración, llegue a su Padre Dios

armado de fe y esperanza, de suerte que de ninguna manera desconfíe de poder lograr cuanto necesitare.

 

IV. En qué sentido se toma aquí esta palabra Amen; y por qué en la Misa se reserva para el Sa-

cerdote.

1255. Muchas, como semillas de las razones y consideraciones que hemos propuesto, están encerradas

en la última palabra de esta oración divina Amén. Esta voz hebrea fué muy repetida por nuestro Salvador, y el

Espíritu Santo quiso que se conservase en la Iglesia de Dios. Ella en suma viene a decir: “Ten entendido que

han sido oídas tus oraciones”. Porque es como una respuesta de Dios que despide con agrado al que ya con sus

oraciones ha conseguido lo que pretendía. Este sentido está comprobado por la perpetua costumbre de la

Iglesia de Dios, la cual no quiso que cuando se pronuncia el Pater noster en el sacrificio de la Misa, dijesen la

voz Amen, los Ministros que responden Mas líbranos de mal, sino que la reservó como propia para el mismo

Sacerdote, quien como medianero entre Dios y los hombres, responde al pueblo, que ha obtenido lo que pedía a

Dios.

 

V. Por qué sólo en la Misa responde Amén el Sacerdote.

1256. No es este rito común de todas las oraciones, sino propio de la oración del Señor. Porque en las

demás oraciones es acción de los ministros responder Amen, por cuanto en esas sólo significa esa voz el

consentimiento y deseo nuestro. Pero en esta es respuesta de Dios, quien se ha dignado conceder lo que se

pedía.

 

VI. Varias exposiciones de la voz Amen.

1257. De varios modos han interpretado muchos la palabra Amén. Los setenta intérpretes entendieron

Váyase. Otros lo mismo que verdaderamente. Aquílo dijo que fielmente. Pero poco importa que se explique de

uno o de otro modo, con tal que entendamos que encierra la virtud que ya dijimos, de ser respuesta del

Sacerdote, el cual afirma haberse conseguido lo que se pedía. En este sentido la entiende el Apóstol, cuando

dice en la Epístola a los de Corintos: “Porque todas las promesas de Dios se han verificado en Cristo, Y así por

él mismo decimos amen a Dios para gloria nuestra”. Es también esta voz propia para nosotros, por ser

como confirmación de las peticiones que acabamos de hacer, y para despertar la atención de los que oran.

Porque muchas veces sucede que distraídos los hombres en la oración, se ocupan en varios pensamientos de

diferentes cosas; mas con esta voz pedimos con gran fervor que se haga todo, esto es, que se conceda cuanto

hemos pedido; o más bien entendiendo que ya lo hemos alcanzado, y sintiendo presente la virtud del auxilio de

Dios, decimos juntamente con el Profeta: “He aquí Dios me ayuda, y el Señor es quien se encarga de mi

alma”. Y no tenemos por qué dudar de que se mueva Dios, así por el nombre de su divino Hijo, como por la

palabra, que con tanta frecuencia repitió, el que, como dice el Apóstol: ―Siempre fue oído por su reverencia.

 

EXPOSICIÓN DEL PADRE NUESTRO

SEGÚN SANTO TOMÁS DE AQUINO

I. El Padre nuestro. Oración segura.

1258. La oración del Padre nuestro ocupa ciertamente el principal lugar entre las demás oraciones,

porque reúne las cinco excelencias que se requieren en la oración. Esta debe ser segura, recta, ordenada, devota

y humilde. Debe ser segura para que con toda confianza acudamos al trono de la gracia. No debe tampoco

desfallecer su confianza, pues está escrito: “Pida con fe sin sombra de duda o desconfianza” (Iac, I, 6).

1259. Racionablemente esta oración es segurísima, porque la dictó nuestro mismo Abogado, el cual es le

más sabio para pedir, y en quien están todos los tesoros de la sabiduría, como se escribe de El en la Epístola a

los Colosenses por estas palabras: “En El están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia

(Colos., II, 3). También nos dice el Apóstol San Juan a este propósito: “Tenemos por abogado para con el”

Padre a Jesucristo justo y santo” (I, S. Juan II, I).

Por esta razón enseña San Cipriano que teniendo a Cristo por abogado delante del Padre celestial por

nuestros pecados, al pedir por nuestros delitos usemos y propongamos las palabras de nuestro divino

Mediador. Además, se conoce ser más segura esta oración, porque el mismo que con el Padre escucha nuestras

oraciones, es el que nos enseñó a orar, conforme lo del salmo: “Llamará a mí, y le oiré benigno” (Salmo XC,

15). De esto deduce San Cipriano: “Que el orar al Señor con la oración que El nos enseñó, es a Dios una

oración muy grata, familiar y devota”. Por eso jamás alguno dice esta oración sin algún fruto, de tal suerte

que por ella, como enseña San Agustín, se perdonan los pecados veniales.

 

II. Oración recta.

1260. Nuestra oración debe ser recta, dé modo que pidamos lo que nos convenga; pues según San Juan

Damasceno, la oración es: ―la petición a Dios de las cosas que nos convienen y son decorosas”. Por lo mismo

muchas veces la oración no es oída, porque se pide lo que no conviene: “Pedís y no recibís: y esto es porque

pedís con mala intención” (Iac, IV, 3). Mas por lo mismo que es muy difícil saber lo que hemos de desear, es

también muy difícil saber lo que hemos de pedir, ya que aquellas cosas que lícitamente se piden en la oración,

con toda rectitud se pueden desear. Por esto dice el Apóstol: “No sabemos que hemos de pedir en nuestras

oraciones, ni cómo conviene hacerlo (Romanos VIII, 26)”. El mismo Cristo es nuestro Maestro, y es muy

propio de El enseñarnos lo que nos convenga pedir. Por esta razón los discípulos le dijeron: “Señor, enséñanos

a orar”. De consiguiente aquellas cosas que Cristo nos enseñó en la oración, con toda rectitud se piden, como

dice San Agustín: “Si oramos recta y debidamente, nada decimos que no se halle en la oración del Señor.

 

III. La oración debe ser ordenada.

1261. La oración debe ser ordenada como el deseo, ya que ella es quien muestra nuestra voluntad.

Habrá el orden debido, si en la oración y en nuestros deseos posponemos lo carnal a lo espiritual y lo terreno a

lo celestial, conforme a lo que está escrito: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia; y todas las demás

cosas se os darán por añadidura” (Mateo, VI, 33). Este orden nos le enseñó a observar el Señor por medio de

la oración, en la que primero se piden las cosas celestiales y después las de la tierra.

 

IV. La oración ha de ser devota.

1262. La oración debe ser devota, porque el fervor de la devoción hace que el sacrificio de la oración sea

agradable a Dios, según lo del salmo: “En tu nombre alzaré mis manos; mi alma quedará llena de ti, como de

un manjar pingüe y jugoso” (Salmo LXII, 5). Y como la devoción muchas veces se impide a causa de la

prolijidad de la oración por eso el Señor enseñó a evitarla, con estas palabras: “En la oración no afectéis hablar

mucho” (Mateo VI, 7). Asimismo San Agustín escribe a Proba: “Esté fuera de la oración el mucho hablar”. Por

eso el Señor dispuso que esta oración fuese breve. .

La devoción nace de la caridad o del amor a Dios y al prójimo, y ambos amores se muestran en esta

oración. Pues para indicar el amor divino llamamos a Dios Padre y para demostrar el amor del prójimo, oramos

en general por todos diciendo: Padre nuestro, etc… y Perdónanos nuestras deudas; a lo cual nos incita el amor

de los prójimos.

 

V. La oración debe ser humilde.

1263. La oración debe ser humilde, según aquellas palabras del Salmo: ―Atendió a la oración de los

humildes” (Salmo CI, 18), lo que leemos del Fariseo y del Publicano, y también: “Siempre te ha sido acepta la

oración de los humildes y mansos” (Judit IX, 16). La cual humildad se observa ciertamente en esta oración.

Porque la verdadera humildad consiste en que nada presumamos de nuestras fuerzas y esperemos alcanzarlo

todo de la divina virtud.

 

VI. Efectos de la oración.

1264. Conviene que sepamos que la oración produce tres bienes. En primer lugar es un eficaz y útil

remedio contra los males. Ella libra de los pecados cometidos: “Tú perdonaste al oportuno” (Salmo XXXI, 6).

Así el ladrón oró en la cruz, y consiguió el perdón; pues Cristo le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”

(Luc, XXIII, 43).

También oró el publicano, y volvió justificado a su casa. La oración nos libra del temor de los pecados

que pueden sobrevenirnos de las tribulaciones y de las tristezas. “¿Hay entre vosotros alguno que esté triste?

haga oración” (Jacob., V, 13). Nos libra, además, de las persecuciones y de los enemigos. En segundo lugar, la

oración es útil y eficaz para conseguir lo que deseamos. “Todas cuantas cosas pidiereis en la oración, tened

viva fe de conseguirlas, y se os concederán sin falta” (Marcos, XI, 24); y sI no somos oídos, es porque no

pedimos con instancia.

Conviene orar perseverantemente y no desfallecer” (Lucas, XVIII, I); o porque no pedimos lo que más

conviene para nuestra salvación. San Agustín afirma: “Bueno es el Señor, el cual muchas veces no nos concede

lo que queremos, para darnos lo que más amamos”. Esto es lo que aconteció a San Pablo, el cual pidió tres

veces verse libre de aquella tentación que sufría, y no fué oído. Por último la oración es útil, porque nos hace

familiares con Dios: “Elévese mi oración como incienso delante de tu presencia”.

 

VII. “Padre” Dios es nuestro Padre.

1265. Al decir: Padre, advierte dos cosas, a saber: de qué modo sea Padre, y qué le debemos por ser

Padre. Se le llama a Dios, Padre, por razón del modo especial con que nos ha criado, es decir, a su imagen y

semejanza, la cual no imprimió a otras inferiores criaturas’ “El es tu Padre que te crió y te hizo” (Deut., XXXII,

6). También se llama Padre, por razón del modo con que nos gobierna. Aunque gobierna a todas las cosas, a

nosotros nos gobierna como a señores, a las otras criaturas como a esclavos. “Tu Providencia, oh Padre,

gobierna todas las cosas” (Sap., XIV, 3). “Y nos gobiernas con suma moderación” (Sap., XII, 18). Asimismo se

llama ―Padre‖, porque nos ha adoptado; a las otras criaturas les ha dado ciertos regalos, pero a nosotros nos ha

confiado su heredad, y esto como a hijos, y si somos hijos también nos pertenece la herencia. “No habéis

recibido ahora el espíritu de servidumbre para obrar todavía solamente por temor como esclavos; sino que

habéis recibido la adopción de hijos, en virtud de la cual clamamos con toda confianza: Abba, esto es, ¡Oh

Padre mío!” (Romanos VIII, 15).

 

VIII. Deberes que tenemos para con Dios “Padre nuestro”.

1266. Debemos a Dios tres cosas.

Primera el honor: ―Si Yo soy vuestro padre, ¿dónde está la honra que me corresponde?‖ (Malaq., I, 6).

Esta honra consiste en tres cosas:

1. ° En rendirle alabanzas como a Dios: “El sacrificio de alabanza me honrará” (Salmo XLIX, 23); las

cuales no solamente deben salir de la boca, sino de lo más hondo del corazón. “Este pueblo me alaba con los

labios, mas su corazón está muy lejos de Mi” (Isai., XXIX, 13).

2. ° En la pureza del cuerpo en cuanto dice relación con Dios: “Glorificad a Dios y llevadle siempre en

vuestro cuerpo” (I, Corint., VI, 20). Y

3. ° En la equidad de los juicios en cuanto al prójimo. ―El honor del rey ama la justicia (Salmo XCVIII,4)”.

En segundo lugar, debemos imitarle, porque es nuestro Padre. Esto debemos procurarlo por medio de

tres cosas.

Por medio del amor: “Sed imitadores de Dios, como que sois sus hijos muy queridos, y proceded con

amor” (Ephesios, V, 1); y éste es necesario que esté en el corazón.

De la compasión; pues que el amor debe ir acompañado de misericordia: “Sed misericordioso (Luc, VI,36)”;

ésta debe acompañar a las obras.

Y en la perfección; porque el amor y la misericordia deben ser perfectos: “Sed perfectos como vuestro

Padre celestial es perfecto” (Mateo, V, 48).

1267. En tercer lugar, le debemos obediencia. ―Es mucho más justo que obedezcamos al Padre de los

espíritus‖ (Hebreos, XII, 9).

Y esto por tres motivos.

El primero por causa de su dominio. El, en verdad, es Señor: “Haremos todas las cosas que ha

ordenado el Señor, y seremos obedientes” (Éxodo, XXIV, 7).

El segundo por el ejemplo que nos ha dado; pues siendo El verdadero Hijo de Dios se ha hecho

obediente al Padre hasta la muerte, como escribe San Pablo: “Se humilló a sí mismo haciéndose obediente

hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filip., II, 8).

En tercer lugar por razón de nuestro propio provecho: “Danzaré delante del Señor que me eligió” (II,

Reyes, VI, 21).

1268. En cuarto lugar, le debemos paciencia en los castigos. “No rehúses, hijo mío, la corrección del

Señor: ni desmayes cuando él te castigue. Porque el Señor castiga a los que ama, y en los cuales tiene puesto

su afecto, como le tiene un padre en sus hijos” (Proverbios III, 11).

 

IX. “Nuestro”’. Deberes que tenemos para con el prójimo.

1269. Con esta palabra ―Nuestro‖ se nos da a entender que debemos dos cosas a nuestros prójimos.

La primera es amor; pues siendo todos los hombres hijos de Dios, todos son nuestros hermanos: “El que no

ama a su hermano a quien ve, ¿a Dios, a quien no ve, cómo podrá amarle?” (I, de San Juan, IV, 20).

La segunda cosa que debemos a nuestros prójimos, es reverencia, porque son los hijos de Dios. ―Pues qué, ¿no

es uno mismo el padre de todos nosotros? ¿No es un mismo Dios el que nos ha criado? ¿Por qué, pues,

desdeña cada uno de nosotros a su hermano?” (Malaq., II, 10). “Procurad anticiparos unos a otros en las

señales de honor y de deferencia” (Romanos, XII). Y esto debemos procurarlo por el fruto que conseguiremos,

porque El, el Hijo de Dios, vino a ser causa de salvación eterna para iodos los que le obedecen” (Hebreos, V,9).

 

X. “Que estás en los cielos.” Confianza, con que debemos orar.

1270. Que estás en los cielos. La confianza es en gran manera necesaria al que hace oración. “Pide con fe

sin sombra de duda, o desconfianza” (Iac, I, 8). Por esto el Señor cuando enseñó a orar, lo primero que

propuso, fué aquello que podía engendrar confianza en nuestros corazones, a saber: su benignidad. Por lo

mismo dijo, Padre nuestro, según lo que se escribe en San Lucas: “Si vosotros, siendo malos como sois, sabéis

dar cosas buenas a vuestros hijos: ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará el espíritu bueno a

los que se lo piden?” (Lucas, XI, 13). También nos mostró la magnitud de su potestad; por esto dice: Que estás

en los cielos. Y el Real Profeta canta en el salmo: “A ti levanté mis ojos, que habitas en los cielos” (Salmo

CXXII, I).

1271. Esto que dice: Que estás en los cielos, puede referirse a tres cosas.

La primera a la preparación del que ora; pues está escrito: ―Antes de la oración prepara tu alma”

(Ecclesias., XVIII, 23) ; de modo que se entienda en los cielos, esto es, en la gloria celestial, según aquello:

Vuestra remuneración es copiosa en los cielos” (Mateo, V, 12).

Esta preparación debe nacerse por la imitación de las cosas celestiales, porque el hijo debe imitar a su

padre. Por lo cual se dice: “Así como hemos llevado grabada la imagen del hombre terreno, llevemos también

la imagen del hombre celestial” (I, a los Corintios, XV, 49). Además, por la contemplación de lo celestial,

porque los hombres acostumbran pensar con más frecuencia en el lugar en que tienen a su padre, y en lo que

aman, según lo dice el Salvador: “En donde tienes tu tesoro, allí está tu corazón” (S. Mateo, VI, 21).

Por esto dice el Apóstol: “Nuestra morada está en los cielos” (A los Filipen., III, 20). Últimamente

debemos prepararnos con el deseo de las cosas celestiales, de modo que nada más queramos de Aquel que está

en los cielos sino lo celestial, como dice San Pablo: ―Buscad las cosas que son de arriba, donde está Cristo‖ (A

los Colosen., III, I).

1272. En segundo lugar, pueden referirse aquellas palabras: Que está en los cielos, a la facilidad del que

oye, porque está más cercano a nosotros; de modo que se entienda, que estás en los cielos, es decir, en los

santos, en los cuales Dios habita, según lo que está escrito: “Tú habitas en nosotros, Señor” (Jeremías, XIV, 9).

Los santos se llaman cielos, conforme a lo del salmo: “Los cielos pregonan la gloria de Dios” (Salmo XVIII, 1).

Dios habita en los santos por medio de la fe: Cristo habita por la fe en vuestros corazones‖ (A los de Efeso, III,17).

Por la caridad: ―Aquel que permanece en la caridad, en Dios permanece, y Dios en él” (I, S. Juan, IV,16).

Y por el cumplimiento de sus preceptos: “Cualquiera que me ama, observará mi doctrina, y mi Padre

le amará, y vendremos a él, y haremos mansión dentro de él” (S. Juan, XIV, 23).

1273. En tercer lugar, estas palabras, que estás en los cielos, pueden referirse a la eficacia del que oye,

de modo que por los cielos, entendamos los cielos corporales, no que Dios esté encerrado en los cielos

corporales, según aquello: “Los cielos, ni los altísimos cielos no pueden abarcarte” (III, de los Reyes, VIII, 27),

sino para dar a entender que Dios ve todas las cosas, ya que las mira desde lo alto. Y que es sublime en su

potestad, según aquellas palabras: ―El Señor dispuso su asiento en el cielo‖; y también que es permanente en su

eternidad, conforme a lo del salmo: “Tú, Señor, permaneces para siempre, y tu memoria pasará de

generación en generación‖ (Salmo CI, 13). Por esto se dice de Cristo: “Que su trono es como los días del cielo”

(Salmo LXXXVIII, 30). Y el Filósofo enseña que por ser el cielo incorruptible, todos dijeron que el cielo era el

asiento de los espíritus.

1274. Por estas palabras, que estás en los cielos se nos da confianza para orar por tres motivos.

En cuanto a la potestad, en cuanto a la familiaridad de aquel a quien se pide, y por razón de la conveniencia de

la oración.

La potestad de aquel a quien se pide se nos indica de algún modo, si por los cielos se entienden los

cielos corpóreos, y aunque él no sea limitado por el lugar corporal, como está escrito: “Yo lleno el cielo y la,

tierra” (Jeremías, XXIII, 24), con todo se dice que está en los cielos corporales, para indicar dos cosas: la virtud

de su potencia, y la sublimidad de su naturaleza.

Lo primero se dice para refutar a los que afirman que todo sucede por la determinación de los cuerpos

celestiales, y necesariamente. Según esta opinión la oración sería inútil. Mas esto es del todo absurdo, pues así

decimos que Dios está en los cielos, no de cualquier modo, sino como Señor de las estrellas y de los cielos,

según lo del salmo: “El Señor asentó en el cielo su trono” (Salmo CII, 19).

Y lo segundo, es para refutar el error de aquellos que en la oración se imaginan y fingen algunas formas

corporales de Dios. Por esto se dice que está en los cielos; para mostrar, por medio de aquello que en lo sensible

es lo más alto y elevado, que la sublime grandeza divina excede a toda comprensión y a todos los deseos de los

hombres. Por esta misma razón, todo lo que se puede pensar, y desear es menor que Dios. Las sagradas Letras

nos demuestran esta misma verdad con las siguientes palabras: “¡Oh, y cuan grande es Dios, y cuánto

sobrepuja a nuestra ciencia!” (Job., XXXVI, 26). “Excelso es el Señor sobre todas las gentes” (Salmo CXII, 4).

¿A qué cosa habéis vosotros asemejado a Dios?” (Isaías, XL, 18).

1275. La familiaridad o amistad de Dios se nos da a conocer, si por los cielos se entienden los santos.

Pues ya que algunos dijeron, que Dios por su excelsa grandeza no tenía cuidado de las cosas terrenas, conviene

que sepamos que está muy cerca de nosotros, y nos es muy íntimo, porque se dice estar en los cielos, esto es, en

los santos a los cuales se llama cielos en el salmo ―Los cielos cantan la gloria de Dios‖ (Salmo XVIII, I). ―Tú,

Señor, estás en nosotros (Jeremías. XIV, 9). Esto causa gran confianza en nosotros cuando oramos, por dos

motivos. Primero por razón de lo cercano que está Dios de nosotros, según aquello: “Muy cerca, está el Señor

de los que le invocan” (Salmo CXLIV, 18). Por esto nos amonesta Jesucristo: ―Tú, cuando hubieres de orar,

entra en tu aposento‖ (Mateo, VI, 6), a saber, del corazón. En segundo lugar, porque por la mediación de los

otros santos, podemos impetrar lo que pedimos, conforme a lo que está escrito en los Libros sagrados: “Vuelve

tu vista a alguno de los santos‖ (Job., V, I). “Orad los unos por los otros para que seáis salvos” (Santiago, V,16).

1276. La idoneidad y conveniencia de la oración, se deduce de esto que dice, estar en los cielos, según

que por los cielos se entienden los bienes eternos y espirituales en los que consiste la bienaventuranza, por dos

razones:

Primera, porque con estas palabras se encienden nuestros deseos de los bienes celestiales. Pues nuestro

deseo debe dirigirse allá adonde tenemos nuestro Padre, y está nuestra heredad. “Buscad las cosas que son de

arriba” (A los Colosen., III, 1). “Una herencia que no puede contaminarse, reservada en los cielos” (I, S. Pedro,I, 4).

Segunda, porque esto nos enseria que nuestra vida sea celestial, para que seamos conformes con el

Padre celestial, según aquello: “Así como es celestial el segundo hombre, son también celestiales sus hijos” (I, A

los Corint., XV, 48). Y estas dos cosas, a saber: el deseo de lo celestial, y la vida santa, nos hacen aptos para

pedir y orar.

 

XI. Primera petición. El nombre de Dios es admirable, amable, digno de veneración e

inexplicable.

1277. Santificado sea tu nombre. Esta es la primera petición en la cual suplicamos que el nombre de

Dios se manifieste y declare en nosotros. El nombre de Dios es en primer lugar admirable, porque en todas las

criaturas obra maravillas. Por esto el Señor dice en el Evangelio: “En Mi nombre lanzarán los demonios;

hablarán nuevas lenguas. Manosearán las serpientes; y si algún licor venenoso bebieren, no les hará daño”

(S. Mar., XVI, 17).

1278. El nombre de Dios es también amable. “No se ha dado a los hombres otro nombre debajo del

cielo, por el cual debemos salvamos” (Actos de los Apost., IV, 12). Y la salud o salvación debe ser amada por

todos. De esto tenemos un admirable ejemplo en el mártir San Ignacio, el cual en tanto amó el nombre de

Cristo, que habiéndole dicho Trajano que negase ese nombre, respondió que no podía apartar de su boca tan

santo nombre. Cuando el tirano le amenazó que le cortaría la cabeza, y así quitaría a Cristo de su boca, dijo:

Aunque me le quites de la boca, jamás podrás quitarle de mi corazón: Porque tengo escrito este nombre en

mi corazón, y por eso me es imposible dejar de invocarle”.

Oyendo esto Trajano, y queriendo probar si era cierto lo que decía San Ignacio, después que le hubo

cortado la cabeza, mandó arrancar el corazón, y se halló que en él estaba escrito el nombre de Cristo con

caracteres de oro. En verdad había puesto este nombre como un sello en su corazón.

1279. En tercer lugar, es venerable el santo nombre de Dios: “Al Nombre de Jesús se doble toda rodilla

en el cielo, en la tierra y en el infierno” (A los Filipen., II, 10). En el cielo, los ángeles y santos: en la tierra, con

relación a los del mundo que adoran el nombre de Dios para alcanza la eterna bienaventuranza, y por temor de

las penas del infierno; y en el infierno, por los condenados que le adoran por temor.

1280. En cuarto lugar, es inexplicable, porque no son suficientes todas las lenguas para darle a conocer.

Por la misma razón es declarado de algún modo por las criaturas. Así se le da el nombre de piedra por razón de

su fortaleza: “Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (S. Mateo, XVI, 18). Se le llama fuego porque purifica,

pues así como el fuego purifica los metales, así Dios purifica los corazones de los pecadores. Asi está escrito: “El

Señor Dios tuyo es un fuego devorador‖ (Deuteronomio, IV, 24). Se le llama luz, porque a la manera que la luz

esclarece las tinieblas, así el nombre de Dios deshace la oscuridad de nuestro entendimiento. “Dios mío

ilumina mis tinieblas‖ (Salmo XVII, 29).

 

XII. El llamarse Santo el nombre de Dios es lo mismo que si dijera que es inmutable, no terreno

y teñido en sangre.

1281. De tres maneras puede decirse que es santo el Nombre de Dios. Santo es lo mismo que inmutable:

por esto todos los bienaventurados que están en los cielos se llaman santos, porque están confirmados en la

eterna felicidad.

En segundo lugar, santo es lo mismo que no terreno; por lo cual los santos que están en los cielos no

tienen ningún afecto a las cosas de la tierra; por esto dice el Apóstol: “Miro todas las cosas como basura, por

ganar a Cristo” (A los Filipen., III, 8).

Por la tierra son designados los pecadores.

En primer lugar por razón de lo que producen. Pues la tierra si no se cultiva produce espinas y abrojos;

así el alma del pecador, si no es cultivada por la gracia, no da de sí sino los cardos y las espinas de los pecados.

Espinas y abrojos te producirá‖ (Génesis III, 18).

En segundo lugar por sus tinieblas. Así como la tierra es obscura y opaca, así lo es también el pecador.

Las tinieblas cubrían la superficie del abismo” (Génesis I, 2).

En tercer lugar por sus cualidades. Porque la tierra es un elemento seco, y esta sequedad se aumenta

más y más si no es humedecida por el agua, del mismo modo el pecador tiene el alma seca y estéril, como lo

dice el Profeta: “Como tierra, falta de agua, así está por ti suspirando el alma mía” (Salmo CXLII, 6).

1282. En tercer lugar, se dice que es santo, es decir, teñido en sangre; por eso los moradores del cielo

son llamados así, porque están teñidos en sangre, según escribe San Juan: “Estos son los que han venido de

una tribulación grande, y lavaron sus vestiduras, y las blanquearon o purificaron en la sangre del Cordero”

(Apocalipsis ,VII, 14), Asimismo en otro lugar dice el mismo Santo: “Nos lavó de nuestros pecados con su

sangre” (Apocalipsis, I, 5).

 

XIII. Segunda petición. El don de temor y piedad.

1283. Venga a nos el tu reino. Según hemos dicho antes, el Espíritu Santo hace que amemos, deseemos y

pidamos rectamente; y causa primeramente el temor, por el cual pedimos que sea santificado el nombre de

Dios. Es propio de este don un dulce y devoto afecto hacia el padre, y en favor de todo hombre que se halle en

un estado miserable. Siendo Dios nuestro Padre, no sólo le debemos reverencia y temor sino también un amor

y una piedad verdaderamente de hijos. Este afecto hace que pidamos, que venga, a nos el tu reino. “Vivamos

sobria, justa y religiosamente en este siglo, aguardando la bienaventuranza esperada, y la venida, gloriosa

del gran Dios” (Tito, II, 12).

 

XIV. En la segunda petición suplicamos que los justos se conviertan, los pecadores sean

castigados, y la muerte destruida.

1284. Podría alguien preguntar: ¿Por qué pedimos que venga el reino de Dios, habiendo siempre

existido? Pero conviene advertir que esto puede entenderse de tres modos. Primeramente, porque sucede

algunas veces que un rey tiene solamente el derecho o dominio de su reino, y con todo este dominio aun no se

ha declarado, pues los hombres todavía no se le han sujetado. Entonces se manifestará s’i dominio, cuando los

hombres se sujetarán a él. Dios por su misma naturaleza el Señor de todo, y Cristo, según que es Dios, y

también en cuanto hombre, tiene de Dios el ser Señor de todos. “Se le dio la potestad, el honor y el reino”

(Daniel, VII, 14).

Es necesario, por lo mismo que todas las cosas le estén sujetas. Esto aun no se ha realizado, mas se

verificará en el fin. “Entretanto debe reinar, hasta ponerle el Padre a todos los enemigos debajo de sus pies”

(I, Corint., XV, 25). Por esto pedimos: Venga a nos el tu reino. Y esto, para que los justos se conviertan, los

pecadores sean castigados y la muerte destruida. Pues los hombres de dos modos se sujetan a Cristo:

voluntariamente o por fuerza. Porque siendo la voluntad de Dios eficaz, y Dios quiere que todo esté sujeto a

Cristo; una de estas dos cosas será necesaria: o que el hombre haga la voluntad de Dios sujetándose a sus

mandamientos, y esto lo hacen los justos, o que Dios haga en todo su voluntad, castigándoles, y esto hará con

los pecadores y enemigos. Esto es lo que sucederá en el fin del mundo. “Hasta que ponga a todos los enemigos

debajo de sus pies” (A los Corint, XV, 25). Por esto a los santos les ha dado pedir que venga el reino de Dios,

por lo mismo que ellos totalmente están sujetos a él.

Más para los pecadores es horrible que venga el reino de Dios, porque esto no es otra cosa que pedir el

estar por voluntad de Dios sujetos a las más horribles penas. “¡Ay de aquellos que desean el día del Señor!”

(Amos, V, 18). Con el reino de Dios se destruye la muerte. Porque siendo Cristo la vida, no puede existir en su

reino la muerte, que es lo contrario a la vida, por lo cual dice San Pablo: “La muerte será el último enemigo

destruido” (I, Corint., XV, 26). Esto tendrá lugar en la resurrección. ―Transformará nuestro vil cuerpo, y lo

hará conforme al supo glorioso” (Fil., III, 21).

 

XV. Pedimos poder participar del reino celestial.

1285. En segundo lugar, el reino de los cielos se llama gloria del paraíso; y no sin razón. Porque el reino

no es otra cosa que un gobierno. Mas allí el gobierno es mejor en donde nada hay contra la voluntad del que

gobierna. La voluntad de Dios es de que todos los hombres se salven, lo cual principalmente tendrá lugar en el

paraíso, en el que nada habrá que repugne a la salud de los hombres. En este mundo existen muchas cosas que

se oponen a la salvación de los hombres. Por esto mismo, pidiendo que venga el reino de Dios, suplicamos ser

participantes del reino celestial y de la gloria del paraíso.

Este reino en gran manera se ha de desear, por tres razones. La primera por la gran justicia que hay en

él. “El pueblo tuyo se compondrá de todos los justos” (Isaías, LX, 21). Aquí los malos están mezclados con los

buenos, mas allí no habrá pecador alguno. Asimismo debemos desear el reino de Dios por la perfectísima

libertad de que allí se goza.

Aquí, en verdad, no hay verdadera libertad, aunque todos naturalmente la desean; mas en el cielo habrá

completa libertad, y toda esclavitud será para siempre desterrada de aquel lugar dichosísimo: “La criatura

estará libre de la servidumbre de la corrupción” (Rom., VIII, 21). Y no sólo serán todos libres, sino que serán

reyes. ―Nos hiciste para nuestro Dios reyes‖ (Apocalip., V, 10). La razón de esto, es porque todos tendrán la

misma voluntad con Dios, y Dios querrá todo lo que los santos quieran, y éstos lo que Dios quiera. Por lo cual

cumpliéndose la voluntad de Dios, se hará su voluntad. De este modo todos reinarán, porque se hará la

voluntad de todos, y el Señor será la corona de todos los santos.

En aquel día el Señor de los ejércitos será corona de gloria y guirnalda de regocijo para las reliquias

de su pueblo” (Isaías, XXVIII, 5). Asimismo por la admirable grandeza del gozo. ―Ojo alguno ha visto, sino sólo

tú, oh Dios, las cosas que tienes preparadas para aquellos que te están aguardando‖ (Isaías, LXIV, 4). “El que

sacia con sus bienes tus deseos” (Salmo Olí, 5).

Y debe advertirse, que el hombre hallará todas las cosas en solo Dios, con más excelencia y más

perfección de lo que podrían hallarse en todas las criaturas del mundo. Si amamos las riquezas, allí hallaremos

la abundancia de todas las cosas, por las cuales se buscan las riquezas, y así también todos los otros bienes.

XVI. Pedimos que no reine el pecado en nosotros, sino sólo Dios.

1286. En tercer lugar, porque alguna vez reina el pecado en este mundo; y esto sucede cuando el

hombre de tal manera se halla dispuesto, que al momento sigue los deseos pecaminosos. “No reine, pues, el

pecado en vuestro cuerpo mortal” (Romanos VI, 12), mas, Dios debe reinar en el corazón. “Sión reinará tu

Dios” (Isaias, LII, 7). Y esto se cumple cuando el hombre está dispuesto a obedecer a Dios y a observar todos

sus mandamientos. Por lo tanto, cuando pedimos que venga el reino de Dios, suplicamos que no reine en

nosotros el pecado, sino Dios. Por esta petición llegaremos a la bienaventuranza, de la que se dice:

Bienaventurados los mansos y humildes” (S. Mateo, V, 4). Pues según la primera exposición de las palabra:

venga a nos el tu reino; por lo mismo que el hombre desea que Dios sea el Señor de todos, no se venga de las

injurias que ha recibido, sino que esta vindicta la reserva para Dios.

Porque si nos vengásemos, no desearíamos que viniese su reino. Pero según la otra exposición, si

deseamos el reino de Dios, esto es, la gloria del paraíso, no debemos preocuparnos si perdemos las cosas

mundanas. Asimismo, según la tercera exposición, si pedimos que Dios y Cristo reinen en nosotros, habiendo

El sido mansísimo, tú también debes ser manso y humilde: “Aprended de Mí que soy manso” (S. Mateo, XI,29).

Llevasteis con alegría la rapiña de vuestros bienes‖ (Heb., X, 34).

 

XVII. Tercera petición. El don de ciencia

1287. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. El tercer don que nos comunica el Espíritu

Santo, se llama don de ciencia. El mismo Espíritu Santo no sólo produce en nosotros el don de temor y piedad,

que es un dulce afecto para con Dios, según se ha dicho, sino que también tune sabio al hombre. Esto pedía

David, diciendo: “enséñame la bondad, la doctrina y la sabiduría” (Salmo CXVIII, 66). Y esta ciencia es la que

nos enseña a bien vivir. Entre otras cosas‖ que dicen relación con la ciencia y sabiduría del hombre, una y de las

más principales, es que no se fíe en sí mismo. “No te apoyes en tu prudencia” (Proverbio, III, 5). Pues aquellos

que presumen de si mismos, de modo que no dan crédito a los demás, siempre son tenidos y juzgados por

ignorantes. ―¿Has visto a un hombre que se precia de sabio? pues más que del tal puede esperar el acierto de un

hombre que es y se reconoce ignorante‖ (Proverbio XXVI, 12). Que el hombre no se fíe de sí mismo, esto

procede de la humildad.

Más, los soberbios se creen demasiado a sí mismos. El Espíritu Santo, por medio del don de ciencia, nos

enseña a no hacer nuestra voluntad, sino la de Dios. Y por esto pedimos, mediante este don, que se haga la

voluntad de Dios, así en la tierra como en el cielo. De modo que así digamos a Dios: Hágase tu voluntad. Como

si hubiese algún enfermo y quisiese algo del médico, no quiere determinadamente, sino conforme a la voluntad

del médico; de otra suerte si tan sólo quisiese cumplir su voluntad, sería muy necio. Así nosotros nada debemos

pedir a Dios, sino que se cumpla en nosotros su voluntad. Entonces, en verdad, es recto el corazón del hombre,

cuando está conforme con la divina voluntad. Esto es lo que hizo Cristo: “He descendido del cielo, no para

hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me ha enviado” (S. Juan, VI, 38). Cristo según que es Dios,

tiene la misma voluntad que su Padre, más en cuanto hombre tiene otra voluntad, y según esto dice que El no

hace su voluntad sino la del Padre. Y por esto nos enseña a orar y pedir: Hágase tu voluntad.

 

XVIII. Dios quiere que tengamos la vida eterna.

1288. Más, ¿qué es lo que se dice? ¿Por ventura no se nos enseña: ―Que hizo todo lo que quiso?‖ (Salmo

CXIII, 3). Si hace todo lo que quiere en el cielo y en la tierra, ¿qué es lo que aquí se dice: Hágase tu voluntad,

así en la tierra como en el cielo? Para entender esto conviene saber que Dios quiere tres cosas de nosotros, y

nosotros pedimos que ellas se cumplan. Lo primero que Dios quiere, es que tengamos la vida eterna.

Cualquiera que hace algo por algún fin, quiere de ella aquello por lo cual la ha hecho. Dios hizo al hombre, mas

no, ciertamente, para nada, pues como está escrito: “Acaso tú has criado en vano todos los hijos de los

hombres” (Salmo LXXXVIII, 48).

Hizo por lo tanto, a los hombres para algún fin, mas no para los placeres, sino para que alcancen la vida

eterna. Siempre que alguna cosa consigue el fin por el cual se hizo, dícese que ésta se salva; y cuando no le

consigue, se dice que está perdida. Dios hizo al hombre para la vida eterna. Cuando, pues, consigue la vida

eterna, se salva, y, esto es lo que Dios quiere. ―La voluntad de mi Padre, que me ha enviado, es que todo aquel

que ve o conoce al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna‖ (S. Juan, VI, 40). Esta voluntad se cumplió ya en los

ángeles ya en los santos que están en el cielo, los cuales ven a Dios y en El se gozan. Pero, nosotros deseamos

que así como la voluntad de Dios se cumplió en los bienaventurados que están en los cielos, así se cumpla en

nosotros que estamos en la tierra. Y esto es lo que pedimos al orar: hágase tu voluntad, en nosotros que

estamos en la tierra, como en los santos que están en el cielo.

 

XIX. Dios quiere que guardemos sus mandamientos.

1289. También es voluntad de Dios que observemos sus mandamientos. Cuando alguien desea algo, no

sólo quiere esto, sino también todo aquello con lo cual lo mismo se obtiene; como el médico que desea la salud

quiere también la dieta, la medicina y lo demás que es necesario para conseguirla, Dios quiere que consigamos

la vida eterna. “Si quieres entrar en la vida eterna guarda los mandamientos” (Mateo, XIX, 17). Quiere, por lo

tanto, que observemos sus mandamientos. “Vuestro culto sea racional; para que experimentéis cual es la

voluntad de Dios buena, agradable y perfecta” (Román., XII, 1).

Es buena porque es útil. “Yo soy el Señor que te enseño lo que es útil” (Isaías, XLVIII, 17).

Es del agrado del amante, y si no es agradable a los otros, con todo es deleitable al que ama. ―Amaneció

la luz al justo, y la alegría a los de recto corazón‖ (Salmo XCVI, 11).

Es también perfecta, y esto porque es honesta. ―Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto

(Mateo, V, 48).

Así, pues, cuando decimos: hágase tu voluntad, pedimos que cumplamos los mandatos divinos. Esta

voluntad se cumple en los justos, mas en los pecadores aun no tiene su realización. Los justos son designados

por el cielo; los pecadores, por medio de la tierra.

Pedimos, por lo tanto, que se cumpla la voluntad de Dios en la tierra, esto es, en los pecadores, así como

en los justos, designados por el nombre de cielo. Conviene que nos fijemos en el modo de hablar, por el cual se

nos enseña cómo debemos entender estas palabras. No se dice haz, ni tampoco hagamos; sino hágase tu

voluntad, porque dos cosas son necesarias para la vida eterna, a saber, la gracia de Dios y la voluntad del

hombre; y por más que Dios nos haya criado sin nuestro concurso, no nos justificará sin que nosotros

queramos. Así lo enseña San Agustín: ―El que te crió a ti sin ti, no te justificará si tú no lo quieres‖; porque

quiere que el hombre coopere a la gracia. “Convertíos a mi, y yo me volveré a vosotros” (Zacarías, I, 3).

Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia, no ha sido estéril en mi” (I, Corint, XV, 10). No

presumamos de nosotros mismos, sino confiemos en la gracia de Dios; ni seamos perezosos, sino procuremos

poner nuestra diligencia. Por eso no dice, hagamos, para que no parezca que nada hace la gracia de Dios; ni

dice, has, a fin de que no creamos que nada hacen nuestra voluntad y esfuerzo: sino hágase, por medio de la

gracia de Dios, puesto también nuestro cuidado y diligencia.

 

XX. Dios quiere que el hombre sea restituido al estado en que fué creado.

1290. Lo tercero que Dios quiere de nosotros es que el hombre sea restituido al estado y dignidad en que

fué creado el primer hombre; la cual era tan grande, que el alma no sentía ninguna repugnancia ni de la carne

ni de la sensualidad. Mientras el alma estuvo sujeta a Dios, la carne de tal manera estuvo sumisa al espíritu,

que ni sintió enfermedad ni pasión alguna. Más desde el momento en que el alma, que servía de medio entre

Dios y la carne, se rebeló contra Dios por el pecado, empezó a experimentar las enfermedades, la muerte, y una

continua rebelión de la sensualidad contra el espíritu. “Veo otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de

mi espíritu” (Román., VII, 23) y “La carne tiene deseos contrarios a los del espíritu; y el espíritu los tiene

contrarios a los de la, carne” (Gálatas, V, 17). Asi es que existe una constante lucha entre la carne y el espíritu,

y el hombre continuamente se deteriora por el pecado. Esta es, pues, la voluntad de Dios, que el hombre sea

restituido al estado primitivo, de suerte que nada haya en la carne contrario al espíritu. “Esta es la voluntad de

Dios, a saber, vuestra santificación” (I, Tesalon, IV, 3). Pero esta voluntad de Dios no puede cumplirse en esta

vida, sino que se cumplirá en la resurrección de los santos, cuando resucitarán los cuerpos glorificados, y serán

ya incorruptibles y gloriosos.

 

XXI. Pedimos que la voluntad de Dios se cumpla también en nuestra, carne.

1291. Dios también tiene su voluntad en los justos, en cuanto al espíritu, por medio de la justicia, de la

ciencia y de la vida. Por esto cuando decimos, hágase tu voluntad, suplicamos que también se cumpla en la

carne. Pues así entendemos que por el nombre de cielo se designe el espíritu, y por el de tierra la carne, que sea

este el sentido: Hágase tu voluntad así en la tierra, esto es, en nuestra carne, como se cumple en el cielo, esto

es, en nuestro espíritu por medio de la justicia. Por esta petición llegamos a la bienaventuranza del llanto, de la

cual está escrito: “Bienaventurados los que lloran”, y esto puede entenderse según cualquiera de los tres

sentidos expuestos. Pues según el primer sentido deseamos la vida eterna, por eso su amor nos induce al llanto.

¡Ay de mí, que, mi destierro se ha prolongado!” (Salmo CXIX, 5). Y este deseo es en tanto grado vehemente en

los santos, que por esto desean la muerte. ―En la confianza que tenemos, preferimos más ser separados del

cuerpo, a fin de gozar de la vista del Señor‖ (II, Corint., V, 8).

Asimismo, según la otra exposición, aquellos que observan los mandamientos, están en llanto; porque

con todo de ser ellos dulces al alma, son amargos a la carne a la que continuamente están oprimiendo. “Cuando

iban, esparcían llorando sus semillas, en cuanto a la carne, mas cuando vuelvan vendrán con gran regocijo”

(Salmo CXXV, 6), en cuanto al alma. También conforme a la tercera exposición, a causa de la lucha constante

entre el espíritu y la carne, nace de ahí el llanto. Pues no puede menos de acontecer que el alma sea

enflaquecida por los pecados veniales, provenientes de la carne, y por lo mismo está en llanto, para expiarlos.

Baño todas las noches mi lecho‖ (Salmo VI, 7). Los que así lloran, llegan, ciertamente, a la patria.

 

XXII. Cuarta petición. El don de Fortaleza.

1292. El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Muchas veces sucede, que alguno por su gran ciencia y

sabiduría se hace tímido, y por esto le es necesario la fortaleza de corazón para que no desfallezca en las

necesidades. “El es el que robustece al débil, y el que da mucha fuerza y vigor a los que no son para nada”

(Isai., XL, 29). Esta fortaleza la da el Espíritu Santo. ―Entró en mi el espíritu, y me puso sobre mis pies‖ (Ezeq.,II, 2).

Esta fortaleza que da el Espíritu Santo, consiste en que el corazón del hombre no desfallezca por temor

de las cosas necesarias, sino que crea firmemente que recibirá de Dios todo lo necesario. Por eso el mismo

Espíritu que da esta fortaleza, nos enseña, a que pidamos a Dios: El pan nuestro de cada día dánosle hoy: por lo

mismo también se llaman Espíritu de fortaleza.

 

XXIII. En las tres peticiones precedentes pedimos las cosas espirituales; en la cuarta lo

temporal; acerca de la que se han de evitar cinco vicios que acostumbran sobrevenir por el

deseo de las cosas temporales.

1293. En las tres precedentes peticiones suplicamos se nos concedan los bienes espirituales que tienen

su principio en este mundo, pero que solamente en la vida eterna tendrán su perfecto cumplimiento. Cuando

pedimos que sea santificado el nombre de Dios, rogamos que sea conocida su santidad. Mas al suplicar que

venga el reino de Dios, pedimos ser participantes de la vida eterna. Cuando rogamos que se haga la voluntad de

Dios, pedimos que esto se cumpla en nosotros.

1294. Las cuales cosas aunque se comienzan en este mundo, no pueden tenerse perfectamente sino en la

vida eterna. Por esto fué necesario pedir alguna cosa que se pudiese tener perfectamente en la vida presente.

Con las palabras: El pan nuestro de cada día dánosle hoy, claramente se nos enseña que también Dios tiene

cuidado de lo temporal. Por medio de estas palabras, nos enseñó a evitar cinco pecados en que acostumbran los

hombres caer, por el deseo de las cosas temporales.

El primer pecado consiste en que el hombre pide desordenadamente aquello que excede a su estado y

condición, no contentándose con lo que le es conveniente. Como si desea algún objeto, no le quiere como de

soldado, si es soldado, sino como el de marqués; no como de clérigo, si es clérigo, sino como de obispo; y este

vicio aparta al hombre de las cosas espirituales, en cuanto desea desordenadamente las cosas temporales. Este

vicio nos lo enseñó a evitar el Señor, diciéndonos que tan sólo pidiésemos pan, esto es, lo necesario para la vida

presente, según la condición de cada uno; todo lo cual es designado con el nombre de pan.

Por lo mismo, no nos enseñó a pedir cosas delicadas, no diversas ni exquisitas, sino el pan, sin el cual la

vida del hombre no es posible. “Lo esencial a la vida, del hombre es agua y pan” (Eclesias., XXIX, 28).

Teniendo, pues, qué comer y con qué cubrirnos, contentémonos con esto” (I, Timoteo, VI, 8).

El segundo vicio, consiste en que algunos en la adquisición de lo temporal, hacen fraudes, y causan

molestias a los demás. Este vicio es muy peligroso por lo mismo que es tan difícil restituir los bienes robados.

Pues no se perdona el pecado, si no se restituye lo robado, como enseña San Agustín. El cual vicio nos enseñó a

evitar al decirnos que pidiéramos nuestro pan, no el ajeno. Los ladrones no comen su pan, sino el ajeno.

1295. El tercer vicio, es la superflua solicitud. Hay algunos que jamás están contentos con aquello que

tienen, sino que siempre quieren otras cosas, lo cual en verdad es inmoderado; porque el deseo debe moderarse

según la necesidad. ―No me des ni mendiguez ni riquezas; dame solamente lo necesario para vivir‖ (Prov., XXX,

8). Esto nos lo enseñó a evitar diciendo: El pan nuestro de cada día, esto es, de un día, o de un tiempo.

1296. El cuarto, es la inmoderada voracidad. Hay algunos que quieren comer tanto en un día, que sería

suficiente para muchos; y por lo mismo que desean demasiado, todo lo consumen. ―Con les frecuencia de beber

y de pagar escotes vendrán os arruinarse‖ (Prov., XXIII, 21). ―El operario dado al vino no se enriquecerá‖

(Eclesias., XIX, 1).

1297. El quinto vicio, es la ingratitud. Cuando alguno se ensorbebece por las riquezas, y no reconoce ser

de Dios; todo lo que tiene, comete con esto un grave desorden; porque todo lo que tenemos, ya espiritual, ya

temporal, es de Dios. ―Tuyas son todas las cosas; y lo que hemos recibido de tus manos, eso te hemos dado‖ (I,

Paralipo, XXIX, 14). Para apalearnos de este vicio, dice: Dánosle, y nuestro pan, a fin de que sepamos que todo

lo nuestro es de Dios. Sucede algunas veces que uno tiene muchas riquezas, y no consigue de éstas alguna

utilidad, sino daño temporal y eterno. Pues algunos se perdieron por sus riquezas. “He visto todavía otra

miseria en este mundo, y que es harto común entre los mortales: Un hombre a quien Dios ha dado riquezas, y

haciendas, y honores, sin que le falte cosa de cuantas desea su alma; mas Dios no le da facultad para

517disfrutar de ellas, sino que, abandonándole a la avaricia, otro hombre extraño lo ha de devorar todo” (Eclec,

VI, 1).

Asimismo: “Las riquezas atesoradas para ruina, de su dueño” (Eclec, V, 12). Debemos, por lo tanto,

pedir que las riquezas nos sean útiles, y esto lo suplicamos al decir: Danos nuestro pan, esto es, haz que las

riquezas nos sean útiles. “Este pan de iniquidad se convertirá dentro de su vientre en hiel venenosa de

áspides. “Vomitará las riquezas que hubo devorado, y se las arrancará Dios de su vientre” (Job., XX, 14).

Otro vicio hay, que consiste en la superflua solicitud, de las cosas mundanas. Los que son dominados por este

vicio, jamás descansan. “No vayáis diciendo acongojados: ¿Dónde hallaremos qué comer y beber? ¿Dónde

hallaremos con qué vestirnos?” (Mateo, VI, 31). Por esto el Señor nos enseñó a pedir el pan de hoy, esto es,

aquellas cosas que son necesarias para el tiempo presente.

 

XXIV. Dos clases de pan.

1298. Es cierto que hay dos clases de pan, uno sacramental, y el otro el pan de la palabra de Dios.

Pedimos, pues, el Pan nuestro sacramental, que cada día se consagra en la Iglesia, para que así como aquél le

recibimos en el sacramento, así se nos dé para nuestra salud. “Yo soy pan vivo que bajé del cielo” (San Juan,

VI, 51). “Quien lo come y bebe indignamente, se traga y bebe su propia condenación” (I, Corint., XI, 29).

Asimismo el otro pan es la palabra de Dios. “No de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra o

disposición que sale de la boca de Dios” (Mateo, VI, 4). Pedimos que nos dé el pan, esto es, su palabra. Y de

este pan proviene la bienaventuranza, que es hambre de justicia. Pues, cuando se tienen los bienes espirituales,

más se desean, y de este deseo proviene el hambre, y de este hambre la hartura de la vida eterna.

 

XXV. Quinta petición. El Espíritu Santo nos aconseja que, pidamos a Dios el perdón de los

pecados.

1299. Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Se hallan

algunos hombres de gran sabiduría y fortaleza; mas porque confían demasiado en su virtud, no obra

sabiamente, ni llevan a su término lo que desean. “Corrobóranse las empresas con los consejos” (Prov., XX,

18). Por esto conviene advertir, que el Espíritu Santo no sólo da el don de fortaleza, sino que también es el

autor del don de consejo. Y esto porque todo buen consejo para la salvación del hombre, proviene del Espíritu

Santo. Entonces es necesario el consejo al hombre, cuando se halla atribulado, como es necesario el consejo del

médico, al enfermo. Por lo cual, cuando el hombre está enfermo espiritualmente por el pecado, debe buscar el

consejo para sanar de su dolencia. Que sea necesario el consejo al pecador, se nos demuestra con estas

palabras: “Toma, oh rey mi consejo, y redime con limosnas tus pecados y maldades” (Daniel, IV, 24).

El mejor remedio contra el pecado es la limosna y la misericordia, y por esto el Espíritu Santo enseña a

los pecadores que pidan y nieguen: ―Perdónanos nuestras deudas‖ Ahora bien, siendo cierto que debemos a

Dios aquello que le hemos quitado de su derecho; y el derecho de Dios es que hagamos su voluntad,

anteponiéndola a la nuestra, siempre que preferimos nuestra voluntad a la divina, quitamos a Dios su derecho,

y esto es pecado. Este es, por lo tanto, el consejo del Espíritu Santo; que pidamos a Dios el perdón de los

pecados. A este mismo fin decimos: Perdónanos nuestras deudas.

 

XXVI. Por qué hacemos la quinta petición, temor y la humildad. La esperanza.

1300. En estas palabras pueden considerarse tres cosas. ―La primera, por qué se hace esta petición; la

segunda cómo se cumple; y la tercera, qué se necesita de nuestra parte para que se cumpla. Acerca de lo

primero conviene advertir, que de esta petición se pueden colegir dos cosas que son necesarias a los hombres

en esta vida.

Lo primero, que el hombre esté siempre en temor y humildad. Hubo alguno de tal manera presuntuoso,

el cual enseñaba que así podía el hombre vivir en este mundo, que por sí mismo podría evitar los pecados. Mas,

esto a nadie fué concedido, excepto a Cristo; y a la Bienaventurada Virgen María que estuvo llena de gracia, ni

tuvo ningún pecado, como dice San Agustín : ―de la cual, a saber, de la Virgen María, cuando se trata de

pecados, no quiero hacer la más mínima mención‖. Mas, a los otros santos, a ninguno fué concedido carecer,

por lo menos, de pecados veniales. “Si dijéramos que no tenemos pecado, nosotros mismos nos engañamos, y

no hay verdad en nosotros” (S. Juan, I, 8). Esto se demuestra por la misma petición. Porque es manifiesto que

a todos los santos les es necesario decir y hacer esta súplica. De consiguiente todos reconocen y confiesan que

son pecadores y deudores. Si somos pecadores, debemos temer y humillarnos.

1301. Lo segundo que debemos tener presente, es que siempre vivamos con esperanza, pues, aun siendo

pecadores no debemos desesperar, no sea que la desesperación nos conduzca a mayores y más diversos

pecados, como lo dice el Apóstol: “Los cuales no teniendo ninguna esperanza, se abandonaron a la disolución,

para zambullirse con un ardor insaciable, en toda suerte de impurezas” (Efesios, IV, 29). Por lo tanto es muy

útil que siempre esperemos; pues, por más que el hombre sea pecador, debe esperar, que Dios si se arrepiente

perfectamente, y se convierte, le perdonará. Esta esperanza se arraiga más en nosotros, cuando pedimos:

Perdónanos nuestras deudas.

Esta esperanza quitaron los Novacianos, los cuales negaron lo que nos enseñó Jesucristo con estas

palabras: “Te perdoné toda deuda, porque me lo has rogado” (Mateo, XVIII, 23). En cualquier día que pidas

podrás conseguir misericordia, si ruegas con dolor de tu pecado. De este modo nace el temor y la esperanza,

porque todos los pecadores contritos, y que confiesan sus pecados, consiguen misericordia, y por esto fué

necesaria esta petición.

 

XXVII. Quinta petición. Contrición, Confesión y Satisfacción,.

1302. Acerca de lo segundo conviene tener presente, que en el pecado hay dos cosas, a saber: la culpa

con la cual Dios es ofendido, y la pena que se debe por la culpa. Es cierto que la culpa se perdona con la

contrición, cuando el pecador tiene el propósito de confesarse y satisfacer. ―Confesaré, dije yo, contra mí

mismo al Señor la injusticia mía; y tú perdonaste la malicia de mi pecado‖ (Salmo XXXI, 5). No hay, por lo

tanto, por qué desesperar, desde el momento que para la remisión de la culpa, basta la contrición con el

propósito de confesarse. Tal vez dirá alguno: Si el pecado se perdona con la contrición, ¿para qué es necesario

el sacerdote? A esto se responde, que Dios por la contrición perdona la culpa, y la pena eterna se conmuta en

temporal; mas con todo queda obligado a la pena temporal. Por esto si muriese sin confesión, no habiéndola

despreciado, iría al purgatorio, cuya pena, como enseña San Agustín, es la mayor. Cuando nos confesamos, el

sacerdote nos absuelve de esta pena, en virtud del poder que ha recibido de Dios, al cual sacerdote nos

sujetamos en la confesión. Por esto Cristo dijo a los Apóstoles: “Recibid el Espíritu Santo: Quedan perdonados

los pecados a aquellos a quienes los perdonaréis; y quedan retenidos a los que se los retuviereis” (S. Juan, XX,23).

Por lo tanto, cuando alguno se confiesa una vez, se le perdona algo de esta pena, y asimismo cuando se

confiesa de nuevo; y podría tantas veces confesarse hasta que todo le fuese perdonado. Los sucesores de los

Apóstoles hallaron (es decir, que dedujeron del derecho divino), otro modo para perdonar esta pena, mediante

las Indulgencias, las cuales para el que está en gracia valen tanto, cuanto en ellas se concede.

Es bien manifiesto que el Papa puede esto. Pues muchos santos practicaron multitud de buenas obras,

los cuales no pecaron, por lo menos, mortalmente, y estos bienes los hicieron para la utilidad de la Iglesia.

Asimismo los méritos de Cristo, y los de la Santísima Virgen están como en un tesoro, que el Sumo Pontífice y

aquellos a quienes él lo confía, pueden aplicarlos, cuando sea necesario. Así, pues, los pecados son perdonados

no sólo en cuanto a la culpa, por medio de la contrición (en la confesión basta la atrición), sino también en

cuanto a la pena, mediante el sacramento de la Penitencia y las indulgencias.

 

XXVIII. Si no perdonamos, tampoco seremos perdonados.

1303. Acerca de lo tercero conviene tener presente, que se requiere de nuestra parte que perdonemos a

nuestros prójimos las ofensas que nos han hecho, por esto está escrito: Así como nosotros perdonamos a

nuestros deudores; de otra suerte Dios no nos perdonaría. “¿Un hombre conserva, encono contra otro hombre,

y pide a, Dios la salud” “Perdonad, y seréis perdonados‖ (Lucas, VI, 37); y por esto solamente en esta petición

se pone esta condición.

Así como nosotros perdonamos, etc. Por lo tanto, si no perdonas no serás perdonado. Mas podrías

decir: Yo diré las palabras anteriores, a saber, perdónanos, pero, aquello: como nosotros perdonamos lo callaré.

¿Acaso quieres engañar a Cristo? En verdad, no le engañas. Pues Cristo que hizo esta oración, bien se acuerda

de ella, por lo cual no puede ser engañado. Por lo mismo, si lo dices con la boca, cúmplelo con las obras.

Pregunto ahora, ¿por ventura aquel que no se propone perdonar a su prójimo debe decir: Así como nosotros

perdonamos ¡nuestros deudores? Parece que no debe decirlo, porque así mentiría. A esto se responde que no

miente porque no ora en nombre propio, sino en nombre de la Iglesia, que no es engañada; por la misma razón

se pone esta petición en número plural. Tañí bien conviene que sepamos los dos modos como s perdonan. El

primero es propio de los perfectos, es decir, que el ofendido busca al ofensor: “Buscad la paz” (Salmo XXXIII,15).

El otro es común a todos, al cual todos están obligados, a saber: que si conceda el perdón al que le pida.

Perdona a tu prójimo cuando te agravia, y así cuando tú implores el perdón, te serán perdonados tus

pecados” (Eclesias., XXVIII, 2). De esto se sigue otra bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos”.

La misericordia hace que nos compadezcamos de nuestros prójimos.

 

XXIX. Sexta petición. Y no nos dejes caer en la tentación

1304. Y no nos dejes caer en la tentación. Algunos, aunque hayan pecado, no obstante desean conseguir

el perdón de sus pecados, por cuyo motivo se confiesan y arrepienten, pero con todo no ponen el cuidado que

deberían para, no caer de nuevo en los pecados. No conviene, de ningún modo, que por una parte se lloren los

pecados y por otra se haga lo que ha de causar el mismo llanto. Por esto se dice: “Lavaos, pues, purificaos”

(Isaías, I, 16).

Por esta razón, como se ha dicho anteriormente, Cristo nos enseñó a pedir el perdón de los pecados. En

la presente petición nos enseña a pedir el poder evitar los pecados, de suerte que no seamos inducidos a la

tentación, y esto nos precipite al pecado, por esto decimos: Y no nos dejes caer en la tentación.

Acerca de esto podemos averiguar tres cosas:

Primera, qué sea tentación; segunda cómo sea tentado el hombre, y por quién; y en tercer lugar de qué

modo pueda librarse de la tentación.

Respecto de lo primero es de saber, que no es otra cosa el tentar que probar o hacer experiencia de algo.

La virtud del hombre se experimenta o prueba de dos maneras. La primera pertenece al bien obrar, la otra a

que se guarde del mal.

1305. En cuanto a lo primero, se prueba si el hombre es pronto para obrar bien, como para ayunar y

otras cosas semejantes. Entonces nuestra virtud es grande, cuando somos prontos para ejecutar estas cosas. De

este modo prueba Dios alguna vez al hombre, no porque se le oculte su virtud, sino para que todos la conozcan,

y sirva de ejemplo a muchos. De este modo probó Dios a Abrahán. Por esto el Señor muchas veces envía

tribulaciones a los justos, con el fin de que mientras sufren con paciencia, se muestre su virtud y progresen en

ella. Así Dios tienta, incitando a la virtud. ―El Señor Dios vuestro os prueba para que haga patente si le ornáis o

no con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma‖ (Deuteronomio, XIII, 3).

1306. En cuanto a lo segundo, la virtud del hombre se prueba induciéndole al mal; y si así tentado,

resiste y no consiente a la tentación, bien podemos afirmar que es grande su virtud, mas si sucumbe ningún

valor tiene delante de Dios. De este modo nadie es tentado por Dios, porque enseña Santiago: “Dios no puede

jamás dirigirnos al mal; y así él a ninguno tienta” (Iac, I, 13).

Sino que el hombre es tentado por su propia carne, por el diablo y por el mundo.

Es tentado por la carne de dos maneras.

Primera, porque la carne instiga al mal. La carne siempre quiere sus deleites, es decir, los carnales, en

los que muchas veces hay pecado. Es cierto, también, que ocupándonos en los deleites carnales,

abandonaremos los del espíritu.

En segundo lugar la carne nos tienta apartándonos del bien. Pues el espíritu, en cuanto es de su parte

siempre se deleita en los bienes espirituales, mas el peso de la carne agrava al espíritu. ―¡SI cuerpo corruptible

agrava el alma‖ (Sabiduría, IX, 15). ―Me complazco en la ley de Dios según el hombre interior; mas al mismo

tiempo hecho de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu, y me sojuzga a la ley del

pecado, que está en los miembros de mi cuerpo‖ (Romanos, VII, 22).

Pero esta tentación de la carne es muy pesada, porque nuestro enemigo, a saber la carne, está unido con

nosotros, y como dice Boecio, ninguna peste es más eficaz para dañar como el enemigo de casa, y por esto se ha

de velar para no ser vencidos como nos lo enseñó Jesucristo con estas palabras: “Velad y orad para no caer en

la tentación” (Mateo, XXVI, 41).

1307. El diablo nos tienta con mucha vehemencia. Porque después de haber vencido la carne, se levanta

otro enemigo, que es el diablo, contra el cual hemos de sostener un gran combate. “No es nuestra pelea

solamente contra hombres de carne y sangre; sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de

estas tinieblas del mundo, contra los espíritus malignos esparcidos en los aires” (Efesios, VI, 12). Por esto al

diablo señaladamente se le llama el tentador. Más en la tentación procede con mucha astucia.

El, a semejanza de un buen capitán que quiere asaltar alguna fortaleza, considera lo flaco de aquello que

quiere apoderarse, y tienta al hombre por aquella parte que es más débil. Por eso le tienta, en aquellos vicios, a

los que los hombres, vencida la carne, están más inclinados, como son la ira, la soberbia y otros vicios

espirituales. ―Vuestro enemigo el diablo anda girando como león rugiente alrededor de vosotros en busca de

presa, que devorar‖ (I, Pedro, V, 8).

El diablo al tentar hace dos cosas: no propone al momento un mal claro y manifiesto, sino algo que

tenga apariencia de bien, para que en el principio, por lo menos, aparte al hombre de su principal propósito;

pues, luego le inducirá a pecar con más facilidad si le ha apartado un poco del bien. “El mismo Satanás se

transforma en ángel de luz” (II, Corint., XI, 14).

Después, cuando le ha arrastrado a pecar, de tal manera le sujeta, que no le permite levantarse del pecado. Así

pues el diablo hace dos cosas: engaña, y al que ha engañado retiene en la iniquidad.

1308. El mundo también tienta de dos maneras.

Primera, por la demasiada ansia y deseo de lo temporal. “La raíz de todos los males es la avaricia” (I,

Timoteo VI, 10).

Segunda, por medio de los perseguidores y tiranos. “Nosotros estamos envueltos en tinieblas” (Job,

XXXVII, 9), como dice Job. El Apóstol San Pablo enseña: “Que todos los que quieren vivir virtuosamente

según Jesucristo, han de padecer persecución” (II, Timoteo, III, 12). Y el divino Maestro predica: “Que no

temamos a los que matan al cuerpo” (Mateo, X, 28). De este modo sabemos ya, qué es tentación, cómo somos

tentados, y por quién.

1309. Resta, pues, conocer el modo como se libra el hombre de la tentación. Sobre esto conviene

observar que Cristo nos enseña a rogar no que seamos libres de tentaciones, sino que no caigamos en la

tentación. Porque si el hombre vence, la tentación merece la corona de la victoria, y por esto se dice:

Hermanos míos, tened por sumo gozo, cuando fuereis envueltos en diversas tribulaciones” (Iac, I, 2). “Hijo

en entrando en el servicio de Dios, persevera firme en la justicia y en el temor y prepara tu alma para la

tentación” (Eclec, II, I)

Asimismo está escrito: ―Bienaventurado aquel hombre que sufre con paciencia la tentación o

tribulación; porque después que fuere así probado, recibirá la corona de la vida‖ (Iac, I, 12). Por lo mismo nos

enseña a rogar que no caigamos en la tentación por medio del consentimiento. Pues el ser tentado es propio de

hombres, pero consentir a la tentación es diabólico.

Más ¿por ventura Dios nos induce al mal, porque dice: Y no nos dejes caer en la tentación? A esto

respondo, que en tanto se dice que Dios induce al mal, en cuanto le permite, porque quita al hombre su gracia a

causa de sus muchos pecados, y privado de ella cae en pecado, por eso cantamos: “Guando me faltaren las

fuerzas, no me desampares” (Salmo LXX, 9). Dios, empero rige al hombre para que no caiga en la tentación

por medio del fervor de la caridad; pues, cualquier grado de candad, por pequeño que sea, puede resistir a

cualquier pecado. ―Las muchas afinas no pudieron extinguir la caridad‖ (Cantar. VIII, 7).

También le rige con la luz del entendimiento, con la cual nos enseña lo que hemos del practicar; porque,

como dice el Filósofo, cualquiera que peca es ignorante. Por esto pedía David al Señor: “Alumbra mis ojos, a fin

de que no duerma yo jamás el sueño de la muerte; no sea que alguna rea diga mi enemigo: He prevalecido

contra, él” (Salmo XII, 4). Esto lo alcanzamos por el don de entendimiento. Y porque no consintiendo a la

tentación, conservamos el corazón limpio del cual está escrito: “Bienaventurados los limpios de corazón,

porque éstos verán a Dios” (Mateo, V, 8), por esto conservándonos limpios de pecados llegaremos a ver a Dios.

 

XXX. Sexta petición. De cuatro modos Dios nos libra de las adversidades.

1310. Más líbranos de mal. En las anteriores peticiones no enseñó él a pedir el perdón de los pecados, y

de qué modo podemos evitar las tentaciones; aquí nos enseña a pedir el que seamos preservados del mal. Esta

petición es general contra toda clase de males, a saber: pecados, enfermedades y aflicciones, como enseña San

Agustín. Como ya hemos hablado del pecado y de las tentaciones, trataremos ahora de otros males, como

adversidades y toda clase de aflicciones de este mundo, de las que Dios nos libra de cuatro maneras.

1311. Primeramente hace que no nos sobrevengan aflicciones, aunque esto sucede raras veces; pues los

santos en este mundo son afligidos, como se lee en San Pablo: “Todos los que quieren vivir virtuosamente

según Jesucristo, han de padecer persecución” (II, Timoteo, III, 12). Pero con todo, Dios concede alguna vez

que alguno no sea afligido con adversidades, cuando conoce que es impotente y que no puede resistirlas; así

como el médico no da a un enfermo débil las medicinas que son violentas, “He aquí que puse delante de tus

ojos abierta, una puerta, que nadie podrá cerrar, porque tu tienes poca virtud” (Apocalip., III, 8).

En el cielo esto será común, porque nadie allí será afligido. ―En las seis tribulaciones (a saber de la

presente vida, la cual se distingue por sus seis edades) te libertará, y a la séptima ya no te tocará el mal”

(Job, V, 19). “Ya no tendrán más hambre ni sed” (Apocalip., VII, 16).

En segundo lugar nos libra cuando nos consuela en las aflicciones. Pues si Dios no consolase al hombre

no podría sobrellevar las penas. “Fuimos agravados desmedidamente sobre nuestras fuerzas” (II, Corint., I,

8).Pero Dios que consuela a los humildes, nos ha consolado” (II, Corint., VII, 6). ―A proporción de los

muchos dolores que atormentaron mi corazón, tus consuelos llenaron de alegría a mi alma” (Salmo XCIII,19).

1312. En tercer lugar, porque hace tantos beneficios a los afligidos que olvidan los males que sufren.

Después de la tempestad das luego la bonanza” (Tobías, III, 22). Por lo tanto las aflicciones y tribulaciones de

este mundo no han de ser temidas, porque fácilmente son toleradas, ya por la consolación que consigo traen, ya

por su brevedad. “Las aflicciones tan breves y tan ligeras de la vida presente nos producen el eterno peso de

una sublime e incomparable gloria” (II, Corint., IV, 17); y porque con ellas llegamos a la vida eterna.

1313. En cuarto lugar, por lo mismo no dice: Líbranos de las tribulaciones sino líbranos de mal; porque

las tribulaciones sirven a los santos para mayor mérito, y de aquí que se gloríen en ellas: ―Nos gloriamos

también en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación ejercita la paciencia‖ (Romanos, V, 3). ―En el tiempo

de la tribulación perdonas los pecados‖ (Tobías, III, 13). Libra, pues, píos al hombre del mal y de sus

tribulaciones convirtiéndolas en bien, lo cual es señal de gran sabiduría. Porque es propio del sabio ordenar el

mal para que produzca un bien; y esto lo hace por medio de la paciencia que tiene en las tribulaciones. La

palabra Amén es una universal confirmación de todas las peticiones.

 

XXXI. Compendiosa exposición de toda la oración dominical.

1314. Para exponer toda la oración dominical en un breve resumen, conviene tener presente que esta

oración comprende todas las cosas que se desean, y todo lo que debemos apartar. Entre todo lo deseable, lo es

más, lo que más se ama, y esto es Dios. Por lo mismo pedimos en primer lugar la gloria de Dios cuando

decimos: Sea tu nombre santificado.

Tres cosas hemos de desear de Dios que pertenecen a cada uno.

Primero, que lleguemos a la vida eterna; y esto pedimos al decir: Venga a nos él tu reino.

Segundo, que hagamos la voluntad de Dios y lo que es justo; y esto lo suplicamos por las palabras:

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

1315. Lo tercero, pedimos tener lo necesario para la vida: El pan nuestro de cada día dánosle hoy. De

estas tres cosas dice el Señor: ―Primero buscad el reino de Dios‖, con respecto a lo primero; y su justicia, en

cuanto a lo segundo; y todas las demás cosas se os darán por añadidura, con relación a lo tercero.

1316. Aquello que se ha de evitar y huir es lo contrario al bien.

El bien que en primer lugar se ha de desear es de cuatro especies, según hemos dicho. El primero es la

gloria, y a ésta ningún mal es contrario: ―Si pecares, ¿qué daño le harás?… Si obrares bien, ¿qué es lo que le das,

o qué recibe él de tu mano?‖ Pues del mal en cuanto castiga y del bien en cuanto remunera, resulta la gloria de Dios.

El segundo bien es la vida eterna; y a ésta es contraria el pecado, porque por el pecado se pierde; y para

apartarlo decimos: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. El tercer

bien consiste en la justicia y las buenas obras; y a este bien se oponen las tentaciones, porque las tentaciones

nos impiden el obrar bien; y para apartar éstas decimos: Y no nos dejes caer en la tentación.

1317. El cuarto bien consiste en los bienes necesarios; y a éstos se oponen las adversidades y

tribulaciones; y para apartarlas pedimos:

Más líbranos del mal. Amén.

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